En defensa de una pasarela

Tejados de Santander - RPLl

Ahora que se va a transformar el edificio histórico del banco de Santander en centro de arte y ocio, creo que es buen momento para insistir en que los que tienen poder de decisión sobre esas cosas deberían retomar la idea de construir una pasarela elevada sobre los Jardines de Pereda que conecte el Centro Botín con la terraza de la antigua sede de la entidad. Incluso se podría prolongar hasta la nueva sede, situada en la que lo fue del Banco Mercantil, en Hernán Cortés, y afianzar los lazos conceptuales y anulares de los planes de la Fase Superior de Compartimentación Urbana.

Ese diseño audaz de un camino amplio y flotante (acorde con los tiempos ‘ukiyo’ que corren pese a los anuncios de nueva recesión), además de añadir un atractivo espectacular para el turismo y reforzar la humilde y humillada terraza del edificio de Piano (mirador de metal y cerámica en rápida decadencia), le aportaría a la ciudad una visión de sí misma más distante y onírica, y la ayudaría a reafirmarse en el ensimismamiento sin lamentar el vacío de ideas y habitantes en el que sabe progresar y despersonalizarse desde hace años.

Propuesta de pasarela

Sobre el uso adecuado de un lápiz Mongol

Imagen

Autobús regional (palabras cruzadas)

Fotografía de Jack Delano (detalle). 1941.Fuente: Shorpy – Historic Foto Archive. Imagen original.

¿Qué emisora ha puesto este hombre? El papa Francisco ha visitado al papa Benedicto. El otro día habló de lobos homosexuales, creo. Ahora mismo la llamo. No pasa nada. Nueve años justos vivimos ahí, y me pegaba. Ni un euro. Hijos de puta en doble fila; piense en los demás, no te jode. Francisco y los motivos del lobo. ¿Me puede avisar cuando vayamos a llegar? El beato este no es amable. Veinticinco años trabajando para la monjas. Son así. No me habían asegurado. Parece mentira que fueran. No lo denuncio porque mi hija me dice que no lo denuncie pero si le denuncio va a la cárcel y por eso me dice mi hija que no lo denuncie que es su padre. Y tú su madre. Ya sabes. No sé. ¿Dónde estabas? Eso pasa pocas veces. Desde Esteban VI y Formoso: un chiste de mal gusto. Escucha lo que te digo que tengo poca batería y te tengo que decir que vamos a hablar muy en serio. Una homilía subversiva donde el arzobispo ha explicado que el hecho indiscutible de la eucaristía es el acto más revolucionario de la historia. ¿Que no lo sabes? Te has estado morreando ayer en el patio. Dice la maestra que te controlemos más. Mi abuela me llevó de niña. No es plato de gusto. Parece mentira, con el corazón grande que yo tengo. Es imposible que haya puesto ese programa al azar. Conduce rezando: no hace daño a nadie. Paz, piedad, perdón. Fe, esperanza, caridad. No me extraña. Un San Cristóbal. Se pone las albarcas para parecer más alto. San Cristóbal era un gigante portainfantes. Ya nadie se acuerda de aquel cuadro del ecce homo. Ecce lobo, ecce homosexual. No digas tonterías que rozan la blasfemia. Ahora se las ponen todos. Parece verano en Navidad. Revilla revilluca. Son todos iguales. Un mundo bajo sospecha, se titula la novela y es como una película de Capra, pero con más mala leche. Las novelas son como películas. Ya no cobro paro. No sé con quién, pero te han visto desde la ventana de clase y ya está bien como se entere espera no cuelgues tu padre ya verás qué gracia. Ese no sabe para dónde va. Iguales, te digo. Pimientos rellenos. Fíjese que yo trabajo desde los nueve años. No me digas que no hay que ser mala persona con el corazón que yo tengo que nunca pido nada. Es un problema teológico que siempre vuelve en estas fechas. Turrón blando o duro. Pero picaban mucho. Yo le digo la parada pero depende donde vaya usted. Ahí, pasando la curva, hay dos bares cerrados, ya verás, con lo que era esto. Con lo que yo he sido. Y todavía eres, no disimules. Un cuarto de hora de retraso. Es que es su padre. Tú me vas a decir con quién te lo hacías en el patio porque igual también hablo con su madre. ¿Cómo que no lo sabes? Medidas cautelares, lo llaman. Ya ves: nada amable. Ni un euro, me da. Chalecos amarillos. Todo el jurado tenía negocios con el acusado, digo el premiado. Ya nadie cree en nadie. Mira, un dron. Parece que va hacia el cabárceno jurásico.

Nadie

Cada uno interpreta la sociología como le interesa, aunque Nadie lo diga en voz alta.

Cristal. |RPLl.

Ese tipo que, con letra ilegible, firma sus vandalizaciones como Juan Nadie (tal vez sea un pseudónimo colectivo, como quizá Ned Ludd) ni siquiera puede justificarse con la ignorancia ni con el exceso de ocio después de diez contratos encadenados en hostelería sobre horas y trabajo irreales porque parte del asueto impuesto tras la resaca lo ha empleado en saber sobre cristales rotos a muy alto nivel. Ni puta falta me hacía, murmura mientras destapa la garrafa de gasofa, esencia que el calor de la noche vaporiza (eso favorecerá la combustión), la cual reparte entre el contenedor (tres días lleva oliendo a tripas de pescado) y los cartones que lo rodean. Tiene otro par de recipientes más pequeños en la mochila con el mismo líquido, obtenido en el aparcamiento del último empleo, a ver si se creen que voy a pagar por ello.

Pero estuvo leyendo en busca de pruebas de su propia felonía y descubrió el experimento del famoso Philip Zimbardo, que gustaba de jugar con cárceles para mostrar lo fascistas, sumisos y traidores que podemos llegar a ser. Era colega de Milgram, el de los electrodos llevados al cine bajo la atenta mirada de Yves Montand (bueno, de su personaje en ‘I… como Ícaro’, pero la distinción entre realidad y deseo…) y aplicados por personas educadas, justas y buenas para ganar la aprobación de la autoridad, y aun así Montand estaba casi tan atractivo como cuando cantaba la canción de los partisanos, puede que más, tiene que ver la peli entera, que sólo hay un tráiler en youtube… Juan Nadie no debería aprender esas cosas. Algo ha fallado en el sistema educativo. Una rata mira al incendiario.

Seguro que les han contado la historia en cualquier bar: Zimbardo puso un coche con un cristal roto en un barrio de gente acomodada y lo desmantelaron vándalos desconocidos con el mismo énfasis que lo respetaron en un barrio pobre cuando el cristal estaba intacto. Y viceversa. Luego, dos tipos oportunos, Wilson y Kelling, usaron el experimento para sacar conclusiones muy interesantes para el poder: las normas deben ser obedecidas; son el orden; si se deteriora el orden se deteriora la comunidad. También avisaron que cada cristal roto debe ser reparado de inmediato, pero la rentabilidad tiene muchos raseros. Cuesta mucho aplicar ese concepto a discriminaciones y desigualdades y muy poco a las víctimas de esas situaciones. La mayoría de los ayuntamientos subieron las multas, pero no las reparaciones. Algunos ni multas ni reparaciones porque, al fin y al cabo, los contenedores son de plástico barato, y es más barato aún no reponerlos enseguida.

Nadie enciende el bic. Tengo derecho a joder lo jodido, afirma: cada uno interpreta la sociología como le interesa, aunque Nadie lo diga en voz alta. Nadie podrá pasear entre sus victorias durante meses. Su afirmación es simétrica a la de muchos alcaldes: la culpa es de la gente. Nadie es simpático rompiendo cristales como el chico de Charles Chaplin; es decir, no lo es: el lenguaje está lleno de trampas. Nadie ha visto ‘El chico’, pero no le gustó. Juan Nadie tiene un tirachinas que lanza bolas de plomo. Es el guerrero de las farolas, el justiciero de los falsos palomares. Las bolas de plomo son difíciles de encontrar porque aquí no hay industria.

El asunto de Zimbardo se convirtió en algunas ciudades en política de ‘tolerancia cero’ y sirvió para justificar medidas policiales contra los marginados sin ninguna crítica a la marginación y a la desigualdad económica. Los ricos, en cuanto ven un coche abollado en sus zonas residenciales, hacen que alguien se ocupe de ello. Nadie, sólo o en compañía de otros, deshonra las calles accesibles.

Hacía tiempo que había echado el ojo a un par de contenedores. Uno de ellos no se podía abrir porque el mecanismo de palanca estaba roto, el pedal bailaba flojo y loco, y el otro no aguantaba la carga de toda la zona. Estaban rodeados de bolsas biodegradables, como manda la ley, picoteadas por gaviotas y palomas y roídas por ratones. Las gaviotas, a su vez, se deshacían de las palomas a picotazos y los gatos no daban abasto para mantener a raya a aves y roedores. Y además el vándalo le había prometido a la anciana del séptimo que haría algo sobre el asunto. Ella no podía pulsar los pedales. La anciana no había entendido nada; pensó que iba a quejarse al Ayuntamiento: no te van a hacer ni caso, hijuco, dijo. Nadie quemó los contenedores y le sobró combustible para ajustar cuentas con el que aparcaba ocupando la poca acera que había. Luego se lió a pedradas con todas las farolas de la calle, porque le molestaba tanta luz y necesitaba hacer algo sin motivo.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Mayo rojo (más bien francés)

¿Para qué perder el tiempo con los eventos, tertulias, disquisiciones y cliqués de los (post-)intellos pudiendo ver La Chinoise?

Revista de sueños

No voy a descubrirles nada que no hayan soñado.

Portada Drosera nº 4

En el número 4 de la revista de comunicación onírica Drosera (aconsejable, sin embargo, por todo su contenido), me llama la atención el artículo de Kristoffer Flammarion (traducido por Vicente Gutiérrez Escudero del original publicado en Hydrolith: Surrealist Research & Investigations) titulado Sobre la estadística de algunos sueños antárticos que podría tener cierta relevancia en el avance superior de las investigaciones relacionadas con la estructura, significado y procesos ocultos de nuestras experiencias diarias y nocturnas.

Theodor W. Adorno escribió algunas frases inquietantes -intuyo que a modo de exorcismo- que luego los editores de su recopilación de sueños[1] usaron como introducción a uno de los libros escritos por filósofos más divertidos que conozco. Creo que esta viene al caso:

Nuestros sueños no sólo están vinculados entre sí en cuanto “nuestros”, sino que forman también un continuo, pertenecen a un mundo unitario, lo mismo, por ejemplo, que todos los relatos de Kafka transcurren en “lo mismo”. Pero cuanto más estrechamente conectados entre sí están los sueños o se repiten, tanto más grande es el peligro de que ya no podamos distinguirlos de la realidad».

Aprovechando su estancia en la Antártida como miembro de una expedición científica, la forzada adaptación a una vida metódica, la noticia de un no-descubrimiento (un barco sueco tuvo un fugaz encuentro con un animal que dejó un rastro biológico desconcertante) y un redescubrimiento literario cuya lectura impuso a toda la base, K. Flammarion desarrolló un estudio estadístico sobre sus sueños y los de sus compañeros que le permitió contabilizar lugares y situaciones y, aunque en sus conclusiones apenas esboza una hipótesis, parece aproximarse con método y sin proponérselo (no hay ningún sesgo en su investigación) a la definición de una estructura material que encaja con la percepción de Adorno. Puede que sea prematuro decirlo, pero quizá estemos cerca de la máxima decadencia de las visiones metafísicas y/o idealistas de la interpretación de los sueños y, por ello, de la irrupción en la ruda realidad de la tramoya platónica: del fin del ocultamiento.

No es sorprendente que, en un mundo que pasó en menos de dos siglos del racionalismo al probabilismo atravesando el relativismo, la estadística se adueñe del más oculto reducto de la indefensión. Los sueños saltan así de la mitología filosófica a la ficción científica con la misma precisión con que los supervivientes de las expediciones a las mal llamadas montañas de la locura contaban los hechos que no comprendían. Nada se relata mejor que lo que no se entiende. No hay relación más precisa que la de un cuento de terror. En los sueños producidos por el descanso ordenado, según el estudio, los lugares soñados se fijan en pautas compartidas. Lo mismo ocurre con las situaciones tipificadas, aquellas que estudiosos como Fromm trataron de explicar como un lenguaje natural olvidado, con su sintaxis y toda la puesta en escena; ese lenguaje que, al volverse palabras, desapareció para dejar desnuda la carnalidad del verbo que antes cubría la cálida envoltura erótica de lo onírico.

Una de las implicaciones más conflictivas de este análisis es, sin duda, la constatación de que la disciplina ayuda a la comprensión de lo onírico, algo que choca frontalmente con la liberación que aporta abandonarse a la molicie hedonista. Creo que sería de interes general debatir si el desciframiento de los mecanismos colectivos de los sueños pondría en peligro el placer de la pereza y, por tanto, la libertad. Asunto que dejo en manos de los editores de Drosera. Seguro que no defraudan.

  1. [1]Theodor W. Adorno, Sueños, Akal, Madrid, 2008. Traducción de Alfredo Brotons Muñoz

En la prensa

Minientrada

logo_eldiarioescan

Empiezo una colaboración quincenal en la edición de Cantabria de eldiario.es.
Las personas interesadas sírvanse seguir este enlace:

Anacronías