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15 noviembre, 2011, 19:06

Oro de artista

Les conté a un par de amigos sin relación con el mundo del arte ni afición a las artes la historia de las latas de mierda de artista de Piero Manzoni y, cuando supieron que una de las latas fue vendida el 23 de mayo de 2007 por la casa de subastas Sothebys’s por 124.000 €, su percepción del asunto pasó de la inicial fase de “qué chorrada” (al saber simplemente en qué consistía la obra) a la indignación contra el artista y, por fin, comprendiendo quizá la pícara inocencia del vendedor avispado, a la estupefacción ante los mecanismos del comercio del arte, es decir, los mecanismos del comercio. Si alguna virtud tiene el arte contemporáneo es la de servir como ejemplo de que la economía es un gran malentendido de una simplicidad exasperante pero con resultados a veces trágicos. Un tipo envasa sus excrementos (o dice que lo ha hecho), los expone y los vende. Las latas pasan de mano en mano y su precio va aumentando. Las primeras las vendió al precio de su peso en oro según la cotización oficial. La relación no puede ser más evidente. El precio del oro es tan arbitrario como el precio de la mierda. Creo que hizo lo mismo con su aliento contenido en un globo; pero no debió de tener el mismo éxito; quizá el aire respirado es demasiado poético para entrar tan abruptamente en el mundo de los negocios.
Desde 1961, ejemplos similares no han dejado de sucederse. Con mayor grado de complicación, incluso: me acuerdo ahora de la Cloaca de Wim Delvoye, más atenta al proceso de elaboración de la mierda y más presente ésta, ya que lo que en Manzoni es latencia y duda, en Delvoye es resultado de una mecánica muy laboriosa que recrea la digestión humana. Quizá esa ausencia/presencia del producto enlatado y correctamente etiquetado, sea el lazo de unión con la tradición artística en cuanto tiene de sugerencia que conduce a la emoción, el equivalente de la pincelada misteriosa o el golpe de cincel inexplicado que resuelven como genial lo que sin ellos sería mediocre. No falta, pues, misterio en ese arte, aunque la anécdota (y el dinero) parezca querer anularlo.
En todo caso, creo que algún millonario debería comprar una de las latas de Manzoni para abrirla y desvelar el misterio. Si es que tal cosa no ha ocurrido ya: en caso de que así haya sido, pido que se haga público. Creo que una lata de mierda de artista abierta y vacía, limpia, multiplicaría su valor mucho más deprisa que cerrada, y podría hacerlo sin renunciar al enigma; es más: aunque su propietario contara lo que encontró dentro, ¿le creeríamos?

25 septiembre, 2011, 14:16

Un edificio discreto

La ciudad quiere un edificio que atraiga a los visitantes y guste a sus habitantes. Un edificio digno de contener espectaculares muestras de arte contemporáneo. Un edificio espectacular y contemporáneo.
El edificio espectacular y contemporáneo que está llamado a cambiar la pequeña y gran historia, que supondrá un cambio de modelo y la internacionalización de la ciudad, y del cual los ciudadanos se sentirán orgullosos, estará situado en un espacio céntrico y de alto valor paisajístico. Apegado al mar, iluminado, casi(?) levitante.
Porque el nuevo y atractivo edificio no debe impedir la contemplación del entorno, que ha sido elegido para alojarlo por sus valores únicos.
Este respeto a una idea atemporal del espacio tantas veces contemplado puede ser un problema, ya que la arquitectura estelar, espectacular, llamativa y atractiva suele ser incompatible con el paisaje preexistente. Suele reemplazar al paisaje. Se hace paisaje. Ocupa el espacio donde antes había otras cosas o no había nada, donde nadie miraba o donde nadie quería mirar o donde todos estaban acostumbrados a mirar o a mirarse. Incluso cuando se hace mirador, interviene en el panorama.
El espacio elegido (casi en el sentido religioso del verbo, casi como una revelación de lo sagrado) no es un lugar desocupado ni de estética tradicional ni de historia.
El edificio además va a estar ahí porque debe entrar en relación con otros edificios y otros usos y ser parte del centro urbano. O más bien de la esencia urbana: en una ciudad alargada como Santander, la idea de centro urbano tiene más de esencia inefable que de situación geográfica. Y, como el casco viejo desapareció en 1941 sin que ninguna planificación tuviera el valor de reemplazarlo, tampoco sirven la historia ni la Historia. Sólo la prehistoria (la bahía) y la firmeza inevitable de los muelles. El edificio en proyecto tendrá que ser parte de esa primigenia tradición sin dejar de ser nuevo y novedoso.
Es una labor difícil, pero la arquitectura actual tiene soluciones para todo. Y la genialidad impone una solución sencilla. El nuevo edificio será invisible. Déjenme que lo matice en negrita. El nuevo edificio será o al menos tenderá a ser invisible. Será a la vez espectacular e invisible.
El centro cívico cultural proyectado para Santander por Renzo Piano contiene, pues, un valor inesperado: la ausencia. Será atractivo, innovador, audaz, lúdico expositor de arte contemporáneo… y discreto. Existirá, será funcional, estará repleto de emociones estéticas y no ocupará el espacio visual que las leyes de la óptica suelen otorgar a los objetos, incluso a los objetos translúcidos o transparentes, incluso a los objetos flotantes.
No va a parecer una corola cromada saliendo de la bruma, ni una ciudad de cómic espacial, ni un huso tornasolado de uso tópico, ni siquiera el esqueleto fósil de un monstruo marino o un sombrero oriental o un falso error de tuberías de colores sobre una explanada hendida que reúna sin cesar farándulas y bohemios. Parecerá más bien un edificio que no quiere estar ahí.
En un futuro -aunque este proyecto ya pertenece al futuro- la solución quizá hubiera sido construirlo en otra dimensión (lo cual tampoco sería raro ni en el presente ni en el pasado de estos pagos) y que en lugar de flotar sobre la bahía lo hiciera con aún mayor elegancia sobre el tiempo y el espacio. Pero quizá no alcancen los presupuestos para tanto.
Algunos piensan que hay serio peligro de que al final no disfrutemos ni del edificio (que no surja como una sorpresa en el horizonte, que no nos sorprenda, que no nos divierta, incluso que nos aburra) ni del paisaje, y que todo resulte un borrón insulso, como cuando se mezclan colores complementarios.
Hay quien sostiene que la arquitectura debe buscar la integración con el paisaje, pero este concepto parece un tanto evasivo. Integrar, hacer que alguien o algo pase a formar parte de un todo, suena aquí a medias tintas, a suplantación de lo bello por lo bonito, de lo intenso por lo mediocre. Y si el objetivo es que la urbe huya mediante la arquitectura de la medianía, del aburrimiento, habrá que elegir entre el edificio y el paisaje. O suprimir el dilema cambiando la ubicación. Trasladar la bahía, de momento, no parece viable.
De todos modos, en medio del anuncio del advenimiento del espectáculo invisible, con fuerte tendencia al tedio divertido, la premonición crucial es la aparición, como un OVNI entre las nubes, de un edificio panacea que, con energía inusitada, impulsará la estética y la economía de la ciudad.

16 mayo, 2011, 14:19

Ruido (Santander velada de pantallas)

El Ayuntamiento de Santander instaló hace unos meses pantallas en los autobuses del Servicio Municipal de Transportes (TUS, sin ningún rubor por el tuteo). La bahía, los parques, los barrios, el tráfico, lo bello y lo feo se sirven en imágenes unificadas bajo un predominio azulado. La ciudad se muestra filtrada y su historia como obra de la voluntad municipal. Y a la monocromía se suma un montaje monódico; el mismo color, el mismo pensamiento, el mismo aburrimiento de diseñadores acomodados en esa corrección con que han aprendido a teñir los logos animados.
Al principio, nada más ser instaladas con esa nocturnidad de los autobuses urbanos, cuyas novedades casi siempre nos sorprenden durante los bostezos de las primera horas, las pantallas no emitían sonido. Pero ahí estaban, tapando el paisaje. El ruido sólo era visual. Ahora, las pantallas emiten ruido en el sentido estricto. Quizá tengan algo que ver las elecciones; los trucos electorales son cada vez más burdos. Ya no solo se entrometen los pseudodocumentales del consistorio en la contemplación de las figuras urbanas y humanas. Ahora también estorban en las conversaciones y obligan a subir el volumen de los reproductores musicales. Da igual que los viajeros (aunque hace tiempo que sólo somos usuarios) prefieran llevar su propia música y escoger el sentido de sus miradas. Esos lienzos atorrantes persisten en suplantar los exteriores, la intemperie de la ciudad desurbanizada a golpes de autocomplacencia.
El ruido y la intromisión visual, la saturación de sonidos e imágenes no deseados (no me convencerán de que ellos saben lo que nos conviene) son agentes tóxicos incluso en un país de ruidosos habituales como el nuestro. En otros pagos que consideramos modélicos, los transportes públicos tienden a la transparencia: hay ciudades que en buena hora (porque sus ciudadanos se han hartado antes y ciertos usos democráticos han conseguido imponerse, además de otras evidencias más científicas) van expulsando los enjambres de coches que las agobian y los reemplazan con tranvías silenciosos. Aquí los encerramos (cobrando por ello) en en el centro urbano y, cíclicamente, en horas fijas y fechas delirantes, los soltamos como avispas azuzadas. Y llamamos carriles-bici a aceras mal pintadas.
Las pantallas de los autobuses tan frecuentemente atascados tratan de volver opacos los espacios de tránsito y atraer las miradas y las ideas hacia una falsificación de los espacios cotidianos. No hay mas remedio que recordar a Orwell, en irónica inversión: el Gran Hermano exige que lo mires. Y es capaz de aburrir a las piedras.

5 septiembre, 2010, 20:23

“Left behind” de Jim Shaw en el CAPC de Burdeos

entrepotgransalle03El Centro de Artes Plásticas Contemporáneas (CAPC) de Burdeos está situado en un antiguo almacén de productos coloniales, un espacio de grandes dimensiones que por sí solo merece la visita. Conserva el aire, el sonido y los grafitis de su misión original. Es un lugar lleno de ecos mercantes con tintes de templo laico donde las piezas de la exposición Left behind, de Jim Shaw, se acomodan sin contradicciones. Seguir leyendo ‘“Left behind” de Jim Shaw en el CAPC de Burdeos’ »

1 mayo, 2010, 20:28

Raqueros

Hasta mediados del siglo XX era frecuente en Santander (hay incluso un monumento) la figura del raquero, pero es probable que lo único exclusivo, en esa acepción (El DRAE la recoge con un sentido más amplio, en referencia a los ladrones de los puertos o como un tipo de embarcación), sea la palabra (lo cual es mucho). El término inglés (wrecker) hacía referencia a los saqueadores de naufragios. Éstos también abundaban por toda la costa cantábrica Seguir leyendo ‘Raqueros’ »

1 mayo, 2010, 18:37

La Segunda Ucronía Mundial

Las utopías me suelen parecer demasiado beatíficas, aunque, por respeto a Eduardo Galeano, admito que pueden servir para seguir avanzando. Prefiero las distopías, por su carga crítica y su tendencia al humor amargo. Y lo que más me gusta es el tercer plano de los mundos improbables, las ucronías, es decir, los relatos obtenidos por métodos contrafactuales aplicados a periodos de hechos más o menos homologados por los medios correctores.
Ya sé que la reescritura de la Historia y de nuestras pequeñas historias es una tentación para todos. Supongo que incluso los historiadores más honrados tienen que luchar contra el deseo de abolir el dato que no encaja en el prejuicio o el descubrimiento que esclaviza la confirmación de la hipótesis. Los profesionales de la política lo hacen constantemente por motivos obvios y los súbditos lo hacemos para soñar que aquella plaza de aparcamiento estaba libre o que nunca cogimos un autobús equivocado. Quizá sólo los locos no lo hacen, porque sienten que su mundo siempre es verdadero; pero esa sí que es una historia alternativa a esta.
Sin embargo, dejando aparte las grandes mentiras y los pequeños autoengaños, cuando intervenimos sobre el pasado con ánimo crítico y creativo, a veces conseguimos que surja del juego una mejor comprensión del presente. O por lo menos pasar un buen rato.
Dentro del género, hay una tradición que ha puesto el foco sobre el tema de la Segunda Guerra Mundial y el ascenso de los movimientos fascistas. Me vienen ahora a la memoria las novelas El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, La conjura contra América, de Philip Roth, El sueño de hierro, de Norman Spinrad, o el proyecto cinematográfico Iron Sky, que merecería un artículo propio. Pero hoy toca hablar de Quentin Tarantino.
Hace poco vi Inglourious Basterds y me pareció tremenda y maravillosa. En ella se cuenta cómo la Segunda Guerra Mundial tuvo otro final gracias a los caminos convergentes de una chica judía y un grupo de guerrilleros de métodos muy sucios reclutados entre la escoria (valga la palabra de raro homenaje al yiddish Isaac Bashevis Singer) que suelen dejar a su paso los comienzos de las guerras. Los soldados, judíos nada regulares en busca de venganza, están a las órdenes de un teniente mestizo de Tenessee cuyos discursos antirracistas predican una guerra santa contra los nazis y recuerdan aquella parrafada bíblica (falsa, por cierto) de Samuel L. Jackson en Pulp fiction.
Pero eso es sólo una pequeña parte del elenco y un pobre retazo de una película que homenajea al cine mientras señala el turbio papel del séptimo arte como excitador de los más bajos sentimientos patrióticos al servicio del propagandista Goebbels, las exquisitas maneras de los jerarcas de la Gestapo (que parecen ir a comerse el mundo como comen strudel cubierto de nata en un restaurante de lujo) y, de paso, con salvaje frescura, introduce una reflexión sobre la memoria histórica y sobre las marcas indelebles que, de hacer caso al teniente Aldo Apache Raine, deberían delatar a los criminales y sus cómplices.
Y además es una película bella y divertida. Y, sobre todo, es buen cine.

21 febrero, 2010, 18:35

A propósito de La cinta blanca, de Michael Haneke

Aconsejo humildemente a los que trivializan las secuelas de una educación autoritaria, a los que la invocan y a los que buscan la comodidad del ordeno y mando para solventar los problemas de la sociedad que vean La cinta blanca, de Michael Haneke.
También se la recomiendo a los que se encuentran a gusto en medios castrenses o conventuales o escalando en los departamentos de recursos humanos, porque en esos ámbitos, enmascarados en la jerarquía, se sienten libres(?) de dar rienda suelta a los instintos que métodos similares les inculcaron.
Y se la recomiendo, por supuesto, a toda la inmensa mayoría que alguna vez ha sufrido los manejos de esos especímenes.
Esta película resume de un modo impecable los monólogos que los dominantes quieren hacer pasar por diálogos ante los dominados y los discursos que pretenden justificar las bofetadas. Cuenta de modo magistral esa historia por tantos sentida en la que sacerdotes, terratenientes, administradores y burgueses aplican a los débiles sus disciplinas con esa suerte de placer sádico-hipócrita (me duele a mí más que a ti) legitimado por el principio patriarcal de la obediencia debida. Cuenta con toda claridad lo que sospechábamos: que debajo de la veneración a la autoridad no hay más que miedo y autoengaño.
Pero también describe cómo los hijos de la represión, si no tienen la suerte de encontrar por el camino de Damasco un sano libertinaje que los vuelva a subir al caballo, perfeccionan los códigos del dolor y se hacen dignos sucesores de los expertos en la imposición de normas, en la justificación de las arbitrariedades mediante los recursos aprendidos en horas de sermones y en la atribución de sus propios deseos a los designios de la divinidad, que ha creado el mundo a la medida de los sacerdotes, o a la razón del poder, que ha configurado la sociedad a la medida de los ricos. Y la naturaleza reprimida vuelve en forma de naturaleza represora. Los mecanismos del poder indiscutido se replican en cada unidad familiar, escolar, laboral, como los cuadrados en las alfombras de Sierpinski. Todo en la sociedad es permeable a los hábitos, las jerarquías y las desigualdades. Los que pagan el precio más alto son los más indefensos o los que no pueden permitirse el lujo de huir del látigo o del chantaje del hambre.
Creo que Haneke ha hecho con los instrumentos de la ficción un análisis muy preciso de la sociedad europea que armó dos guerras mundiales. No hay retórica que desvíe la atención o acepte el juego de los manipuladores; sólo un relato puesto en boca de un hombre sencillo, enamorado y entristecido por las tiranías que lo rodean. No hay grandes tesis; sólo los hechos, que se van filtrando entre los días y dejando un poso de consecuencias en manos del azar. Lo necesario para atisbar por qué ocurrió lo que sabemos.
Parece ser que el buen cine todavía existe. Díganlo por ahí, por favor.

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