Surreales viajeros

En Cantabria, los relatos de forasteros sobre lo autóctono no han hecho fermentar las referencias y extravagancias como autorreferencias apropiadas o tópicos denostados.

En el libro que dedicó a sus memorias españolas (‘Para matar el recuerdo’, se titula, nada menos), Jean-Claude Carrière debate consigo mismo una afirmación de José Bergamín, que sostenía que cada pueblo es responsable de los tópicos que lo identifican.

El francés no lo tiene claro, pero se inclina por reconocer que las representaciones caricaturescas del carácter de una población, aunque sean construidas por extranjeros y contengan malevolencia, morbo o burla, son muchas veces aceptadas por los afectados porque, incluso a su pesar, ven en ellas la utilidad de una máscara protectora, un refugio sintético contra los temores de los pueblos a sí mismos o contra la tentación de encararse a sí mismos -matícenlo ustedes a su aire, que la frase se hace larga-.

Carrière fue amigo de Buñuel, un espíritu animal universal y nómada que nunca pudo ni quiso desprenderse de los tambores de Calanda: al contrario, le sirvieron para apuntalar el surrealismo.

Toda crónica de viaje me parece un ejercicio de percepción surreal falsificada o involuntaria. Eso no le quita valor; se lo añade: hasta la técnica implica un desplazamiento que, bien mirado, resulta irracional. Ya lo apuntó Apollinaire: “Cuando la humanidad ha querido imitar el acto de caminar, ha creado la rueda, que no se parece a una pierna. Ha hecho surrealismo sin saberlo”.

En Cantabria, los visitantes no han hecho fermentar las referencias y extravagancias como autorreferencias apropiadas o denostadas por los autóctonos, así que, estudiosos aparte, no han alcanzado gran éxito los relatos ajenos sobre los tocados medievales de las mujeres, los milagros de San Martín, la cofradía antiblasfemia del repelón, la milicia cristiana del obispo regente o, mucho más cercano, el encierro de Leonora Carrington, activa surrealista cuya narración de su estancia psiquiátrica relajada con cardiazol se me hace metáfora del horror anticonvulsivo en un lugar demasiado tranquilo, y es una pena que su fama en otros ámbitos no haya trascendido del personaje a la geografía elegida para anularlo, pero esa es otra historia.

Claro que, dado el empeño por saturarse de turismo, conviene no citar algunos testimonios, como el recogido por José Luis Casado Soto del inglés Richard Wynn, quien asegura que, en 1623, en Santander a los bolos sólo jugaban las mujeres, y que sólo ellas trabajaban mientras los hombres se paseaban luciendo capas y espadas y mofándose de los marineros extranjeros que, por vergüenza de machos, las ayudaban a descargar los barcos. El cronista vino acompañando al príncipe de Gales cuando pretendió emparentar con la monarquía española, cosa que salió mal, y su testimonio no es muy apreciado. Sabemos, sin embargo, que hasta muy entrado el siglo XX, gran parte de la estiba era asunto femenino.

Que no se animen los no santanderinos justamente hartos del peso excesivo de la capital. Wynn tampoco lo pasó bien por esos valles y costas. Comió mal, durmió poco, bebió vino malo y la única moza de buen ver que se topó resultó ser de ascendencia británica. Es tan poco probable que me resulta creíble.

Sin embargo, el asunto de los viajes tiene otro valor cuando se trata de hacer espectáculo de un ejercicio de autoridad. De testimonios como el de Wynn casi no se habla ni para criticarlo, pero se conmemora la llegada de un emperador que improvisó un patíbulo en la plaza principal y de otras figuras imperiales que incluso trajeron pestilencias.

Esos desembarcos se evocan todos los años, y cada vez me parecen más paradójicas misas de acción de gracias. No sé si tienen algo que ver con la trivialización de la imaginería surrealista, igual que el aprecio por las ferias abrileñas en carpas instaladas sobre boleras en ruinas. Fósiles de ecos de emboques se borran a cada paseíllo.

Algunos se cabrean, pero la democracia del gusto revela incluso a su pesar que toda tradición es provisional (o sea, contradicción) y depende, no de las subvenciones, sino del estado de ánimo y de la rentabilidad. No hay argumentos que valgan cuando el folclore propio se convierte en arqueología y casi nadie lo cuenta ni desde dentro ni desde fuera. Ni lo modifica, mestiza o prostituye, todo lo cual sería válido. Al fin y al cabo, la principal atracción turística familiar de la región (está comunidad es radicalmente familiar y regionalista) se basa en la exhibición de especies exóticas (lobos árticos, por ejemplo) en un paisaje ferruginoso, mientras algunos ganaderos hacen pintadas contra la protección del lobo autóctono.

Volviendo al asunto del principio (aunque divagar es viajar), se me ocurre, para darles la razón a Bergamín y Carrière, que sí hay al menos un relato sobre Cantabria que ha llegado desde fuera y, pese a no servir como refugio presupuestario, goza de gran aceptación local. Me refiero a la construcción televisiva de un presidente autonómico.

Qué razón tenía Alejo Carpentier, otro cofrade surrealista: lo real es maravilloso. El problema es la realidad.

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Currículos

La verdad tiene un alto valor escatológico en todos los sentidos de la palabra, es decir, lo mismo cuando se refiere a la trascendencia que cuando subvierte el marasmo de las cloacas. Pero, a estas alturas, entre los conceptos opuestos media una proximidad inquietante.

Andrea Mantegna 1495 (detalle) Andrea Mantegna. ‘Niños jugando con máscaras’ (detalle). 1495.

Debe de ser coincidencia que en poco tiempo hayamos descubierto que dos representantes políticas publicaron falsedades en sus currículos.

Una de ellas, directora de un “observatorio”, cargo de designación, ha dimitido. La otra, alcaldesa, cargo electo aunque en sustitución del que fue cabeza de lista, se niega a hacerlo pese a los requerimientos de la oposición. Son de partidos diferentes, pero aliados en lo fundamental, o sea, igualmente fundamentalistas en la sustitución de la política por las apariencias, y creo que, si se hubieran cambiado los papeles, las actitudes hubieran sido las mismas, determinadas por la importancia de los puestos que ocupan y la dimensión de la debilidad mostrada. Además, parece ser que ambos repentinos descubrimientos de informaciones falsas que, como aquella carta robada del relato de Poe, estaban a la vista de todos (¿cuánto tiempo llevaban expuestos los currículos sin que nadie decidiera hacer caso de ellos?), proceden de maniobras internas de esas entidades donde otros conceptos relacionados con la verdad (el respeto a la discrepancia, el juego limpio…) son consideraciones extremadamente relativizadas.

Para los que somos el vulgo, por mucho que opinemos y hagamos literatura con esas cosas, un “observatorio” es algo difícil de identificar salvo quizá cuando asoma a los medios haciendo propaganda, mientras que una alcaldía nos parece que se ocupa de la gestión de una ciudad. Es probable que en ambos casos estemos equivocados, pero es lo que hay: el electorado no damos más de nosotros mismos y “ellos” prefieren dárnoslo todo elaborado y de fácil digestión.

La verdad tiene un alto valor escatológico en todos los sentidos de la palabra, es decir, lo mismo cuando se refiere a la trascendencia que cuando subvierte el marasmo de las cloacas. Hay que admitir que la etimología y los diccionarios, en estos asuntos, se muestran despiadados. Pero, a estas alturas, después de que los filósofos levantaran un muro de lenguaje alrededor de la lógica para luego derruirlo con la práctica, entre los conceptos opuestos media una proximidad inquietante. Entre la verdad y la mentira están las máscaras, muchas veces indefinibles, pero sólidamente asentadas como un puente que las une: incluso cuando se hacen descaradas, su invitación al juego, a la evasión, nos hace estimarlas más que a la cruda realidad. La máscara, por estrambótica que sea, soluciona la contradicción del mismo modo que las consignas del doblepensar (palabra viajera desde la dictadura de aquel desarticulado 1984 hasta la democracia formal) hacen soportable la coexistencia imposible de la guerra y la paz, equilibrio que sirve para mantener la pobreza y la riqueza en un limbo de igualdad que autoriza al portavoz de turno a decir que todo va bien, valga la parte bien cebada por el todo.

El intento de prestigiarse con estudios no realizados (con la misma desfachatez con que suelen afirmar que sus méritos de acción políticos son indiscutibles y negar sus fracasos) es uno más de esos factores de indignación y debate que espanta el espanto de la política real a partir del jaleo apriorístico de los militantes y votantes.

Cuando alguien dice que una sociedad de desigualdades crecientes posee una economía boyante (valorando sólo el cálculo de la minoría rica), que se hace lo que se puede contra la miseria, la guerra, el machismo, el racismo, etc., sabiendo que no es cierto, no hace falta verificar un diploma para pedir la dimisión por la falacia porque la jodida realidad no se acepta en el marco del discurso y porque se acepta el marco (ahí está la clave, bien aplicada por los medios) sin discursos en contra.

Pedir la dimisión por la pretensión de tener un título no obtenido quizá no esté de más, pero me temo que encierra el peligro de hacer ritual fútil toda recusación. ¿La mentira del currículo es un fenómeno supraelectoral que obliga a ceder el puesto sin esperar el juicio de las urnas? El aumento del paro o la deuda pública, ¿no merecen el mismo trato para los que aseguraron tener soluciones?

El juego de la simétrica suplantación no deja de ser la prolongación de un mitin, una promesa más de las muchas afirmaciones en campaña que no se creen o en la que no se fijan ni los incondicionales. Hacer de ello una cuestión mayor es presentar la actitud general como excepcional y asumir la limitación del terreno de controversia a lo casi anecdótico,incluso con consecuencias y dimisiones que probablemente tengan doble fondo. Lo cual, por supuesto, alimenta a los que están muy a gusto en el desarreglo. Los directores de escena gozan entre bambalinas y cobran por ello, y los opositores, contaminados de ortodoxia, se apuntan al coro y siguen el ritmo.

Para colmo antiestético, los que amamos la ficción la vemos servir de instrumento sin ningún respeto por el viejo pacto lector (o espectador)-autor. Y con una lamentable falta de calidad. Los payasos no maquillan sus sonrisas grotescas sobre los rasgos solemnes del desamor, sino sobre los gestos mecánicos de los charlatanes. Así, es difícil que den pena o risa. La tragicomedia no cabe en los telediarios.

Otra cosa sería el mundo si por lo menos las mentiras las escribieran dignos herederos de Flaubert (experto en lugares comunes) o Joyce (harto de los límites de la expresión). Pero no: ellos decían verdades cuando mentían en sus currículos.

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Hologramas girando como AVES

En los locos tiempos de Dziga Vertov, los trenes llevaban cámaras para mostrar cómo se hacía el pan, desde la hogaza al trigo, y explicar el mundo por inversión. Ahora es imposible que un tetrabrik se transforme en una vaca.

Jim Shaw. 'Fuzzie's overniter' Jim Shaw. ‘Fuzzie’s overniter’ (‘Pernoctación ocasional’), de la serie ‘Abandonados’. | RPLl.

El modelo kennedyano de político puede poner a cualquiera mirando para donde haga falta sin perder la apostura ni la cara de ingeniero bueno. Para recibir las culpas y el folclore ya están esos personajes de Matt Groennig que dicen burradas y se llevan el humor grueso de los votos populares.

En el tiempo en que el objetivo cinematográfico era digno de tal nombre porque se entendía que todo lo demás estaba en la mente y sus relaciones, lo importante era saber que la verdad, aunque no opuesta, era diferente de lo visible. Lev Kuleshov ya demostró que el mismo rostro con la misma expresión denotaba sentimientos encontrados o complementarios. A cada cual según sus necesidades. Entonces todas las formas de lenguaje exigían una sintaxis. Ahora da igual: el orden de las cosas en el carrusel televisivo vale para todo y su contrario.

En los locos tiempos de Dziga Vertov, los trenes llevaban cámaras para mostrar cómo se hacía el pan, desde la hogaza al trigo, y explicar el mundo por inversión. Ahora es imposible que un tetrabrik se transforme en una vaca; todo cae del cielo y toda profecía incumplida puede ser renovada como si nunca hubiera caducado; las falsas promesas no tienen ni fecha de consumo preferente.

Cantabria es infinita aunque encoja día a día como una piel de zapa. Lo mejor del infinito es que no tiene medida, y la mejor demagogia son las matemáticas desorbitadas; nada de valores sencillos: valores imaginarios y vacíos perfectos (que Stanislaw Lem me perdone), y el que quiera un sucedáneo de la paz (o de una vida digna), tiene que aceptar las crisis y su narración a base de planos rápidos, voces cantarinas y claques de opereta. La solemnidad queda para las inserciones de víctimas, inevitables, por supuesto, pero de inserción medida.

Como todo es circulación financiera, oficialmente nada retrocede. No sabemos de dónde sale el dinero que paga los trenes, los falsos parques y los superpuertos, pero nuestros bolsillos están vacíos y nadie duda que hay que hacer cosas carísimas que a alguien aprovecharán aunque los atraques estén vacíos y las imágenes no superen el valor informativo de un salvapantallas.

Hoy la audiencia no soportaría uno de aquellas microespacios televisivos que hizo Godard en los años 70 para demostrar el potencial que tenía lo que él mismo denunciaría como la mayor estafa del siglo XX: la televisión. Enseñaba a gente haciendo cosas. La cámara era testigo. Los testigos siempre son molestos.

“Superada” (diría un postlisto) la sinceridad inicial, la eterna sonrisa del fomento hace de las cámaras, desde un cielo de miradas de insectos, la banda de ‘majorettes” de una nueva edición del ‘show” de jersey azulina de entretiempo antes de que se desencadenen los ‘godzillas’ del verano. Resuena la voz de décadas del Noticiero-Documental y se anuncia a bombo y platillo Alta Velocidad para Todos, incluso (o sobre todo, como cuando gana el equipo local y nos creemos que hemos jugado todos) para los que no tienen adónde ir, que llevan años pagando los billetes más caros mientras veían hundirse sus trenes cotidianos de cercanías.

El caso es que el Gran Club de los Hologramas Azules se ha montado una gira promocional del AVE y va a llenar los telediarios de poluciones y peregrinaciones sobre el Gran Sueño Interautonómico Español. Muchos (no, no los he contado) tememos que conseguirlo sería una desgracia. Pero creo que son más los que consideran que es importante que “venga” el AVE, aunque no venga de ninguna parte ni vaya a ningún sitio o sean simples ampliaciones de lo ya existente (de repente han descubierto que se puede ir de París a Oporto y que San Sebastián está cerca de Hendaya).

Es un milagro: sin desplazarse, sigue moviendo dinero. Godard se ha transfigurado en Godot para templar la espera de una provincia que sueña que es una comunidad autónoma que sueña que es una parada obligada, pero se trata de un territorio improductivo dispuesto a disfrazarse de lo que haga falta, como un Villar del Río sin Pepe Isbert, que por lo menos daba explicaciones circulares.

Los viajeros azules y sus coaligados parecen felices, se apean, saludan, fomentan, fermentan, comparten platós, refinancian, privatizan y recortan servicios sociales. Y ni siquiera se molestan en buscar epifanías menos manidas que anunciarnos.

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Jubileo

La paradoja del ermitaño es que, pronto o tarde, su fundación necesita peregrinos. La carne es fuerte. Necesita negocios, desafíos, rutas de intercambio, supuestas reconquistas.

Mapamundi del Beato de Saint-Sever Mapamundi del Beato de Saint-Sever

Creo que fue poco después de que los hérulos arrasaran estas costas cuando un rey mandó desde su trono remoto amurallar el puerto y constituir un monasterio al que dio el señorío de la villa, sus tierras y sus marismas. Por suerte, había a la entrada del puerto una roca horadada donde encajó perfectamente la nave que trajo las cabezas de los mártires.

Al abadengo, además de los arriendos de sus huertos y los portazgos y pontazgos, pertenecían los diezmos de la pesca, los escabeches, las salazones y el vino. Y también las lenguas y corazones de las ballenas varadas. Las cocinas de Su Reverendísima Señoría estaban, pues, regularmente surtidas.

Por aquel entonces, las mujeres seguían peinándose según los usos de sus estados. Las solteras iban rapadas a mechas, las casadas usaban un tocado adelantado como un cuerno grueso y las viudas una suerte de tronco de cono. Los hombres hacían círculos predatorios, miraban celosos las presas soñadas y apuraban las jarras. El dios romano que contemplaba las procesiones desde una columna, casi borrado por el viento, se fingía un santo portador.

Todo esto es pura especulación, pero no voy a detenerme aquí, y diré que los crótalos que dirigían los bailes estaban sincronizados con un universo perfecto y simétrico. El mal era fácil de definir y el bien todo lo demás. Más acá de lo más temible, ni siquiera el sexo o la burla parecían pecados de verdad.

Puede que (pese a las advertencias de San Millán y a las matanzas de Leovigildo) las poblaciones costeras todavía comprendiesen mejor a los dioses caprichosos precristianos que a los cuatro jinetes del Apocalipsis, y que esa tendencia pagana de los puertos influyera para que el gran lugar de peregrinación se creara en las montañas del interior. Allí lo sacro estaba adquiriendo otras dimensiones a partir de la cueva de un anacoreta. La paradoja del ermitaño es que, pronto o tarde, su fundación necesita peregrinos. La carne es fuerte. Necesita negocios, desafíos, rutas de intercambio, supuestas reconquistas.

Las reliquias eran (son) fuentes de ingresos, comercio, prestigio, autoridad y fe, y también de competencia con otros templos. (Lo mismo ocurre con los milagros. Malas lenguas aseguran que Garabandal no fue aceptado a causa de la equidistancia de Lourdes y Fátima). Mejor tener un leño de la cruz que dos cabezas de centuriones conversos o una leyenda casi de broma como la de Maurano, que le contó a Gregorio de Tours que había perdido el habla y la había recuperado nada más subirse al barco de la peregrinación.

Todos esos usos permanecen y se alternan en interés e intensidad. Hoy se quejan los representantes de los empresarios de que el año jubilar sea la única acción que en 2017 pueda representar una oportunidad real de hacer negocio. Se muestran preocupados por la gestión y las infraestructuras como los frailes pedían que se ofreciera pan blanco a los peregrinos para evitar que cayeran en delirios ardientes de centeno. Parecen dudar de que los que no vengan por la reliquia lo hagan por el paisaje o el orujo. Temen el fracaso del negocio estacional que no copiará ningún beato.

Muchos peligros acechan al peregrino. Ya previnieron San Benito de Nursia y San Agustín contra los giróvagos, circelliones o circumcelliones, falsificadores de huesos de mártires, glotones, enemigos del ayuno y difusores de vicios entre otros monjes y anacoretas, atrapadores de crédulos con falsas indulgencias y tahúres. Creo que nunca les hicieron mucho caso. Y la tradición manda. O su parodia.

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Chelsea

Estaba encargada de estudiar y ocultar. Pero no se encontraba a gusto ni en su labor ni en su género; sufría las máscaras de lo que podía decir de la guerra y de lo que se esperaba que dijera de sí misma.

Hermaphroditus y Salmacis (s. XVII). Francesco Albani.Hermaphroditus y Salmacis (s. XVII). Francesco Albani.

El otro día, el expresidente Obama, como gracia de su final de mandato, decidió poner en libertad a Chelsea Manning, que, cuando se llamaba Bradley Manning y tenía apariencia masculina, fue condenada a 35 años de cárcel por entregar al dominio público pruebas de abusos de detenidos, falsedades en los datos oficiales sobre el número de bajas y ataques a la población desarmada y a periodistas en las guerras de Irak y Afganistán.

Se supone que Chelsea saldrá en mayo. Para entonces habrá cumplido siete años de cárcel. Las condiciones de su encierro han sido muy duras y ha intentado suicidarse dos veces. Un resumen de lo que hizo y de lo que representa puede leerse en este artículo.

El caso de Manning me parece un ejemplo de los mecanismos que resuelven -o no- las intermitencias de las identidades. De lo identitario se suele hablar casi siempre en términos de pertenencia, simbología, rasgos culturales, valores, hábitos y todo lo que en general tiene más de ejercicio de imaginación y acomodación de la carne al verbo que del verbo a la carne. Así que debo confesar que prefiero la definición primaria de la vieja filosofia: la identidad es la relación que un ente sólo mantiene consigo mismo. Lo demás tiende a parecerme un puro juego de reglas provisionales que deberían permitir rediseñar lo que haga falta, lo que se eche en falta, las carencias y los anhelos.

En la novela Orlando (1928), de Virgina Woolf, el sexo del protagonista cambia, después de un largo período de sueño, con una naturalidad derivada, es de suponer, de sus experiencias pasadas, la necesidad afectiva, el desasosiego de la insatisfacción y la incertidumbre de la lubricidad futura. Son cosas que durante mucho tiempo sólo podía hacer la ficción, experta en aproximarse a la realidad esquivándola.

Como rechazando el miedo ancestral a las metamorfosis, que alcanzaría su máxima síntesis en el insecto de Kafka, Orlando cambia de sexo y género, pero su identidad no varía, porque no son ni la sexualidad ni la apariencia, ni la fe ni la lealtad a una causa, condiciones inmutables de los individuos. El temor a reconocer la falacia de lo inmóvil hace que muchas veces se inventen asideros peligrosos y que la autorrepresión y la represión de los demás se institucionalicen.

Manning era la misma persona cuando se hizo soldado que cuando envió a Wikileaks las pruebas de la barbarie, y será la misma persona cuando salga de la cárcel ya aceptada legalmente como mujer y todavía pendiente de parte de los tratamientos de transformación. Los aparentes cambios extremos no parecen haber alterado la voluntad ética de quien, sin embargo, ha sufrido agresiones, traumas y humillaciones por ellos.

La información es hoy en día un concepto evanescente, pero sigue cumpliendo su misión de fabricar identidades oportunistas. El entonces Bradley era un soldado de las unidades de información militar. Estaba encargado de estudiar y ocultar. Pero no se encontraba a gusto ni en su labor ni en su género; sufría las máscaras de lo que podía decir de la guerra y de lo que se esperaba que dijera de sí misma.

En ambos casos, para defender la libertad de información y para ejercer la libertad de elección de género, la búsqueda de la armonía requiere mucho valor. En el primero, la misma Chelsea ha explicado sus motivos citando a Howard Zinn, el historiador que zarandeó los mitos americanos: “No existe bandera lo bastante grande como para tapar el asesinato de gente inocente”. No sé si habrá dicho algo semejante de su opción transexual, pero Orlando sufrió con el cambio los efectos de la consideración de la mujer en la época victoriana, no muy alejados de los actuales y siempre en función de qué lugar geopolítico y social ocupe la persona.

Parece demostrado que Chelsea vio aumentado su castigo por el machismo cotidiano de las prisiones militares. Las definiciones no definitivas de masculinidad y femineidad subvierten la disciplina en esos ejércitos que todavía tienen serios problemas de depredación contra las mujeres soldados.

Los patriotas dogmáticos odian a Manning por su deslealtad al secreto, pero también por su cambio de género, que para ellos es otra forma de traición, o parte de la misma. Argumentarán que no sólo ha defraudado al estado-nación, patria patriarca de doble faz paternal y guerrera, sino a su propio sexo. Es muy difícil que instituciones ancladas en valores absolutos acepten la ductilidad en las identidades. La guerra es un gran marcador de lo inmutable; fuerza la confusión de lo accesorio con lo eterno y asfixia los derechos fundamentales como los uniformes a los cuerpos.

Algún día, por cierto, habrá que liberar los aspectos de la heterosexualidad marginados por la ortodoxia para uniformarla. Eso tampoco será ajeno al fin de los secretos de estado.

De momento, aquí queda este pequeño homenaje a Chelsea Manning.

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El clima y la providencia

Arthur Rothstein. Sequía. 1936

Me dice un empleado de una agencia inmobiliaria que promotores y vendedores contemplan un futuro óptimo para sus intereses en la cornisa cantábrica gracias al cambio climático. El descenso de las precipitaciones y el aumento de las temperaturas puede convertir estas costas en un nuevo Mediterráneo. (No me queda claro en qué infierno puede convertirse el Mediterráneo). Lo ha dicho, durante un congreso, uno de esos instructores de la mercadotecnia. Me gusta más ‘instructor’ que ‘coach’, no sólo para evitar el anglicismo, sino porque ‘instructor’ me recuerda al ejército y a los expertos en enseñar a los soldados a no sentirse culpables y sublimarlo todo en el ascenso. En este caso, el papel banal frente a intereses superiores le ha tocado al clima.

Hace años que en esos encuentros organizados por las empresas para ofrecer a los nuevos guerreros un soporte lírico y doctrinal circula una frase de Goethe que Goethe nunca escribió. Creo que es una especie de réplica a aquella de Brecht que en realidad era de un sermón de un pastor protestante llamado Martin Niemöller.

El texto del pseudo-Goethe (una deformación de una interpretación de una mala traducción de unas frases del ‘Fausto’), dice: “En el momento en que uno se compromete de verdad, la Providencia se conmueve y actúa. Todo tipo de ayuda que nunca hubiera aparecido, surge ahora ante uno”. En la apropiación del apócrifo, el compromiso, por supuesto, es con la empresa, que recibe de golpe aquel viejo valor de la palabra (“intento o designio de hacer algo”) que conducía a epopeyas, conquistas y reconquistas. No hace falta decir que las banderas se han adaptado a la realidad de los isotipos, casi objetos de culto, con la misma fluidez con que los estados se adaptan a las definiciones reales de poder, influencia y territorios. La literatura y el cine han hablado de ello y sus eslóganes. Ahí estan Omni Consumer Products (“Tenemos el futuro controlado”) o la Weyland-Yutani Corporation (“Construyendo mundos mejores”), sin olvidar otras divisiones, como Rekall Incorporated (“Podemos recordarlo por usted al por mayor”), que se ocupan de garantizar que todo quede en la ficción mientras algunos hablan de convertir en realidad categorías como transversalismos e irradiaciones. Luego, claro, vienen esas inesperadas ayudas en forma de leyes y recalificaciones, y llega un momento en que la historia contada por el idiota de Shakeaspeare nos parece increíble.

Apúntenlo por ahí: el cambio climático, que está acabando con la lluvia y elevando el nivel de las aguas y multiplicando las medusas en una orgía con nitratos añadidos, va a traer riqueza. Por cierto que, cuando se habla de riqueza, rara vez se habla de su reparto. Impera la idea de que la riqueza de los ricos es buena para todos porque trae empleo, aunque sea precario y se base en un chantaje permanente para imponer salarios y condiciones miserables. O sea, la idea de que el mundo no puede ser de otra manera.

Evidentemente, el sector beneficiado prefiere dar por inevitable el cambio climático. Ya que afirman que la providencia apoya a los activos y, por tanto, la acción no requiere más que la decisión de ejercerla sin trabas, los viejos lobbys y los nuevos trepadores están obligados a no desaprovechar las oportunidades. Tienen fe en lo inmediato y ven el futuro como una hipótesis no rentable que impone la acumulación en el presente. Al fin y al cabo, la Mano Invisible y la contaminación actúan a su favor. Los escribanos fundamentalistas (ya sean los de la Escuela de Chicago o los que renueven a la FAES) han sellado el destino en algún informe bien pagado. Las intervenciones planificadas en los foros locales e internacionales contra los intentos de corregir la barbarie ecológica, las presiones para que las tasas de CO2 no se reduzcan como aconsejan los estudios científicos que esos mismos gobiernos encargan y divulgan como diciendo “no es culpa nuestra, es que todo el mundo quiere tener su coche”, todo es parte de la liturgia y de la propaganda del desánimo. La providencia impone la necesidad y nada puede quedar al azar anticomercial de la defensa del medio.

Por otra parte, parece que la previsión encaja demasiado bien en el callejón sin salida de una economía que, en casos como el de Cantabria, está pasando de ser insostenible a inexistente. Sólo quedan el turismo (atado a la construcción y la hostelería) y la retórica triunfalista. Nuestra comunidad autónoma está empeñada (me temo que en todos los sentidos) en convertirse en un remanso de urbanizaciones blindadas para élites y servicios estereotípicos para masas (si usted paga, le montamos un Rocío en el Asón o una tomatina en el Pico Jano; ferias de abril ya hay varias) que atraigan tanto a los paganos como a los peregrinos del jubileo.

Sin embargo, se diría que la providencia tarda en funcionar. Mientras intentan salvar el PGOU más salvaje de la historia y burlar a los defensores de los valles y la costa, hay un superpuerto en Laredo esperando que se cumpla la profecía, deje de llover del todo y suban las aguas templadas. Nos va asalir por una pasta, pero no a los ricos.

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Inocentes

Hay una elaboración escalofriante de la idea de la inocencia desde la brutalidad del reyezuelo que quiere conservar el poder a toda costa hasta su conversión en un efecto colateral soslayable.

William Holman Hunt - El Triunfo de los Inocentes

Uno de los mitos fundacionales del cristianismo tuvo lugar en el año 1 en Belén de Judea. Es muy poco probable que se trate de un hecho histórico, pero la historia teológica (que transcurre en un universo paralelo) dice que el rey Herodes, alarmado por la noticia de que un niño recién nacido sería entronizado, mandó matar a todos los menores de dos años.

1209 años después, durante la cruzada contra la herejía albigense, tras la caída de Bèziers, el enviado papal Arnaud Amalric ordenó acabar con toda la población. Cuando le recordaron que entre los sitiados podía haber buenos católicos, la respuesta fue: “Matadlos a todos. El Señor reconocerá a los suyos”.

En 1987, Andrés Serrano expuso una fotografía de un cristo de plástico pequeño y barato sumergido en orina para magnificarlo con un halo dorado, penumbras y burbujas. Según el artista, no se trata de una denuncia de la religión, sino de mostrar el abaratamiento de los símbolos en la sociedad. La obra ha sufrido varios atentados.

Aunque ha tenido defensores en medios católicos, los más integristas, es decir, los que más suelen incidir en las representaciones tortuosas, torturadas y encarnadas de su divinidad, no soportan la inmersión de un fetiche trivializado por el consumismo en un residuo que quizá entienden como demasiado humano. Pero otros, creyentes o no, preferimos pensar que la paradoja estética de la nueva iconografía lo engrandece y lo sitúa en un instante atemporal lleno de melancolía por la ingenuidad primitiva del sacrificio. Algo mucho más cercano a la humildad de la primera simbología de los perseguidos.

Hay una elaboración escalofriante de la idea de la inocencia que va desde la brutal banalidad del reyezuelo que quiere conservar el poder a toda costa hasta su conversión en un efecto colateral soslayable mediante argucias cosmogónicas o mediáticas.

En una docena de siglos, la simple barbarie de Herodes se convirtió en juicio doctrinal inapelable, luego en estereotipo de la fatalidad, y sigue saltando por el tiempo y el espacio con diversas reescrituras.

En el mundo saturado de información que huye hacia adelante, la dicotomía buenos y malos, desprestigiada por largos ciclos en que los poderes y la propaganda decidían sin apenas interferencias quiénes eran unos u otros, se ha convertido en celebración de la ambigüedad. El abuso de la presunta relatividad de todo (pese a lo cual es curioso que la guerra siga siendo una constante tan universal como la velocidad de la luz) y la insistencia en la resignación y la inacción sin cuestionar orígenes ni desigualdades tiene por efecto la futilización de la inocencia y la negación de las responsabilidades de los que deciden. La culpa, como en los tiempos de Amalric, es un asunto intemporal y aterrenal, lo mismo si en la cúspide están los dioses o la historia. Y, si insistimos, nos invitan a compartir esa culpa. La inocencia es un cristo de todo a un euro sumergido en orina.

Ya había en el principio un refuerzo previo en forma del pecado original contra la autoridad. Un deseo de conocimiento no reglado está en el origen de esa Gran Advertencia que justifica todas las demás. Si alguna vez predominó en el discurso algo semejante a la compasión o el altruismo, enseguida se convirtió en caridad y se estableció un baremo de premios y castigos, y también de bulas e indulgencias. Y los ideólogos proporcionaron al poder, agente proteico, la opción de justificar la entrega de los inocentes al destino más útil.

Los prefijadores del neo(meta)relato hablarán cualquier día de postinocencia. Las herramientas de la postverdad (empezando por la propia denominación) igualan verdad y mentira y no dejan espacio para la postmentira en el negocio de la inteligencia emocional, otra forma de integrar como postrazón la estupidez acomodada a un mundo proclamado el mejor de los posibles. Tiene usted dos opciones: pasar de todo o sentirse tan culpable como el que más. En ambos casos, las salidas son la risa floja o jugar a ver quién la dice más gorda en la tertulia. Hay nombres para todos los gustos. Algunos lo llaman idiocracia.

La inocencia ya es sólo emotiva, y apenas es una pena recursiva de telediario. Nadie es responsable de las crisis, es decir, de la guerra, el hambre y la peste. Con que un náufrago llegue a la costa, basta para la foto. Los demás colman los océanos. Más que inocentes, son falsos culpables.

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