Surgencias

Creo que hay un montón de artículos que comienzan así: “En uno de los relatos más celebrados de Borges…”. Es casi un género. Y es casi un subgénero que el relato citado sea Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde, sin traumas aparentes, un artículo imposible del tomo XLVI de la Enciclopedia Angloamericana (copia barata de la Británica) se desliza en la realidad para trasformarla. Comparten la responsabilidad Adolfo Bioy Casares (feliz culpable habitual en la vida de Borges), los espejos, la noche y una quinta alquilada con biblioteca. A partir de ahí se incorporan a la geografía, con el mismo derecho y efectos que los territorios ya conocidos, primero un país inexistente y sus regiones, y luego todo un planeta, sus sabios ortodoxos y heterodoxos, su filosofía, sus misterios y su cultura clásica, que sólo comprende la psicología, lo cual explica de paso las consecuencias de la intromisión de un mundo que no existe en el que, digámoslo así, existe.
Lo que me hace traer aquí este juego literario no es precisamente ese trasvase de la nada a la idea y de ésta a la realidad, sino una tosca aproximación al mecanismo sutil propuesto para hablar del surgimiento de vestigios de un pasado que el mundo tenazmente expulsó por la fuerza de las armas y la emasculación de la razón. Tal vez a Borges no le haría ninguna gracia el uso de su ficción como punto de partida. Pero Borges ya no es de Borges. No importa que lo que a continuación cuento tenga más que ver con el esqueleto armado que descubrieron en Macondo al buscar oro arrastrando imanes o incluso con aquel tren fúnebre que tampoco existió. Otros vestigios secundarios que no llegan ni a pequeñas leyendas llenas de nostalgia y frustación se hacen también atractores por su persistencia pese a las negaciones, las mixtificaciones y las obliteraciones del bando victorioso después de un golpe de estado que provocó una guerra, cuatro décadas de dictadura y no sé cuántas de alta densidad de microfascismos. Quizá eso sea más prosaico que el idealismo burlón del fervoroso bonaerense, pero en la literatura (y también en la historia) todo son recursos.
La presencia inquietante, no sé si surgida de la narración de un heterodoxo, aparece aquí también en una enciclopedia, pero lo hace con la ligereza de una cifra apuntada a lápiz en el margen de una página quizá elegida al azar por un administrador. Esta vez se trata de la Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana editada por Espasa, a la que muchos tuvieron en tiempos por un templo de papel.
Cuentan que los 82 tomos de la edición vigente en su época fueron adquiridos por el Ateneo Popular de Santander (1925-1937)[1], con la correspondiente suscripción a los suplementos y apéndices venideros. Por cierto que la evolución y crecimiento de la Espasa merecería una ficción de senderos que se bifurcan para ella sola.
Desmantelado el Ateneo Popular por el franquismo, la enciclopedia desapareció. Algunos dicen que los libros fueron echados a la pira; pero otros sostienen que fueron, simplemente, robados: muchos franquistas eran más aprovechados que inquisidores. Pasaron los años, vino la Transición y, por supuesto, nadie con poder entendió que hubiera nada que reparar. Pero siempre quedan pequeñas emergencias de la memoria.
Un día, una Reconocida Institución Cultural santanderina con cierta tendencia a la suplantación, estando en posesión de una enciclopedia Espasa de la que sus gestores no habían hecho caso durante años, solicitaron a la editorial los suplementos que faltaban. Los suscriptores obtenían un precio más barato que los que compraban los anexos como nuevos clientes. La Reconocida Institución se consideraba suscriptora, pero no poseía documentación que lo acreditase ni figuraba en los registros de clientes. Espasa, sin embargo, tenía una solución: bastaba un código escrito a lápiz en una de las páginas para comprobar la identidad del adquiriente[2]. El código resultó ser el del Ateneo Popular.
Esta historia no tiene consecuencias inmediatas perceptibles, como tampoco el descubrimiento de Borges y Bioy de un volumen con un índice anómalo y cuatro páginas de más puede aportar materialidad en un universo construido desde la cita de un heresiarca de Uqbar que consideraba el todo un sofisma. Las tendencias más asentadas de la ciencia ficción postulan que, si se viaja al pasado y se alteran los hechos, sólo el viajero sufre el drama: el presente se adapta sin que los coetáneos tengan conciencia de las consecuencias de los cambios. De hecho, no existen las consecuencias: la historia fue de otra manera, eso es todo. Claro que también está un ruso llamado Ígor Nóvikov, que propone otras derivas. Según él, aunque pudiéramos viajar al pasado y consiguiéramos modificarlo, el presente sería el mismo. No es que los hechos sean inalterables, pero su trayectoria por el tiempo es como la de un proyectil muy pesado lanzado por el espacio a gran velocidad: sólo una catástrofe podría desviarlo. Menos mal que el relato de Borges parte de aceptar la premisa (no se asusten: sólo es un juego) de que las ideas crean la realidad.
Si está usted sentado cerca de una gran enciclopedia en una Institución Cultural Local de Rancio Espectro, piense que en una de esas miles de páginas puede haber un código de falsa quietud que arrastra consigo la historia con una tenacidad insólita.

  1. [1]A propósito de la principal entidad socializadora de la cultura que ha habido en Cantabria, es imprescindible este libro.
  2. [2]No he conseguido verificar si el método (que un bibliotecario local me ha señalado como curiosamente teutónico) es el habitual. Invito a los lectores ociosos a investigar por su cuenta.

Santander, paréntesis de la mar

Que si hay que estar al nivel del Centro Botín. ¿Pero qué nivel? ¿Alguien sabe […texto autocensurado].
Un mirador para mirar lo que tapa, por cierto.

Serrón.

Ahora que resulta evidente que el edificio invisible va a obstruir la serena contemplación de la bahía, conviene insistir en señalar la tendencia local a ocultar la recreación espontánea ante el mar, la mar (pongan el sexo que prefieran, pero no exageren el género salino), como si tal acto, que en su día acompañó, sin duda, el momento fundacional de la ciudad (calma intermareal interrumpida, es cierto, por saqueos de hérulos y concesiones de abadengos con diezmo de la pesca, portazgos y pontazgos) tenga ahora que ser subsumido en el uso de arquitecturas que sólo permiten la observación desde los egos de sus arquitectos y patrocinadores. Desviando la brisa, claro, y poniendo en lugar del olor yodado el movimiento solar erróneo de una animación proyectada en el interior de un contáiner. Sí, esa en la que la luz parece venir de todas partes para negar la sombra que proyectará el monstruo. Ensimismamiento arquitectónico que encima desgrava. Entre paréntesis, diré que somos gilipollas. Bueno, se me olvidó el paréntesis. Desde fuera, ejercen de murallones, parapetos de la misma escuela de rompesendas, mientras llenan el interior con el paisaje robado. El chiste es fácil, pero inevitable: el paisaje es el botín (pero la corrección quiere que sea un honor, ni siquiera un rescate o la dote de la ciudad en boda de conveniencia) del Centro Botín, desde cuyo interior se verá muy bien la bahía, como desde un escenario-hornacina decorado con los conceptos y las formas del arte contemporáneo más ultraliberal y caro, un circo para la vista, con toboganes, neón y prosas autojustificativas (a los palanganeros culturales de toda laya les sudan los bolis de gelatina índigo con el logo de la llama blanca sobre fondo, eso sí, rojo corbata), dejando para el exterior un ambiguo tornasol: no creo que haya color más hortera que un blanco de pretensiones irisadas. Para mirar hay que entrar, dicen los teóricos de los espacios apropiados. O subir, como a la duna de Zaera, a la que la prensa ufana llamó “grada de España”, pero que ni siquiera es de Gamazo, y que obstruye la mirada a la mar desde el dique, ahora plaza con proyecto de asador incluido, es decir, futura terraza que hace hostelería de la arqueología industrial y separa la obra civil de su memoria de trabajo y mar. Aquí, para mirar el paisaje que tan bien trazó Hoefnagel, hay que subirse a un galpón de líneas metálicas, yerba falsa y triunfalismo trilero de un mundial cuyas cuentas no cuadran, pero que iba a ser al tiempo panacea y púlpito de epifanías. Porque, al parecer, para contemplar los mecanismos de la historia, éstos deben ser acolchados con tarima flotante y olor a churrasco, y siempre ha de haber cerca una mala imitación, sea de un museo de éxito, de una moda gastronómica o de una donación mediocre con nombre prestado. Creo que dadá pasa de la fuente y del bling bling con que los candidatos pasean en bicicleta (todos nosotros malvados electores esperamos que resbalen en el verdín sssflusss platch mierda de perros), se mojan los pies y dicen que se mojan, se reclaman de la diferencia, la exclusión o el éxito y hasta piden compasión por abusar del maquillaje azul impasible hielo de los que saben que siempre gana la banca. La mar cada vez recomienza con más dificultad (Valéry no te rías, no tiene ninguna gracia), cada vez es más difícil reiniciar la recompensa de la calma aun sabiendo que ahí sigue, estuchada como unos gramos de azúcar en ración de cafetería del Paseo de ese Pereda al que han tintado los jardines con botabomba gris cielo viscosa. Y una pasarela del mismísimo cemento (encargarán un mural pijohipster a los equipos de emergencia creativa, seguro) en algo que nadie se atrevería a llamar lontananza: y una mala excusa para la escusa. De los ensanches inacabados pasamos directamente a las viviendas fortificadas y ahora planifican una ciudad fantasma gigante mientras los moradores (bella palabra olvidada en las colmenas) huyen cada vez más lejos para dejar hueco a los súbditos-clientes. Muchos huyen de verdad. Otros sueñan y votan porque se creen en el mejor de los mundos aburridos. Unos pocos protestan sin entusiasmo. Qué bahía más bonita, claman, qué montañas, qué nubes, qué calima. Qué pena no tener acabado el Cerco Cultural para culminar ya el prodigio con algún nuevo macroenlatado urbanístico.

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Las leyes de la creación

Yahvé se impuso para crear el mundo un plazo de siete días, descanso incluido. Fieles a ese inicio, las religiones del Libro han seguido la senda de las constricciones y establecido su universo como un relato oulipista obligado a esquivar los atajos de la Física y el Deseo, a los que arrojan doctrinalmente a la nada de la página en blanco, al infierno de los textos exteriores o a la esclavitud unidireccional de las plegarias: una narración de la existencia cercada por las reglas de un literato cuyos límites, agotados por la amplitud desvelada del Cosmos y del Caos, no aceptan potencias nuevas del Verbo ni de la Carne.

La colección

Al entrar, el anciano permitió el paso de un ligera corriente de aire que despertó por unas décimas de segundo el aleteo de diminutas banderas de papel.

La brisa del amanecer desperezó a los vigías; enseguida sonó la primera trompeta.

Parecía el tradicional habitante de una penumbra de biblioteca convertida en salón de coleccionista.

Ruido de ruedas de carros y tornos de pozos. Cacerolas y maldiciones.

Muñecas de porcelana en altas vitrinas cubrían todas las paredes dejando apenas entrar contraluces por las ventanas rematadas con vitrales de colores dorados.

De pronto, el orden.

Ocupaba casi todo el espacio central una enorme mesa de roble oscuro con mil ciento noventa y nueve soldados de todos los ejércitos conocidos pasados y presentes en formación exacta.

El hombre avanzó penosamente, hacia una esquina de la mesa. Llevaba en la mano la estatuilla en plomo pintado de un zuavo de 1888, barbudo, con fez y chalecos rojos, polainas blancas, fusil cruzado a la espalda y las manos apoyadas en el cinturón como quien lleva siglos esperando.

El general y sus adjuntos trotaron de ala a ala.

Había en la formación de miniaturas un hueco que nadie que no fuera el coleccionista hubiera distinguido. Con una precisión inesperada en aquellos dedos casi centenarios, el hombre puso el soldadito en su lugar.

Un silbido de pólvora explicó la metralla.

Después, se apartó un poco de la mesa, murmuró “mil doscientos”, esbozó una sonrisa y volvió a la sombra del aburrimiento.

Variación

Cuando el volcán despertó, el planeta todavía estaba allí.

Un asunto familiar

El otro día me dijo un amigo que había estado en Carmona y que parece opinión unánime de sus habitantes que mi abuelo, el escritor y periodista Manuel Llano, nació allí y no en Sopeña. Esta es una cuestión que reaparece cíclicamente en la historia familiar.
Ya que no conocí a mi abuelo, el testimonio más próximo que tengo es el de su viuda, mi abuela María Lázaro. Ella siempre dijo que su marido había nacido en Sopeña. Era un pregunta clásica de los parientes y conocidos durante las visitas en las tardes de invierno, poco antes de la partida, que es cuando se hacen esas preguntas, después de que el visitante haya recordado que tiene que coger la línea o el tren y, con las palabras de despedida, aparece el recuerdo de los muertos, como si un hasta la vista evocara un adiós extremo. Un rito funerario más: por cierto que escribo esto el día asignado por el santoral a los difuntos.
El caso es que de vez en cuando alguien, cabuérnigo o no, resucitaba la duda: “María, perdona, ¿dónde nació Nel (o Manolo, o Manuel)?”. Y mi abuela: “En Sopeña. Él siempre dijo que era de Sopeña”.
Sin embargo, la polémica se ha mantenido a lo largo de los años. Pareció desactivada cuando mi madre se hizo con una copia literal de la partida de nacimiento, donde se establece que Manuel Llano nació en Sopeña, pero la persistencia de las supuestas memorias de los carmuniegos no ha perdido intensidad.
Dice mi amigo que no ha encontrado persona en el pueblo que no pueda aportar testimonio directo o indirecto del nacimiento de mi abuelo, de su crianza o de la casa que habitó. “Y todos parecen sinceros”, afirma. Le digo que yo tampoco creo que mientan. Lo cual no quiere decir que el dato sea cierto. De hecho, lo que más me interesa de este asunto no es dónde nació mi abuelo, sino los mecanismos de la memoria que, asociados a los resortes del deseo, determinan situaciones de este tipo.
Querer algo implica muchas veces una beata falsificación que nos libra de la incertidumbre, que llena los huecos que ocuparía la duda y que fija el mundo en un estado ideal y quieto. Y también, claro, está presente una cierta tendencia a la privatización de la Historia, la cual, al parecer, será ultraliberal o no será.
Es posible que el registro de un escribiente de 1898 que recogió los datos de una simple declaración verbal sea tan fiable como cualquier testimonio trasmitido durante dos o tres generaciones por los habitantes de un pueblo. El problema es que hay otras personas que suman al asiento burocrático argumentos del mismo género: el recuerdo, la costumbre, lo contado.
En ambos casos, es la tradición la que establece las certezas personales. Todos están convencidos de que se debe asignar a su ámbito el nacimiento (no basta que viviera allí muchos años; parece que el acto del nacer, el salto del útero, la primera luz o el primer aire son maś importante que la tierra que se pisa y la yerba que se pace) de una persona a la que consideran estimable, lo cual, por supuesto, es un honor (un doble honor) para el difunto, que, de vivir, es casi seguro que también dudaría sobre su lugar de nacimiento: nadie lo recuerda; la memoria empieza mucho más tarde a falsificar los hechos.
Sesudos científicos (me acuerdo ahora de Elizabeth Loftus, a quien quiero creer personaje de novela, pero que ha estudiado con dolor propio y ajeno los falsos recuerdos) sostienen que hasta en los testimonios más directos puede haber falsedades inducidas o autoinducidas, que todas las historias son construcciones y que las arquitecturas que las definen están cimentadas sobre nuestras débiles mentes, nuestros pobres espíritus, nuestras lábiles necesidades. Así que lo único cierto son las cicatrices y las sonrisas.
No importa que algunos incluso hayamos tenido la suerte de haber conocido (además de a nuestras madres, pero ¿son ellas fiables?) a las comadronas que nos empujaron al mundo, y hayamos escuchado sus relatos. Aun así, nunca tendremos la seguridad de que no nos confundieran con nuestros hermanos o vecinos.
Es triste, pero sólo los objetos (documentos, piedras, manuscritos, fosas, huesos) son ciertos. Ellos no tienen sentimientos. Aunque los datos que aportan sean tan falsos como los caprichos del alma, ellos son las sonrisas y las cicatrices.