Preocupación por X (diario trivial)

Lunes
Mi amigo X (no es el mismo X de otras historias) nos tiene algo preocupados. Hace poco vio por séptima vez la película Inglourious Basterds, de Quentin Tarantino, y comentó en la pseudotertulia que había descubierto matices insospechados. “¿Qué matices?”, preguntamos. De momento, no quiso dar explicaciones, pero poco después empezó a hablar de objetos contundentes. “He visto en Discovery cómo se hacen los bates de béisbol”, dijo. Hoy no ha venido. Llueve, pero la lluvia no justifica la ausencia.

Martes
Últimamente, el dueño de la cafetería ha subido el volumen de los telediarios. Es un hombre muy conservador. Tiene la pared llena de postales que se ha enviado a sí mismo durante años de vacaciones. Algunas tienen los tonos perdidos del tecnicolor, otras son montajes de tópicos. El plastificado de muchas se ha ido lignificando. El plástico fosiliza mal. Casi todas las de los últimos diez años proceden de cruceros por el Mediterráneo. Hasta hace tres o cuatro años, cuando la radiografía de los quince días de cierre anual empezó a volcarse hacia el interior de la península. Hoy no llueve.

Miércoles
Me he topado con la mujer de X. Se ha sorprendido de verme en la calle en horas de trabajo. Yo había salido a tramitar un requerimiento bastante penoso, pero ella se ha asustado y, sin pensarlo, me ha preguntado si yo también estoy en paro. La he visto mirada de loca. Me ha entrado miedo. Apenas he respondido que no, que qué tontería, como quien hace un ritual vudú.

Jueves
La calle ha perdido actividad. O quizá es una sensación inducida por los telediarios. Es la calle de un cuadro naif (tendero asomado a su puerta, niño con aro, adolescente con velocípedo, renovera tirando de burro tozudo, limpiacristales con escalera al hombro a la que se ha subido un simio con sombrerito de botones de hotel) en la que todo está tan en su sitio que da miedo. La trampa se descubre al comprobar que la pianola (el lugar natural del mono) sigue sonando cuando el hombre de los bigotes vestido de bañero de baños de ola deja de darle vueltas a la manivela para perseguir a su mascota y socio.

Viernes
“No encuentran a X por ninguna parte”, explica el barman.
Pero, de pronto, llega X, como si nadie lo hubiera echado nunca en falta.

Las estaciones en el consultorio de la pitonisa

Para que se produzca el fenómeno adivinatorio parece imprescindible evaporar los límites con un fuerte claroscuro.
Caravaggio, sin embargo, queda lejos.
En el centro, una lámpara emite un fuerte cono de luz que envuelve una mesa camilla y expulsa el resto de la habitación hacia la penumbra.
En un rincón, sobre un velador abandonado en una llanura prehistórica, arde una vela barata. La llama de parafina con esencia de sándalo sintético se refleja en una pecera de plástico que deforma los círculos de un pez rojo genéticamente modificado sin ningún éxito.
Los rostros de la cartomante y su cliente entran y salen en el espacio iluminado siguiendo la cadencia que marca la monótona entonación de las palabras.
La visitante se acoda en la mesa como suele hacerlo en su ventana los atardeceres de todas las estaciones. La ventana y las tardes son sus más preciadas posesiones, por no decir las únicas. Se asoma en primavera y la brisa trae salitre y chillidos de gaviotas de la bahía y las nubes se disuelven dejando ligeras ansiedades. Se asoma en verano y la brisa se ha vuelto más pesada y los pájaros vuelan más despacio y en algún lugar, donde antes estaban las inquietudes, fermentan ahora flores húmedas. Se asoma en otoño como quien piensa en hojas y lluvia y escucha las hojas arrastradas y le parece que son las nubes las que suenan movidas por el viento. Y en invierno se asoma sólo en el espacio infinitesimal entre dos bofetadas de lluvia y casi siempre por una pobre rendija oscilobatiente.
La adivina mueve los brazos en una danza estudiada. Las manos, morenas de rayos uva, estilizadas por pequeñas arrugas simétricas, colocan las cartas con precisión pseudocientífica. Los naipes se deslizan entre los dedos para quedar expuestos ante la clienta en el tapete granate y brillan como si les hubieran dado vida y calor las uñas decoradas con margaritas blancas sobre fondo rosa.
La oración-interrogación sobre el porvenir comienza con un recuento del pasado. El examen de conciencia es la principal fuente de información del confesor.
La mujer le cuenta a la adivina todo lo que considera necesario para extraer las supuestas huellas del futuro y situarlas en un mapa mudo de miedo.
La historia no es larga, pero está repleta de cosas que no fueron y van cayendo sobre la mesa como las piezas que un relojero hará encajar en la maquinaria de la rutina. Un relojero aburrido: prólogo de terrazas de verano, epílogo septembrino, evidentes orgasmos que no nombra, resortes sin repuestos, variaciones cáusticas sobre las palabras “hombre” y “mujer” entrelazadas con referencias a la caza, la captura, la retención, el miedo, la furia, el deseo y el asco, consejos de las amigas, vocabulario obtenido de los programas de televisión que teorizan las relaciones amorosas con retórica redundante…
Empezaba el calor y encontré un hombre… Un calor asfixiante… Aquellas hojas que caían tan despacio… No recordaba un viento tan frío…
Tipo listo, aparentemente pasivo, vete y ven de vengo cuando me conviene que siempre te tendré ahí, y eso sí que no, eso sí que no, eso sí que no…
Las cortinas aletean un aviso de lluvia pero es improbable porque aquí parece que no pasa el tiempo en ninguna de sus acepciones, eternidad sin clima, amósfera sin analema.
Tipo guapo y renuente: territorio de límites variables por el que discurren ríos de sudor y semen de texturas y aromas idealizados que van girando en la prosa de la realidad probada, salada, viscosa, sucia, pero aún más deseado gracias a la obsesión que le proporciona el orgullo a la mujer sentada muy recta en su silla que le pide explicaciones a la pitonisa como si de pronto hubiera tomado la decisión drástica de conocer su destino y recibe una respuesta estafa (la que no se engaña, no se desengaña) que la va a devolver con un poco de dinero menos a esa calle de cualquier época del año.

Preverano con Franz y Sigmund

Llevaba toda la noche soñando que una inundación medio sumergía la ciudad, y le gustaba porque podía pasear en barca (una pequeña barca de remos que movía sin esfuerzo) entre los edificios y saludar a la gente que se asomaba a las ventanas. Y era una pena por los comercios, pero el día era espléndido y poco a poco las que habían sido calles y ahora eran canales se iban llenando de embarcaciones como la suya y más grandes, algunas de lujo, algunas enormes, que la verdad estorbaban un poco, y la gente pescaba desde las bordas con cañas adornadas con cintas y banderines de colores alegres, y luego asaban los pescados en parrillas montadas sobre balsas atadas a muertos por orinques (como decían sin pena los que ahora parecían haber sido siempre marineros) y la gente los comía con las manos y los acompañaba con vino o cerveza y todo era muy barato, demasiado barato, dijo alguien. Y se preguntaba cómo era posible que todos tuvieran embarcaciones y de dónde había salido tanta pesca sí ahí abajo sólo había asfalto y farolas y semáforos y más abajo aún alcantarillas, y muchos decían que lo mejor sería despertar del sueño antes de que las cosas se torcieran, ahora que todo iba bien y las almejas a la brasa tenían ese delicioso sabor salino.

Objeto encontrado

La impresora de la recepción del hotel (una máquina arcaica y matricial) no dejó de chillar en toda la noche. Al alba, gracias al bate de béisbol olvidado en el paragüero de la entrada por un turista melanesio, pareció evidente que la falacia inevitable del destino también alcanza a las cosas. Los paraguas, no obstante, se mostraron escépticos.

Maurano Cántabro, víctima de un milagro

Introito

En el principio, el poder separó las aguas de la tierras y las almas de los cuerpos.

De lo primero puede aceptarse como prueba la abundancia de limos, légamos y piélagos plagados de vidas primarias.

De lo segundo no hay rastro y, a juzgar por la avidez de humedad y sal de los sentidos, bien pudiera decirse que buscamos el placer en la materia con más éxito que al alma en las oraciones.

I

Maurano Exsilente dijo en público que la Anunciación era un crimen y que todo milagro implicaba una condena. Por estas palabras tuvo que huir. En Oriente, ejerció de astrónomo y pintor de frescos.

Cuando los griegos quisieron recuperar el esplendor del Pórtico de las Pinturas, le encargaron una obra libre que indujera al pensamiento, y él pintó un extraño recorrido que le hizo famoso en algunos ámbitos. Era un largo rectángulo en el que, con forma de río de amplios meandros o bustrofedon (esto es, con la vuelta ajustada del buey que ara) se sucedían las estampas según el itinerario que relató en una carta a un cofrade. Sigue leyendo

El puente

Los miembros de la caravana parecían haber adoptado hábitos y medios de transporte de lugares muy distantes entre sí. Era una tribu transparente que venía de muy lejos. Llegaron un día de primavera y se establecieron en un claro a la orilla del río, allí donde el cauce era más estrecho y la corriente más tranquila y había una piedra pulida y blanca en medio del curso con una rara forma de estatua de hombre orante, como encargado de apaciguar las aguas, que lo rodeaban sin espuma ni salpicaduras, a diferencia de las rompientes que más abajo, a la vuelta de un meandro, servían de catapulta a los salmones. Alguno de esos peces fueron el plato principal de la fiesta que sucedió a la instalación del campamento.

No parecían dispuestos a permanecer allí mucho tiempo. Montaron tiendas con pieles y carretas, cavaron letrinas en la linde del bosque, moldearon un hogar de arcilla, encendieron fuego, asaron la pesca, repartieron vino y prolongaron el festejo hasta el alba. Eran gente rítmica y sensual. Tenían címbalos, crótalos, flautas simples y pánicas, rabeles, zanfoñas, timbales, sistros. Sabían cantar y bailar. Las hojas de las mimbreras vibraron con los encuentros. Como por hipnosis, el compás del sexo se acordó al paso del sopor y algunas parejas o conjuntos no cedieron en el empeño ni durmiendo.

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Paquidermo

El nuevo vecino poseía la cabeza disecada de un elefante. Los encargados de la mudanza, como no pudieron meterla en el ascensor, intentaron subirla por la escalera, pero sólo consiguieron que los largos colmillos arañaran las paredes. La dejaron en el portal, boca arriba, y parecía un ser extraño, un monstruo vencido que miraba al techo con unos ojos muy pequeños, grises y hundidos en cráteres estriados, como de tierra seca. Una placa de cobre afirmaba que el animal, abatido en Angola en 1955, había pesado doce toneladas y media. La trompa, artificialmente levantada, resumía todas las miserias de la falocracia que había organizado la cacería.
“Este vecino nuevo debe de ser un hijo de puta”, dijo el portero.
Trajeron un camión con una plataforma de brazo articulado y telescópico, el más alto grado de perfección en la elevación de objetos, pusieron la cabeza en la jaula y la alzaron hasta la terraza, a la que sólo por un instante se asomó el propietario para hacer con la mano una indicación innecesaria, de manera que, sin que su presencia lo convirtiera en una figura descriptible, su autoridad quedara patente.
Pocos días después, cuando la comunidad se reunió para hablar de los desperfectos de la escalera, el secretario del nuevo vecino entregó un cheque por una cantidad tres veces mayor de la estimada.
“Un auténtico hijo de puta”, manifestó el portero.