De fotógrafos y testigos

Gracias a Joaquín Gómez Sastre descubrí esta entrevista con Jean-François Leroy, director del festival de fotoperiodismo Visa pour l’Image, que no puedo evitar comentar con la confusa perspectiva de un tipo del siglo XXI acostumbrado a ver fotos, muchas fotos, cientos de fotos todos los días y en todas partes.

Desde la frase escogida como título (el fotoperiodismo consiste en ser testigo de la realidad), no puedo evitar le sensación de estar leyendo, más que un análisis serio, las legítimas preocupaciones de un profesional que ve peligrar sus intereses entrelazadas con intentos de reivindicar algo que a veces me parece un discurso ético, a veces un pasado más tranquilo y a veces la necesidad de un cambio no definido. No dudo de la honradez de Leroy ni de su compromiso con las causas que requieren que los informadores velen por la justicia, pero creo que es muy difícil hacer llegar a los demás una reflexión sobre el futuro de un medio de expresión artística y periodística desde el temor a perder el modus vivendi o cuando menos el modus operandi sin explicar al detalle por qué lo anterior era mejor que lo nuevo. Es decir, es muy difícil no levantar sospechas. ¿Quiere decir que el fotoperidodismo era antes más honrado? ¿Que los medios eran más éticos? ¿Qué los profesionales eran más respetados y estaban mejor pagados? En ese sentido, creo que todo está muy claro. Los mercados decidirán el futuro de los profesionales de la fotografía, es decir, serán sometidos implacablemente a las leyes de la oferta y la demanda, y la demanda será establecida por los compradores con las desviaciones típicas del influjo publicitario y los focos mediáticos que determinen los propietarios de los medios de distribución. O sea, nada nuevo bajo el sol.

Ahora bien, creo que cuando Leroy habla de la situación creada por la evolución de las técnicas fotográficas peca de simplista al lamentar la multiplicidad de objetivos fotográficos. El ejemplo de Shakeaspeare y los bolígrafos se me hace erróneo. No sé si la proliferación de escritores, escribientes o escribanos ha sido mala para la literatura, pero me parece que ha sido buena para la difusión de cultura, dicha esa palabra sin mayúscula alguna, por más que la mercadotecnia de los best-sellers oculte a las buenas obras de pequeñas tirada y promoción. La palabra y la imagen no son absolutamente independientes de los instrumentos que las soportan, pero van a seguir siendo palabras e imágenes incluso cuando averigüemos cómo utilizar la telepatía para difundirlas (y entonces tendremos un motivo de debate sobre la virtualización del mundo y no podremos pedir archivos RAW como pruebas). Si acaso, tanta letra impresa a mano o a máquina ha dificultado la definición de escritor profesional o la de profesional de la escritura con una amplia gama de situaciones intermedias que no creo que hagan mal a nadie. Puede que no haya más genios (o sí, pero ser considerado genio se basa en la escasez de iguales, ¿no?), pero hay más lectores.

La fotografía ha tardado más porque se trataba de hacer algo más complicado que un bolígrafo; pero Leroy se queja, o eso parece, de la facilidad de acceso a las imágenes, de sus consecuencias, de la sobreabundancia y de la falta de control sobre la distribución (distribución que, por otra parte, tampoco antes controlaban los fotógrafos, sino sus contratantes). Y tiene razón en cuanto a que eso pueda perjudicar a los que viven de su cámara. Pero es que también se queja de que éstos manipulan, interpretan y seleccionan. Eso tampoco es nada nuevo, y en su propio análisis está la explicación: si se trata de los valores estéticos de una fotografía, normalmente la mirada del profesional debería ser la más certera (acabo de escribir esto y me doy cuanta de cuán discutible es; no obstante dejémoslo así, en brazos de la duda), pero no sólo no es la estética la única emoción de una imagen: además, su peso en el conjunto no es fácil de delimitar del contenido informativo, de la fuerza del momento o del estado de ánimo previamente instaurado en la mirad del observador. Una foto hecha con el móvil puede informar con mayor eficacia que cualquier gran ejercicio de reporterismo arriesgado, cualificado y contrastado. Y aquí creo que surge la esencia de la paradoja: el profesional se ve obligado a parecerlo y manipula, interpreta, filtra, colorea, enmascara o, simplemente, prepara la escena, reacomoda al francotirador y hace más brillante la piel mate de la víctima. De los fotógrafos del móvil (a quienes el entrevistado parece acusar de malvender fotos, es decir, de tener poca visión comercial) nadie espera que sepan usar el Gimp o el Photoshop. Son ambiciosos, sin duda, y quieren sus cinco minutos de fama o denunciar la injusticia o ambas cosas a la vez con el mismo empeño que los profesionales. Pero son torpes, encuadran mal y no saben vender. Su único mérito es que están junto a la noticia y saben mandar mensajes multimedia. El problema del fotoperiodismo, ¿no será que ahora hay muchos más testimonios y también más espejismos?

Por otro lado, sería cuestión de hablar de la sobreabundancia de profesionales, de la uniformidad estética que padecen sus trabajos (lo que les diferencia de los advenedizos de la cámara celular, pero les hace cada vez más iguales entre sí, como si la libertad de sus maestros se estuviera volviendo una suerte de tedio académico, con muchas y muy buenas excepciones, por supuesto), de su no menos escasa independencia a la hora de publicar sus trabajos en los medios ‘tradicionales’ aunque sean digitales, de porqué a muchos nos gustan las malas fotos cotidianas y nada espectaculares que nos ofrecen gratis los fotoblogs y de cómo el hecho de descender a la fosa de las Marianas y hacer fotos perfectas no frena la necesidad de hacer más rojos los corales. Pero mejor lo dejo por ahora en el tintero electrónico.