Joyas halladas

soy joyera. me gusta creer que mi trabajo se basa en la descontextualización en su sentido más amplio, centrándome sobre todo en el uso de elementos profanos, comunes y/o encontrados. me gusta pensar en la idea de cambiar el sentido de joya como elemento de poder. creo exclusivamente en su poder socializador, prácticamente cualquier elemento es susceptible de formar parte de un adorno y de todos.

Raquel Alonso – Joyera.

De niños, usábamos las espigas de trigo silvestre como dardos; las aristas se engarzaban a las prendas de punto. También servían de adornos; se añadían a la parafernalia de las guerras infantiles como condecoraciones vegetales. Al crecer, supimos que los militares usaban plumas para adquirir el alma de los pavos reales y parecer más altos. Luego llegó el tiempo del amor: en la edad de la recolección, ¿quién no se ha puesto cerezas a modo de pendientes?
Los más antiguos perforaban conchas y se horadaban partes del cuerpo para poder llevar consigo los objetos encontrados. Los modificaban y se modificaban para entrar en la dialéctica de los ritos con la combinación exacta de deseo, extrañeza, crueldad y masoquismo; todas las emociones prefiguraban lo que un día sería la belleza. Además, la condición de salvavidas de cualquier mínimo instrumento lo hacia dueño de la emoción de la eficacia, y lo más probable es que tal fenómeno sugiriese la presencia de algo que vino a llamarse magia. Los sacerdotes enseguida organizaron la magia y las mancias, y separaron sus utillajes de oficiantes del adorno seglar, pero éste tampoco quedó libre: la fíbula no sólo tenía que sujetar la ropa, además tenía que ser diferente, competir, extenderse, mostrarse, ser símbolo. Un símbolo fue primero la mitad de algo que se entregaba como clave para recomponerlo e identificar a los portadores, enseguida debió de ser la extracción de las almas de los tiempos animistas y poco después una materialización de la escisión platónica. Aquellos griegos de los que no convenía aceptar regalos empezaron a tramar sofismas, pero aportaron conceptos elementales para demostrar que lo malvado era feo y que las élites poseían una virtudes heredadas de los héroes y manifestadas en el canon, la armonía y las depredaciones de los olímpicos. Al mismo tiempo, mientras la plebe hacía los sacrificios obligatorios y seguía con sus cosas, los aperos se fueron decorando y, a medida que sus propietarios conseguían alejarse del trabajo, iban siendo absorbidos por la inutilidad del adorno.
La familia, la propiedad y el estado justificaron y prestigiaron su poder mediante la posesión de cosas inútiles y escasas, que además tenían valor de cambio, de exhibición, de advertencia. La apreciación del arte fue fundamentalmente una cuestión de sometimiento o de fe. No convenía expresarlo de otro modo. En caso de necesidad, el gusto se somete a lo que haga falta. Como en todas las artes y las ciencias, la autoridad se afirmó en las academias, fijó paradigmas, filtró diversidades, decidió qué cosas debían ser mostradas, cuándo y cómo. La religión instituida se sirvió de eso para adaptar la visión del mundo al discurso del poder. El tocado del oficiante tenía que ser visto desde todo el templo. Los monoteístas convirtieron los dijes paganos, todavía divertidos, en relicarios, pusieron en su interior supuestos tejidos incorruptos, sangre fósil, ámbar de la ballena de Jonás, dientes de iguana santificada…
El contexto establecido, sin ser aún nombrado, era la tiranía perfecta. En cuanto se le nombra, se hace visible, y entonces toda percepción varía, las sombras cambian de ángulo y los planetas tienen órbitas precisas. La palabra revela al apolíneo asesino bajo el manto de la noche troyana. Pero eso aún tardaría en llegar.
Entretanto, la piel cedió a la ropa la expresión de la profundidad; donde se ofrecía desnuda se pusieron joyas o tatuajes. Ropa y adornos se adaptaron a las constricciones o liberaciones de la desnudez del cuerpo y a los lugares y tiempos marcados para la exhibición, y también, por supuesto, a las adoctrinadas miradas ajenas.
La joyería ortodoxa dependía, como hoy, de la conjunción convincente del diseño con materiales preciosos, semipreciosos o simulacros humildes para los pobres. Para colmo, aunque aquellos adornos primigenios encontrados, conchas, flores, huesos, apenas eran manipulados, la delicada talla de los bastones de mando sugieren que el poder, el orden y la fe impusieron enseguida el rechazo a lo simplemente hallado: sólo podía ser arte (τέχνη, téchnē) aquello que llevaba un proceso técnico y un esfuerzo, como si fuera obligado añadir a la idea la tiranía del trabajo, que además parecía justificar o alentar el horror al vacío. Este otro prestigio de interés añadido, el del trabajo, esa tortura, se amparaba en el miedo a la superficie desierta. Teorías más elaboradas asociaron lo primitivo al ocio, a la producción mínima o, si se respetaba la hipótesis del buen salvaje, a una inocencia casi estúpida. Aquellos protohumanos aún no humanizados por el esfuerzo, decían los devotos de la mano invisible, despreciaban el valor de lo escaso; su cerebro no estaba hecho para comprender el oro.
Las academias y las modas, primero cortesanas, luego burguesas, establecieron ciclos ordenados de variaciones del gusto. Creo que los joyeros y bisuteros (me niego a asimilar la diferencia) ni siquiera tuvieron un consolador “salón de los rechazados” cuando sus creaciones no se adaptaban al paradigma dominante.
Luego, igual que Wittgenstein vino a acabar con la filosofía para empezarla de nuevo, el malvado Duchamp sometió a concurso su fuente (en realidad, no le dejaron sus tibios cómplices) porque había decidido aprovecharse de lo que todos sabían y callaban: que las cosas expuestas forman parte, no ya de un pacto, sino de la dictadura de un expositor con la voluntad férrea de hacerse indiscutible. Expulsó a la vez la magia y la doctrina. Ambas cosas proceden del contexto, que puede ser alterado deliberadamente, extraída la cosa de su ámbito formalmente aceptado, exiliada, enajenada, mostrada en un lugar o momento inesperados, alejada del símbolo original, devuelta a la extrañeza de los primeros recolectores: ese urinario tumbado es una fuente porque así lo quieren el artista, la galería o museo que lo expone y los espectadores. Duchamp, puesto que odiaba a los artistas, los denunció como tiranos de súbditos consentidores y sadomasoquistas. Y de paso le dio entidad primitiva, cuando todavía no se hablaba de reciclaje, a las sobras de la sociedad hiperproductora. No tuvo mucha importancia: siguieron vendiendo obras; incluso empezaron a cobrar sólo por sus ideas.
Muchos años después, la idea de la idea del arte (la misma que la del dinero) sigue dando tantos escalofríos como el título del tiburón tigre troceado de Damien Hirst. El prestigio del poseedor de obras o actos o conceptos de arte siguió intacto, e incluso aumentó al reconocer su condición de esclavo voluntario y especulador: ya no necesitaban retratarse de donantes en las predelas de los retablos.
Si una parte de la vanguardia consiguió que el arte se basase en la descontextualización o, mejor dicho, la recontextualización de un hallazgo caprichoso, ¿por qué no iba a regresar a la joyería la idea, ya anticipada por las prácticas primeras, del objeto encontrado como fórmula de creación de adornos personales? Puede que estemos ante la última barrera de la convención estética, por muy diversa y divertida que ésta quiera presentarse en su carroza de libertad de consumo.
Los pequeños ready-mades son más difíciles de encontrar (la elección es aquí el acto creativo por excelencia) y requieren una adaptación al soporte principal que es una constricción más limitada que las galerías, los muros y las plazas de las ciudades. El nuevo espacio que tienen que ocupar es la figura humana, articulada, narcisista e imprevisible. Todos somos contexto que entrega a los objetos presentes en las disposiciones y dispositivos adecuados la condición de joyas. Digan, si así lo quieren, que esto que se muestra más abajo no son piezas de joyería: cumplirán el mismo papel torpe que los que afirman que la idea del arte no es arte. Y no servirá de nada: ya empiezan a ocupar sus lugares en la mirada como los evanescentes radios de la rueda de bicicleta que gira en su taburete. Como esas líneas sólidas difusas al arbitrio de la velocidad, ya son objetos presentes en el tiempo y el cuerpo con los que puede jugar la mente.

He aquí algunas obras de la joyera Raquel Alonso. Las interpretaciones (como tales, erróneas) son mías:

Los bigotes de un gato. Recogidos con paciencia y, según declara la autora, sin ningún discurso de la supremacia humana o del sufrimiento animal.

Una mano de muñeca. Es cierto que las manos de muñecas perdidas hacen pensar en revoluciones: pero nunca lo había pensado. Este puño con clavel pertenece desde ahora al imaginario lusitano.

Unas figuras sedentes o asomadas sobre un diminuto cubo desocupado. El título llama a Magritte, pero a mí me ha llevado a Oteiza.

Las cerámicas mellizas salidas de un sueño de la farándula kitsch, el mayor espectáculo del mundo.

La pieza que falta en el puzzle. En algún lugar del universo, a alguien le falta una pieza para acabar un puzzle.

Ensayo plástico para una nueva advocación orientada a la conservación de la virginidad.

La espiga mencionada de la infancia tantas veces desanudada.

contexto.
(Del lat. contextus).
1. m. Entorno lingüístico del cual depende el sentido y el valor de una palabra, frase o fragmento considerados.
2. m. Entorno físico o de situación, ya sea político, histórico, cultural o de cualquier otra índole, en el cual se considera un hecho.
3. m. p. us. Orden de composición o tejido de un discurso, de una narración, etc.
4. m. desus. Enredo, maraña o unión de cosas que se enlazan y entretejen.

(DRAE)