La pasión de Sonia Mármara (anacronía de entretiempo)

Ligerezas tristes de los felices veinte, dirían muchos. Mármara contiene islas de mármol. Alude quizá a la belleza mermada por la pasión resuelta con la obscenidad de un disparo.

Una mañana de finales de julio de 1927, poco después de las siete, la joven griega Sonia Mármara se sentó frente al mar en un banco de una balconada de los jardines de Piquio, empuñó la pistola que le había robado a su amante y se disparó bajo la barbilla.

El día anterior, el hombre había recibido un telegrama con la noticia de la llegada inminente de su familia. Se sabe poco de él. Un suelto del Heraldo de Madrid afirma que ella pidió que le fuera devuelta el arma a un tal Francisco, policía, pero esa versión parece obra del largo viaje de los rumores, los cuales, por cierto, según se quejaba un reportero local, ya habían comenzado aquí: la belleza de la joven convirtió en leyenda su paso por la ciudad hasta que las linotipias hicieron su trabajo y la redujeron al estereotipo de una “mujer de temperamento exaltado, histérica sin duda”.

Era frecuente que las familias se separasen durante el veraneo. Las más pudientes anunciaban en las gacetas las llegadas y partidas de sus miembros por etapas. Don fulano comunica a sus allegados que se encuentra en la ciudad y que en una semana se reunirán con él su señora e hija después de que ésta participe en el certamen de arpa, la gala poética, el concurso de tocados, momento en que recibirán a sus allegados locales en su residencia de descanso… Era también una manera de avisar a los amantes de la posibilidad de retomar los escarceos.

Este, sin embargo, es un caso más humilde. Sonia era manicura. Había llegado de Madrid. Esos desplazamientos laborales de temporada siguen siendo frecuentes. La pareja había vivido unos diez días de magia, pero hacía sólo dos que se alojaban juntos en la fonda La Provinciana. Sonia, en cuanto el galán le advirtió de que debía volver a la normalidad, hizo enviar su equipaje (dos maletas, un maletín y una sombrerera) a la estación de ferrocarril. Dijo que partía para San Sebastián. Pero, en lugar de eso, fue a tratar de suicidarse.

A causa de la herida, tuvo que declarar por escrito. Se adivinan la fatiga, la mano débil, la tinta arañada como un suspiro entrecortado con tres cesuras: “Quería morir, me ahogaba; le quería mucho”. Sobrevivió al intento, pero perdió parte de su belleza; puede también que entristeciera para siempre la sonrisa arcaica, la prueba de vida de las estatuas eginas, que la había destacado en el mundillo de jóvenes solitarias de los paseos, los baños, las ferias de arcos florales. Manicura expulsada del discreto paraíso donde se mezclaban la nebulosa de lo sórdido y la falacia del amor romántico. Dispuesta a la vez a buscarse la vida y a aceptar, pese a la arisca intuición de la mentira, el ritual de promesas que nunca serían cumplidas. Un rostro cálido velado de mármol. Una de esas presas fáciles para los falsos solteros que no se contentaban con las profesionales baratas de la cuesta de Gibaja ni con los amueblados burdeles del Arrabal. En esos ambientes faltaban el juego del dominio seductor y la teatralidad de la pensión discreta. Y el abandono de la falsa prometida, al fin y al cabo, solía ser fácil. La prensa no se detiene en el amante: sólo quería volver con su familia, declaró.

Esos vuelos de verano han perdido el tinte de postal de aquellas ceremonias sentimentales, pero la continuidad es manifiesta. Todos los años el turismo trae, como los ejércitos, una caravana de oficios y sueños que se pasean por el Sardinero a media tarde, se muestran en Cañadio por la noche, planean empleos e idilios precarios o definitivos en las cafeterías por las mañanas. Se mezclan lo laboral, lo turbio y lo deseado con esa apabullante sensación de intemporalidad que envuelve todo en la estación más grávida del año. La primavera y el otoño son provisionales; el invierno arrastra su nombre como un pesado fardo; el verano se contradice como un caos establecido. Llega una joven manicura griega arrastrada por un río de exiliados, conoce a un hombre, atiende sus promesas, es abandonada, se dispara, escribe siete palabras y vuelve al cauce anónimo de la historia sin siquiera dejar constancia de esperar nuevos engaños.