Los pastos de las llamas

Si es cierto lo que dicen las autoridades, en Cantabria, una comunidad con la ganadería camino de la extinción[1], hay gente que delinque de un modo organizado para convertir bosques en pastos por la vía del incendio[2].
Hasta hace poco, el objetivo principal era conseguir terrenos edificables. Ahora, los que queman los bosques o sus inductores se tienen que conformar con menos, pero todo es recuperable, es decir, recalificable. Si el paraíso de las especulaciones inmobiliarias vuelve a realizarse en estas tierras en cualquiera de sus variantes (inmobiliaria, hostelera o parquitemática) los espacios ya estarán abiertos. Si no, por lo menos habrán mantenido un poco más el espejismo de una economía de la miseria subvencionada. Hasta que acabe la tregua, claro, que el cerco liberal se cierra cada vez más, pero este es el mundo de lo inmediato y del titular doctrinario de cada mañana.
A pesar de los esfuerzos psicoanalíticos, creo que tanto la destrucción como la conservación de los bosques se realizan sin grandes pulsiones irracionales. Las tentaciones líricas o apocalípticas las ponen después los poetas y los políticos, palabras que no están nada incómodas en la misma frase: la poesía también suele estar subvencionada.
Recuerdo a un concejal de Medio Ambiente de un pueblo de los valles interiores que había sido condenado por pirómano. Creo que el término es erróneo; ningún informe psiquiátrico señaló nada patológico, y tampoco aparecieron atenuantes basados en temores atávicos a los mitos enfurecidos que habitan la espesura. Sus electores, estoy seguro, no veían ninguna contradicción en lo que era algo muy grave para los constructores del imaginario de la corrección política en sus mejores momentos de impostada solemnidad. La defensa del medio sin cambio de modelos productivos que ha construido para uso polivalente esa corrección es una ecología sin supervivientes, o sea, una contradicción en los términos, y lo que quieren los habitantes de las comarcas ganaderas es, precisamente, sobrevivir. Siempre lo han hecho a costa de los valles y montañas, transformando terrenos salvajes en pastos según fuera necesario. En una economía agrícola y ganadera, los bosques son hostiles almacenes de leña, caza y setas alucinógenas o no, a los que hay que cuidar para que no se vuelvan peligrosos. Son útiles, pero no es fácil enamorarse de ellos. Son bellos, pero también lo son los terneros antes de ser sólo carne. Son respetables emblemas de lo ancestral (y sobre todo de los terrores ancestrales) hasta donde lo permite la comodidad productiva. A partir de ahí, la rentabilidad exige que mengüen o desaparezcan. Antes, los resultados eran concretos, palpables: leche, cultivos, rebaños, trabajo en suma. Ahora vemos que la transformación en pastos es una excusa vacía. No responde a una necesidad de la ganadería; no hay oportunidades para el equilibrio: la quema produce subvenciones aunque no haya vacas para consumir los nuevos pastizales.
Los delitos de incendio sólo son un paso más hacia el abismo de la riqueza mal repartida mediante mecanismos aparentemente misteriosos y volubles y finalizada cuando la maquinaria del liberalismo hace rodar la mano invisible bien afirmada en el orden de los estados a los que detesta si cobran impuestos directos para servicios sociales y adora si rescatan bancos, autopistas y superpuestos y legislan contra los obstáculos a la ley del más fuerte.
Los ganaderos ya fueron grandes modificadores del medio cuando, hace menos de doscientos años, aprovechando la oportunidad de una demanda creciente, decidieron arrinconar las bovinas autóctonas (esas de cuernos demasiado largos y poca leche que ahora algunos sueñan con recuperar en plan elitista) para traer suizas y frisonas y crear una riqueza que está pasando a la historia porque, eliminados los máximos y los mínimos de compra y producción de leche, o sea, pasando del estancamiento al libre mercado liberal, no pueden competir en el juego de la industria alimentaria y metanizadora que en algunos sitios está creando granjas de miles de cabezas. Contra una que pretende pasar de mil quinientas y que producirá 1,5 megawatios, lo cual hace casi gratuita la producción de leche, se bate hace ya años la Confederación Campesina francesa en un complejo laberinto político y legal[3].
Imagino que las subvenciones que hacen rentables los incendios irán desapareciendo poco a poco, a medida que la UE aumente las condiciones y en cuanto los gobernantes autóctonos puedan echarle la culpa sin conflicto a esa entidad de la que nunca son cómplices pero cuyas normas deben ser respetadas hasta el hambre. La alternativa regional parece consistir en vender paisajes adaptados a un turismo selecto (no sé si eso es otro oxímoron), convertir al paisanaje en servicial si no servil, y ofrecerse como infinito lujo residencial o arqueológico o gastronómico o lo que haga falta. Qué pena que no funcione: cincuenta mil parados, la mitad sin prestaciones, y los que trabajan lo hacen en precario porque el ciclo de las promesas de futuro se cierra en que tenemos que ser currantes baratos para hacernos ricos.
En una comunidad tradicionalmente dislocada entre la costa y la montaña y la capital y el resto, y además de economía ganadera muy a menudo mixtificada con la industria y convertida en auxiliar de un proletariado fabril que también desaparece, la textura emblemática del campo cántabro quedó para los intelectuales (nada o muy poco tiene que ver el término con el de Clemenceau para calficar a los dreyfusistas) que calificaron la región e hicieron épica y romance de valles y brañas mientras las burguesía capitalina se forraba trasladando harinas a América. No es que ese imaginario diera para mucho, pero entonces el hinterland castellano era rentable para el puerto, los belgas e ingleses aprovechaban la minería y los suizos, que lo son, trajeron la industria láctea que todavía funciona como una isla en medio de las mutaciones de una comunidad desarbolada. Así que, en cuanto la comunidad imaginada se topó con la era postindustrial, se descubrió inmóvil, pequeña y fiel a su tradición de cortafuegos del norte, que es la manera que tienen los historiadores de decir que no solemos ser gente conflictiva.
De momento, pese a las declaraciones contra la delincuencia, las subvenciones son políticamente rentables. Es decir, mientras esa corporación bautizada con el nombre de Bruselas (y Santander es un banco) no dé el siguiente paso y decida que eso no sólo no es liberal, sino que queda feo. Para entonces, si fuera rentable construir, es decir, si la sociedad sigue aletargada, el paro estructurado, los salarios en la miseria y las libertades atemorizadas, ya no habrá casi bosques protegidos. Negocio redondo. Los incendiarios apuran hasta las posos la pasta fácil y luego ya se verá que caprichos sugieren los supremos ordenadores: discotecas en el erial, macrourbanizaciones blindadas, convertir la región en un plató de cómicos y guapos ocurrentes o lo que haga falta menos reconocer que el juego que se traen entre manos (Varoufakis sabe de eso) es de suma cero en su variante más retorcida, es decir, todo el que no gana cada vez más, pierde cada vez más.

  1. [1]Véase este artículo.
  2. [2]El Colectivo de Agentes Forestales da una explicación de por qué arde el norte de España.
  3. [3]Pero es solo un ejemplo: en Alemania hay unas 200 granjas de más de 1000 cabezas; en China se están creando granjas de 10000 a 15000; en Arabia Saudí se ha alcanzado el récord de 35000. Todos estos datos crecen día a día en progresión geométrica.