Inocentes

Hay una elaboración escalofriante de la idea de la inocencia desde la brutalidad del reyezuelo que quiere conservar el poder a toda costa hasta su conversión en un efecto colateral soslayable.

William Holman Hunt - El Triunfo de los Inocentes

Uno de los mitos fundacionales del cristianismo tuvo lugar en el año 1 en Belén de Judea. Es muy poco probable que se trate de un hecho histórico, pero la historia teológica (que transcurre en un universo paralelo) dice que el rey Herodes, alarmado por la noticia de que un niño recién nacido sería entronizado, mandó matar a todos los menores de dos años.

1209 años después, durante la cruzada contra la herejía albigense, tras la caída de Bèziers, el enviado papal Arnaud Amalric ordenó acabar con toda la población. Cuando le recordaron que entre los sitiados podía haber buenos católicos, la respuesta fue: “Matadlos a todos. El Señor reconocerá a los suyos”.

En 1987, Andrés Serrano expuso una fotografía de un cristo de plástico pequeño y barato sumergido en orina para magnificarlo con un halo dorado, penumbras y burbujas. Según el artista, no se trata de una denuncia de la religión, sino de mostrar el abaratamiento de los símbolos en la sociedad. La obra ha sufrido varios atentados.

Aunque ha tenido defensores en medios católicos, los más integristas, es decir, los que más suelen incidir en las representaciones tortuosas, torturadas y encarnadas de su divinidad, no soportan la inmersión de un fetiche trivializado por el consumismo en un residuo que quizá entienden como demasiado humano. Pero otros, creyentes o no, preferimos pensar que la paradoja estética de la nueva iconografía lo engrandece y lo sitúa en un instante atemporal lleno de melancolía por la ingenuidad primitiva del sacrificio. Algo mucho más cercano a la humildad de la primera simbología de los perseguidos.

Hay una elaboración escalofriante de la idea de la inocencia que va desde la brutal banalidad del reyezuelo que quiere conservar el poder a toda costa hasta su conversión en un efecto colateral soslayable mediante argucias cosmogónicas o mediáticas.

En una docena de siglos, la simple barbarie de Herodes se convirtió en juicio doctrinal inapelable, luego en estereotipo de la fatalidad, y sigue saltando por el tiempo y el espacio con diversas reescrituras.

En el mundo saturado de información que huye hacia adelante, la dicotomía buenos y malos, desprestigiada por largos ciclos en que los poderes y la propaganda decidían sin apenas interferencias quiénes eran unos u otros, se ha convertido en celebración de la ambigüedad. El abuso de la presunta relatividad de todo (pese a lo cual es curioso que la guerra siga siendo una constante tan universal como la velocidad de la luz) y la insistencia en la resignación y la inacción sin cuestionar orígenes ni desigualdades tiene por efecto la futilización de la inocencia y la negación de las responsabilidades de los que deciden. La culpa, como en los tiempos de Amalric, es un asunto intemporal y aterrenal, lo mismo si en la cúspide están los dioses o la historia. Y, si insistimos, nos invitan a compartir esa culpa. La inocencia es un cristo de todo a un euro sumergido en orina.

Ya había en el principio un refuerzo previo en forma del pecado original contra la autoridad. Un deseo de conocimiento no reglado está en el origen de esa Gran Advertencia que justifica todas las demás. Si alguna vez predominó en el discurso algo semejante a la compasión o el altruismo, enseguida se convirtió en caridad y se estableció un baremo de premios y castigos, y también de bulas e indulgencias. Y los ideólogos proporcionaron al poder, agente proteico, la opción de justificar la entrega de los inocentes al destino más útil.

Los prefijadores del neo(meta)relato hablarán cualquier día de postinocencia. Las herramientas de la postverdad (empezando por la propia denominación) igualan verdad y mentira y no dejan espacio para la postmentira en el negocio de la inteligencia emocional, otra forma de integrar como postrazón la estupidez acomodada a un mundo proclamado el mejor de los posibles. Tiene usted dos opciones: pasar de todo o sentirse tan culpable como el que más. En ambos casos, las salidas son la risa floja o jugar a ver quién la dice más gorda en la tertulia. Hay nombres para todos los gustos. Algunos lo llaman idiocracia.

La inocencia ya es sólo emotiva, y apenas es una pena recursiva de telediario. Nadie es responsable de las crisis, es decir, de la guerra, el hambre y la peste. Con que un náufrago llegue a la costa, basta para la foto. Los demás colman los océanos. Más que inocentes, son falsos culpables.

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Gorros rojos

Música extrusiva sale a ráfagas de botellas de champán renderizadas y cae como lava sobre los cerebros-cromas

Esclavos de la fiesta

Es requisito indispensable dominar el biciclo autoequilibrado. Conviene además no tener el cuero cabelludo muy sensible, porque los gorros son asiáticos y de tinturas dudosas. Se graban las presentaciones individuales de los candidatos y se almacena todo para atesorar presencias tan sumisas como esforzadas. La imagen es muy importante para el cultivo de lo idéntico. Es imprescindible el consentimiento escrito de los aspirantes para el uso global de la imagen y la palabra. No vaya a ser que por animar el consumo nos metamos en un lío.

El cursillo obligatorio de formación dura media hora y su contenido, letánico, recuerda vagamente a los “koans”, esas preguntas zen que tienden a reemplazar la razón con la ensoñación y que sobre todo prescriben la infalibilidad de los maestros como única forma de conocer la verdad. Todo sigue pautas recursivas: ¿Se puede ser feliz sin empleo? ¿Se puede tener empleo y no ser feliz? ¿Existe tu trabajo cuando estás en el paro o en el ERE o en el ERTE o en cualquier otro estado del cuerpo laboral? Tu trabajo va contigo, es tu vida, la felicidad es tu vida, el empleo es la felicidad. No hay en ello ningún misterio. Sólo necesitas tu necesidad.

Sabemos que el empleo en nuestra empresa proporciona felicidad y que la labor que va acompañada de alegría no es tortura, es uso, cultura de lo útil, elevación del cuerpo y del alma hacia la posición del líder. Nadie es explotado si no se siente explotado. Aquí no hay seguidismo: cada empleado es un microlíder fundido en el equipo. Dejemos claro de una vez que somos los mejores y nos dirigen los mejores.

Podemos apreciar que la felicidad que parece interrumpirse con el fin de temporada permanecerá si comprendemos la naturaleza de los ciclos económicos en un mundo que (¡estad seguros de esto!) no puede ser de otra manera. Vuestra labor va a ser grande porque los folletos y promociones los repartís en una gran superficie tan grande como la vida. No es necesario explicaros qué expresión debéis llevar en vuestras caras: fijaos en los anuncios.

Sed sabios. Preparaos para la aventura de no salir de estos pasillos en un mes. Sed asertivos, receptivos, flexibles y, en caso de duda, consultad las terminales punto de venta, y nunca olvidéis que la empresa siempre tiene soluciones. Por eso es empresa.

Bolas envueltas en anacondas de espumillón. Cielos de láser surcados por ofertas. La guerra es juego. El juego es el consumo. El consumo es la paz. Música extrusiva sale a ráfagas de botellas de champán renderizadas y cae como lava sobre los cerebros-cromas. Sólo hay tres marcas en el compás: fun, fun, fun. Trineos ardiendo cerca de la Cola del Perro. El gorrito reglamentario que inventó Coca-Cola (los ilusos pretenden boicotearla por incumplir las sentencias de la justicia laboral; pónganos unos cubatas, señor ministro) permite seguir tanto las evoluciones de los reponedores como las de las máquinas pulidoras entre las secciones que han ocultado las cosas de primera necesidad para abrir el mundo a la ortodoxia festiva. La primera necesidad también alcanza precios navideños. Duplique su miseria, no sea vulgar.

Miles de gorritos rojos con ribetes de espuma sintética blanca van a llover, están lloviendo ya, sobre las resignadas cabezas de otros tantos trabajadores en precario. Las horas son muchas; los horarios, arbitrarios, y el sueldo es una mierda. Además, la apropiación de la imagen por la empresa, la imposición de disfraces, rituales y villancicos tecno a toda pastilla deberían contar como abusos, pero los avestruces cotidianos que husmean el sucedáneo de mazapán lo aplauden como tradición. Esta es la cornucopia hueca del mercado, lo más natural, dicen, lo estacional, el ciclo de las festividades que se siguen celebrando con oropeles de plástico para mantener el consumo, camuflar la escasez y consolidar la desigualdad.

Chicos y chicas con uniformes de paradigmas deportivos aguantan cualquier cosa para tratar de paliar su sed de futuro. Ofrecen grasas de palma bajo tocados del refresco sodado (no olviden el boicot) y ruedan por los pasillos enarbolando promociones. Puede que muchos piensen que les están estafando para que estafen. Pero es lo que hay, se dicen: es lo que hay.

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SS regresa al desfile de la victoria

La reaparición de un estereotipo de la posguerra quizá sirva para ayudar a desvelar la continuidad de las manipulaciones.

Marienbad

Gracias a la memoria, la mente funciona con un automatismo absurdo. Supongo que es un remedio contra el aburrimiento y los lugares comunes.

La repentina epifanía televisiva del bello Serrano Suñer (llamémoslo SS sin reparos) me ha evocado una frase de la introducción de Alain Robbe-Grillet al guión que escribió para Alain Resnais y tituló como comienzan muchas cadenas de recuerdos: ‘El año pasado en Marienbad’. La película se estrenó en 1961. En ella no aparece la estación termal donde se bañaban algunos maestros de la sospecha y otros depravados, que sin embargo están presentes en sombras y pensamientos.

La frase dice: “Una vez admitido el recuerdo, se admite sin esfuerzo lo imaginario”, y se explica con el ejemplo de un film en el que el relato de un presunto testigo se hace secuencia de imágenes y se convierte en narración dentro de la narración principal. Lo imaginario, sin pruebas, se hace realidad en la realidad de la ficción aun cuando esa ficción ha establecido su origen especulativo según sus propias reglas y, por supuesto, la complicidad del espectador. Es un testimonio dudoso dentro del mundo admitido como real que se acepta como parte de él gracias a un juego de cajas chinas que no respeta ni la ética primaria de la ficción, pero se acepta igualmente porque en el arte no hay relatos honrados.

El problema surge cuando el mismo mecanismo pasa a ser parte del reconocimiento histórico. Entonces no es un asunto narratológico, sino político. Parece casi sacrílego (los dos Alain me disculpen) señalar que los burdos capítulos televisivos de Serrano Suñer, al servicio de la desfachatez manipuladora, funcionan en el largometraje de esta nuestra democracia postfranquista con la misma técnica. Reducido el “cuñadísimo” a la “sonrisa del régimen” (admitidos esos atributos como los recuerdos más sólidos acerca del personaje, responsabilidad también de buena parte de la supuesta “oposición intelectual”), se le sitúa en el contexto falaz de una época “difícil” en la que se igualan las responsabilidades de bandos abstractos enfrentados. Y de pronto el nazi (SS era más nazi que franquista; y siempre estuvo ahí: hasta intentó ayudar a los golpistas franceses contra De Gaulle) ve transformada su historia de cuernos con vuelta al sagrado redil familiar en la de un galán de pasiones imposibles cuyo amor está por encima de la represión ambiental, reducida a triviales referencias cuando no a evidentes falsedades.

Lo que en las ficciones es un pacto implícito con el lector/espectador, aquí es la consecuencia de la eliminación física y simbólica de los matices del recuerdo y la prolongación de la labor de los golpistas que acabaron con la II República. Que se pueda hacer y publicitar ese quiebro dialéctico en busca del aplauso mayoritario de la población dice mucho de la solidez de nuestros valores democráticos, del conocimiento de la historia en particular y del desprestigio del conocimiento en general. Y, por añadidura, de la persistencia del atractivo de la hipocesía amorosa.

En los relatos policiales, aunque seamos colaboradores necesarios, solemos intentar romper el pacto atrapando las trampas del autor. En un mundo lleno de adjetivos desocupados (“cultural”, “democrático”, “creativo”), uno más (“enamorado”, y con toda la parafernalia machista del guapo de uniforme) viene ahora a anular al sustantivo fascista. Además de a los prisioneros del interior, sus acuerdos con Himmler le permitieron a SS fusilar a republicanos exiliados. Un modelo pasea ahora su efigie por las pantallas, y eso no es lo malo, sino el profundo vacío del escenario y la oquedad de los lemas que pretenden darle seriedad a un contexto fotografiado en papel cuché estilo revista ‘Hola’. La revista que, por cierto, ha formado a millones de mujeres en el culto a las parejas uniformadas (ellos) y almidonadas en raso (ellas), y cuyas luces persisten tanto en los quioscos como en los televisores.

Robbe-Grillet se inspiró para su guión en ‘La invención de Morel’, novela de un refugiado en fuga escrita por Adolfo Bioy Casares en 1940. Todavía no se había desarrollado la televisión, pero un párrafo suyo se impone para cerrar este artículo:

“Atacaré, en esas páginas, a los agotadores de las selvas y de los desiertos; demostraré que el mundo, con el perfeccionamiento de las policías, de los documentos, del periodismo, de la radiotelefonía, de las aduanas, hace irreparable cualquier error de la justicia, es un infierno unánime para los perseguidos”.

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Cae la noche electoral

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Clowns - Cae la noche electoral

(Aportación desde un microespacio al anecdotario de un macroespectáculo).

En el restaurante hay tres salas sólo separadas por iluminaciones variables elegidas, dicen, según un estudio específico de tonalidades e intensidades. Se supone que los clientes, al llegar, deciden cuál de ellas se acomoda a su estado anímico-estético. Lo de anímico-estético lo pone en la página web, en una larga explicación con toques orgónicos muy moderados, pero el caso es que cada uno se coloca o lo colocan donde hay sitio, y además sólo los iniciados entienden lo que se pretende, cuáles son esos probables estados del alma y si los que van en grupo deben tener el mismo para no sentarse en mesas separadas.

-Se podían haber ahorrado el rollo.

-Algunos han venido porque no han entendido lo de las luces, seguro.

-Yo sí lo entiendo.

-Ya.

Así que, quizá por error, nos sentamos cerca del espacio central, donde los miembros enlutados de un ballet se mueven siguiendo los tictacs de un metrónomo para hacer y deshacer un castillo humano. El techo forma una bóveda en la que revolotean holografías de quiméricas oropéndolas.

Los camareros son todos hombres altos de cabelleras y barbas largas enmalladas y trajes blancos de apicultores marcianos. Se desplazan con suavidad, como si caminaran entre enjambres de velutinas.

La disonancia no programada (suponemos) aparece a dos mesas de distancia. Un tipo más que maduro y evidentemente beodo grita:

-¡Tengo hambre, me cago en la puta, y este cóctel azul sabe azul, y lo azul no es comida, hostias!

El joven que lo acompaña, de aspecto más acorde con el local, sonríe como pidiendo disculpas al público. Acude un sujeto en traje de Reservoir Dogs y explica que el jargo laminado con su piel crujiente e infusión de sus espinas está en camino.

-Bueno -dice el cliente cabreado-, pero no quiero colorantes, que yo también soy ecologista, no te jode, y más vale que sea jargo de verdad.

En la mesa de al lado, un macho alfanumérico explica a una chica que la distribución de colores tiene algo que ver con las series afectivas de Fourier. No hay manera de seguir el discurso completo, sin duda un metarrelato, aunque llegan frases sueltas y bastante efectistas. “Socialismo utópico”, repite ella tres veces antes de que una negación transversal rompa el ambiente peculiarmente rosado.

El grupo que formamos es variopinto y no importa demasiado quién diga cada cosa. Eso también es parte de la esencia del lugar. Nuestro estado anímico-estético propende a la discusión.

-Sitio hipster, ¿eh?

-¿Qué pasa? Yo también soy hipster.

-Pero los camareros lo parecen y tú no.

-Bien, desplegaré la letanía: soy hipster porque soy alternativo, independiente, contrario a las convenciones sociales y la cultura comercial predominante, amante del jazz, lo indie, el rock alternativo…

-Has repetido alternativo.

-… los clásicos, el cine independiente…

-Has repetido indie.

-He dicho independiente.

-Es lo mismo.

-No es lo mismo. Sigo: el arte, las redes sociales, la alimentación con productos ecológicos…

-Cuando dices que estás en contra de la cultura comercial predominante te refieres a que no compras barato, ¿no? Luego vais de progres. El proletariado os odia. Por eso muchos votan a Rajoy.

Hay unanimidad en que ha sido un golpe bajo, sobre todo porque ha dicho “proletariado” con tanto orgullo como sorna.

-Queremos lo mejor para todos. Y el proletariado no existe. Ha desaparecido del imaginario.

-Sí, claro. Al quedarse en paro pierde el nombre… Vamos de culo y sin clases sociales. Ya sólo hay gente y gentuza; y a vosotros ya ni siquiera os llaman burgueses bohemios.

Nos traen la carta y pedimos. El más callado, fascinado hasta ahora por las aves de la bóveda, interviene de repente:

-Mira, hay una estantería con libros.

Nos levantamos a fisgar. Hay un ejemplar de ‘El impacto de lo nuevo’, nuevecito, impregnado de olor a librería con toques de cardamomo. Una monografía sobre Fibonacci junto a un ensayo sobre cine con el póster de Ultimátun a la tierra (1951) por portada. Un manual de PROLOG muy manoseado.

Llega la comida. Fusión total. No sabe mal, tiene las texturas adecuadas, utliza productos incuestionables, el teriyaki sabe a lo que debe (de) saber el teriyaki y han puesto un poco de picante en los langostinos para servir una palabra náhuatl en una fuente decorada con dibujos mayas. Fusión interprecolombina, pero el chipotle apenas pica. El gazpacho de algas está rico, pero es una sopa fría de pescado.

El tipo hambriento del principio empieza a vocear una ranchera. De pronto, descubre que todos lo observan, se calla y baja la vista etílicamente avergonzado, y enseguida empieza a soltar carcajadas cada vez más grandes. Se levanta blandiendo un telefóno móvil.

-¡Mirad que guachap me acaban de mandar! ¡Mamones! ¡Ha ganado Trump! ¡Jodeos!

Hay un silencio excesivo, sea eso lo que sea en medio de los tictacs. El joven acompañante, alterado, se levanta y obliga al otro a salir del comedor. Éste no se resiste. Parece que le asusta la calma chicha que ha provocado. Salen hacia la zona reservada al personal.

En la mesa del utopismo, el orador informa:

-Son el gerente y su padre. Cada vez que se emborracha, el viejo arma una bronca. Es el que puso la pasta para el negocio.

La opereta de la transferencia cultural

Opereta

No me apetece nada escribir sobre este asunto. Me aburre. No me da ni pereza; la pereza es un estímulo lleno de paradojas. Me la trae floja, vamos. Pero, por otra parte, ¿por qué no va uno a escribir sobre lo que le apaga la libido? Total, Freud está crepuscular y sus términos sirven para todo, como las palabras que afloran por ahí -creatividad, tejido cultural, agentes culturales, economía del ocio…- en un tobogán de consignas.

Los curiosos incidentes entre la Fundación Santander Creativa (FSC) y el Ayuntamiento de Santander y la Fundación Botín (FB), presentados como un proceso de desarticulación de no sé qué urdimbre, no me parecen sino la manifestación de un acuerdo fundamental. O sea, un conflicto falaz donde sólo se discuten pequeñas áreas de poder y algunos beneficios personales dentro de las reglas del juego que todos aceptan.

El dinero va, viene, fermenta en propagandas y desgravaciones y a veces produce espejismos curiosos, como que las ideologías de ambas fundaciones son cosas diferentes o inexistentes. Pero una es parte fundamental de la otra. Así que, si la FSC sucumbe porque la FB recorta gastos, será a causa de su propia condición.

Hay una evidente reordenación del dinero que aporta, desgravando, la fundación bancaria (y el propio Banco de Santander, a cargo, creo, de su departamento de Comunicación: de nuevo la propaganda) para hacer ese espectáculo que llaman cultura, que no es sino un conjunto de actos administrativos con efectos discutibles sobre el ocio de la población.

Resulta patética la aparente lucha entre el Ayuntamiento y la FB, que parece ir a trasladar su dinero a otras cosas precisamente cedidas por la sumisión del municipio. Los próceres de la ciudad manifiestan la torpeza del que sabe que su pelea no es más que un acto de mendicidad.

Los más afectados son los profesionales de la gestión cultural. Los de ámbito o encomienda públicos son como los profesionales de la política. Sólo se diferencian en que los primeros no han alcanzado todavía el descrédito que tienen sus homólogos. Y los que trabajan para el sector privado son comerciantes y están obligados a presentar su producto como el mejor, pero muchos de ellos saben que sin subvenciones no sobrevivirían sus negocios. Manda el mercado. No pueden negarlo, pero intentan soslayar el hecho pidiendo que se supla su debilidad inversora, se les cree la clientela y se les cubran pérdidas con la coartada de la cultura municipal, concepto que reúne todo tipo de manifestaciones.

Se trata, pues, de forzar la mano invisible entregando el dinero que debería ser gestionado por las instituciones a cambio de conseguir más creando una estructura semiprivada permanente que aparta de la gestión municipal directa la organización de un área concreta de lo que debería ser parte de la soberanía ciudadana. La oposición política, por lo visto, no tiene gran cosa que decir al respecto. Es decir, no tiene alternativa a la ideología dominante en el tema y tiende a ver en la FSC algo intocable -porque sustenta el beatífico “tejido cultural”- o divaga elogiando la labor y no la forma. Por lo visto, la forma ya no lo es del contenido.

Sin embargo, todo es ideológico, y la clave está en fomentar una mezcla de circo televisivo, promoción hostelera musical, vanguardia acrítica (oxímoron perfecto), incluso diversidades y divergencias homologadas y mínimas suplencias de servicios sociales, mezclarlo todo en planos veloces y echarlo al saco de neón de la creatividad. Insisto en lo de la ideología. Precisamente el pretexto es su negación, la falsa neutralidad. Como en esas películas asépticas en las que todos asumimos que los que ganan tienen razón. Es más: ya lo sabíamos desde el principio. Al fin y al cabo, mandan los que apoyan a los que ganan las elecciones.

No sé si hace falta decir que en el fondo de todo está un reparto de dinero sin debate previo sobre los contenidos, las funciones, la relación con la educación o el aprendizaje, la realidad social de los distintos espacios urbanos y los actores y espectadores. Una barra libre que cuenta concurrencias y pasa sin huellas. No crea ni transforma, pero afirma lo contrario con desparpajo hipster y simpáticas rotondas que se tienen por audaces.

Nada de esto va a detenerse si cierran la FSC, pero que nadie me pida que la apoye. No tiene la misma importancia, pero estoy tan en contra de ella como de la privatización de la educación o la sanidad. Y además todo indica que el Ayuntamiento está buscando forzar cambios en el mismo sentido privatizador en otras entidades y ampliar el ámbito con nuevos inventos, como esa de pronto resonante Fábrica de Creación (de nuevo la palabra, ya claramente como producto industrial) y otros complementos paralelos al cajón usurpador de paisajes que nos va a situar en la contemporaneidad de la burbuja de los contenedores artísticos. Un asunto que ya se debate en otras latitudes y está fracasando en bastantes. Pero aquí FSC, Ayuntamiento, FB y Gobierno autonómico comparten esa retórica y siguen en lo suyo, escenificando los microeventos cotidianos, los eventos-panacea (casi siempre “fracasos” rentables para la minoría) y en general la fachada de una ciudad al borde del PGOU, es decir, de otro abismo para la mayoría.

El caso es que, ocurra lo que ocurra con la aportación de la FB a la FSC, ningún dinero va a salir del circuito establecido, que además se diversifica cada vez más en conceptos y edificios y fanfarrias. Algunas empresas y agentes culturales se verán perjudicados, claro. Pero otros nuevos o viejos los sustituirán. Cosas de la competencia. Trucada por la banca, pero competencia.

La FB ha puesto en marcha los vasos comunicantes de grosor variable, con la FSC como tubo obligado a adelgazar, pero el recorrido es el mismo, la inversión la misma y la ingeniería financiera la misma. Se cumplen las leyes de la trama y la urdimbre y estoy por apostar que el siguiente movimiento de dinero será de manos públicas a privadas. O sea, como siempre. Es una apuesta fácil. Y aburrida.

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Un viajero singular

(Esto va de libros baratos que se deshacen en el bolsillo. En un tiempo fueron hegemónicos. Ahora se arrastran ladrillos por las playas.)

Imagino a Thomas Cole con el libro que protagoniza asomando por uno de los bolsillos del mono barato de mecánico que viste en la portada y por el cual asoma el mismo libro como si fuera a tener problemas para salir del abismo. Un libro pulp, por supuesto, de tapas blandas, las esquinas dobladas, descosido, cuarteado, como el ejemplar que leí en la adolescencia de Guerra con Centauro, selección de la Editorial Cénit de historias de Philip K. Dick donde se incluía, entre otras más renombradas, El hombre variable (1953)[1].
El hombre variable

No soy dado a edificar cultos, que siempre falsifican, pero ese humilde relato ha venido a ser para mí una de esas referencias que surgen cíclicamente y con variadas excusas, sobre todo las de las puras diversión y extrapolación, y seguramente más por azar que por necesidad.

La narración presenta en acciones paralelas a unos personajes que se pasean por el borde del Apocalipsis en un paisaje de bosques bombardeados, montañas que ocultan laboratorios, despachos de altos funcionarios y suburbios residenciales que parecen haber evolucionado por la vía militar a partir de aquel donde John Cheever situó a su nadador loco.

El escenario galáctico es de guerras coloniales. Los puntos centrales, sin embargo, los ocupan un viajero involuntario en el tiempo y un sistema de predicción de eventos.

Siempre me ha parecido que la máquina del tiempo es el instrumento más torpemente usado de la ciencia ficción, gracias a lo cual genera un montón de recursos narrativos. Dick presenta aquí una que funciona con la brutalidad de una pala excavadora. Una vez más, ese artilugio tan difícil de explicar es el más tosco; sólo sirve para hacer prospecciones y, por accidente, arrastra al futuro al tal Cole, con su carreta y su caballo, obviando sutilezas, paradojas y conjeturas aguafiestas como la de Novíkov, con sus bolas de billar a medio desviar y sus agujeros de gusano[2].

(No voy a destapar la intriga ni a tratar de profundizar en el asunto del tiempo. En mi opinión, la definición más exacta la dio Cortázar: el tiempo es como un bicho que anda y anda. Gracias al querido bruselés, ese precipicio no necesita más pretextos.)

Cole recorría el pasado (1913, pero muy lejos de Davos) reparando cosas antes de tropezar con ese futuro y convertirse en el obrero de un seductor y subversivo extrañamiento.

A partir de ese accidente, Dick relaciona la probabilística usada como elemento de control social y la adaptación del ser humano a la técnica. La estadística predictiva tropieza con un individuo desubicado al que su primitivismo dota de cualidades excepcionales, y con ello se introduce una variable incontrolada y de valores muy difíciles de modificar en el cálculo mecánico, que se ha hecho indispensable para la toma de decisiones.

La presencia del lañador crononauta a su pesar altera el funcionamiento de las computadoras SRB, dispositivos de predicción que procesan millones de datos bajo tal cantidad de condiciones que se consideran infalibles. Se trata, claro está, de aparatos esenciales para el ejercicio del poder. Éste aparece como algo nebuloso, de naturaleza poco explícita, organizado en secciones rivales entre ellas, intrigantes, pero unidas por la cohesión del autoritarismo. La capacidad de la policía para detener a cualquiera y la premura con que los ciudadanos denuncian la presencia de un desconocido no dicen nada esperanzador sobre los derechos y libertades. El estado de sitio permanente hace innecesarios los rituales democráticos. Las estructuras de la sociedad, surgidas de anteriores guerras autóctonas y de los conflictos interestelares, son las de un mundo altamente tecnificado y con una producción de usar y tirar, consumista pese al bloqueo que pone en peligro la expansión colonial, dividido en jerarquías profesionales, políticas y militares desabridas, clasistas y competitivas. No sorprende, pues, que lo primero que se plantee sea la simple eliminación física del sujeto que da problemas.

Las fluctuaciones de las SRB determinan, pues, la actuación del poder. Al comienzo del relato, se trata de decidir cuál es el mejor momento para emprender una ofensiva contra el Imperio de Centauro, que asfixia la expansión (no cabe duda de que tan depredadora como la del enemigo) de la humanidad. El ataque puede suponer la victoria o la derrota definitivas. Las previsiones son favorables. Todo parece ir bien hasta que cae del cielo el dato disonante. El problema es que las predicciones no aportan soluciones ni explican las claves de los problemas. La masiva y continua recolección de datos procedentes de todos los planetas del Sistema no permite identificar cuáles son los más relevantes. Los contadores enloquecen con cordura mecánica hasta que los merodeos de Cole (un personaje entrañablemente estático y a la vez adaptable, perfecta personificación de una variable independiente) delatan su origen. Viene del margen de la historia tecnológica y, como dice el Comisario de Seguridad Reinhart, posee

cierto talento, ciertos conocimientos de mecánica. Genio, tal vez, para hacer algo semejante. Recuerde de qué época llega, Dixon: principios del siglo veinte. Antes de que empezaran las guerras. Fue un periodo único. Había vitalidad, ingenio. Fue una época de desarrollo y descubrimientos increíbles. Edison, Pasteur, Burbank, los hermanos Wright. Inventos y máquinas. La gente manejaba con inusitada habilidad las máquinas, como si poseyeran algún tipo de intuición… de la que nosotros carecemos.

La aparición del hombre de 1913, el año de otra preguerra, altera la paradójica tranquilidad de un mundo futuro en guerra fría contado desde cuarenta años después también (como otra vuelta al recurso del abismo) en guerra fría, esa que tantas ganas tenemos de echar de menos, ¿se acuerdan? La peculiaridad del personaje explica el peligro que lleva consigo y que las máquinas detectan. El tipo es capaz de arreglar cualquier cosa sin saber previamente cómo hacerlo. No sólo arregla: mejora. Por ejemplo, convierte un videotransmisor de juguete en un aparato de comunicación interestelar:

Sus dedos volaron, palpando, explorando, examinando, comprobando cables y relés. Investigaron el videotransmisor intersistémico. Descubrieron cómo funcionaba.
(…)
-Entonces me enseñó el videotransmisor. Me di cuenta en seguida de que era diferente. Como sabe, soy ingeniero electrónico. Lo había abierto una vez para colocar pilas nuevas. Conocía bastante bien sus
entresijos. (…) Comisionado, lo habían cambiado. Alambres removidos, los relés conectados de manera diferente, faltaban piezas, otras nuevas improvisadas en lugar de las viejas… Por fin descubrí lo que me hizo llamar a Seguridad. El videotransmisor… funcionaba de veras.
—¿Funcionaba?
—Verá, no era más que un juguete. Su alcance se limitaba a unas pocas manzanas, para que los niños pudieran llamarse desde sus casas; una especie de videófono portátil. Comisionado, probé el videotransmisor, apreté el botón de llamada y hablé en el micrófono. Yo… me comuniqué con una nave, una nave de guerra situada más allá de Próxima Centauro… a unos ocho años luz de aquí. La distancia máxima a la que operan nuestros videotransmisores. Entonces llamé a Seguridad, sin pensarlo dos veces.

Siguiendo con el lúcido representante del poder:

Nosotros no sabemos arreglar nada, nada de nada. Somos seres especializados. (…) La progresiva complejidad impide que ninguno de nosotros adquiera conocimientos fuera de nuestro campo personal… Me resulta imposible entender lo que está haciendo el hombre que trabaja a mi lado. Demasiados conocimientos acumulados en cada campo. Y demasiados campos. Este hombre es diferente. Lo arregla todo, hace de todo. No trabaja a partir del conocimiento, ni a partir de la preparación científica…, la acumulación de hechos clasificados. No sabe nada. No se trata de un proceso mental, una forma de aprendizaje. Trabaja guiado por la intuición… Su poder reside en sus manos, no en la cabeza. Es un factótum.

Seis décadas después, la superespecialización que tanto subvierte en el pasado futuro de la ficción el aparecido hombre primitivo está cerca (a menos de otros tantos decenios, según algunos prospectores humanos) de producir la singularidad tecnológica. Es decir, toma visos de realidad el momento en que una máquina o un sistema informático sea capaz de automejorarse, rediseñarse y replicarse. Se supone que será la consecuencia de la complejidad de programas cuyo entramado de algoritmos sólo podrá ser percibido en conjunto por otros programas: sólo otro sistema informático podrá trazar un plano detallado y total de todos los componentes globales y sus relaciones entre sí. Y los seres humanos actuarán (si no está ocurriendo ya) como piezas específicas al servicio de ese complejo sistema cuyas formas y funciones son incapaces de apreciar con una visión de conjunto porque, para entender el paisaje y dibujar el mapa completo, tendrían que alejarse tanto que se harían invisibles los detalles.

Thomas Cole es una representación (no sé si deliberada; creo que el alcance real de las visiones de Dick es un juego de cajas chinas, y con ello volvemos al trampantojo del abismo) del último humano capaz de dominar a las máquinas antes de que los ingenieros y programadores pierdan del todo la autonomía frente a sus obras.

Como no ha habido viajes en el tiempo (y es ciertamente sospechoso que no aparezca nadie del futuro) ni nuestras sondas han llegado a playas hostiles, podemos considerar poco probable la llegada del sujeto destructor. Lo más probable es que Cole siga su ruta en 1913 y no podrá despertar inquietudes sobre la especialización que desvíen el camino a la singularidad. Puede hacerlo desde la literatura, por supuesto, pero eso nunca ha cambiado las cosas.

Por ahora, al menos que se sepa, las máquinas tienen limitada la capacidad de reprogramarse sin ayuda (al menos sin un primer impulso) exterior, pero podemos introducir todas las variantes sugeridas por la ciencia ficción, desde las fórmulas más rigurosas hasta las que lo resuleven quemando un chip (aquí tengo que romper una lanza por Novíkov) y desde la idea más totalitaria de la mente colmena, el sueño de la interconexión absoluta, hasta la ilusión antropocentrista de considerar que las singularidades serán diversas y beligerantes entre sí. Las hipótesis sobre una inevitable y/o deseable transhumanidad (o, más simple aún, sin post- ni trans-, la sociedad de las máquinas no sería sino la humana bajo otra cobertura) o el ascenso de diversas corrientes de neoludismo (con llamadas urgentes al eterno retorno) son aspectos que se escapan a este artículo y a mi capacidad.

En todo caso, el mundo está envuelto en las guerras de siempre con los motivos de siempre: de clase, coloniales o -lo más frecuente- ambas cosas a la vez. Y ese es el factor que, en la época que sea, permanece invariable. Sabemos que a veces la humanidad mejora en los derechos elementales que parece definir para ignorar. Cuando lo hace, suele ocurrir porque sus aberraciones son insostenibles, y sucede con traumas, quebrando paradigmas y a empujones de gentes caídas desde los márgenes del foco mediático prospectivo.

Sospecho que este artículo ha llegado al punto en que cualquier lector sensato (no se ofendan) se preguntará adónde quiero ir a parar. Pues bien: viendo el transcurso del bueno de Thomas Cole, creo que, como él, a donde ya estoy, ni más allá ni más acá.

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  1. [1]Contiene los siguientes relatos: Guerra con Centauro (The Variable Man, 1953), El informe de la minoría (The Minority Report, 1956), Autofac (Autofac, 1955), Un mundo de talento (A World of Talent, 1954).Ficha de “El hombre variable” en Tercera Fundación
  2. [2]Hay una explicación de la Conjetura de Ígor Novíkov en este vídeo.

El otoño desvela la pobreza

Artículo publicado en eldiario.esCantabria.

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Es uno de los personajes más tristes y a la vez vitales que conozco. Está en una novela de Oswaldo Soriano:

Me volví y descubrí un tipo que arrastraba una valija enorme mientras juntaba algo entre los yuyos. Llevaba una manguera enrollada a la cintura, un prendedor con la cara de Perón y a medida que se acercaba cargaba el aire con un olor de perfume ordinario. Todo él era un error y allí, en el descampado, se notaba enseguida.

A veces, una sencilla descripción refleja o resume el hundimiento, la tristeza que trae la pobreza, con una intensidad inexplicable, y de paso la lucha desesperada por convencerse de que todavía se puede ser y hacer algo. Por ejemplo, convertirse en nómada autónomo (emprendedores, dice la mercalengua) y deambular por la pampa con una ducha portátil vendiendo manguerazos a los lugareños siempre y cuando haya un grifo donde enchufar el ingenio.
A medida que las estadísticas de otoño van limpiando lo que queda del verano y se liberan las terrazas de turistas y camareros, y las máquinas de rodillos limpiadores hacen barrizales antizén, se contrasta la pobreza en sus diversas variantes y eufemismos. A pesar de que el viento del tardío nos hace pensar en el amor (y en el sexo: no seamos tímidos) de otra manera y percibimos el arte a la manera de las hojas de caídas titubeantes (sea por la poesía o por el cambio climático); a pesar de la parafernalia oficial que se empeña en hacer de todo una aplicación para móvil que captura guiñoles hípsters en un escenario pseudohistórico con argumentos de cluedo; a pesar de la prisa por redescubrir el vacío en las playas y la necesidad de aproximarse al espacio de naufragios y miasmas de antes del descubrimiento de la pasión litoral, la realidad urbana está ahí, bajo andrajos de parasoles, como un perro sin raza que corre entre garabatos de algas.
Por las calles se esquinan personas empobrecidas que contienen y exhiben inmensos errores de los que no son culpables más que como crédulos de la propaganda. Y muchas veces ni eso: quizá sólo lo son de pensar que no puede ser de otra manera. Los medios siguen hablando más de paro o crisis que de pobreza deliberada, planificada o fríamente colateral. Pobreza material, contante y sonante; hay que insistir en ello para que nadie ponga la coletilla del espíritu, ese gran igualador de culpas. Se citan datos y umbrales, es cierto, pero se pintan de desgracias ajenas en las contraportadas de los telediarios.
Hay que hablar más de pobreza que de paro. El empleo no garantiza ni un ápice de riqueza. Es el chantaje perfecto: se puede ser pobre trabajando como un esclavo y pobre sin cobrar un euro. Se puede ser pobre del margen tradicional, de los neoghettos de servicios temporales, de las urbanizaciones que un día fueron medias y se pensaban altas, pobre de ciclos asumidos o pobre sin fluctuaciones. Y pobre como los que se sientan a las puertas de los supermercados (ahora a ellos también se les ve mejor, pero el frío los irá encogiendo) y tratan de tararear la música navideña que empieza a llegar de entre los expositores del interior.
Los que ya han llegado a la mendicidad son los pobres perfectos, suplicantes y agradecidos, incluso susceptibles de ser expulsados hacia donde nuestro consumismo provoca las guerras, que sirven para diferenciar su pobreza de la de los 13,3 millones de personas en riesgo de exclusión social o los 3,7 millones que cobran menos de 300 euros al mes (87.000 y 16.000 en Cantabria) y forman la legión que todavía presenta papeles en oficinas. Sirven para que no llamemos pobres a los desempleados, receptores de pensiones de miseria contributivas o no, de rentas básicas y menos que básicas, que todavía se ven con algunos derechos. Sirven también para que algunos de esos no-pobres les echen la culpa de su miserable no-pobreza.
Con el otoño, empiezan a surgir personajes como el duchero del páramo y otros modelos necesarios. Eso es bueno, literariamente hablando, porque la estética es una cruel devoradora de dramas reales, pero lo que urge de verdad es que los afectados y los que todavía tengan conciencia social se agarren un cabreo épico y bien organizado. A ver si después alguien puede escribir una epopeya democrática.