Rogelio de Egusquiza, amigo de Richard Wagner.

Mírenlo donde quieran. Hay unanimidad. Rogelio de Egusquiza, expuesto ahora en/a(e)l MAS[1], era amigo de Wagner; no admirador, ni devoto: amigo. Y Wagner sólo tenía dos amigos españoles, tres a lo sumo, aunque uno era crítico musical, y no sé si eso cuenta. La amistad y la pasión eran conceptos laxos en aquellos tiempos postrománticos. Al fin y al cabo, ya hacía tiempo que Lord Byron había dejado de nadar. En el presente local, por otra parte, creo que se prefiere llamar amistad a lo que en otras circunstancia sería un seguidismo sectario.

Wagner. 1883. Aguafuerte. 45,8 x 35,3 cm

R. de Egusquiza. Wagner. 1883. Aguafuerte. 45,8 x 35,3 cm.


Alexandre Séon. Retrato de Joséphin Péladan (hacia 1892).

Alexandre Séon. Retrato de Joséphin Peladan (hacia 1892).

Egusquiza y Wagner se vieron en cuatro ocasiones. No consta que Egusquiza llegara al extremo de su gurú Péladan, que peregrinó a la casa del compositor vestido de sumo sacerdote o similar y la viuda, desconsolada pero enérgica, se negó a recibirlo de tal guisa. Pero fue a través de éste ocultista católico rosacruz, fundador de su propia secta y de su propio salón de exposiciones, como Egusquiza llegó a Wagner.
Me topé hace años con el retrato que le hizo Alexandre Séon al autonombrado en asirio Sâr Mérodack Joséphin Péladan. No sabía que estaba en aquel museo. No hubo nada deliberado en ello. Fue una aparición, una hierofanía, y suscitó en mí una reflexión profunda: “¡Le manda cojones!”, exclamé. La lectura de algunos fragmentos de su obra confirmó mi hipótesis. Pero no lo menospreciemos, ya que consiguió influir y reunir en sucesivas exposiciones a pintores de la talla de Khnopff, Moureau, Roualt, Bourdelle…, es decir, una parte muy significativa de lo que sería el movimiento simbolista. Todo en el santón encajaba con la tendencia de aquellos artistas a la grandilocuencia, la exaltación de una belleza deificada, sus islas pobladas por gárgolas y gigantes, sus pesadillas y sus tormentas. Su arte ha entrado en la iconografía de nuestro tiempo sin ningún problema y ha influenciado a los nuevos soportes y géneros: el cómic, el cine, los videojuegos, la fantasía y las formas más ligeras de ciencia ficción… La galaxia Marvel está lleno de Kundrys y Wottanes con dobles o triples vidas. Otra cosa es su soporte ideológico: “El hombre es un animal artístico al servicio de Dios; no hay otra belleza que Dios”, decía Péladan mientras capitaneaba la oposición al realismo y al naturalismo: Zola, narrador de luchas de clases, mercados, burdeles y banqueros, era uno de sus demonios principales, la antítesis de sus preceptos sobre la naturaleza del artista verdadero, que, según él, “es el que posee la facultad de sentir, mediante la contemplación, el influjo celeste del verbo creador con el fin de hacer de ello una obra de arte”.

Luis II de Baviera. 1893. Aguafuerte. 47,5 x 36,8 cm

R. de Egusquiza. Luis II de Baviera. 1893. Aguafuerte. 47,5 x 36,8 cm.


Todo parece indicar que Egusquiza se planteó alcanzar ese objetivo tanto como vender cuadros, pero decidió hacer ambas cosas a partir de los sonidos y la escenografía de un tercero. No parecía llamado a crear un universo propio, así que se convirtió en amigo de Wagner, un amigo extremo y distante, lo cual quizá aumente el mérito de ambos, aunque no sé si incrementa la universalidad del sajón tanto como la dependencia estética del santanderino. Creo que Wagner es impermeable a esas cosas, pero, como muchos no iniciados, no me atrevo a hablar de él en serio ni siquiera desde que Coppola, con ayuda de Conrad (esto empieza a parecerme un name-droping detestable), puso la cabalgata de las valkirias en el lugar que le corresponde: un helicóptero oliente a napalm. No sé si aquí hay valkirias (en este paréntesis hagan si quieren los chistes sexistas y raciales que consideren oportunos, sin olvidar rendir homenaje a Woody Allen y la invasión de Polonia), pero, en esta tierra de torcas, los nibelungos musgosos parecen salir de sus minas cíclicamente coreando “Egusquiza era amigo de Wagner” y “Luis II de Baviera no estaba loco”. Creo que lo segundo es más cierto que lo primero. Luis II aparece en los grabados y pinturas de Egusquiza mucho más delgado que en la fotografía de Joseph Albert, quizá porque un rostro rollizo sugiere un mejor destino.
Luswig II de Baviera fotografiado por Joseph Albert en 1886.

Luswig II de Baviera fotografiado por Joseph Albert en 1886.


Se me ocurre que no fue bueno para el arte de don Rogelio su descubrimiento de Wagner. Claro que no podía descubrir a Aline Masson, a la que retrató, porque ésta ya ocupaba el corazón, el lecho y los cuadros de Raimundo Madrazo, pero nada le impedía seguir por ese camino. También tenía a la acuarelista de abanicos. En la exposición casi se enfrentan ésas dos mujeres (de las que la pátina romántica deja vislumbrar una carnalidad que, sospecho, no gustaría a los ideólogos que influyeron al autor) a la supuesta “vida” de Tristán e Isolda. Ni la modelo de moda ni la artesana fatigada parecen ir a sucumbir en un arrebato a la vez heroico, erótico y, llámenme loco, asexuado con veladuras inverosímiles y el mecanicismo de un Zeus aburrido. La pareja brumosa, por el contrario, aparece muy distante, pese al abrazo, como en plena decepción postcoital, presta sin embargo a emplear toda su pasión en convertirse en cadáveres mediante una ostentosa, crepuscular, tonante entronización de las leyes de la termodinámica (el horror, lo irreversible) que entonces debía de significar la complicidad absoluta del sino. Ese amor, sospecho, no buscaba el placer real, sino los relámpagos y trompeteos ansiosos que preceden a un acto tan preterido que sucumbe a la tristeza de la eyaculación precoz, lo innombrable, entre el atrezzo del paisaje atormentado con purpurina.

Acuarelista de abanicos. 1880. Óleo sobre lienzo. 75 x 50 cm

R. de Egusquiza. Acuarelista de abanicos. 1880. Óleo sobre lienzo. 75 x 50 cm.


Aline Masson. 1878. Óleo sobre lienzo. 78 x 63 cm

R. de Egusquiza. Aline Masson. 1878. Óleo sobre lienzo. 78 x 63 cm.

A pesar de su calidad como pintor y sus luces fluidas, el simbolismo wagneriano de Egusquiza nos resulta a algunos demasiado mimético de la impostura operística. Así que preferimos las pequeñas pasiones, alegrías y fatigas del pintor burgués, academicista todavía, tocado por el romanticismo, pero aún no embriagado por Parsifal. Puede que el wagnerismo lo salvara de la decadencia, pero me da la impresión de que recurrió a él como recurso para cumplir con las consignas de peladanes y rosacruces, profetas de la espiritualidad empeñados en desmaterializar el mundo y sumirlo en la belleza descarnada de los héroes. Como un hábil embajador del autocastrado Klingsor en su valle-trampa de tramoya.

  1. [1]MAS: Siglas inexplicables del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria. Enlace a la página de la exposición.