Tradiciones de reemplazo

Cambiar a la gata negra por un humano tendría su gracia y no sería raro. Muchas tradiciones sobreviven gracias a la autoparodia.

Jóvenes haciendo pelear a dos gallos (1846). Jean-Léon Gérôme.

Jóvenes haciendo pelear a dos gallos (1846). Jean-Léon Gérôme.

Piden que la gata de Carasa sea un ser humano disfrazado. Olvidan que eso sería abolir a la vez el azar y su negación, la superstición. Sobre el azar, debo advertir que un poema de Mallarmé niega la posibilidad de anularlo incluso cuando la tirada de dados se realice en circunstancias tan extraordinarias como el fondo de un naufragio. Sobre la superstición que hace que un felino en fuga desvele lo que ya está escrito en el tosco libro del destino, prefiero remitirme a la llamada a una razón sin sacerdocios que grita a cada paso el universo.

No sé si la gata negra utilizada para adivinar si la cosecha será buena sufre más que los animales obligados a vivir en compañía de humanos por el simple placer de éstos, como si no fuera bastante desgracia servirnos de comida. Oí a un educador de perros decir que algunos no saben que son perros (hasta entonces yo pensaba que ninguno lo sabía) porque viven en ciudades sin compañía canina y marcando territorio en ruedas de automóviles que desparecen como lindes de especuladores.

Tampoco sé si las predicciones del felino negro (todo un tópico: qué pocos elementos contienen estas cosas; y eso que marcan diferencias identitarias…) se cumplen más allá de la estadística o son tan falsas como el sentido común. Supongo que, siguiendo el método pseudocientífico, las afirmaciones se ratifican a posteriori con gran júbilo de sus feligreses.

El mal trato a los animales no tiene por qué ser deliberado. Recordemos a Louis Aragon: la humanidad quiere abrazar su felicidad con tanta fuerza que la destroza. El otro día, una multitud asfixió a una cría de delfín varada en una playa porque quería acariarla. Quizá hubiera preferido ser víctima de una campaña atunera. Siempre nos enseñaron que esos bichos tan inteligentes y sensibles saludan a los navegantes, saltan para pasar por aros y se ríen como personas. Es decir, están ahí para ser juguetes diseñados a nuestra imagen y semejanza, igual que dibujos animados. Por eso los agobiamos hasta matarlos. En realidad, participan del mito de la belleza demasiado pura: si se la toca, se apaga como una luciérnaga o se disuelve como un diente de león bajo un aliento excesivamente excitado.

Los bañistas hicieron cientos de fotos. Imagino que la mayoría las habrán borrado. No querrán recordar el día que se cargaron al delfín. En otros tiempos, ni las hubieran revelado. Ahora es más fácil -en todos los sentidos- borrar una tarjeta de memoria con miles de imágenes que antes quemar un solo negativo.

Cambiar a la gata negra por un humano tendría su gracia y no sería raro. Muchas tradiciones sobreviven gracias a la autoparodia sin ironía. El rito de marzo por el que los machos ya apareados autorizaban a otros machos a conquistar a las hembras de la aldea (la terminología militar no es casual) se convirtió en un festejo para todos los públicos en el que incluso participan mujeres, y se ha olvidado la naturaleza patriarcal y depredadora del mito. Dicen que aun así se mantienen el recuerdo del origen y la identidad, pero, una vez vaciadas ambas cosas de lo que no nos gusta recordar, me parece una falacia.

Hay una tradición en un pueblo extremeño que, según algunos, representa el apaleamiento de un judío o un hereje. Ahora, el apaleado es un muñeco, pero el burro que lo transporta es de verdad y a veces también se lleva lo suyo. Quizá con el tiempo lo cambien por un robot, y ya se verá qué ocurre cuando se produzca la singularidad tecnológica, es decir, las máquinas se vuelvan autoprogramables y autoconscientes, y se dicten leyes al respecto. No se rían: la explosión de inteligencia es inminente, aunque será más sutil que en Terminator. Con las máquinas ni siquiera tendremos la excusa de la tradición, y para los juegos habrá que negociar reglas justas.

A veces, las adaptaciones propuestas resultan exasperantes y muestran la debilidad del presunto pensamiento crítico. Por ejemplo, la eliminación en la tauromaquia de la muerte de los toros, pero no de la tortura. Volviendo a la alternativa tecnológica, un cibertoro de programación no amañada podría, sin duda, igualar mucho las cosas.

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Tertulia con oropéndola

Un día, avanzada la primavera, llegó S. empeñado en que había visto una oropéndola (Oriolus oriolus), ese ave de plumas doradas que no debe de ser un pájaro cualquiera. Se la había topado al abrir la ventana, hacia el mediodía, en una rama del árbol de enfrente de su casa.
-Improbable -dijo el que sabía de pájaros.
Según la wikipedia, su plumaje dorado hace frecuente que se la confunda con destellos solares. Destellos solares anidados: un concepto literariamente efectista, pero que no lleva a ninguna parte y deja a un personaje sumido en la duda. La oropéndola es inteligente, escurridiza, inquieta, lo mismo vuela alto que salta de rama en rama. No debe de haber ave más imprevisible.
-Hay miles con esa conducta -incordia el ornitólogo.
Después de desconcertar a S., la oropéndola desdeñó el árbol que estaba investigando al decimoséptimo cambio de quima, sobrevoló la carretera donde las ondas del asfalto parecían florear una roulade inconclusa, luego un prado con unas cuantas rotopacas de yerba ensiladas en polietileno negro (con tratamiento antirroedores), otro con una decena de bañeras convertidas en abrevaderos (la frustración de una urbanización cercana provocó un excedente), pero donde hace mucho que no hay vacas, y luego una explanada con media docena de infraviviendas alineadas en un orden riguroso, formando una calle que acaba en una farola (un poste con bombilla enrejada y electricidad robada) a la que alguien ha abrazado un espantapájaros que mezcla madera, poliexpán, tela, zunchos blancos y, para formar el pelo, bridas ratten multicolores. Al ave nada de eso le produjo el menor desconcierto.
-A la oropéndola no le afectan los espantajos. Es casi omnívora. Puede pasar de los sembrados si hay insectos.
Espantajo, espantapájaros, asustacuervos, simplemente espanto. De los nombres del muñeco patético salen todos los sinónimos de una solitaria silueta en medio de un campo. Paisaje que ahuyenta figuras. El espantapájaros es el amo del prado, pero nunca obtiene beneficios. El pájaro se permitió despreciarlo con un par de círculos burlones. Luego cobró altura hasta divisar a un lado la mar y al otro una columna de humo de neumáticos quemados. Un humo tan negro que parecía sólido.
S. insistía. Había visto lo que había visto.
-¿Hiciste fotos?
-No. Fue por sorpresa.
-Entonces, olvídalo. Los observadores de pájaros son como los pescadores: nadie cree en las descripciones de los peces que consiguen soltarse del sedal o les roban los tiburones.
Alguien preguntó si el mejor punto de avistamiento de oropéndolas no será un punto extremo real o imaginario, algo como el abismo Challenger o el momento en que corremos sin avanzar un instante antes de despertarnos sedientos.
-Esta tertulia degenera -dice el jugador de No-A recién llegado del festival de blues de Chiba.
En un súbito efecto especial, un ave paseriforme de unos 25 cm, propia de las regiones templadas del hemisferio norte, de cuerpo amarillo dorado y alas y cola negras, se coló aleve por la puerta, esquivó el ventilador tipo Corazón de las Tinieblas y fue a posarse sobre el hombro izquierdo de S., quien, lejos de mostrarse ufano, hizo como que no asistía a ningún prodigio.