El porvenir de una ilusión

Creo que esta foto del artista Marcos Torrecilla merece difusión. Está tomada en un rastro local un domingo negro (así se titula: Black Sunday) después del viernes negro (oficialmente, Black Friday). El brazo pobre se agarra a una pantalla quizá caducada porque ahora los televisores presumen de tener el negro más negro. Y detrás hay libros. Libros en blanco y negro.

Lo llaman viernes negro (ironía del luto occidental) como si fuera un acontecimiento extraordinario, pero sólo es un periodo de aceleración del continuo económico. Si hacemos una representación gráfica, seguro que se parece a la traza de un detector de mentiras de película mala cuando el canalla se declara inocente y el plóter hace ruido de arañas que huyen. Todos lo sabíamos antes de la explosión de hipocresía.

El procedimiento es sencillo. Se desata a la jauría publicitaria. Se busca un nombre en inglés y se etiquetan con él millones de mensajes. Se bajan los precios con mucha retórica de decimales y se envuelve al público en un torbellino de objetos retractilados, dorados, brillantes, rotulados con la montaña rusa del antes y el después y flasheados desde todos los medios, que son muchos: la ciudad entera es una burbuja dentro de un anuncio globalizador.

Hay que rendirse a la evidencia: es mejor comprar mucho y barato. Es irrefutable: nada se sale de ese marco. En el conjunto adquirido, se mezclan lo necesario con lo superfluo, que se vuelve necesario porque no está permitido confesar(se) que una compra es absurda: cualquier compraventa es sagrada.

La mayor parte de las cosas desplazadas del fabricante al propietario no tardarán en llegar a los rastros (callejeros o digitales) o a los vertederos (legales o ilegales). La pulsión de la apropiación inútil, las variaciones de la moda, la caducidad programada, todo a la vez hace que el tiempo entre la adquisición y el desuso sea cada vez menor. Los consumidores pobres están condenados a ese trajín. Los ricos saben lo que se hacen. Los autodenominados (aunque muchos no se atrevan ya a decirlo porque se les escapa una risa floja) de clase media se creen muy listos, y ya se sabe lo que pasa con los que se creen muy listos.

El mercado se infla de cosas y dinero en circulación, y eso hace que todo sea cada vez más caro y parezca cada vez más barato. Esa contradicción del dogma es tan evidente que no tiene ningún efecto en el mercado. Hasta tiene lugar en los telediarios, sección buenos consejos. Pero el aviso de basura precoz importa menos que la falta de amor en un orgasmo fingido. Predomina el espectáculo.

Los productos nuevos para masas ya nacen cercanos a la condición de basura. Cada ciclo genera una sucesión geométrica de objetos reemplazados que, tras pasar un breve lapso como indeseados y multiplicarse fuera de foco, salen del limbo a otros niveles del consumo. Es tan poca la distancia entre la compra de la cosa y su abandono que la distancia entre su uso y su huella ambiental tiende al infinito. Quizá venga bien recordar esto para retratar estos tiempos en que Iberdrola y Endesa patrocinan cumbres climáticas, es decir, las convierten en vertederos.

Los ciclos son cada vez más cortos y las orgías del mercado, más frecuentes y más decadentes (es el precio estético del automatismo).

Ya resulta correcto decir que el mundo se hunde por el peso de las cosas y se asfixia por sus emanaciones, pero los que pueden tener cosas de calidad (asentadas en conjuntos jerarquizados, blindados y empaquetadas en forma de chalets, palacios, palacetes, casas, flotas de vehículos, roperos, joyeros…) procurarán que los gastos de sostener lo insostenible los paguen los que consumen sucedáneos. Los grandes medios avisarán en su momento dónde debemos hacer cola.

Artículos relacionados:

Kipple

Kitschtown

Basurotopía

El clima y la providencia

Arthur Rothstein. Sequía. 1936

Me dice un empleado de una agencia inmobiliaria que promotores y vendedores contemplan un futuro óptimo para sus intereses en la cornisa cantábrica gracias al cambio climático. El descenso de las precipitaciones y el aumento de las temperaturas puede convertir estas costas en un nuevo Mediterráneo. (No me queda claro en qué infierno puede convertirse el Mediterráneo). Lo ha dicho, durante un congreso, uno de esos instructores de la mercadotecnia. Me gusta más ‘instructor’ que ‘coach’, no sólo para evitar el anglicismo, sino porque ‘instructor’ me recuerda al ejército y a los expertos en enseñar a los soldados a no sentirse culpables y sublimarlo todo en el ascenso. En este caso, el papel banal frente a intereses superiores le ha tocado al clima.

Hace años que en esos encuentros organizados por las empresas para ofrecer a los nuevos guerreros un soporte lírico y doctrinal circula una frase de Goethe que Goethe nunca escribió. Creo que es una especie de réplica a aquella de Brecht que en realidad era de un sermón de un pastor protestante llamado Martin Niemöller.

El texto del pseudo-Goethe (una deformación de una interpretación de una mala traducción de unas frases del ‘Fausto’), dice: «En el momento en que uno se compromete de verdad, la Providencia se conmueve y actúa. Todo tipo de ayuda que nunca hubiera aparecido, surge ahora ante uno». En la apropiación del apócrifo, el compromiso, por supuesto, es con la empresa, que recibe de golpe aquel viejo valor de la palabra («intento o designio de hacer algo») que conducía a epopeyas, conquistas y reconquistas. No hace falta decir que las banderas se han adaptado a la realidad de los isotipos, casi objetos de culto, con la misma fluidez con que los estados se adaptan a las definiciones reales de poder, influencia y territorios. La literatura y el cine han hablado de ello y sus eslóganes. Ahí estan Omni Consumer Products («Tenemos el futuro controlado») o la Weyland-Yutani Corporation («Construyendo mundos mejores»), sin olvidar otras divisiones, como Rekall Incorporated («Podemos recordarlo por usted al por mayor»), que se ocupan de garantizar que todo quede en la ficción mientras algunos hablan de convertir en realidad categorías como transversalismos e irradiaciones. Luego, claro, vienen esas inesperadas ayudas en forma de leyes y recalificaciones, y llega un momento en que la historia contada por el idiota de Shakeaspeare nos parece increíble.

Apúntenlo por ahí: el cambio climático, que está acabando con la lluvia y elevando el nivel de las aguas y multiplicando las medusas en una orgía con nitratos añadidos, va a traer riqueza. Por cierto que, cuando se habla de riqueza, rara vez se habla de su reparto. Impera la idea de que la riqueza de los ricos es buena para todos porque trae empleo, aunque sea precario y se base en un chantaje permanente para imponer salarios y condiciones miserables. O sea, la idea de que el mundo no puede ser de otra manera.

Evidentemente, el sector beneficiado prefiere dar por inevitable el cambio climático. Ya que afirman que la providencia apoya a los activos y, por tanto, la acción no requiere más que la decisión de ejercerla sin trabas, los viejos lobbys y los nuevos trepadores están obligados a no desaprovechar las oportunidades. Tienen fe en lo inmediato y ven el futuro como una hipótesis no rentable que impone la acumulación en el presente. Al fin y al cabo, la Mano Invisible y la contaminación actúan a su favor. Los escribanos fundamentalistas (ya sean los de la Escuela de Chicago o los que renueven a la FAES) han sellado el destino en algún informe bien pagado. Las intervenciones planificadas en los foros locales e internacionales contra los intentos de corregir la barbarie ecológica, las presiones para que las tasas de CO2 no se reduzcan como aconsejan los estudios científicos que esos mismos gobiernos encargan y divulgan como diciendo «no es culpa nuestra, es que todo el mundo quiere tener su coche», todo es parte de la liturgia y de la propaganda del desánimo. La providencia impone la necesidad y nada puede quedar al azar anticomercial de la defensa del medio.

Por otra parte, parece que la previsión encaja demasiado bien en el callejón sin salida de una economía que, en casos como el de Cantabria, está pasando de ser insostenible a inexistente. Sólo quedan el turismo (atado a la construcción y la hostelería) y la retórica triunfalista. Nuestra comunidad autónoma está empeñada (me temo que en todos los sentidos) en convertirse en un remanso de urbanizaciones blindadas para élites y servicios estereotípicos para masas (si usted paga, le montamos un Rocío en el Asón o una tomatina en el Pico Jano; ferias de abril ya hay varias) que atraigan tanto a los paganos como a los peregrinos del jubileo.

Sin embargo, se diría que la providencia tarda en funcionar. Mientras intentan salvar el PGOU más salvaje de la historia y burlar a los defensores de los valles y la costa, hay un superpuerto en Laredo esperando que se cumpla la profecía, deje de llover del todo y suban las aguas templadas. Nos va asalir por una pasta, pero no a los ricos.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan