Aquel, ese, este tiempo

El peligro de alterar la historia retrocediendo en su curso es mínimo porque algo parecido a un timón tenaz mantiene las rutas principales.

Ferdinand Hodler | El toro (1878).

Douglas Adams -a quien no me canso de citar porque por él no pasan los años- estableció, sentado en el bar del fin del universo, la categoría estética del infinito (plano y sin interés) y la simultaneidad de la práctica de los viajes en el tiempo (cuando se construya la primera máquina que los permita, ocurrirá a la vez en todas las épocas y habrá existido siempre). Podría haber añadido que tal viaje, se produzca como se produzca y pese a la parafernalia en que lo envuelve la mayor parte de la ciencia ficción, será -es- circular, tedioso y sin consecuencias. Kurt Vonnegut también apuntaba por ahí: su ‘alter ego’ lo usaba en ‘Matadero 5’ como vía de escape desde situaciones dolorosas (el bombardeo de Dresde, un tren cargado de prisioneros…) hacia lo ya sabido o por saber; nada diferenciaba las cosas sucedidas de las venideras y lo realmente dramático era su vida de marioneta de la historia, no los desplazamientos.

Pero ahora viene la ciencia en ayuda de la literatura. Los físicos dominan las leyes que les permiten perdonarme interpretar desde la ignorancia, y es más lírico agarrarse a lo cuántico que a la paramnesia, el vulgar ‘déjà vu’ o la manida magia. Un ruso, Igor Nóvikov, afirma que es muy difícil crear paradojas destacables yendo al pasado y pisando una flor incipiente, matando una mariposa improbable, poniéndole una zancadilla a un magnicida o mejorando la puntería de un tirador rifeño. El peligro de alterar la historia retrocediendo en su curso es mínimo porque algo parecido a un timón tenaz mantiene las rutas principales. Que haya taquiones que llegan a su destino antes de salir del origen no parece cambiar nada. Todo lo demás corresponde a la voluntad humana, que produce una amalgama involuntaria de probabilidades e incertidumbres y sólo se ejerce desde el presente, lo cual -no cantemos victoria- incluye cambiar el relato del pasado (creo que los científicos prefieren permanecer en silencio sobre esto, aunque los sociólogos y economistas usan disciplinas científicas no se sabe bien para qué).

Como todo lo local cuenta en el universo, tomemos por ejemplo el regreso de una leyenda de condena cumplida a la política activa de Cantabria, a la que no me apetece nombrar porque, sin querer conflicto con los nominalistas, es más un universal que un ego desatado y así tiene usted excusa para deambular por internet (la procrastinación es arte y cultura). Fue alcalde, luego presidente y luego fue condenado por corrupción. Creo que nunca sucumbió en las urnas, y eso le da argumentos para la vuelta: muchos admiradores se quedaron sin líder y la reescritura que no funciona como fantasía funciona como disfraz.

Los retornos, igual que las permanencias excesivas, acaban volviéndose chistes hasta para los electores más fieles, porque la repetición hace la farsa. Sin embargo, los emblemas del que fue a la vez súcubo e íncubo no se han ido nunca, así que el regreso puede ser más exitoso que la tozudez de la bola de billar usada por Nóvikov como símil, sujeta a un número ilimitado de tensiones previas que, si no hay ruptura, la conducen inexorablemente al mismo sitio a donde llegó en el futuro por mucho que repitamos el día de la marmota con variaciones impotentes.

Hay factores que, no obstante el peso de la ley, soportan la hipótesis, y de pronto puede salir de un agujero de gusano el esperpento montado en un semental de un millón de dosis y dólares, un patrimonio invisible, pero no inmaterial, que se renueva con los lamentos por la dilapidación del paraíso vacuno, si bien es sin duda superado por objetos más sólidos y rentables (la rentabilidad suele ser una desgracia para los pobres), como el territorio cercado donde los camellos bractianos miran pasar caravanas de emisores de CO2 o el Palacio de lo Sobrecostos Marmóreos inaugurado por un socialista (esta palabra tiene una supervivencia inusitada) que gobernó seis meses, compró una quinta para crear una pequeña Moncloa con sus recepciones culturales y todo, y luego, tras ratificar el poder del paradigma, fuese. La quinta está en venta, y creo que barata. El palacio fue reinaugurado por su gestador. Después, como en una película de los Monty Python, llegó la policía y mandó apagar la cámara.

Aunque más elaborado y tecnificado, el modelo permanece, salvo las vacas, y nadie ha implantado con éxito otras banderas ni conseguido votos por métodos diferentes. Los regionalistas, que colaboraron en la ascensión de la leyenda desde los tiempos municipales, triunfan haciendo de la imagen de su líder el emblema, siempre en coalición consigo mismo (ese juego macabro de la sucesión) y con otros (esa dulce flexibilidad autonómica) y luchando contra el tiempo por la victoria final. Otras presidencias pasadas –y, por desgracia, sus efectos- parecen fáciles de olvidar incluso en sus arrebatos antitabaquistas.

En cuanto a los que nunca han gobernado, la nueva izquierda ha envejecido tan deprisa que está rejuveneciendo a la vieja, y las nuevas derechas no lo son en absoluto y merecen artículos más siniestros que este, aunque el ensayo de anuncio del regreso quizá tenga mucho que ver con ellas.

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Porticada

El gran rectángulo vacío no podía quedar impune. Se anuncia un plan espectacular para hacer que la gente venga a la plaza

Plaza Porticada | RPLl.

Sobre la entrada de la que fue última banca pública, las estatuas del hombre y la mujer, desnudos y negros, representan el ahorro y la beneficencia. Pese al rancio simbolismo y el escaso erotismo, el franquismo estuvo a punto de prohibirlas. Pero no alcanzaron tanta relevancia.

Creo que la plaza de Pedro Velarde, más conocida como plaza Porticada, nunca ha sido muy querida por los lugareños. Incluso dicen que, cuando se quiso poner allí el Ayuntamiento, el rechazo fue unánime entre los que podían expresarlo. El cuadro herreriano, inaugurado en 1950, procede de un tiempo en que era mejor no andar cerca de la Brigada de Investigación Social, por si los sótanos hablaban, aunque uno tuviese la hipocresía muy tranquila.

Sin embargo, no quiero pensar que eso fuera determinante para que muchos santanderinos (especie indefinida de gentes que nos cruzamos como musas de De Chirico con la constante referencia de la fachada de la Ribera; la bahía, por cierto, es muy bonita) lo perciban como un vacío metafísico entre el paseo, dos pasajes escalonados y el comienzo de la ladera urbanizada. Un lugar de paso: no una plaza.

Durante muchos años, lo atravesaban los coches, pero la peatonalización no aportó muchas ganas de quedarse. La exposición a los vientos tampoco ayuda. Es un lugar frío. Los que pasan adquieren la perspectiva de ir a alguna parte sin querer y con prisa. Produce un desapego marginal; ignora la mar, tan cercana; frustrado como lugar de encuentros, es un solar propicio para instalar carpas de eventos que, indefectiblemente, caen en la rutina.

Los únicos puntos humanizados entre los pórticos -que apenas se llenan los días de lluvia inesperada- eran y no sé si aún son el carrito de los helados, el de los perritos calientes, la churrería o la locomotora castañera. Creo que alguno de ellos ya ha pasado a la historia, esa ciénaga pareja a la que durante siglos anegaba la pleamar desde el muelle evitando las casas buenas empezadas a construir por los arribistas del XVIII, que dieron forma de ciudad inacabada a la villa de las dos pueblas, todo lo cual sería leyenda si no hubiera tres o cuatro dibujos, muchos asientos contables y algunas crónicas casi nunca muy consideradas.

La Porticada tuvo momentos memorables cuando el Festival Internacional de Santander instalaba allí su barraca. Luego llegó el Murallón de Festivales y ya no fue lo mismo, sobre todo porque no podíamos escuchar los conciertos desde la calle, bajo la atenta mirada del gris de gobernación.

Todo esto son estimaciones de columnista vago, muy poco contrastadas (así se construyen la mayoría de las opiniones, no nos engañemos), pero me parece evidente que la gente prefiere citarse en la esquina de correos.

El caso es que el gran rectángulo vacío no podía quedar impune. Se anuncia un plan espectacular para hacer que la gente venga a la plaza. De hecho, se anuncia el espectáculo, que es lo que quedará de valor electoral inmediato, fracase la obra o no. No es casual la idea, por supuesto, sino parte del proceso de liquidación social de la ciudad, es decir, la conversión de los espacios públicos en privados para permitir el desenvolvimiento del espíritu rentable absoluto.

El Ayuntamiento se propone cubrir la plaza con una cúpula, supongo que para darle entidad de centro comercial, facilitar el negocio del edificio de la Caja de Ahorros y crear otro ámbito hostelero con pretenciosas ofertas. De pronto -es broma- se han dado cuenta de que lo único capaz de cambiar el clima es el consumo desaforado. Por siniestro que eso suene, no les parece un aviso de catástrofe. Así que surgirá un invernadero lleno de tiendas, terrazas, bares, coartadas culturales, escaparates y pantallas fusión, fashion, crudas, cocidas y típicas con alternancia de lo caro y lo barato (créanme: va a ser todo caro), la bisuta y el diamante.

Imagino una vidriera protegida mediante ultrasonidos de las cagadas de palomas y gaviotas mientras, abajo, miles de sensores nos retratan para personalizar los anuncios animados de los pórticos. Es probable que algunos prefiramos la plaza que nunca hemos apreciado. Espero que el liberal Velarde no permita que el falso cielo reviente durante una surada.

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Podemónium

¿Parodia de una tragedia o tragedia de una parodia?

‘Bronca por una partida’. Jan Steen (s. XVII).

Me da cierta pena escribir sobre el provinciano pandemónium de Podemos Cantabria porque las miasmas de esa ciénaga mínima apenas son comparables a las de otros partidos dotados de mejores blindajes informativos y expertos contables. Pero creo que los que vinieron como mensajeros de lo nuevo merecen no ser ninguneados cuando se pelean junto al abismo mientras cada bando en lucha asegura que todo está muy claro: los malos son los otros y la única solución es la victoria, o sea, la derrota.

La versión regional del partido de las líricas tentaciones (aunque Miguel Ángel Revilla les da cien mil vueltas en regionalismo y neoperonismo, y seguro que su sucesora lo hará aún mejor) ha conseguido, desde 2014 y repitiendo las mismas artimañas, alcanzar la excelencia en la práctica de la desmesura interna. Me refiero, por supuesto, a la conducta observable y sus consecuencias evidentes, porque los del exterior apenas podemos valorarlo desde la estética, que es el espejo de la ética, o así lo soñamos. Así lo entendían aquellos griegos enfrentados a sabiendas de que la culpa la tenía la Discordia, que había tirado una manzana de oro sobre la mesa de las apuestas divinas provocando un choque de orgullos y, sobre todo, de números, y lanzando a los inscritos a las sombras de la némesis. Entre lamentos por las ilusiones perdidas y la locura fatal, lo que entonces cantaba el esquivo Homero luego lo pondría Shakespeare en boca de un idiota (literalmente, un apolítico) porque no hay narrador inocente. Afirmo de paso que debemos recuperar el mejor invento de los atenienses: las votaciones de ostracismo.

Volviendo al podemismo (no dejaron en el nombre lugar para lo probable: ‘probemos’, podían haber dicho, pero tenían que imitar a Obama, a quien pocos recuerdan), se diría que la bronca entre facciones muy poco diferentes no es la parodia de una tragedia, sino la tragedia de la parodia del regreso a la ideología sin ideología, galimatías cuya autorreferencia parece fatigar cualquier debate que no pueda resolverse con aclamación de liderazgos en alegres, vistosas repeticiones fundacionales. Y, como cuanto más se repite un mantra, más falso es, nadie intenta aplicar la agonística de Chantal Mouffe (ya sabemos que no funciona si no crees en ella) y superar la idea del adversario como enemigo mediante la regulación del conflicto, por decirlo en la jerga de vocablos nuevos para cosas viejas. Sería muy fácil señalar que el problema reside en una ‘torpeza notable en comprender las cosas’, que es la definición de estupidez, pero todo apunta a turbios intereses, apego al poder y estupefacción del personal (¿cuántos quedan?) necesitado de imaginarios más allá y acá del repintado 15M, incluidos, me temo, los que piensan (¿y, de estos, cuántos hay?) que la política puede ser de otra manera menos dependiente de los despachos en disputa. Por lo visto, tanto colorido transversal y tanto edulcorante ocultaban rituales muy primarios

Louis Aragon hablaba de la capacidad del ser humano para destrozar lo que cree estar abrazando y de la frustración de los que se creen llamados a un destino singular, pero sospecho que, como ortodoxo caído en la ‘realpolitik’, no es muy leído en los parques de ninguna de las lealtades. Quizá lo que ocurre es que se han puesto a reflotar el Gran Significante de la Democracia Parlamentaria Partitocrática sin cambiar el significado, la forma ni el contenido; tres cosas que para mí vienen a ser lo mismo, porque yo, la verdad, me pierdo con la filosofía.

Desocupar espacios es muy difícil -Jorge Oteiza lo hacía muy bien- pero reocupar un baile de máscaras se me hace un tonto maquiavelismo: una contradicción en los términos.

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Francisco Sayús, un obsequio, una incursión frustrada y alguna divagación

No recuerdo haber oído por aquí ecos de la noticia cuando, en 2012, la casa de subastas Bonham vendió por 5000 £ las armas que, doscientos años antes, el Príncipe Regente de Inglaterra hizo entregar al santanderino Francisco Sayús.

Se trata de dos pistolas de duelo fabricadas por los armeros reales H.W. Mortimer & Son, de calibre 28 y empuñadura de sierra y decoradas con filigranas y placas de plata en las que rezan las inscripciones: To Don Francisco de Sayus – The Spanish Patriot – The Friend of Britain y From H.R.H. The Prince Regent of Gt. Britain.

Las pistolas subastadas.

Las pistolas subastadas. Fuente: Bonhams. (Pulsar para ampliar).

Detalle de los grabados. (Pulsar para ampliar).

Sayús, hijo de franceses y tenido por ferviente monárquico (en la tradición local, tan conservadora socialmente como liberal en lo económico), fue un burgués de variadas empresas, traficante de harinas, bebidas, ultramarinos en general, mesonero, propietario de una buena casa (la de La Conveniente en Cañadio), participante activo de la vida política y, cuando se produjo la ocupación francesa, organizador de conspiraciones y rebeliones. No se conocen los motivos exactos del obsequio, pero es de suponer que Sayús había colaborado con los británicos durante la guerra suministrando provisiones y practicando alguna forma de resistencia contra los napoleónicos.

Aunque la población inmigrada a Santander a finales del XVIII y principios del XIX fue muy numerosa a causa del aumento de los negocios relacionados con el tráfico portuario, me dan ganas de creer que los padres de Sayús habían llegado además algo disgustados por las transformaciones revolucionarias de su país. Eso explicaría, junto a la lógica adaptación al medio, la adscripción borbónica del comerciante, que se mostró como un hombre de acción al promover un intento de liberar al rey Fernando VII, retenido en Bayona por aquel militar corso que, como dijo Stendhal, le estaba enseñando al mundo que César y Alejandro tenían un sucesor. Ese mismo episodio, lleno de audacia y sufrimiento, aunque concluyó de un modo más bien patético incluso en las versiones más épicas, me hace sin embargo pensar en aspectos poco claros del personaje, como si la forma no lo fuera del contenido incluso más allá de los tradicionales moldes legendarios.

El relato es conocido, sobre todo, por las cartas de Pedro de Legarda a Joaquín de Escalante, cuyas tierras administraba mientras éste permanecía en Toledo.

Para recordar los antecedentes, resumiremos que, el día de la fiesta de la Ascensión, 28 de mayo, de 1808, un relojero francés, Paul Carreiron, ya conocido por subversivo, reprendió -y, según algunos, agredió- a un joven que “se aliviaba” (no está claro el alcance del término) en plena calle Arcillero. Añadió comentarios claramente racistas sobre la higiene de los españoles y la necesidad de la llegada de la educación en forma de ejército imperial. Un filósofo señalaría el poder del acontecimiento, por nimio que sea, como explosión de una verdad inédita que se incendia en lo imprevisto. Intervino el padre del muchacho, se produjo una pelea y comenzó el levantamiento.

La guarnición era escasa. Los franceses fueron detenidos y se constituyó la Junta Suprema de Cantabria, que declaró el estado de guerra presidida por el obispo Rafael Tomás Menéndez de Luarca bajo el título de Regente Soberano de Cantabria. El obispo, renombrado por sus largos sermones llenos de anacolutos y sus diatribas contra los párrocos que permitían comerciar los domingos en las iglesias, había prohibido en 1793 la importación de harinas galas, o sea, revolucionarias, molidas por asesinos de reyes, para impedir que llegaran a ser hostias (quizá también la simple preferencia nacional tenía algo que ver), había fundado la Legión Cristiana, policía religiosa que patrullaba las calles para prevenir la blasfemia y la falta de decoro, y llegó incluso a capitanear una partida que se enfrentó a los imperiales en una refriega boscosa con muy pocos disparos y una huida precipitada de los españoles.

La ciudad fue de nuevo ocupada el 23 de junio y sufrió varios cambios de manos hasta el fin de la guerra. En medio de las rendiciones y reconquistas, que incluyen bombardeos, asaltos, capitulaciones y una alcaldía en paciente desequilibrio, se produjo el intento de Sayús de liberar a Fernando VII.

Previamente, contactó o fue contactado por un italiano llegado de Madrid y otro sujeto de origen desconocido que se presentó como secretario del Embajador de Prusia, los cuales decían poseer informaciones sobre la situación del rey y medios para comunicarse con él.

A mediados de septiembre, fletaron una lancha con varios fusileros y un cañón. El plan consistía en llegar a Orio, desembarcar, enlazar con agentes del rey preso, embarcarlo y, es de suponer, conducirlo a lugar seguro. De paso, los agentes foráneos propusieron que el obispo acompañara a la expedición, esperara en la lancha y compartiera la suerte del monarca. Menéndez de Luarca se negó a participar, según algunos porque la inspiración divina le advirtió de lo que se preparaba, según otros porque disponía de un agujero más seguro. Pero los demás siguieron el plan.

Llegaron a la costa urolarra y atracaron discretamente. Partieron los informadores para, dijeron, sacar al rey. No se supo más de ellos. En cambio, aparecieron varias cañoneras francesas que anunciaron una traición de estilo clásico. No se conoce el paradero de los tripulantes (en estas historias, el relato siempre se aparta de las gentes anónimas, lo cual no significa que su historia no sea la más interesante), pero Sayús huyó por valles y montañas y volvió Santander.

No puedo evitar adoptar en un párrafo la perspectiva desconfiada de los cronistas ágrafos y ociosos que merodeaban y merodean por la ciudad, entre el puerto y el camino de Castilla, enmendando a los letrados con una larga tradición que mezcla suspicacias, credulidades, escepticismo y milagrería sin otro objetivo que darle a los relatos el valor efímero del habla frente al texto que se atreve a ser escrito, para ver algo turbio en este episodio. Supongamos, por mero juego, que nuestro hombre fuera un agente doble o triple conchabado con el enemigo para apresar al obispo. Éste no cayó en la trampa, pero hubo que seguir la farsa, justificar la desaparición de los agentes forasteros y hacer volver al santanderino a sus propiedades y negocios. No quiero con ello desprestigiar a Sayús, que, fuera como fuera (ni Fernando VII ni el Regente gozan de mis simpatías), no aparece nunca como un mal ciudadano. Una divagación malévola como esta no puede sacarlo del panteón de los héroes, aunque con ello le hiciéramos un favor a su humanidad. Acabada la guerra, recompensado, por si hubiera alguna duda, por los ingleses, siguió con sus empresas durante años, pero, en 1819, tuvo que declararse en quiebra.

El rastro de las pistolas se pierde durante décadas, hasta poco antes de la guerra de secesión americana, cuando fueron compradas en Cuba a un oficial de la armada española por el mayor Fitzpatrick, de Carolina del Sur. Éste se las dio a Stephen R. Mallory, que fue senador por Florida y el único Secretario de la Marina de los Estados Confederados. La casa subastadora buscó en vano más datos sobre Sayús, sus familiares y el recorrido del regalo.


Bibliografía y enlaces

Ramón Maruri Villanueva. Ideología y comportamientos del obispo Menéndez de Luarca, 1784-1819. Delegación de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Santander, 1984.

Íd. La burguesía mercantil santanderina, 1700-1850: cambio social y de mentalidad. https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/1454/1de5.RMVcapII.pdf

Francisco G. Camino y Aguirre. Santander durante la Guerra de la Idependencia. Revista de Santander, 1930 – Revista de Santander – 1930 – nº3, marzo.

Simón Cabarga, José – Santander en la historia de sus calles. Institución Cultural de Cantabria, 1980.

Noticia de la subasta de las pistolas en Bonhams (en inglés).


Cabildo de Arriba

No es la pérdida de lo antiguo lo que más me importa, sino la ausencia de rastros que puedan definirse en la memoria y la huida hacia adelante basada en imitaciones de folletos turísticos y burbujas culturales amaneradas.

Santander a finales del siglo XVI (detalle), por Joris Hoefnagel. Grabado del Civitates Orbis Terrarum.

Están derribando las últimas ruinas del Cabildo de Arriba. No voy a hacer un lamento por el impacto inexistente de la caída de lo viejo ni siquiera en su respetable acepción de antiguo y memorable. No voy a llorar por Sotileza, que nunca existió, porque prefiero a Casilda, de la cual pocos se acuerdan por su lastre de prisionera de su clase.

La historia de Santander es una descripción de derribos y abandonos. Eso no impide que la propaganda suela referirse a un pasado glorificado por la catástrofe. Quizá el aprecio al recuerdo del incendio vaya más allá de la conmemoración de un día trágico para mucha gente y parte de la querencia se deba a que produjo un espacio en blanco que enseguida se llenó con especulaciones y retranqueos y permitió clasificar aún más a la población en los barrios de la obra sindical vertical. No se recuerdan con el mismo énfasis los abundantes motines por la escasez e insalubridad del agua aunque el PGOU haya sido tumbado (de momento) por olvidarse de ese suministro en un futuro que se sueña masificado.

El Cabildo de Arriba fue barrio pesquero, como mucho antes lo fue el Arrabal (que el grabado de Joris Hoefnagel muestra junto a las redes tendidas en la playa) y luego también el Cabildo de Abajo, en Puerto Chico y San Martín y mestizado con obreros de astilleros y fábricas de gas, azúcar y betunes. Cuando los pescadores y descargadoras fueron expulsados de la ciudad (un viejo anhelo de la burguesía de olfato y oídos hipersensibles a las tripas de sarda y al idioma pejino), esa parte arcaica de la calle Alta y las calles y callejas que rodeaban la catedral (entre las que hubo incluso un callejón llamado, como muchos pasos inferiores, del Infierno) tuvo el privilegio contradictorio de quedar como extrarradio interior durante décadas mientras el centro se iba conformando como el preludio del parque temático tópico con que hoy intentan elevar la ciudad a la excelencia turístico-hostelera-cultural.

Parece que Santander nunca favoreció la construcción de una hipótesis sobre sí misma. Me da la sensación (los expertos lo discutirán) de que este territorio y sus gentes estuvieron siempre en permanente transición hacia sí mismos, lo cual, por supuesto, no significa nada, pero queda bien para expresar mi desconcierto.

Se ha señalado que el crecimiento del XVIII llenó la ciudad de inversores inmigrados, muchos de los cuales no procedían de lugares tan lejanos como para romper los lazos con sus orígenes ni siquiera tras los cambios generacionales. Pero resulta evidente que los harineros castellanos, consignatarios vascos, hosteleros franceses, prospectores británicos o tranviarios belgas aprendieron de los hidalgos y banqueros autóctonos a autoproclamarse santanderinos de toda la vida con el mismo desapego irónico, ferviente y felizmente sardineril. A ellos se sumaron las aristocracias trashumantes en un triunfo vacacional y muy rentable debido en parte a pestes y guerras ajenas. La Ilustración entró lo justo para moderar los hábitos con permiso del obispado, pero la revolución industrial no consiguió un buen ensanche y el puerto comercial y pesquero fue empujado sin reparos hacia las marismas interiores.

Cuando la propiedad pasó de vertical a horizontal, el mundo siguió siendo el mismo, pero los negocios aumentaron y la especulación tomó las formas que hoy son ortodoxas, benditas e irrefutables, aunque los poderes (que sin embargo lo eran) no pusieran mucho empeño en imaginar una ciudad separada de la postal de casinos y baños de ola en playas alejadas, de modo que el núcleo urbano se estableció como el desván cultural de un banco (al otro lado de la bahía está el poder verdadero del búnker de datos), su logo, espacio de exhibición en terrazas y poco más.

La plebe, mientras, estaba y está a lo suyo: sobrevivir en los huertos y vaquerías asediados por la urbe, los talleres, las lindes portuarias (donde, como dice el tango, llegan almas de todos los vientos del mundo), los andamios, la hostelería y el precariado habitual. Y a veces, pero sólo cuando el desastre se hace alucinante y cotidiano (TUS), pelea contra el intento municipal de aislar la periferia humilde y blindar la pudiente.

El cabildo-margen se fue volviendo una anomalía enclaustrada en un centro que paradójicamente lo salvaba de la especulación inmediata -cosas del calendario de la ocupación del suelo-, así que cayó lentamente para acomodarse a otros planes, como el del litoral de San Martín, ya prefigurado en cemento, la ladera sur del cerro, de honrosa, pero ya vencida resistencia, y la continuación por el norte y el nordeste de un impersonal paraíso litoral.

No creo que lo que desaparece deba ser conservado; ni por una idea de belleza ni por cuestiones emotivas. Creo que la estética y sus emociones deben ser desacralizadas. No es la pérdida de lo antiguo lo que más me importa, sino la ausencia de rastros de evoluciones y revoluciones que puedan definirse en la memoria. Es la decadencia consentida y aprovechada lo que me molesta, la construcción de una huida hacia adelante basada en el modelo que repite los ciclos de crisis e ignora la evidencia de una ciudad cuyos habitantes huyen para dejar huecos que vender replicando vídeos de promoción turística y burbujas culturales amaneradas.

Ya lo dijo Bernardo de Morlaix: sólo quedan del origen nombres vacíos. Espero que del Cabildo de Arriba permanezca el nombre. Así, al menos, alguien podrá preguntar de dónde viene.

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Sentimentalizaciones

Habiendo percibido la incomprensión del público (el cual, no obstante, no recuperará el importe de sus billetes), procede a retirar el antisistema de transporte llamado ‘MetroTUS’.

Honoré Daumier. En el ómnibus (1864).

Dice la última moda de la opinión que el nacionalismo es una sentimentalización de la política, la lucha de clases es una sentimentalización de la economía, el deporte (espectacular o intimista) es una sentimentalización del ejercicio físico; el coleccionismo de arte, una sentimentalización del deseo de poseer objetos bellos, inquietantes o repulsivos o ideas y palabras de los tres tipos; la reivindicación del AVE, una sentimentalización del deseo de huir o de venir… Eso era la última moda hasta hace unos instantes, porque de pronto recibo un email que me informa de que durante los próximos diez minutos los medios rendirán pleitesía a un joven y enfurecido teórico que afirma que toda protesta es fútil porque de inmediato es integrada y que toda demostración es ociosa porque lo que mola es la perspectiva periodística y no el ensayo, y lo hace sumando en pocos tuits a doña Ana Botín, Federico García Lorca y Frida Kahlo. A Federico y Frida me atrevo a tratarlos con reverente tuteo, pero con la banca no hay que tomarse confianzas, y a los columnistas de guardia no hay que cederles emociones, que luego ponen papeles y redes como tertulias de la sexta tuerca. Me parece que me he vuelto a hacer un lío. La publicidad bancaria -retomo- es una sentimentalización de la riqueza, aunque se venda convirtiendo en peripatéticos consejeros a comerciales como Nadal, Loquillo o un tipo con aspecto de vampiro que dirige una ETT.

Pero todo sucede muy deprisa en la realidad y, mientras se promociona lo imposible, salta la noticia local que comprime todas las sensaciones en una exhibición de turbomixers con dj desertor: el Ayuntamiento de Santander declara que, habiendo percibido la incomprensión del público (el cual, no obstante, no recuperará el importe de sus billetes), procede a retirar el antisistema de transporte llamado MetroTUS. Lo hace sin vergüenza ni contrición, pero lo hace. Es una trampa, advierte alguien con cara de simpático calamar-casandra. Es una broma, dice otro con más motivo: mantienen el disparate dos meses más. ¿Y mientras? El vacío, que por cierto ya existía, porque los últimos parches habían traído augurios de caos definitivo. Incluso algunas líneas habían apagado las obscenas pantallas panfletarias azules, y los vehículos parecían sortear los abismos de Babel. Una tercera voz se lamenta: quedarán ruinas ostentosas, como esas paradas faraónicas y esos autobuses enormes y desiertos de la Línea Central, con mayúscula sentimental. Y en el horizonte acechan nubarrones privatizadores.

Esa noticia sí que ha tocado sentimientos; y sin jerga sociológica: es que, simplemente, digamos, nos han tocado a muchos los desplazamientos cotidianos. El Ayuntamiento, por supuesto, elaborará una negación de los fracasos, es decir, una sentimentalización de la confianza en uno mismo y su equipo de ingenieros después de haber engañado a la mayoría tantas veces que parece increíble que todavía sigan votándonos esos pardillos. Considerará que el triunfo de la plebe (por miembro de ella me tengo) es una sentimentalización de su incapacidad para comprender que toda la desfachatez empleada en justificar el disparate era por el bien común y corriente de negocios necesarios que no necesitaba conocer. Pero la vieja y baja comunidad que tantas broncas ha aportado a la historia mantiene una potencia separada de los discursos municipales. La pena es que sólo la use en cuestiones muy inmediatas (y con demasiada frecuencia para aplausos a tiranos, pogromos y otras barbaridades; no vayan a creer en la pureza, que ciudadanos hay para todos los gustos, como la autodenominación de algunos indica) y que el ambiente habitual nos haga estar encantados de desconocernos.

Pero algo es algo: el gobierno municipal se ha fulminado a sí mismo para sobrevivir porque sabe que la oposición que tiene que temer no es la política al uso, sino el sencillo cabreo de la gente, que todo lo sentimentaliza -igual hay que decir que lo siente- sin pudor.

Como tengo que poner un colofón, helo: para llegar a lo serio, hay que reírse primero de esas palabras-autobús, tan largas y vacías que sólo sirven para ocupar líneas centrales mientras el debate real está en otra parte. Por más vueltas que le doy, no entiendo para qué sirve un verbo tan resentido. Quizá se plantan demasiados arbustos ornamentales en el bosque del lenguaje. Repitan un rato ‘sentimentalizar, sentimentalizar, sentimentalizar…’ y no tardarán en detestarlo como al olor hipnótico de los narcisos.

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Sucios sentidos inéditos

Confórmense con conceder que el turbio paseo nos lleva a una metáfora privada: lo público está en decadencia.

Ofrenda de verano (1911). | Lawrence Alma-Tadema

La frase del título es de Juan Carlos Onetti. Les aconsejo que, como lectura playera, la busquen por toda la obra del uruguayo sin usar métodos electrónicos. Llenen la bolsa con sus libros como si fueran best-sellers. La cita es, por supuesto, prescindible, pero siempre queda bien referirse en agosto a un aguafiestas. Las tres palabras envuelven a una pareja fugada de una pista de baile con un acuerdo impuro, imprevisto y carnal (y sobre todo táctil, olfativo, sonoro: sudor, pócima ácido-alcalina, jadeos) que deja un rastro pornográfico muy difícil de borrar, reescribir, dulcificar o censurar incluso para los moralistas más desalmados. Vienen bien esas tríadas en un momento anacrónico de una ciudad en verano, durante un paseo sin vergüenza después de una tregua de calor no declarada por la multitud, cuando la masa provisional ha despejado las calles en sumisa sincronía antes de la siguiente oleada de hipótesis con sombrilla bajo la lluvia. Este recurso introductorio y sin embargo evasivo sólo puede ser invocado con comodidad en un escenario lleno de falsos diamantes calientes comprimidos por el ambiente de invernadero con parterres de bisutería cultural, que no lo es porque sea barata o pobre o de baja calidad, sino por esa abundancia que cumple a rajatabla las reglas del adocenamiento triunfal. Somos los mejores. Cuantos más turistas vienen, menos caja se hace: algo no cuadra; pero somos los mejores. Cuando baja el desempleo, aumenta la miseria. El paraíso es increíble, pero todos queremos blindarlo y venerarlo.

Ahí al lado hay unas cuantas botellas de después del botellón (es obligatorio hablar de la lacra oficial aunque este artículo no lo financien los esforzados hosteleros) tan ordenadas en la escalinata ceremonial de la segunda o tercera (si contamos la cripta, el vientre de la ballena) catedral que dan miedo porque parece que, además de juerga, ha habido misa negra. Todas iguales, de la misma marca, pero cada una con un nivel distinto de un líquido digno del ‘Piss Christ’ de Andrés Serrano, formando una escala de mapas y notas con sus somorrostros, senos y valles. Pero no: no quieran saber cuánto arranque hay disuelto ni porqué flotan colillas. Confórmense con conceder que el turbio paseo nos ha llevado a una metáfora privada: lo público está en decadencia. Pensábamos que eso era desorden, pero, si dicen que la máquina funciona, habrá que creérselo.

Los rezagados del ‘vernissage’ (qué listos son los franceses, que aprovecharon la última oportunidad de los artistas de lustrar su obra para llamar ‘barnizado’ a las inauguraciones) caminan como barrenderos sin escobas o escobas sin barrenderos. Las autoridades, cuando presentan pliegos de poesía, siguen poniendo caras de gobernadores de promontorio. Son amables y platónicos: le encargaron al genio de la cueva, por contrato temporal, el holograma de Atenas del Norte (ni Avenida de Mayo ni Diagonal), con su democracia, sus esclavos, su éntasis para acomodar la perspectiva. Pero hicieron una pequeña trampa: faltan las votaciones de ostracismo, el gran invento que se cargó la democracia formal cuando acabó con la sensatez y obligó a inventar motivos para todas las columnas.

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