Hologramas girando como AVES

En los locos tiempos de Dziga Vertov, los trenes llevaban cámaras para mostrar cómo se hacía el pan, desde la hogaza al trigo, y explicar el mundo por inversión. Ahora es imposible que un tetrabrik se transforme en una vaca.

Jim Shaw. 'Fuzzie's overniter' Jim Shaw. ‘Fuzzie’s overniter’ (‘Pernoctación ocasional’), de la serie ‘Abandonados’. | RPLl.

El modelo kennedyano de político puede poner a cualquiera mirando para donde haga falta sin perder la apostura ni la cara de ingeniero bueno. Para recibir las culpas y el folclore ya están esos personajes de Matt Groennig que dicen burradas y se llevan el humor grueso de los votos populares.

En el tiempo en que el objetivo cinematográfico era digno de tal nombre porque se entendía que todo lo demás estaba en la mente y sus relaciones, lo importante era saber que la verdad, aunque no opuesta, era diferente de lo visible. Lev Kuleshov ya demostró que el mismo rostro con la misma expresión denotaba sentimientos encontrados o complementarios. A cada cual según sus necesidades. Entonces todas las formas de lenguaje exigían una sintaxis. Ahora da igual: el orden de las cosas en el carrusel televisivo vale para todo y su contrario.

En los locos tiempos de Dziga Vertov, los trenes llevaban cámaras para mostrar cómo se hacía el pan, desde la hogaza al trigo, y explicar el mundo por inversión. Ahora es imposible que un tetrabrik se transforme en una vaca; todo cae del cielo y toda profecía incumplida puede ser renovada como si nunca hubiera caducado; las falsas promesas no tienen ni fecha de consumo preferente.

Cantabria es infinita aunque encoja día a día como una piel de zapa. Lo mejor del infinito es que no tiene medida, y la mejor demagogia son las matemáticas desorbitadas; nada de valores sencillos: valores imaginarios y vacíos perfectos (que Stanislaw Lem me perdone), y el que quiera un sucedáneo de la paz (o de una vida digna), tiene que aceptar las crisis y su narración a base de planos rápidos, voces cantarinas y claques de opereta. La solemnidad queda para las inserciones de víctimas, inevitables, por supuesto, pero de inserción medida.

Como todo es circulación financiera, oficialmente nada retrocede. No sabemos de dónde sale el dinero que paga los trenes, los falsos parques y los superpuertos, pero nuestros bolsillos están vacíos y nadie duda que hay que hacer cosas carísimas que a alguien aprovecharán aunque los atraques estén vacíos y las imágenes no superen el valor informativo de un salvapantallas.

Hoy la audiencia no soportaría uno de aquellas microespacios televisivos que hizo Godard en los años 70 para demostrar el potencial que tenía lo que él mismo denunciaría como la mayor estafa del siglo XX: la televisión. Enseñaba a gente haciendo cosas. La cámara era testigo. Los testigos siempre son molestos.

“Superada” (diría un postlisto) la sinceridad inicial, la eterna sonrisa del fomento hace de las cámaras, desde un cielo de miradas de insectos, la banda de ‘majorettes” de una nueva edición del ‘show” de jersey azulina de entretiempo antes de que se desencadenen los ‘godzillas’ del verano. Resuena la voz de décadas del Noticiero-Documental y se anuncia a bombo y platillo Alta Velocidad para Todos, incluso (o sobre todo, como cuando gana el equipo local y nos creemos que hemos jugado todos) para los que no tienen adónde ir, que llevan años pagando los billetes más caros mientras veían hundirse sus trenes cotidianos de cercanías.

El caso es que el Gran Club de los Hologramas Azules se ha montado una gira promocional del AVE y va a llenar los telediarios de poluciones y peregrinaciones sobre el Gran Sueño Interautonómico Español. Muchos (no, no los he contado) tememos que conseguirlo sería una desgracia. Pero creo que son más los que consideran que es importante que “venga” el AVE, aunque no venga de ninguna parte ni vaya a ningún sitio o sean simples ampliaciones de lo ya existente (de repente han descubierto que se puede ir de París a Oporto y que San Sebastián está cerca de Hendaya).

Es un milagro: sin desplazarse, sigue moviendo dinero. Godard se ha transfigurado en Godot para templar la espera de una provincia que sueña que es una comunidad autónoma que sueña que es una parada obligada, pero se trata de un territorio improductivo dispuesto a disfrazarse de lo que haga falta, como un Villar del Río sin Pepe Isbert, que por lo menos daba explicaciones circulares.

Los viajeros azules y sus coaligados parecen felices, se apean, saludan, fomentan, fermentan, comparten platós, refinancian, privatizan y recortan servicios sociales. Y ni siquiera se molestan en buscar epifanías menos manidas que anunciarnos.

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Jubileo

La paradoja del ermitaño es que, pronto o tarde, su fundación necesita peregrinos. La carne es fuerte. Necesita negocios, desafíos, rutas de intercambio, supuestas reconquistas.

Mapamundi del Beato de Saint-Sever Mapamundi del Beato de Saint-Sever

Creo que fue poco después de que los hérulos arrasaran estas costas cuando un rey mandó desde su trono remoto amurallar el puerto y constituir un monasterio al que dio el señorío de la villa, sus tierras y sus marismas. Por suerte, había a la entrada del puerto una roca horadada donde encajó perfectamente la nave que trajo las cabezas de los mártires.

Al abadengo, además de los arriendos de sus huertos y los portazgos y pontazgos, pertenecían los diezmos de la pesca, los escabeches, las salazones y el vino. Y también las lenguas y corazones de las ballenas varadas. Las cocinas de Su Reverendísima Señoría estaban, pues, regularmente surtidas.

Por aquel entonces, las mujeres seguían peinándose según los usos de sus estados. Las solteras iban rapadas a mechas, las casadas usaban un tocado adelantado como un cuerno grueso y las viudas una suerte de tronco de cono. Los hombres hacían círculos predatorios, miraban celosos las presas soñadas y apuraban las jarras. El dios romano que contemplaba las procesiones desde una columna, casi borrado por el viento, se fingía un santo portador.

Todo esto es pura especulación, pero no voy a detenerme aquí, y diré que los crótalos que dirigían los bailes estaban sincronizados con un universo perfecto y simétrico. El mal era fácil de definir y el bien todo lo demás. Más acá de lo más temible, ni siquiera el sexo o la burla parecían pecados de verdad.

Puede que (pese a las advertencias de San Millán y a las matanzas de Leovigildo) las poblaciones costeras todavía comprendiesen mejor a los dioses caprichosos precristianos que a los cuatro jinetes del Apocalipsis, y que esa tendencia pagana de los puertos influyera para que el gran lugar de peregrinación se creara en las montañas del interior. Allí lo sacro estaba adquiriendo otras dimensiones a partir de la cueva de un anacoreta. La paradoja del ermitaño es que, pronto o tarde, su fundación necesita peregrinos. La carne es fuerte. Necesita negocios, desafíos, rutas de intercambio, supuestas reconquistas.

Las reliquias eran (son) fuentes de ingresos, comercio, prestigio, autoridad y fe, y también de competencia con otros templos. (Lo mismo ocurre con los milagros. Malas lenguas aseguran que Garabandal no fue aceptado a causa de la equidistancia de Lourdes y Fátima). Mejor tener un leño de la cruz que dos cabezas de centuriones conversos o una leyenda casi de broma como la de Maurano, que le contó a Gregorio de Tours que había perdido el habla y la había recuperado nada más subirse al barco de la peregrinación.

Todos esos usos permanecen y se alternan en interés e intensidad. Hoy se quejan los representantes de los empresarios de que el año jubilar sea la única acción que en 2017 pueda representar una oportunidad real de hacer negocio. Se muestran preocupados por la gestión y las infraestructuras como los frailes pedían que se ofreciera pan blanco a los peregrinos para evitar que cayeran en delirios ardientes de centeno. Parecen dudar de que los que no vengan por la reliquia lo hagan por el paisaje o el orujo. Temen el fracaso del negocio estacional que no copiará ningún beato.

Muchos peligros acechan al peregrino. Ya previnieron San Benito de Nursia y San Agustín contra los giróvagos, circelliones o circumcelliones, falsificadores de huesos de mártires, glotones, enemigos del ayuno y difusores de vicios entre otros monjes y anacoretas, atrapadores de crédulos con falsas indulgencias y tahúres. Creo que nunca les hicieron mucho caso. Y la tradición manda. O su parodia.

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El clima y la providencia

Arthur Rothstein. Sequía. 1936

Me dice un empleado de una agencia inmobiliaria que promotores y vendedores contemplan un futuro óptimo para sus intereses en la cornisa cantábrica gracias al cambio climático. El descenso de las precipitaciones y el aumento de las temperaturas puede convertir estas costas en un nuevo Mediterráneo. (No me queda claro en qué infierno puede convertirse el Mediterráneo). Lo ha dicho, durante un congreso, uno de esos instructores de la mercadotecnia. Me gusta más ‘instructor’ que ‘coach’, no sólo para evitar el anglicismo, sino porque ‘instructor’ me recuerda al ejército y a los expertos en enseñar a los soldados a no sentirse culpables y sublimarlo todo en el ascenso. En este caso, el papel banal frente a intereses superiores le ha tocado al clima.

Hace años que en esos encuentros organizados por las empresas para ofrecer a los nuevos guerreros un soporte lírico y doctrinal circula una frase de Goethe que Goethe nunca escribió. Creo que es una especie de réplica a aquella de Brecht que en realidad era de un sermón de un pastor protestante llamado Martin Niemöller.

El texto del pseudo-Goethe (una deformación de una interpretación de una mala traducción de unas frases del ‘Fausto’), dice: “En el momento en que uno se compromete de verdad, la Providencia se conmueve y actúa. Todo tipo de ayuda que nunca hubiera aparecido, surge ahora ante uno”. En la apropiación del apócrifo, el compromiso, por supuesto, es con la empresa, que recibe de golpe aquel viejo valor de la palabra (“intento o designio de hacer algo”) que conducía a epopeyas, conquistas y reconquistas. No hace falta decir que las banderas se han adaptado a la realidad de los isotipos, casi objetos de culto, con la misma fluidez con que los estados se adaptan a las definiciones reales de poder, influencia y territorios. La literatura y el cine han hablado de ello y sus eslóganes. Ahí estan Omni Consumer Products (“Tenemos el futuro controlado”) o la Weyland-Yutani Corporation (“Construyendo mundos mejores”), sin olvidar otras divisiones, como Rekall Incorporated (“Podemos recordarlo por usted al por mayor”), que se ocupan de garantizar que todo quede en la ficción mientras algunos hablan de convertir en realidad categorías como transversalismos e irradiaciones. Luego, claro, vienen esas inesperadas ayudas en forma de leyes y recalificaciones, y llega un momento en que la historia contada por el idiota de Shakeaspeare nos parece increíble.

Apúntenlo por ahí: el cambio climático, que está acabando con la lluvia y elevando el nivel de las aguas y multiplicando las medusas en una orgía con nitratos añadidos, va a traer riqueza. Por cierto que, cuando se habla de riqueza, rara vez se habla de su reparto. Impera la idea de que la riqueza de los ricos es buena para todos porque trae empleo, aunque sea precario y se base en un chantaje permanente para imponer salarios y condiciones miserables. O sea, la idea de que el mundo no puede ser de otra manera.

Evidentemente, el sector beneficiado prefiere dar por inevitable el cambio climático. Ya que afirman que la providencia apoya a los activos y, por tanto, la acción no requiere más que la decisión de ejercerla sin trabas, los viejos lobbys y los nuevos trepadores están obligados a no desaprovechar las oportunidades. Tienen fe en lo inmediato y ven el futuro como una hipótesis no rentable que impone la acumulación en el presente. Al fin y al cabo, la Mano Invisible y la contaminación actúan a su favor. Los escribanos fundamentalistas (ya sean los de la Escuela de Chicago o los que renueven a la FAES) han sellado el destino en algún informe bien pagado. Las intervenciones planificadas en los foros locales e internacionales contra los intentos de corregir la barbarie ecológica, las presiones para que las tasas de CO2 no se reduzcan como aconsejan los estudios científicos que esos mismos gobiernos encargan y divulgan como diciendo “no es culpa nuestra, es que todo el mundo quiere tener su coche”, todo es parte de la liturgia y de la propaganda del desánimo. La providencia impone la necesidad y nada puede quedar al azar anticomercial de la defensa del medio.

Por otra parte, parece que la previsión encaja demasiado bien en el callejón sin salida de una economía que, en casos como el de Cantabria, está pasando de ser insostenible a inexistente. Sólo quedan el turismo (atado a la construcción y la hostelería) y la retórica triunfalista. Nuestra comunidad autónoma está empeñada (me temo que en todos los sentidos) en convertirse en un remanso de urbanizaciones blindadas para élites y servicios estereotípicos para masas (si usted paga, le montamos un Rocío en el Asón o una tomatina en el Pico Jano; ferias de abril ya hay varias) que atraigan tanto a los paganos como a los peregrinos del jubileo.

Sin embargo, se diría que la providencia tarda en funcionar. Mientras intentan salvar el PGOU más salvaje de la historia y burlar a los defensores de los valles y la costa, hay un superpuerto en Laredo esperando que se cumpla la profecía, deje de llover del todo y suban las aguas templadas. Nos va asalir por una pasta, pero no a los ricos.

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La opereta de la transferencia cultural

Opereta

No me apetece nada escribir sobre este asunto. Me aburre. No me da ni pereza; la pereza es un estímulo lleno de paradojas. Me la trae floja, vamos. Pero, por otra parte, ¿por qué no va uno a escribir sobre lo que le apaga la libido? Total, Freud está crepuscular y sus términos sirven para todo, como las palabras que afloran por ahí -creatividad, tejido cultural, agentes culturales, economía del ocio…- en un tobogán de consignas.

Los curiosos incidentes entre la Fundación Santander Creativa (FSC) y el Ayuntamiento de Santander y la Fundación Botín (FB), presentados como un proceso de desarticulación de no sé qué urdimbre, no me parecen sino la manifestación de un acuerdo fundamental. O sea, un conflicto falaz donde sólo se discuten pequeñas áreas de poder y algunos beneficios personales dentro de las reglas del juego que todos aceptan.

El dinero va, viene, fermenta en propagandas y desgravaciones y a veces produce espejismos curiosos, como que las ideologías de ambas fundaciones son cosas diferentes o inexistentes. Pero una es parte fundamental de la otra. Así que, si la FSC sucumbe porque la FB recorta gastos, será a causa de su propia condición.

Hay una evidente reordenación del dinero que aporta, desgravando, la fundación bancaria (y el propio Banco de Santander, a cargo, creo, de su departamento de Comunicación: de nuevo la propaganda) para hacer ese espectáculo que llaman cultura, que no es sino un conjunto de actos administrativos con efectos discutibles sobre el ocio de la población.

Resulta patética la aparente lucha entre el Ayuntamiento y la FB, que parece ir a trasladar su dinero a otras cosas precisamente cedidas por la sumisión del municipio. Los próceres de la ciudad manifiestan la torpeza del que sabe que su pelea no es más que un acto de mendicidad.

Los más afectados son los profesionales de la gestión cultural. Los de ámbito o encomienda públicos son como los profesionales de la política. Sólo se diferencian en que los primeros no han alcanzado todavía el descrédito que tienen sus homólogos. Y los que trabajan para el sector privado son comerciantes y están obligados a presentar su producto como el mejor, pero muchos de ellos saben que sin subvenciones no sobrevivirían sus negocios. Manda el mercado. No pueden negarlo, pero intentan soslayar el hecho pidiendo que se supla su debilidad inversora, se les cree la clientela y se les cubran pérdidas con la coartada de la cultura municipal, concepto que reúne todo tipo de manifestaciones.

Se trata, pues, de forzar la mano invisible entregando el dinero que debería ser gestionado por las instituciones a cambio de conseguir más creando una estructura semiprivada permanente que aparta de la gestión municipal directa la organización de un área concreta de lo que debería ser parte de la soberanía ciudadana. La oposición política, por lo visto, no tiene gran cosa que decir al respecto. Es decir, no tiene alternativa a la ideología dominante en el tema y tiende a ver en la FSC algo intocable -porque sustenta el beatífico “tejido cultural”- o divaga elogiando la labor y no la forma. Por lo visto, la forma ya no lo es del contenido.

Sin embargo, todo es ideológico, y la clave está en fomentar una mezcla de circo televisivo, promoción hostelera musical, vanguardia acrítica (oxímoron perfecto), incluso diversidades y divergencias homologadas y mínimas suplencias de servicios sociales, mezclarlo todo en planos veloces y echarlo al saco de neón de la creatividad. Insisto en lo de la ideología. Precisamente el pretexto es su negación, la falsa neutralidad. Como en esas películas asépticas en las que todos asumimos que los que ganan tienen razón. Es más: ya lo sabíamos desde el principio. Al fin y al cabo, mandan los que apoyan a los que ganan las elecciones.

No sé si hace falta decir que en el fondo de todo está un reparto de dinero sin debate previo sobre los contenidos, las funciones, la relación con la educación o el aprendizaje, la realidad social de los distintos espacios urbanos y los actores y espectadores. Una barra libre que cuenta concurrencias y pasa sin huellas. No crea ni transforma, pero afirma lo contrario con desparpajo hipster y simpáticas rotondas que se tienen por audaces.

Nada de esto va a detenerse si cierran la FSC, pero que nadie me pida que la apoye. No tiene la misma importancia, pero estoy tan en contra de ella como de la privatización de la educación o la sanidad. Y además todo indica que el Ayuntamiento está buscando forzar cambios en el mismo sentido privatizador en otras entidades y ampliar el ámbito con nuevos inventos, como esa de pronto resonante Fábrica de Creación (de nuevo la palabra, ya claramente como producto industrial) y otros complementos paralelos al cajón usurpador de paisajes que nos va a situar en la contemporaneidad de la burbuja de los contenedores artísticos. Un asunto que ya se debate en otras latitudes y está fracasando en bastantes. Pero aquí FSC, Ayuntamiento, FB y Gobierno autonómico comparten esa retórica y siguen en lo suyo, escenificando los microeventos cotidianos, los eventos-panacea (casi siempre “fracasos” rentables para la minoría) y en general la fachada de una ciudad al borde del PGOU, es decir, de otro abismo para la mayoría.

El caso es que, ocurra lo que ocurra con la aportación de la FB a la FSC, ningún dinero va a salir del circuito establecido, que además se diversifica cada vez más en conceptos y edificios y fanfarrias. Algunas empresas y agentes culturales se verán perjudicados, claro. Pero otros nuevos o viejos los sustituirán. Cosas de la competencia. Trucada por la banca, pero competencia.

La FB ha puesto en marcha los vasos comunicantes de grosor variable, con la FSC como tubo obligado a adelgazar, pero el recorrido es el mismo, la inversión la misma y la ingeniería financiera la misma. Se cumplen las leyes de la trama y la urdimbre y estoy por apostar que el siguiente movimiento de dinero será de manos públicas a privadas. O sea, como siempre. Es una apuesta fácil. Y aburrida.

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El otoño desvela la pobreza

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Es uno de los personajes más tristes y a la vez vitales que conozco. Está en una novela de Oswaldo Soriano:

Me volví y descubrí un tipo que arrastraba una valija enorme mientras juntaba algo entre los yuyos. Llevaba una manguera enrollada a la cintura, un prendedor con la cara de Perón y a medida que se acercaba cargaba el aire con un olor de perfume ordinario. Todo él era un error y allí, en el descampado, se notaba enseguida.

A veces, una sencilla descripción refleja o resume el hundimiento, la tristeza que trae la pobreza, con una intensidad inexplicable, y de paso la lucha desesperada por convencerse de que todavía se puede ser y hacer algo. Por ejemplo, convertirse en nómada autónomo (emprendedores, dice la mercalengua) y deambular por la pampa con una ducha portátil vendiendo manguerazos a los lugareños siempre y cuando haya un grifo donde enchufar el ingenio.
A medida que las estadísticas de otoño van limpiando lo que queda del verano y se liberan las terrazas de turistas y camareros, y las máquinas de rodillos limpiadores hacen barrizales antizén, se contrasta la pobreza en sus diversas variantes y eufemismos. A pesar de que el viento del tardío nos hace pensar en el amor (y en el sexo: no seamos tímidos) de otra manera y percibimos el arte a la manera de las hojas de caídas titubeantes (sea por la poesía o por el cambio climático); a pesar de la parafernalia oficial que se empeña en hacer de todo una aplicación para móvil que captura guiñoles hípsters en un escenario pseudohistórico con argumentos de cluedo; a pesar de la prisa por redescubrir el vacío en las playas y la necesidad de aproximarse al espacio de naufragios y miasmas de antes del descubrimiento de la pasión litoral, la realidad urbana está ahí, bajo andrajos de parasoles, como un perro sin raza que corre entre garabatos de algas.
Por las calles se esquinan personas empobrecidas que contienen y exhiben inmensos errores de los que no son culpables más que como crédulos de la propaganda. Y muchas veces ni eso: quizá sólo lo son de pensar que no puede ser de otra manera. Los medios siguen hablando más de paro o crisis que de pobreza deliberada, planificada o fríamente colateral. Pobreza material, contante y sonante; hay que insistir en ello para que nadie ponga la coletilla del espíritu, ese gran igualador de culpas. Se citan datos y umbrales, es cierto, pero se pintan de desgracias ajenas en las contraportadas de los telediarios.
Hay que hablar más de pobreza que de paro. El empleo no garantiza ni un ápice de riqueza. Es el chantaje perfecto: se puede ser pobre trabajando como un esclavo y pobre sin cobrar un euro. Se puede ser pobre del margen tradicional, de los neoghettos de servicios temporales, de las urbanizaciones que un día fueron medias y se pensaban altas, pobre de ciclos asumidos o pobre sin fluctuaciones. Y pobre como los que se sientan a las puertas de los supermercados (ahora a ellos también se les ve mejor, pero el frío los irá encogiendo) y tratan de tararear la música navideña que empieza a llegar de entre los expositores del interior.
Los que ya han llegado a la mendicidad son los pobres perfectos, suplicantes y agradecidos, incluso susceptibles de ser expulsados hacia donde nuestro consumismo provoca las guerras, que sirven para diferenciar su pobreza de la de los 13,3 millones de personas en riesgo de exclusión social o los 3,7 millones que cobran menos de 300 euros al mes (87.000 y 16.000 en Cantabria) y forman la legión que todavía presenta papeles en oficinas. Sirven para que no llamemos pobres a los desempleados, receptores de pensiones de miseria contributivas o no, de rentas básicas y menos que básicas, que todavía se ven con algunos derechos. Sirven también para que algunos de esos no-pobres les echen la culpa de su miserable no-pobreza.
Con el otoño, empiezan a surgir personajes como el duchero del páramo y otros modelos necesarios. Eso es bueno, literariamente hablando, porque la estética es una cruel devoradora de dramas reales, pero lo que urge de verdad es que los afectados y los que todavía tengan conciencia social se agarren un cabreo épico y bien organizado. A ver si después alguien puede escribir una epopeya democrática.

Dos hermanas

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Detalle de ‘Les deux soeurs’ (1921), de María Blanchard.

Detalle de ‘Les deux soeurs’ (1921), de María Blanchard.

En la exposición de la Fundación Abanca en el Museo de León, me topé con el cuadro Dos hermanas de María Blanchard y me acordé de Aurelia Gutiérrez-Cueto Blanchard, la hermana maestra de la pintora.
Aurelia fue asesinada poco después del golpe de estado de julio de 1936. Casi nunca se habla o escribe de ella por estos pagos. Son esas cosas de la memoria. Basta que un artista o siquiera famoso de temporada haya pasado por aquí una tarde de nubes de estío y haya dejado la huella del cubata en un posavasos para que se le celebre como ciudadano de honor, siempre y cuando ni su vida ni su obra entren en conflicto con el sopor oficial, el de antes o el de ahora, que es una acomodada adaptación del primero. La palabra transición oculta un vulgar fundido a gris plástico. Memoria histórica, sí, pero negociando los nombres de las calles y poco más. Negociar cosas así debería tener entrada propia en la Enciclopedia de Sesgos Cognitivos. Quizá la tiene, ahora que lo pienso. El imaginario, antaño tan poderoso, deviene cada vez más confuso.
La familia franco-cántabra Gutiérrez-Cueto Blanchard era una de esas células de burguesía progresista que acabaron pagando caras las veleidades igualitarias e ilustradas que las llevaron a pactar con las izquierdas obreras la idea y el acto de una República Española. Una pedagoga laica, feminista, socialista de las de antes y ejecutada por todo ello sin piedad sigue resultando un tanto molesta, asociada o no a una pintora que, por otra parte, suele sufrir por aquí más conmiseración que reconocimiento. Sin embargo, de la fortaleza de la hermana artista se me hace tan difícil dudar como de la que debió tener la maestra. A María Blanchard siempre se la retrata como débil y sobreprotegida. Hasta sus amigos y admiradores Federico García Lorca y Ramón Gómez de la Serna se dejaron llevar por ese aspecto cuando redactaron (sospecho que casi automáticamente) sus homenajes. Pero me parece que su vida los contradice. Sola (aunque obtendría de su clase entonces influyente becas para acceder al arte de vanguardia, pagó el precio de la precariedad bohemia), se abrió paso en el mundo de una pintura que todavía se mareaba en un mercado sin espejismos financieros.
Probó fortuna en las vanguardias madrileñas y fracasó. Sin embargo, tuvo buenos momentos en su exilio entre los círculos afines europeos, incluso poniendo su evolución estilística por encima de los intereses comerciales: el cuadro referido es uno de los que marcaron su paso desde el cubismo puro a una modalidad figurativa mucho más personal. Las ortodoxias y heterodoxias se contienen como cajas chinas.
María se empobreció en París atendiendo a su familia y falleció en 1932 de tuberculosis.
Aurelia estudió en Madrid, a donde se trasladó la familia en 1904. Pasó por Almería, Granada y Melilla. En la ciudad africana, dirigió la Escuela Normal y debió de ganarse el odio de los militares africanistas y el clero por sus artículos en El Telegrama del Rif y la revista Crisol sobre la educación renovadora, los derechos de las mujeres, la laicidad e incluso un reportaje sobre las condiciones de trabajo en las minas de la colonia. Luego se trasladó a Valladolid, y allí la sorprendió el golpe de estado.
El cuadro (no he averiguado con certeza quiénes son las representadas, pero me basta con el título y las presencias) muestra dos mujeres de rasgos marcados por una luz peculiar, entrelazadas en plena confidencia y a la vez distantes y distintas. Esa distancia analítica tiene la fuerza ejemplar y la ampliación de la representación del mundo del cubismo, y al mismo tiempo la innovación de una cierta rebeldía figurativa, como si la evidente geometría no le bastara. No es un regreso a la tradición, sino otra forma de integración de lo emotivo. No hace falta decir lo evidente, pero hay que saber pintarlo sin espacios neutrales.
La educación tampoco es neutral; por eso los caudillistas del 36, fieles a las cruzadas, mataban a los maestros laicos, que ahora son olvidados con más saña que los artistas pioneros.
Me apetece creer que las dos hermanas reales, de recorridos tan diferentes, se reivindican mutuamente desde el arte hoy envuelto en burbujas oportunistas y desde la escuela lastrada por los herederos de los vencedores.

John Dos Passos y lo inolvidable

Poco antes de que los militares derechistas y monárquicos perpetraran el golpe de estado contra la II República Española, John Dos Passos asistió en Santander a un mitin socialista. Lo contó en su libro Años inolvidables. No puedo evitar poner tres párrafos que discurren por la ciudad desde la alegría al miedo. Mientras el sentido relato mantiene la historia en su tozudez insensible, las comisiones municipales de expertos fingen hacer lo imposible: recuperar la memoria sin renunciar al olvido.

En Santander, camino de vuelta, escuchamos al primo de Pepe Giner, Fernando de los Ríos, que era diputado en las Cortes por Granada, cuando pronunció un discurso en un mitin socialista en la plaza de toros. Fue un gran acontecimiento. Los miembros de los sindicatos se presentaron con sus banderas con letras rojas y doradas, con sus mujeres, con sus hijos, con las cestas de la comida y con botellas de vino. Niñas de las escuelas, con trajes blancos y lazos rojos, cantaron la Internacional. Escuchando el discurso de don Fernando, era un placer poder apreciar su dominio del condicional y del futuro de subjuntivo, pero bien poco de todo aquello debía resultar de interés práctico a los atentos mineros, mecánicos y agricultores que habían venido de todo el norte de España para oírle, en autobuses, en carros tirados por mulas, en bicicletas o a pie.
Fue recibido con gritos de «Vivan los hombres honrados». Alguien soltó palomas blancas con lazos rojos en el cuello. Teóricamente tenían que volar hacia las esferas celestes para simbolizar el reino de paz y buena voluntad que se aproximaba, pero hacía mucho calor y las pobres palomas debían de haber pasado demasiado tiempo encerradas. Durante todo el discurso de don Fernando, una de ellas revoloteó trabajosamente por el centro del redondel. Durante aquel verano no hice otra cosa que ver signos y presagios por todas partes.
Un signo y un presagio que no era en absoluto imaginario fue el odio en los rostros de las gentes elegantemente vestidas, sentadas en las mesas de los cafés de la calle más importante de Santander, mientras contemplaban a los sudorosos socialistas volviendo de la plaza de toros con sus hijos y sus cestas y sus banderolas. Si los ojos fueran ametralladoras, ni uno solo hubiera sobrevivido aquel día. En mi bloc de notas apunté: Socialistas tan inocentes como un rebaño de ovejas en un país de lobos.