Construcciones y constricciones

La gran constricción de los constructores son las leyes de la física, el empecinamiento newtoniano de las cosas en caer. Aducir ilusiones es de mal gusto cuando la gente pierde sus hogares.

Lovis Corinth. Edificio en construcción en Montecarlo. 1914.

Lovis Corinth | Edificio en construcción en Montecarlo. 1914.

Los magos de la literatura potencial que suelen juntarse desde hace décadas en el OuLiPo entienden que las constricciones son tan liberadoras como las paradojas, así que la idea ya viene avalada por las falsas apariencias. También son expertos en autorreferencias y plagios por anticipación, la mayoría provocados por la necesidad de dejarse tentar por lo lúdico para no enloquecer de adustas trascendencias, pero muchas veces además para esquivar los tópicos asentados o reescribir los viejos cuando los nuevos se vuelven aburridos. Sin las obligaciones de la cuaderna vía, la poesía no habría alcanzado nunca el verso libre, ni éste sabría repisar huellas de ritmos clásicos.

Otras constricciones a la creación, como las de los dineros y rituales de obispos, emperadores y banqueros, han cambiado poco, pese a que los artistas suelen proclamar su libertad a los cuatro vientos, ya que en su mayoría son gentes simpáticas que gustan de provocar hilaridad en las tertulias. No sé si esto compensa mis citas a Platón y Duchamp en un artículo anterior. Me parece que no. El caso es que voy a hablar de constructores, que comparten con los creadores de todo tipo el origen artesano, la pasión por llenar el mundo de objetos y puede que, en muchos casos, el ánimo de lucro fácil. (Me doy cuenta de que este texto tiene un recorrido lateral, de cangrejo violinista, y me alegro, porque creo que ese bicho siempre llega a donde pretende).

Una vez establecido que las restricciones forman parte del acto de creación y lo determinan (ya saben: aquello del medio y el mensaje), el problema se reduce a compaginarlas con la lógica (el objetivo debe ser comprendido y aceptado por un mínimo de pagadores) y con el empecinamiento newtoniano de las cosas en caer. La gran constricción de los constructores son las leyes de la física. Aducir ilusiones resulta de mal gusto cuando la gente pierde sus hogares.

Supongamos, mientras esperamos que se haga justicia, que un empresario se impone a sí mismo la tarea de gastar un par de cientos de miles de euros en transformar un local en un lugar agradable, un ‘locus amoenus’ (el latín mola, pero creo que los antiguos preferían encontrar el lugar ya hecho; en Arcadia, por ejemplo), y para ello estima que las ventanas y los muros se adaptarán a sus deseos. Puede que alguien le aconseje no hacerlo así, pero encuentro muy probable que nadie se atreva o que simplemente él no haga caso, porque quizá esté acostumbrado a tener licencia rápida para todo y alguien le ha adoctrinado convenientemente con los versículos de la mano invisible.

Los liberales de nuestro tiempo son grandes predicadores; los gurús le habrán explicado a nuestro hombre (podría haber sido mujer, pero ha sido imaginado como hombre) que, cuando una persona como él se pone en marcha, la providencia se moviliza a su favor. Esta idea, medio robada a Goethe, debe de ser una de las más repetidas desde que existen el coaching y la inteligencia emocional (convertir la emoción en adjetivo de un supuesto debería estar penado), pero es cierto que a veces la providencia de los intereses y relaciones se moviliza, los trámites se agilizan, se saltan denuncias, se cambian licencias, enmudecen los técnicos que deberían decir esto no puede ser, y todo se pone al servicio de un impulso superior.

Entran las excavadoras para dar forma al paraíso y se derrumba el edificio. Varias familias pierden sus hogares. Un hogar es mucho más que una casa o un negocio, pero sufre las consecuencias de la purísima satisfacción del principio de propiedad autorregulada sin constricciones, exigencia del mercado basada en el dogma de que al creador-constructor siempre hay que ponérselo fácil. No estoy de acuerdo: hay que ponérselo difícil; obligarlo a aplicar la ética y la inteligencia o, si no las tiene, a pedirlas prestadas a alto interés.

Quizá haya que acuñar, a modo de preverdad, el término “emprender al descuido” como acción y efecto de construir sin trabas. Gracias a las teorías liberales de la libertad económica (las otras libertades no son imprescindibles, como demostró la Escuela de Chicago en el Chile de Pinochet), las burbujas revientan o implotan porque, en medio denso, sólo contienen aire y, en medio débil, sólo las contiene el aire. Pero, por mucho que se adornen las obras, las constricciones no son sólo funciones de un juego estético, sino constantes que hay que respetar para evitar accidentes. Los que quieran hacer obras, que se lo trabajen como Miguel Ángel trabajó para quitarle al David el mármol que le sobraba.

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Bochorno

Es uno de los conceptos más poéticos que puede producir la ciencia. Viene a ser, si no lo he entendido mal, como la proporción de amor en el deseo o viceversa

Calor en la bahíh. RPLl.

Calor en la bahía | RPLl.

Santander en verano es maravillosa. Se detiene, se embotella y no colapsa. Parece soñada por un viajero extravagante, por ejemplo Raymond Roussel, que se desplazaba a lugares remotos para no salir de la intimidad universal del camarote, la habitación de hotel o la caravana que él mismo diseñó sin ventanas. No me hagan caso. Son lecturas de verano, párrafos disfrazados para fingir que todo trasciende.

Dicen que la ciudad fue construida en la ladera sur del cerro para dominar la bahía y protegerla de los vientos del norte y del noroeste. Pero en realidad fue para exponerla a los excesos del sur con algún resquicio para el nordestuco cabrón esquinado. El bochorno, que para los romanos venía (‘vulturnus’) del oriente, tiene la complicidad del sol, que delinea con su maquinaria analemática las fachadas de la ribera dejando en penumbra las trastiendas y, si además está nublado y la multitud no va a la playa, hace aflorar el poder de la masa, y entonces la urbe de 172 656 habitantes parece millonaria y concentrada en un lugar con una sola salida y una sola entrada. Aunque hay cientos de recovecos y escaleras y casas con balcones torcidos y patios trasteros traseros (no todo iban a ser miradores o mansardas) dispuestos como jardines colgantes venidos a menos, la mayor parte de las desviaciones parecen abruptas e inconfesables. El resto es paisaje nublado y espejo empañado.

(Bocinazos, imprecaciones. Aúlla un perro. El camarero no ha conseguido esquivar al tercer patinador y se ha caído encima de un quizá spaniel. El encargado de la cafetería acude iracundo al ruido de vajilla, pero hay demasiadas evidencias: la larga correa de lo que alguien del público no duda en definir como puto perro de los cojones sólo para que la dueña pida tolerancia; el obtuso tripulante de la plataforma patinadora como se llame o los niños jodiendo con la pelota como en aquella vieja canción. Hace un rato, para una señora literalmente estirada, no era más que el camarero imbécil que se cree simpático y confunde las comandas. Ahora es una víctima, y eso que todavía intenta sonreír como si le gustara trabajar doce horas diarias por el sueldo de ocho. Y se ha levantado y recoge la bandeja. Y pide disculpas no se sabe a quién. El encargado está mirándole y él se mira en la bandeja caída como Narciso en el pozo y repite lo siento, lo siento, y rueda un botellín de cerveza: ya sabíamos todos que el ayuntamiento no se ocupa de que las aceras estén bien niveladas; rueda y cae por el precipicio del bordillo, cruza la calle sin incidentes y se detiene ante los adoquines del otro lado, cerca del martillo neumático gigante que el operario ha dejado clavado en el cemento como una polla de acero; díganme que el símil es excesivo si se atreven.)

El bochorno es uno de los conceptos más poéticos que puede producir la ciencia. Combina la temperatura aislada de toda influencia con la humedad presente en el aire en proporción a la máxima que podría tener, lo cual viene a ser, si no lo he entendido mal, como la proporción de amor en el deseo o viceversa. No sé por qué estos conceptos me llevan siempre hacia ensoñaciones tropicales; quizá sea para desmentir la naturaleza norteña del fenómeno.

Como los carriles-bici reduciendo aceras han trasladado a los peatones el conflicto entre conductores de motor y ciclistas y corredores y patinadores de distintos tipos, las vías no motorizadas ofrecen un espectáculo innovador de zigzags y sustos. En donde las terrazas no alcanzan el nivel de desorden necesario, se instalan casetas. Un hombre vestido de prisionero de guerra se ha puesto a salvo en el espigón, mira la dársena y se abanica con las actividades de verano. Desempaca una phablet, le murmura un nombre e informa. Hay mucha cultura por medio: danza, aeróbic, magia, talleres para aprender a amarse… Stendhal hubiera reelaborado su síndrome tras una estancia en el Paseo Pereda.

Han acelerado las obras como en una stop-motion. Algo está ocurriendo. No han acabado de arruinarse los barrios destinados a la gentrificación, pero ya los están rodeando de novedades. Deben de tener prisa para algo. Rampas, ascensores, accesos. Quizá se trata simplemente de insinuar la posibilidad de movimiento en un lugar que no parece ir a ninguna parte. ¿Cómo se puede caminar en círculos en una ciudad-pasillo? Murales: también murales, con alegrías triunfales. Una frase de ‘La esfinge maragata’ en los muros del quinto pino sentencia una horterada sin contexto al pie del terraplén. Por cosas así nos amarían los dadaístas si no estuvieran a punto de ser archivados en un edificio bancario.

-¿Qué estás leyendo? -pregunta el enamorado en un banco bajo un tamarindo.

-Las bases de un concurso de ideas para una ciudad temática. Pero no las entiendo.

Pasa un coche con King África a tope y parece que el estribillo dice construir construir construir. No puede ser. Deben de estar obsesionados.

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Boleras

Sólo puedo pedir que se conserven las boleras desde una íntima e irracional percepción de la materia y el sonido.

Como soy de los que piensan que la identidad sólo es una relación de algo consigo mismo y no sirve de artilugio argumental, no puedo usarla para lamentar la desaparición de boleras.

El recurso a la tradición me resulta igual de inútil; creo que sólo es una mezcla arbitraria de repetición, herencia, acatamiento y entusiasmo más o menos sincero. Son tradicionales en Cantabria o están a punto de serlo, por ejemplo, el fútbol (cuyas épica y retórica detesto), las ferias de abril (¿nostalgia de los tiempos de jandalismo?), el golf (un abuso del territorio a la espera de un héroe nuevo) y la tauromaquia (cuya innegable condición de arte y cultura [ambas pueden ser tortura] me ayuda a aborrecerla).

Así que sólo puedo pedir que se conserven las boleras desde una íntima e irracional percepción de la materia y el sonido. Ofrezco, pues, este artículo como pasto de antropólogos y recreo de melancólicos.

El choque de madera contra madera es más emotivo percibido a distancia y entre laderas o bloques de barriada, a pesar del peligro de la rima involuntaria y la interferencia de cláxones y campanos. Como excepción, alguna vez lo he escuchado flotar sobre las olas generado por un corro costero . Los expertos saben desde lejos si la tirada ha sido buena, y entienden enseguida el rumor de bola en suelo que anuncia el fracaso.

De chaval, oí contar leyendas de absoluta precisión. Algunos habían visto acertarle a una moneda colocada sobre un emboque sin tirarlo. Y no faltaba quien podía, decían, darle un efecto inverso al birle para tirar todos los bolos en orden, fila a fila, como en ese test de puntos que sirve para saber si uno es capaz de salirse del marco.

Recuerdo un mesón lleno de fotos de un zurdo mítico no lejos de una bolera que hace un par de décadas empezaba a ser devorada por la maleza como un templo en la selva. Me han asegurado que no queda ni rastro. No he preguntado por las fotos. Ese recuerdo se mezcla con el de una losa de pasabolo en la que un día vi jugar, luego anegada de barro entre (inevitables) cipreses.

También puedo invocar, para una antología de lugares inhóspitos, una bolera en la trastienda de un bar que había sido gallera clandestina y todavía era ring ilegal de boxeo, y conservaba, no sé si sólo para la imaginación, olor a sangre y sudor y jaulas oxidadas con restos de plumas.

Todo eso, por supuesto, es literatura y no va a resolver gran cosa; no va a influir en los espacios urbanos ni en los rurales ni en eso que llaman paisaje sonoro. En todos los entornos hay elementos armónicos y un buen montón de ruido. La mayoría de los ritmos postindustriales son tan hipnóticos como improductivos y absorbentes. No proceden de la artesanía; muchas veces, ni siquiera de una industria corpórea. No pueden asimilar el violento encuentro acústico del abedul con la encina ni plagiándolo en cajas electrónicas manufacturadas en sótanos orientales y coloreadas con tintes tóxicos.

En San Martín de Bajamar liquidaron una bolera para poner una meseta de planos angulosos. En Argoños han hecho lo mismo para instalar un minigolf. Cemento, plástico, bolitas blancas; sospecho además algo parecido a sonajeros delirantes como eco alternativo. Así triunfa la unión sagrada entre el ocio a la moda y la ley de la oferta y la demanda.

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Preverano en Betaciudad

“Tiene usted que tomar precauciones, Herr Heisenberg, y decidir de una vez si se concentra en la postura o en la velocidad”.

Alfred Wallis. Casas junto al mar (1928).

Esta ciudad, quizá la capital más aislada de su hinterland, está orgullosa del tamaño de su esperanza.

En algunas zonas, las mucamas inmigradas están empezando a ventilar las casas de los señores y tienden sábanas mantarrayas mientras los jardines parecen reordenarse solos pese a los chasquidos de las cizallas entre los sauces llorones. En otras calles, apenas se repintan los miradores. Empieza el calor, pero no se espera nada desaforado de puertas para afuera. Ahora que se avecina el verano, se amplían los burdeles, los bares y los mercados blanco, negro y de esclavos en general. Una parte del calor humano se mueve hacia la noche y aumentan en los medios los anuncios por palabras y con fotos de hombres y mujeres de profilaxis plastificada, hoy tan presentes y oficialmente inexistentes como en los tiempos de los veraneos regios, cuando la urbe estaba tan en versión beta como ahora. Hasta en la oscuridad hay un velo sedoso de paz soleada que el viento sur atraviesa sin enloquecerlo. Las plazas se llenan de ofertas, la ciudad se pone en pose de parque politemático, pulcro y de estilo uniforme, identificada muy seriamente con una idea servicial de lo diverso. El resultado es tan homologable que, una vez apartado el hecho natural de la bahía, la fachada sigue pareciendo quiero y no puedo de tópico interrumpido.

La nueva continuidad es una ruptura que encajona el paisaje. Los nuevos carpinteros de ribera trabajan a marchas forzadas para acabar de amueblar un obstáculo que se llenará de arte desconflictuado. Nada hace más inofensivo al arte que un museo con terrazas y jerga de tragaperras pachinko. Los fabricantes de etiquetas ya no dan abasto con el inglés funcional de la city. Esperan en vano sonido de bumpers en lugar del chill-out oficioso en esas turborrotondas de la cultura.

(Es una cita obligada el momento en que el tipo de la palangana de Schrödinger no se sabe si entra o sale, si sube o baja, si se decide a exigirle al cliente el lavado que es norma en la casa. “Tiene usted que tomar precauciones, Herr Heisenberg -le dice el del gato encerrado al colega de la incertidumbre-, y decidir de una vez si se concentra en la postura o en la velocidad”.)

Como anémonas atrapadas en metacrilato, los emprendedores especializados en implementar (sic) viveros (sic) de contenidos (sic) para la economía del ocio, se presentan en la batalla uniformados de vendedores conceptuales que primero publicitan vagas autodefiniciones y luego le preguntan al cliente, a ser posible institucional, en qué pueden servirle. Ponen a nuestro alcance, en este paraíso blindado por marines y drones, los nombres de las espumas que nos llevamos al alma y a la boca, ya sean artes varias o gastronomía, labor que ha hecho de los que antes teníamos por propagandistas ávidos de subvenciones honrados trabajadores al servicio de la creatividad colectiva.

La cobertura cerámica del inmediato referente es capaz de deslumbrar sin dejar de ser gris y aburrida. Me parece que, además, tiene efectos sobre el rumor del oleaje. Esa sordina es otra forma de sombra añadida a la que ya proyecta sobre el paisaje y sobre la historia de la ciudad.

Las estabilidades de neón-led y las instalaciones con toboganes reemplazan a las viejas seguridades: la social, la laboral, las novelas sólidas y los urinarios de Duchamp. Los mensajes que antes se incrustaban en el contenido ahora se exhiben vacíos sin complejos y orgullosos del envoltorio.

Las ciudades beta son rentables porque siempre están en obras.

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Surreales viajeros

En Cantabria, los relatos de forasteros sobre lo autóctono no han hecho fermentar las referencias y extravagancias como autorreferencias apropiadas o tópicos denostados.

En el libro que dedicó a sus memorias españolas (‘Para matar el recuerdo’, se titula, nada menos), Jean-Claude Carrière debate consigo mismo una afirmación de José Bergamín, que sostenía que cada pueblo es responsable de los tópicos que lo identifican.

El francés no lo tiene claro, pero se inclina por reconocer que las representaciones caricaturescas del carácter de una población, aunque sean construidas por extranjeros y contengan malevolencia, morbo o burla, son muchas veces aceptadas por los afectados porque, incluso a su pesar, ven en ellas la utilidad de una máscara protectora, un refugio sintético contra los temores de los pueblos a sí mismos o contra la tentación de encararse a sí mismos -matícenlo ustedes a su aire, que la frase se hace larga-.

Carrière fue amigo de Buñuel, un espíritu animal universal y nómada que nunca pudo ni quiso desprenderse de los tambores de Calanda: al contrario, le sirvieron para apuntalar el surrealismo.

Toda crónica de viaje me parece un ejercicio de percepción surreal falsificada o involuntaria. Eso no le quita valor; se lo añade: hasta la técnica implica un desplazamiento que, bien mirado, resulta irracional. Ya lo apuntó Apollinaire: “Cuando la humanidad ha querido imitar el acto de caminar, ha creado la rueda, que no se parece a una pierna. Ha hecho surrealismo sin saberlo”.

En Cantabria, los visitantes no han hecho fermentar las referencias y extravagancias como autorreferencias apropiadas o denostadas por los autóctonos, así que, estudiosos aparte, no han alcanzado gran éxito los relatos ajenos sobre los tocados medievales de las mujeres, los milagros de San Martín, la cofradía antiblasfemia del repelón, la milicia cristiana del obispo regente o, mucho más cercano, el encierro de Leonora Carrington, activa surrealista cuya narración de su estancia psiquiátrica relajada con cardiazol se me hace metáfora del horror anticonvulsivo en un lugar demasiado tranquilo, y es una pena que su fama en otros ámbitos no haya trascendido del personaje a la geografía elegida para anularlo, pero esa es otra historia.

Claro que, dado el empeño por saturarse de turismo, conviene no citar algunos testimonios, como el recogido por José Luis Casado Soto del inglés Richard Wynn, quien asegura que, en 1623, en Santander a los bolos sólo jugaban las mujeres, y que sólo ellas trabajaban mientras los hombres se paseaban luciendo capas y espadas y mofándose de los marineros extranjeros que, por vergüenza de machos, las ayudaban a descargar los barcos. El cronista vino acompañando al príncipe de Gales cuando pretendió emparentar con la monarquía española, cosa que salió mal, y su testimonio no es muy apreciado. Sabemos, sin embargo, que hasta muy entrado el siglo XX, gran parte de la estiba era asunto femenino.

Que no se animen los no santanderinos justamente hartos del peso excesivo de la capital. Wynn tampoco lo pasó bien por esos valles y costas. Comió mal, durmió poco, bebió vino malo y la única moza de buen ver que se topó resultó ser de ascendencia británica. Es tan poco probable que me resulta creíble.

Sin embargo, el asunto de los viajes tiene otro valor cuando se trata de hacer espectáculo de un ejercicio de autoridad. De testimonios como el de Wynn casi no se habla ni para criticarlo, pero se conmemora la llegada de un emperador que improvisó un patíbulo en la plaza principal y de otras figuras imperiales que incluso trajeron pestilencias.

Esos desembarcos se evocan todos los años, y cada vez me parecen más paradójicas misas de acción de gracias. No sé si tienen algo que ver con la trivialización de la imaginería surrealista, igual que el aprecio por las ferias abrileñas en carpas instaladas sobre boleras en ruinas. Fósiles de ecos de emboques se borran a cada paseíllo.

Algunos se cabrean, pero la democracia del gusto revela incluso a su pesar que toda tradición es provisional (o sea, contradicción) y depende, no de las subvenciones, sino del estado de ánimo y de la rentabilidad. No hay argumentos que valgan cuando el folclore propio se convierte en arqueología y casi nadie lo cuenta ni desde dentro ni desde fuera. Ni lo modifica, mestiza o prostituye, todo lo cual sería válido. Al fin y al cabo, la principal atracción turística familiar de la región (está comunidad es radicalmente familiar y regionalista) se basa en la exhibición de especies exóticas (lobos árticos, por ejemplo) en un paisaje ferruginoso, mientras algunos ganaderos hacen pintadas contra la protección del lobo autóctono.

Volviendo al asunto del principio (aunque divagar es viajar), se me ocurre, para darles la razón a Bergamín y Carrière, que sí hay al menos un relato sobre Cantabria que ha llegado desde fuera y, pese a no servir como refugio presupuestario, goza de gran aceptación local. Me refiero a la construcción televisiva de un presidente autonómico.

Qué razón tenía Alejo Carpentier, otro cofrade surrealista: lo real es maravilloso. El problema es la realidad.

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Currículos

La verdad tiene un alto valor escatológico en todos los sentidos de la palabra, es decir, lo mismo cuando se refiere a la trascendencia que cuando subvierte el marasmo de las cloacas. Pero, a estas alturas, entre los conceptos opuestos media una proximidad inquietante.

Andrea Mantegna 1495 (detalle) Andrea Mantegna. ‘Niños jugando con máscaras’ (detalle). 1495.

Debe de ser coincidencia que en poco tiempo hayamos descubierto que dos representantes políticas publicaron falsedades en sus currículos.

Una de ellas, directora de un “observatorio”, cargo de designación, ha dimitido. La otra, alcaldesa, cargo electo aunque en sustitución del que fue cabeza de lista, se niega a hacerlo pese a los requerimientos de la oposición. Son de partidos diferentes, pero aliados en lo fundamental, o sea, igualmente fundamentalistas en la sustitución de la política por las apariencias, y creo que, si se hubieran cambiado los papeles, las actitudes hubieran sido las mismas, determinadas por la importancia de los puestos que ocupan y la dimensión de la debilidad mostrada. Además, parece ser que ambos repentinos descubrimientos de informaciones falsas que, como aquella carta robada del relato de Poe, estaban a la vista de todos (¿cuánto tiempo llevaban expuestos los currículos sin que nadie decidiera hacer caso de ellos?), proceden de maniobras internas de esas entidades donde otros conceptos relacionados con la verdad (el respeto a la discrepancia, el juego limpio…) son consideraciones extremadamente relativizadas.

Para los que somos el vulgo, por mucho que opinemos y hagamos literatura con esas cosas, un “observatorio” es algo difícil de identificar salvo quizá cuando asoma a los medios haciendo propaganda, mientras que una alcaldía nos parece que se ocupa de la gestión de una ciudad. Es probable que en ambos casos estemos equivocados, pero es lo que hay: el electorado no damos más de nosotros mismos y “ellos” prefieren dárnoslo todo elaborado y de fácil digestión.

La verdad tiene un alto valor escatológico en todos los sentidos de la palabra, es decir, lo mismo cuando se refiere a la trascendencia que cuando subvierte el marasmo de las cloacas. Hay que admitir que la etimología y los diccionarios, en estos asuntos, se muestran despiadados. Pero, a estas alturas, después de que los filósofos levantaran un muro de lenguaje alrededor de la lógica para luego derruirlo con la práctica, entre los conceptos opuestos media una proximidad inquietante. Entre la verdad y la mentira están las máscaras, muchas veces indefinibles, pero sólidamente asentadas como un puente que las une: incluso cuando se hacen descaradas, su invitación al juego, a la evasión, nos hace estimarlas más que a la cruda realidad. La máscara, por estrambótica que sea, soluciona la contradicción del mismo modo que las consignas del doblepensar (palabra viajera desde la dictadura de aquel desarticulado 1984 hasta la democracia formal) hacen soportable la coexistencia imposible de la guerra y la paz, equilibrio que sirve para mantener la pobreza y la riqueza en un limbo de igualdad que autoriza al portavoz de turno a decir que todo va bien, valga la parte bien cebada por el todo.

El intento de prestigiarse con estudios no realizados (con la misma desfachatez con que suelen afirmar que sus méritos de acción políticos son indiscutibles y negar sus fracasos) es uno más de esos factores de indignación y debate que espanta el espanto de la política real a partir del jaleo apriorístico de los militantes y votantes.

Cuando alguien dice que una sociedad de desigualdades crecientes posee una economía boyante (valorando sólo el cálculo de la minoría rica), que se hace lo que se puede contra la miseria, la guerra, el machismo, el racismo, etc., sabiendo que no es cierto, no hace falta verificar un diploma para pedir la dimisión por la falacia porque la jodida realidad no se acepta en el marco del discurso y porque se acepta el marco (ahí está la clave, bien aplicada por los medios) sin discursos en contra.

Pedir la dimisión por la pretensión de tener un título no obtenido quizá no esté de más, pero me temo que encierra el peligro de hacer ritual fútil toda recusación. ¿La mentira del currículo es un fenómeno supraelectoral que obliga a ceder el puesto sin esperar el juicio de las urnas? El aumento del paro o la deuda pública, ¿no merecen el mismo trato para los que aseguraron tener soluciones?

El juego de la simétrica suplantación no deja de ser la prolongación de un mitin, una promesa más de las muchas afirmaciones en campaña que no se creen o en la que no se fijan ni los incondicionales. Hacer de ello una cuestión mayor es presentar la actitud general como excepcional y asumir la limitación del terreno de controversia a lo casi anecdótico,incluso con consecuencias y dimisiones que probablemente tengan doble fondo. Lo cual, por supuesto, alimenta a los que están muy a gusto en el desarreglo. Los directores de escena gozan entre bambalinas y cobran por ello, y los opositores, contaminados de ortodoxia, se apuntan al coro y siguen el ritmo.

Para colmo antiestético, los que amamos la ficción la vemos servir de instrumento sin ningún respeto por el viejo pacto lector (o espectador)-autor. Y con una lamentable falta de calidad. Los payasos no maquillan sus sonrisas grotescas sobre los rasgos solemnes del desamor, sino sobre los gestos mecánicos de los charlatanes. Así, es difícil que den pena o risa. La tragicomedia no cabe en los telediarios.

Otra cosa sería el mundo si por lo menos las mentiras las escribieran dignos herederos de Flaubert (experto en lugares comunes) o Joyce (harto de los límites de la expresión). Pero no: ellos decían verdades cuando mentían en sus currículos.

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Hologramas girando como AVES

En los locos tiempos de Dziga Vertov, los trenes llevaban cámaras para mostrar cómo se hacía el pan, desde la hogaza al trigo, y explicar el mundo por inversión. Ahora es imposible que un tetrabrik se transforme en una vaca.

Jim Shaw. 'Fuzzie's overniter' Jim Shaw. ‘Fuzzie’s overniter’ (‘Pernoctación ocasional’), de la serie ‘Abandonados’. | RPLl.

El modelo kennedyano de político puede poner a cualquiera mirando para donde haga falta sin perder la apostura ni la cara de ingeniero bueno. Para recibir las culpas y el folclore ya están esos personajes de Matt Groennig que dicen burradas y se llevan el humor grueso de los votos populares.

En el tiempo en que el objetivo cinematográfico era digno de tal nombre porque se entendía que todo lo demás estaba en la mente y sus relaciones, lo importante era saber que la verdad, aunque no opuesta, era diferente de lo visible. Lev Kuleshov ya demostró que el mismo rostro con la misma expresión denotaba sentimientos encontrados o complementarios. A cada cual según sus necesidades. Entonces todas las formas de lenguaje exigían una sintaxis. Ahora da igual: el orden de las cosas en el carrusel televisivo vale para todo y su contrario.

En los locos tiempos de Dziga Vertov, los trenes llevaban cámaras para mostrar cómo se hacía el pan, desde la hogaza al trigo, y explicar el mundo por inversión. Ahora es imposible que un tetrabrik se transforme en una vaca; todo cae del cielo y toda profecía incumplida puede ser renovada como si nunca hubiera caducado; las falsas promesas no tienen ni fecha de consumo preferente.

Cantabria es infinita aunque encoja día a día como una piel de zapa. Lo mejor del infinito es que no tiene medida, y la mejor demagogia son las matemáticas desorbitadas; nada de valores sencillos: valores imaginarios y vacíos perfectos (que Stanislaw Lem me perdone), y el que quiera un sucedáneo de la paz (o de una vida digna), tiene que aceptar las crisis y su narración a base de planos rápidos, voces cantarinas y claques de opereta. La solemnidad queda para las inserciones de víctimas, inevitables, por supuesto, pero de inserción medida.

Como todo es circulación financiera, oficialmente nada retrocede. No sabemos de dónde sale el dinero que paga los trenes, los falsos parques y los superpuertos, pero nuestros bolsillos están vacíos y nadie duda que hay que hacer cosas carísimas que a alguien aprovecharán aunque los atraques estén vacíos y las imágenes no superen el valor informativo de un salvapantallas.

Hoy la audiencia no soportaría uno de aquellas microespacios televisivos que hizo Godard en los años 70 para demostrar el potencial que tenía lo que él mismo denunciaría como la mayor estafa del siglo XX: la televisión. Enseñaba a gente haciendo cosas. La cámara era testigo. Los testigos siempre son molestos.

“Superada” (diría un postlisto) la sinceridad inicial, la eterna sonrisa del fomento hace de las cámaras, desde un cielo de miradas de insectos, la banda de ‘majorettes” de una nueva edición del ‘show” de jersey azulina de entretiempo antes de que se desencadenen los ‘godzillas’ del verano. Resuena la voz de décadas del Noticiero-Documental y se anuncia a bombo y platillo Alta Velocidad para Todos, incluso (o sobre todo, como cuando gana el equipo local y nos creemos que hemos jugado todos) para los que no tienen adónde ir, que llevan años pagando los billetes más caros mientras veían hundirse sus trenes cotidianos de cercanías.

El caso es que el Gran Club de los Hologramas Azules se ha montado una gira promocional del AVE y va a llenar los telediarios de poluciones y peregrinaciones sobre el Gran Sueño Interautonómico Español. Muchos (no, no los he contado) tememos que conseguirlo sería una desgracia. Pero creo que son más los que consideran que es importante que “venga” el AVE, aunque no venga de ninguna parte ni vaya a ningún sitio o sean simples ampliaciones de lo ya existente (de repente han descubierto que se puede ir de París a Oporto y que San Sebastián está cerca de Hendaya).

Es un milagro: sin desplazarse, sigue moviendo dinero. Godard se ha transfigurado en Godot para templar la espera de una provincia que sueña que es una comunidad autónoma que sueña que es una parada obligada, pero se trata de un territorio improductivo dispuesto a disfrazarse de lo que haga falta, como un Villar del Río sin Pepe Isbert, que por lo menos daba explicaciones circulares.

Los viajeros azules y sus coaligados parecen felices, se apean, saludan, fomentan, fermentan, comparten platós, refinancian, privatizan y recortan servicios sociales. Y ni siquiera se molestan en buscar epifanías menos manidas que anunciarnos.

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