El día del relato

Estuve allí y estoy encantado de ver repetida la foto del balcón, esa estampa de la que no recuerdo ni la pancarta.

Treinta y cinco expresiones. | Honoré Daumier

Treinta y cinco expresiones. | Honoré Daumier

Ahora que me lo están contando otros desde la liturgia de una supuesta contrahegemonía (hay que apuntarse al carro léxico) y desde una posición más objetiva (al menos por la distancia) que la mía, me hace gracia haber estado en el evento, aunque puede que asistiera, como el repulsivo genial Ferdinand Bardamu a la escaramuza, desde detrás de un árbol.

Entonces no lo parecía, pero, desde el ahora, es una época confusa y alegre. Ya saben: los 70. Podría decir lo mismo de cualquier otra década y todos asentirían de la misma manera. Hay clichés cuya fuerza asertiva desarma las prevenciones; en eso se basa la política actual cuando no usa la violencia o el chantaje. Digo esto para darles a los lectores ya aburridos en el segundo párrafo la oportunidad de entender que este artículo está escrito con grandes dosis de maldad. Maldad histórica, por cierto, sea eso lo que sea.

El caso es que creo recordar que aquel día de agosto de 1977 acudí, como otros muchos futuros cántabros (entonces no lo éramos oficialmente), a Cabezón de la Sal, impulsado porque alguien me había dicho “coño, vamos” y por algunos deseos poco articulados que me obligo a enumerar siquiera en parte para dejar claras (?) su diversidad y su incoherencia. La diversidad y la incoherencia pueden ser conflictivas, pero son el único patrimonio veraz de los no pudientes ni poderosos; la riqueza y el poder tienen identidades férreas. Me llevaron allí la autonomía, la regionalidad (unos pocos, creo que más que ahora, hablaban de nacionalidad), el federalismo de Proudhon y Pi i Margall, las ganas de bronca, la búsqueda de relaciones interpersonales (por si acaso ligaba), varias sustancias legales, alegales e ilegales, el lenguaje, la poesía, la prosa, el cosmos y, por supuesto, la gran pregunta sobre el sentido de la vida, el universo y todo lo demás (Douglas Adams tardaría un par de años en dar la respuesta: “42”). El aburrimiento del final del bachillerato también estaba muy presente. Y el calor, a pesar de que aquel fue uno de los veranos más fríos del siglo XX.

Y ahora no paran de relatarme aquel día y estoy encantado de ver repetida la foto del balcón, esa estampa de la que no recuerdo ni la pancarta. Creo que, mientras se desarrollaba el acto, yo estaba hacia atrás, y puede que a la vuelta de cualquier esquina, rodeado de gente que saltaba imitando la baila de Ibio y gritaba libertad estatuto de autonomía, Cabuérniga libre, Valderredible (siempre tan al sur) comunista y/o libertario, la ciudad de Torrelavega saluda al pueblo de Santander… (No sé si insertar aquí una indicación sobre la invertebración que señalaban las consignas…; bueno, ya lo he hecho).

Los gritos de nuestra sincera cantabricidad tapaban los discursos de la imagen histórica que enarbolaba un alcalde homologado por el franquismo transicional, a cuyo lado se arracimaba todo el espectro, desde el maoísmo a la socialdemocracia, pasando por el regionalismo hoy hegemónico (cómo me gusta esa palabra), y todos consagraron en torno al hecho diferencial la apariencia de una verdad amable para rupturistas y reformistas.

Recuerdo una tienda de campaña en la que nadie durmió, un grupo de espiritistas que lo tenía todo muy claro y localizado, medio aquelarre sin sapos alrededor de un caldero de orujo. Quizá comimos un cocido. Sin embargo, algunos de los que compartimos viaje al acontecimiento coincidimos hoy en afirmar que aquel día no nos colocamos lo suficiente en ningún sentido.

Hemos tardado mucho en descubrir las fronteras del pasado y la evidencia de los espacios limítrofes. En aquel evento se pedía un concierto económico similar al vasco o al navarro. Pongan por ahí unas admiraciones, que a mí me da la risa. Hoy, reconocidas las compuertas de la competencia, el presidente entra en campaña en el oriente aliado con los herederos de los que primero negaron y luego otorgaron generosamente la autonomía para Cantabria, las atracciones más exitosas siguen siendo las creadas por un político inhabilitado junto a todo su gobierno por corrupción (fuimos pioneros en ello), se insiste en fracasar en superpuertos de recreo y jubileos y la capital intenta disimularse como postal de postvanguardia mientras la población huye.

A todos los emotivos de entonces y ahora les dedico una frase de Sartre: “Llamaremos emoción a una caída brusca de la conciencia en lo mágico”.

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Lindes

Las lindes difusas provocan controversias. Es absurdo borrar los límites si se mantiene la propiedad, se glorifica la competencia y se segrega a los excluidos por las finanzas.

Paisaje con robles y un cazador (1811). Caspar David Friedrich.

Paisaje con robles y un cazador (1811). Caspar David Friedrich.

Son cosas que se cuentan y que probablemente sean invenciones porque parecen demasiado ciertas y universales.

Pongamos nombres a las variables y dejarán de serlo. Pero sólo a las inmediatas. X será Nel y sus variantes, e Y será Gario; Z se incorpora en Plácido y, aunque es casi el personaje principal, apenas se muestra a contraluz, como un blanco perfecto, pero evasivo.

Por espacio tomemos el agro montañés bastante deforestado y de bárcenas suaves tranquilizadas por la cercanía de las primeras marismas. Paisaje enturbiado por individuos que deben ser filmados en planos muy largos para poder relacionarlos entre sí. Incluso los rituales de comunicación más próximos y familiares tienen largas distancias de pensamiento, como si sobre cada frase pesaran un montón de dudas antes de ser emitidas. Los ríos enseguida se abren en rías de aguas pantanosas.

La historia que nos ocupa como un cuerpo expedicionario aflora cuando una mujer mayor, anónima como muchas, señala el vallado de cuento del campo de juegos infantiles que están construyendo y advierte:

-La de cosas que se hubieran evitado si hubiéramos puesto vallas.

Algunos teóricos de las bondades bucólicas han llegado a tachar de criminales a los empeñados en cercar, pero esa mujer sabe lo que maldice.

Menos mal que Nelón sabía cómo interceptar a Gario en medio de la cambera y asegurar de un vuelo el percutor de la escopeta. Lo aprendió de crío. No le enseñó nadie.

Las lindes difusas provocan controversias. Es absurdo borrar los límites si se mantiene la propiedad, se glorifica la competencia y se segrega a los excluidos por las finanzas. A estas alturas, cuando preguntarse si el colectivismo en cualquiera de sus formas es una opción válida resulta risible, la propiedad privada, la distribución de la riqueza, su acumulación, todas esas cosas regulan la razón del simio ebrio que acuña sinfronterismo de conveniencia en el ordenador trucado que le dio un politólogo como míster Johnson -decía Nicolás Guillén- le regaló al soldado boliviano un fusil para matar a su hermano.

Nel, que parecía un replicante bueno, estuvo como dos lustros desarmando a Gario cada jueves, al mediodía, que era cuando Plácido, rastrillo al hombro, se dejaba ver sobre la loma pelada. Lo primero que asomaba era el madero dentado, luego la boina, el rostro algo adormecido, las manos, el cuerpo, y entonces el emboscado desde la rodada del camino cicatriz, medio mezclado con la maleza mediana, se descolgaba la beretta de dos cañones y dos gatillos, como si hubiera aparecido una liebre por sorpresa y aquello no fuera un ritual primario, y apuntaba al bulto. Y entonces Nelón, que para el tirador era Neluco, salía del bardal inmediato algo aburrido, sujetaba el arma sin encontrar resistencia, pulsaba la palanca, abatía los cañones y tiraba los cartuchos al suelo. El viejo no decía nada. Se colgaba el arma del antebrazo y hacía ademán de seguir el camino, aunque el otro siempre hacía un comentario.

-Usted no quiere matarlo. Estoy seguro.

-¿Cómo lo sabes, si nunca me dejas decidirlo…?

A veces, el pacificador informaba a la esposa anónima de Gario, y ella decía:

-Su abuelo y el mío siempre avisaban que tarde o temprano habría que poner cercos, morios, lo que fuera más quieto que los jitos o las varas o los regatos.

Se resignaba menos que los hijos, que tenían otras respuestas:

-Son cosas de padre.

Alguna bastante desagradable:

-Lo que no sé es qué pintas tú en esto, que no eres de la familia.

-De la familia, no. Pero soy del pueblo.

Están poniendo vallas bajas, de tablas barnizadas, para deslindar el nuevo espacio de ocio.

Vi una vez a un tipo enarbolar un dalle para advertirle a un vecino fronterizo que el regato que marcaba la linde podía variar según las estaciones, pero la propiedad era inmutable e independiente de cómo se adquirió. Hasta las fincas comunales acaban a veces en la historia trágico-rural (los portugueses redactaron la Historia Trágico-Marítima para hacer recuento de naufragios), como cuando un concejo ordenó sacar un carro de un solar común a un vecino que no cabía ni en un panorama circular a vista de dron, fue por la escopeta, se subió a las montañas de la locura (donde los oligopolios no dejan ver las lindes) y no supo bajar.

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Torca

El otro día, varias decenas de migrantes intentaron saltar de un abismo a otro mejor a través del puerto de Santander.

Control | RPLl

Control| RPLl

No me acuerdo en donde (eran tiempos de geografía confusa) vi una vez una torca enorme, rodeada de un embudo de verde ralo como el de un campo de golf, con algunas piedras blancas de advertencia y el gran agujero mal tapado por el esqueleto de un árbol de ramas afiladas que a primera vista parecía una osamenta de  ballena o, mejor, la cabeza descolorida de un cabracho gigante con la boca abierta hacia el cielo.

-Cantabria es infinita -dijo alguien que creía en lo profundo. Paul Valery (“lo más profundo que tenemos es la piel”) hubiera sido excomulgado de inmediato. La superficie ya es bastante complicada. Mejor no hablar de lo de debajo. Entre los huesos del árbol se veía la amenaza de un vacío repleto.

-Estará lleno de un millón de cosas; seguro que hay cadáveres de todos los tiempos -dijo un testigo aún más incómodo.

¿Era una entrada o una salida? Alguien no perdió la oportunidad de mencionar la puerta del infierno, pero ya casi todo el mundo cree en la pluralidad de universos materiales y las supercuerdas anudadas con risas de The Big Bang Theory. Las geofanías (si existen epifanía, teofanía, hierofanía, ¿por qué no esto?) son también fábricas de relatos, y un infundíbulo sugiere penetración, expulsión, esfínteres y chistes.

Si embargo, los alrededores de la torca formaban una comarca un poco rara que me dejó (eran tiempos de empeño en no recoger muchos) recuerdos dispares pintados de futuro. La mar no estaba cerca ni lejos. Un vacío puede ocultar otro. Ningún agujero es del todo negro.

El otro día, varias decenas de migrantes intentaron saltar de un abismo a otro mejor a través del puerto de Santander. En Bilbao están pensando hacer un muro para impedir los embarques clandestinos. Espero que no sea una alambrada de cuchillas. Lo esperamos todos, creo, pero intuyo que una mayoría cree que no queda otro remedio.

Quizá sólo en eso nos estamos acercando a los grandes puertos de Europa. Hace no mucho, ante la inmensidad del puerto de El Havre -donde la luz del norte puso la firma del falso amanecer de Monet y el vacío es más gris que en este norte del sur- veíamos pasar barcos gigantes con contenedores de frutas tropicales y quizá con polizones pasmados de frío. Teníamos reciente la película de Aki Kaurismäki que lleva el título de esa ciudad de edificios extraños atrapada entre lo balneario y lo portuario. La historia que cuenta el finlandés no va sólo de inmigrantes, sino sobre todo de la gente que está harta de que tapen las fisuras los más débiles, y también de los que juegan a descargar en ellos las frustraciones de su ordenada vida. Aquéllos intentan no deprimirse demasiado mientras éstos vigilan hipócritas sus conciencias, las vibraciones del subsuelo, los movimientos de la noche, los ferrocarriles imaginarios subterráneos como los que liberaban esclavos en épocas que ahora hacen literatura pero parecen no hacer historia: si la hicieran, serían más difíciles las repeticiones. Es más fácil y barato, por supuesto, poner un erizo de alambre sobre el precipicio deseado.

Dicen que el sistema cavernario del cantábrico es enorme y complejo, pero lo más profundo del mundo son los mapas y no hay manera de saber qué alcances, entradas y salidas tienen los movimientos de los que fueron bautizados como irregulares cuando empezaron a desbordar los continentes.

-Hay algo ahí abajo -murmuró alguien ante la torca cuando comenzaba a anochecer-. Será mejor volver a casa.

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Realismo sucio

Mierda era la espuma antioceánica, la cúpula fétida que soltaban los de los neumáticos y los vertidos al río del matadero de pollos.

Fotografía de Jack Delano

Mientras las iglesias de las siembras culturales organizan liturgias resistentes pero subvencionadas (encajando feligreses en la floritura de las clases creativas de Richard Florida: busquen en internet que ahora no tengo sitio ni humor para tanto), a uno le entran ganas de atropar boñiga invisible.

El caso es que la fábrica de cloro de Solvay se ve obligada a cerrar (40 trabajadores perderán su empleo) por no renunciar a tiempo al mercurio, y eso pide realismo sucio.

El otro día vi en un pueblo con colegiata a un paisano echando pestes de las cabras enanas. Juraría que junto al camino donde se quejaba había antes un maizal, pero los de ciudad, por muchas torcas que hayamos aprendido a sortear de visita, no solemos fijarnos en esas cosas. Aprovecho estas líneas para saludar al pueblo de Santander.

Por lo oído, la tendencia a poseer animales de juguete y la necesidad de cortar el césped de los jardines han puesto de moda a los que algunos califican de pequeños demonios malolientes, cuyos machos, además, con total desprecio por la importancia del tamaño, se mean sin decoro en sus propias barbas. “Resulta -dice el indignado- que los pijos que se compraban la casa en el pueblo y se quejaban de que olía a estiércol, ahora traen esa mierda”. “No dejan de ser cabras -comenta en un foro de mascotas un tipo al que rompieron la verja- y son unas cabronas”.

La gente de los pueblos distingue, con razón, entre la mierda y la boñiga. Pero los que sabemos de eso somos los que nos hemos criado en la conjunción entre Solvay, Sniace, General (Firestone, Bidgestone), RCA de Minas y un etcétera de talleres y laboratorios subsidiarios, y el laberinto de las pequeñas ganaderías familiares; los que, gracias a la gran mixtura desarrollista (boñiga, cloro, caucho, zinc, sosa cáustica, desguaces con motores incendiados en las islas entre carreteras) que se resume en “Mariuca, yo, a la fábrica, y tú y los críos, a las vacas”, enloquecimos -y a mucha honra- entre la bosta y el incienso industrial.

Mierda era la espuma antioceánica de las playas, la cúpula fétida que soltaban los de los neumáticos a horas fijas y los vertidos al río del matadero de pollos que obligaban a cortar el agua cada poco.

Si añadimos a eso actividades como la caza de renacuajos (sin duda mutantes) en charcas rodeadas de basureros -que además proporcionaban abundante material para armas y equipamientos tóxicos de diversa índole- y talleres improvisados por la atracción irresistible de los ralis (los gallos de las escuderías sembraban el suelo de gasofa, aceite y condones usados), tenemos el paisaje postapocalíptico sin guerra previa. Bueno, mejor dicho, la guerra ya era muy previa y había traido otras cosas que aún no se han abandonado.

Por pura autodefensa preferimos pensar que somos casi accidentes de laboratorio y que nuestra literatura no está encerrada en las ñoñerías hipsters de la clase creativa postindustrial, posfordista o como se llame eso. Más bien, imitando al antihéroe de ‘Watchmen’, avisamos de que son ellos los que están encerrados con nosotros, por contra-contrahegemónico que parezca.

Parece que esas cosas no tienen sitio en los relatos del Gran Relato Comúnmente Asumido si no van desprovistas en todos los sentidos de las poluciones que, por otra parte, ya quedaron atrapadas en los extrarradios de Martín Santos, Aldecoa o Grosso, pintadas en un maravilloso castellano cervantino cuando el lenguaje cervantino ya no era el del pueblo, pero todavía no había sido sometido por la jerigonza de los sociólogos líricos.

Gran pequeña región metanizadora con vocación industrial, minera y portuaria importada, fue empezar a escasear la boñiga en los prados de Cantabria y empezar a bajar la industria. O viceversa: las instrucciones venían del mismo sitio. Empezaron a faltar las bañeras-pilón de los prados y empezaron a apagarse las centellas de placer fusor.

Los que hemos crecido en esos parajes tenemos en el imaginario a los pagadores de bigotes blancos y trajes y coches negros con la guardia civil escoltando la nómina mientras los obreros esperaban liando ideales apoyados en las bicicletas, y siempre sospechamos que las gruesas chimeneas belgas no levantaban sólo cortinas de vapor de agua.

Por cierto, tengo cierta querencia por Bélgica, país de gran densidad ferroviaria. Hay llanuras llenas de vacas frisonas que miran al tren como es su obligación y a veces se ven casas de ladrillos como las de Solvay. Pese a ello, cuando visito Bruselas, me siento tentado a pensar que sería mejor que sus oficinistas tuvieran la culpa de todo este sucio juego.

Pero ahora la sección clorada es de una multinacional portuguesa (hasta en eso han sido listos los estereotipos de Tintín y Magritte) y la UE prohibió en 2013 utilizar mercurio en la producción de cloro y dio un plazo de cuatro años a las empresas afectadas para cambiar la tecnología. Y los responsables de aquí y de allí ni siquiera compraron cabras enanas de mierda renovadora para liquidar el exceso de verde.

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Kipple

Roy Baty nunca estuvo en la puerta de Tanhauser. Apenas tenía un pasado gris de esclavo.

Pastor durmiendo (1924) | Alexey Venetsianov.

Pastor durmiendo (1924) | Alexey Venetsianov.

Tuiteé “¿Sueña Zuloaga con consejeros eléctricos?” y alguien lo tomó por el título de uno de estos artículos, error que, tras varias dudas, estuvo a punto de convertirse en acierto, pero se quedó en una instancia incumplida en cuanto el joven secretario general “retiró” a los cargos rivales.

Lo bueno de los tuits es que son tan grandes como su título. Son perfectos como los mapas a escala 1:1 o los laberintos-desiertos: a veces creo que la culpa de toda la postmodernidad la tiene Jorge Luis Borges. Pero el poder evocador de esa burda paráfrasis sobre la probable ansia de ser de un político (algunos banalizadores hablan del gremlim malo en cuanto ven un mechón blanco) es quizá mucho más grande de lo que merece la actualidad.

Hay que ver qué fuerza tiene la novela de Philip K. Dick y de qué manera una gran película le quitó la mayor parte del sentido. A saber: el mercerismo, los corderos eléctricos, las máquinas u órganos de ánimo, la telebasura y casi hasta la naturaleza de los androides, a los que bautizó replicantes para hacerlos menos diferentes de los humanos, acaso por miedo a lo que pudiera adquirir la tabla rasa de la máquina hecha desde cero o, dicho de otro modo, a su zafio y patético aprendizaje de niños grandes y huérfanos. (Se rumorea que en la Universidad de Georgia han desconectado a dos robots por comunicarse sin control humano en un idioma creado por ellos. Eran un encargo de Facebook).

Y el cine también minimizó el concepto de kipple, palabra inventada cuya traducción es controvertida. Se debate sobre ‘morralla’, ‘basugre’ o dejar el anglicismo; me apunto a la tercera opción para no empobrecer el término.

Kipple son los objetos inútiles, como el correo basura o las cajas de cerillas una vez gastadas todas o el envoltorio del chicle o el periódico de ayer. Cuando nadie está cerca, el kipple se reproduce. Por ejemplo, si te vas a dormir dejándo kipple por la casa, cuando te despiertes, habrá el doble”. Gracias a esa labor sin testigos, “el universo entero se mueve hacia un estado de absoluta kippleización.”

Por muy bien elaborada que esté y muchas lágrimas que disuelva en la lluvia el film, la maldita verdad, o lo que de ella se atisba, está del lado de Dick. Roy Baty nunca estuvo en la puerta de Tanhauser. Apenas tenía un pasado gris de esclavo. Parece que regentó una farmacia en Marte con su inesperada legítima esposa después de matar a sus amos y hacerse pasar por humano, pero era tan torpe que lo descubrieron y huyó a la Tierra, un planeta apestado del que todos querían largarse.

El acto más humano (por inexplicable) que se le conoce es un grito fuera de campo. Quizá sea eso -tan cinematográfico, para gloria del escritor- lo único que le hace digno de compasión después de verlo torturar a la que quizá era la última araña de la historia.

Nunca hubo peligro de que acabara en un tejado abrazado a una paloma y perdonando a su frustrado liquidador. Eso no ocurrió. La película cuenta un discurso apócrifo improvisado durante un largo e innecesario encuentro que no se produjo.

Y el mayor problema de Deckard (empleado de un servico de retirada de androides defectuosos aferrado a las intermitencias de la empatía del test delator de Voigt-Kampff) no era el desconocimiento de su propio origen: eso apenas era una sombra junto al deseo de conseguir una oveja de verdad y apartar a su esposa de una religión capaz de persistir después de hacerse notorio que el cielo era de papel pintado.

Los expertos en fabricar entidades sin memoria e impedir que la adquieran y dejen de ser rentables siguen impunes y activos, por supuesto, ya sean la Rosen Corporation o Chiquita Brands (antes United Fruit). Otros modelos actuales pueden también soñarlo todo de nuevo por nosotros (diría Dick) sin que deje de ser más de lo mismo.

En esencia, creo que lo que más importa en “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” son esas cosas hechas verbo como el amor que no necesita ser proclamado, el llanto por una araña de un filósofo lumpen que lucha contra la orfandad en un rascacielos deshabitado, la injusticia del trabajo y la lentitud del personaje introductor: la tortuga talismán de las Islas Tonga, que sólo aparece como noticia de un tiempo real.

Todo lo demás es kipple. Y no sólo en la ficción.

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Tradiciones de reemplazo

Cambiar a la gata negra por un humano tendría su gracia y no sería raro. Muchas tradiciones sobreviven gracias a la autoparodia.

Jóvenes haciendo pelear a dos gallos (1846). Jean-Léon Gérôme.

Jóvenes haciendo pelear a dos gallos (1846). Jean-Léon Gérôme.

Piden que la gata de Carasa sea un ser humano disfrazado. Olvidan que eso sería abolir a la vez el azar y su negación, la superstición. Sobre el azar, debo advertir que un poema de Mallarmé niega la posibilidad de anularlo incluso cuando la tirada de dados se realice en circunstancias tan extraordinarias como el fondo de un naufragio. Sobre la superstición que hace que un felino en fuga desvele lo que ya está escrito en el tosco libro del destino, prefiero remitirme a la llamada a una razón sin sacerdocios que grita a cada paso el universo.

No sé si la gata negra utilizada para adivinar si la cosecha será buena sufre más que los animales obligados a vivir en compañía de humanos por el simple placer de éstos, como si no fuera bastante desgracia servirnos de comida. Oí a un educador de perros decir que algunos no saben que son perros (hasta entonces yo pensaba que ninguno lo sabía) porque viven en ciudades sin compañía canina y marcando territorio en ruedas de automóviles que desparecen como lindes de especuladores.

Tampoco sé si las predicciones del felino negro (todo un tópico: qué pocos elementos contienen estas cosas; y eso que marcan diferencias identitarias…) se cumplen más allá de la estadística o son tan falsas como el sentido común. Supongo que, siguiendo el método pseudocientífico, las afirmaciones se ratifican a posteriori con gran júbilo de sus feligreses.

El mal trato a los animales no tiene por qué ser deliberado. Recordemos a Louis Aragon: la humanidad quiere abrazar su felicidad con tanta fuerza que la destroza. El otro día, una multitud asfixió a una cría de delfín varada en una playa porque quería acariarla. Quizá hubiera preferido ser víctima de una campaña atunera. Siempre nos enseñaron que esos bichos tan inteligentes y sensibles saludan a los navegantes, saltan para pasar por aros y se ríen como personas. Es decir, están ahí para ser juguetes diseñados a nuestra imagen y semejanza, igual que dibujos animados. Por eso los agobiamos hasta matarlos. En realidad, participan del mito de la belleza demasiado pura: si se la toca, se apaga como una luciérnaga o se disuelve como un diente de león bajo un aliento excesivamente excitado.

Los bañistas hicieron cientos de fotos. Imagino que la mayoría las habrán borrado. No querrán recordar el día que se cargaron al delfín. En otros tiempos, ni las hubieran revelado. Ahora es más fácil -en todos los sentidos- borrar una tarjeta de memoria con miles de imágenes que antes quemar un solo negativo.

Cambiar a la gata negra por un humano tendría su gracia y no sería raro. Muchas tradiciones sobreviven gracias a la autoparodia sin ironía. El rito de marzo por el que los machos ya apareados autorizaban a otros machos a conquistar a las hembras de la aldea (la terminología militar no es casual) se convirtió en un festejo para todos los públicos en el que incluso participan mujeres, y se ha olvidado la naturaleza patriarcal y depredadora del mito. Dicen que aun así se mantienen el recuerdo del origen y la identidad, pero, una vez vaciadas ambas cosas de lo que no nos gusta recordar, me parece una falacia.

Hay una tradición en un pueblo extremeño que, según algunos, representa el apaleamiento de un judío o un hereje. Ahora, el apaleado es un muñeco, pero el burro que lo transporta es de verdad y a veces también se lleva lo suyo. Quizá con el tiempo lo cambien por un robot, y ya se verá qué ocurre cuando se produzca la singularidad tecnológica, es decir, las máquinas se vuelvan autoprogramables y autoconscientes, y se dicten leyes al respecto. No se rían: la explosión de inteligencia es inminente, aunque será más sutil que en Terminator. Con las máquinas ni siquiera tendremos la excusa de la tradición, y para los juegos habrá que negociar reglas justas.

A veces, las adaptaciones propuestas resultan exasperantes y muestran la debilidad del presunto pensamiento crítico. Por ejemplo, la eliminación en la tauromaquia de la muerte de los toros, pero no de la tortura. Volviendo a la alternativa tecnológica, un cibertoro de programación no amañada podría, sin duda, igualar mucho las cosas.

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Construcciones y constricciones

La gran constricción de los constructores son las leyes de la física, el empecinamiento newtoniano de las cosas en caer. Aducir ilusiones es de mal gusto cuando la gente pierde sus hogares.

Lovis Corinth. Edificio en construcción en Montecarlo. 1914.

Lovis Corinth | Edificio en construcción en Montecarlo. 1914.

Los magos de la literatura potencial que suelen juntarse desde hace décadas en el OuLiPo entienden que las constricciones son tan liberadoras como las paradojas, así que la idea ya viene avalada por las falsas apariencias. También son expertos en autorreferencias y plagios por anticipación, la mayoría provocados por la necesidad de dejarse tentar por lo lúdico para no enloquecer de adustas trascendencias, pero muchas veces además para esquivar los tópicos asentados o reescribir los viejos cuando los nuevos se vuelven aburridos. Sin las obligaciones de la cuaderna vía, la poesía no habría alcanzado nunca el verso libre, ni éste sabría repisar huellas de ritmos clásicos.

Otras constricciones a la creación, como las de los dineros y rituales de obispos, emperadores y banqueros, han cambiado poco, pese a que los artistas suelen proclamar su libertad a los cuatro vientos, ya que en su mayoría son gentes simpáticas que gustan de provocar hilaridad en las tertulias. No sé si esto compensa mis citas a Platón y Duchamp en un artículo anterior. Me parece que no. El caso es que voy a hablar de constructores, que comparten con los creadores de todo tipo el origen artesano, la pasión por llenar el mundo de objetos y puede que, en muchos casos, el ánimo de lucro fácil. (Me doy cuenta de que este texto tiene un recorrido lateral, de cangrejo violinista, y me alegro, porque creo que ese bicho siempre llega a donde pretende).

Una vez establecido que las restricciones forman parte del acto de creación y lo determinan (ya saben: aquello del medio y el mensaje), el problema se reduce a compaginarlas con la lógica (el objetivo debe ser comprendido y aceptado por un mínimo de pagadores) y con el empecinamiento newtoniano de las cosas en caer. La gran constricción de los constructores son las leyes de la física. Aducir ilusiones resulta de mal gusto cuando la gente pierde sus hogares.

Supongamos, mientras esperamos que se haga justicia, que un empresario se impone a sí mismo la tarea de gastar un par de cientos de miles de euros en transformar un local en un lugar agradable, un ‘locus amoenus’ (el latín mola, pero creo que los antiguos preferían encontrar el lugar ya hecho; en Arcadia, por ejemplo), y para ello estima que las ventanas y los muros se adaptarán a sus deseos. Puede que alguien le aconseje no hacerlo así, pero encuentro muy probable que nadie se atreva o que simplemente él no haga caso, porque quizá esté acostumbrado a tener licencia rápida para todo y alguien le ha adoctrinado convenientemente con los versículos de la mano invisible.

Los liberales de nuestro tiempo son grandes predicadores; los gurús le habrán explicado a nuestro hombre (podría haber sido mujer, pero ha sido imaginado como hombre) que, cuando una persona como él se pone en marcha, la providencia se moviliza a su favor. Esta idea, medio robada a Goethe, debe de ser una de las más repetidas desde que existen el coaching y la inteligencia emocional (convertir la emoción en adjetivo de un supuesto debería estar penado), pero es cierto que a veces la providencia de los intereses y relaciones se moviliza, los trámites se agilizan, se saltan denuncias, se cambian licencias, enmudecen los técnicos que deberían decir esto no puede ser, y todo se pone al servicio de un impulso superior.

Entran las excavadoras para dar forma al paraíso y se derrumba el edificio. Varias familias pierden sus hogares. Un hogar es mucho más que una casa o un negocio, pero sufre las consecuencias de la purísima satisfacción del principio de propiedad autorregulada sin constricciones, exigencia del mercado basada en el dogma de que al creador-constructor siempre hay que ponérselo fácil. No estoy de acuerdo: hay que ponérselo difícil; obligarlo a aplicar la ética y la inteligencia o, si no las tiene, a pedirlas prestadas a alto interés.

Quizá haya que acuñar, a modo de preverdad, el término “emprender al descuido” como acción y efecto de construir sin trabas. Gracias a las teorías liberales de la libertad económica (las otras libertades no son imprescindibles, como demostró la Escuela de Chicago en el Chile de Pinochet), las burbujas revientan o implotan porque, en medio denso, sólo contienen aire y, en medio débil, sólo las contiene el aire. Pero, por mucho que se adornen las obras, las constricciones no son sólo funciones de un juego estético, sino constantes que hay que respetar para evitar accidentes. Los que quieran hacer obras, que se lo trabajen como Miguel Ángel trabajó para quitarle al David el mármol que le sobraba.

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