Kipple

Roy Baty nunca estuvo en la puerta de Tanhauser. Apenas tenía un pasado gris de esclavo.

Pastor durmiendo (1924) | Alexey Venetsianov.

Pastor durmiendo (1924) | Alexey Venetsianov.

Tuiteé “¿Sueña Zuloaga con consejeros eléctricos?” y alguien lo tomó por el título de uno de estos artículos, error que, tras varias dudas, estuvo a punto de convertirse en acierto, pero se quedó en una instancia incumplida en cuanto el joven secretario general “retiró” a los cargos rivales.

Lo bueno de los tuits es que son tan grandes como su título. Son perfectos como los mapas a escala 1:1 o los laberintos-desiertos: a veces creo que la culpa de toda la postmodernidad la tiene Jorge Luis Borges. Pero el poder evocador de esa burda paráfrasis sobre la probable ansia de ser de un político (algunos banalizadores hablan del gremlim malo en cuanto ven un mechón blanco) es quizá mucho más grande de lo que merece la actualidad.

Hay que ver qué fuerza tiene la novela de Philip K. Dick y de qué manera una gran película le quitó la mayor parte del sentido. A saber: el mercerismo, los corderos eléctricos, las máquinas u órganos de ánimo, la telebasura y casi hasta la naturaleza de los androides, a los que bautizó replicantes para hacerlos menos diferentes de los humanos, acaso por miedo a lo que pudiera adquirir la tabla rasa de la máquina hecha desde cero o, dicho de otro modo, a su zafio y patético aprendizaje de niños grandes y huérfanos. (Se rumorea que en la Universidad de Georgia han desconectado a dos robots por comunicarse sin control humano en un idioma creado por ellos. Eran un encargo de Facebook).

Y el cine también minimizó el concepto de kipple, palabra inventada cuya traducción es controvertida. Se debate sobre ‘morralla’, ‘basugre’ o dejar el anglicismo; me apunto a la tercera opción para no empobrecer el término.

Kipple son los objetos inútiles, como el correo basura o las cajas de cerillas una vez gastadas todas o el envoltorio del chicle o el periódico de ayer. Cuando nadie está cerca, el kipple se reproduce. Por ejemplo, si te vas a dormir dejándo kipple por la casa, cuando te despiertes, habrá el doble”. Gracias a esa labor sin testigos, “el universo entero se mueve hacia un estado de absoluta kippleización.”

Por muy bien elaborada que esté y muchas lágrimas que disuelva en la lluvia el film, la maldita verdad, o lo que de ella se atisba, está del lado de Dick. Roy Baty nunca estuvo en la puerta de Tanhauser. Apenas tenía un pasado gris de esclavo. Parece que regentó una farmacia en Marte con su inesperada legítima esposa después de matar a sus amos y hacerse pasar por humano, pero era tan torpe que lo descubrieron y huyó a la Tierra, un planeta apestado del que todos querían largarse.

El acto más humano (por inexplicable) que se le conoce es un grito fuera de campo. Quizá sea eso -tan cinematográfico, para gloria del escritor- lo único que le hace digno de compasión después de verlo torturar a la que quizá era la última araña de la historia.

Nunca hubo peligro de que acabara en un tejado abrazado a una paloma y perdonando a su frustrado liquidador. Eso no ocurrió. La película cuenta un discurso apócrifo improvisado durante un largo e innecesario encuentro que no se produjo.

Y el mayor problema de Deckard (empleado de un servico de retirada de androides defectuosos aferrado a las intermitencias de la empatía del test delator de Voigt-Kampff) no era el desconocimiento de su propio origen: eso apenas era una sombra junto al deseo de conseguir una oveja de verdad y apartar a su esposa de una religión capaz de persistir después de hacerse notorio que el cielo era de papel pintado.

Los expertos en fabricar entidades sin memoria e impedir que la adquieran y dejen de ser rentables siguen impunes y activos, por supuesto, ya sean la Rosen Corporation o Chiquita Brands (antes United Fruit). Otros modelos actuales pueden también soñarlo todo de nuevo por nosotros (diría Dick) sin que deje de ser más de lo mismo.

En esencia, creo que lo que más importa en “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” son esas cosas hechas verbo como el amor que no necesita ser proclamado, el llanto por una araña de un filósofo lumpen que lucha contra la orfandad en un rascacielos deshabitado, la injusticia del trabajo y la lentitud del personaje introductor: la tortuga talismán de las Islas Tonga, que sólo aparece como noticia de un tiempo real.

Todo lo demás es kipple. Y no sólo en la ficción.

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Un viajero singular

(Esto va de libros baratos que se deshacen en el bolsillo. En un tiempo fueron hegemónicos. Ahora se arrastran ladrillos por las playas.)

Imagino a Thomas Cole con el libro que protagoniza asomando por uno de los bolsillos del mono barato de mecánico que viste en la portada y por el cual asoma el mismo libro como si fuera a tener problemas para salir del abismo. Un libro pulp, por supuesto, de tapas blandas, las esquinas dobladas, descosido, cuarteado, como el ejemplar que leí en la adolescencia de Guerra con Centauro, selección de la Editorial Cénit de historias de Philip K. Dick donde se incluía, entre otras más renombradas, El hombre variable (1953)[1].
El hombre variable

No soy dado a edificar cultos, que siempre falsifican, pero ese humilde relato ha venido a ser para mí una de esas referencias que surgen cíclicamente y con variadas excusas, sobre todo las de las puras diversión y extrapolación, y seguramente más por azar que por necesidad.

La narración presenta en acciones paralelas a unos personajes que se pasean por el borde del Apocalipsis en un paisaje de bosques bombardeados, montañas que ocultan laboratorios, despachos de altos funcionarios y suburbios residenciales que parecen haber evolucionado por la vía militar a partir de aquel donde John Cheever situó a su nadador loco.

El escenario galáctico es de guerras coloniales. Los puntos centrales, sin embargo, los ocupan un viajero involuntario en el tiempo y un sistema de predicción de eventos.

Siempre me ha parecido que la máquina del tiempo es el instrumento más torpemente usado de la ciencia ficción, gracias a lo cual genera un montón de recursos narrativos. Dick presenta aquí una que funciona con la brutalidad de una pala excavadora. Una vez más, ese artilugio tan difícil de explicar es el más tosco; sólo sirve para hacer prospecciones y, por accidente, arrastra al futuro al tal Cole, con su carreta y su caballo, obviando sutilezas, paradojas y conjeturas aguafiestas como la de Novíkov, con sus bolas de billar a medio desviar y sus agujeros de gusano[2].

(No voy a destapar la intriga ni a tratar de profundizar en el asunto del tiempo. En mi opinión, la definición más exacta la dio Cortázar: el tiempo es como un bicho que anda y anda. Gracias al querido bruselés, ese precipicio no necesita más pretextos.)

Cole recorría el pasado (1913, pero muy lejos de Davos) reparando cosas antes de tropezar con ese futuro y convertirse en el obrero de un seductor y subversivo extrañamiento.

A partir de ese accidente, Dick relaciona la probabilística usada como elemento de control social y la adaptación del ser humano a la técnica. La estadística predictiva tropieza con un individuo desubicado al que su primitivismo dota de cualidades excepcionales, y con ello se introduce una variable incontrolada y de valores muy difíciles de modificar en el cálculo mecánico, que se ha hecho indispensable para la toma de decisiones.

La presencia del lañador crononauta a su pesar altera el funcionamiento de las computadoras SRB, dispositivos de predicción que procesan millones de datos bajo tal cantidad de condiciones que se consideran infalibles. Se trata, claro está, de aparatos esenciales para el ejercicio del poder. Éste aparece como algo nebuloso, de naturaleza poco explícita, organizado en secciones rivales entre ellas, intrigantes, pero unidas por la cohesión del autoritarismo. La capacidad de la policía para detener a cualquiera y la premura con que los ciudadanos denuncian la presencia de un desconocido no dicen nada esperanzador sobre los derechos y libertades. El estado de sitio permanente hace innecesarios los rituales democráticos. Las estructuras de la sociedad, surgidas de anteriores guerras autóctonas y de los conflictos interestelares, son las de un mundo altamente tecnificado y con una producción de usar y tirar, consumista pese al bloqueo que pone en peligro la expansión colonial, dividido en jerarquías profesionales, políticas y militares desabridas, clasistas y competitivas. No sorprende, pues, que lo primero que se plantee sea la simple eliminación física del sujeto que da problemas.

Las fluctuaciones de las SRB determinan, pues, la actuación del poder. Al comienzo del relato, se trata de decidir cuál es el mejor momento para emprender una ofensiva contra el Imperio de Centauro, que asfixia la expansión (no cabe duda de que tan depredadora como la del enemigo) de la humanidad. El ataque puede suponer la victoria o la derrota definitivas. Las previsiones son favorables. Todo parece ir bien hasta que cae del cielo el dato disonante. El problema es que las predicciones no aportan soluciones ni explican las claves de los problemas. La masiva y continua recolección de datos procedentes de todos los planetas del Sistema no permite identificar cuáles son los más relevantes. Los contadores enloquecen con cordura mecánica hasta que los merodeos de Cole (un personaje entrañablemente estático y a la vez adaptable, perfecta personificación de una variable independiente) delatan su origen. Viene del margen de la historia tecnológica y, como dice el Comisario de Seguridad Reinhart, posee

cierto talento, ciertos conocimientos de mecánica. Genio, tal vez, para hacer algo semejante. Recuerde de qué época llega, Dixon: principios del siglo veinte. Antes de que empezaran las guerras. Fue un periodo único. Había vitalidad, ingenio. Fue una época de desarrollo y descubrimientos increíbles. Edison, Pasteur, Burbank, los hermanos Wright. Inventos y máquinas. La gente manejaba con inusitada habilidad las máquinas, como si poseyeran algún tipo de intuición… de la que nosotros carecemos.

La aparición del hombre de 1913, el año de otra preguerra, altera la paradójica tranquilidad de un mundo futuro en guerra fría contado desde cuarenta años después también (como otra vuelta al recurso del abismo) en guerra fría, esa que tantas ganas tenemos de echar de menos, ¿se acuerdan? La peculiaridad del personaje explica el peligro que lleva consigo y que las máquinas detectan. El tipo es capaz de arreglar cualquier cosa sin saber previamente cómo hacerlo. No sólo arregla: mejora. Por ejemplo, convierte un videotransmisor de juguete en un aparato de comunicación interestelar:

Sus dedos volaron, palpando, explorando, examinando, comprobando cables y relés. Investigaron el videotransmisor intersistémico. Descubrieron cómo funcionaba.
(…)
-Entonces me enseñó el videotransmisor. Me di cuenta en seguida de que era diferente. Como sabe, soy ingeniero electrónico. Lo había abierto una vez para colocar pilas nuevas. Conocía bastante bien sus
entresijos. (…) Comisionado, lo habían cambiado. Alambres removidos, los relés conectados de manera diferente, faltaban piezas, otras nuevas improvisadas en lugar de las viejas… Por fin descubrí lo que me hizo llamar a Seguridad. El videotransmisor… funcionaba de veras.
—¿Funcionaba?
—Verá, no era más que un juguete. Su alcance se limitaba a unas pocas manzanas, para que los niños pudieran llamarse desde sus casas; una especie de videófono portátil. Comisionado, probé el videotransmisor, apreté el botón de llamada y hablé en el micrófono. Yo… me comuniqué con una nave, una nave de guerra situada más allá de Próxima Centauro… a unos ocho años luz de aquí. La distancia máxima a la que operan nuestros videotransmisores. Entonces llamé a Seguridad, sin pensarlo dos veces.

Siguiendo con el lúcido representante del poder:

Nosotros no sabemos arreglar nada, nada de nada. Somos seres especializados. (…) La progresiva complejidad impide que ninguno de nosotros adquiera conocimientos fuera de nuestro campo personal… Me resulta imposible entender lo que está haciendo el hombre que trabaja a mi lado. Demasiados conocimientos acumulados en cada campo. Y demasiados campos. Este hombre es diferente. Lo arregla todo, hace de todo. No trabaja a partir del conocimiento, ni a partir de la preparación científica…, la acumulación de hechos clasificados. No sabe nada. No se trata de un proceso mental, una forma de aprendizaje. Trabaja guiado por la intuición… Su poder reside en sus manos, no en la cabeza. Es un factótum.

Seis décadas después, la superespecialización que tanto subvierte en el pasado futuro de la ficción el aparecido hombre primitivo está cerca (a menos de otros tantos decenios, según algunos prospectores humanos) de producir la singularidad tecnológica. Es decir, toma visos de realidad el momento en que una máquina o un sistema informático sea capaz de automejorarse, rediseñarse y replicarse. Se supone que será la consecuencia de la complejidad de programas cuyo entramado de algoritmos sólo podrá ser percibido en conjunto por otros programas: sólo otro sistema informático podrá trazar un plano detallado y total de todos los componentes globales y sus relaciones entre sí. Y los seres humanos actuarán (si no está ocurriendo ya) como piezas específicas al servicio de ese complejo sistema cuyas formas y funciones son incapaces de apreciar con una visión de conjunto porque, para entender el paisaje y dibujar el mapa completo, tendrían que alejarse tanto que se harían invisibles los detalles.

Thomas Cole es una representación (no sé si deliberada; creo que el alcance real de las visiones de Dick es un juego de cajas chinas, y con ello volvemos al trampantojo del abismo) del último humano capaz de dominar a las máquinas antes de que los ingenieros y programadores pierdan del todo la autonomía frente a sus obras.

Como no ha habido viajes en el tiempo (y es ciertamente sospechoso que no aparezca nadie del futuro) ni nuestras sondas han llegado a playas hostiles, podemos considerar poco probable la llegada del sujeto destructor. Lo más probable es que Cole siga su ruta en 1913 y no podrá despertar inquietudes sobre la especialización que desvíen el camino a la singularidad. Puede hacerlo desde la literatura, por supuesto, pero eso nunca ha cambiado las cosas.

Por ahora, al menos que se sepa, las máquinas tienen limitada la capacidad de reprogramarse sin ayuda (al menos sin un primer impulso) exterior, pero podemos introducir todas las variantes sugeridas por la ciencia ficción, desde las fórmulas más rigurosas hasta las que lo resuleven quemando un chip (aquí tengo que romper una lanza por Novíkov) y desde la idea más totalitaria de la mente colmena, el sueño de la interconexión absoluta, hasta la ilusión antropocentrista de considerar que las singularidades serán diversas y beligerantes entre sí. Las hipótesis sobre una inevitable y/o deseable transhumanidad (o, más simple aún, sin post- ni trans-, la sociedad de las máquinas no sería sino la humana bajo otra cobertura) o el ascenso de diversas corrientes de neoludismo (con llamadas urgentes al eterno retorno) son aspectos que se escapan a este artículo y a mi capacidad.

En todo caso, el mundo está envuelto en las guerras de siempre con los motivos de siempre: de clase, coloniales o -lo más frecuente- ambas cosas a la vez. Y ese es el factor que, en la época que sea, permanece invariable. Sabemos que a veces la humanidad mejora en los derechos elementales que parece definir para ignorar. Cuando lo hace, suele ocurrir porque sus aberraciones son insostenibles, y sucede con traumas, quebrando paradigmas y a empujones de gentes caídas desde los márgenes del foco mediático prospectivo.

Sospecho que este artículo ha llegado al punto en que cualquier lector sensato (no se ofendan) se preguntará adónde quiero ir a parar. Pues bien: viendo el transcurso del bueno de Thomas Cole, creo que, como él, a donde ya estoy, ni más allá ni más acá.

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  1. [1]Contiene los siguientes relatos: Guerra con Centauro (The Variable Man, 1953), El informe de la minoría (The Minority Report, 1956), Autofac (Autofac, 1955), Un mundo de talento (A World of Talent, 1954).Ficha de “El hombre variable” en Tercera Fundación
  2. [2]Hay una explicación de la Conjetura de Ígor Novíkov en este vídeo.

Pícnic PGOU


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Artículo publicado en eldiario.esCantabria – Pícnic PGOU

anacronias-1

1. La novela ‘Pícnic junto al camino’, o ‘Pícnic extraterrestre’, de Arkadi y Borís Strugatski (publicada en 1971, Tarkovski hizo en 1979 una película que, en mi opinión, y pese a su excelencia, estropeó la historia con misticismo), cuenta las consecuencias de una acampada alienígena en nuestro planeta. Grandes zonas quedan contaminadas, llenas de radiación, materia alterada y basura de propiedades desconcertantes. Algunos de los objetos abandonados por los viajeros, que por lo demás han ignorado olímpicamente a la humanidad, son de gran valor para la ciencia, la industria y el mercado negro. Así que los stalkers, cazadores furtivos de deshechos maravillosos, se juegan la vida -y casi siempre la pierden o la arruinan- adentrándose en las zonas y compitiendo para hurtar algún hallazgo que los saque de la pobreza. La presa más codiciada, el producto comercial absoluto, es, por supuesto, un aparato que concede todos los deseos, y que tiene forma de bola de oro.

2. Gracias a las conferencias que está organizando la Plataforma Deba sobre el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de Santander, sabemos que las actuaciones urbanísticas municipales están imbricadas en una trama no celeste, sino prosaicamente azul gris, de ese color financiero del asfalto. Por ejemplo, sabemos que las viviendas sociales están siendo (mal) construidas para satisfacer de antemano el mínimo del 10% de las edificadas y así garantizar los planes de conversión de la ciudad en un disparate balneario, la distopía inevitable si siguen en el poder los interesados en la dislocación del territorio urbano en un espacio blindado para residentes ricos y una periferia donde dormir para los vecinos sirvientes. También nos dicen que la extensión del Parque Litoral (por cierto que la Senda Costera ya estaba ahí y nadie la vio, y ahora es la interrupción de una orgía de cemento) sirve para cubrir con su nombre no resuelto el 5% de espacio verde requerido por habitante (el PGOU está delirado para pasar de 175.000 a 270.000), oxígeno que no tiene por qué ser mejor repartido porque el que hizo la ley sabía cómo hacerla. Que el Centro Botín supone la privatización del único espacio público que los santanderinos consiguieron reservar de los ensanches del muelle. Que pretenden la demolición de 3.000 viviendas sin realojo para los vecinos. Que surgirán nuevos y más marcados guetos. Que después de toda la destrucción, inversión, liquidación de lo público, es muy probable que la burbuja esta vez no llegue ni a inflarse y venga un nuevo abandono de los que se apresurarán a exigir que todos paguemos sus barbaridades y salvemos sus beneficios.

3. Mientras los que disfrutaron del pícnic anterior (esos eventos siempre han sido fuentes de negocios) preparan el siguiente contemplando el panorama desde sus paraísos, los buscadores de esperanza tienen cada vez más difícil creerse el guiñol de la igualdad de oportunidades que les venden los predicadores del emprendimiento y empiezan a intuir que acabarán entre la gran mayoría que renuncia a los derechos laborales, compite para turnarse en la precariedad laboral, se vigila entre sí por las propinas, acepta horas no remuneradas y que le descuenten del sueldo las herramientas y las ropas de trabajo o se derrumba en las colas de las miniayudas sociales, unos con esa dignidad de los que después de tantas estafas no aceptan la culpa de sus derrotas y otros con el autoengaño de echársela a cosmonautas incontrolados o, más patético todavía, a los inmigrantes y marginados, porque la miseria vuelve a mucha gente miserable. Parece que la defensa de un urbanismo civilizado (una civilización es una cultura de/con ciudades, pero el pleonasmo tiene excusa), unida a los movimientos contra desahucios y expropiaciones frente a la falacia de la gentrificación (‘gentry’: ‘hidalguía’, como si no supiéramos de esos cuentos por estos pagos), puede ser el factor antiletárgico que necesita esta abochornada ciudad. Ya superan la decena las asociaciones coordinadas para denunciar el PGOU. Cuando los stalkers se convenzan de que la zona tiene que ser de todos por imperativo no hipotético, sino categórico, habrá que empezar a retirar la basura, reciclar la chatarra, construir sin ladrillazos una ciudad integradora y dejarse de mitos de libre mercado. Porque no es solución matarse por los espejuelos digitales que tiran los excursionistas.

El despertar del Kraken visto desde el cantábrico

Hace años descubrí que John Wyndham había puesto nuestras costas en los mapas de la ciencia ficción. Desde entonces, cuando paseo por los muelles o cerca de donde estuvo el cuartel, a veces me acuerdo de esta batalla, cuya cita he vuelto recurrente. Quizá sea raro, pero creo que me hizo ilusión el ataque (¡qué terrores tan sencillos!) de los celentéreos en vehículos anfibios.

Por consiguiente, cuando, cinco noches antes, los tanques marinos se arrastraron por el fango, cruzaron la playa y subieron hasta Santander, no se encontraron solamente con una ciudad desprevenida, sino también carente de toda clase de información sobre ellos. Alguien telefoneó a la guarnición del cuartel que submarinos desconocidos estaban invadiendo el puerto; alguien también llevó la noticia de que los submarinos estaban desembarcando tanques, y alguien más contradijo la anterior información asegurando que los propios submarinos eran anfibios. Puesto que algo era cierto, aunque oscuro y extraño, los soldados salieron a investigar.

Los tanques marinos continuaban su marcha lentamente. Los soldados, cuando llegaron, se vieron forzados a abrirse camino por entre masas de habitantes en oración.

En varias calles, las patrullas llegaron a una decisión similar: si se trataba de una invasión extranjera, su deber era rechazarla; si se trataba de algo diabólico, la misma acción, aunque carente de efectividad, los pondría al lado de Dios. Abrieron, pues, fuego.

Después de eso, todo se había convertido en un caos de ataques, contraataques, partidismo, incomprensión y exorcismo, en medio de lo cual los tanques marinos se situaron para exudar sus celentéreos revolucionarios. Sólo cuando se hizo de día y los tanques marinos se habían retirado, fue posible salir de la confusión; pero para entonces habían desaparecido dos mil personas aproximadamente.

(…)

A la noche siguiente, vigilantes de varios pueblecitos y aldeas del oeste de Santander descubrieron marcas de tanques marinos dirigiéndose hacia tierra. Hubo tiempo de levantar a los habitantes y hacer que huyeran. Una unidad de las fuerzas aéreas españolas estaba preparada, y entró en acción con focos y cañones. En San Vicente volaron media docena de tanques marinos en su primer ataque, y se rechazó el resto. Los defensores consiguieron apoderarse del último de ellos cuando le faltaba pocos centímetros para sumergirse. En los otros lugares donde desembarcaron, las defensas se comportaron casi del mismo modo. No fueron soltados más de tres o cuatro celentéreos en total, y sólo una docena, aproximadamente, de pueblerinos fue apresada por ellos. Se estimaba que unos cincuenta tanques marinos habían tomado parte en la acción, de los cuales sólo habían vuelto a las profundidades del mar cuatro o cinco. Era una magnífica victoria, y el vino corrió en abundancia para celebrarla.

John Wyndham. Kraken acecha (The Kraken Wakes, 1953).
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Un artículo de 1997 sobre el mismo tema

Un artículo de 1997 sobre el mismo tema – Pulsar para ampliar