Derivas imperiales

Al lado de la historia de las colonias y los intereses neocoloniales, las islas abandonadas son una anécdota, pero el mal chiste se actualiza, como todo.

Habitantes de la isla de Mapia (antes Güedes) fotografiados en 1903 por una expedición holandesa

Habitantes de la isla de Mapia (antes Güedes) fotografiados en 1903 por una expedición holandesa

Me van a perdonar que empiece hablando de un sitio tan lejano, pero es que acabo de saber, por un breve capítulo del libro de José María de Mena “Los reinos olvidados de España”, de la existencia de Os Guedes o Los Güedes, Coroa, Pescadores y Ocea, cuatro archipiélagos micronesios que fueron portugueses y luego pasaron a manos españolas. En el tratado que entregó a los Estados Unidos las Filipinas y otras islas, los burócratas se olvidaron de ellos y, según algunos, siguen siendo “nuestros”. La afirmación de la soberanía actual es jurídicamente muy dudosa (vean los foros más o menos reivindicativos en internet), pero toda anacronía es más ficción que opinión, así que me la quedo como un esbozo de metáfora.

Perder una colonia por olvido burocrático, por pura pereza o por no pintar nada en eso que llaman el concierto internacional (por todo a la vez en realidad) pese a nombrarse imperio hasta el último palmo saqueado, dice mucho de la vocación de dominar el universo mundo para conformarlo a imagen y semejanza del destino patrio. Perdido el interés, los valores absolutos se disuelven con el primer oleaje o la primera resaca. Aunque, dada la perseverancia habitual de los colonialismos, tal vez debamos pensar que el español (especialmente el del imperio en decadencia y presión interna creciente) era más obstinado hacia adentro que hacia afuera, incluso con difíciles elecciones que apuntan a lo arbitrario del presente. Un día, por ejemplo, hubo que optar entre Portugal y Cataluña, y pudo más la atracción mediterránea.

A propósito de Portugal, cuando Napoleón lo invadió, su rey se estableció en Brasil, igualando esa alucinante extensión de los mapas al pequeño país. En la misma circunstancia, nuestra monarquía podía entonces haber emigrado incluso al océano Pacífico, pero prefirió entregarse al invasor hasta que el pueblo demostró que prefería las cadenas.

Me parece que se mantiene firme el hábito de creer que el nuestro fue un imperio amable o al menos que empezó a serlo cuando perdió las grandes colonias. Es una muestra más de un adoctrinamiento que la democracia de la Transición no ha derrumbado: para eso no sirve, que diría Melquíades arrastrando la armadura de un conquistador.

No sé cómo actuaban en los atolones, pero en Guinea Ecuatorial (provincias de Rio Muni y Fernando Poo), organizaron desplazamientos masivos de la población continental a las islas del cacao y operaciones “de castigo” contra las tribus poco colaboradoras, y se permitieron los abusos de gobernadores sátrapas aplaudidos por la minoría blanca, la corrupción administrativa y todos los etcéteras de los manuales de las ocupaciones. Sin embargo, por ahí aparecen todavía semblanzas que pintan el gobierno español como un período si acaso un tanto rancio y beato, pero grato y, por supuesto, civilizador. Recomiendo como contrapartida la lectura del libro de Gustau Nerín “Un guardia civil en la selva” y dejar de remitirse sólo a las memorias de plantadores y a las revistas claretianas. Y también revisar a toda prisa el concepto de civilización (no es más que una cultura con ciudades) para evitar ese valor exclusivamente positivo que se le suele atribuir.

Pero hay un olvido aún más grave, interesado, manipulado y brutal que sigue muy activo. Es decir, un falso olvido, una omisión deliberada en los despachos de la geopolítica: el del Sahara Occidental, que entregamos al amigo/enemigo marroquí en lugar de darle la independencia a la que tiene derecho.

Al lado de la historia de las colonias y sus derivas de intereses neocoloniales, que siguen produciendo y perpetuando atentados contra los derechos humanos, las islas abandonadas son una anécdota, pero el mal chiste se actualiza, como todo, y en ese marasmo que es la www hay quienes proponen reclamarlas para convertirlas en paraísos fiscales. No sé si unas islas cercanas a territorios papúes tendrán ese atractivo (aunque para eso no hace falta enviar expediciones, sino registrar un dominio de internet; como mucho, poner una bandera mediante un dron; lo demás son algoritmos financieros) ni si los indonesios establecidos en ellas estarán de acuerdo, pero quizá, en alguna oficina bien conectada, alguien que no desaprovecha nada está pensando que no es mala idea. Porque un paraíso fiscal perdido en los mapas es el correlato de muchas situaciones de dominio, coloniales o no.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Días sin obras

Antes de que los estadounidenses abrieran el Canal de Panamá, lo intentaron los franceses. La empresa fue impulsada por Lesseps, que había triunfado en Suez abriendo una zanja en el desierto con ideas que no pudo aplicar en la selva. El intento duró más de diez años. No existe un dato aceptado sobre las vidas que costó, aunque se considera que fueron más de 20000. Por lo visto, es mucho más difícil calcular en vidas que en dinero porque los seres humanos son fácilmente reemplazables. Por eso el escándalo de la excavación inacabada, una gran tumba, sólo fue financiero.
Los promotores abandonaron; los obreros supervivientes, venidos de todas partes del mundo, fueron despedidos y repatriados. Los hospitales construidos para apenas paliar los estragos de la malaria, las residencias de los ingenieros, las carreteras, los terraplenes, los talleres, las grandes dragas, las excavadoras a vapor, las líneas telegráficas y telefónicas, todo fue entregado al regreso de la selva a lugares con nombres de arquitecturas fantásticas, como el desviado río Chagres o el tajo brutal de La Culebra.
Mientras los franceses fracasaban y comenzaban a definir el retroceso de Europa, los norteamericanos iban cimentando la política que conduciría a la separación de Panamá de Colombia y a la conclusión del paso que dividiría las Américas.
Durante los años de inacción entre los dos proyectos de juntar los mares, el periodista Richard Harding Davis visitó la zona y se sorprendió del raro orden en que encontró los edificios, herramientas y maquinaria. Pese al empuje de la vegetación, las cosas presentaban una calma cartesiana, inquietante, como de un cuartel rendido sin perder la disciplina a un ejército enemigo que no tuviera prisa por ocuparlo.

We had read of the pathetic spectacle presented by thousands of dollars’ worth of locomotive engines and machinery lying rotting and rusting in the swamps, and as it had interested us when we had read of it, we were naturally even more anxious to see it with our own eyes. We, however,
did not see any machinery rusting, nor any locomotives lying half buried in the mud. All the
locomotives that we saw were raised from the ground on ties and protected with a wooden shed,
and had been painted and oiled and cared for as they would have been in the Baldwin Locomotive Works. We found the same state of things in the great machine-works, and though none of us knew a turning-lathe from a sewing-machine, we could at least understand that certain wheels should make other wheels move if everything was in working order, and so we made the wheels go round, and punched holes in sheets of iron with steel rods, and pierced plates, and scraped iron bars, and climbed to shelves twenty and thirty feet from the floor, only to find that each bit and screw in each numbered pigeon-hole was as sharp and covered as thick with oil as though it had been in use that morning.

Habíamos leído acerca del lamentable espectáculo ofrecido por locomotoras y maquinaria valoradas en miles de dólares que yacían pudriéndose y oxidándose en las ciénagas, y como nos había interesado al leerlo, estábamos aún más ansiosos por verlo con nuestros propios ojos. Sin embargo, no vimos ni máquinas oxidadas ni locomotoras medio enterradas en el fango. Todas las locomotoras que encontramos estaban firmes sobre el terreno y protegidas con cobertizos de madera, y habían sido pintadas y engrasadas y atendidas como lo hubieran hecho en las Industrias Baldwin en Filadelfia. El mismo estado de cosas encontramos en los talleres, y aunque ninguno de nosotros conocía ni el torno de una máquina de coser, podíamos al menos comprender que ciertas ruedas podrían mover a otras si cada cosa estaba en su lugar, y así hicimos a las ruedas dar vueltas y perforamos agujeros en hojas de hierro con varillas de metal y horadamos chapas y recortamos barras de hierro y trepamos a estanterías situadas a veinte y treinta pies del suelo, sólo para encontrar que cada pieza y tornillo relucía en su casilla numerada bajo una capa de aceite como si hubiera sido usado esa mañana.