Chelsea

Estaba encargada de estudiar y ocultar. Pero no se encontraba a gusto ni en su labor ni en su género; sufría las máscaras de lo que podía decir de la guerra y de lo que se esperaba que dijera de sí misma.

Hermaphroditus y Salmacis (s. XVII). Francesco Albani.Hermaphroditus y Salmacis (s. XVII). Francesco Albani.

El otro día, el expresidente Obama, como gracia de su final de mandato, decidió poner en libertad a Chelsea Manning, que, cuando se llamaba Bradley Manning y tenía apariencia masculina, fue condenada a 35 años de cárcel por entregar al dominio público pruebas de abusos de detenidos, falsedades en los datos oficiales sobre el número de bajas y ataques a la población desarmada y a periodistas en las guerras de Irak y Afganistán.

Se supone que Chelsea saldrá en mayo. Para entonces habrá cumplido siete años de cárcel. Las condiciones de su encierro han sido muy duras y ha intentado suicidarse dos veces. Un resumen de lo que hizo y de lo que representa puede leerse en este artículo.

El caso de Manning me parece un ejemplo de los mecanismos que resuelven -o no- las intermitencias de las identidades. De lo identitario se suele hablar casi siempre en términos de pertenencia, simbología, rasgos culturales, valores, hábitos y todo lo que en general tiene más de ejercicio de imaginación y acomodación de la carne al verbo que del verbo a la carne. Así que debo confesar que prefiero la definición primaria de la vieja filosofia: la identidad es la relación que un ente sólo mantiene consigo mismo. Lo demás tiende a parecerme un puro juego de reglas provisionales que deberían permitir rediseñar lo que haga falta, lo que se eche en falta, las carencias y los anhelos.

En la novela Orlando (1928), de Virgina Woolf, el sexo del protagonista cambia, después de un largo período de sueño, con una naturalidad derivada, es de suponer, de sus experiencias pasadas, la necesidad afectiva, el desasosiego de la insatisfacción y la incertidumbre de la lubricidad futura. Son cosas que durante mucho tiempo sólo podía hacer la ficción, experta en aproximarse a la realidad esquivándola.

Como rechazando el miedo ancestral a las metamorfosis, que alcanzaría su máxima síntesis en el insecto de Kafka, Orlando cambia de sexo y género, pero su identidad no varía, porque no son ni la sexualidad ni la apariencia, ni la fe ni la lealtad a una causa, condiciones inmutables de los individuos. El temor a reconocer la falacia de lo inmóvil hace que muchas veces se inventen asideros peligrosos y que la autorrepresión y la represión de los demás se institucionalicen.

Manning era la misma persona cuando se hizo soldado que cuando envió a Wikileaks las pruebas de la barbarie, y será la misma persona cuando salga de la cárcel ya aceptada legalmente como mujer y todavía pendiente de parte de los tratamientos de transformación. Los aparentes cambios extremos no parecen haber alterado la voluntad ética de quien, sin embargo, ha sufrido agresiones, traumas y humillaciones por ellos.

La información es hoy en día un concepto evanescente, pero sigue cumpliendo su misión de fabricar identidades oportunistas. El entonces Bradley era un soldado de las unidades de información militar. Estaba encargado de estudiar y ocultar. Pero no se encontraba a gusto ni en su labor ni en su género; sufría las máscaras de lo que podía decir de la guerra y de lo que se esperaba que dijera de sí misma.

En ambos casos, para defender la libertad de información y para ejercer la libertad de elección de género, la búsqueda de la armonía requiere mucho valor. En el primero, la misma Chelsea ha explicado sus motivos citando a Howard Zinn, el historiador que zarandeó los mitos americanos: “No existe bandera lo bastante grande como para tapar el asesinato de gente inocente”. No sé si habrá dicho algo semejante de su opción transexual, pero Orlando sufrió con el cambio los efectos de la consideración de la mujer en la época victoriana, no muy alejados de los actuales y siempre en función de qué lugar geopolítico y social ocupe la persona.

Parece demostrado que Chelsea vio aumentado su castigo por el machismo cotidiano de las prisiones militares. Las definiciones no definitivas de masculinidad y femineidad subvierten la disciplina en esos ejércitos que todavía tienen serios problemas de depredación contra las mujeres soldados.

Los patriotas dogmáticos odian a Manning por su deslealtad al secreto, pero también por su cambio de género, que para ellos es otra forma de traición, o parte de la misma. Argumentarán que no sólo ha defraudado al estado-nación, patria patriarca de doble faz paternal y guerrera, sino a su propio sexo. Es muy difícil que instituciones ancladas en valores absolutos acepten la ductilidad en las identidades. La guerra es un gran marcador de lo inmutable; fuerza la confusión de lo accesorio con lo eterno y asfixia los derechos fundamentales como los uniformes a los cuerpos.

Algún día, por cierto, habrá que liberar los aspectos de la heterosexualidad marginados por la ortodoxia para uniformarla. Eso tampoco será ajeno al fin de los secretos de estado.

De momento, aquí queda este pequeño homenaje a Chelsea Manning.

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Dos hermanas

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Detalle de ‘Les deux soeurs’ (1921), de María Blanchard.

Detalle de ‘Les deux soeurs’ (1921), de María Blanchard.

En la exposición de la Fundación Abanca en el Museo de León, me topé con el cuadro Dos hermanas de María Blanchard y me acordé de Aurelia Gutiérrez-Cueto Blanchard, la hermana maestra de la pintora.
Aurelia fue asesinada poco después del golpe de estado de julio de 1936. Casi nunca se habla o escribe de ella por estos pagos. Son esas cosas de la memoria. Basta que un artista o siquiera famoso de temporada haya pasado por aquí una tarde de nubes de estío y haya dejado la huella del cubata en un posavasos para que se le celebre como ciudadano de honor, siempre y cuando ni su vida ni su obra entren en conflicto con el sopor oficial, el de antes o el de ahora, que es una acomodada adaptación del primero. La palabra transición oculta un vulgar fundido a gris plástico. Memoria histórica, sí, pero negociando los nombres de las calles y poco más. Negociar cosas así debería tener entrada propia en la Enciclopedia de Sesgos Cognitivos. Quizá la tiene, ahora que lo pienso. El imaginario, antaño tan poderoso, deviene cada vez más confuso.
La familia franco-cántabra Gutiérrez-Cueto Blanchard era una de esas células de burguesía progresista que acabaron pagando caras las veleidades igualitarias e ilustradas que las llevaron a pactar con las izquierdas obreras la idea y el acto de una República Española. Una pedagoga laica, feminista, socialista de las de antes y ejecutada por todo ello sin piedad sigue resultando un tanto molesta, asociada o no a una pintora que, por otra parte, suele sufrir por aquí más conmiseración que reconocimiento. Sin embargo, de la fortaleza de la hermana artista se me hace tan difícil dudar como de la que debió tener la maestra. A María Blanchard siempre se la retrata como débil y sobreprotegida. Hasta sus amigos y admiradores Federico García Lorca y Ramón Gómez de la Serna se dejaron llevar por ese aspecto cuando redactaron (sospecho que casi automáticamente) sus homenajes. Pero me parece que su vida los contradice. Sola (aunque obtendría de su clase entonces influyente becas para acceder al arte de vanguardia, pagó el precio de la precariedad bohemia), se abrió paso en el mundo de una pintura que todavía se mareaba en un mercado sin espejismos financieros.
Probó fortuna en las vanguardias madrileñas y fracasó. Sin embargo, tuvo buenos momentos en su exilio entre los círculos afines europeos, incluso poniendo su evolución estilística por encima de los intereses comerciales: el cuadro referido es uno de los que marcaron su paso desde el cubismo puro a una modalidad figurativa mucho más personal. Las ortodoxias y heterodoxias se contienen como cajas chinas.
María se empobreció en París atendiendo a su familia y falleció en 1932 de tuberculosis.
Aurelia estudió en Madrid, a donde se trasladó la familia en 1904. Pasó por Almería, Granada y Melilla. En la ciudad africana, dirigió la Escuela Normal y debió de ganarse el odio de los militares africanistas y el clero por sus artículos en El Telegrama del Rif y la revista Crisol sobre la educación renovadora, los derechos de las mujeres, la laicidad e incluso un reportaje sobre las condiciones de trabajo en las minas de la colonia. Luego se trasladó a Valladolid, y allí la sorprendió el golpe de estado.
El cuadro (no he averiguado con certeza quiénes son las representadas, pero me basta con el título y las presencias) muestra dos mujeres de rasgos marcados por una luz peculiar, entrelazadas en plena confidencia y a la vez distantes y distintas. Esa distancia analítica tiene la fuerza ejemplar y la ampliación de la representación del mundo del cubismo, y al mismo tiempo la innovación de una cierta rebeldía figurativa, como si la evidente geometría no le bastara. No es un regreso a la tradición, sino otra forma de integración de lo emotivo. No hace falta decir lo evidente, pero hay que saber pintarlo sin espacios neutrales.
La educación tampoco es neutral; por eso los caudillistas del 36, fieles a las cruzadas, mataban a los maestros laicos, que ahora son olvidados con más saña que los artistas pioneros.
Me apetece creer que las dos hermanas reales, de recorridos tan diferentes, se reivindican mutuamente desde el arte hoy envuelto en burbujas oportunistas y desde la escuela lastrada por los herederos de los vencedores.

Europa: otra vuelta de llave para dormir tranquila

Europa -Rescate
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Lo más parecido a la ausencia de noticias es la saturación. Lo más parecido a la censura es el agobio, el collage arbitrario y uniformizador de malas y buenas nuevas en páginas y pantallas. Estas dos primeras frases casi forman parte de lo que denuncian, pero creo que deben ser rescatadas del pantano. Al fin y al cabo, hace siglos que todo es repetido y nuevo a la vez. En Occidente, desde los presocráticos, por lo menos.

Los galos de las historietas presumían de temer solamente que el cielo cayera sobre sus cabezas. Hoy, Francia corre hacia Vichy como una gallina hipnotizada. El escocés Macbeth temía que el bosque asaltara su castillo. Escocia se ha quedado encerrada en Gran Bretaña. Alemania, más reunificada que nunca, sigue siendo la pesadilla de Gunther Grass. Los intelectuales orgánicos pueden tomarse una pausa para hacer sesudos comentarios sobre las metáforas del bosque, de la conciencia, del lenguaje, del silencio, y justificar con disimulo la viscosa, urticante obscenidad de las desigualdades. Nada impide hacer lo mismo a los constatadores de derrotas. Los cómplices locales pueden seguir ensalzando la obediencia debida.

La Comisión Europea, el FMI, los grupos de cabildeo y los gobiernos son expertos en augurios. No hay nada mejor para detener a alguien que llenar sus oídos de malos presagios omitiendo sus orígenes y ocultando actos de personas o clases concretas. O sea, haciendo la culpa colectiva para exculpar a los culpables. Presagios sin solución: todo está muy mal, dicen los tanques de pensamiento (sus portavoces parecen hologramas proyectados por los premonitores de Precrimen), y enseguida advierten que pretender que vaya bien sería empeorarlo.

El mejor somnífero es una lluvia constante de mil y un pedazos de realidad mezclados al azar e igualados en importancia. Un niño ahogado (después de aquel niño, parece que ya no hay más niños ahogados, ni bombardeados, ni hambrientos) es igual que un espantapájaros alardeando de tener muchos votos; niño y fantoche se alternan en el telediario y, aunque el primer caso es infamia y el segundo es farsa, adquieren el mismo valor informativo. La literatura sabe de eso (lo cual demuestra su inutilidad): con cada una de las mil y un historias se olvida la anterior y queda el sedimento de la saturación, la sensación de que todo es un déjà vu, una anomalía de la memoria sin consecuencias. Y, si se disparan las alarmas, aparecen enseguida los tranquilizantes, las garantías de inmovilismo de los traficantes de esperanzas de lenguaje de lugares comunes, esa idiocia comunicativa que todos apreciamos. El debate real es reemplazado por horas de charla sobre quién es más corrupto o más tonto en un país de listos.

Sólo debemos temer que se hunda la bóveda celeste o que los hayedos asalten la ciudad ideal. Otros incordios menores sirven de fondo de pantalla. Hay plagas de medusas porque enriquecemos/arruinamos el litoral con nitratos y han subido las temperaturas. Esos globos irisados se vuelven molestos al proliferar en las aguas y sembrar las zonas intermareales. Molestos como refugiados deshidratados. Las medusas se atiborran de los abonos de la superproducción mientras los huidos del hambre y de la guerra o, simplemente, de diversas tiranías (un buen número de tiranos son nuestros amables proveedores y clientes) se hunden, yacen en las playas, se enganchan en las alambradas o, si tienen suerte y la pleamar piedad, caminan como sonámbulos hacia los campos de detención.

Los autóctonos bien intencionados desfilan con camisas amarillas para pedir caridad y expresar una solidaridad que quizá deje a algunos con la sensación de haber olvidado algo, pero que otros asumirán con beatitud de efecto placebo. Se hace lo que se puede, por supuesto. Las autoridades alaban la iniciativa humanitaria mientras regatean acogimientos y afilan las concertinas barbadas.

El otro día, en Grecia (sí: en la subastada Grecia), la cumbre de la Unión Europea, entre mucha retórica hueca, vomitó dos conclusiones muy sólidas: que el Brexit es una opción respetable del pueblo británico (la UE sólo es firme con los débiles) y que urge reforzar el blindaje de las fronteras y ampliar el universo concentracionario de la periferia.

La colección

Al entrar, el anciano permitió el paso de un ligera corriente de aire que despertó por unas décimas de segundo el aleteo de diminutas banderas de papel.

La brisa del amanecer desperezó a los vigías; enseguida sonó la primera trompeta.

Parecía el tradicional habitante de una penumbra de biblioteca convertida en salón de coleccionista.

Ruido de ruedas de carros y tornos de pozos. Cacerolas y maldiciones.

Muñecas de porcelana en altas vitrinas cubrían todas las paredes dejando apenas entrar contraluces por las ventanas rematadas con vitrales de colores dorados.

De pronto, el orden.

Ocupaba casi todo el espacio central una enorme mesa de roble oscuro con mil ciento noventa y nueve soldados de todos los ejércitos conocidos pasados y presentes en formación exacta.

El hombre avanzó penosamente, hacia una esquina de la mesa. Llevaba en la mano la estatuilla en plomo pintado de un zuavo de 1888, barbudo, con fez y chalecos rojos, polainas blancas, fusil cruzado a la espalda y las manos apoyadas en el cinturón como quien lleva siglos esperando.

El general y sus adjuntos trotaron de ala a ala.

Había en la formación de miniaturas un hueco que nadie que no fuera el coleccionista hubiera distinguido. Con una precisión inesperada en aquellos dedos casi centenarios, el hombre puso el soldadito en su lugar.

Un silbido de pólvora explicó la metralla.

Después, se apartó un poco de la mesa, murmuró “mil doscientos”, esbozó una sonrisa y volvió a la sombra del aburrimiento.

Prospectiva siniestra

Acabados
los tiempos simples de la
Destrucción Mutua Asegurada,
sustituidos los bloques simétricos por imperios en disgregación, feudos en ascenso y reinos tribales hambrientos,
si no hay en lo que llamamos Norte u Occidente una reacción muy firme de sus habitantes que obligue a sus gobiernos y poderes
a dejar de imponer y apoyar en el resto del mundo gobiernos y poderes títeres y cómplices,
negociar con los países no industrializados una distribución justa de la riqueza y de la tecnología para el desarrollo,
reorganizar en todo el planeta los modelos de producción, consumo, comercio y explotación de la naturaleza,
entonces es muy posible que
la lucha por el dominio de las energías fósiles, de las tierras fértiles y de las materias primas en general,
el deterioro del ecosistema,
las oleadas demográficas,
la extensión del pánico
y el deterioro de las libertades
culminen en una multiplicación de los enfrentamientos armados hasta alcanzar un grado que podríamos denominar sin ápice de exageración
Tercera Guerra Mundial.
Anónimo. Libro de la Insoportable Perspectiva (Advertencia 3017) .

La Segunda Ucronía Mundial

Las utopías me suelen parecer demasiado beatíficas, aunque, por respeto a Eduardo Galeano, admito que pueden servir para seguir avanzando. Prefiero las distopías, por su carga crítica y su tendencia al humor amargo. Y lo que más me gusta es el tercer plano de los mundos improbables, las ucronías, es decir, los relatos obtenidos por métodos contrafactuales aplicados a periodos de hechos más o menos homologados por los medios correctores.
Ya sé que la reescritura de la Historia y de nuestras pequeñas historias es una tentación para todos. Supongo que incluso los historiadores más honrados tienen que luchar contra el deseo de abolir el dato que no encaja en el prejuicio o el descubrimiento que esclaviza la confirmación de la hipótesis. Los profesionales de la política lo hacen constantemente por motivos obvios y los súbditos lo hacemos para soñar que aquella plaza de aparcamiento estaba libre o que nunca cogimos un autobús equivocado. Quizá sólo los locos no lo hacen, porque sienten que su mundo siempre es verdadero; pero esa sí que es una historia alternativa a esta.
Sin embargo, dejando aparte las grandes mentiras y los pequeños autoengaños, cuando intervenimos sobre el pasado con ánimo crítico y creativo, a veces conseguimos que surja del juego una mejor comprensión del presente. O por lo menos pasar un buen rato.
Dentro del género, hay una tradición que ha puesto el foco sobre el tema de la Segunda Guerra Mundial y el ascenso de los movimientos fascistas. Me vienen ahora a la memoria las novelas El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, La conjura contra América, de Philip Roth, El sueño de hierro, de Norman Spinrad, o el proyecto cinematográfico Iron Sky, que merecería un artículo propio. Pero hoy toca hablar de Quentin Tarantino.
Hace poco vi Inglourious Basterds y me pareció tremenda y maravillosa. En ella se cuenta cómo la Segunda Guerra Mundial tuvo otro final gracias a los caminos convergentes de una chica judía y un grupo de guerrilleros de métodos muy sucios reclutados entre la escoria (valga la palabra de raro homenaje al yiddish Isaac Bashevis Singer) que suelen dejar a su paso los comienzos de las guerras. Los soldados, judíos nada regulares en busca de venganza, están a las órdenes de un teniente mestizo de Tenessee cuyos discursos antirracistas predican una guerra santa contra los nazis y recuerdan aquella parrafada bíblica (falsa, por cierto) de Samuel L. Jackson en Pulp fiction.
Pero eso es sólo una pequeña parte del elenco y un pobre retazo de una película que homenajea al cine mientras señala el turbio papel del séptimo arte como excitador de los más bajos sentimientos patrióticos al servicio del propagandista Goebbels, las exquisitas maneras de los jerarcas de la Gestapo (que parecen ir a comerse el mundo como comen strudel cubierto de nata en un restaurante de lujo) y, de paso, con salvaje frescura, introduce una reflexión sobre la memoria histórica y sobre las marcas indelebles que, de hacer caso al teniente Aldo Apache Raine, deberían delatar a los criminales y sus cómplices.
Y además es una película bella y divertida. Y, sobre todo, es buen cine.

A propósito de La cinta blanca, de Michael Haneke

Aconsejo humildemente a los que trivializan las secuelas de una educación autoritaria, a los que la invocan y a los que buscan la comodidad del ordeno y mando para solventar los problemas de la sociedad que vean La cinta blanca, de Michael Haneke.
También se la recomiendo a los que se encuentran a gusto en medios castrenses o conventuales o escalando en los departamentos de recursos humanos, porque en esos ámbitos, enmascarados en la jerarquía, se sienten libres(?) de dar rienda suelta a los instintos que métodos similares les inculcaron.
Y se la recomiendo, por supuesto, a toda la inmensa mayoría que alguna vez ha sufrido los manejos de esos especímenes.
Esta película resume de un modo impecable los monólogos que los dominantes quieren hacer pasar por diálogos ante los dominados y los discursos que pretenden justificar las bofetadas. Cuenta de modo magistral esa historia por tantos sentida en la que sacerdotes, terratenientes, administradores y burgueses aplican a los débiles sus disciplinas con esa suerte de placer sádico-hipócrita (me duele a mí más que a ti) legitimado por el principio patriarcal de la obediencia debida. Cuenta con toda claridad lo que sospechábamos: que debajo de la veneración a la autoridad no hay más que miedo y autoengaño.
Pero también describe cómo los hijos de la represión, si no tienen la suerte de encontrar por el camino de Damasco un sano libertinaje que los vuelva a subir al caballo, perfeccionan los códigos del dolor y se hacen dignos sucesores de los expertos en la imposición de normas, en la justificación de las arbitrariedades mediante los recursos aprendidos en horas de sermones y en la atribución de sus propios deseos a los designios de la divinidad, que ha creado el mundo a la medida de los sacerdotes, o a la razón del poder, que ha configurado la sociedad a la medida de los ricos. Y la naturaleza reprimida vuelve en forma de naturaleza represora. Los mecanismos del poder indiscutido se replican en cada unidad familiar, escolar, laboral, como los cuadrados en las alfombras de Sierpinski. Todo en la sociedad es permeable a los hábitos, las jerarquías y las desigualdades. Los que pagan el precio más alto son los más indefensos o los que no pueden permitirse el lujo de huir del látigo o del chantaje del hambre.
Creo que Haneke ha hecho con los instrumentos de la ficción un análisis muy preciso de la sociedad europea que armó dos guerras mundiales. No hay retórica que desvíe la atención o acepte el juego de los manipuladores; sólo un relato puesto en boca de un hombre sencillo, enamorado y entristecido por las tiranías que lo rodean. No hay grandes tesis; sólo los hechos, que se van filtrando entre los días y dejando un poso de consecuencias en manos del azar. Lo necesario para atisbar por qué ocurrió lo que sabemos.
Parece ser que el buen cine todavía existe. Díganlo por ahí, por favor.