El día del relato

Estuve allí y estoy encantado de ver repetida la foto del balcón, esa estampa de la que no recuerdo ni la pancarta.

Treinta y cinco expresiones. | Honoré Daumier

Treinta y cinco expresiones. | Honoré Daumier

Ahora que me lo están contando otros desde la liturgia de una supuesta contrahegemonía (hay que apuntarse al carro léxico) y desde una posición más objetiva (al menos por la distancia) que la mía, me hace gracia haber estado en el evento, aunque puede que asistiera, como el repulsivo genial Ferdinand Bardamu a la escaramuza, desde detrás de un árbol.

Entonces no lo parecía, pero, desde el ahora, es una época confusa y alegre. Ya saben: los 70. Podría decir lo mismo de cualquier otra década y todos asentirían de la misma manera. Hay clichés cuya fuerza asertiva desarma las prevenciones; en eso se basa la política actual cuando no usa la violencia o el chantaje. Digo esto para darles a los lectores ya aburridos en el segundo párrafo la oportunidad de entender que este artículo está escrito con grandes dosis de maldad. Maldad histórica, por cierto, sea eso lo que sea.

El caso es que creo recordar que aquel día de agosto de 1977 acudí, como otros muchos futuros cántabros (entonces no lo éramos oficialmente), a Cabezón de la Sal, impulsado porque alguien me había dicho “coño, vamos” y por algunos deseos poco articulados que me obligo a enumerar siquiera en parte para dejar claras (?) su diversidad y su incoherencia. La diversidad y la incoherencia pueden ser conflictivas, pero son el único patrimonio veraz de los no pudientes ni poderosos; la riqueza y el poder tienen identidades férreas. Me llevaron allí la autonomía, la regionalidad (unos pocos, creo que más que ahora, hablaban de nacionalidad), el federalismo de Proudhon y Pi i Margall, las ganas de bronca, la búsqueda de relaciones interpersonales (por si acaso ligaba), varias sustancias legales, alegales e ilegales, el lenguaje, la poesía, la prosa, el cosmos y, por supuesto, la gran pregunta sobre el sentido de la vida, el universo y todo lo demás (Douglas Adams tardaría un par de años en dar la respuesta: “42”). El aburrimiento del final del bachillerato también estaba muy presente. Y el calor, a pesar de que aquel fue uno de los veranos más fríos del siglo XX.

Y ahora no paran de relatarme aquel día y estoy encantado de ver repetida la foto del balcón, esa estampa de la que no recuerdo ni la pancarta. Creo que, mientras se desarrollaba el acto, yo estaba hacia atrás, y puede que a la vuelta de cualquier esquina, rodeado de gente que saltaba imitando la baila de Ibio y gritaba libertad estatuto de autonomía, Cabuérniga libre, Valderredible (siempre tan al sur) comunista y/o libertario, la ciudad de Torrelavega saluda al pueblo de Santander… (No sé si insertar aquí una indicación sobre la invertebración que señalaban las consignas…; bueno, ya lo he hecho).

Los gritos de nuestra sincera cantabricidad tapaban los discursos de la imagen histórica que enarbolaba un alcalde homologado por el franquismo transicional, a cuyo lado se arracimaba todo el espectro, desde el maoísmo a la socialdemocracia, pasando por el regionalismo hoy hegemónico (cómo me gusta esa palabra), y todos consagraron en torno al hecho diferencial la apariencia de una verdad amable para rupturistas y reformistas.

Recuerdo una tienda de campaña en la que nadie durmió, un grupo de espiritistas que lo tenía todo muy claro y localizado, medio aquelarre sin sapos alrededor de un caldero de orujo. Quizá comimos un cocido. Sin embargo, algunos de los que compartimos viaje al acontecimiento coincidimos hoy en afirmar que aquel día no nos colocamos lo suficiente en ningún sentido.

Hemos tardado mucho en descubrir las fronteras del pasado y la evidencia de los espacios limítrofes. En aquel evento se pedía un concierto económico similar al vasco o al navarro. Pongan por ahí unas admiraciones, que a mí me da la risa. Hoy, reconocidas las compuertas de la competencia, el presidente entra en campaña en el oriente aliado con los herederos de los que primero negaron y luego otorgaron generosamente la autonomía para Cantabria, las atracciones más exitosas siguen siendo las creadas por un político inhabilitado junto a todo su gobierno por corrupción (fuimos pioneros en ello), se insiste en fracasar en superpuertos de recreo y jubileos y la capital intenta disimularse como postal de postvanguardia mientras la población huye.

A todos los emotivos de entonces y ahora les dedico una frase de Sartre: “Llamaremos emoción a una caída brusca de la conciencia en lo mágico”.

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Derivas imperiales

Al lado de la historia de las colonias y los intereses neocoloniales, las islas abandonadas son una anécdota, pero el mal chiste se actualiza, como todo.

Habitantes de la isla de Mapia (antes Güedes) fotografiados en 1903 por una expedición holandesa

Habitantes de la isla de Mapia (antes Güedes) fotografiados en 1903 por una expedición holandesa

Me van a perdonar que empiece hablando de un sitio tan lejano, pero es que acabo de saber, por un breve capítulo del libro de José María de Mena “Los reinos olvidados de España”, de la existencia de Os Guedes o Los Güedes, Coroa, Pescadores y Ocea, cuatro archipiélagos micronesios que fueron portugueses y luego pasaron a manos españolas. En el tratado que entregó a los Estados Unidos las Filipinas y otras islas, los burócratas se olvidaron de ellos y, según algunos, siguen siendo “nuestros”. La afirmación de la soberanía actual es jurídicamente muy dudosa (vean los foros más o menos reivindicativos en internet), pero toda anacronía es más ficción que opinión, así que me la quedo como un esbozo de metáfora.

Perder una colonia por olvido burocrático, por pura pereza o por no pintar nada en eso que llaman el concierto internacional (por todo a la vez en realidad) pese a nombrarse imperio hasta el último palmo saqueado, dice mucho de la vocación de dominar el universo mundo para conformarlo a imagen y semejanza del destino patrio. Perdido el interés, los valores absolutos se disuelven con el primer oleaje o la primera resaca. Aunque, dada la perseverancia habitual de los colonialismos, tal vez debamos pensar que el español (especialmente el del imperio en decadencia y presión interna creciente) era más obstinado hacia adentro que hacia afuera, incluso con difíciles elecciones que apuntan a lo arbitrario del presente. Un día, por ejemplo, hubo que optar entre Portugal y Cataluña, y pudo más la atracción mediterránea.

A propósito de Portugal, cuando Napoleón lo invadió, su rey se estableció en Brasil, igualando esa alucinante extensión de los mapas al pequeño país. En la misma circunstancia, nuestra monarquía podía entonces haber emigrado incluso al océano Pacífico, pero prefirió entregarse al invasor hasta que el pueblo demostró que prefería las cadenas.

Me parece que se mantiene firme el hábito de creer que el nuestro fue un imperio amable o al menos que empezó a serlo cuando perdió las grandes colonias. Es una muestra más de un adoctrinamiento que la democracia de la Transición no ha derrumbado: para eso no sirve, que diría Melquíades arrastrando la armadura de un conquistador.

No sé cómo actuaban en los atolones, pero en Guinea Ecuatorial (provincias de Rio Muni y Fernando Poo), organizaron desplazamientos masivos de la población continental a las islas del cacao y operaciones “de castigo” contra las tribus poco colaboradoras, y se permitieron los abusos de gobernadores sátrapas aplaudidos por la minoría blanca, la corrupción administrativa y todos los etcéteras de los manuales de las ocupaciones. Sin embargo, por ahí aparecen todavía semblanzas que pintan el gobierno español como un período si acaso un tanto rancio y beato, pero grato y, por supuesto, civilizador. Recomiendo como contrapartida la lectura del libro de Gustau Nerín “Un guardia civil en la selva” y dejar de remitirse sólo a las memorias de plantadores y a las revistas claretianas. Y también revisar a toda prisa el concepto de civilización (no es más que una cultura con ciudades) para evitar ese valor exclusivamente positivo que se le suele atribuir.

Pero hay un olvido aún más grave, interesado, manipulado y brutal que sigue muy activo. Es decir, un falso olvido, una omisión deliberada en los despachos de la geopolítica: el del Sahara Occidental, que entregamos al amigo/enemigo marroquí en lugar de darle la independencia a la que tiene derecho.

Al lado de la historia de las colonias y sus derivas de intereses neocoloniales, que siguen produciendo y perpetuando atentados contra los derechos humanos, las islas abandonadas son una anécdota, pero el mal chiste se actualiza, como todo, y en ese marasmo que es la www hay quienes proponen reclamarlas para convertirlas en paraísos fiscales. No sé si unas islas cercanas a territorios papúes tendrán ese atractivo (aunque para eso no hace falta enviar expediciones, sino registrar un dominio de internet; como mucho, poner una bandera mediante un dron; lo demás son algoritmos financieros) ni si los indonesios establecidos en ellas estarán de acuerdo, pero quizá, en alguna oficina bien conectada, alguien que no desaprovecha nada está pensando que no es mala idea. Porque un paraíso fiscal perdido en los mapas es el correlato de muchas situaciones de dominio, coloniales o no.

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Surreales viajeros

En Cantabria, los relatos de forasteros sobre lo autóctono no han hecho fermentar las referencias y extravagancias como autorreferencias apropiadas o tópicos denostados.

En el libro que dedicó a sus memorias españolas (‘Para matar el recuerdo’, se titula, nada menos), Jean-Claude Carrière debate consigo mismo una afirmación de José Bergamín, que sostenía que cada pueblo es responsable de los tópicos que lo identifican.

El francés no lo tiene claro, pero se inclina por reconocer que las representaciones caricaturescas del carácter de una población, aunque sean construidas por extranjeros y contengan malevolencia, morbo o burla, son muchas veces aceptadas por los afectados porque, incluso a su pesar, ven en ellas la utilidad de una máscara protectora, un refugio sintético contra los temores de los pueblos a sí mismos o contra la tentación de encararse a sí mismos -matícenlo ustedes a su aire, que la frase se hace larga-.

Carrière fue amigo de Buñuel, un espíritu animal universal y nómada que nunca pudo ni quiso desprenderse de los tambores de Calanda: al contrario, le sirvieron para apuntalar el surrealismo.

Toda crónica de viaje me parece un ejercicio de percepción surreal falsificada o involuntaria. Eso no le quita valor; se lo añade: hasta la técnica implica un desplazamiento que, bien mirado, resulta irracional. Ya lo apuntó Apollinaire: “Cuando la humanidad ha querido imitar el acto de caminar, ha creado la rueda, que no se parece a una pierna. Ha hecho surrealismo sin saberlo”.

En Cantabria, los visitantes no han hecho fermentar las referencias y extravagancias como autorreferencias apropiadas o denostadas por los autóctonos, así que, estudiosos aparte, no han alcanzado gran éxito los relatos ajenos sobre los tocados medievales de las mujeres, los milagros de San Martín, la cofradía antiblasfemia del repelón, la milicia cristiana del obispo regente o, mucho más cercano, el encierro de Leonora Carrington, activa surrealista cuya narración de su estancia psiquiátrica relajada con cardiazol se me hace metáfora del horror anticonvulsivo en un lugar demasiado tranquilo, y es una pena que su fama en otros ámbitos no haya trascendido del personaje a la geografía elegida para anularlo, pero esa es otra historia.

Claro que, dado el empeño por saturarse de turismo, conviene no citar algunos testimonios, como el recogido por José Luis Casado Soto del inglés Richard Wynn, quien asegura que, en 1623, en Santander a los bolos sólo jugaban las mujeres, y que sólo ellas trabajaban mientras los hombres se paseaban luciendo capas y espadas y mofándose de los marineros extranjeros que, por vergüenza de machos, las ayudaban a descargar los barcos. El cronista vino acompañando al príncipe de Gales cuando pretendió emparentar con la monarquía española, cosa que salió mal, y su testimonio no es muy apreciado. Sabemos, sin embargo, que hasta muy entrado el siglo XX, gran parte de la estiba era asunto femenino.

Que no se animen los no santanderinos justamente hartos del peso excesivo de la capital. Wynn tampoco lo pasó bien por esos valles y costas. Comió mal, durmió poco, bebió vino malo y la única moza de buen ver que se topó resultó ser de ascendencia británica. Es tan poco probable que me resulta creíble.

Sin embargo, el asunto de los viajes tiene otro valor cuando se trata de hacer espectáculo de un ejercicio de autoridad. De testimonios como el de Wynn casi no se habla ni para criticarlo, pero se conmemora la llegada de un emperador que improvisó un patíbulo en la plaza principal y de otras figuras imperiales que incluso trajeron pestilencias.

Esos desembarcos se evocan todos los años, y cada vez me parecen más paradójicas misas de acción de gracias. No sé si tienen algo que ver con la trivialización de la imaginería surrealista, igual que el aprecio por las ferias abrileñas en carpas instaladas sobre boleras en ruinas. Fósiles de ecos de emboques se borran a cada paseíllo.

Algunos se cabrean, pero la democracia del gusto revela incluso a su pesar que toda tradición es provisional (o sea, contradicción) y depende, no de las subvenciones, sino del estado de ánimo y de la rentabilidad. No hay argumentos que valgan cuando el folclore propio se convierte en arqueología y casi nadie lo cuenta ni desde dentro ni desde fuera. Ni lo modifica, mestiza o prostituye, todo lo cual sería válido. Al fin y al cabo, la principal atracción turística familiar de la región (está comunidad es radicalmente familiar y regionalista) se basa en la exhibición de especies exóticas (lobos árticos, por ejemplo) en un paisaje ferruginoso, mientras algunos ganaderos hacen pintadas contra la protección del lobo autóctono.

Volviendo al asunto del principio (aunque divagar es viajar), se me ocurre, para darles la razón a Bergamín y Carrière, que sí hay al menos un relato sobre Cantabria que ha llegado desde fuera y, pese a no servir como refugio presupuestario, goza de gran aceptación local. Me refiero a la construcción televisiva de un presidente autonómico.

Qué razón tenía Alejo Carpentier, otro cofrade surrealista: lo real es maravilloso. El problema es la realidad.

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SS regresa al desfile de la victoria

La reaparición de un estereotipo de la posguerra quizá sirva para ayudar a desvelar la continuidad de las manipulaciones.

Marienbad

Gracias a la memoria, la mente funciona con un automatismo absurdo. Supongo que es un remedio contra el aburrimiento y los lugares comunes.

La repentina epifanía televisiva del bello Serrano Suñer (llamémoslo SS sin reparos) me ha evocado una frase de la introducción de Alain Robbe-Grillet al guión que escribió para Alain Resnais y tituló como comienzan muchas cadenas de recuerdos: ‘El año pasado en Marienbad’. La película se estrenó en 1961. En ella no aparece la estación termal donde se bañaban algunos maestros de la sospecha y otros depravados, que sin embargo están presentes en sombras y pensamientos.

La frase dice: “Una vez admitido el recuerdo, se admite sin esfuerzo lo imaginario”, y se explica con el ejemplo de un film en el que el relato de un presunto testigo se hace secuencia de imágenes y se convierte en narración dentro de la narración principal. Lo imaginario, sin pruebas, se hace realidad en la realidad de la ficción aun cuando esa ficción ha establecido su origen especulativo según sus propias reglas y, por supuesto, la complicidad del espectador. Es un testimonio dudoso dentro del mundo admitido como real que se acepta como parte de él gracias a un juego de cajas chinas que no respeta ni la ética primaria de la ficción, pero se acepta igualmente porque en el arte no hay relatos honrados.

El problema surge cuando el mismo mecanismo pasa a ser parte del reconocimiento histórico. Entonces no es un asunto narratológico, sino político. Parece casi sacrílego (los dos Alain me disculpen) señalar que los burdos capítulos televisivos de Serrano Suñer, al servicio de la desfachatez manipuladora, funcionan en el largometraje de esta nuestra democracia postfranquista con la misma técnica. Reducido el “cuñadísimo” a la “sonrisa del régimen” (admitidos esos atributos como los recuerdos más sólidos acerca del personaje, responsabilidad también de buena parte de la supuesta “oposición intelectual”), se le sitúa en el contexto falaz de una época “difícil” en la que se igualan las responsabilidades de bandos abstractos enfrentados. Y de pronto el nazi (SS era más nazi que franquista; y siempre estuvo ahí: hasta intentó ayudar a los golpistas franceses contra De Gaulle) ve transformada su historia de cuernos con vuelta al sagrado redil familiar en la de un galán de pasiones imposibles cuyo amor está por encima de la represión ambiental, reducida a triviales referencias cuando no a evidentes falsedades.

Lo que en las ficciones es un pacto implícito con el lector/espectador, aquí es la consecuencia de la eliminación física y simbólica de los matices del recuerdo y la prolongación de la labor de los golpistas que acabaron con la II República. Que se pueda hacer y publicitar ese quiebro dialéctico en busca del aplauso mayoritario de la población dice mucho de la solidez de nuestros valores democráticos, del conocimiento de la historia en particular y del desprestigio del conocimiento en general. Y, por añadidura, de la persistencia del atractivo de la hipocesía amorosa.

En los relatos policiales, aunque seamos colaboradores necesarios, solemos intentar romper el pacto atrapando las trampas del autor. En un mundo lleno de adjetivos desocupados (“cultural”, “democrático”, “creativo”), uno más (“enamorado”, y con toda la parafernalia machista del guapo de uniforme) viene ahora a anular al sustantivo fascista. Además de a los prisioneros del interior, sus acuerdos con Himmler le permitieron a SS fusilar a republicanos exiliados. Un modelo pasea ahora su efigie por las pantallas, y eso no es lo malo, sino el profundo vacío del escenario y la oquedad de los lemas que pretenden darle seriedad a un contexto fotografiado en papel cuché estilo revista ‘Hola’. La revista que, por cierto, ha formado a millones de mujeres en el culto a las parejas uniformadas (ellos) y almidonadas en raso (ellas), y cuyas luces persisten tanto en los quioscos como en los televisores.

Robbe-Grillet se inspiró para su guión en ‘La invención de Morel’, novela de un refugiado en fuga escrita por Adolfo Bioy Casares en 1940. Todavía no se había desarrollado la televisión, pero un párrafo suyo se impone para cerrar este artículo:

“Atacaré, en esas páginas, a los agotadores de las selvas y de los desiertos; demostraré que el mundo, con el perfeccionamiento de las policías, de los documentos, del periodismo, de la radiotelefonía, de las aduanas, hace irreparable cualquier error de la justicia, es un infierno unánime para los perseguidos”.

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Un viajero singular

(Esto va de libros baratos que se deshacen en el bolsillo. En un tiempo fueron hegemónicos. Ahora se arrastran ladrillos por las playas.)

Imagino a Thomas Cole con el libro que protagoniza asomando por uno de los bolsillos del mono barato de mecánico que viste en la portada y por el cual asoma el mismo libro como si fuera a tener problemas para salir del abismo. Un libro pulp, por supuesto, de tapas blandas, las esquinas dobladas, descosido, cuarteado, como el ejemplar que leí en la adolescencia de Guerra con Centauro, selección de la Editorial Cénit de historias de Philip K. Dick donde se incluía, entre otras más renombradas, El hombre variable (1953)[1].
El hombre variable

No soy dado a edificar cultos, que siempre falsifican, pero ese humilde relato ha venido a ser para mí una de esas referencias que surgen cíclicamente y con variadas excusas, sobre todo las de las puras diversión y extrapolación, y seguramente más por azar que por necesidad.

La narración presenta en acciones paralelas a unos personajes que se pasean por el borde del Apocalipsis en un paisaje de bosques bombardeados, montañas que ocultan laboratorios, despachos de altos funcionarios y suburbios residenciales que parecen haber evolucionado por la vía militar a partir de aquel donde John Cheever situó a su nadador loco.

El escenario galáctico es de guerras coloniales. Los puntos centrales, sin embargo, los ocupan un viajero involuntario en el tiempo y un sistema de predicción de eventos.

Siempre me ha parecido que la máquina del tiempo es el instrumento más torpemente usado de la ciencia ficción, gracias a lo cual genera un montón de recursos narrativos. Dick presenta aquí una que funciona con la brutalidad de una pala excavadora. Una vez más, ese artilugio tan difícil de explicar es el más tosco; sólo sirve para hacer prospecciones y, por accidente, arrastra al futuro al tal Cole, con su carreta y su caballo, obviando sutilezas, paradojas y conjeturas aguafiestas como la de Novíkov, con sus bolas de billar a medio desviar y sus agujeros de gusano[2].

(No voy a destapar la intriga ni a tratar de profundizar en el asunto del tiempo. En mi opinión, la definición más exacta la dio Cortázar: el tiempo es como un bicho que anda y anda. Gracias al querido bruselés, ese precipicio no necesita más pretextos.)

Cole recorría el pasado (1913, pero muy lejos de Davos) reparando cosas antes de tropezar con ese futuro y convertirse en el obrero de un seductor y subversivo extrañamiento.

A partir de ese accidente, Dick relaciona la probabilística usada como elemento de control social y la adaptación del ser humano a la técnica. La estadística predictiva tropieza con un individuo desubicado al que su primitivismo dota de cualidades excepcionales, y con ello se introduce una variable incontrolada y de valores muy difíciles de modificar en el cálculo mecánico, que se ha hecho indispensable para la toma de decisiones.

La presencia del lañador crononauta a su pesar altera el funcionamiento de las computadoras SRB, dispositivos de predicción que procesan millones de datos bajo tal cantidad de condiciones que se consideran infalibles. Se trata, claro está, de aparatos esenciales para el ejercicio del poder. Éste aparece como algo nebuloso, de naturaleza poco explícita, organizado en secciones rivales entre ellas, intrigantes, pero unidas por la cohesión del autoritarismo. La capacidad de la policía para detener a cualquiera y la premura con que los ciudadanos denuncian la presencia de un desconocido no dicen nada esperanzador sobre los derechos y libertades. El estado de sitio permanente hace innecesarios los rituales democráticos. Las estructuras de la sociedad, surgidas de anteriores guerras autóctonas y de los conflictos interestelares, son las de un mundo altamente tecnificado y con una producción de usar y tirar, consumista pese al bloqueo que pone en peligro la expansión colonial, dividido en jerarquías profesionales, políticas y militares desabridas, clasistas y competitivas. No sorprende, pues, que lo primero que se plantee sea la simple eliminación física del sujeto que da problemas.

Las fluctuaciones de las SRB determinan, pues, la actuación del poder. Al comienzo del relato, se trata de decidir cuál es el mejor momento para emprender una ofensiva contra el Imperio de Centauro, que asfixia la expansión (no cabe duda de que tan depredadora como la del enemigo) de la humanidad. El ataque puede suponer la victoria o la derrota definitivas. Las previsiones son favorables. Todo parece ir bien hasta que cae del cielo el dato disonante. El problema es que las predicciones no aportan soluciones ni explican las claves de los problemas. La masiva y continua recolección de datos procedentes de todos los planetas del Sistema no permite identificar cuáles son los más relevantes. Los contadores enloquecen con cordura mecánica hasta que los merodeos de Cole (un personaje entrañablemente estático y a la vez adaptable, perfecta personificación de una variable independiente) delatan su origen. Viene del margen de la historia tecnológica y, como dice el Comisario de Seguridad Reinhart, posee

cierto talento, ciertos conocimientos de mecánica. Genio, tal vez, para hacer algo semejante. Recuerde de qué época llega, Dixon: principios del siglo veinte. Antes de que empezaran las guerras. Fue un periodo único. Había vitalidad, ingenio. Fue una época de desarrollo y descubrimientos increíbles. Edison, Pasteur, Burbank, los hermanos Wright. Inventos y máquinas. La gente manejaba con inusitada habilidad las máquinas, como si poseyeran algún tipo de intuición… de la que nosotros carecemos.

La aparición del hombre de 1913, el año de otra preguerra, altera la paradójica tranquilidad de un mundo futuro en guerra fría contado desde cuarenta años después también (como otra vuelta al recurso del abismo) en guerra fría, esa que tantas ganas tenemos de echar de menos, ¿se acuerdan? La peculiaridad del personaje explica el peligro que lleva consigo y que las máquinas detectan. El tipo es capaz de arreglar cualquier cosa sin saber previamente cómo hacerlo. No sólo arregla: mejora. Por ejemplo, convierte un videotransmisor de juguete en un aparato de comunicación interestelar:

Sus dedos volaron, palpando, explorando, examinando, comprobando cables y relés. Investigaron el videotransmisor intersistémico. Descubrieron cómo funcionaba.
(…)
-Entonces me enseñó el videotransmisor. Me di cuenta en seguida de que era diferente. Como sabe, soy ingeniero electrónico. Lo había abierto una vez para colocar pilas nuevas. Conocía bastante bien sus
entresijos. (…) Comisionado, lo habían cambiado. Alambres removidos, los relés conectados de manera diferente, faltaban piezas, otras nuevas improvisadas en lugar de las viejas… Por fin descubrí lo que me hizo llamar a Seguridad. El videotransmisor… funcionaba de veras.
—¿Funcionaba?
—Verá, no era más que un juguete. Su alcance se limitaba a unas pocas manzanas, para que los niños pudieran llamarse desde sus casas; una especie de videófono portátil. Comisionado, probé el videotransmisor, apreté el botón de llamada y hablé en el micrófono. Yo… me comuniqué con una nave, una nave de guerra situada más allá de Próxima Centauro… a unos ocho años luz de aquí. La distancia máxima a la que operan nuestros videotransmisores. Entonces llamé a Seguridad, sin pensarlo dos veces.

Siguiendo con el lúcido representante del poder:

Nosotros no sabemos arreglar nada, nada de nada. Somos seres especializados. (…) La progresiva complejidad impide que ninguno de nosotros adquiera conocimientos fuera de nuestro campo personal… Me resulta imposible entender lo que está haciendo el hombre que trabaja a mi lado. Demasiados conocimientos acumulados en cada campo. Y demasiados campos. Este hombre es diferente. Lo arregla todo, hace de todo. No trabaja a partir del conocimiento, ni a partir de la preparación científica…, la acumulación de hechos clasificados. No sabe nada. No se trata de un proceso mental, una forma de aprendizaje. Trabaja guiado por la intuición… Su poder reside en sus manos, no en la cabeza. Es un factótum.

Seis décadas después, la superespecialización que tanto subvierte en el pasado futuro de la ficción el aparecido hombre primitivo está cerca (a menos de otros tantos decenios, según algunos prospectores humanos) de producir la singularidad tecnológica. Es decir, toma visos de realidad el momento en que una máquina o un sistema informático sea capaz de automejorarse, rediseñarse y replicarse. Se supone que será la consecuencia de la complejidad de programas cuyo entramado de algoritmos sólo podrá ser percibido en conjunto por otros programas: sólo otro sistema informático podrá trazar un plano detallado y total de todos los componentes globales y sus relaciones entre sí. Y los seres humanos actuarán (si no está ocurriendo ya) como piezas específicas al servicio de ese complejo sistema cuyas formas y funciones son incapaces de apreciar con una visión de conjunto porque, para entender el paisaje y dibujar el mapa completo, tendrían que alejarse tanto que se harían invisibles los detalles.

Thomas Cole es una representación (no sé si deliberada; creo que el alcance real de las visiones de Dick es un juego de cajas chinas, y con ello volvemos al trampantojo del abismo) del último humano capaz de dominar a las máquinas antes de que los ingenieros y programadores pierdan del todo la autonomía frente a sus obras.

Como no ha habido viajes en el tiempo (y es ciertamente sospechoso que no aparezca nadie del futuro) ni nuestras sondas han llegado a playas hostiles, podemos considerar poco probable la llegada del sujeto destructor. Lo más probable es que Cole siga su ruta en 1913 y no podrá despertar inquietudes sobre la especialización que desvíen el camino a la singularidad. Puede hacerlo desde la literatura, por supuesto, pero eso nunca ha cambiado las cosas.

Por ahora, al menos que se sepa, las máquinas tienen limitada la capacidad de reprogramarse sin ayuda (al menos sin un primer impulso) exterior, pero podemos introducir todas las variantes sugeridas por la ciencia ficción, desde las fórmulas más rigurosas hasta las que lo resuleven quemando un chip (aquí tengo que romper una lanza por Novíkov) y desde la idea más totalitaria de la mente colmena, el sueño de la interconexión absoluta, hasta la ilusión antropocentrista de considerar que las singularidades serán diversas y beligerantes entre sí. Las hipótesis sobre una inevitable y/o deseable transhumanidad (o, más simple aún, sin post- ni trans-, la sociedad de las máquinas no sería sino la humana bajo otra cobertura) o el ascenso de diversas corrientes de neoludismo (con llamadas urgentes al eterno retorno) son aspectos que se escapan a este artículo y a mi capacidad.

En todo caso, el mundo está envuelto en las guerras de siempre con los motivos de siempre: de clase, coloniales o -lo más frecuente- ambas cosas a la vez. Y ese es el factor que, en la época que sea, permanece invariable. Sabemos que a veces la humanidad mejora en los derechos elementales que parece definir para ignorar. Cuando lo hace, suele ocurrir porque sus aberraciones son insostenibles, y sucede con traumas, quebrando paradigmas y a empujones de gentes caídas desde los márgenes del foco mediático prospectivo.

Sospecho que este artículo ha llegado al punto en que cualquier lector sensato (no se ofendan) se preguntará adónde quiero ir a parar. Pues bien: viendo el transcurso del bueno de Thomas Cole, creo que, como él, a donde ya estoy, ni más allá ni más acá.

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  1. [1]Contiene los siguientes relatos: Guerra con Centauro (The Variable Man, 1953), El informe de la minoría (The Minority Report, 1956), Autofac (Autofac, 1955), Un mundo de talento (A World of Talent, 1954).Ficha de “El hombre variable” en Tercera Fundación
  2. [2]Hay una explicación de la Conjetura de Ígor Novíkov en este vídeo.

John Dos Passos y lo inolvidable

Poco antes de que los militares derechistas y monárquicos perpetraran el golpe de estado contra la II República Española, John Dos Passos asistió en Santander a un mitin socialista. Lo contó en su libro Años inolvidables. No puedo evitar poner tres párrafos que discurren por la ciudad desde la alegría al miedo. Mientras el sentido relato mantiene la historia en su tozudez insensible, las comisiones municipales de expertos fingen hacer lo imposible: recuperar la memoria sin renunciar al olvido.

En Santander, camino de vuelta, escuchamos al primo de Pepe Giner, Fernando de los Ríos, que era diputado en las Cortes por Granada, cuando pronunció un discurso en un mitin socialista en la plaza de toros. Fue un gran acontecimiento. Los miembros de los sindicatos se presentaron con sus banderas con letras rojas y doradas, con sus mujeres, con sus hijos, con las cestas de la comida y con botellas de vino. Niñas de las escuelas, con trajes blancos y lazos rojos, cantaron la Internacional. Escuchando el discurso de don Fernando, era un placer poder apreciar su dominio del condicional y del futuro de subjuntivo, pero bien poco de todo aquello debía resultar de interés práctico a los atentos mineros, mecánicos y agricultores que habían venido de todo el norte de España para oírle, en autobuses, en carros tirados por mulas, en bicicletas o a pie.
Fue recibido con gritos de «Vivan los hombres honrados». Alguien soltó palomas blancas con lazos rojos en el cuello. Teóricamente tenían que volar hacia las esferas celestes para simbolizar el reino de paz y buena voluntad que se aproximaba, pero hacía mucho calor y las pobres palomas debían de haber pasado demasiado tiempo encerradas. Durante todo el discurso de don Fernando, una de ellas revoloteó trabajosamente por el centro del redondel. Durante aquel verano no hice otra cosa que ver signos y presagios por todas partes.
Un signo y un presagio que no era en absoluto imaginario fue el odio en los rostros de las gentes elegantemente vestidas, sentadas en las mesas de los cafés de la calle más importante de Santander, mientras contemplaban a los sudorosos socialistas volviendo de la plaza de toros con sus hijos y sus cestas y sus banderolas. Si los ojos fueran ametralladoras, ni uno solo hubiera sobrevivido aquel día. En mi bloc de notas apunté: Socialistas tan inocentes como un rebaño de ovejas en un país de lobos.

De trampas y sombreros

Sombreros en el blneario

Artículo publicado en eldiarioesCantabria

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PRETEXTO
Descubro este artículo de Marcos Pereda en oportuna réplica a un tópico (creo que siempre es necesario defender lo evidente frente a los trileros) y me acuerdo del Secretario de Estado de Cultura, don José María Lasalle, posando en pleno agosto ante las mandíbulas desencajadas del sapo cerámico que se ha tragado la bahía para entregar este titular: “A algunos les encantaría que Santander fuera un balneario decimonónico para calarse la boina”.

Entonces casi me sorprendió que el hombre que ha unificado la gestión cultural en Cantabria por encima de ideologías y partidos (esta democracia puede sobrevivir al fin de las ideologías, pero no al de los partidos) confundiera una boina con un canotier o un panamá, pero en seguida me di cuenta de que su afirmación está a salvo de toda crítica porque el excelentísimo veraneante (vocablo de ciudad-balneario para los visitantes cíclicos precedido del tratamiento oficial) avisaba además que es una especie de “liberal franfurktiano”, que vive “su propia e intransferible dialéctica ilustrada” y que posee un pensamiento cuyo “arco narrativo va de Locke a Walter Benjamin y sigue evolucionando”. Con esos comodines para ejercitar el name-dropping (tradúzcanlo si se atreven), todo es indiscutible por mucho que se discuta.

Pero me voy a entretener con el extremo más cercano del arco. La evolución ya la traerán las mareas.

CONTEXTO
En las notas de sociedad de la temporada de baños se hacían saber los días de estancia de los próceres y ‘buenas familias’, las horas de audiencia, sus futuros movimientos, qué intenciones publicables traían, en qué galas florales dejarían deslizarse el estío…

La benjaminiana multiplicación de las imágenes no ha cambiado esas reverencias; sólo los medios. Ha adquirido el escenario fórmulas del arte contemporáneo (como dice algún airado, el arte conceptual es la única salvación de la obra única frente a la imagen multicopiada) y le ha dado movimiento y literalidad suficientes para que el pensador no acuclillado ponga en la misma frase boina y balneario en performances con soporte en medios fieles, y así permitirles a sus mitificadores desatar el mantra: lo ha hecho a propósito, es un vanguardista, afirman. Tanta rebeldía y tanta fidelidad al poder tan bien emparejadas sólo se explican en el contexto de la inmersión de dadá en la industria del ocio. Claro que dadá nunca llegó a surrealista: ha pasado de no defender nada a ser defendido por el contexto. Dadá es historia desde que es rentable, léase subvencionado.

PALIMPSESTO
La alusión a la boina como emblema del regreso frente al progreso (ya nos gustaría regresar a los índices de paro de hace algunos años, ya, con perdón por el inciso prosaico) mantiene inalterado un traslado de la ruralidad y los obreros (despreciados, claro, junto a sus atuendos) al siglo y lugares donde se tramaron las líneas que han conducido a la parodia de ideología que encubre (muchas veces insultando sin remilgos a los disidentes) la práctica cotidiana de la escuela de gestores asociados a arquitectos y negociantes en eso que se ha dado en llamar ‘contenedores sin contenido’.

Benjamin consideraba que no hay diferencia entre forma y contenido: un marxista, don Walter, enamoradizo, elegante, perseguido, asesinado u obligado a matarse por la confluencia de franquistas y nazis en una frontera, y capaz de distinguir, sin duda, entre una boina, una gorra de fogonero y un canotier y señalar que los pobres no tienen más moda que la historia.

Borrón y cuenta nueva. Se borra el sombrerito, se pone la trampa de la boina y se vulgariza sin divulgar. Y si el palimpsesto, como los pentimenti digitales o no, deja aflorar la ceremonia anterior, se emborrona con la luz uniformada de una infografía. El pensamiento del Secretario de Estado (hagámoslo escuela, ya que sus fieles no parecen animarse a romper su modestia) procede, pues, a fingir la liquidación edípica de los veraneantes regios para salvaguardar las nuevas estrategias y asaltar la ciudad desde El Sardinero, que es donde quizá debería estar el Centro Botín, en lugar del Casino, opción tan poco contemplada como nuestra preferida: la de fondearlo en la bahía. Una pena.

PRESUPUESTO
En la época, no ya de la reproductibilidad de las obras de arte, sino de la brutal saturación de imágenes, el lenguaje de los gestores políticos y culturales (entrevistados casi siempre en antijardines azules bajo la atenta mirada del contenedor-desgravador: hagan en su mente variaciones al modo de Andy Warhol) depende del acceso a un repositorio de frases intercambiables que, en Santander, en plena Virgen de agosto, ante ese tapón a la bahía, siempre quedan bien.

No va a asomarse a esos pantallazos ni un ápice de la crítica de la cultura de nuestro alemán leitmotiv, de no ser como desvirtuado mecanismo de integración de un escritor brillante reducido a su brillantez expositiva. Podemos hacerlo aquí también, claro. Total, va dar igual, porque se trata sólo de literatura. Pero apetece recordar inspiraciones del alemán, judío, marxista, heterodoxo, enamoradizo (creo) y víctima del fascismo. Como que los visitantes de las exposiciones muestran en sus rostros la decepción de no encontrar más que cuadros colgados. O que la transformación de la superestructura va mucho más despacio que la de la infraestructura. O sea -digo yo en burdo modo boina- que la cultura va siempre detrás del dinero.