La abolición respondida

Sobre un poemario llegado del exterior más cercano
 John Collier | Restaurante (det.)

Un poema que no respetase los principios de la termodinámica sería la mejor descripción de la soledad de una esponja exfoliante robada a un tritón en un momento obligado de reflexión para advertir que esta no es una crítica seria de un compendio poético, sino una llamada al orden y a la vez una señal de alarma. Postulan engendros como el que aquí juzgamos el desequilibrio, sin más, de una expresión que las contenga todas, como si los los lotófagos pudieran recordar que su nutrición es el olvido. Afirman que lo que no es trabajo es calor y viceversa, y que toda explotación de un cuerpo entraña un frío indefinible. Defienden que ese frío puede entregar luz al desierto de los géneros y obligar a la entropía a viajar hacia un estado inconstante alejado de cero tanto como de la vigilancia y el castigo. Tal actitud no debe ser consentida.

(Alegato fiscal durante el juicio a un rapero surrealista.)

Mientras escribo esto pasan en televisión un reportaje sobre un falso queso muy reputado, pero de pronto la voz en off gira en el cielo y canta cual viento de la noche y aparece un tipo diciendo, como si lo acabara de descubrir, que la grasa de camión es necesaria. Luego bailan asteroides emergentes y unas cuantas chicas parecen entusiasmadas con la obligación de ir a la moda y la mediana, la parábola y la hipérbole. Otro macho corrobora: el lubricante es un agente imprescindible a causa de los roces. Peter Grullo, diplomático en excedencia, se suicida en un burdel de Las Vegas. Un crítico saltimbanqui entrevista a una estrella literaria que de pronto estalla como una supernova en burbujas inmobiliarias. Nuevas bailarinas ocupan boca abajo el espacio de la duda.

Tengo que darles un motivo para permanecer en esta columnata y les proporciono información al uso: trato de hablar del libro titulado La mujer abolida, escrito por Vicente Gutiérrez Escudero, sobre quien, además de no ser neutral (la neutralidad es un insulto), sólo puedo escribir automáticamente. Estoy seguro de que él lo comprenderá, lo cual tampoco es necesario: conozco al tipo. No se vayan ustedes a creer que voy a justificar el subtítulo. No se vayan ustedes a creer. No se vayan.

Sumida la poesía al uso en el ejercicio de la adulación de la crítica crítica (sic), me parece que hay que desempolvar al Marx más cáustico para señalar que la posesión del espíritu absoluto de que hacen gala los poetas de la sagrada familia balnearia (los mejor pagados de verdad, de sí mismos y de su tibia modestia) no tiene nada que ver con este libro ni con su perpetrador, que pregona la acción, la intervención del lenguaje y la búsqueda de pelea. Aprovecho para recomendar sus ensayos sobre el exterioricidio (hay que escribir más sobre la reivindicación de la intemperie) y la escuela (hay que discutir más sobre ese malentendido).

Lo conozco por lo menos de vista: un día me envió un autorretrato borroso tomado en una habitación de un hotel de Hong Kong para justificar su ausencia en una cita. Burda excusa irrefutable. Algunos saben hacer las cosas. El libro contiene un poema dedicado a Miroslaw Tichy, autor de fotos sin enfoque (ojo: no desenfocadas) cuya excelencia de neoclásico del arroyo hace reales a las ‘remotas mujeres desconocidas’ frente al desequilibrio del preciosismo publicitario. Ese poema y el central (Despatriarcalización) me parecen muestras complementarias: el primero contrapesa la falacia del imaginario y el otro explica el deseo diciendo lo que no debe ser llamado libertad. Lo que no debe. Lo que no tiene deudas.

No voy a ser el primero en decir que este libro exige otro round a partir de la hipótesis de la derrota del feminismo libertario (no sé, por cierto, si puede haber otro, pero no me adentraré en esa ciénaga). Vale, pongamos que han ganado ‘ellos’, las sombras que no se nombran, pero a estas alturas ya están más identificadas que una serpentina en la jaula de un vodevil. Qué fácil sería ahora decir vil. Empecemos otra vez recorriendo lúbricamente los efluvios. De pronto, las carrozas de todos los géneros agraviados se llenan de oportunistas y suena el mantra: para que todo siga igual. Para que todo siga. Para que todo. Pero, para que no se den por vencedores, tomo unos versos porque la obra merece el sano veneno de la sinécdoque:

… pues tendemos a creer
que toda ‘amada civilizada’
oculta en su interior
un tesoro que nos hubiera sido reservado.
En realidad
no existe
esa ‘verdad interior’ de nuestros cuerpos.

Volvamos a las andadas y a las andanadas. No voy a ponerme a recontar bibliografía para demostrar que lo indemostrable sólo puede ser mostrado. Ha juntado el poeta tres lustros de textos activistas que no pierden el pulso de la innovación; ningún aprendizaje de las vanguardias, situaciones y subversiones ha caído en cópula rota. No está reñido el activismo social con el literario ni es cuestión de buscar cuál sirve a cuál: parece mentira que haya que decir esto, pero es que uno está harto de los perfumistas de tesis líricas con sujeto, verbo, predicado, universidades de verano y todas esas caras asomadas a los photocalls de oportunidades.

Déjense de tímidas lecturas de estío. Si detestan la exposición playera del intelecto patrio, les encantará La mujer abolida, pero nada les impide leerlo sin condiciones.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Ambiente

Nada que objetar. Salvo el aburrimiento.

Tres manzanas rojas (1871). | Gustave Courbet

Tres manzanas rojas (1871). | Gustave Courbet

Leo en la solapa de una novela que se trata de una obra donde la atmósfera domina sobre la intriga. “Vaya -pienso-, esa es buena excusa para un artículo”. Pero enseguida me digo que la atmósfera está en la intriga como la forma en el contenido y viceversa, y que todos esos no-lugares no sirven para nada por mucho que suenen a topografía muy útil, y añado otras reflexiones (estoy viendo amontonarse tres autobuses de la misma línea, en paralelo, en la parada de autobús de Miranda, uno de ellos obstruyendo sin escrúpulos un paso de peatones…) que resuelven el conflicto por las bravas, cosa que cualquier día van a hacer los usuarios en un arrebato como cuando pasó lo del piano del alcalde, es decir, sin resolverlo… Está decidido: omitamos la trama y postulemos que la atmósfera es muy importante; casi tanto como el concepto, como discutiremos en cuanto nos den lo que es nuestro, que diría el mejor narcotraficante de la ficción ibérica.

Onetti, a su vez, decía que, si un charcutero no ofrece a sus clientes experimentos, sino productos bien cuidados y probados, un escritor no debe hacer lo contrario. Sin embargo, su amigo Cortázar siempre andaba armando modelos y amalando noemas, y la cosa le funcionaba tan bien como al uruguayo.

Los franceses, que históricamente entienden de monarquías, juegos de palabras y metáforas extremas, son capaces de ir más acá de la atmósfera y hablar del fondo del aire como una entidad física. Algún osado lo vierte como esencia, pero no se entiende el alambique, y el castellano lo resuelve declarándolo moral y literalmente intraducible (como cuando el Obispo Ménendez temblaba ante la idea de que harinas revolucionarias contaminaran nuestras hostias) y abomina de ese lugar imposible aunque todo el mundo entiende si se dice que es frío o, como se verá más adelante, tiene color simbólico.

Probablemente el macronismo, la versión gala y momentáneamente exitosa del ciudadanismo (nuestro partido liberal-lepenista debería llamarse ‘súbditos’), apague la tendencia a la subversión (aunque otros no lo consiguieron ni caligrafiando los garabatos de París), pero de momento los currelas le están armando una buena y parece que mantienen ese aire desarrapado de ir a autogestionar de un momento a otro la fábrica Lip, que está en Besançon, la tierra de Proudhom y Fourier: seamos utópicos. Seguro que eso es un sueño mío pasado por un anticuado filtro emocional, pero menos da una piedra.

Aquí los filtros-fondos vigentes son de Okuda y Ágata Ruiz de la Prada y la épica la pone Ruth Beitia. Nada que objetar, por supuesto: hay que empezar a omitir las objeciones por mínimas que sean. Cientos, miles de personas viven de acomodar las objeciones (a un título, a una falsa noticia…) o de inventarse otras (a una garantía del derecho a la vivienda, a una moción de censura…) y les va tan felizmente como a los creadores de atmósferas citados o por citar. Nada que objetar, repito. Salvo el aburrimiento. Acaban de inaugurar el pub multiambiente de la temporada y aplauden un repintado que suda horror al vacío.

Propongo como antídoto para las tibiezas primaverales dejarse llevar por la atmósfera de ‘Le fond de l’air est rouge’, documental de Chris Marker. La culpa es de la solapa de una novela. Ya ven: me importa tanto la inminente feria del libro que les recomiendo una película.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Una distopía de nuestro tiempo

A propósito de la novela Mañana cruzaremos el Ganges, de Ekaitz Ortega

 

No me queda más remedio que empezar invocando a las obras clásicas del género (1984, Un mundo feliz, Farenheit 451, Esto no puede pasar aquí, muchas cosas de Philip K. Dick, Ypsilon minus, etc…) para añadir de inmediato que esta novela no está en la continuidad de ninguna y está en la tradición de todas, así que cualquier comparación se me hace fútil y me atrevo a decir que ha venido a mejorar el conjunto. (Me acabo de dar cuenta de que este párrafo es prescindible y de que quedan muchos remedios, pero lo dejo para poder añadir está pequeña tontería pseudorecursiva sobre la ociosidad de las introducciones manidas. Aviso de paso de que estos son los apuntes de un lector que ha quedado satisfecho.)

El caso es que -sin querer jugar el papel de aficionado desencantado- creo que he descubierto con sorpresa en estas arriesgadas trescientas páginas no sólo un esfuerzo del autor por tomar la insatisfacción con lo que la realidad delata y proyectarla a un lugar literario sombrío y estimulante, sino que, en mi opinión, lo hace muy bien.

Gracias a Naomi Klein sabemos definir lo que se conoce como doctrina del shock: el sistema de libre mercado, hoy en su modalidad más extrema, aprovecha las crisis para implantar leyes clasistas y antidemocráticas y restringir los derechos de la población paralizada por el miedo para dar rienda suelta a la rapiña económica y a un aumento brutal de las desigualdades sociales. Los más afectados sólo reaccionan cuando han llegado al límite de la desesperación y, desprovistos de herramientas políticas y medios para canalizar el descontento, apenas tienen capacidad de actuar o lo hacen de un modo irracional, desorganizado y violento que justifica la represión y participa del ciclo del terror.

Otros estudiosos de corrientes nada radicales, pertenecientes a la tradición liberal y socialdemócrata, hablan del precio de la desigualdad como una prefiguración de la catástrofe que nos aguarda si nadie corrige el rumbo e, incluso, de lo traumática que puede ser esa corrección si continúa la obstinación de los ricos y el mercenariado empresarial en defender el paradigma de sus ambiciones.

Pero vayamos a la novela. Se trata del relato de una periodista que asiste a un tiempo donde la aplicación de los preceptos del ultraliberalismo (esa paradoja sólo aparente que anula las libertades para garantizar las del mercado) está en su punto álgido en una Unión Europea tan encantada de serlo como ahora mismo pese a las señales del naufragio al que sólo sabe responder blindándose. Es un texto denso, pero metódico, donde nos cuenta cómo su vida se ve afectada -en todos los ámbitos: profesional, social, familiar, sexual, y todo ello contado con tanta sutileza como claridad- por las derivas de una situación política que no deja de replicarse a sí misma, donde cada hecho produce otro que se encadena como un nuevo bucle de una representación fractal. Ya sé que el simil de Mandelbrot es tópico, pero no se me ocurre otro para sugerir la idea de una sucesión de callejones sin salida que salen a callejones sin salida. La solución -con esto no descubro nada nuevo- estaría en la huida del marco, claro, pero no es ese el relato, sino, insisto, el de una mujer que cuenta unos hechos y sufre. Subyace en la narración, además, una afirmación tan antigua como importante y olvidada: la profesionalidad, la objetividad y la independencia chocan constantemente con la necesidad, la censura, el miedo; y los sentimientos de los que creen en unos valores mínimos, por mucho que se sometan, apelan a la ética con tanto infortunio como desgarro. Sin embargo, el texto -diré sin revelar nada crucial sobre el tiempo o el espacio- está escrito desde la independencia radical que permite una larga distancia de la protagonista.

El modelo que refleja el futuro está firmemente anclado en el presente. Vemos a la democracia formal acercarse a lo que sueña el estado perfecto de la economía capitalista volcando hacia los márgenes sacos hediondos de contradicciones e injusticias mientras los gobiernos se ocupan del orden público (una categoría en la que entran principios cada día más amplios y severos) y de que nada turbe la marcha del negocio. Las leyes más bárbaras se aplican con la frialdad de la obediencia debida y la rutinaria banalidad del mal, y ningún peón muestra temor al destino de un Eichmann porque la historia ha sido borrada. No hay en la trama del poder conspiración que desenmascarar; sólo unos dogmas esenciales: los derechos civiles estorban tanto como una inversión no rentable.

Aunque la narración subjetiva reduce el campo y obliga a una percepción lejana de los márgenes, la protagonista cuenta las noticias que vive o llegan a ella y no puede publicar con la eficacia del buen periodismo y también con algunos clichés del estilo del oficio que refuerzan la primera persona.

La novela no necesita entrar en los entresijos económicos; simplemente, deja ver sus efectos en las vidas de las personas, el funcionamiento de las ciudades, las leyes y los medios de comunicación. Tampoco se centra en los antecedentes de la política, pero creo percibir algún sarcasmo en ese aspecto. La proximidad con las controversias actuales es evidente. Por ejemplo, ¿sorprendería a alguien que la UE de la troica acabara reemplazando la aprobación parlamentaria de las leyes por la de una comisión de notables tecnócratas? ¿No sería dar forma legal a lo que ya (¿casi?) está sucediendo?

La gran labor que ha hecho Ekaitz Ortega es, en mi opinión, encajar en un discurso coherente, emotivo y sencillo unos elementos complejos sin caer en la simplicidad o en el tedio y menos aún en los recursos fáciles de la intriga; ésta está presente sin ceder nunca a la tentación de hacerse el motivo principal de la obra. La lista de facetas es extensa: el terrorismo de estado, los métodos de propaganda y vigilancia de población, la culpabilización y persecución de las minorías, la censura en todos sus grados y métodos, el autoritarismo y la fatiga de los demócratas, la relativa fragilidad de los lazos familiares; el mundo de la clase media intelectual de profesores, artistas y periodistas y sus dependencias -a veces hay que subrayar lo evidente- de la propiedad y el estado, y también de sus propios círculos; la desaparición de la oposición y la aparición de fanatismos nihilistas; la sensación de vivir un tiempo sin porvenir que se apropia a cada paso del ambiente y, para cierto alivio, la idea de que el propio texto interviene en la (im)probable hipótesis de futuro.

 


(Me permito acabar estas notas con una pequeña boutade. A causa de un interés sadomasoquista por el mundo del arte, me gustaría leer la misma historia desde el punto de vista de Marie Warren, la hermana galerista de la narradora. Algo parecido a lo que hizo Jean Rhys con la esposa de Rochester, quizá con algunos toques de Isabel viendo llover en Macondo.)


Realismo sucio

Mierda era la espuma antioceánica, la cúpula fétida que soltaban los de los neumáticos y los vertidos al río del matadero de pollos.

Fotografía de Jack Delano

Mientras las iglesias de las siembras culturales organizan liturgias resistentes pero subvencionadas (encajando feligreses en la floritura de las clases creativas de Richard Florida: busquen en internet que ahora no tengo sitio ni humor para tanto), a uno le entran ganas de atropar boñiga invisible.

El caso es que la fábrica de cloro de Solvay se ve obligada a cerrar (40 trabajadores perderán su empleo) por no renunciar a tiempo al mercurio, y eso pide realismo sucio.

El otro día vi en un pueblo con colegiata a un paisano echando pestes de las cabras enanas. Juraría que junto al camino donde se quejaba había antes un maizal, pero los de ciudad, por muchas torcas que hayamos aprendido a sortear de visita, no solemos fijarnos en esas cosas. Aprovecho estas líneas para saludar al pueblo de Santander.

Por lo oído, la tendencia a poseer animales de juguete y la necesidad de cortar el césped de los jardines han puesto de moda a los que algunos califican de pequeños demonios malolientes, cuyos machos, además, con total desprecio por la importancia del tamaño, se mean sin decoro en sus propias barbas. “Resulta -dice el indignado- que los pijos que se compraban la casa en el pueblo y se quejaban de que olía a estiércol, ahora traen esa mierda”. “No dejan de ser cabras -comenta en un foro de mascotas un tipo al que rompieron la verja- y son unas cabronas”.

La gente de los pueblos distingue, con razón, entre la mierda y la boñiga. Pero los que sabemos de eso somos los que nos hemos criado en la conjunción entre Solvay, Sniace, General (Firestone, Bidgestone), RCA de Minas y un etcétera de talleres y laboratorios subsidiarios, y el laberinto de las pequeñas ganaderías familiares; los que, gracias a la gran mixtura desarrollista (boñiga, cloro, caucho, zinc, sosa cáustica, desguaces con motores incendiados en las islas entre carreteras) que se resume en “Mariuca, yo, a la fábrica, y tú y los críos, a las vacas”, enloquecimos -y a mucha honra- entre la bosta y el incienso industrial.

Mierda era la espuma antioceánica de las playas, la cúpula fétida que soltaban los de los neumáticos a horas fijas y los vertidos al río del matadero de pollos que obligaban a cortar el agua cada poco.

Si añadimos a eso actividades como la caza de renacuajos (sin duda mutantes) en charcas rodeadas de basureros -que además proporcionaban abundante material para armas y equipamientos tóxicos de diversa índole- y talleres improvisados por la atracción irresistible de los ralis (los gallos de las escuderías sembraban el suelo de gasofa, aceite y condones usados), tenemos el paisaje postapocalíptico sin guerra previa. Bueno, mejor dicho, la guerra ya era muy previa y había traido otras cosas que aún no se han abandonado.

Por pura autodefensa preferimos pensar que somos casi accidentes de laboratorio y que nuestra literatura no está encerrada en las ñoñerías hipsters de la clase creativa postindustrial, posfordista o como se llame eso. Más bien, imitando al antihéroe de ‘Watchmen’, avisamos de que son ellos los que están encerrados con nosotros, por contra-contrahegemónico que parezca.

Parece que esas cosas no tienen sitio en los relatos del Gran Relato Comúnmente Asumido si no van desprovistas en todos los sentidos de las poluciones que, por otra parte, ya quedaron atrapadas en los extrarradios de Martín Santos, Aldecoa o Grosso, pintadas en un maravilloso castellano cervantino cuando el lenguaje cervantino ya no era el del pueblo, pero todavía no había sido sometido por la jerigonza de los sociólogos líricos.

Gran pequeña región metanizadora con vocación industrial, minera y portuaria importada, fue empezar a escasear la boñiga en los prados de Cantabria y empezar a bajar la industria. O viceversa: las instrucciones venían del mismo sitio. Empezaron a faltar las bañeras-pilón de los prados y empezaron a apagarse las centellas de placer fusor.

Los que hemos crecido en esos parajes tenemos en el imaginario a los pagadores de bigotes blancos y trajes y coches negros con la guardia civil escoltando la nómina mientras los obreros esperaban liando ideales apoyados en las bicicletas, y siempre sospechamos que las gruesas chimeneas belgas no levantaban sólo cortinas de vapor de agua.

Por cierto, tengo cierta querencia por Bélgica, país de gran densidad ferroviaria. Hay llanuras llenas de vacas frisonas que miran al tren como es su obligación y a veces se ven casas de ladrillos como las de Solvay. Pese a ello, cuando visito Bruselas, me siento tentado a pensar que sería mejor que sus oficinistas tuvieran la culpa de todo este sucio juego.

Pero ahora la sección clorada es de una multinacional portuguesa (hasta en eso han sido listos los estereotipos de Tintín y Magritte) y la UE prohibió en 2013 utilizar mercurio en la producción de cloro y dio un plazo de cuatro años a las empresas afectadas para cambiar la tecnología. Y los responsables de aquí y de allí ni siquiera compraron cabras enanas de mierda renovadora para liquidar el exceso de verde.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Kipple

Roy Baty nunca estuvo en la puerta de Tanhauser. Apenas tenía un pasado gris de esclavo.

Pastor durmiendo (1924) | Alexey Venetsianov.

Pastor durmiendo (1924) | Alexey Venetsianov.

Tuiteé “¿Sueña Zuloaga con consejeros eléctricos?” y alguien lo tomó por el título de uno de estos artículos, error que, tras varias dudas, estuvo a punto de convertirse en acierto, pero se quedó en una instancia incumplida en cuanto el joven secretario general “retiró” a los cargos rivales.

Lo bueno de los tuits es que son tan grandes como su título. Son perfectos como los mapas a escala 1:1 o los laberintos-desiertos: a veces creo que la culpa de toda la postmodernidad la tiene Jorge Luis Borges. Pero el poder evocador de esa burda paráfrasis sobre la probable ansia de ser de un político (algunos banalizadores hablan del gremlim malo en cuanto ven un mechón blanco) es quizá mucho más grande de lo que merece la actualidad.

Hay que ver qué fuerza tiene la novela de Philip K. Dick y de qué manera una gran película le quitó la mayor parte del sentido. A saber: el mercerismo, los corderos eléctricos, las máquinas u órganos de ánimo, la telebasura y casi hasta la naturaleza de los androides, a los que bautizó replicantes para hacerlos menos diferentes de los humanos, acaso por miedo a lo que pudiera adquirir la tabla rasa de la máquina hecha desde cero o, dicho de otro modo, a su zafio y patético aprendizaje de niños grandes y huérfanos. (Se rumorea que en la Universidad de Georgia han desconectado a dos robots por comunicarse sin control humano en un idioma creado por ellos. Eran un encargo de Facebook).

Y el cine también minimizó el concepto de kipple, palabra inventada cuya traducción es controvertida. Se debate sobre ‘morralla’, ‘basugre’ o dejar el anglicismo; me apunto a la tercera opción para no empobrecer el término.

Kipple son los objetos inútiles, como el correo basura o las cajas de cerillas una vez gastadas todas o el envoltorio del chicle o el periódico de ayer. Cuando nadie está cerca, el kipple se reproduce. Por ejemplo, si te vas a dormir dejándo kipple por la casa, cuando te despiertes, habrá el doble”. Gracias a esa labor sin testigos, “el universo entero se mueve hacia un estado de absoluta kippleización.”

Por muy bien elaborada que esté y muchas lágrimas que disuelva en la lluvia el film, la maldita verdad, o lo que de ella se atisba, está del lado de Dick. Roy Baty nunca estuvo en la puerta de Tanhauser. Apenas tenía un pasado gris de esclavo. Parece que regentó una farmacia en Marte con su inesperada legítima esposa después de matar a sus amos y hacerse pasar por humano, pero era tan torpe que lo descubrieron y huyó a la Tierra, un planeta apestado del que todos querían largarse.

El acto más humano (por inexplicable) que se le conoce es un grito fuera de campo. Quizá sea eso -tan cinematográfico, para gloria del escritor- lo único que le hace digno de compasión después de verlo torturar a la que quizá era la última araña de la historia.

Nunca hubo peligro de que acabara en un tejado abrazado a una paloma y perdonando a su frustrado liquidador. Eso no ocurrió. La película cuenta un discurso apócrifo improvisado durante un largo e innecesario encuentro que no se produjo.

Y el mayor problema de Deckard (empleado de un servico de retirada de androides defectuosos aferrado a las intermitencias de la empatía del test delator de Voigt-Kampff) no era el desconocimiento de su propio origen: eso apenas era una sombra junto al deseo de conseguir una oveja de verdad y apartar a su esposa de una religión capaz de persistir después de hacerse notorio que el cielo era de papel pintado.

Los expertos en fabricar entidades sin memoria e impedir que la adquieran y dejen de ser rentables siguen impunes y activos, por supuesto, ya sean la Rosen Corporation o Chiquita Brands (antes United Fruit). Otros modelos actuales pueden también soñarlo todo de nuevo por nosotros (diría Dick) sin que deje de ser más de lo mismo.

En esencia, creo que lo que más importa en “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” son esas cosas hechas verbo como el amor que no necesita ser proclamado, el llanto por una araña de un filósofo lumpen que lucha contra la orfandad en un rascacielos deshabitado, la injusticia del trabajo y la lentitud del personaje introductor: la tortuga talismán de las Islas Tonga, que sólo aparece como noticia de un tiempo real.

Todo lo demás es kipple. Y no sólo en la ficción.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Chelsea

Estaba encargada de estudiar y ocultar. Pero no se encontraba a gusto ni en su labor ni en su género; sufría las máscaras de lo que podía decir de la guerra y de lo que se esperaba que dijera de sí misma.

Hermaphroditus y Salmacis (s. XVII). Francesco Albani.Hermaphroditus y Salmacis (s. XVII). Francesco Albani.

El otro día, el expresidente Obama, como gracia de su final de mandato, decidió poner en libertad a Chelsea Manning, que, cuando se llamaba Bradley Manning y tenía apariencia masculina, fue condenada a 35 años de cárcel por entregar al dominio público pruebas de abusos de detenidos, falsedades en los datos oficiales sobre el número de bajas y ataques a la población desarmada y a periodistas en las guerras de Irak y Afganistán.

Se supone que Chelsea saldrá en mayo. Para entonces habrá cumplido siete años de cárcel. Las condiciones de su encierro han sido muy duras y ha intentado suicidarse dos veces. Un resumen de lo que hizo y de lo que representa puede leerse en este artículo.

El caso de Manning me parece un ejemplo de los mecanismos que resuelven -o no- las intermitencias de las identidades. De lo identitario se suele hablar casi siempre en términos de pertenencia, simbología, rasgos culturales, valores, hábitos y todo lo que en general tiene más de ejercicio de imaginación y acomodación de la carne al verbo que del verbo a la carne. Así que debo confesar que prefiero la definición primaria de la vieja filosofia: la identidad es la relación que un ente sólo mantiene consigo mismo. Lo demás tiende a parecerme un puro juego de reglas provisionales que deberían permitir rediseñar lo que haga falta, lo que se eche en falta, las carencias y los anhelos.

En la novela Orlando (1928), de Virgina Woolf, el sexo del protagonista cambia, después de un largo período de sueño, con una naturalidad derivada, es de suponer, de sus experiencias pasadas, la necesidad afectiva, el desasosiego de la insatisfacción y la incertidumbre de la lubricidad futura. Son cosas que durante mucho tiempo sólo podía hacer la ficción, experta en aproximarse a la realidad esquivándola.

Como rechazando el miedo ancestral a las metamorfosis, que alcanzaría su máxima síntesis en el insecto de Kafka, Orlando cambia de sexo y género, pero su identidad no varía, porque no son ni la sexualidad ni la apariencia, ni la fe ni la lealtad a una causa, condiciones inmutables de los individuos. El temor a reconocer la falacia de lo inmóvil hace que muchas veces se inventen asideros peligrosos y que la autorrepresión y la represión de los demás se institucionalicen.

Manning era la misma persona cuando se hizo soldado que cuando envió a Wikileaks las pruebas de la barbarie, y será la misma persona cuando salga de la cárcel ya aceptada legalmente como mujer y todavía pendiente de parte de los tratamientos de transformación. Los aparentes cambios extremos no parecen haber alterado la voluntad ética de quien, sin embargo, ha sufrido agresiones, traumas y humillaciones por ellos.

La información es hoy en día un concepto evanescente, pero sigue cumpliendo su misión de fabricar identidades oportunistas. El entonces Bradley era un soldado de las unidades de información militar. Estaba encargado de estudiar y ocultar. Pero no se encontraba a gusto ni en su labor ni en su género; sufría las máscaras de lo que podía decir de la guerra y de lo que se esperaba que dijera de sí misma.

En ambos casos, para defender la libertad de información y para ejercer la libertad de elección de género, la búsqueda de la armonía requiere mucho valor. En el primero, la misma Chelsea ha explicado sus motivos citando a Howard Zinn, el historiador que zarandeó los mitos americanos: “No existe bandera lo bastante grande como para tapar el asesinato de gente inocente”. No sé si habrá dicho algo semejante de su opción transexual, pero Orlando sufrió con el cambio los efectos de la consideración de la mujer en la época victoriana, no muy alejados de los actuales y siempre en función de qué lugar geopolítico y social ocupe la persona.

Parece demostrado que Chelsea vio aumentado su castigo por el machismo cotidiano de las prisiones militares. Las definiciones no definitivas de masculinidad y femineidad subvierten la disciplina en esos ejércitos que todavía tienen serios problemas de depredación contra las mujeres soldados.

Los patriotas dogmáticos odian a Manning por su deslealtad al secreto, pero también por su cambio de género, que para ellos es otra forma de traición, o parte de la misma. Argumentarán que no sólo ha defraudado al estado-nación, patria patriarca de doble faz paternal y guerrera, sino a su propio sexo. Es muy difícil que instituciones ancladas en valores absolutos acepten la ductilidad en las identidades. La guerra es un gran marcador de lo inmutable; fuerza la confusión de lo accesorio con lo eterno y asfixia los derechos fundamentales como los uniformes a los cuerpos.

Algún día, por cierto, habrá que liberar los aspectos de la heterosexualidad marginados por la ortodoxia para uniformarla. Eso tampoco será ajeno al fin de los secretos de estado.

De momento, aquí queda este pequeño homenaje a Chelsea Manning.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Un viajero singular

(Esto va de libros baratos que se deshacen en el bolsillo. En un tiempo fueron hegemónicos. Ahora se arrastran ladrillos por las playas.)

Imagino a Thomas Cole con el libro que protagoniza asomando por uno de los bolsillos del mono barato de mecánico que viste en la portada y por el cual asoma el mismo libro como si fuera a tener problemas para salir del abismo. Un libro pulp, por supuesto, de tapas blandas, las esquinas dobladas, descosido, cuarteado, como el ejemplar que leí en la adolescencia de Guerra con Centauro, selección de la Editorial Cénit de historias de Philip K. Dick donde se incluía, entre otras más renombradas, El hombre variable (1953)1.
El hombre variable

No soy dado a edificar cultos, que siempre falsifican, pero ese humilde relato ha venido a ser para mí una de esas referencias que surgen cíclicamente y con variadas excusas, sobre todo las de las puras diversión y extrapolación, y seguramente más por azar que por necesidad.

La narración presenta en acciones paralelas a unos personajes que se pasean por el borde del Apocalipsis en un paisaje de bosques bombardeados, montañas que ocultan laboratorios, despachos de altos funcionarios y suburbios residenciales que parecen haber evolucionado por la vía militar a partir de aquel donde John Cheever situó a su nadador loco.

El escenario galáctico es de guerras coloniales. Los puntos centrales, sin embargo, los ocupan un viajero involuntario en el tiempo y un sistema de predicción de eventos.

Siempre me ha parecido que la máquina del tiempo es el instrumento más torpemente usado de la ciencia ficción, gracias a lo cual genera un montón de recursos narrativos. Dick presenta aquí una que funciona con la brutalidad de una pala excavadora. Una vez más, ese artilugio tan difícil de explicar es el más tosco; sólo sirve para hacer prospecciones y, por accidente, arrastra al futuro al tal Cole, con su carreta y su caballo, obviando sutilezas, paradojas y conjeturas aguafiestas como la de Novíkov, con sus bolas de billar a medio desviar y sus agujeros de gusano2.

Space Science Fiction -  Septiembre 1953

Space Science Fiction – Septiembre 1953

(No voy a destapar la intriga ni a tratar de profundizar en el asunto del tiempo. En mi opinión, la definición más exacta la dio Cortázar: el tiempo es como un bicho que anda y anda. Gracias al querido bruselés, ese precipicio no necesita más pretextos.)

Cole recorría el pasado (1913, pero muy lejos de Davos) reparando cosas antes de tropezar con ese futuro y convertirse en el obrero de un seductor y subversivo extrañamiento.

A partir de ese accidente, Dick relaciona la probabilística usada como elemento de control social y la adaptación del ser humano a la técnica. La estadística predictiva tropieza con un individuo desubicado al que su primitivismo dota de cualidades excepcionales, y con ello se introduce una variable incontrolada y de valores muy difíciles de modificar en el cálculo mecánico, que se ha hecho indispensable para la toma de decisiones.

La presencia del lañador crononauta a su pesar altera el funcionamiento de las computadoras SRB, dispositivos de predicción que procesan millones de datos bajo tal cantidad de condiciones que se consideran infalibles. Se trata, claro está, de aparatos esenciales para el ejercicio del poder. Éste aparece como algo nebuloso, de naturaleza poco explícita, organizado en secciones rivales entre ellas, intrigantes, pero unidas por la cohesión del autoritarismo. La capacidad de la policía para detener a cualquiera y la premura con que los ciudadanos denuncian la presencia de un desconocido no dicen nada esperanzador sobre los derechos y libertades. El estado de sitio permanente hace innecesarios los rituales democráticos. Las estructuras de la sociedad, surgidas de anteriores guerras autóctonas y de los conflictos interestelares, son las de un mundo altamente tecnificado y con una producción de usar y tirar, consumista pese al bloqueo que pone en peligro la expansión colonial, dividido en jerarquías profesionales, políticas y militares desabridas, clasistas y competitivas. No sorprende, pues, que lo primero que se plantee sea la simple eliminación física del sujeto que da problemas.

Las fluctuaciones de las SRB determinan, pues, la actuación del poder. Al comienzo del relato, se trata de decidir cuál es el mejor momento para emprender una ofensiva contra el Imperio de Centauro, que asfixia la expansión (no cabe duda de que tan depredadora como la del enemigo) de la humanidad. El ataque puede suponer la victoria o la derrota definitivas. Las previsiones son favorables. Todo parece ir bien hasta que cae del cielo el dato disonante. El problema es que las predicciones no aportan soluciones ni explican las claves de los problemas. La masiva y continua recolección de datos procedentes de todos los planetas del Sistema no permite identificar cuáles son los más relevantes. Los contadores enloquecen con cordura mecánica hasta que los merodeos de Cole (un personaje entrañablemente estático y a la vez adaptable, perfecta personificación de una variable independiente) delatan su origen. Viene del margen de la historia tecnológica y, como dice el Comisario de Seguridad Reinhart, posee

cierto talento, ciertos conocimientos de mecánica. Genio, tal vez, para hacer algo semejante. Recuerde de qué época llega, Dixon: principios del siglo veinte. Antes de que empezaran las guerras. Fue un periodo único. Había vitalidad, ingenio. Fue una época de desarrollo y descubrimientos increíbles. Edison, Pasteur, Burbank, los hermanos Wright. Inventos y máquinas. La gente manejaba con inusitada habilidad las máquinas, como si poseyeran algún tipo de intuición… de la que nosotros carecemos.

La aparición del hombre de 1913, el año de otra preguerra, altera la paradójica tranquilidad de un mundo futuro en guerra fría contado desde cuarenta años después también (como otra vuelta al recurso del abismo) en guerra fría, esa que tantas ganas tenemos de echar de menos, ¿se acuerdan? La peculiaridad del personaje explica el peligro que lleva consigo y que las máquinas detectan. El tipo es capaz de arreglar cualquier cosa sin saber previamente cómo hacerlo. No sólo arregla: mejora. Por ejemplo, convierte un videotransmisor de juguete en un aparato de comunicación interestelar:

Sus dedos volaron, palpando, explorando, examinando, comprobando cables y relés. Investigaron el videotransmisor intersistémico. Descubrieron cómo funcionaba.
(…)
-Entonces me enseñó el videotransmisor. Me di cuenta en seguida de que era diferente. Como sabe, soy ingeniero electrónico. Lo había abierto una vez para colocar pilas nuevas. Conocía bastante bien sus
entresijos. (…) Comisionado, lo habían cambiado. Alambres removidos, los relés conectados de manera diferente, faltaban piezas, otras nuevas improvisadas en lugar de las viejas… Por fin descubrí lo que me hizo llamar a Seguridad. El videotransmisor… funcionaba de veras.
—¿Funcionaba?
—Verá, no era más que un juguete. Su alcance se limitaba a unas pocas manzanas, para que los niños pudieran llamarse desde sus casas; una especie de videófono portátil. Comisionado, probé el videotransmisor, apreté el botón de llamada y hablé en el micrófono. Yo… me comuniqué con una nave, una nave de guerra situada más allá de Próxima Centauro… a unos ocho años luz de aquí. La distancia máxima a la que operan nuestros videotransmisores. Entonces llamé a Seguridad, sin pensarlo dos veces.

Siguiendo con el lúcido representante del poder:

Nosotros no sabemos arreglar nada, nada de nada. Somos seres especializados. (…) La progresiva complejidad impide que ninguno de nosotros adquiera conocimientos fuera de nuestro campo personal… Me resulta imposible entender lo que está haciendo el hombre que trabaja a mi lado. Demasiados conocimientos acumulados en cada campo. Y demasiados campos. Este hombre es diferente. Lo arregla todo, hace de todo. No trabaja a partir del conocimiento, ni a partir de la preparación científica…, la acumulación de hechos clasificados. No sabe nada. No se trata de un proceso mental, una forma de aprendizaje. Trabaja guiado por la intuición… Su poder reside en sus manos, no en la cabeza. Es un factótum.

Seis décadas después, la superespecialización que tanto subvierte en el pasado futuro de la ficción el aparecido hombre primitivo está cerca (a menos de otros tantos decenios, según algunos prospectores humanos) de producir la singularidad tecnológica. Es decir, toma visos de realidad el momento en que una máquina o un sistema informático sea capaz de automejorarse, rediseñarse y replicarse. Se supone que será la consecuencia de la complejidad de programas cuyo entramado de algoritmos sólo podrá ser percibido en conjunto por otros programas: sólo otro sistema informático podrá trazar un plano detallado y total de todos los componentes globales y sus relaciones entre sí. Y los seres humanos actuarán (si no está ocurriendo ya) como piezas específicas al servicio de ese complejo sistema cuyas formas y funciones son incapaces de apreciar con una visión de conjunto porque, para entender el paisaje y dibujar el mapa completo, tendrían que alejarse tanto que se harían invisibles los detalles.

Thomas Cole es una representación (no sé si deliberada; creo que el alcance real de las visiones de Dick es un juego de cajas chinas, y con ello volvemos al trampantojo del abismo) del último humano capaz de dominar a las máquinas antes de que los ingenieros y programadores pierdan del todo la autonomía frente a sus obras.

Ilustración de la edición original

Ilustración de la edición original

Como no ha habido viajes en el tiempo (y es ciertamente sospechoso que no aparezca nadie del futuro) ni nuestras sondas han llegado a playas hostiles, podemos considerar poco probable la llegada del sujeto destructor. Lo más probable es que Cole siga su ruta en 1913 y no podrá despertar inquietudes sobre la especialización que desvíen el camino a la singularidad. Puede hacerlo desde la literatura, por supuesto, pero eso nunca ha cambiado las cosas.

Por ahora, al menos que se sepa, las máquinas tienen limitada la capacidad de reprogramarse sin ayuda (al menos sin un primer impulso) exterior, pero podemos introducir todas las variantes sugeridas por la ciencia ficción, desde las fórmulas más rigurosas hasta las que lo resuleven quemando un chip (aquí tengo que romper una lanza por Novíkov) y desde la idea más totalitaria de la mente colmena, el sueño de la interconexión absoluta, hasta la ilusión antropocentrista de considerar que las singularidades serán diversas y beligerantes entre sí. Las hipótesis sobre una inevitable y/o deseable transhumanidad (o, más simple aún, sin post- ni trans-, la sociedad de las máquinas no sería sino la humana bajo otra cobertura) o el ascenso de diversas corrientes de neoludismo (con llamadas urgentes al eterno retorno) son aspectos que se escapan a este artículo y a mi capacidad.

En todo caso, el mundo está envuelto en las guerras de siempre con los motivos de siempre: de clase, coloniales o -lo más frecuente- ambas cosas a la vez. Y ese es el factor que, en la época que sea, permanece invariable. Sabemos que a veces la humanidad mejora en los derechos elementales que parece definir para ignorar. Cuando lo hace, suele ocurrir porque sus aberraciones son insostenibles, y sucede con traumas, quebrando paradigmas y a empujones de gentes caídas desde los márgenes del foco mediático prospectivo.

Sospecho que este artículo ha llegado al punto en que cualquier lector sensato (no se ofendan) se preguntará adónde quiero ir a parar. Pues bien: viendo el transcurso del bueno de Thomas Cole, creo que, como él, a donde ya estoy, ni más allá ni más acá.

___________