Una pérdida de tiempo (Hippe)

Mientras buscaba una palabra que no quería salir de la punta de la lengua, me he acordado de Pribislav Hippe.

Había olvidado cómo se escribe el nombre y he tenido que liberar el tomo cautivo de ‘La montaña mágica’; de paso, Thomas Mann me ha recordado que se pronuncia «Pchibislav».

El personaje aparece en la novela primero como un recuerdo y después como un fantasma que se presenta cuando afloran la inquietud de Castorp, las sospechas sobre sí mismo, la tentación de la autoinculpación (pero no de la autodelación) provocadas por la salvaje monotonía del mundo.

Las mismas sospechas alcanzan, por supuesto, al narrador omnisciente, que respeta el deseo del protagonista de no buscar un nombre para definir lo que sentía respecto al compañero de instituto, admirado siempre a distancia y con el que habló una única vez: fue para pedirle que le prestara un lápiz; sólo lo tuvo una hora; iba envuelto en un estuche de plata con un mecanismo para liberar la punta; freudianos abstenerse.

Hans Castorp no se preocupaba demasiado en justificar racionalmente sus sensaciones y, menos aún, del nombre que hubiera podido dárseles. De amistad no podía hablarse, puesto que ni siquiera «conocía» a Hippe. Pero, en primer lugar, nada obligaba a dar un nombre a aquellos sentimientos cuando ni siquiera se planteaba que pudieran verbalizarse. (…) Hans Castorp estaba inconscientemente convencido de que algo tan íntimo como aquello debía guardarse de una vez por todas de las definiciones y las clasificaciones. Justificados o no, aquellos sentimientos tan alejados de un nombre y cualquier forma de articulación, eran de una fuerza tal que Hans Castorp llevaba casi un año (…) alimentándolos en silencio.

La renuncia de Castorp a la palabra que se obstina en seguir oculta se traiciona con una precisa descripción de la belleza de Hippe. El narrador es más que cómplice, apenas una máscara, un velo tenue. También podemos pensar que Mann fue un gran bromista nada heroico, sin valor suicida para sucumbir en Venecia, un maestro del humor negro, quizá el más contemporáneo de los contemporáneos de Kafka.

Hippe es rubio, mestizo de germano y wendoeslavo, de ojos oblicuos y pómulos pronunciados (lo apodan «el Tártaro»), voz ronca pero agradable, alumno modelo, poseedor de una mirada con futuro y multigénero:

Aquellos ojos de Clavdia que le habían contemplado de muy cerca con una mirada indiscreta y oscura, y que, por la forma, el color y la expresión se parecían de una manera sorprendente y escalofriante a los de Pribislav Hippe (…), más bien eran los «mismos» ojos, como también la anchura de la mitad superior del rostro, aquella nariz un poco chata…, todo, hasta la blancura rosácea de la piel, aquel color sano de las mejillas que en Madame Chauchat, sin embargo, no era sino una mera ilusión (…), y así le había mirado [Hippe] cuando se cruzaban en el patio de la escuela.

Aquello era estremecedor en todos los aspectos. Hans Castorp estaba entusiasmado ante tal coincidencia y, al mismo tiempo, sentía algo parecido al temor, a una angustia creciente y similar a la que le producía saberse encerrado en un lugar exiguo en las circunstancias más propicias. (…)

Madame Chauchat también se rió de aquella escena, y sus ojillos se cerraron y su boca permaneció abierta, exactamente igual —pensó Hans Castorp— que cuando Pribislav Hippe reía.

A base de renuncias y de incertidumbres, la solución parece estar en una normalidad soporífera, la curación de un mal que no padece:

Pribislav Hippe ya no se le aparecía en carne y hueso como sucediera once meses atrás. La aclimatación de Hans Castorp había terminado, ya no tenía alucinaciones, ahora no estaba tendido e inmóvil sobre el banco mientras su «yo» se alejaba de su cuerpo y flotaba por regiones lejanas. Ya no ocurrían tales incidentes. La limpidez y la viveza de ese recuerdo, cuando lo evocaba, se mantenía en los límites normales y sanos.

Ese recobrado conformismo (Europa se prepara para la guerra y la novela lo cuenta desde la postguerra y Castorp no puede o no quiere llamar a sus sentimientos por sus nombres y, sin embargo, desde el íncipit, no hemos dejado de considerarlo un joven agradable y una buena persona aunque también desde el principio sepamos que las buenas personas no impedirán la catástrofe) tropieza una y otra vez con el lenguaje y los géneros, esas fábricas de malentendidos:

¿Cómo voy a devolverle a Clavdia Chauchat el lápiz de Pribislav Hippe? En francés se dice “son crayon” porque “crayon” es masculino, y da igual si el poseedor también lo es o no, pero entonces no se sabe si es “suyo de él” o “suyo de ella”, aunque tampoco se le puede devolver “a ella” lo que es “de él”… ¡Pero qué galimatías! ¡Cómo puedo perder el tiempo con cosas así!.

Bronca exquisita

El otro día leí que, en Rusia, en las proximidades del Don apacible, una discusión sobre Kant acabó a tiros (la noticia no entraba en detalles, pero parece que, como hoy todo lo kantiano, no tuvo consecuencias categóricas) y me acordé de cuando Rardo Pujas y su primo Ciano la tuvieron monumental por culpa del Lian, profesor de filología clásica represaliado que se ganaba la vida en una academia de repetidores, bebía como un cosaco (muy a propósito) y era esposo de una mujer de abrupta belleza grecolatinizante que las noches sin luna tocaba el piano, único mueble noble de la buhardilla que habitaba la pareja como estereotipo de resistentes derrotados, todo lo cual (piano triste y manso resentimiento) llevaba al hombre con frecuencia a acodarse en la barra del bar Oregón, trasegar mucho tinto barato (en realidad, no había otro) y soltar máximas que dejaban a la parroquia boquiabierta bajo los rulos atrapamoscas colgados de las paredes incluso en invierno. En ese bar sin otro aditivo yanqui que un sombrero Stetson grasiento fosilizado en la pared, tuvo lugar la pelea entre parientes que actuó como una máquina de Goldberg multidireccional y arrastró al barrio a un caos que duró tres días y cuatro noches y se prolongó durante años en un desorden lento, pero evidente como la expansión del universo, que es otra máquina de broma porque, aunque nunca nos lo admitimos, realiza tareas sencillas de un modo muy complicado… (Mientras se fraguaba la disputa, la mujer habilitada por la maledicencia y la teología para ser origen de la perdición paseaba por el barrio como un espejismo sin moverse del salón de casa, donde, de negro, leía en una chaiselongue tapizada en rosa palo un tomo en cuero con la portada de una colección de ensayos sobre Madame Bovary y el contenido de ‘La literatura y el mal’.) Aunque los nombres han sido cambiados, la realidad es tozuda como la conjetura de otro ruso cronosaboteador probablemente abstemio, y quizá muchos recordarán o habrán oído siquiera mencionar la que se montó aquel día de verano de finales de los 70 después de que el triste profesor (uno de esos grandes hombres cascarrabias con sus alumnos), en medio de un silencio espiritual evidente, al atardecer, dijera: “Toda forma lo es de un contenido”. Como se ha atribuído el privilegio de ser escenario de los hechos a varias localidades de nuestra Comunidad, y aunque fui testigo, omitiré el nombre del lugar para no provocar desilusiones. La frase fue pronunciada con desgana, pero redobló el silencio. Callaron hasta las moscas. Es decir: sobre todo, callaron las moscas cautivas. Pero ese silencio cruel lo rompió Ciano (ex legionario, boxeador de pesos welter desfederado por juego sucio, de cejas tachadas, treinta combates, todos perdidos por knock-out o fuga ante el adversario), el cual, ensoberbecido por el Soberano, casi como un poseso (una larga trayectoria personal que no viene a cuento explicaría esto), afirmó con su voz de nariz rota: “¡Eso sólo es cierto en el caso muy improbable de que ningún sofista se esmere deliberadamente en ocultar el contenido dándole una forma falaz al continente!”. Dadas las dificultades expresivas de Ciano, provocadas por recurrentes lapsos vago noqueo reminiscente, hubo y hay entre los testigos vivas polémicas sobre lo acertado de esta transcripción, pero, para lo que a esta crónica afecta, Lian alzó la vista, impetrante, hacia las hijas de Belcebú (el techo del local era alto; apenas se imaginaba un final del abismo blanqueado por telarañas donde desaparecían los cables de las bombillas desnudas), murmuró algo (¿por suerte?) ininteligible y, cuando parecía que no iba a haber nada más y empezaban a volver los zumbidos desesperados, Rardo (sabíamos que amaba con furia platónica a la cuñada del profesor, más fea, inteligente y pianista que su hermana, y era bien correspondido) estropeó el regreso ovino a la normalidad terciando con voz helada: “No contradigas al viejo”, advirtió. Enseguida entendimos que allí residía el poder de una mujer prematuramente tachada de solterona, vestal de cabellos lacios demasiado oscuros en las mechas aún no encanecidas, de silueta de enredadera y, sin embargo, majestuosa en su sobria túnica negra… El poder de un sueño, la furia bella imaginada, la frágil desmesura de un hombre herido que podía sufrir con la misma facilidad con que talaba bosques enteros en jornadas de 12 horas diarias. El caso es que Rardo Pujas (he olvidado decir que la primera erre se pronuncia con sonido vibrante simple y espero que eso no recaracterize bruscamente al personaje o por lo menos no desenfoque a la persona) debió de pensar que había que sacar a colación el asunto del robo de energía, obra de Ciano, que, a poco de salir de la cárcel, había alquilado un piso junto al de su primo y había puenteado su contador eléctrico con el de éste, el cual a su vez había hecho tiempo atrás lo mismo con el de otro vecino, para colmo guardia civil retirado que, debido al excesivo consumo, tenía grandes peloteras con su señora hasta que su contador dijo ya no puedo más, explotó con un aliento desesperado y dejó un halo ominoso en la pared del sótano comunal además de levantar la masilla que ocultaba los cables añadidos. El ex guardia civil exhibió la pistola, hizo cuentas y dejó claro que una deuda impagable pendía sobre las cabezas de los vecinos a cuya compañía había sido condenado por su escasa capacidad para ascender pese a los servicios prestados. Nada más retirarse, ya en democracia formal, se había hecho comunista, como su padre, que había quedado a su pesar en la zona del Alzamiento Nacional y había pasado años en la Guinea Ecuatorial (patética rima) escoltando los movimientos forzados de población para saciar el hambre de cacao y darnos quizá una oportunidad de expresar la globalidad de lo local y viceversa. Volviendo a los hechos que nos ocupan, de relato más prolijo (como voy a demostrar) que el intento de ambos parientes de talar, al unísono y con sendas motosierras, las palmeras monumentales de los jardines de la iglesia neogótica (orgullo de nuestra localidad pese a la existencia de otro edificio vanguardista de los años 70 y, a causa de los contrafuertes, serie de biombos de piedra oscura para las parejas nocturnas-), intento que fracasó por falta de combustible en las máquinas, mala calidad de cadenas, escaso engrase de las espadas (recién pasada la campaña de la tala, los Pujas volatilizaban la paga haciendo vida de marineros sedientos) y dureza de la madera, y no por otra cosa, ya que la fuerzas del orden no pudieron acercarse a los vándalos hasta que los motores cesaron su petardeo. Volviendo a ello, digo, es preciso hablar del silencio que se hizo cuando, al parecer, escasearon las réplicas. Probablemente, sin esa rara quietud (hasta los de la timba del fondo congelaron los naipes en el aire) no se hubiera producido el primer impulso, la puesta en marcha de un mecanismo construido por el azar y la necesidad, esa ingeniería del cosmos, el hado, el sexo y la sed, que un pintor futurista hubiera representado como un giro de objetos y personas en vórtices hilados sobre marionetas o encordados como autómatas de feria, pero a una velocidad sólo representable rompiendo toda figuración o armonía tradicional e incluso el propio lienzo. De pronto el bar pareció el trampantojo de un embalse olímpico desbordado, una puesta en abismo de estampidas de divinidades guerreras, faunos, ninfas, jaurías y ángeles nuevos legionarios de impresionantes dimorfismos sexuales y escatológicos. No se recordaba bronca parecida desde aquella huelga general en que los antidisturbios miraron al revés los mapas. (No se ofendan. Entonces eran grises, no había gepeses ni drones y, por otro lado, debería haber escrito “desde que los antidisturbios, alertados del error por desertores y prisioneros, pusieron los planos en la posición correcta”.) El incidente se subdividió para extenderse en muchos acasos cada vez menos subordinados a la filosofía inicial hasta perderse en la distancia de un mar de calles náufragas con sus islas míticas, las plazoletas especializadas, la de ligar, la de beber, la de las nubes de hachís, la del bajón de tripi, la del dibujante solitario al carboncillo, la de los niños, la de los perros; en realidad todas eran rincones o momentos distintos o ruinas o callejones anexos de la misma plaza, subplazas que fueron borradas por la lava fría de la historia de manera que el relato del día siguiente sólo quedó escrito en los objetos: una chapa de cinturón tintada en rojo y negro imitando la jolly roger de Jacquotte Delahaye, una carpeta con formularios de empadronamiento manchados de sudor de esclavos, cristales rotos de variadas procedencias, cajas de rodamientos reventadas, probetas con las que algunos habían querido experimentar lo placeres inusuales de la guerra bioquímica, preservativos trasladados con el mismo objetivo y rechazados por las desasosegantes amazonas que abandonaron los disfraces para refutar las tristes hombrías de los héroes, varios tomos del Rocambole, algunas láminas de Escher, un montón de fotografías de fractales y, de fondo, un dueto de theremines que avisaba del regreso zumbón de los daleks.

Evasión (un relato)

Portada - Evasión

En la cubierta de tercera estaban sólo un poco mejor que los viajeros del entrepuente, cuyo jolgorio oían de vez en cuando debajo del espacio cercano a la proa donde se habían sentado en cuatro sillas plegables hurtadas del mismo pañol que los resguardaba del trajín de embarques y despedidas.

Así, coincidiendo en evitar al resto del pasaje, empezaron a conocerse.

-Y a usted, ¿lo expulsan o se va voluntariamente? -preguntó la mujer…

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Poema lubricante para la consideración general

La niebla templada soluciona
la suave fricción, fermenta
la ajustable hendidura tetralabial.

Las presuntas feromonas
(puede que todo esté en la mente)
se extienden en el alba soluble.

Dicen en los colmados que la palabra clave
es infrutescencia, que los flujos limpios rebosan
como en la película japonesa que contaba
del agua tibia bajo un puente rojo.

Todo florece en contra del reloj
del Casanova de Fellini,
se opone al coitorresorte de luna y latón
de la industria erótica.

Puede que sólo en eso triunfe la artesanía,
último refugio del tacto y la saliva
frente a la celosía inalámbrica.

Ese sabor se explica solamente lamiendo.

Pretendemos que nada ha cambiado
desde los faunos lentos del primer estanque,
pero, ante la multiplicación de bivalvos y lenguas,
nadie habla de milagros.

Las succiones conjugan y rezuman verbos
en los que no caben más sujetos
que las partes íntimas sin retoques láser.

Vuelan vahos hacia la bóveda húmeda
(quien la comparó con un túnel no conoce las selvas)
y el vibrato continuo apenas roza los labios,
pero alcanza el asterisco Vonnegut con gotas alentadas.

Desde el misionero al enrevesado
momento inesperado
(afuera pueden pensar cualquier cosa)
del sonrojo de yerba fresca,
el orgasmo despeina la cabellera de los cometas.

Olas de estío

Esos atuendos serán disfraces cuando las motos acrobáticas sobrevuelen el dique de Gamazo

Man Ray. Paseo marítimo (1912).

Es la misma mar desde julio de 1847, cuando cambiaron oficialmente la manera de mirarla, el uso de las olas y el orden de los versos.

Anuncio de los baños de ola de Santander en La Gaceta de Madrid. 1847

El doctor Casallena sale del casino a punto de abandonar el hedonismo siguiendo el ritual perediano mientras, por un cronocapricho, no lejos de allí, en Piquío, ante otro mediodía, hora extraña para ese acto, una manicura de rara belleza se pega un tiro con el revólver de su amante. La síntesis entre el espejo con vaho matinal del amor romántico y la vana esperanza de encontrar un novio que la librase de la lima de uñas la condujo a lo que la prensa, conciliadora, omitiendo las artes del señorito de buena familia, llamará un malentendido casi fatal. Sobrevivirá para seguir viaje.

Que nadie se suelte de la maroma, señor, señora, y, si lo hace, que se aferre al bañero como si fuera el último en alquiler del verano. Las casetas rodantes están dotadas de toallas, esponjas, juguetes de coral, perfumes y cepillos para el pelo. Algunas tienen toldo y doble fondo. Las farmacias abren todo el día y las campanillas de las puertas no paran de sonar. La oferta incluye pastillas de opiáceos mentoladas y vinos quinados y cocainados.

Hay que paliar como sea los trajes de baño de lana. La lana es enemiga de la lujuria y forma con el agua y la arena una coraza pesada que lastra la libido; desazona, pero no calma el deseo. Se huye del sol casi tanto como se le buscará en el futuro, cuando la tecnología del ungüento se esfuerce para librar al bronce de la radiación. Las jóvenes suspiran bajo el valle inquietante del cielo arrugado de bochorno. Los futuros maridos posan en la baranda planeando la incursión nocturna en el burdel del Arrabal, el café Brillante o la chirlata de Puerta la Sierra. Ellas consienten porque el contrato familiar les impide saber que sus atuendos serán disfraces cuando las motos acrobáticas sobrevuelen el dique de Gamazo.

Se festejan los baños de ola para consagrar como tipismo un clasismo sin sombras plebeyas. José María de Pereda, reaccionario sincero, cuenta en ‘Tipos y paisajes’ que, mientras en el escenario se multiplican las apariencias, la plebe bulle en pelotas tras la cuarta pared de los arenales; y también, en ‘Nubes de estío’, relata los encuentros en las altas trastiendas para tratar de negocios que siguen siendo, como la mar imaginada, los mismos:

… dio lectura a una larga disertación, con latines también, en que se intentaba demostrar que las reformas actuales, que tantos caudales costaban ya al erario público, eran deficientes y absurdas; que se había cortado con miedo la bahía, y que era de imprescindible necesidad, para la conservación del puerto, sacar toda la línea de muelles construidos y proyectados medio kilómetro más al Sur.

-¿Otra tajadita más? -exclamó un oyente. (…)

-No es el caso el mismo -repuso el gran proyectista,- puesto que ustedes desaprobaban la reforma porque robaba mucha bahía, y yo la declaro absurda porque no roba todo lo que debe.

-Pues por mí -dijo el otro,- que la roben de punta a cabo; ¡para lo que queda ya de ella!…

-(…) Ah, señores: si supiérais vosotros, como yo sé, lo que son los hilos de corriente, y la ley maravillosa de las arenas en suspensión! ¡Si supiérais, repito, que es un hecho, comprobado por la ciencia, en sus cálculos de gabinete, que cuanto más angosto es un canal, mayor es el tiro de la corriente, y mayor la cantidad de sedimentos que se lleva consigo!

-¡Vaya si sabemos eso! (…) Y aún sabemos algo más: sabemos, sin habernos costado grandes vigilias ni cuantiosos dispendios; en fin, lo que se llama de balde, que cuando la anchura del canal sea cero, no entrará en él un mal grano de arena… ni tampoco una gota de agua.

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La abolición respondida

Sobre un poemario llegado del exterior más cercano
 John Collier | Restaurante (det.)

Un poema que no respetase los principios de la termodinámica sería la mejor descripción de la soledad de una esponja exfoliante robada a un tritón en un momento obligado de reflexión para advertir que esta no es una crítica seria de un compendio poético, sino una llamada al orden y a la vez una señal de alarma. Postulan engendros como el que aquí juzgamos el desequilibrio, sin más, de una expresión que las contenga todas, como si los los lotófagos pudieran recordar que su nutrición es el olvido. Afirman que lo que no es trabajo es calor y viceversa, y que toda explotación de un cuerpo entraña un frío indefinible. Defienden que ese frío puede entregar luz al desierto de los géneros y obligar a la entropía a viajar hacia un estado inconstante alejado de cero tanto como de la vigilancia y el castigo. Tal actitud no debe ser consentida.

(Alegato fiscal durante el juicio a un rapero surrealista.)

Mientras escribo esto pasan en televisión un reportaje sobre un falso queso muy reputado, pero de pronto la voz en off gira en el cielo y canta cual viento de la noche y aparece un tipo diciendo, como si lo acabara de descubrir, que la grasa de camión es necesaria. Luego bailan asteroides emergentes y unas cuantas chicas parecen entusiasmadas con la obligación de ir a la moda y la mediana, la parábola y la hipérbole. Otro macho corrobora: el lubricante es un agente imprescindible a causa de los roces. Peter Grullo, diplomático en excedencia, se suicida en un burdel de Las Vegas. Un crítico saltimbanqui entrevista a una estrella literaria que de pronto estalla como una supernova en burbujas inmobiliarias. Nuevas bailarinas ocupan boca abajo el espacio de la duda.

Tengo que darles un motivo para permanecer en esta columnata y les proporciono información al uso: trato de hablar del libro titulado La mujer abolida, escrito por Vicente Gutiérrez Escudero, sobre quien, además de no ser neutral (la neutralidad es un insulto), sólo puedo escribir automáticamente. Estoy seguro de que él lo comprenderá, lo cual tampoco es necesario: conozco al tipo. No se vayan ustedes a creer que voy a justificar el subtítulo. No se vayan ustedes a creer. No se vayan.

Sumida la poesía al uso en el ejercicio de la adulación de la crítica crítica (sic), me parece que hay que desempolvar al Marx más cáustico para señalar que la posesión del espíritu absoluto de que hacen gala los poetas de la sagrada familia balnearia (los mejor pagados de verdad, de sí mismos y de su tibia modestia) no tiene nada que ver con este libro ni con su perpetrador, que pregona la acción, la intervención del lenguaje y la búsqueda de pelea. Aprovecho para recomendar sus ensayos sobre el exterioricidio (hay que escribir más sobre la reivindicación de la intemperie) y la escuela (hay que discutir más sobre ese malentendido).

Lo conozco por lo menos de vista: un día me envió un autorretrato borroso tomado en una habitación de un hotel de Hong Kong para justificar su ausencia en una cita. Burda excusa irrefutable. Algunos saben hacer las cosas. El libro contiene un poema dedicado a Miroslaw Tichy, autor de fotos sin enfoque (ojo: no desenfocadas) cuya excelencia de neoclásico del arroyo hace reales a las ‘remotas mujeres desconocidas’ frente al desequilibrio del preciosismo publicitario. Ese poema y el central (Despatriarcalización) me parecen muestras complementarias: el primero contrapesa la falacia del imaginario y el otro explica el deseo diciendo lo que no debe ser llamado libertad. Lo que no debe. Lo que no tiene deudas.

No voy a ser el primero en decir que este libro exige otro round a partir de la hipótesis de la derrota del feminismo libertario (no sé, por cierto, si puede haber otro, pero no me adentraré en esa ciénaga). Vale, pongamos que han ganado ‘ellos’, las sombras que no se nombran, pero a estas alturas ya están más identificadas que una serpentina en la jaula de un vodevil. Qué fácil sería ahora decir vil. Empecemos otra vez recorriendo lúbricamente los efluvios. De pronto, las carrozas de todos los géneros agraviados se llenan de oportunistas y suena el mantra: para que todo siga igual. Para que todo siga. Para que todo. Pero, para que no se den por vencedores, tomo unos versos porque la obra merece el sano veneno de la sinécdoque:

… pues tendemos a creer
que toda ‘amada civilizada’
oculta en su interior
un tesoro que nos hubiera sido reservado.
En realidad
no existe
esa ‘verdad interior’ de nuestros cuerpos.

Volvamos a las andadas y a las andanadas. No voy a ponerme a recontar bibliografía para demostrar que lo indemostrable sólo puede ser mostrado. Ha juntado el poeta tres lustros de textos activistas que no pierden el pulso de la innovación; ningún aprendizaje de las vanguardias, situaciones y subversiones ha caído en cópula rota. No está reñido el activismo social con el literario ni es cuestión de buscar cuál sirve a cuál: parece mentira que haya que decir esto, pero es que uno está harto de los perfumistas de tesis líricas con sujeto, verbo, predicado, universidades de verano y todas esas caras asomadas a los photocalls de oportunidades.

Déjense de tímidas lecturas de estío. Si detestan la exposición playera del intelecto patrio, les encantará La mujer abolida, pero nada les impide leerlo sin condiciones.

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Ambiente

Nada que objetar. Salvo el aburrimiento.

Tres manzanas rojas (1871). | Gustave Courbet

Tres manzanas rojas (1871). | Gustave Courbet

Leo en la solapa de una novela que se trata de una obra donde la atmósfera domina sobre la intriga. “Vaya -pienso-, esa es buena excusa para un artículo”. Pero enseguida me digo que la atmósfera está en la intriga como la forma en el contenido y viceversa, y que todos esos no-lugares no sirven para nada por mucho que suenen a topografía muy útil, y añado otras reflexiones (estoy viendo amontonarse tres autobuses de la misma línea, en paralelo, en la parada de autobús de Miranda, uno de ellos obstruyendo sin escrúpulos un paso de peatones…) que resuelven el conflicto por las bravas, cosa que cualquier día van a hacer los usuarios en un arrebato como cuando pasó lo del piano del alcalde, es decir, sin resolverlo… Está decidido: omitamos la trama y postulemos que la atmósfera es muy importante; casi tanto como el concepto, como discutiremos en cuanto nos den lo que es nuestro, que diría el mejor narcotraficante de la ficción ibérica.

Onetti, a su vez, decía que, si un charcutero no ofrece a sus clientes experimentos, sino productos bien cuidados y probados, un escritor no debe hacer lo contrario. Sin embargo, su amigo Cortázar siempre andaba armando modelos y amalando noemas, y la cosa le funcionaba tan bien como al uruguayo.

Los franceses, que históricamente entienden de monarquías, juegos de palabras y metáforas extremas, son capaces de ir más acá de la atmósfera y hablar del fondo del aire como una entidad física. Algún osado lo vierte como esencia, pero no se entiende el alambique, y el castellano lo resuelve declarándolo moral y literalmente intraducible (como cuando el Obispo Ménendez temblaba ante la idea de que harinas revolucionarias contaminaran nuestras hostias) y abomina de ese lugar imposible aunque todo el mundo entiende si se dice que es frío o, como se verá más adelante, tiene color simbólico.

Probablemente el macronismo, la versión gala y momentáneamente exitosa del ciudadanismo (nuestro partido liberal-lepenista debería llamarse ‘súbditos’), apague la tendencia a la subversión (aunque otros no lo consiguieron ni caligrafiando los garabatos de París), pero de momento los currelas le están armando una buena y parece que mantienen ese aire desarrapado de ir a autogestionar de un momento a otro la fábrica Lip, que está en Besançon, la tierra de Proudhom y Fourier: seamos utópicos. Seguro que eso es un sueño mío pasado por un anticuado filtro emocional, pero menos da una piedra.

Aquí los filtros-fondos vigentes son de Okuda y Ágata Ruiz de la Prada y la épica la pone Ruth Beitia. Nada que objetar, por supuesto: hay que empezar a omitir las objeciones por mínimas que sean. Cientos, miles de personas viven de acomodar las objeciones (a un título, a una falsa noticia…) o de inventarse otras (a una garantía del derecho a la vivienda, a una moción de censura…) y les va tan felizmente como a los creadores de atmósferas citados o por citar. Nada que objetar, repito. Salvo el aburrimiento. Acaban de inaugurar el pub multiambiente de la temporada y aplauden un repintado que suda horror al vacío.

Propongo como antídoto para las tibiezas primaverales dejarse llevar por la atmósfera de ‘Le fond de l’air est rouge’, documental de Chris Marker. La culpa es de la solapa de una novela. Ya ven: me importa tanto la inminente feria del libro que les recomiendo una película.

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