Lo que se dice una ruina

Mi calle es normal, las aceras están rotas y no hay árboles, pero hay tiendas.
Primero está la mercería. Quedan pocas en la ciudad, pero en estos barrios siempre hay alguna porque la gente todavía cose y habla de ello. Entre nosotras nos gusta comentar: voy a hacerle esto a mi sobrina o me tengo que cambiar estos botones. Debo desde hace meses varios metros de blonda, unos visillos, media docena de carretes de hilo, así que procuro pasar poco por allí, pero tampoco puedo dejar de pasar del todo porque entonces empezarán a pensar que no voy a pagarles. La cuenta de la frutería, que está cerca, suelo saldarla a los tres o cuatro días, con regularidad, pero a costa de ir acumulando pequeños préstamos en otros sitios.
Al principio todo parecía sencillo. Sigue leyendo