Sobre ‘Drogas, neutralidad y presión mediática’, de Juan Carlos Usó

Creo que tendemos a reducir la cuestión de las drogas al problema del narcotráfico, con su épica policial y su victimario, de modo que es difícil introducir en los ámbitos cotidianos otras reflexiones. Es cierto que el debate sobre la legalización reaparece de vez en cuando en los focos de los medios, pero no suele salir de lo especulativo, y una suma de tenacidad moral y de intereses o desinterés impide cualquier cambio. El asunto queda, pues, casi exclusivamente en manos del orden público y la rutina legislativa, y la condición de los adictos se suele simplificar por y ante la opinión pública con la conmiseración por ser víctimas de sí mismos y de los traficantes, lo cual da pocas oportunidades a los matices.

Es comúnmente aceptado que la prohibición de las bebidas alcohólicas en Estados Unidos (1920-1933) fue un absurdo corregido después de unos años trágicos y relatado ahora como una especie de epopeya donde el orden al final se atuvo a la razón sin que nunca la hubiera perdido, es decir, sin dejar de ser el orden. Sin embargo, parece que el resto de sustancias alteradoras de la mente y la conducta han quedado en un falso limbo cada vez más activo, viciado y complejo, tanto desde el punto de vista policial como político (y geopolítico) y, por supuesto, económico.

Sirvan estas divagaciones previas como una recomendación del libro de Juan Carlos Usó, que, en mi opinión, facilita con una laboriosa sencillez la comprensión del fenómeno de las toxicomanías y su conversión en un motivo de alarma social.

En Europa el problema se percibe como tal desde finales del siglo XIX hasta la postguerra (con la Declaración de La Haya de 1912 como punto de inflexión cuyos efectos sin embargo tardarían en notarse) en un trascurso que incluye la influencia de la guerra en la proliferación de sustancias de todo tipo, la generalización de su uso no medicinal en ambientes médicos y la venta legal, alegal o tolerada de lo que suponía un negocio dirigido sobre todo a las clases pudientes y nada marginales o con sus propios márgenes discretos (los que luego serían «unos tiros de farlopa» se llamaban «frasquito de Boheringer» o «Forced March», etiquetados por prestigiosos laboratorios). Pero, en España, se añadió, como un factor peculiar, la neutralidad en la I Guerra Mundial, que aceleró la importación de nuevos modelos comerciales y de ocio y la llegada de refugiados ‘de lujo’ para reforzar a los practicantes autóctonos de paraísos artificiales y desbordar y sacar a la luz los ámbitos habituales.

El fallecimiento de unos aristoxicómanos en lugares de veraneo, por su valor simbólico, es una referencia fundamental en el libro. En medio de la neutralidad y la boyante economía hispana, se extiende o, mejor dicho, se construye una alarma social que, aunque se tomaría su tiempo, tendría el efecto de producir la aplicación de las leyes cada vez más restrictivas y paradójicamente similares a las que aquí no triunfaron sobre el alcohol. Condiciones culturales y de clase, y prioridades de los medios de comunicación intervinieron en todos los sentidos para el diferente tratamiento de los productos. Aunque la alarma pasó pronto, los intentos de aplicar estrictamente la legislación crearon un sedimento represivo y la permisividad farmacéutica, pronto recuperada y aún mantenida durante años, se complementó con el mercado negro, el cual, con el tiempo, se quedaría con el monopolio.

Así se sentaron las bases del callejón sin salida en que se ha convertido una cuestión que, como señala el autor, debe ser rescatada «del terreno de la mitología y la fantasía» y ser restituida «a la senda de la historia y la farmacología».

Por si el asunto y el punto de vista no fueran suficientemente atractivos, la recopilación de textos (con un panorama de cronistas muy brillantes) y noticias de la época, bien encajados en la estructura del relato, hacen del libro una lectura, en mi opinión, muy amena.

Un apunte local

El libro de Juan Carlos Usó hace un repaso a la situación en San Sebastián, ciudad de veraneo regio (Playa Real desde 1897) en la que se produjeron víctimas determinantes para la opinión pública. No se ocupa, claro, de Santander, donde no hubo hechos relevantes y que, pese al autobombo habitual, sólo era «segunda ciudad de veraneo», pero esa condición permite considerar (a falta de investigaciones extensas y sólo con echar un vistazo a la prensa) que la situación era parecida.

Podemos suponer que en Santander el incremento de veraneantes del Gotha, la pequeña nobleza y la burguesía no aportó sólo clientes para el hipódromo y los baños de ola. Sabemos que aumentaron el juego y la prostitución, y se produjo la transformación de teatrillos y cafés cantantes en cabarets y music-halls, lo que permite aventurar que, en cuanto a los estupefacientes («se juega en tantos sitios como se usa morfina», sostiene un testimonio), dominó el mismo ambiente que en aquellas ciudades de veraneo receptoras del aluvión narcótico.

El Cantábrico (18-01-1916) – La canción de la morfina, por Agustín Pajarón. (Pulsar para aumentar.)

Por otra parte, en la prensa y la publicidad de la época, aparecen indicadores del estado de cosas. Algunos en relación inversa (como señalar los productos farmacéuticos sin opiáceos ni cocaína por su convivencia en la venta libre con los que los contenían) y otros evidentes, como la «canción» publicada por Agustín Pajarón en El Cantábrico en enero de 1916 (en el corazón de la neutralidad) y dedicada al doctor Estrañi, creador de las pacotillas.


Artículo relacionado: Años de hipódromo


Aquel, ese, este tiempo

El peligro de alterar la historia retrocediendo en su curso es mínimo porque algo parecido a un timón tenaz mantiene las rutas principales.

Ferdinand Hodler | El toro (1878).

Douglas Adams -a quien no me canso de citar porque por él no pasan los años- estableció, sentado en el bar del fin del universo, la categoría estética del infinito (plano y sin interés) y la simultaneidad de la práctica de los viajes en el tiempo (cuando se construya la primera máquina que los permita, ocurrirá a la vez en todas las épocas y habrá existido siempre). Podría haber añadido que tal viaje, se produzca como se produzca y pese a la parafernalia en que lo envuelve la mayor parte de la ciencia ficción, será -es- circular, tedioso y sin consecuencias. Kurt Vonnegut también apuntaba por ahí: su ‘alter ego’ lo usaba en ‘Matadero 5’ como vía de escape desde situaciones dolorosas (el bombardeo de Dresde, un tren cargado de prisioneros…) hacia lo ya sabido o por saber; nada diferenciaba las cosas sucedidas de las venideras y lo realmente dramático era su vida de marioneta de la historia, no los desplazamientos.

Pero ahora viene la ciencia en ayuda de la literatura. Los físicos dominan las leyes que les permiten perdonarme interpretar desde la ignorancia, y es más lírico agarrarse a lo cuántico que a la paramnesia, el vulgar ‘déjà vu’ o la manida magia. Un ruso, Igor Nóvikov, afirma que es muy difícil crear paradojas destacables yendo al pasado y pisando una flor incipiente, matando una mariposa improbable, poniéndole una zancadilla a un magnicida o mejorando la puntería de un tirador rifeño. El peligro de alterar la historia retrocediendo en su curso es mínimo porque algo parecido a un timón tenaz mantiene las rutas principales. Que haya taquiones que llegan a su destino antes de salir del origen no parece cambiar nada. Todo lo demás corresponde a la voluntad humana, que produce una amalgama involuntaria de probabilidades e incertidumbres y sólo se ejerce desde el presente, lo cual -no cantemos victoria- incluye cambiar el relato del pasado (creo que los científicos prefieren permanecer en silencio sobre esto, aunque los sociólogos y economistas usan disciplinas científicas no se sabe bien para qué).

Como todo lo local cuenta en el universo, tomemos por ejemplo el regreso de una leyenda de condena cumplida a la política activa de Cantabria, a la que no me apetece nombrar porque, sin querer conflicto con los nominalistas, es más un universal que un ego desatado y así tiene usted excusa para deambular por internet (la procrastinación es arte y cultura). Fue alcalde, luego presidente y luego fue condenado por corrupción. Creo que nunca sucumbió en las urnas, y eso le da argumentos para la vuelta: muchos admiradores se quedaron sin líder y la reescritura que no funciona como fantasía funciona como disfraz.

Los retornos, igual que las permanencias excesivas, acaban volviéndose chistes hasta para los electores más fieles, porque la repetición hace la farsa. Sin embargo, los emblemas del que fue a la vez súcubo e íncubo no se han ido nunca, así que el regreso puede ser más exitoso que la tozudez de la bola de billar usada por Nóvikov como símil, sujeta a un número ilimitado de tensiones previas que, si no hay ruptura, la conducen inexorablemente al mismo sitio a donde llegó en el futuro por mucho que repitamos el día de la marmota con variaciones impotentes.

Hay factores que, no obstante el peso de la ley, soportan la hipótesis, y de pronto puede salir de un agujero de gusano el esperpento montado en un semental de un millón de dosis y dólares, un patrimonio invisible, pero no inmaterial, que se renueva con los lamentos por la dilapidación del paraíso vacuno, si bien es sin duda superado por objetos más sólidos y rentables (la rentabilidad suele ser una desgracia para los pobres), como el territorio cercado donde los camellos bractianos miran pasar caravanas de emisores de CO2 o el Palacio de lo Sobrecostos Marmóreos inaugurado por un socialista (esta palabra tiene una supervivencia inusitada) que gobernó seis meses, compró una quinta para crear una pequeña Moncloa con sus recepciones culturales y todo, y luego, tras ratificar el poder del paradigma, fuese. La quinta está en venta, y creo que barata. El palacio fue reinaugurado por su gestador. Después, como en una película de los Monty Python, llegó la policía y mandó apagar la cámara.

Aunque más elaborado y tecnificado, el modelo permanece, salvo las vacas, y nadie ha implantado con éxito otras banderas ni conseguido votos por métodos diferentes. Los regionalistas, que colaboraron en la ascensión de la leyenda desde los tiempos municipales, triunfan haciendo de la imagen de su líder el emblema, siempre en coalición consigo mismo (ese juego macabro de la sucesión) y con otros (esa dulce flexibilidad autonómica) y luchando contra el tiempo por la victoria final. Otras presidencias pasadas –y, por desgracia, sus efectos- parecen fáciles de olvidar incluso en sus arrebatos antitabaquistas.

En cuanto a los que nunca han gobernado, la nueva izquierda ha envejecido tan deprisa que está rejuveneciendo a la vieja, y las nuevas derechas no lo son en absoluto y merecen artículos más siniestros que este, aunque el ensayo de anuncio del regreso quizá tenga mucho que ver con ellas.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Podemónium

¿Parodia de una tragedia o tragedia de una parodia?

‘Bronca por una partida’. Jan Steen (s. XVII).

Me da cierta pena escribir sobre el provinciano pandemónium de Podemos Cantabria porque las miasmas de esa ciénaga mínima apenas son comparables a las de otros partidos dotados de mejores blindajes informativos y expertos contables. Pero creo que los que vinieron como mensajeros de lo nuevo merecen no ser ninguneados cuando se pelean junto al abismo mientras cada bando en lucha asegura que todo está muy claro: los malos son los otros y la única solución es la victoria, o sea, la derrota.

La versión regional del partido de las líricas tentaciones (aunque Miguel Ángel Revilla les da cien mil vueltas en regionalismo y neoperonismo, y seguro que su sucesora lo hará aún mejor) ha conseguido, desde 2014 y repitiendo las mismas artimañas, alcanzar la excelencia en la práctica de la desmesura interna. Me refiero, por supuesto, a la conducta observable y sus consecuencias evidentes, porque los del exterior apenas podemos valorarlo desde la estética, que es el espejo de la ética, o así lo soñamos. Así lo entendían aquellos griegos enfrentados a sabiendas de que la culpa la tenía la Discordia, que había tirado una manzana de oro sobre la mesa de las apuestas divinas provocando un choque de orgullos y, sobre todo, de números, y lanzando a los inscritos a las sombras de la némesis. Entre lamentos por las ilusiones perdidas y la locura fatal, lo que entonces cantaba el esquivo Homero luego lo pondría Shakespeare en boca de un idiota (literalmente, un apolítico) porque no hay narrador inocente. Afirmo de paso que debemos recuperar el mejor invento de los atenienses: las votaciones de ostracismo.

Volviendo al podemismo (no dejaron en el nombre lugar para lo probable: ‘probemos’, podían haber dicho, pero tenían que imitar a Obama, a quien pocos recuerdan), se diría que la bronca entre facciones muy poco diferentes no es la parodia de una tragedia, sino la tragedia de la parodia del regreso a la ideología sin ideología, galimatías cuya autorreferencia parece fatigar cualquier debate que no pueda resolverse con aclamación de liderazgos en alegres, vistosas repeticiones fundacionales. Y, como cuanto más se repite un mantra, más falso es, nadie intenta aplicar la agonística de Chantal Mouffe (ya sabemos que no funciona si no crees en ella) y superar la idea del adversario como enemigo mediante la regulación del conflicto, por decirlo en la jerga de vocablos nuevos para cosas viejas. Sería muy fácil señalar que el problema reside en una ‘torpeza notable en comprender las cosas’, que es la definición de estupidez, pero todo apunta a turbios intereses, apego al poder y estupefacción del personal (¿cuántos quedan?) necesitado de imaginarios más allá y acá del repintado 15M, incluidos, me temo, los que piensan (¿y, de estos, cuántos hay?) que la política puede ser de otra manera menos dependiente de los despachos en disputa. Por lo visto, tanto colorido transversal y tanto edulcorante ocultaban rituales muy primarios

Louis Aragon hablaba de la capacidad del ser humano para destrozar lo que cree estar abrazando y de la frustración de los que se creen llamados a un destino singular, pero sospecho que, como ortodoxo caído en la ‘realpolitik’, no es muy leído en los parques de ninguna de las lealtades. Quizá lo que ocurre es que se han puesto a reflotar el Gran Significante de la Democracia Parlamentaria Partitocrática sin cambiar el significado, la forma ni el contenido; tres cosas que para mí vienen a ser lo mismo, porque yo, la verdad, me pierdo con la filosofía.

Desocupar espacios es muy difícil -Jorge Oteiza lo hacía muy bien- pero reocupar un baile de máscaras se me hace un tonto maquiavelismo: una contradicción en los términos.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Currículos

La verdad tiene un alto valor escatológico en todos los sentidos de la palabra, es decir, lo mismo cuando se refiere a la trascendencia que cuando subvierte el marasmo de las cloacas. Pero, a estas alturas, entre los conceptos opuestos media una proximidad inquietante.

Andrea Mantegna 1495 (detalle) Andrea Mantegna. ‘Niños jugando con máscaras’ (detalle). 1495.

Debe de ser coincidencia que en poco tiempo hayamos descubierto que dos representantes políticas publicaron falsedades en sus currículos.

Una de ellas, directora de un “observatorio”, cargo de designación, ha dimitido. La otra, alcaldesa, cargo electo aunque en sustitución del que fue cabeza de lista, se niega a hacerlo pese a los requerimientos de la oposición. Son de partidos diferentes, pero aliados en lo fundamental, o sea, igualmente fundamentalistas en la sustitución de la política por las apariencias, y creo que, si se hubieran cambiado los papeles, las actitudes hubieran sido las mismas, determinadas por la importancia de los puestos que ocupan y la dimensión de la debilidad mostrada. Además, parece ser que ambos repentinos descubrimientos de informaciones falsas que, como aquella carta robada del relato de Poe, estaban a la vista de todos (¿cuánto tiempo llevaban expuestos los currículos sin que nadie decidiera hacer caso de ellos?), proceden de maniobras internas de esas entidades donde otros conceptos relacionados con la verdad (el respeto a la discrepancia, el juego limpio…) son consideraciones extremadamente relativizadas.

Para los que somos el vulgo, por mucho que opinemos y hagamos literatura con esas cosas, un “observatorio” es algo difícil de identificar salvo quizá cuando asoma a los medios haciendo propaganda, mientras que una alcaldía nos parece que se ocupa de la gestión de una ciudad. Es probable que en ambos casos estemos equivocados, pero es lo que hay: el electorado no damos más de nosotros mismos y «ellos» prefieren dárnoslo todo elaborado y de fácil digestión.

La verdad tiene un alto valor escatológico en todos los sentidos de la palabra, es decir, lo mismo cuando se refiere a la trascendencia que cuando subvierte el marasmo de las cloacas. Hay que admitir que la etimología y los diccionarios, en estos asuntos, se muestran despiadados. Pero, a estas alturas, después de que los filósofos levantaran un muro de lenguaje alrededor de la lógica para luego derruirlo con la práctica, entre los conceptos opuestos media una proximidad inquietante. Entre la verdad y la mentira están las máscaras, muchas veces indefinibles, pero sólidamente asentadas como un puente que las une: incluso cuando se hacen descaradas, su invitación al juego, a la evasión, nos hace estimarlas más que a la cruda realidad. La máscara, por estrambótica que sea, soluciona la contradicción del mismo modo que las consignas del doblepensar (palabra viajera desde la dictadura de aquel desarticulado 1984 hasta la democracia formal) hacen soportable la coexistencia imposible de la guerra y la paz, equilibrio que sirve para mantener la pobreza y la riqueza en un limbo de igualdad que autoriza al portavoz de turno a decir que todo va bien, valga la parte bien cebada por el todo.

El intento de prestigiarse con estudios no realizados (con la misma desfachatez con que suelen afirmar que sus méritos de acción políticos son indiscutibles y negar sus fracasos) es uno más de esos factores de indignación y debate que espanta el espanto de la política real a partir del jaleo apriorístico de los militantes y votantes.

Cuando alguien dice que una sociedad de desigualdades crecientes posee una economía boyante (valorando sólo el cálculo de la minoría rica), que se hace lo que se puede contra la miseria, la guerra, el machismo, el racismo, etc., sabiendo que no es cierto, no hace falta verificar un diploma para pedir la dimisión por la falacia porque la jodida realidad no se acepta en el marco del discurso y porque se acepta el marco (ahí está la clave, bien aplicada por los medios) sin discursos en contra.

Pedir la dimisión por la pretensión de tener un título no obtenido quizá no esté de más, pero me temo que encierra el peligro de hacer ritual fútil toda recusación. ¿La mentira del currículo es un fenómeno supraelectoral que obliga a ceder el puesto sin esperar el juicio de las urnas? El aumento del paro o la deuda pública, ¿no merecen el mismo trato para los que aseguraron tener soluciones?

El juego de la simétrica suplantación no deja de ser la prolongación de un mitin, una promesa más de las muchas afirmaciones en campaña que no se creen o en la que no se fijan ni los incondicionales. Hacer de ello una cuestión mayor es presentar la actitud general como excepcional y asumir la limitación del terreno de controversia a lo casi anecdótico,incluso con consecuencias y dimisiones que probablemente tengan doble fondo. Lo cual, por supuesto, alimenta a los que están muy a gusto en el desarreglo. Los directores de escena gozan entre bambalinas y cobran por ello, y los opositores, contaminados de ortodoxia, se apuntan al coro y siguen el ritmo.

Para colmo antiestético, los que amamos la ficción la vemos servir de instrumento sin ningún respeto por el viejo pacto lector (o espectador)-autor. Y con una lamentable falta de calidad. Los payasos no maquillan sus sonrisas grotescas sobre los rasgos solemnes del desamor, sino sobre los gestos mecánicos de los charlatanes. Así, es difícil que den pena o risa. La tragicomedia no cabe en los telediarios.

Otra cosa sería el mundo si por lo menos las mentiras las escribieran dignos herederos de Flaubert (experto en lugares comunes) o Joyce (harto de los límites de la expresión). Pero no: ellos decían verdades cuando mentían en sus currículos.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

De trampas y sombreros

Sombreros en el blneario

Artículo publicado en eldiarioesCantabria

logo_eldiarioescan

PRETEXTO
Descubro este artículo de Marcos Pereda en oportuna réplica a un tópico (creo que siempre es necesario defender lo evidente frente a los trileros) y me acuerdo del Secretario de Estado de Cultura, don José María Lasalle, posando en pleno agosto ante las mandíbulas desencajadas del sapo cerámico que se ha tragado la bahía para entregar este titular: «A algunos les encantaría que Santander fuera un balneario decimonónico para calarse la boina».

Entonces casi me sorprendió que el hombre que ha unificado la gestión cultural en Cantabria por encima de ideologías y partidos (esta democracia puede sobrevivir al fin de las ideologías, pero no al de los partidos) confundiera una boina con un canotier o un panamá, pero en seguida me di cuenta de que su afirmación está a salvo de toda crítica porque el excelentísimo veraneante (vocablo de ciudad-balneario para los visitantes cíclicos precedido del tratamiento oficial) avisaba además que es una especie de «liberal franfurktiano», que vive «su propia e intransferible dialéctica ilustrada» y que posee un pensamiento cuyo «arco narrativo va de Locke a Walter Benjamin y sigue evolucionando». Con esos comodines para ejercitar el name-dropping (tradúzcanlo si se atreven), todo es indiscutible por mucho que se discuta.

Pero me voy a entretener con el extremo más cercano del arco. La evolución ya la traerán las mareas.

CONTEXTO
En las notas de sociedad de la temporada de baños se hacían saber los días de estancia de los próceres y ‘buenas familias’, las horas de audiencia, sus futuros movimientos, qué intenciones publicables traían, en qué galas florales dejarían deslizarse el estío…

La benjaminiana multiplicación de las imágenes no ha cambiado esas reverencias; sólo los medios. Ha adquirido el escenario fórmulas del arte contemporáneo (como dice algún airado, el arte conceptual es la única salvación de la obra única frente a la imagen multicopiada) y le ha dado movimiento y literalidad suficientes para que el pensador no acuclillado ponga en la misma frase boina y balneario en performances con soporte en medios fieles, y así permitirles a sus mitificadores desatar el mantra: lo ha hecho a propósito, es un vanguardista, afirman. Tanta rebeldía y tanta fidelidad al poder tan bien emparejadas sólo se explican en el contexto de la inmersión de dadá en la industria del ocio. Claro que dadá nunca llegó a surrealista: ha pasado de no defender nada a ser defendido por el contexto. Dadá es historia desde que es rentable, léase subvencionado.

PALIMPSESTO
La alusión a la boina como emblema del regreso frente al progreso (ya nos gustaría regresar a los índices de paro de hace algunos años, ya, con perdón por el inciso prosaico) mantiene inalterado un traslado de la ruralidad y los obreros (despreciados, claro, junto a sus atuendos) al siglo y lugares donde se tramaron las líneas que han conducido a la parodia de ideología que encubre (muchas veces insultando sin remilgos a los disidentes) la práctica cotidiana de la escuela de gestores asociados a arquitectos y negociantes en eso que se ha dado en llamar ‘contenedores sin contenido’.

Benjamin consideraba que no hay diferencia entre forma y contenido: un marxista, don Walter, enamoradizo, elegante, perseguido, asesinado u obligado a matarse por la confluencia de franquistas y nazis en una frontera, y capaz de distinguir, sin duda, entre una boina, una gorra de fogonero y un canotier y señalar que los pobres no tienen más moda que la historia.

Borrón y cuenta nueva. Se borra el sombrerito, se pone la trampa de la boina y se vulgariza sin divulgar. Y si el palimpsesto, como los pentimenti digitales o no, deja aflorar la ceremonia anterior, se emborrona con la luz uniformada de una infografía. El pensamiento del Secretario de Estado (hagámoslo escuela, ya que sus fieles no parecen animarse a romper su modestia) procede, pues, a fingir la liquidación edípica de los veraneantes regios para salvaguardar las nuevas estrategias y asaltar la ciudad desde El Sardinero, que es donde quizá debería estar el Centro Botín, en lugar del Casino, opción tan poco contemplada como nuestra preferida: la de fondearlo en la bahía. Una pena.

PRESUPUESTO
En la época, no ya de la reproductibilidad de las obras de arte, sino de la brutal saturación de imágenes, el lenguaje de los gestores políticos y culturales (entrevistados casi siempre en antijardines azules bajo la atenta mirada del contenedor-desgravador: hagan en su mente variaciones al modo de Andy Warhol) depende del acceso a un repositorio de frases intercambiables que, en Santander, en plena Virgen de agosto, ante ese tapón a la bahía, siempre quedan bien.

No va a asomarse a esos pantallazos ni un ápice de la crítica de la cultura de nuestro alemán leitmotiv, de no ser como desvirtuado mecanismo de integración de un escritor brillante reducido a su brillantez expositiva. Podemos hacerlo aquí también, claro. Total, va dar igual, porque se trata sólo de literatura. Pero apetece recordar inspiraciones del alemán, judío, marxista, heterodoxo, enamoradizo (creo) y víctima del fascismo. Como que los visitantes de las exposiciones muestran en sus rostros la decepción de no encontrar más que cuadros colgados. O que la transformación de la superestructura va mucho más despacio que la de la infraestructura. O sea -digo yo en burdo modo boina- que la cultura va siempre detrás del dinero.