Ánimas

Los espíritus humildes más afortunados suelen perder el tiempo en depuraciones antes de entrar al paraíso.

James Hamilton. Náufragos (1875).

Sin entrar a debatir la dualidad cartesiana, y con toda legitimidad, los vecinos de la llamada calle Alcázar de Toledo (al parecer, denominación vergonzante de la bautizada en 1937 como Héroes del Alcázar, que antes fue de ambiente izquierdista con el nombre de Primero de Mayo) no quieren vivir en un lugar llamado Cuesta de las Ánimas.

“Ellos se lo pierden”, dice el espectro granguiñolesco del Obispo Regente de Cantabria, para algunos primer presidente autonómico, santiguándose mientras cabalga.

Prefieren Calle del Parlamento o seguir como estaban, es decir, la corrección instituida o el homenaje a una matanza del panteón fascista (no es, como se ha dicho, un homenaje a un edificio cuyo origen está más allá de la edad media) antes que una referencia a fantasmas que, sin embargo, descansan más en paz que los guerreros cuya memoria espolean mientras las almas anónimas apenas se distinguen en los restos del camino.

Las ánimas, según la religión dominante en estos pagos, tienen un matiz de gracia provisional y suelen habitar el purgatorio. Sólo están en un período de espera. Pero a los vecinos les parece tétrico recordar que aquello era la cuesta a un camposanto, un convento, un hospital, una iglesia, una gallera, un beaterio, una cárcel, una fábrica, un barrio… Todo lo cual no andaba lejos, en la cúspide y sus descensos, de las putas baratas (las caras moraban en las famosas mancebías donde cuenta Jesús Pardo que el ortodoxo Menéndez Pelayo, devoto del templo mencionado, fornicaba sin quitarse el cuello duro: dicen los malvados que por esa revelación le dieron al santanderino para cuya memoria sólo existe El Sardinero el premio de las Letras de Santander) y tampoco muy a desmano de un pequeño laberinto enfangado que se sumía en el callejón del Infierno, etiqueta nada rara de los pasos inferiores en la Europa latinizada y apenas una mirada etimológica al país de los castigos demoníacos.

Una vez más, resulta patético hablar de ánimas en lugar de nombrar al ánimo. Para que luego digan que el género no importa. O la clase: los espíritus humildes más afortunados suelen perder el tiempo en depuraciones antes de entrar al paraíso; quizá las necesidades los ataron en vida a la materia y preferían trabajar para comer o beber para olvidar que rezar; son oscuras dependencias que los ricos no tienen que justificar. Los ricos no necesitan ni el olvido. Es un mundo raro este, lleno de nombres provisionales y universales de chichinabo. Los homenajes a las intermitencias de la barbarie (Proust hablaba de las del corazón para explicar las de la memoria; por eso por aquí no tiene calles ni éxito) de vencedores o vencidos son aceptados o repudiados sin problemas, pero los hundidos en el anonimato del destino ambiguo dan mal rollo con sus regresos. Creo que en Santander no hubo nunca una calle del Purgatorio ni del Limbo, que tan bien funcionan como símbolos en películas y en novelas distópicas. Sí hubo una calleja llamada Cadalso, sin duda de real origen y bien anclada en la advertencia. Los castellanos, incluso, tienen en el páramo un noble pueblo llamado Tinieblas.

Se puede hablar a muchos niveles de la necesidad de actualizar los nombres. Por ejemplo, igual hay que empezar a pensar en renombrar el Mediterráneo Mar de las Ánimas Sin Refugio, un lugar rodeado de costas malditas y puertos fortificados donde hay que debatir cada rescate con la misma demagogia y crueldad financiera que la deuda pública, como si, una vez fijada la tasa de ganancias geopolíticas y valorada la oportunidad, fuera opcional salvar las vidas de los náufragos.

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Jubileo

La paradoja del ermitaño es que, pronto o tarde, su fundación necesita peregrinos. La carne es fuerte. Necesita negocios, desafíos, rutas de intercambio, supuestas reconquistas.

Mapamundi del Beato de Saint-Sever Mapamundi del Beato de Saint-Sever

Creo que fue poco después de que los hérulos arrasaran estas costas cuando un rey mandó desde su trono remoto amurallar el puerto y constituir un monasterio al que dio el señorío de la villa, sus tierras y sus marismas. Por suerte, había a la entrada del puerto una roca horadada donde encajó perfectamente la nave que trajo las cabezas de los mártires.

Al abadengo, además de los arriendos de sus huertos y los portazgos y pontazgos, pertenecían los diezmos de la pesca, los escabeches, las salazones y el vino. Y también las lenguas y corazones de las ballenas varadas. Las cocinas de Su Reverendísima Señoría estaban, pues, regularmente surtidas.

Por aquel entonces, las mujeres seguían peinándose según los usos de sus estados. Las solteras iban rapadas a mechas, las casadas usaban un tocado adelantado como un cuerno grueso y las viudas una suerte de tronco de cono. Los hombres hacían círculos predatorios, miraban celosos las presas soñadas y apuraban las jarras. El dios romano que contemplaba las procesiones desde una columna, casi borrado por el viento, se fingía un santo portador.

Todo esto es pura especulación, pero no voy a detenerme aquí, y diré que los crótalos que dirigían los bailes estaban sincronizados con un universo perfecto y simétrico. El mal era fácil de definir y el bien todo lo demás. Más acá de lo más temible, ni siquiera el sexo o la burla parecían pecados de verdad.

Puede que (pese a las advertencias de San Millán y a las matanzas de Leovigildo) las poblaciones costeras todavía comprendiesen mejor a los dioses caprichosos precristianos que a los cuatro jinetes del Apocalipsis, y que esa tendencia pagana de los puertos influyera para que el gran lugar de peregrinación se creara en las montañas del interior. Allí lo sacro estaba adquiriendo otras dimensiones a partir de la cueva de un anacoreta. La paradoja del ermitaño es que, pronto o tarde, su fundación necesita peregrinos. La carne es fuerte. Necesita negocios, desafíos, rutas de intercambio, supuestas reconquistas.

Las reliquias eran (son) fuentes de ingresos, comercio, prestigio, autoridad y fe, y también de competencia con otros templos. (Lo mismo ocurre con los milagros. Malas lenguas aseguran que Garabandal no fue aceptado a causa de la equidistancia de Lourdes y Fátima). Mejor tener un leño de la cruz que dos cabezas de centuriones conversos o una leyenda casi de broma como la de Maurano, que le contó a Gregorio de Tours que había perdido el habla y la había recuperado nada más subirse al barco de la peregrinación.

Todos esos usos permanecen y se alternan en interés e intensidad. Hoy se quejan los representantes de los empresarios de que el año jubilar sea la única acción que en 2017 pueda representar una oportunidad real de hacer negocio. Se muestran preocupados por la gestión y las infraestructuras como los frailes pedían que se ofreciera pan blanco a los peregrinos para evitar que cayeran en delirios ardientes de centeno. Parecen dudar de que los que no vengan por la reliquia lo hagan por el paisaje o el orujo. Temen el fracaso del negocio estacional que no copiará ningún beato.

Muchos peligros acechan al peregrino. Ya previnieron San Benito de Nursia y San Agustín contra los giróvagos, circelliones o circumcelliones, falsificadores de huesos de mártires, glotones, enemigos del ayuno y difusores de vicios entre otros monjes y anacoretas, atrapadores de crédulos con falsas indulgencias y tahúres. Creo que nunca les hicieron mucho caso. Y la tradición manda. O su parodia.

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La rueda de Barros

Cuenta Henri Breuil en un artículo de 1915 que, hasta que Hermilio Alcalde del Río estableció la antigüedad y el carácter de símbolo solar de la estela de Barros, se alternaron  sobre esta piedra dos curiosas consideraciones. El clero católico veía en ella una representación de la rueda donde los paganos no pudieron torturar a santa Catalina. Los trazos angulares recordarían las cuchillas del instrumento. La tradición votiva, más popular, la señaló como una ofrenda de algún viajero a la virgen de la capilla contigua en agradecimiento por la protección durante el trayecto. Sería entonces una simple rueda de carro o carreta con el buje, el cincho y la maza trazados de un modo esquemático. En ambos casos, la hagiografía mandaba sobre el cosmos y la interpretación sobre la representación. Luego llegaron los eruditos para fijar la piedra en un tiempo oscuro y reemplazar por hipótesis astronómicas los toscos relatos sobre la santa y el transeúnte. Ahora está en el escudo de Cantabria. La verdad es que me cuesta dejar de verla como una simple o una terrible rueda.

Santa Catalina - Fernando Gallego

Santa Catalina: Los ángeles impiden el suplicio de la rueda. Fernando Gallego. Siglo XV. Museo del Prado.


 Henri Breuil - Rueda de Barros

Dibujo de Henri Breuil

Las leyes de la creación

Yahvé se impuso para crear el mundo un plazo de siete días, descanso incluido. Fieles a ese inicio, las religiones del Libro han seguido la senda de las constricciones y establecido su universo como un relato oulipista obligado a esquivar los atajos de la Física y el Deseo, a los que arrojan doctrinalmente a la nada de la página en blanco, al infierno de los textos exteriores o a la esclavitud unidireccional de las plegarias: una narración de la existencia cercada por las reglas de un literato cuyos límites, agotados por la amplitud desvelada del Cosmos y del Caos, no aceptan potencias nuevas del Verbo ni de la Carne.