Construcciones y constricciones

La gran constricción de los constructores son las leyes de la física, el empecinamiento newtoniano de las cosas en caer. Aducir ilusiones es de mal gusto cuando la gente pierde sus hogares.

Lovis Corinth. Edificio en construcción en Montecarlo. 1914.

Lovis Corinth | Edificio en construcción en Montecarlo. 1914.

Los magos de la literatura potencial que suelen juntarse desde hace décadas en el OuLiPo entienden que las constricciones son tan liberadoras como las paradojas, así que la idea ya viene avalada por las falsas apariencias. También son expertos en autorreferencias y plagios por anticipación, la mayoría provocados por la necesidad de dejarse tentar por lo lúdico para no enloquecer de adustas trascendencias, pero muchas veces además para esquivar los tópicos asentados o reescribir los viejos cuando los nuevos se vuelven aburridos. Sin las obligaciones de la cuaderna vía, la poesía no habría alcanzado nunca el verso libre, ni éste sabría repisar huellas de ritmos clásicos.

Otras constricciones a la creación, como las de los dineros y rituales de obispos, emperadores y banqueros, han cambiado poco, pese a que los artistas suelen proclamar su libertad a los cuatro vientos, ya que en su mayoría son gentes simpáticas que gustan de provocar hilaridad en las tertulias. No sé si esto compensa mis citas a Platón y Duchamp en un artículo anterior. Me parece que no. El caso es que voy a hablar de constructores, que comparten con los creadores de todo tipo el origen artesano, la pasión por llenar el mundo de objetos y puede que, en muchos casos, el ánimo de lucro fácil. (Me doy cuenta de que este texto tiene un recorrido lateral, de cangrejo violinista, y me alegro, porque creo que ese bicho siempre llega a donde pretende).

Una vez establecido que las restricciones forman parte del acto de creación y lo determinan (ya saben: aquello del medio y el mensaje), el problema se reduce a compaginarlas con la lógica (el objetivo debe ser comprendido y aceptado por un mínimo de pagadores) y con el empecinamiento newtoniano de las cosas en caer. La gran constricción de los constructores son las leyes de la física. Aducir ilusiones resulta de mal gusto cuando la gente pierde sus hogares.

Supongamos, mientras esperamos que se haga justicia, que un empresario se impone a sí mismo la tarea de gastar un par de cientos de miles de euros en transformar un local en un lugar agradable, un ‘locus amoenus’ (el latín mola, pero creo que los antiguos preferían encontrar el lugar ya hecho; en Arcadia, por ejemplo), y para ello estima que las ventanas y los muros se adaptarán a sus deseos. Puede que alguien le aconseje no hacerlo así, pero encuentro muy probable que nadie se atreva o que simplemente él no haga caso, porque quizá esté acostumbrado a tener licencia rápida para todo y alguien le ha adoctrinado convenientemente con los versículos de la mano invisible.

Los liberales de nuestro tiempo son grandes predicadores; los gurús le habrán explicado a nuestro hombre (podría haber sido mujer, pero ha sido imaginado como hombre) que, cuando una persona como él se pone en marcha, la providencia se moviliza a su favor. Esta idea, medio robada a Goethe, debe de ser una de las más repetidas desde que existen el coaching y la inteligencia emocional (convertir la emoción en adjetivo de un supuesto debería estar penado), pero es cierto que a veces la providencia de los intereses y relaciones se moviliza, los trámites se agilizan, se saltan denuncias, se cambian licencias, enmudecen los técnicos que deberían decir esto no puede ser, y todo se pone al servicio de un impulso superior.

Entran las excavadoras para dar forma al paraíso y se derrumba el edificio. Varias familias pierden sus hogares. Un hogar es mucho más que una casa o un negocio, pero sufre las consecuencias de la purísima satisfacción del principio de propiedad autorregulada sin constricciones, exigencia del mercado basada en el dogma de que al creador-constructor siempre hay que ponérselo fácil. No estoy de acuerdo: hay que ponérselo difícil; obligarlo a aplicar la ética y la inteligencia o, si no las tiene, a pedirlas prestadas a alto interés.

Quizá haya que acuñar, a modo de preverdad, el término “emprender al descuido” como acción y efecto de construir sin trabas. Gracias a las teorías liberales de la libertad económica (las otras libertades no son imprescindibles, como demostró la Escuela de Chicago en el Chile de Pinochet), las burbujas revientan o implotan porque, en medio denso, sólo contienen aire y, en medio débil, sólo las contiene el aire. Pero, por mucho que se adornen las obras, las constricciones no son sólo funciones de un juego estético, sino constantes que hay que respetar para evitar accidentes. Los que quieran hacer obras, que se lo trabajen como Miguel Ángel trabajó para quitarle al David el mármol que le sobraba.

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Bochorno

Es uno de los conceptos más poéticos que puede producir la ciencia. Viene a ser, si no lo he entendido mal, como la proporción de amor en el deseo o viceversa

Calor en la bahíh. RPLl.

Calor en la bahía | RPLl.

Santander en verano es maravillosa. Se detiene, se embotella y no colapsa. Parece soñada por un viajero extravagante, por ejemplo Raymond Roussel, que se desplazaba a lugares remotos para no salir de la intimidad universal del camarote, la habitación de hotel o la caravana que él mismo diseñó sin ventanas. No me hagan caso. Son lecturas de verano, párrafos disfrazados para fingir que todo trasciende.

Dicen que la ciudad fue construida en la ladera sur del cerro para dominar la bahía y protegerla de los vientos del norte y del noroeste. Pero en realidad fue para exponerla a los excesos del sur con algún resquicio para el nordestuco cabrón esquinado. El bochorno, que para los romanos venía (‘vulturnus’) del oriente, tiene la complicidad del sol, que delinea con su maquinaria analemática las fachadas de la ribera dejando en penumbra las trastiendas y, si además está nublado y la multitud no va a la playa, hace aflorar el poder de la masa, y entonces la urbe de 172 656 habitantes parece millonaria y concentrada en un lugar con una sola salida y una sola entrada. Aunque hay cientos de recovecos y escaleras y casas con balcones torcidos y patios trasteros traseros (no todo iban a ser miradores o mansardas) dispuestos como jardines colgantes venidos a menos, la mayor parte de las desviaciones parecen abruptas e inconfesables. El resto es paisaje nublado y espejo empañado.

(Bocinazos, imprecaciones. Aúlla un perro. El camarero no ha conseguido esquivar al tercer patinador y se ha caído encima de un quizá spaniel. El encargado de la cafetería acude iracundo al ruido de vajilla, pero hay demasiadas evidencias: la larga correa de lo que alguien del público no duda en definir como puto perro de los cojones sólo para que la dueña pida tolerancia; el obtuso tripulante de la plataforma patinadora como se llame o los niños jodiendo con la pelota como en aquella vieja canción. Hace un rato, para una señora literalmente estirada, no era más que el camarero imbécil que se cree simpático y confunde las comandas. Ahora es una víctima, y eso que todavía intenta sonreír como si le gustara trabajar doce horas diarias por el sueldo de ocho. Y se ha levantado y recoge la bandeja. Y pide disculpas no se sabe a quién. El encargado está mirándole y él se mira en la bandeja caída como Narciso en el pozo y repite lo siento, lo siento, y rueda un botellín de cerveza: ya sabíamos todos que el ayuntamiento no se ocupa de que las aceras estén bien niveladas; rueda y cae por el precipicio del bordillo, cruza la calle sin incidentes y se detiene ante los adoquines del otro lado, cerca del martillo neumático gigante que el operario ha dejado clavado en el cemento como una polla de acero; díganme que el símil es excesivo si se atreven.)

El bochorno es uno de los conceptos más poéticos que puede producir la ciencia. Combina la temperatura aislada de toda influencia con la humedad presente en el aire en proporción a la máxima que podría tener, lo cual viene a ser, si no lo he entendido mal, como la proporción de amor en el deseo o viceversa. No sé por qué estos conceptos me llevan siempre hacia ensoñaciones tropicales; quizá sea para desmentir la naturaleza norteña del fenómeno.

Como los carriles-bici reduciendo aceras han trasladado a los peatones el conflicto entre conductores de motor y ciclistas y corredores y patinadores de distintos tipos, las vías no motorizadas ofrecen un espectáculo innovador de zigzags y sustos. En donde las terrazas no alcanzan el nivel de desorden necesario, se instalan casetas. Un hombre vestido de prisionero de guerra se ha puesto a salvo en el espigón, mira la dársena y se abanica con las actividades de verano. Desempaca una phablet, le murmura un nombre e informa. Hay mucha cultura por medio: danza, aeróbic, magia, talleres para aprender a amarse… Stendhal hubiera reelaborado su síndrome tras una estancia en el Paseo Pereda.

Han acelerado las obras como en una stop-motion. Algo está ocurriendo. No han acabado de arruinarse los barrios destinados a la gentrificación, pero ya los están rodeando de novedades. Deben de tener prisa para algo. Rampas, ascensores, accesos. Quizá se trata simplemente de insinuar la posibilidad de movimiento en un lugar que no parece ir a ninguna parte. ¿Cómo se puede caminar en círculos en una ciudad-pasillo? Murales: también murales, con alegrías triunfales. Una frase de ‘La esfinge maragata’ en los muros del quinto pino sentencia una horterada sin contexto al pie del terraplén. Por cosas así nos amarían los dadaístas si no estuvieran a punto de ser archivados en un edificio bancario.

-¿Qué estás leyendo? -pregunta el enamorado en un banco bajo un tamarindo.

-Las bases de un concurso de ideas para una ciudad temática. Pero no las entiendo.

Pasa un coche con King África a tope y parece que el estribillo dice construir construir construir. No puede ser. Deben de estar obsesionados.

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Preverano en Betaciudad

“Tiene usted que tomar precauciones, Herr Heisenberg, y decidir de una vez si se concentra en la postura o en la velocidad”.

Alfred Wallis. Casas junto al mar (1928).

Esta ciudad, quizá la capital más aislada de su hinterland, está orgullosa del tamaño de su esperanza.

En algunas zonas, las mucamas inmigradas están empezando a ventilar las casas de los señores y tienden sábanas mantarrayas mientras los jardines parecen reordenarse solos pese a los chasquidos de las cizallas entre los sauces llorones. En otras calles, apenas se repintan los miradores. Empieza el calor, pero no se espera nada desaforado de puertas para afuera. Ahora que se avecina el verano, se amplían los burdeles, los bares y los mercados blanco, negro y de esclavos en general. Una parte del calor humano se mueve hacia la noche y aumentan en los medios los anuncios por palabras y con fotos de hombres y mujeres de profilaxis plastificada, hoy tan presentes y oficialmente inexistentes como en los tiempos de los veraneos regios, cuando la urbe estaba tan en versión beta como ahora. Hasta en la oscuridad hay un velo sedoso de paz soleada que el viento sur atraviesa sin enloquecerlo. Las plazas se llenan de ofertas, la ciudad se pone en pose de parque politemático, pulcro y de estilo uniforme, identificada muy seriamente con una idea servicial de lo diverso. El resultado es tan homologable que, una vez apartado el hecho natural de la bahía, la fachada sigue pareciendo quiero y no puedo de tópico interrumpido.

La nueva continuidad es una ruptura que encajona el paisaje. Los nuevos carpinteros de ribera trabajan a marchas forzadas para acabar de amueblar un obstáculo que se llenará de arte desconflictuado. Nada hace más inofensivo al arte que un museo con terrazas y jerga de tragaperras pachinko. Los fabricantes de etiquetas ya no dan abasto con el inglés funcional de la city. Esperan en vano sonido de bumpers en lugar del chill-out oficioso en esas turborrotondas de la cultura.

(Es una cita obligada el momento en que el tipo de la palangana de Schrödinger no se sabe si entra o sale, si sube o baja, si se decide a exigirle al cliente el lavado que es norma en la casa. “Tiene usted que tomar precauciones, Herr Heisenberg -le dice el del gato encerrado al colega de la incertidumbre-, y decidir de una vez si se concentra en la postura o en la velocidad”.)

Como anémonas atrapadas en metacrilato, los emprendedores especializados en implementar (sic) viveros (sic) de contenidos (sic) para la economía del ocio, se presentan en la batalla uniformados de vendedores conceptuales que primero publicitan vagas autodefiniciones y luego le preguntan al cliente, a ser posible institucional, en qué pueden servirle. Ponen a nuestro alcance, en este paraíso blindado por marines y drones, los nombres de las espumas que nos llevamos al alma y a la boca, ya sean artes varias o gastronomía, labor que ha hecho de los que antes teníamos por propagandistas ávidos de subvenciones honrados trabajadores al servicio de la creatividad colectiva.

La cobertura cerámica del inmediato referente es capaz de deslumbrar sin dejar de ser gris y aburrida. Me parece que, además, tiene efectos sobre el rumor del oleaje. Esa sordina es otra forma de sombra añadida a la que ya proyecta sobre el paisaje y sobre la historia de la ciudad.

Las estabilidades de neón-led y las instalaciones con toboganes reemplazan a las viejas seguridades: la social, la laboral, las novelas sólidas y los urinarios de Duchamp. Los mensajes que antes se incrustaban en el contenido ahora se exhiben vacíos sin complejos y orgullosos del envoltorio.

Las ciudades beta son rentables porque siempre están en obras.

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La opereta de la transferencia cultural

Opereta

No me apetece nada escribir sobre este asunto. Me aburre. No me da ni pereza; la pereza es un estímulo lleno de paradojas. Me la trae floja, vamos. Pero, por otra parte, ¿por qué no va uno a escribir sobre lo que le apaga la libido? Total, Freud está crepuscular y sus términos sirven para todo, como las palabras que afloran por ahí -creatividad, tejido cultural, agentes culturales, economía del ocio…- en un tobogán de consignas.

Los curiosos incidentes entre la Fundación Santander Creativa (FSC) y el Ayuntamiento de Santander y la Fundación Botín (FB), presentados como un proceso de desarticulación de no sé qué urdimbre, no me parecen sino la manifestación de un acuerdo fundamental. O sea, un conflicto falaz donde sólo se discuten pequeñas áreas de poder y algunos beneficios personales dentro de las reglas del juego que todos aceptan.

El dinero va, viene, fermenta en propagandas y desgravaciones y a veces produce espejismos curiosos, como que las ideologías de ambas fundaciones son cosas diferentes o inexistentes. Pero una es parte fundamental de la otra. Así que, si la FSC sucumbe porque la FB recorta gastos, será a causa de su propia condición.

Hay una evidente reordenación del dinero que aporta, desgravando, la fundación bancaria (y el propio Banco de Santander, a cargo, creo, de su departamento de Comunicación: de nuevo la propaganda) para hacer ese espectáculo que llaman cultura, que no es sino un conjunto de actos administrativos con efectos discutibles sobre el ocio de la población.

Resulta patética la aparente lucha entre el Ayuntamiento y la FB, que parece ir a trasladar su dinero a otras cosas precisamente cedidas por la sumisión del municipio. Los próceres de la ciudad manifiestan la torpeza del que sabe que su pelea no es más que un acto de mendicidad.

Los más afectados son los profesionales de la gestión cultural. Los de ámbito o encomienda públicos son como los profesionales de la política. Sólo se diferencian en que los primeros no han alcanzado todavía el descrédito que tienen sus homólogos. Y los que trabajan para el sector privado son comerciantes y están obligados a presentar su producto como el mejor, pero muchos de ellos saben que sin subvenciones no sobrevivirían sus negocios. Manda el mercado. No pueden negarlo, pero intentan soslayar el hecho pidiendo que se supla su debilidad inversora, se les cree la clientela y se les cubran pérdidas con la coartada de la cultura municipal, concepto que reúne todo tipo de manifestaciones.

Se trata, pues, de forzar la mano invisible entregando el dinero que debería ser gestionado por las instituciones a cambio de conseguir más creando una estructura semiprivada permanente que aparta de la gestión municipal directa la organización de un área concreta de lo que debería ser parte de la soberanía ciudadana. La oposición política, por lo visto, no tiene gran cosa que decir al respecto. Es decir, no tiene alternativa a la ideología dominante en el tema y tiende a ver en la FSC algo intocable -porque sustenta el beatífico “tejido cultural”- o divaga elogiando la labor y no la forma. Por lo visto, la forma ya no lo es del contenido.

Sin embargo, todo es ideológico, y la clave está en fomentar una mezcla de circo televisivo, promoción hostelera musical, vanguardia acrítica (oxímoron perfecto), incluso diversidades y divergencias homologadas y mínimas suplencias de servicios sociales, mezclarlo todo en planos veloces y echarlo al saco de neón de la creatividad. Insisto en lo de la ideología. Precisamente el pretexto es su negación, la falsa neutralidad. Como en esas películas asépticas en las que todos asumimos que los que ganan tienen razón. Es más: ya lo sabíamos desde el principio. Al fin y al cabo, mandan los que apoyan a los que ganan las elecciones.

No sé si hace falta decir que en el fondo de todo está un reparto de dinero sin debate previo sobre los contenidos, las funciones, la relación con la educación o el aprendizaje, la realidad social de los distintos espacios urbanos y los actores y espectadores. Una barra libre que cuenta concurrencias y pasa sin huellas. No crea ni transforma, pero afirma lo contrario con desparpajo hipster y simpáticas rotondas que se tienen por audaces.

Nada de esto va a detenerse si cierran la FSC, pero que nadie me pida que la apoye. No tiene la misma importancia, pero estoy tan en contra de ella como de la privatización de la educación o la sanidad. Y además todo indica que el Ayuntamiento está buscando forzar cambios en el mismo sentido privatizador en otras entidades y ampliar el ámbito con nuevos inventos, como esa de pronto resonante Fábrica de Creación (de nuevo la palabra, ya claramente como producto industrial) y otros complementos paralelos al cajón usurpador de paisajes que nos va a situar en la contemporaneidad de la burbuja de los contenedores artísticos. Un asunto que ya se debate en otras latitudes y está fracasando en bastantes. Pero aquí FSC, Ayuntamiento, FB y Gobierno autonómico comparten esa retórica y siguen en lo suyo, escenificando los microeventos cotidianos, los eventos-panacea (casi siempre “fracasos” rentables para la minoría) y en general la fachada de una ciudad al borde del PGOU, es decir, de otro abismo para la mayoría.

El caso es que, ocurra lo que ocurra con la aportación de la FB a la FSC, ningún dinero va a salir del circuito establecido, que además se diversifica cada vez más en conceptos y edificios y fanfarrias. Algunas empresas y agentes culturales se verán perjudicados, claro. Pero otros nuevos o viejos los sustituirán. Cosas de la competencia. Trucada por la banca, pero competencia.

La FB ha puesto en marcha los vasos comunicantes de grosor variable, con la FSC como tubo obligado a adelgazar, pero el recorrido es el mismo, la inversión la misma y la ingeniería financiera la misma. Se cumplen las leyes de la trama y la urdimbre y estoy por apostar que el siguiente movimiento de dinero será de manos públicas a privadas. O sea, como siempre. Es una apuesta fácil. Y aburrida.

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El otoño desvela la pobreza

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Es uno de los personajes más tristes y a la vez vitales que conozco. Está en una novela de Oswaldo Soriano:

Me volví y descubrí un tipo que arrastraba una valija enorme mientras juntaba algo entre los yuyos. Llevaba una manguera enrollada a la cintura, un prendedor con la cara de Perón y a medida que se acercaba cargaba el aire con un olor de perfume ordinario. Todo él era un error y allí, en el descampado, se notaba enseguida.

A veces, una sencilla descripción refleja o resume el hundimiento, la tristeza que trae la pobreza, con una intensidad inexplicable, y de paso la lucha desesperada por convencerse de que todavía se puede ser y hacer algo. Por ejemplo, convertirse en nómada autónomo (emprendedores, dice la mercalengua) y deambular por la pampa con una ducha portátil vendiendo manguerazos a los lugareños siempre y cuando haya un grifo donde enchufar el ingenio.
A medida que las estadísticas de otoño van limpiando lo que queda del verano y se liberan las terrazas de turistas y camareros, y las máquinas de rodillos limpiadores hacen barrizales antizén, se contrasta la pobreza en sus diversas variantes y eufemismos. A pesar de que el viento del tardío nos hace pensar en el amor (y en el sexo: no seamos tímidos) de otra manera y percibimos el arte a la manera de las hojas de caídas titubeantes (sea por la poesía o por el cambio climático); a pesar de la parafernalia oficial que se empeña en hacer de todo una aplicación para móvil que captura guiñoles hípsters en un escenario pseudohistórico con argumentos de cluedo; a pesar de la prisa por redescubrir el vacío en las playas y la necesidad de aproximarse al espacio de naufragios y miasmas de antes del descubrimiento de la pasión litoral, la realidad urbana está ahí, bajo andrajos de parasoles, como un perro sin raza que corre entre garabatos de algas.
Por las calles se esquinan personas empobrecidas que contienen y exhiben inmensos errores de los que no son culpables más que como crédulos de la propaganda. Y muchas veces ni eso: quizá sólo lo son de pensar que no puede ser de otra manera. Los medios siguen hablando más de paro o crisis que de pobreza deliberada, planificada o fríamente colateral. Pobreza material, contante y sonante; hay que insistir en ello para que nadie ponga la coletilla del espíritu, ese gran igualador de culpas. Se citan datos y umbrales, es cierto, pero se pintan de desgracias ajenas en las contraportadas de los telediarios.
Hay que hablar más de pobreza que de paro. El empleo no garantiza ni un ápice de riqueza. Es el chantaje perfecto: se puede ser pobre trabajando como un esclavo y pobre sin cobrar un euro. Se puede ser pobre del margen tradicional, de los neoghettos de servicios temporales, de las urbanizaciones que un día fueron medias y se pensaban altas, pobre de ciclos asumidos o pobre sin fluctuaciones. Y pobre como los que se sientan a las puertas de los supermercados (ahora a ellos también se les ve mejor, pero el frío los irá encogiendo) y tratan de tararear la música navideña que empieza a llegar de entre los expositores del interior.
Los que ya han llegado a la mendicidad son los pobres perfectos, suplicantes y agradecidos, incluso susceptibles de ser expulsados hacia donde nuestro consumismo provoca las guerras, que sirven para diferenciar su pobreza de la de los 13,3 millones de personas en riesgo de exclusión social o los 3,7 millones que cobran menos de 300 euros al mes (87.000 y 16.000 en Cantabria) y forman la legión que todavía presenta papeles en oficinas. Sirven para que no llamemos pobres a los desempleados, receptores de pensiones de miseria contributivas o no, de rentas básicas y menos que básicas, que todavía se ven con algunos derechos. Sirven también para que algunos de esos no-pobres les echen la culpa de su miserable no-pobreza.
Con el otoño, empiezan a surgir personajes como el duchero del páramo y otros modelos necesarios. Eso es bueno, literariamente hablando, porque la estética es una cruel devoradora de dramas reales, pero lo que urge de verdad es que los afectados y los que todavía tengan conciencia social se agarren un cabreo épico y bien organizado. A ver si después alguien puede escribir una epopeya democrática.

Dos hermanas

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Detalle de ‘Les deux soeurs’ (1921), de María Blanchard.

Detalle de ‘Les deux soeurs’ (1921), de María Blanchard.

En la exposición de la Fundación Abanca en el Museo de León, me topé con el cuadro Dos hermanas de María Blanchard y me acordé de Aurelia Gutiérrez-Cueto Blanchard, la hermana maestra de la pintora.
Aurelia fue asesinada poco después del golpe de estado de julio de 1936. Casi nunca se habla o escribe de ella por estos pagos. Son esas cosas de la memoria. Basta que un artista o siquiera famoso de temporada haya pasado por aquí una tarde de nubes de estío y haya dejado la huella del cubata en un posavasos para que se le celebre como ciudadano de honor, siempre y cuando ni su vida ni su obra entren en conflicto con el sopor oficial, el de antes o el de ahora, que es una acomodada adaptación del primero. La palabra transición oculta un vulgar fundido a gris plástico. Memoria histórica, sí, pero negociando los nombres de las calles y poco más. Negociar cosas así debería tener entrada propia en la Enciclopedia de Sesgos Cognitivos. Quizá la tiene, ahora que lo pienso. El imaginario, antaño tan poderoso, deviene cada vez más confuso.
La familia franco-cántabra Gutiérrez-Cueto Blanchard era una de esas células de burguesía progresista que acabaron pagando caras las veleidades igualitarias e ilustradas que las llevaron a pactar con las izquierdas obreras la idea y el acto de una República Española. Una pedagoga laica, feminista, socialista de las de antes y ejecutada por todo ello sin piedad sigue resultando un tanto molesta, asociada o no a una pintora que, por otra parte, suele sufrir por aquí más conmiseración que reconocimiento. Sin embargo, de la fortaleza de la hermana artista se me hace tan difícil dudar como de la que debió tener la maestra. A María Blanchard siempre se la retrata como débil y sobreprotegida. Hasta sus amigos y admiradores Federico García Lorca y Ramón Gómez de la Serna se dejaron llevar por ese aspecto cuando redactaron (sospecho que casi automáticamente) sus homenajes. Pero me parece que su vida los contradice. Sola (aunque obtendría de su clase entonces influyente becas para acceder al arte de vanguardia, pagó el precio de la precariedad bohemia), se abrió paso en el mundo de una pintura que todavía se mareaba en un mercado sin espejismos financieros.
Probó fortuna en las vanguardias madrileñas y fracasó. Sin embargo, tuvo buenos momentos en su exilio entre los círculos afines europeos, incluso poniendo su evolución estilística por encima de los intereses comerciales: el cuadro referido es uno de los que marcaron su paso desde el cubismo puro a una modalidad figurativa mucho más personal. Las ortodoxias y heterodoxias se contienen como cajas chinas.
María se empobreció en París atendiendo a su familia y falleció en 1932 de tuberculosis.
Aurelia estudió en Madrid, a donde se trasladó la familia en 1904. Pasó por Almería, Granada y Melilla. En la ciudad africana, dirigió la Escuela Normal y debió de ganarse el odio de los militares africanistas y el clero por sus artículos en El Telegrama del Rif y la revista Crisol sobre la educación renovadora, los derechos de las mujeres, la laicidad e incluso un reportaje sobre las condiciones de trabajo en las minas de la colonia. Luego se trasladó a Valladolid, y allí la sorprendió el golpe de estado.
El cuadro (no he averiguado con certeza quiénes son las representadas, pero me basta con el título y las presencias) muestra dos mujeres de rasgos marcados por una luz peculiar, entrelazadas en plena confidencia y a la vez distantes y distintas. Esa distancia analítica tiene la fuerza ejemplar y la ampliación de la representación del mundo del cubismo, y al mismo tiempo la innovación de una cierta rebeldía figurativa, como si la evidente geometría no le bastara. No es un regreso a la tradición, sino otra forma de integración de lo emotivo. No hace falta decir lo evidente, pero hay que saber pintarlo sin espacios neutrales.
La educación tampoco es neutral; por eso los caudillistas del 36, fieles a las cruzadas, mataban a los maestros laicos, que ahora son olvidados con más saña que los artistas pioneros.
Me apetece creer que las dos hermanas reales, de recorridos tan diferentes, se reivindican mutuamente desde el arte hoy envuelto en burbujas oportunistas y desde la escuela lastrada por los herederos de los vencedores.

John Dos Passos y lo inolvidable

Poco antes de que los militares derechistas y monárquicos perpetraran el golpe de estado contra la II República Española, John Dos Passos asistió en Santander a un mitin socialista. Lo contó en su libro Años inolvidables. No puedo evitar poner tres párrafos que discurren por la ciudad desde la alegría al miedo. Mientras el sentido relato mantiene la historia en su tozudez insensible, las comisiones municipales de expertos fingen hacer lo imposible: recuperar la memoria sin renunciar al olvido.

En Santander, camino de vuelta, escuchamos al primo de Pepe Giner, Fernando de los Ríos, que era diputado en las Cortes por Granada, cuando pronunció un discurso en un mitin socialista en la plaza de toros. Fue un gran acontecimiento. Los miembros de los sindicatos se presentaron con sus banderas con letras rojas y doradas, con sus mujeres, con sus hijos, con las cestas de la comida y con botellas de vino. Niñas de las escuelas, con trajes blancos y lazos rojos, cantaron la Internacional. Escuchando el discurso de don Fernando, era un placer poder apreciar su dominio del condicional y del futuro de subjuntivo, pero bien poco de todo aquello debía resultar de interés práctico a los atentos mineros, mecánicos y agricultores que habían venido de todo el norte de España para oírle, en autobuses, en carros tirados por mulas, en bicicletas o a pie.
Fue recibido con gritos de «Vivan los hombres honrados». Alguien soltó palomas blancas con lazos rojos en el cuello. Teóricamente tenían que volar hacia las esferas celestes para simbolizar el reino de paz y buena voluntad que se aproximaba, pero hacía mucho calor y las pobres palomas debían de haber pasado demasiado tiempo encerradas. Durante todo el discurso de don Fernando, una de ellas revoloteó trabajosamente por el centro del redondel. Durante aquel verano no hice otra cosa que ver signos y presagios por todas partes.
Un signo y un presagio que no era en absoluto imaginario fue el odio en los rostros de las gentes elegantemente vestidas, sentadas en las mesas de los cafés de la calle más importante de Santander, mientras contemplaban a los sudorosos socialistas volviendo de la plaza de toros con sus hijos y sus cestas y sus banderolas. Si los ojos fueran ametralladoras, ni uno solo hubiera sobrevivido aquel día. En mi bloc de notas apunté: Socialistas tan inocentes como un rebaño de ovejas en un país de lobos.