Divorciados

Él hojeó los folletos y dijo que no. Quizá le asustaban las expresiones individuales captadas a pesar de la masa militarizada.

 Exposición ‘1917’. Centro Pompidou-Metz, 2012. | RPLl.

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Raras artes

Me hace gracia que las galerías de arte contemporáneo dicten medidas contra un tipo de ofensa tan impreciso como la definición de su producto comercial

Sir Lawrence Alma-Tadema. Galería de arte (detalle) (1866).

Lo más nuevo en estrés -mientras llega la invasión de holografías- es permanecer en una parada de autobús al lado de una mampara-pantalla que exhibe a toda velocidad anuncios en colores brillantes. Ya saben: ese brillo de delirio de ciberurracas que tanto se acomoda al gusto por obtener emoción puliendo lo trivial, dorándolo y abofeteando con el espectáculo de la opulencia al privilegiado obligado a madrugar por la maldición del trabajo. Luego, uno se sube al autobús y encuentra pantallas colgadas del techo que le impiden ver por las ventanas la verdadera ciudad. Me consuela pensar que los turistas se creerán que han venido a ese lugar inexistente de logo azul borroso con rayas de calima dentífrica: que se fastidien en su perversión de voyeurs platónicos voluntarios.

Es martes, pero parece lunes porque, una vez más, la Virgen del Mar fue rescatada de manos de los piratas frisones. Por suerte, casi todos los pasajeros llevamos minipantallas que creemos alternativas (hay algunas probabilidades de elección y dispersión) y a la mía llega un tuit que afirma que Okuda San Miguel ha comenzado a ser contestado en Madrid. Un avance más en una carrera meteórica. «Tu streetart me sube el alquiler», han pintado profanando sus colores. El anglicismo me sugiere que el autor no es ajeno al mundo del arte. Quizá se trate de un desheredado del éxito, un marginado cercano a la artesanía del resentimiento aliado con los olvidados para señalar desde abajo lo que funciona arriba: la unión sagrada entre el arte y el dinero.

El caso es que, mientras pienso en Okuda y sus opiniones («paso del mercado del arte y paso del capitalismo»), se me aparecen, como una llamada a la moderación, las bases de La Feria Internacional de Arte Contemporáneo, Artesantander, que celebrará dentro de un mes su 29º edición y ya ha empezando a anunciarse.

El reglamento para las galerías solicitantes considera motivo de expulsión algo que llama «atentado contra el buen nombre del galerismo». Tampoco acepta «obras muy restauradas, dañadas o transformadas» o «incluidas en la categoría de artes aplicadas (cerámicas, etc.)».

A falta de saber lo que es un buen nombre, me hace gracia que las galerías de arte contemporáneo (que intentan, a veces desesperadamente, sacar partido de una burbuja creada por museos públicos y privados, casas de subastas y grandes coleccionistas-inversores asociados a grandes fortunas y entidades financieras) dicten medidas contra un tipo de ofensa tan impreciso como la definición de su producto comercial. Y la ocurrencia de los materiales me parece una versión timorata del postureo que los ortodoxos heterodoxos (aquellos que lamentaron el urinario de R. Mutt sólo el tiempo necesario para hacerlo rentable) deberían condenar como un regreso al sagrario académico. Al rechazar actitudes y materiales carentes de una supuesta nobleza estética, se excluyen vastas áreas del objetivo proclamado: «la promoción de artistas y venta de obras y ediciones de arte contemporáneo de los siglos XX y XXI» y ofrecer «una visión representativa de la creación artística» de esa época. No se aceptan autoburlas ni readymades de loza. Ni (aunque sueñen con ello) un cuadro de Banksy autodestruido en el momento cumbre. (No. Banksy no es Okuda. Banksy no pasa del mercado ni del capitalismo.)

También está prohibido presentar obras adquiridas por correspondencia. (Petardea la moto de un currela cargado con una caja roja pseudografiteada. Es inútil: nadie es inocente.)

Hay otro apartado en la feria -‘Visiones urbanas’, lo llaman- que pretende -y es loable- conectarla con «la calle» exponiendo obras en espacios públicos del centro de la ciudad, donde no creo que suban los alquileres, pero es inevitable que esa faceta acabe sumergida en la contaminación visual de una publicidad que bebe de las mismas fuentes y estilos: los artistas son los mismos y estudian en las mismas escuelas. La pura presencia estética, que sólo se anuncia a sí misma, huérfana de marcas, resulta monocorde, pobre, de presencia incomprensible: ni siquiera es antipublicitaria; sólo se une a la fiesta de pantallas y paneles y está indefensa porque necesita ser explicada.

Tanto esfuerzo contradictorio por huir del conflicto y anegar en paz el arte de las rupturas neoliberales (Okuda no puede huir del mercado aunque huya de las galerías, pero quizá no lo sepa; Artesantander intenta entrar con más fuerza en la poderosa burbuja que no controlan los galeristas) hace que ni siquiera prosperen las performances inesperadas.

El año pasado una artista acusó a un galerista de agresión. Incluso afirmó haber presentado denuncia. Los medios no se hicieron mucho eco (en Cantabria, ninguno) y seguimos sin saber en qué quedó el incidente o si la representación fue adquirida en pleno desarrollo y restringida al ámbito de una colección privada de escenas clásicas.

El dinero dignifica al arte impopular y rentable mientras lo presenta como un arte sin excusas que a veces se permite ilusionarnos. Pero en estos pagos se blindan con tibieza aun sabiendo que nunca se producen impactos reseñables. Ni siquiera cuando la Fundación Botín expuso el «Spit on Franco’s grave – Laughing girl» de Paul Graham hubo un amago de polémica: hay espacios que tienen bula. Eso sí: el título lo dejaron en inglés.

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La ruta de El Havre

Ahora me gusta aún más la ciudad normanda porque nos ha enviado un precedente en forma de buque que allí han rechazado.

Entrada al puerto de El Havre | RPLl.

El carguero ‘Bahri Yanbu’, repleto de armas belgas con destino a la guerra que Arabia Saudí mantiene en la República del Yemen, ha hecho escala en Santander después de serle negada la entrada en El Havre a causa de las protestas y acciones administrativas de varias organizaciones de defensa de los derechos humanos. Según la ONU, los bombardeos saudíes han provocado más de 10.000 víctimas entre la población civil; según informes de la Unión Europea, la cifra es mucho mayor. El barco ha seguido rumbo después de permanecer durante varias horas atracado en el muelle de Raos.

Me gusta El Havre. Me parece una ciudad sincera que conforma su imaginario sin artificios: la luz fronteriza, los falsos amaneceres y toda la lluvia impresionista que han recibido sus calles cartesianas desde las dársenas hasta los edificios surgidos después de los bombardeos; y, sobre todo, la perplejidad que produce el abra inmensa, gris boreal, casi una contradicción sólida del océano frente al extrañamiento constante del tránsito portuario.

El centro urbano es una reconstrucción postbélica, una historia sin historia, pero no intenten relacionarlo con las consecuencias del incendio santanderino si no es como prueba de que las cosas se pueden hacer de modos muy distintos. Los barrios populares han sufrido la llamada crisis, las especulaciones, las gentrificaciones, pero no lo han hecho sin respuestas y, por lo menos, el conjunto no se parece demasiado a la comunión de aburrimientos e injusticias que aquí solemos cultivar.

Aki Kaurismaki puso en esos muelles el dedo en la llaga de los refugiados con una película que lleva el nombre de la ciudad. Hay tradición contestataria y no sorprende que, de vez en cuando, un grupo de vecinos vapuleados por el orden de las cosas se organice contra la insolidaridad.

Ahora me gusta aún más la ciudad normanda porque nos ha enviado un precedente en forma de buque que allí han rechazado.

El príncipe heredero de la monarquía absolutista árabe, Mohamed bin Salmán (acusado, como fiel representante del régimen, de ordenar asesinar al periodista Jamal Khashoggi), regaló a Felipe VI, con motivo de una visita oficial en abril de 2018, unos gemelos, un reloj, un anillo, una pluma estilográfica y un rosario, y a la reina Leticia un collar, una pulsera, unos pendientes y un anillo; sus hijas recibieron un reloj.

El presidente de Francia, el muy ciudadano Macron, complaciente con los reyes del petróleo, ha comprobado que una parte de la opinión pública todavía es capaz de ejercer presión contra lo que siente excesivo incluso si la mayoría ha votado por un gobierno cómplice.

En el norte de Francia son frecuentes las protestas contra los Centros de Internamiento de Emigrantes. Tal vez tienen más presente el recuerdo de los campos de concentración que aquí, donde muy pocos parecen recordar que hubo uno en la Península de la Magdalena y se aplaude que las vallas portuarias sean cada vez más altas. La empresas se quejan de que polizones procedentes de los mismos países donde obtienen gran parte (la parte más barata) de sus mercancías hacen inseguro el negocio, lo cual equivale a decir que encarecen el blindaje del paraíso liberal. Las guerras que subvencionamos, junto al hambre y las epidemias, producen migraciones desesperadas. La valla del puerto de Santander, ineficaz ante la desesperación, va a ser estúpidamente ampliada para reforzar su ineficacia con mayor sufrimiento. Mientras, las armas se saltan los controles.

Durante la guerra civil, Santander, como El Havre poco después, fue bombardeada varias veces. Parece que aquí hay muchas más personas desmemoriadas que allí. Gracias a El Havre hemos tenido una oportunidad de ser europeos en el mejor sentido del concepto -en los peores, ya somos expertos- y la hemos dejado pasar sin miramientos.

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Coloreando escollos

Estoy seguro de que no soy el único que piensa que es necesario encargarle la decoración de los diques a Okuda San Miguel

‘Túneles de sol’. Nancy Holt, 1976. | Calvin Chu (licencia CC BY 2.0).

Si el Ayuntamiento de Santander hubiera presentado las escolleras de la Magdalena como ‘land-art’, probablemente serían aún menos los pocos ciudadanos que se oponen a la obra. La mayoría muestra indiferencia por las alteraciones del medio o está dispuesta a padecerlas por causas que considera superiores: el turismo, la hostelería, el culto al sol y la arena fina… Quieren playas sin rebajas ni resacas de pleamares y son firmes inmovilistas ante la complejidad de los ciclos oceánicos. Mientras los argumentos a favor de los espigones incluyen su hipotético uso como solarios y terrazas hosteleras, entre los contrarios -soy un hábil encuestador del bar de la esquina- predominan los que se refieren a su supuesta fealdad. Pero esta ciudad tan tolerante consigo misma ama el prestigio cultural y, puesto que los juicios estéticos pesan tanto como los éticos, conviene proponer otros arreglos. Todo puede ser más bonito, si no bello.

Estoy seguro de que no soy el único que piensa que es necesario encargarle la decoración de los diques (se acaben o no, y también si se sumergen) a Okuda San Miguel aunque eso acelere la saturación que, por otra parte, espero, cuando llegue al clímax, superará reinventándose: incluso creo que puede llegar a ser genial en la autoparodia.

No estoy descubriendo nada. En las costas ya hay casi de todo. Agustín Ibarrola pintó con éxito los cubos de hormigón del puerto de Llanes (prefiero que pinte sobre piedras que sobre árboles vivos). Eduardo Chillida peinaba vientos. En los arenales de Emeryville (California, USA), agentes anónimos convirtieron residuos en instalaciones cinéticas. Si tengo que elegir decoradores, soy más de Daniel Buren o de envoltorios a lo Jeanne-Claude & Christo (aunque preferiría adaptaciones del Damien Hirst de los tiburones o del Wim Delvoye de las cloacas y los vitrales obscenos, no veo cómo encajarlos aquí si no es entre paréntesis pretenciosos en medio de una divagación de matices sexuados:), pero nuestros espigones penetran con más fuerza en un mar calmo y piden gradaciones cromáticas triangulares desprovistas de conflicto. Puede que, además, haya que complementar el señuelo con algunas frases sin contexto pintadas por Boa Mistura, cuyo corazón negro de Peña Herbosa me gustaba menos que el bodrio imperialista que lo ha sustituido: sólo por eso merecen una oportunidad de redención.

Quizá este artículo parezca una ‘boutade’, pero les aseguro que es sincero y meditado. He decidido aceptar las reglas del juego en esta ciudad donde la defensa del medio ambiente se resuelve en carriles bici que agreden a los peatones para no molestar a los coches. También pretendo dejar de lamentar la debilidad del centro Botín, probablemente uno de los edificios de su género más aburridos del mundo (puede que ni siquiera eso), que, una vez asumida la imposición feudal, debería haber aportado al entorno algo de audacia, de brutalismo incluso; pero no se atrevieron a sobrevolar los jardines con una pasarela como años antes no osaron hacer dos torres cilíndricas enfrentadas en cada punta del paseo costero ya entonces cortado con un murallón de festivales. En una condición escamada de cajón-mirador se ha quedado el pobre centro. Y, encima, tampoco se atreven ahora a reemplazar el TUS por un tubo como el de Futurama, pero esto quizá sea por falta de contratistas a la baja y tal vez su eficacia cyberpunk, aunque la aligeraran con gaseosa, no resultaría apropiada para la burbuja que todo lo vuelve ‘kitsch’ (ya: ya sé que me repito) sin revelar quién va a pagar por las transiciones, reconversiones y transbordos.

La culpa es del ecosistema, claro, maldito engendro de los abismos que no entiende de playas.

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Porticada

El gran rectángulo vacío no podía quedar impune. Se anuncia un plan espectacular para hacer que la gente venga a la plaza

Plaza Porticada | RPLl.

Sobre la entrada de la que fue última banca pública, las estatuas del hombre y la mujer, desnudos y negros, representan el ahorro y la beneficencia. Pese al rancio simbolismo y el escaso erotismo, el franquismo estuvo a punto de prohibirlas. Pero no alcanzaron tanta relevancia.

Creo que la plaza de Pedro Velarde, más conocida como plaza Porticada, nunca ha sido muy querida por los lugareños. Incluso dicen que, cuando se quiso poner allí el Ayuntamiento, el rechazo fue unánime entre los que podían expresarlo. El cuadro herreriano, inaugurado en 1950, procede de un tiempo en que era mejor no andar cerca de la Brigada de Investigación Social, por si los sótanos hablaban, aunque uno tuviese la hipocresía muy tranquila.

Sin embargo, no quiero pensar que eso fuera determinante para que muchos santanderinos (especie indefinida de gentes que nos cruzamos como musas de De Chirico con la constante referencia de la fachada de la Ribera; la bahía, por cierto, es muy bonita) lo perciban como un vacío metafísico entre el paseo, dos pasajes escalonados y el comienzo de la ladera urbanizada. Un lugar de paso: no una plaza.

Durante muchos años, lo atravesaban los coches, pero la peatonalización no aportó muchas ganas de quedarse. La exposición a los vientos tampoco ayuda. Es un lugar frío. Los que pasan adquieren la perspectiva de ir a alguna parte sin querer y con prisa. Produce un desapego marginal; ignora la mar, tan cercana; frustrado como lugar de encuentros, es un solar propicio para instalar carpas de eventos que, indefectiblemente, caen en la rutina.

Los únicos puntos humanizados entre los pórticos -que apenas se llenan los días de lluvia inesperada- eran y no sé si aún son el carrito de los helados, el de los perritos calientes, la churrería o la locomotora castañera. Creo que alguno de ellos ya ha pasado a la historia, esa ciénaga pareja a la que durante siglos anegaba la pleamar desde el muelle evitando las casas buenas empezadas a construir por los arribistas del XVIII, que dieron forma de ciudad inacabada a la villa de las dos pueblas, todo lo cual sería leyenda si no hubiera tres o cuatro dibujos, muchos asientos contables y algunas crónicas casi nunca muy consideradas.

La Porticada tuvo momentos memorables cuando el Festival Internacional de Santander instalaba allí su barraca. Luego llegó el Murallón de Festivales y ya no fue lo mismo, sobre todo porque no podíamos escuchar los conciertos desde la calle, bajo la atenta mirada del gris de gobernación.

Todo esto son estimaciones de columnista vago, muy poco contrastadas (así se construyen la mayoría de las opiniones, no nos engañemos), pero me parece evidente que la gente prefiere citarse en la esquina de correos.

El caso es que el gran rectángulo vacío no podía quedar impune. Se anuncia un plan espectacular para hacer que la gente venga a la plaza. De hecho, se anuncia el espectáculo, que es lo que quedará de valor electoral inmediato, fracase la obra o no. No es casual la idea, por supuesto, sino parte del proceso de liquidación social de la ciudad, es decir, la conversión de los espacios públicos en privados disfrazados de comunes para permitir el desenvolvimiento del espíritu rentable absoluto.

El Ayuntamiento se propone cubrir la plaza con una cúpula, supongo que para darle entidad de centro comercial, facilitar el negocio del edificio de la Caja de Ahorros y crear otro ámbito hostelero con pretenciosas ofertas. De pronto -es broma- se han dado cuenta de que lo único capaz de cambiar el clima es el consumo desaforado. Por siniestro que eso suene, no les parece un aviso de catástrofe. Así que surgirá un invernadero lleno de tiendas, terrazas, bares, coartadas culturales, escaparates y pantallas fusión, fashion, crudas, cocidas y típicas con alternancia de lo caro y lo barato (créanme: va a ser todo caro), la bisuta y el diamante.

Imagino una vidriera protegida mediante ultrasonidos de las cagadas de palomas y gaviotas mientras, abajo, miles de sensores nos retratan para personalizar los anuncios animados de los pórticos. Es probable que algunos prefiramos la plaza que nunca hemos apreciado. Espero que el liberal Velarde no permita que el falso cielo reviente durante una surada.

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Francisco Sayús, un obsequio, una incursión frustrada y alguna divagación

No recuerdo haber oído por aquí ecos de la noticia cuando, en 2012, la casa de subastas Bonham vendió por 5000 £ las armas que, doscientos años antes, el Príncipe Regente de Inglaterra hizo entregar al santanderino Francisco Sayús.

Se trata de dos pistolas de duelo fabricadas por los armeros reales H.W. Mortimer & Son, de calibre 28 y empuñadura de sierra y decoradas con filigranas y placas de plata en las que rezan las inscripciones: To Don Francisco de Sayus – The Spanish Patriot – The Friend of Britain y From H.R.H. The Prince Regent of Gt. Britain.

Las pistolas subastadas.

Las pistolas subastadas. Fuente: Bonhams. (Pulsar para ampliar).

Detalle de los grabados. (Pulsar para ampliar).

Sayús, hijo de franceses y tenido por ferviente monárquico (en la tradición local, tan conservadora socialmente como liberal en lo económico), fue un burgués de variadas empresas, traficante de harinas, bebidas, ultramarinos en general, mesonero, propietario de una buena casa (la de La Conveniente en Cañadio), participante activo de la vida política y, cuando se produjo la ocupación francesa, organizador de conspiraciones y rebeliones. No se conocen los motivos exactos del obsequio, pero es de suponer que Sayús había colaborado con los británicos durante la guerra suministrando provisiones y practicando alguna forma de resistencia contra los napoleónicos.

Aunque la población inmigrada a Santander a finales del XVIII y principios del XIX fue muy numerosa a causa del aumento de los negocios relacionados con el tráfico portuario, me dan ganas de creer que los padres de Sayús habían llegado además algo disgustados por las transformaciones revolucionarias de su país. Eso explicaría, junto a la lógica adaptación al medio, la adscripción borbónica del comerciante, que se mostró como un hombre de acción al promover un intento de liberar al rey Fernando VII, retenido en Bayona por aquel militar corso que, como dijo Stendhal, le estaba enseñando al mundo que César y Alejandro tenían un sucesor. Ese mismo episodio, lleno de audacia y sufrimiento, aunque concluyó de un modo más bien patético incluso en las versiones más épicas, me hace sin embargo pensar en aspectos poco claros del personaje, como si la forma no lo fuera del contenido incluso más allá de los tradicionales moldes legendarios.

El relato es conocido, sobre todo, por las cartas de Pedro de Legarda a Joaquín de Escalante, cuyas tierras administraba mientras éste permanecía en Toledo.

Para recordar los antecedentes, resumiremos que, el día de la fiesta de la Ascensión, 28 de mayo, de 1808, un relojero francés, Paul Carreiron, ya conocido por subversivo, reprendió -y, según algunos, agredió- a un joven que «se aliviaba» (no está claro el alcance del término) en plena calle Arcillero. Añadió comentarios claramente racistas sobre la higiene de los españoles y la necesidad de la llegada de la educación en forma de ejército imperial. Un filósofo señalaría el poder del acontecimiento, por nimio que sea, como explosión de una verdad inédita que se incendia en lo imprevisto. Intervino el padre del muchacho, se produjo una pelea y comenzó el levantamiento.

La guarnición era escasa. Los franceses fueron detenidos y se constituyó la Junta Suprema de Cantabria, que declaró el estado de guerra presidida por el obispo Rafael Tomás Menéndez de Luarca bajo el título de Regente Soberano de Cantabria. El obispo, renombrado por sus largos sermones llenos de anacolutos y sus diatribas contra los párrocos que permitían comerciar los domingos en las iglesias, había prohibido en 1793 la importación de harinas galas, o sea, revolucionarias, molidas por asesinos de reyes, para impedir que llegaran a ser hostias (quizá también la simple preferencia nacional tenía algo que ver), había fundado la Legión Cristiana, policía religiosa que patrullaba las calles para prevenir la blasfemia y la falta de decoro, y llegó incluso a capitanear una partida que se enfrentó a los imperiales en una refriega boscosa con muy pocos disparos y una huida precipitada de los españoles.

La ciudad fue de nuevo ocupada el 23 de junio y sufrió varios cambios de manos hasta el fin de la guerra. En medio de las rendiciones y reconquistas, que incluyen bombardeos, asaltos, capitulaciones y una alcaldía en paciente desequilibrio, se produjo el intento de Sayús de liberar a Fernando VII.

Previamente, contactó o fue contactado por un italiano llegado de Madrid y otro sujeto de origen desconocido que se presentó como secretario del Embajador de Prusia, los cuales decían poseer informaciones sobre la situación del rey y medios para comunicarse con él.

A mediados de septiembre, fletaron una lancha con varios fusileros y un cañón. El plan consistía en llegar a Orio, desembarcar, enlazar con agentes del rey preso, embarcarlo y, es de suponer, conducirlo a lugar seguro. De paso, los agentes foráneos propusieron que el obispo acompañara a la expedición, esperara en la lancha y compartiera la suerte del monarca. Menéndez de Luarca se negó a participar, según algunos porque la inspiración divina le advirtió de lo que se preparaba, según otros porque disponía de un agujero más seguro. Pero los demás siguieron el plan.

Llegaron a la costa urolarra y atracaron discretamente. Partieron los informadores para, dijeron, sacar al rey. No se supo más de ellos. En cambio, aparecieron varias cañoneras francesas que anunciaron una traición de estilo clásico. No se conoce el paradero de los tripulantes (en estas historias, el relato siempre se aparta de las gentes anónimas, lo cual no significa que su historia no sea la más interesante), pero Sayús huyó por valles y montañas y volvió Santander.

No puedo evitar adoptar en un párrafo la perspectiva desconfiada de los cronistas ágrafos y ociosos que merodeaban y merodean por la ciudad, entre el puerto y el camino de Castilla, enmendando a los letrados con una larga tradición que mezcla suspicacias, credulidades, escepticismo y milagrería sin otro objetivo que darle a los relatos el valor efímero del habla frente al texto que se atreve a ser escrito, para ver algo turbio en este episodio. Supongamos, por mero juego, que nuestro hombre fuera un agente doble o triple conchabado con el enemigo para apresar al obispo. Éste no cayó en la trampa, pero hubo que seguir la farsa, justificar la desaparición de los agentes forasteros y hacer volver al santanderino a sus propiedades y negocios. No quiero con ello desprestigiar a Sayús, que, fuera como fuera (ni Fernando VII ni el Regente gozan de mis simpatías), no aparece nunca como un mal ciudadano. Una divagación malévola como esta no puede sacarlo del panteón de los héroes, aunque con ello le hiciéramos un favor a su humanidad. Acabada la guerra, recompensado, por si hubiera alguna duda, por los ingleses, siguió con sus empresas durante años, pero, en 1819, tuvo que declararse en quiebra.

El rastro de las pistolas se pierde durante décadas, hasta poco antes de la guerra de secesión americana, cuando fueron compradas en Cuba a un oficial de la armada española por el mayor Fitzpatrick, de Carolina del Sur. Éste se las dio a Stephen R. Mallory, que fue senador por Florida y el único Secretario de la Marina de los Estados Confederados. La casa subastadora buscó en vano más datos sobre Sayús, sus familiares y el recorrido del regalo.


Bibliografía y enlaces

Ramón Maruri Villanueva. Ideología y comportamientos del obispo Menéndez de Luarca, 1784-1819. Delegación de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Santander, 1984.

Íd. La burguesía mercantil santanderina, 1700-1850: cambio social y de mentalidad. https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/1454/1de5.RMVcapII.pdf

Francisco G. Camino y Aguirre. Santander durante la Guerra de la Idependencia. Revista de Santander, 1930 – Revista de Santander – 1930 – nº3, marzo.

Simón Cabarga, José – Santander en la historia de sus calles. Institución Cultural de Cantabria, 1980.

Noticia de la subasta de las pistolas en Bonhams (en inglés).


Cabildo de Arriba

No es la pérdida de lo antiguo lo que más me importa, sino la ausencia de rastros que puedan definirse en la memoria y la huida hacia adelante basada en imitaciones de folletos turísticos y burbujas culturales amaneradas.

Santander a finales del siglo XVI (detalle), por Joris Hoefnagel. Grabado del Civitates Orbis Terrarum.

Están derribando las últimas ruinas del Cabildo de Arriba. No voy a hacer un lamento por el impacto inexistente de la caída de lo viejo ni siquiera en su respetable acepción de antiguo y memorable. No voy a llorar por Sotileza, que nunca existió, porque prefiero a Casilda, de la cual pocos se acuerdan por su lastre de prisionera de su clase.

La historia de Santander es una descripción de derribos y abandonos. Eso no impide que la propaganda suela referirse a un pasado glorificado por la catástrofe. Quizá el aprecio al recuerdo del incendio vaya más allá de la conmemoración de un día trágico para mucha gente y parte de la querencia se deba a que produjo un espacio en blanco que enseguida se llenó con especulaciones y retranqueos y permitió clasificar aún más a la población en los barrios de la obra sindical vertical. No se recuerdan con el mismo énfasis los abundantes motines por la escasez e insalubridad del agua aunque el PGOU haya sido tumbado (de momento) por olvidarse de ese suministro en un futuro que se sueña masificado.

El Cabildo de Arriba fue barrio pesquero, como mucho antes lo fue el Arrabal (que el grabado de Joris Hoefnagel muestra junto a las redes tendidas en la playa) y luego también el Cabildo de Abajo, en Puerto Chico y San Martín y mestizado con obreros de astilleros y fábricas de gas, azúcar y betunes. Cuando los pescadores y descargadoras fueron expulsados de la ciudad (un viejo anhelo de la burguesía de olfato y oídos hipersensibles a las tripas de sarda y al idioma pejino), esa parte arcaica de la calle Alta y las calles y callejas que rodeaban la catedral (entre las que hubo incluso un callejón llamado, como muchos pasos inferiores, del Infierno) tuvo el privilegio contradictorio de quedar como extrarradio interior durante décadas mientras el centro se iba conformando como el preludio del parque temático tópico con que hoy intentan elevar la ciudad a la excelencia turístico-hostelera-cultural.

Parece que Santander nunca favoreció la construcción de una hipótesis sobre sí misma. Me da la sensación (los expertos lo discutirán) de que este territorio y sus gentes estuvieron siempre en permanente transición hacia sí mismos, lo cual, por supuesto, no significa nada, pero queda bien para expresar mi desconcierto.

Se ha señalado que el crecimiento del XVIII llenó la ciudad de inversores inmigrados, muchos de los cuales no procedían de lugares tan lejanos como para romper los lazos con sus orígenes ni siquiera tras los cambios generacionales. Pero resulta evidente que los harineros castellanos, consignatarios vascos, hosteleros franceses, prospectores británicos o tranviarios belgas aprendieron de los hidalgos y banqueros autóctonos a autoproclamarse santanderinos de toda la vida con el mismo desapego irónico, ferviente y felizmente sardineril. A ellos se sumaron las aristocracias trashumantes en un triunfo vacacional y muy rentable debido en parte a pestes y guerras ajenas. La Ilustración entró lo justo para moderar los hábitos con permiso del obispado, pero la revolución industrial no consiguió un buen ensanche y el puerto comercial y pesquero fue empujado sin reparos hacia las marismas interiores.

Cuando la propiedad pasó de vertical a horizontal, el mundo siguió siendo el mismo, pero los negocios aumentaron y la especulación tomó las formas que hoy son ortodoxas, benditas e irrefutables, aunque los poderes (que sin embargo lo eran) no pusieran mucho empeño en imaginar una ciudad separada de la postal de casinos y baños de ola en playas alejadas, de modo que el núcleo urbano se estableció como el desván cultural de un banco (al otro lado de la bahía está el poder verdadero del búnker de datos), su logo, espacio de exhibición en terrazas y poco más.

La plebe, mientras, estaba y está a lo suyo: sobrevivir en los huertos y vaquerías asediados por la urbe, los talleres, las lindes portuarias (donde, como dice el tango, llegan almas de todos los vientos del mundo), los andamios, la hostelería y el precariado habitual. Y a veces, pero sólo cuando el desastre se hace alucinante y cotidiano (TUS), pelea contra el intento municipal de aislar la periferia humilde y blindar la pudiente.

El cabildo-margen se fue volviendo una anomalía enclaustrada en un centro que paradójicamente lo salvaba de la especulación inmediata -cosas del calendario de la ocupación del suelo-, así que cayó lentamente para acomodarse a otros planes, como el del litoral de San Martín, ya prefigurado en cemento, la ladera sur del cerro, de honrosa, pero ya vencida resistencia, y la continuación por el norte y el nordeste de un impersonal paraíso litoral.

No creo que lo que desaparece deba ser conservado; ni por una idea de belleza ni por cuestiones emotivas. Creo que la estética y sus emociones deben ser desacralizadas. No es la pérdida de lo antiguo lo que más me importa, sino la ausencia de rastros de evoluciones y revoluciones que puedan definirse en la memoria. Es la decadencia consentida y aprovechada lo que me molesta, la construcción de una huida hacia adelante basada en el modelo que repite los ciclos de crisis e ignora la evidencia de una ciudad cuyos habitantes huyen para dejar huecos que vender replicando vídeos de promoción turística y burbujas culturales amaneradas.

Ya lo dijo Bernardo de Morlaix: sólo quedan del origen nombres vacíos. Espero que del Cabildo de Arriba permanezca el nombre. Así, al menos, alguien podrá preguntar de dónde viene.

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