Sucios sentidos inéditos

Confórmense con conceder que el turbio paseo nos lleva a una metáfora privada: lo público está en decadencia.

Ofrenda de verano (1911). | Lawrence Alma-Tadema

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Ánimas

Los espíritus humildes más afortunados suelen perder el tiempo en depuraciones antes de entrar al paraíso.

James Hamilton. Náufragos (1875).

Sin entrar a debatir la dualidad cartesiana, y con toda legitimidad, los vecinos de la llamada calle Alcázar de Toledo (al parecer, denominación vergonzante de la bautizada en 1937 como Héroes del Alcázar, que antes fue de ambiente izquierdista con el nombre de Primero de Mayo) no quieren vivir en un lugar llamado Cuesta de las Ánimas.

“Ellos se lo pierden”, dice el espectro granguiñolesco del Obispo Regente de Cantabria, para algunos primer presidente autonómico, santiguándose mientras cabalga.

Prefieren Calle del Parlamento o seguir como estaban, es decir, la corrección instituida o el homenaje a una matanza del panteón fascista (no es, como se ha dicho, un homenaje a un edificio cuyo origen está más allá de la edad media) antes que una referencia a fantasmas que, sin embargo, descansan más en paz que los guerreros cuya memoria espolean mientras las almas anónimas apenas se distinguen en los restos del camino.

Las ánimas, según la religión dominante en estos pagos, tienen un matiz de gracia provisional y suelen habitar el purgatorio. Sólo están en un período de espera. Pero a los vecinos les parece tétrico recordar que aquello era la cuesta a un camposanto, un convento, un hospital, una iglesia, una gallera, un beaterio, una cárcel, una fábrica, un barrio… Todo lo cual no andaba lejos, en la cúspide y sus descensos, de las putas baratas (las caras moraban en las famosas mancebías donde cuenta Jesús Pardo que el ortodoxo Menéndez Pelayo, devoto del templo mencionado, fornicaba sin quitarse el cuello duro: dicen los malvados que por esa revelación le dieron al santanderino para cuya memoria sólo existe El Sardinero el premio de las Letras de Santander) y tampoco muy a desmano de un pequeño laberinto enfangado que se sumía en el callejón del Infierno, etiqueta nada rara de los pasos inferiores en la Europa latinizada y apenas una mirada etimológica al país de los castigos demoníacos.

Una vez más, resulta patético hablar de ánimas en lugar de nombrar al ánimo. Para que luego digan que el género no importa. O la clase: los espíritus humildes más afortunados suelen perder el tiempo en depuraciones antes de entrar al paraíso; quizá las necesidades los ataron en vida a la materia y preferían trabajar para comer o beber para olvidar que rezar; son oscuras dependencias que los ricos no tienen que justificar. Los ricos no necesitan ni el olvido. Es un mundo raro este, lleno de nombres provisionales y universales de chichinabo. Los homenajes a las intermitencias de la barbarie (Proust hablaba de las del corazón para explicar las de la memoria; por eso por aquí no tiene calles ni éxito) de vencedores o vencidos son aceptados o repudiados sin problemas, pero los hundidos en el anonimato del destino ambiguo dan mal rollo con sus regresos. Creo que en Santander no hubo nunca una calle del Purgatorio ni del Limbo, que tan bien funcionan como símbolos en películas y en novelas distópicas. Sí hubo una calleja llamada Cadalso, sin duda de real origen y bien anclada en la advertencia. Los castellanos, incluso, tienen en el páramo un noble pueblo llamado Tinieblas.

Se puede hablar a muchos niveles de la necesidad de actualizar los nombres. Por ejemplo, igual hay que empezar a pensar en renombrar el Mediterráneo Mar de las Ánimas Sin Refugio, un lugar rodeado de costas malditas y puertos fortificados donde hay que debatir cada rescate con la misma demagogia y crueldad financiera que la deuda pública, como si, una vez fijada la tasa de ganancias geopolíticas y valorada la oportunidad, fuera opcional salvar las vidas de los náufragos.

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Vértigo

La ciudad está llena de tejados y fachadas, y el impacto de lo nuevo ya no es un contenedor de arte, sino, por ejemplo, así, de pronto, dos fotografías ajenas al espectáculo oficial

Santander | RPLl.

En Santander hay más tejados que antes desde que instalaron ese mirador mediocre y escamado al lado de la bahía. Sin proponérselo, la especulación cultural ha desvelado otros aspectos de la fachada elevando la vista hasta casi desnudar el telar del teatro por encima de bambalinas y bastidores de lo que fue calle de la Ribera, que discurría demasiado cerca de la mar partiendo del lodazal de las atarazanas arruinadas después de talar miles de robles y llegaba hasta el lugar donde confluían todos los márgenes, así que se fue alejando de la orilla mediante proyectos inacabados (esta burguesía ha sido siempre más bien perezosa) para hacerse paseo sin peligro de chapuzón, telón pintado a la moda, bancada de consignatarios, joyerías, cafeterías y un gran poco más con arco y todo.

Ese casi descubrimiento de la trastienda desde un lugar alzado propiciado por poderes duchos en mirar para otro lado debería ser, cuando menos, motivo de orgullo pintoresco -porque reflexión es mucho pedir-, pero el foco se opone a la doctrina del angra sagrada tan multiplicada en la telebasura de los autobuses como anegada y reducida año tras año mientras deliran esquivando las reglas de las mareas con escolleras. Bahía que se llama como un banco y se apellida como una fundación, pero ya estaba ahí antes de ser nombrada con una vaga mención a unos cuerpos santos ocultos en unas termas romanas. Ahora, el mirador pierde platillos cerámicos sobrevalorados, el suelo vibra, envejece mucho más deprisa que el relicario de la catedral y bosteza de autobombo. En un armario, miles de tarjetas de cántabros con derecho a entrada gratuita esperan a ser recogidas por sus entusiasmados solicitantes.

La bahía, ciertamente, sigue siendo bonita e incluso bella cuando las luces así lo determinan. Pero la ciudad sigue ahí, llena de tejados y fachadas, y el impacto de lo nuevo ya no es un contenedor de arte, sino, por ejemplo, así, de pronto, dos fotografías ajenas al espectáculo oficial.

Mujer limpiando ventana

Mujer tomando el sol en el tejado

Capturas de internet de la fotografías mencionadas.
Ambas han sido muy difundidas en redes sociales, pero no he podido atribuir a nadie su autoría.
(Pulsar en las imágenes para ampliarlas.)

Se trata de dos imágenes de mujeres, lo cual confirma la teoría de que comienzan tiempos venturosos en que la imagen masculina tiende, como el poder patriarcal, al aburrimiento rabioso y decadente. Una mujer que tomaba el sol en el tejado fue capturada por algún ocioso y hemos decidido que sea joven, hermosa y feliz pese a lo desenfocado de la foto y el musgo de las tejas. Otra mujer, que limpiaba una persiana sobre un abismo, vestida como el estereotipo más real del trabajo femenino, ha venido a producir un miedo disparatado con el desequilibrio de sus zapatillas y bata rosas y guantes azules sujeta a la nada en el alféizar de una ventana sin alféizar.

No se puede llegar al verano con la piel blanca ni con las persianas sucias. Puede que ambos riesgos sean productos de dogmas estéticos y perversiones sociales, pero a la vez discrepan en el terreno crucial de las sensaciones; son mundos opuestos: uno estático, receptor de un sol escaso y difícil; el otro activo para quitar la pátina del clima en lamas de plástico. Laxitud y trabajo. Cada acto con su peligro, su necesidad o su insensatez.

Los cuerpos santos eran esqueletos amontonados en los restos de un templo pagano. Puede que se les borraran a golpes de hisopo los antecedentes politeístas y se taparan las huellas de las libertades bacanales. La mujer del tejado buscaba una satisfacción pagana en la ceremonia del tejado; probablemente se imaginaba invisible; pertenece a una tradición lejana reavivada por el consumo del sol en una forma que no molesta a las hidroeléctricas. La de la ventana nos remite a la disciplina del trabajo o de la obsesión por la limpieza; ignora el vértigo y seguramente prefiere la sombra. Pero las dos han ocupado el panorama de los grandes belvederes y mirones con la ventaja de que nadie se ha hecho un selfi ante ellas (nadie anduvo tan listillo) y además han forzado la tensión desenfocada de los grandes maestros de la fotografía tosca e instantánea: Lartigue, Tichy…, vayan buscando referencias; a ver si va a resultar que los objetivos del arte más interesante están lejos del cajón-mirador, en esas formas imprevisibles de las calles…

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Bocartes

Recorrían la ciudad dando gritos para ofrecer a otras mujeres hombres a tanto el número.

Pescado (1921). Chaim Soutine

Pescado (1921). | Chaim Soutine

El 11 de mayo de 1884, La Voz Montañesa publicaba esta noticia:

Anoche se personó en nuestra redacción un pacífico ciudadano a quien molesta la añeja costumbre de las pescaderas que pregonan ‘hombres’ a voz en cuello cuando venden bocartes.

(…) Venía a que dijésemos -y dicho está- que encontramos reprensible y altamente perturbador el hecho de que se dé el nombre del rey de la naturaleza a unos ruines pescadillos.

Cuatro décadas después, Esteban Polidura Gómez, el periodista que le puso maretazos de realidad al costumbrismo, entró en detalles en El Cantábrico, aunque entonces ya hacía mucho que las autoridades habían intervenido para amordazar a las vendedoras:

Cuando les dio por llamar ‘hombres’ a los bocartes (anchoas), costó Dios y ayuda abolir aquella mala costumbre.

-¡Llevar hombres, abajar! -gritaban por las calles.

-¿A cómo son, sardinera?

-A dos reales el ciento.

-No quiero más que dos docenas.

-Con dos docenas de hombres no tienes tú ni para empezar.

Una serie de equívocos intencionados, que llegó a rayar en verdadero escándalo, obligó a un alcalde -republicano por cierto- a cortar por lo sano aquel mal.

Recorrían la ciudad dando gritos para ofrecer a otras mujeres -éstas asomadas a los balcones para el ritual del regateo entre las ropas tendidas al sol del tiempo de las costeras- hombres a tanto el número, un dato preciso que probablemente a muchos parecía una etiqueta barata. Seguro que además era una pequeña venganza. Los hombres ‘de verdad’ se quedaban con la gloria y la tragedia de las navegaciones. Si venían galernas y arrasaban la flota (ahora quiebran el mito del turismo: el drama deviene bufo), las mujeres lloraban en los muelles; si llegaban barcos repletos, ellas los descargaban, se echaban los carpanchos a las cabezas y se ponían a vender por las calles. Los hombres contaban la epopeya del enésimo paso de la barra y las mujeres se pegaban con la policía, los inspectores de consumos, las vecinas y entre ellas.

Aunque se arriesgue a que le digan que no se ha defendido lo suficiente, cada una se rebela como puede o sabe. Por ejemplo con el silencio o con los desplazamientos semánticos, cuanto más radicales, mejor. A veces, el lenguaje de los sometidos sólo es consuelo, pero cuando se hace consciente o crea consciencia, pasa a ser revuelta. Aproximar cosas sin relación es la audacia de la que surgen las libertades. A veces tropiezan dos palabras en una calle pindia y un vocablo merece un cambio de objetivo. Un alcalde republicano en plena monarquía acabó por prohibir aquel uso de la palabra ‘hombre’ en vano. En el poder, todo se mistifica.

El lenguaje es norma y delación: según quien lo imponga, denunciará el mundo o lo describirá como inamovible; y el habla, el texto y los gestos se debaten siempre entre la sumisión y la resistencia. Por suerte, contiene también los mecanismos de la subversión. Las sardineras percibían lo que muchas veces se olvida: que la pobreza y la discriminación por oficios, y las diferencias de consuelos, méritos e ingresos, se refuerzan con las cárceles del género.

Aquellas mujeres eternamente embarazadas (decía Polidura que parecían llevar un chinchorro añadido en la proa) subían y bajaban de los muelles a los barrios para gritar la mercancía y jugaban con las palabras, se dejaban llevar a la juerga de los pareados, tendían dobles sentidos sobre el abismo de la precariedad y dedicaban metáforas al género que vendían y a los roles del que soportaban solapado con el clasismo. Lo de los bocartes es sólo una muestra que trajo consecuencias, pero dicen que muchos paseantes de canotier celebraron la ocultación del espectáculo y sus desafíos cuando desapareció la venta ambulante y los muelles pesqueros fueron segregados del centro de la ciudad.

Las pescaderas llamaban hombres a los bocartes. Y lo pregonaban. Cuando una mofa se airea, aparecen los ofendidos y, si tienen poder, prohíben. Los actos administrativos, judiciales y periodísticos de la selección cultural (ahora camuflada bajo el epígrafe contradictorio de ‘creatividad subvencionable’) se complementan con la lista de grupos, castas e instituciones que tienen derecho a ser atendidos si se duelen al sentirse cuestionados desde abajo. Al quejoso del XIX le faltó añadir una denuncia por delito de odio de las mujeres a los hombres. Hoy, los oradores orgánicos siguen en ello, mezclando toxinas con oportunismo, pero, después de la gran movida feminista del 8 de marzo, y aunque no ha tenido consecuencias salariales ni legislativas, hasta las anchoas presienten que algo ha empezado a no ser lo mismo.

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In taberna quando sumus

…y menos por el capricho de los adoradores de los rayos uva que pintan el polvo risueño de la surada…

 John Lewis Krimmel. La taberna del pueblo (s. XIX).

Apenas alcanzan seiscientas monedas
si se bebe sin moderación ni medida.
Pero, aunque todos beben alegremente,
es a nosotros a quienes regañan
y somos desposeídos.

Que los que nos difaman sean malditos
y sus nombres no figuren en el libro de los honrados.

Cármina burana (siglos XI-XII).

 

… el señor obispo rechazó el Cármina Burana y prefirió irse a Valladolid a pedir perdón para los corruptos y los científicos juntos en el mismo saco moral y enseguida se han apagado en el deficitario Año Jubilar los ecos del anatema iba a hablar del clima pero me da pena dejar de lado ese asunto de las escolleras que tan bien se presta al prestigio del arte en esta capital empeñada más que Bilbao que tiene metro y tranvía en ser ciudad cultural después de perder el concurso cuando lo suyo es la opereta de chiringuito género que se me antoja abandonado y debería ser elevado a Bien de Interés local como lo fueron los Jardines de Pereda antes del cemento mierda de paloma porque ese asunto de las escolleras se ha entendido tan mal como se ha explicado y eso es una estupidez que me gusta porque los íncipit son muy importantes y suelen ser falsos y no pretenderán que hablemos del tiempo ¿no? si lo que queremos es hablar de arte y sólo nos acordamos de la dimensión estética del asunto cuando llueve y no hay mamparas en las paradas o ya no queda en la playa arena que por otra parte nadie necesita detener frente a un mar justamente vengativo y menos por el capricho de los adoradores de los rayos uva que pintan el polvo risueño de la surada no ve usted que lo que ha hecho el ayuntamiento es un ejercicio de land art complementario al mirador de Calderón muelle sin barcas de provisionalidad cada vez más evidente donde los contenedores no soportan la mediocridad y pasado el impacto vejestorio de la porcelana y aceptado son cuatro cañas cinco vinos y un lingote de orujo el estorbo la gran caja de arte contemporáneo se hunde en el aburrimiento con permiso de Miró y las nuevas viejas abstracciones tercermundistas de lujo plop plop champán azul radicadas en Nueva York es lo que hay dice el Plan Director de los métodos de traslado de sacas de dinero cuando hablan de subvencionar la cultura y un furgón nocturno está punto de sufrir un cambiazo en la niebla de ciudad total ciudad región mientras unos músicos con cicatrices esperan jugando al póquer en un sótano y en una ucronía de cine mudo el vicealmirante FitzRoy el hombre que inventó la meteorología piensa en suicidarse de nuevo al oír al presidente que la culpa del fracaso de las rogativas es del hombre que preguntado por las teorías de Darwin exhibió una biblia pidió confianza en los cielos y explicó cuánto le dolía el origen de las especies y eso sucedió mucho después de que los piratas holandeses secuestraran la imagen que se defendió a base de tempestades y apagones de mareas…

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El futuro pasado

Hemos esperado grandes cosas de esa promesa, pero no ha habido nada. Incluso me atrevo a afirmar que tantos sensores desplegados le han quitado sensibilidad a la ciudad

Portada de la revista Galaxy. Años 50.

Santander, ciudad leal y vanguardista, es parte de la Red de Ciudades Inteligentes. En su día, allá por 2011, la cosa tuvo mucho ruido mediático que llegó al clímax hacia 2014, cuando se dio por creada la infraestructura cuyas ventajas no hemos notado la mayoría de los habitantes.

Lo de Smart City está mutando a toda velocidad de concepto emergente a obsoleto. Ya es casi parte del futuro pasado -los Moody Blues me perdonen- de una ciudad empeñada en vaciarse en más de un sentido. Si extraemos la propaganda, la prometida aplicación de tecnología avanzada al funcionamiento de los servicios urbanos es una estructura de más de 20.000 sensores cuyo uso no pasa de anecdótico. Las farragosas explicaciones municipales afirman el reconocimiento en los foros del autobombo, pero los logros de la ciudad imaginada no parecen afectar la vida de los habitantes reales. Los hay de dudosa relevancia (podemos saber si en una zona hay alguna plaza de aparcamiento libre, pero no dónde está ni si seguirá igual cuando la encontremos) y alguna apuesta espectacular ha resultado un fiasco, como la medición y coordinación de la recogida de basura, que desapareció de las obligaciones del adjudicatario. Creo que el asunto está en el nivel de los superpuertos sin atracadores millonarios caídos del cielo o los parques industriales sin industria.

La tecnología aplicada a la vida urbana sirve tanto para que los automovilistas aflojen unos 12 euros cada vez que se asoman por Londres como para pagar peajes más baratos en Ámsterdam si se toman vías alternativas o calcular el impacto ambiental de cada kilo de residuos. O para ver las calles recién maquilladas de flores y pasado glorioso cuando acaban de despertar del botellón. O para que las grandes superficies y e-comercios le aburran con mensajes si pasa con el móvil geolocalizado por donde igual usted no quería que se supiera, lo cual será culpa suya por estar en la zona de peligro, ahí, justo al lado tonto de la grieta tecnológica, cerca de los que sólo saben usar el aparato para hablar mal de los que llegan en patera y ¡tienen teléfono! y ¡quieren televisores!, como si hubieran descubierto que aquí no se puede vivir sin esas cosas…

Los propios apóstoles del concepto y sus voceros (precarizadores de periodistas que sufren la especialización en innovaciones y palabras devoradoras de matices), dicen que se encuentra en permanente revisión, algo que debimos sospechar en cuanto supimos que se entrevera con la mercadotecnia sin solución de continuidad, forma parte de burbujas de todos los colores y, a veces, muchas, usa la demagogia de supuestas políticas de desarrollo que, como los monocultivos o la beneficencia, llevan años salvando al mundo del hambre, la guerra y la peste.

En su día, el señor De la Serna usó con orgullo la expresión ‘laboratorio urbano’ para definir el proyecto, y prometió dotar a Santander de un cerebro que gobernaría para el bien común todos esos tentáculos, ojos y rastreadores. Y nadie se sintió conejillo de indias. Sospecho que la inmensa mayoría de la población asumió sin problemas que todo laboratorio es bueno y que los experimentos erróneos producen superhéroes que corrigen los desastres. Hemos esperado grandes cosas de esa promesa, aunque algunos nos hubiéramos conformado con poder acceder sin complejos a algún disparate ciberpunk. Pero no ha habido nada: esto es muy aburrido.

Incluso me atrevo a afirmar que tantos sensores desplegados le han quitado sensibilidad a la ciudad. Ya: ya sé que nunca tuvo mucha, pese a la abundancia de galas florales. Pero quizá tengamos que empezar a pensar que se ha producido alguna forma de abducción. Sólo falta que algún humano abuse del concepto de rentabilidad en la programación de los ordenadores para que éstos se pongan a eliminar todo lo prescindible. Por ejemplo, los barrios humildes. Me dan ganas de pensar que el cerebro se puso en marcha en secreto, salió entre torpe y malo, y ha empezado la tarea organizando el falso metro.

Nota.- Mientras las nuevas tendencias en espejismos vienen con drones y largas panorámicas con fondos azul pádel, el sitio web de la página de ciudades inteligentes está tan atrasado como la idea oficial del progreso. Incluso figura todavía como alcalde el arriba mencionado. Pongo unos enlaces que considero dignos de visita:

http://santander.es/servicios-ciudadano/areas-tematicas/innovacion/santander-smart-city-%28ciudad-inteligente%29

http://www.smartsantander.eu/

Wikipedia: Redes_de_sensores_para_las_ciudades_inteligentes

http://www.redciudadesinteligentes.es/index.php/municipios/ciudades/61-santander

https://www.santandercitybrain.com/

https://blogthinkbig.com/smartsantander

https://www.innovaspain.com/santander-modelo-smart-city/

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Ómnibus

Pese a la etimología de la palabra (‘ómnibus’ significa ‘para todos’), es evidente que los usuarios de transportes colectivos sufren un desprecio histórico sólo comparable al de los puros peatones.

 Inundación (1923)

–¿A dónde vamos?

–No hay manera de saberlo. El conductor está loco.

–¿Entonces?

–No se sabe nunca cómo va a acabar. Nadie sube en este vehículo habitualmente. Por cierto, ¿cómo ha subido usted?

–Como todo el mundo. ¿Qué es lo que le ha vuelto loco?

–No lo sé. Encuentro conductores locos por todas partes. ¿No le parece gracioso?

–¡Demonios, no!

–Es la empresa. En la empresa, están todos locos.

(Boris Vian. El otoño en Pekín, 1947).

***

-La señora alcaldesa podría…

-La señora alcaldesa nos ha…

-La señora alcaldesa…

En la hora punta, se añade el tratamiento formal porque la ironía ha calado en las paradas como el agua por carencia de mamparas. ¿Sueña la alcaldesa que le han vendido una moto averiada, una solución inconsistente, un modelo de transporte que sólo empeora lo que no puede funcionar en una ciudad dominada por los vehículos individuales? ¿O ya lo sabía en las vigilias de la planificación?

***

Hace 45 años que André Gorz publicó ‘La ideología social del coche’, un artículo tan denso como breve sobre la sociedad que ha entronizado el automóvil. Desde entonces, ese texto sobre la contradicción que supone la conversión de un objeto de lujo en producto para masas muestra el callejón sin salida del atasco capitalista y consumista y es la rotonda fundamental de las pesadillas y el espectro de los urbanistas avestruces:

A diferencia de la aspiradora, la telefonía sin cables o la bicicleta, que conservan todo su valor de uso cuando todo el mundo dispone de ellos, el auto, como las mansiones en la costa, sólo tiene interés y ventajas cuando la masa no lo posee. Porque el coche, tanto por su concepción como por su destino original, es un bien de lujo. Y el lujo, por esencia, no se democratiza: si todo el mundo accede al lujo, nadie saca ventajas; al contrario, todo el mundo avasalla, frustra y despoja a los demás y es avasallado, frustrado y despojado por ellos.

El autobús MetroTUS santanderino -lo llaman MetroPUS- obedece a una omisión radical y clasista: pese a la etimología de la palabra (‘ómnibus’ significa ‘para todos’), es evidente que los usuarios de transportes colectivos sufren un desprecio histórico sólo comparable al padecido por los puros peatones.

En los últimos años, las evidencias de que la sociedad urbana del automóvil es insostenible han obligado a muchas ciudades a eliminar áreas de tráfico e impulsar el transporte colectivo, pero todo parece indicar que aquí sólo se hace por interés turístico, especulativo o de infraestructuras privatizadas cuyos concesionarios marcan los tiempos. La contradicción del lujo barato es tan fuerte que promete restar votos si no se da solución a la masa de máquinas celulares, aburridas y ruidosas que se embute en la urbe casi monotrema. Y está muy claro que los poderes ni saben ni quieren darla porque son incapaces de planificar algo diferente al beneficio inmediato y cuanto menos común, mejor. Su política -es decir, su economía- tiene muy poco de ómnibus.

No sé que razonamientos, si los hay, e intereses (ya irán apareciendo) han llevado al Ayuntamiento y sus tecnócratas a apartar del centro los autobuses de largo recorrido, los más necesarios, con cambios y fusiones que recuerdan aquel autobús de normas delirantes que tanto le costó tomar a Amadis Dudu en la novela de Boris Vian, y que, en manos de un conductor de demencia inevitable, llegó a un desierto superpoblado por el arte de la ficción, o sea, como hizo el abatido PGOU con el Santander futuro.

Como respuesta a las quejas, la primera reacción de la fachada municipal, acostumbrada a recibir por detrás los días de sur o cuando considere oportuno, es proclamar que el que no tiene movilidad es porque no la necesita y, si se queja, es porque no se adapta o no entiende el galimatías desinfográfico. Sin embargo, han bastado unas mínimas movilizaciones para que empiecen a poner unos parches que sólo sirven para resaltar la envergadura del fracaso. Espero que la sociedad civil no acepte el juego de tahúres y contradiga la propaganda de las pantallas que contaminan los propios autobuses.

***

Otra vez Gorz:

Un coche familiar, lo mismo que una casa con playa privada, ¿no ocupa un espacio extraño? ¿No está expoliando a los otros usuarios la calzada (peatones, ciclistas, usuarios de tranvías y autobuses)? Sin embargo, abundan los demagogos que que afirman que cada familia tiene derecho por lo menos a un automóvil, y que corresponde al estado garantizar que cada uno pueda aparcar cómodamente y rodar a 150 km/h por las carreteras. La monstruosidad de esta demagogia resulta evidente. (…) ¿Por qué, a diferencia de otros bienes “exclusivos” no se reconoce al coche como un lujo antisocial? Hay que buscar la respuesta en dos aspectos:

1: El automovilismo de masas materializa un triunfo absoluto de la ideología burguesa en la práctica cotidiana: funda y mantiene en cada uno la creencia ilusoria de que cada individuo puede prevalecer sobre los demás y a sus expensas. (…)

2: El automóvil ofrece el ejemplo contradictorio de un objeto de lujo que ha sido desvalorizado por su propia difusión. Pero la desvalorización práctica no ha supuesto su desvalorización ideológica: el mito del atractivo y los beneficios del coche persiste mientras los transportes colectivos, si fueran generalizados, demostrarían una superioridad impactante.

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