Surreales viajeros

En Cantabria, los relatos de forasteros sobre lo autóctono no han hecho fermentar las referencias y extravagancias como autorreferencias apropiadas o tópicos denostados.

En el libro que dedicó a sus memorias españolas (‘Para matar el recuerdo’, se titula, nada menos), Jean-Claude Carrière debate consigo mismo una afirmación de José Bergamín, que sostenía que cada pueblo es responsable de los tópicos que lo identifican.

El francés no lo tiene claro, pero se inclina por reconocer que las representaciones caricaturescas del carácter de una población, aunque sean construidas por extranjeros y contengan malevolencia, morbo o burla, son muchas veces aceptadas por los afectados porque, incluso a su pesar, ven en ellas la utilidad de una máscara protectora, un refugio sintético contra los temores de los pueblos a sí mismos o contra la tentación de encararse a sí mismos -matícenlo ustedes a su aire, que la frase se hace larga-.

Carrière fue amigo de Buñuel, un espíritu animal universal y nómada que nunca pudo ni quiso desprenderse de los tambores de Calanda: al contrario, le sirvieron para apuntalar el surrealismo.

Toda crónica de viaje me parece un ejercicio de percepción surreal falsificada o involuntaria. Eso no le quita valor; se lo añade: hasta la técnica implica un desplazamiento que, bien mirado, resulta irracional. Ya lo apuntó Apollinaire: “Cuando la humanidad ha querido imitar el acto de caminar, ha creado la rueda, que no se parece a una pierna. Ha hecho surrealismo sin saberlo”.

En Cantabria, los visitantes no han hecho fermentar las referencias y extravagancias como autorreferencias apropiadas o denostadas por los autóctonos, así que, estudiosos aparte, no han alcanzado gran éxito los relatos ajenos sobre los tocados medievales de las mujeres, los milagros de San Martín, la cofradía antiblasfemia del repelón, la milicia cristiana del obispo regente o, mucho más cercano, el encierro de Leonora Carrington, activa surrealista cuya narración de su estancia psiquiátrica relajada con cardiazol se me hace metáfora del horror anticonvulsivo en un lugar demasiado tranquilo, y es una pena que su fama en otros ámbitos no haya trascendido del personaje a la geografía elegida para anularlo, pero esa es otra historia.

Claro que, dado el empeño por saturarse de turismo, conviene no citar algunos testimonios, como el recogido por José Luis Casado Soto del inglés Richard Wynn, quien asegura que, en 1623, en Santander a los bolos sólo jugaban las mujeres, y que sólo ellas trabajaban mientras los hombres se paseaban luciendo capas y espadas y mofándose de los marineros extranjeros que, por vergüenza de machos, las ayudaban a descargar los barcos. El cronista vino acompañando al príncipe de Gales cuando pretendió emparentar con la monarquía española, cosa que salió mal, y su testimonio no es muy apreciado. Sabemos, sin embargo, que hasta muy entrado el siglo XX, gran parte de la estiba era asunto femenino.

Que no se animen los no santanderinos justamente hartos del peso excesivo de la capital. Wynn tampoco lo pasó bien por esos valles y costas. Comió mal, durmió poco, bebió vino malo y la única moza de buen ver que se topó resultó ser de ascendencia británica. Es tan poco probable que me resulta creíble.

Sin embargo, el asunto de los viajes tiene otro valor cuando se trata de hacer espectáculo de un ejercicio de autoridad. De testimonios como el de Wynn casi no se habla ni para criticarlo, pero se conmemora la llegada de un emperador que improvisó un patíbulo en la plaza principal y de otras figuras imperiales que incluso trajeron pestilencias.

Esos desembarcos se evocan todos los años, y cada vez me parecen más paradójicas misas de acción de gracias. No sé si tienen algo que ver con la trivialización de la imaginería surrealista, igual que el aprecio por las ferias abrileñas en carpas instaladas sobre boleras en ruinas. Fósiles de ecos de emboques se borran a cada paseíllo.

Algunos se cabrean, pero la democracia del gusto revela incluso a su pesar que toda tradición es provisional (o sea, contradicción) y depende, no de las subvenciones, sino del estado de ánimo y de la rentabilidad. No hay argumentos que valgan cuando el folclore propio se convierte en arqueología y casi nadie lo cuenta ni desde dentro ni desde fuera. Ni lo modifica, mestiza o prostituye, todo lo cual sería válido. Al fin y al cabo, la principal atracción turística familiar de la región (está comunidad es radicalmente familiar y regionalista) se basa en la exhibición de especies exóticas (lobos árticos, por ejemplo) en un paisaje ferruginoso, mientras algunos ganaderos hacen pintadas contra la protección del lobo autóctono.

Volviendo al asunto del principio (aunque divagar es viajar), se me ocurre, para darles la razón a Bergamín y Carrière, que sí hay al menos un relato sobre Cantabria que ha llegado desde fuera y, pese a no servir como refugio presupuestario, goza de gran aceptación local. Me refiero a la construcción televisiva de un presidente autonómico.

Qué razón tenía Alejo Carpentier, otro cofrade surrealista: lo real es maravilloso. El problema es la realidad.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Revista de sueños

No voy a descubrirles nada que no hayan soñado.

Portada Drosera nº 4

En el número 4 de la revista de comunicación onírica Drosera (aconsejable, sin embargo, por todo su contenido), me llama la atención el artículo de Kristoffer Flammarion (traducido por Vicente Gutiérrez Escudero del original publicado en Hydrolith: Surrealist Research & Investigations) titulado Sobre la estadística de algunos sueños antárticos que podría tener cierta relevancia en el avance superior de las investigaciones relacionadas con la estructura, significado y procesos ocultos de nuestras experiencias diarias y nocturnas.

Theodor W. Adorno escribió algunas frases inquietantes -intuyo que a modo de exorcismo- que luego los editores de su recopilación de sueños[1] usaron como introducción a uno de los libros escritos por filósofos más divertidos que conozco. Creo que esta viene al caso:

Nuestros sueños no sólo están vinculados entre sí en cuanto “nuestros”, sino que forman también un continuo, pertenecen a un mundo unitario, lo mismo, por ejemplo, que todos los relatos de Kafka transcurren en “lo mismo”. Pero cuanto más estrechamente conectados entre sí están los sueños o se repiten, tanto más grande es el peligro de que ya no podamos distinguirlos de la realidad».

Aprovechando su estancia en la Antártida como miembro de una expedición científica, la forzada adaptación a una vida metódica, la noticia de un no-descubrimiento (un barco sueco tuvo un fugaz encuentro con un animal que dejó un rastro biológico desconcertante) y un redescubrimiento literario cuya lectura impuso a toda la base, K. Flammarion desarrolló un estudio estadístico sobre sus sueños y los de sus compañeros que le permitió contabilizar lugares y situaciones y, aunque en sus conclusiones apenas esboza una hipótesis, parece aproximarse con método y sin proponérselo (no hay ningún sesgo en su investigación) a la definición de una estructura material que encaja con la percepción de Adorno. Puede que sea prematuro decirlo, pero quizá estemos cerca de la máxima decadencia de las visiones metafísicas y/o idealistas de la interpretación de los sueños y, por ello, de la irrupción en la ruda realidad de la tramoya platónica: del fin del ocultamiento.

No es sorprendente que, en un mundo que pasó en menos de dos siglos del racionalismo al probabilismo atravesando el relativismo, la estadística se adueñe del más oculto reducto de la indefensión. Los sueños saltan así de la mitología filosófica a la ficción científica con la misma precisión con que los supervivientes de las expediciones a las mal llamadas montañas de la locura contaban los hechos que no comprendían. Nada se relata mejor que lo que no se entiende. No hay relación más precisa que la de un cuento de terror. En los sueños producidos por el descanso ordenado, según el estudio, los lugares soñados se fijan en pautas compartidas. Lo mismo ocurre con las situaciones tipificadas, aquellas que estudiosos como Fromm trataron de explicar como un lenguaje natural olvidado, con su sintaxis y toda la puesta en escena; ese lenguaje que, al volverse palabras, desapareció para dejar desnuda la carnalidad del verbo que antes cubría la cálida envoltura erótica de lo onírico.

Una de las implicaciones más conflictivas de este análisis es, sin duda, la constatación de que la disciplina ayuda a la comprensión de lo onírico, algo que choca frontalmente con la liberación que aporta abandonarse a la molicie hedonista. Creo que sería de interes general debatir si el desciframiento de los mecanismos colectivos de los sueños pondría en peligro el placer de la pereza y, por tanto, la libertad. Asunto que dejo en manos de los editores de Drosera. Seguro que no defraudan.

  1. [1]Theodor W. Adorno, Sueños, Akal, Madrid, 2008. Traducción de Alfredo Brotons Muñoz