Feliz Normalidad

Artículo anticonsumista y antiesclavista obligatorio en estas fiestas

 William James Glackens. Compradores en Navidad. 1912

No sé quién empezó en las redes a oponer al amodio de la compañía china Shuanghui (Smithfield Foods, Campofrío) la ascopena de la realidad, pero el sarcasmo desatado tiene todos mis respetos. Aunque sobre las prácticas ganaderas y alimentarias de ese y otros grupos hay abundante literatura, en fechas tan señaladas, la burla refuerza la sospecha de que no se conforman con vender y vendernos: además quieren ser líderes espirituales haciendo anuncios como homilías o viceversa; elevando viejas glorias a predicadores de nuestra idiosincrasia y agricultores de nuestros deseos con monocultivos de monarquía bananera. La poesía, la teología y la jerga del emprendimiento, ya saben, lo mejoran todo, lo mismo un banco que una granja porcina atiborrada de jaulas de medio metro, una por cerda paridora. Pero nada de eso puede aguarnos la fiesta canónica. Las otras no serán retransmitidas por los canales formales y, dentro de poco, ni por videoblogs, si así lo decide su proveedor de internet. Y mucho menos podremos acercarnos a los sombríos márgenes productivos de la occidentalidad, allí donde los elfos cosen lentejuelas a camisetas. O sea, lo mismo de todos los años.

Los mensajes del rey, los predicadores de la banca, las inmobiliarias y los prestamistas son saludables, reconfortantes e intercambiables: hay que decirlo más mientras haya dónde.

Siempre hablamos de la tragedia de los compradores compulsivos y olvidamos que su falta última es no tener el dinero necesario para sumar su adicción a la normalidad de los consumidores pudientes. Tomemos, sin embargo, a cualquier consumidor ejemplar (la publicidad define quién lo es) y enseguida comprobaremos que, a pesar de los tics del estrés familiar, el tráfico y el exceso de vino gaseoso (chiste fácil del año: el champán es caro y está mal visto decir cava) está encantado porque en estas fechas se come el mundo rozando los límites de lo imposible. Se lo ponen en bandeja y él lo devora con alegría recorriendo la ciudad bajo las luces de colores en su utilitario, que conduce a la vez ufano y nervioso, como si fuera al volante del Delorean de Marty MacFly y hubiera llenado de encargos la nave de Planet Express mientras un Santa Claus asesino lo persigue con una ametralladora.

Desde El Sardinero a Cuatro Caminos, la fachada imita al arte de las estanterías hipersuperficiales colocadas por el precariado que trabaja en festivos. Párense un rato en cualquier supermercado los días previos a las fiestas y vea y escuche al encargado (normalmente un hombre de orden) dar instrucciones a los reponedores multitarea (normalmente mujeres) y descubrirá un lenguaje fonético y corporal inducido por los elegidos para los cursos de empresa. Rodeado, por supuesto, de uniformes y resignación.

El súbdito consumidor modelo se funde el sueldo, la extra y el crédito (porque para eso los tiene y hay justicia en el cosmos) en poco tiempo después de planificar en largas conversaciones ante y con el televisor mejorado mediante internet lo que va a comprar y lo que no, dos conjuntos que nunca llegan a separarse del todo, diagramas de Venn osmóticos que le permiten adquirir lo que suponía que quería y gran parte de lo que no. Y, si cabe el arrepentimiento, la culpa no se resuelve en equilibrio, sino en una compra mayor. Compra lo que es de ritual y lo que le apetece (vergüenza sería no hacerlo aunque nadie lo supiera) y celebra los horarios dilatados. Abrimos hasta la náusea, dicen las luces. Algunos empleados se quejan de no poder descansar en festivos: son unos insolidarios, evidentemente; unos saboteadores que tiran piedras en el engranaje de la libertad.

Y en los subterráneos, como en todas las épocas en que el dinero fluye con más rapidez cuanto más escondido está, bulle una zona blanqueada por bengalas e intercambios. Es la alegría del ciclo de secretos a voces de la economía, que desborda las apariencias cuando la libertad de mercado es la única legitimidad que manda sobre las leyes.

Los artículos anticonsumistas y antiesclavistas navideños son obligatorios en unas fiestas que hace mucho pasaron de ser contradictorias con el hipotético mensaje original -tanto como con el primitivo rito de paso invernal- a celebrar las contradicciones. Se puede elegir entre la complicidad, la crítica, el desdén o el estoicismo, pero, de un modo u otro, nadie escapa (huir a lugares exóticos es oferta del mismo paquete) de las luces horteras, la música machacona y el fragor de los putos petardos.

 

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Autoservicio

Predomina la opinión de que la victoria de los defensores de la presencia de asalariados a los mandos de las máquinas es poco probable.

Hola de cajero. | RPLl

Hola de cajero. | RPLl

Llegamos a un espacio tópico de De Chirico, pero con neones, una isla de cemento rodeada de tierra desarbolada. Echamos gasolina y compramos sándwiches, cervezas y planos sin ver a ninguna persona. Tengo la sensación de que el coche de vigilancia privada que ronda a lo lejos, entre la explanada apenas manchada de pájaros y el páramo, no lleva ocupantes. Venimos del agosto de la ciudad costera, donde, como decían los letristas, los situacionistas o los punk -no quiero acordarme-, cualquiera puede disfrutar de unas vacaciones en la miseria de los demás a cambio de masificar el gasto. Se cruzan en esta parada los vados entre la urbe y el tránsito y los de las estaciones del año comercial.

Alguien recuerda que las gasolineras con empleados han empezado una guerra desesperada contra las gasolineras sin empleados. Las luces del recinto, sin embargo, no muestran ninguna alarma. Predomina en el grupo de viajeros la opinión de que la victoria de los defensores de la presencia de asalariados a los mandos de las máquinas es poco probable, dada la desigualdad de fuerzas y lo falaz de un hipotético apoyo popular. La mayoría dice estar a favor del calor humano, pero todo parece indicar que en el fondo ya no nos importa servirnos nosotros mismos, solos o en compañía de autómatas. Los más extremos sostienen que preferimos fingir que nos autoengañamos a aceptar que nos timen otros tan tontos como nosotros. Pero el responsable real siempre está lejos, contando el dinero ahorrado en una mano de obra que se abarata al mismo ritmo que la tecnología. Y pulsamos sus botones contentos de saber hacerlo. Esa liturgia -afirmamos con caras inexpresivas- nos permite ocupar el lado bueno de la brecha tecnológica.

La pelea de las gasolineras quiere ser una de las primeras de un nuevo ciclo. Sin embargo, aunque consigan alguna compensación, parece encaminada a una evidente derrota. El individuo siempre pierde ante el enjambre de autómatas que no dan la cara, pero orientan al usuario con señales sonoras y visuales, desde una flecha o un pitido hasta una larga frase. La mítica forma androide del muñeco articulado que trabaja por nosotros va a quedar como un juguete de cuento, por lo menos hasta que se haga indiscernible del ‘sapiens’ estándar -y entonces el asunto adoptará otras dimensiones-. Para organizar el consumo (el nombre del mundo es consumo), los algoritmos tienen que dirigir, además de al dispositivo, a quien lo usa, hacerle a la vez pasivo y dispuesto a apretar los botones que se le indiquen. Y a pagar incluso por su propio trabajo, claro.

Los argumentos en contra son tan endebles como la defensa del pequeño comerciante frente a las grandes superficies, estadio primario de una lucha que ha venido a beatificar al tendero de toda la vida, aquel que a veces era amado y a veces era odiado por todo el barrio, el que nos servía la manzana picada que ahora cogemos nosotros mismos y pesamos con el ritual del código. Ya empiezan a verse cajas sin personal en los supermercados. No pasa nada; mantengan el orden de la cola, escaneen el producto, embolsen, paguen.

Primero fueron los cajeros automáticos. Todos estábamos muy contentos de poder sacar dinero a cualquier hora, y no sólo no nos importó, sino que nos pareció muy bien. Además, seguían estando en las ventanillas los empleados de las sucursales dirigidas por personajes familiares, entrañables, algunos de los cuales llevaron la relación hasta el extremo de colocarles preferentes a ancianos con ahorros. Por cosas así empezamos a desearles lo peor, y ahora hay sucursales de paredes opacas en cuyo interior han plantado un pequeño mostrador en el que ofrece folletos un tipo (no he visto a ninguna mujer) de traje y gesto procedente sin duda de un curso acelerado, busto parlante que recuerda a los muñecos videntes tragaperras; pero éstos debían de estar mejor pagados. Para asuntos más complejos está internet, donde el abuso de confianza (firme usted aquí, abuelo) es improbable aunque la máquina nos llame por nuestro nombre. Además, la propaganda funciona y la desigualdad está previamente legislada.

Esos empleados sin mayor función que la presencia de una imagen corpórea deben de ser el proletariado precario (usemos sin complejos ‘precariado’) de una etapa de transición, una manera barata de mantener la voz humana y conservar una imagen en relieve mientras mejoran las voces sintéticas y perfeccionan las holografías.

Ya están en prueba taxis sin conductor. Acerque su tarjeta y diga dónde va. En caso de duda, pulse el botón rojo. No tema por su seguridad. Muy pocas cosas son más peligrosas que un humano. Supongo que las compañías de vuelos baratos serán las primeras en quitar pilotos.

Las estaciones de FEVE ya son lugares automáticos, pero hay gente mirando y hablando por interfonos. Un día se nos atascará el billete y no sabremos que hablamos con una máquina. Será el clímax de la prueba de Turing. Ya saben: lo que cuenta es lo observable. Siempre ha sido así, ¿de qué nos sorprendemos?

Ese es el panorama en el que tendremos que relatar historias protagonizadas por humanos timoratos y máquinas que no serán semejantes a los robots del cine taquillero. Será un escenario autolavable con mecanismos antivagabundos en los callejones de las zonas no blindadas.

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¿La situación en Cantabria mejorará con la lluvia?

El 8% menos de robado puro gasto sanitario señores diputados quién le ha chafado el habano al presidente sube el paro autonomía abstenerse sectores que no sean de servicios estoy hasta los presuntos atributos de machos y machadas la ley no es igual para todos/as dígame algo que no se haya dicho hasta el hartazgo la saciedad el yo fumo donde quiero bajo multa de 90 euros su ciudad cultural le agradece no venir más por el polígono industrial qué más da si lo plausible es ese fluir del dinero público al río privado de ventana en la otra esquina o el que te invita al yate digital para firmar el contrato pero eso nunca ha sucedido abatido 6 a 1 el equipo local de la capital fundamental nunca pierde se deja ganar por impotencia escénica los supporters sponsors y projects managers lloran restringida la dicha a la capacidad insultante ¡¡¡gooooollll!!! del albo álveo del caudal de bienes muebles e inmuebles mientras muchos vuelven al arroyo estadístico ahora bien de qué cañas cuelgan esos jargos conceptuales que aplaudimos como las algas antiguas que ya no llegan a las playas aplaudían a los barcos con la marea baja desarbolada la flota pesquera destinadas las redes al turismo de prados de golf los parados a recoger pelotas las mentes al estereotipo 8% menos de gasto público para la sanidad y sin embargo viene un tiempo de limusinas y petimetres electorales y algo clama que esto es la definición de aburrimiento no me hagan por favor decirlo de otro modo en estos tiempos de (per/pre)juicios estéticos.

Los peligros del desempleo

En 1945 Hannah Arendt escribió en Culpa organizada y responsabilidad universal:

(…) La sociedad de cada época, a través del desempleo, frustra al hombre humilde en su actividad normal diaria y en su autorrespeto, le prepara para ese último estadio en el que asumirá sin rechistar cualquier función, incluso la de verdugo.

Arendt contaba una historia: un miembro de las SS es reconocido por un antiguo compañero judío del instituto cuando éste es liberado de Buchenwald. El judío se queda mirando a su antiguo amigo, y el de las SS dice: “Debes comprenderme, he estado cinco años en el paro. Pueden hacer lo que quieran conmigo”.

Greil Marcus. Rastros de Carmín (1989).

Algunas jornadas particulares

Te miras en el espejo y crees que tienes una idea siquiera aproximada de cómo va a ser el día. Te miras o no, porque piensas (pero preferirías no hacerlo) que todos los días son iguales, que todos merecen la misma cara. Sin embargo, a veces es el día de la risa. A veces el anonimato de la jornada laboral deja paso a una diversión inesperada, absurda, hecha de maniobras y conversaciones que encajan en el mapa mudo del cachondeo como en el invisible bastidor de un puzzle. Llegas incluso a temer (pero eso también te da risa) que alguien piense o diga ¿de qué se ríe o sonríe ese imbécil todo el tiempo?, ¿qué se ha creído?, ¿acaso no se da cuenta de que esa cara de felicidad no hace sino incitar al prójimo jefe o al prójimo colega o al prójimo camarero a fastidiarle sin piedad? Pero nada, no hay manera. Se impone esa percepción del ser humano como portador cuando menos de valores bienhumorantes y, aunque sabes que al final del día te quedará cierta melancolía de incomprendido, te sientes dueño de o poseído por un poder nada superior, un poder que habita a la altura de cualquier mirada, y cuando sales por la puerta de la oficina, por mucho que llueva, sigues dejándote mimar por esa suave, contradictoria euforia.