Cabildo de Arriba

No es la pérdida de lo antiguo lo que más me importa, sino la ausencia de rastros que puedan definirse en la memoria y la huida hacia adelante basada en imitaciones de folletos turísticos y burbujas culturales amaneradas.

Santander a finales del siglo XVI (detalle), por Joris Hoefnagel. Grabado del Civitates Orbis Terrarum.

Están derribando las últimas ruinas del Cabildo de Arriba. No voy a hacer un lamento por el impacto inexistente de la caída de lo viejo ni siquiera en su respetable acepción de antiguo y memorable. No voy a llorar por Sotileza, que nunca existió, porque prefiero a Casilda, de la cual pocos se acuerdan por su lastre de prisionera de su clase.

La historia de Santander es una descripción de derribos y abandonos. Eso no impide que la propaganda suela referirse a un pasado glorificado por la catástrofe. Quizá el aprecio al recuerdo del incendio vaya más allá de la conmemoración de un día trágico para mucha gente y parte de la querencia se deba a que produjo un espacio en blanco que enseguida se llenó con especulaciones y retranqueos y permitió clasificar aún más a la población en los barrios de la obra sindical vertical. No se recuerdan con el mismo énfasis los abundantes motines por la escasez e insalubridad del agua aunque el PGOU haya sido tumbado (de momento) por olvidarse de ese suministro en un futuro que se sueña masificado.

El Cabildo de Arriba fue barrio pesquero, como mucho antes lo fue el Arrabal (que el grabado de Joris Hoefnagel muestra junto a las redes tendidas en la playa) y luego también el Cabildo de Abajo, en Puerto Chico y San Martín y mestizado con obreros de astilleros y fábricas de gas, azúcar y betunes. Cuando los pescadores y descargadoras fueron expulsados de la ciudad (un viejo anhelo de la burguesía de olfato y oídos hipersensibles a las tripas de sarda y al idioma pejino), esa parte arcaica de la calle Alta y las calles y callejas que rodeaban la catedral (entre las que hubo incluso un callejón llamado, como muchos pasos inferiores, del Infierno) tuvo el privilegio contradictorio de quedar como extrarradio interior durante décadas mientras el centro se iba conformando como el preludio del parque temático tópico con que hoy intentan elevar la ciudad a la excelencia turístico-hostelera-cultural.

Parece que Santander nunca favoreció la construcción de una hipótesis sobre sí misma. Me da la sensación (los expertos lo discutirán) de que este territorio y sus gentes estuvieron siempre en permanente transición hacia sí mismos, lo cual, por supuesto, no significa nada, pero queda bien para expresar mi desconcierto.

Se ha señalado que el crecimiento del XVIII llenó la ciudad de inversores inmigrados, muchos de los cuales no procedían de lugares tan lejanos como para romper los lazos con sus orígenes ni siquiera tras los cambios generacionales. Pero resulta evidente que los harineros castellanos, consignatarios vascos, hosteleros franceses, prospectores británicos o tranviarios belgas aprendieron de los hidalgos y banqueros autóctonos a autoproclamarse santanderinos de toda la vida con el mismo desapego irónico, ferviente y felizmente sardineril. A ellos se sumaron las aristocracias trashumantes en un triunfo vacacional y muy rentable debido en parte a pestes y guerras ajenas. La Ilustración entró lo justo para moderar los hábitos con permiso del obispado, pero la revolución industrial no consiguió un buen ensanche y el puerto comercial y pesquero fue empujado sin reparos hacia las marismas interiores.

Cuando la propiedad pasó de vertical a horizontal, el mundo siguió siendo el mismo, pero los negocios aumentaron y la especulación tomó las formas que hoy son ortodoxas, benditas e irrefutables, aunque los poderes (que sin embargo lo eran) no pusieran mucho empeño en imaginar una ciudad separada de la postal de casinos y baños de ola en playas alejadas, de modo que el núcleo urbano se estableció como el desván cultural de un banco (al otro lado de la bahía está el poder verdadero del búnker de datos), su logo, espacio de exhibición en terrazas y poco más.

La plebe, mientras, estaba y está a lo suyo: sobrevivir en los huertos y vaquerías asediados por la urbe, los talleres, las lindes portuarias (donde, como dice el tango, llegan almas de todos los vientos del mundo), los andamios, la hostelería y el precariado habitual. Y a veces, pero sólo cuando el desastre se hace alucinante y cotidiano (TUS), pelea contra el intento municipal de aislar la periferia humilde y blindar la pudiente.

El cabildo-margen se fue volviendo una anomalía enclaustrada en un centro que paradójicamente lo salvaba de la especulación inmediata -cosas del calendario de la ocupación del suelo-, así que cayó lentamente para acomodarse a otros planes, como el del litoral de San Martín, ya prefigurado en cemento, la ladera sur del cerro, de honrosa, pero ya vencida resistencia, y la continuación por el norte y el nordeste de un impersonal paraíso litoral.

No creo que lo que desaparece deba ser conservado; ni por una idea de belleza ni por cuestiones emotivas. Creo que la estética y sus emociones deben ser desacralizadas. No es la pérdida de lo antiguo lo que más me importa, sino la ausencia de rastros de evoluciones y revoluciones que puedan definirse en la memoria. Es la decadencia consentida y aprovechada lo que me molesta, la construcción de una huida hacia adelante basada en el modelo que repite los ciclos de crisis e ignora la evidencia de una ciudad cuyos habitantes huyen para dejar huecos que vender replicando vídeos de promoción turística y burbujas culturales amaneradas.

Ya lo dijo Bernardo de Morlaix: sólo quedan del origen nombres vacíos. Espero que del Cabildo de Arriba permanezca el nombre. Así, al menos, alguien podrá preguntar de dónde viene.

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Nadie

Cada uno interpreta la sociología como le interesa, aunque Nadie lo diga en voz alta.

Cristal. |RPLl.

Ese tipo que, con letra ilegible, firma sus vandalizaciones como Juan Nadie (tal vez sea un pseudónimo colectivo, como quizá Ned Ludd) ni siquiera puede justificarse con la ignorancia ni con el exceso de ocio después de diez contratos encadenados en hostelería sobre horas y trabajo irreales porque parte del asueto impuesto tras la resaca lo ha empleado en saber sobre cristales rotos a muy alto nivel. Ni puta falta me hacía, murmura mientras destapa la garrafa de gasofa, esencia que el calor de la noche vaporiza (eso favorecerá la combustión), la cual reparte entre el contenedor (tres días lleva oliendo a tripas de pescado) y los cartones que lo rodean. Tiene otro par de recipientes más pequeños en la mochila con el mismo líquido, obtenido en el aparcamiento del último empleo, a ver si se creen que voy a pagar por ello.

Pero estuvo leyendo en busca de pruebas de su propia felonía y descubrió el experimento del famoso Philip Zimbardo, que gustaba de jugar con cárceles para mostrar lo fascistas, sumisos y traidores que podemos llegar a ser. Era colega de Milgram, el de los electrodos llevados al cine bajo la atenta mirada de Yves Montand (bueno, de su personaje en ‘I… como Ícaro’, pero la distinción entre realidad y deseo…) y aplicados por personas educadas, justas y buenas para ganar la aprobación de la autoridad, y aun así Montand estaba casi tan atractivo como cuando cantaba la canción de los partisanos, puede que más, tiene que ver la peli entera, que sólo hay un tráiler en youtube… Juan Nadie no debería aprender esas cosas. Algo ha fallado en el sistema educativo. Una rata mira al incendiario.

Seguro que les han contado la historia en cualquier bar: Zimbardo puso un coche con un cristal roto en un barrio de gente acomodada y lo desmantelaron vándalos desconocidos con el mismo énfasis que lo respetaron en un barrio pobre cuando el cristal estaba intacto. Y viceversa. Luego, dos tipos oportunos, Wilson y Kelling, usaron el experimento para sacar conclusiones muy interesantes para el poder: las normas deben ser obedecidas; son el orden; si se deteriora el orden se deteriora la comunidad. También avisaron que cada cristal roto debe ser reparado de inmediato, pero la rentabilidad tiene muchos raseros. Cuesta mucho aplicar ese concepto a discriminaciones y desigualdades y muy poco a las víctimas de esas situaciones. La mayoría de los ayuntamientos subieron las multas, pero no las reparaciones. Algunos ni multas ni reparaciones porque, al fin y al cabo, los contenedores son de plástico barato, y es más barato aún no reponerlos enseguida.

Nadie enciende el bic. Tengo derecho a joder lo jodido, afirma: cada uno interpreta la sociología como le interesa, aunque Nadie lo diga en voz alta. Nadie podrá pasear entre sus victorias durante meses. Su afirmación es simétrica a la de muchos alcaldes: la culpa es de la gente. Nadie es simpático rompiendo cristales como el chico de Charles Chaplin; es decir, no lo es: el lenguaje está lleno de trampas. Nadie ha visto ‘El chico’, pero no le gustó. Juan Nadie tiene un tirachinas que lanza bolas de plomo. Es el guerrero de las farolas, el justiciero de los falsos palomares. Las bolas de plomo son difíciles de encontrar porque aquí no hay industria.

El asunto de Zimbardo se convirtió en algunas ciudades en política de ‘tolerancia cero’ y sirvió para justificar medidas policiales contra los marginados sin ninguna crítica a la marginación y a la desigualdad económica. Los ricos, en cuanto ven un coche abollado en sus zonas residenciales, hacen que alguien se ocupe de ello. Nadie, sólo o en compañía de otros, deshonra las calles accesibles.

Hacía tiempo que había echado el ojo a un par de contenedores. Uno de ellos no se podía abrir porque el mecanismo de palanca estaba roto, el pedal bailaba flojo y loco, y el otro no aguantaba la carga de toda la zona. Estaban rodeados de bolsas biodegradables, como manda la ley, picoteadas por gaviotas y palomas y roídas por ratones. Las gaviotas, a su vez, se deshacían de las palomas a picotazos y los gatos no daban abasto para mantener a raya a aves y roedores. Y además el vándalo le había prometido a la anciana del séptimo que haría algo sobre el asunto. Ella no podía pulsar los pedales. La anciana no había entendido nada; pensó que iba a quejarse al Ayuntamiento: no te van a hacer ni caso, hijuco, dijo. Nadie quemó los contenedores y le sobró combustible para ajustar cuentas con el que aparcaba ocupando la poca acera que había. Luego se lió a pedradas con todas las farolas de la calle, porque le molestaba tanta luz y necesitaba hacer algo sin motivo.

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Sentimentalizaciones

Habiendo percibido la incomprensión del público (el cual, no obstante, no recuperará el importe de sus billetes), procede a retirar el antisistema de transporte llamado ‘MetroTUS’.

Honoré Daumier. En el ómnibus (1864).

Dice la última moda de la opinión que el nacionalismo es una sentimentalización de la política, la lucha de clases es una sentimentalización de la economía, el deporte (espectacular o intimista) es una sentimentalización del ejercicio físico; el coleccionismo de arte, una sentimentalización del deseo de poseer objetos bellos, inquietantes o repulsivos o ideas y palabras de los tres tipos; la reivindicación del AVE, una sentimentalización del deseo de huir o de venir… Eso era la última moda hasta hace unos instantes, porque de pronto recibo un email que me informa de que durante los próximos diez minutos los medios rendirán pleitesía a un joven y enfurecido teórico que afirma que toda protesta es fútil porque de inmediato es integrada y que toda demostración es ociosa porque lo que mola es la perspectiva periodística y no el ensayo, y lo hace sumando en pocos tuits a doña Ana Botín, Federico García Lorca y Frida Kahlo. A Federico y Frida me atrevo a tratarlos con reverente tuteo, pero con la banca no hay que tomarse confianzas, y a los columnistas de guardia no hay que cederles emociones, que luego ponen papeles y redes como tertulias de la sexta tuerca. Me parece que me he vuelto a hacer un lío. La publicidad bancaria -retomo- es una sentimentalización de la riqueza, aunque se venda convirtiendo en peripatéticos consejeros a comerciales como Nadal, Loquillo o un tipo con aspecto de vampiro que dirige una ETT.

Pero todo sucede muy deprisa en la realidad y, mientras se promociona lo imposible, salta la noticia local que comprime todas las sensaciones en una exhibición de turbomixers con dj desertor: el Ayuntamiento de Santander declara que, habiendo percibido la incomprensión del público (el cual, no obstante, no recuperará el importe de sus billetes), procede a retirar el antisistema de transporte llamado MetroTUS. Lo hace sin vergüenza ni contrición, pero lo hace. Es una trampa, advierte alguien con cara de simpático calamar-casandra. Es una broma, dice otro con más motivo: mantienen el disparate dos meses más. ¿Y mientras? El vacío, que por cierto ya existía, porque los últimos parches habían traído augurios de caos definitivo. Incluso algunas líneas habían apagado las obscenas pantallas panfletarias azules, y los vehículos parecían sortear los abismos de Babel. Una tercera voz se lamenta: quedarán ruinas ostentosas, como esas paradas faraónicas y esos autobuses enormes y desiertos de la Línea Central, con mayúscula sentimental. Y en el horizonte acechan nubarrones privatizadores.

Esa noticia sí que ha tocado sentimientos; y sin jerga sociológica: es que, simplemente, digamos, nos han tocado a muchos los desplazamientos cotidianos. El Ayuntamiento, por supuesto, elaborará una negación de los fracasos, es decir, una sentimentalización de la confianza en uno mismo y su equipo de ingenieros después de haber engañado a la mayoría tantas veces que parece increíble que todavía sigan votándonos esos pardillos. Considerará que el triunfo de la plebe (por miembro de ella me tengo) es una sentimentalización de su incapacidad para comprender que toda la desfachatez empleada en justificar el disparate era por el bien común y corriente de negocios necesarios que no necesitaba conocer. Pero la vieja y baja comunidad que tantas broncas ha aportado a la historia mantiene una potencia separada de los discursos municipales. La pena es que sólo la use en cuestiones muy inmediatas (y con demasiada frecuencia para aplausos a tiranos, pogromos y otras barbaridades; no vayan a creer en la pureza, que ciudadanos hay para todos los gustos, como la autodenominación de algunos indica) y que el ambiente habitual nos haga estar encantados de desconocernos.

Pero algo es algo: el gobierno municipal se ha fulminado a sí mismo para sobrevivir porque sabe que la oposición que tiene que temer no es la política al uso, sino el sencillo cabreo de la gente, que todo lo sentimentaliza -igual hay que decir que lo siente- sin pudor.

Como tengo que poner un colofón, helo: para llegar a lo serio, hay que reírse primero de esas palabras-autobús, tan largas y vacías que sólo sirven para ocupar líneas centrales mientras el debate real está en otra parte. Por más vueltas que le doy, no entiendo para qué sirve un verbo tan resentido. Quizá se plantan demasiados arbustos ornamentales en el bosque del lenguaje. Repitan un rato ‘sentimentalizar, sentimentalizar, sentimentalizar…’ y no tardarán en detestarlo como al olor hipnótico de los narcisos.

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Ánimas

Los espíritus humildes más afortunados suelen perder el tiempo en depuraciones antes de entrar al paraíso.

James Hamilton. Náufragos (1875).

Sin entrar a debatir la dualidad cartesiana, y con toda legitimidad, los vecinos de la llamada calle Alcázar de Toledo (al parecer, denominación vergonzante de la bautizada en 1937 como Héroes del Alcázar, que antes fue de ambiente izquierdista con el nombre de Primero de Mayo) no quieren vivir en un lugar llamado Cuesta de las Ánimas.

“Ellos se lo pierden”, dice el espectro granguiñolesco del Obispo Regente de Cantabria, para algunos primer presidente autonómico, santiguándose mientras cabalga.

Prefieren Calle del Parlamento o seguir como estaban, es decir, la corrección instituida o el homenaje a una matanza del panteón fascista (no es, como se ha dicho, un homenaje a un edificio cuyo origen está más allá de la edad media) antes que una referencia a fantasmas que, sin embargo, descansan más en paz que los guerreros cuya memoria espolean mientras las almas anónimas apenas se distinguen en los restos del camino.

Las ánimas, según la religión dominante en estos pagos, tienen un matiz de gracia provisional y suelen habitar el purgatorio. Sólo están en un período de espera. Pero a los vecinos les parece tétrico recordar que aquello era la cuesta a un camposanto, un convento, un hospital, una iglesia, una gallera, un beaterio, una cárcel, una fábrica, un barrio… Todo lo cual no andaba lejos, en la cúspide y sus descensos, de las putas baratas (las caras moraban en las famosas mancebías donde cuenta Jesús Pardo que el ortodoxo Menéndez Pelayo, devoto del templo mencionado, fornicaba sin quitarse el cuello duro: dicen los malvados que por esa revelación le dieron al santanderino para cuya memoria sólo existe El Sardinero el premio de las Letras de Santander) y tampoco muy a desmano de un pequeño laberinto enfangado que se sumía en el callejón del Infierno, etiqueta nada rara de los pasos inferiores en la Europa latinizada y apenas una mirada etimológica al país de los castigos demoníacos.

Una vez más, resulta patético hablar de ánimas en lugar de nombrar al ánimo. Para que luego digan que el género no importa. O la clase: los espíritus humildes más afortunados suelen perder el tiempo en depuraciones antes de entrar al paraíso; quizá las necesidades los ataron en vida a la materia y preferían trabajar para comer o beber para olvidar que rezar; son oscuras dependencias que los ricos no tienen que justificar. Los ricos no necesitan ni el olvido. Es un mundo raro este, lleno de nombres provisionales y universales de chichinabo. Los homenajes a las intermitencias de la barbarie (Proust hablaba de las del corazón para explicar las de la memoria; por eso por aquí no tiene calles ni éxito) de vencedores o vencidos son aceptados o repudiados sin problemas, pero los hundidos en el anonimato del destino ambiguo dan mal rollo con sus regresos. Creo que en Santander no hubo nunca una calle del Purgatorio ni del Limbo, que tan bien funcionan como símbolos en películas y en novelas distópicas. Sí hubo una calleja llamada Cadalso, sin duda de real origen y bien anclada en la advertencia. Los castellanos, incluso, tienen en el páramo un noble pueblo llamado Tinieblas.

Se puede hablar a muchos niveles de la necesidad de actualizar los nombres. Por ejemplo, igual hay que empezar a pensar en renombrar el Mediterráneo Mar de las Ánimas Sin Refugio, un lugar rodeado de costas malditas y puertos fortificados donde hay que debatir cada rescate con la misma demagogia y crueldad financiera que la deuda pública, como si, una vez fijada la tasa de ganancias geopolíticas y valorada la oportunidad, fuera opcional salvar las vidas de los náufragos.

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Vértigo

La ciudad está llena de tejados y fachadas, y el impacto de lo nuevo ya no es un contenedor de arte, sino, por ejemplo, así, de pronto, dos fotografías ajenas al espectáculo oficial

Santander | RPLl.

En Santander hay más tejados que antes desde que instalaron ese mirador mediocre y escamado al lado de la bahía. Sin proponérselo, la especulación cultural ha desvelado otros aspectos de la fachada elevando la vista hasta casi desnudar el telar del teatro por encima de bambalinas y bastidores de lo que fue calle de la Ribera, que discurría demasiado cerca de la mar partiendo del lodazal de las atarazanas arruinadas después de talar miles de robles y llegaba hasta el lugar donde confluían todos los márgenes, así que se fue alejando de la orilla mediante proyectos inacabados (esta burguesía ha sido siempre más bien perezosa) para hacerse paseo sin peligro de chapuzón, telón pintado a la moda, bancada de consignatarios, joyerías, cafeterías y un gran poco más con arco y todo.

Ese casi descubrimiento de la trastienda desde un lugar alzado propiciado por poderes duchos en mirar para otro lado debería ser, cuando menos, motivo de orgullo pintoresco -porque reflexión es mucho pedir-, pero el foco se opone a la doctrina del angra sagrada tan multiplicada en la telebasura de los autobuses como anegada y reducida año tras año mientras deliran esquivando las reglas de las mareas con escolleras. Bahía que se llama como un banco y se apellida como una fundación, pero ya estaba ahí antes de ser nombrada con una vaga mención a unos cuerpos santos ocultos en unas termas romanas. Ahora, el mirador pierde platillos cerámicos sobrevalorados, el suelo vibra, envejece mucho más deprisa que el relicario de la catedral y bosteza de autobombo. En un armario, miles de tarjetas de cántabros con derecho a entrada gratuita esperan a ser recogidas por sus entusiasmados solicitantes.

La bahía, ciertamente, sigue siendo bonita e incluso bella cuando las luces así lo determinan. Pero la ciudad sigue ahí, llena de tejados y fachadas, y el impacto de lo nuevo ya no es un contenedor de arte, sino, por ejemplo, así, de pronto, dos fotografías ajenas al espectáculo oficial.

Mujer limpiando ventana

Mujer tomando el sol en el tejado

Capturas de internet de la fotografías mencionadas.
Ambas han sido muy difundidas en redes sociales, pero no he podido atribuir a nadie su autoría.
(Pulsar en las imágenes para ampliarlas.)

Se trata de dos imágenes de mujeres, lo cual confirma la teoría de que comienzan tiempos venturosos en que la imagen masculina tiende, como el poder patriarcal, al aburrimiento rabioso y decadente. Una mujer que tomaba el sol en el tejado fue capturada por algún ocioso y hemos decidido que sea joven, hermosa y feliz pese a lo desenfocado de la foto y el musgo de las tejas. Otra mujer, que limpiaba una persiana sobre un abismo, vestida como el estereotipo más real del trabajo femenino, ha venido a producir un miedo disparatado con el desequilibrio de sus zapatillas y bata rosas y guantes azules sujeta a la nada en el alféizar de una ventana sin alféizar.

No se puede llegar al verano con la piel blanca ni con las persianas sucias. Puede que ambos riesgos sean productos de dogmas estéticos y perversiones sociales, pero a la vez discrepan en el terreno crucial de las sensaciones; son mundos opuestos: uno estático, receptor de un sol escaso y difícil; el otro activo para quitar la pátina del clima en lamas de plástico. Laxitud y trabajo. Cada acto con su peligro, su necesidad o su insensatez.

Los cuerpos santos eran esqueletos amontonados en los restos de un templo pagano. Puede que se les borraran a golpes de hisopo los antecedentes politeístas y se taparan las huellas de las libertades bacanales. La mujer del tejado buscaba una satisfacción pagana en la ceremonia del tejado; probablemente se imaginaba invisible; pertenece a una tradición lejana reavivada por el consumo del sol en una forma que no molesta a las hidroeléctricas. La de la ventana nos remite a la disciplina del trabajo o de la obsesión por la limpieza; ignora el vértigo y seguramente prefiere la sombra. Pero las dos han ocupado el panorama de los grandes belvederes y mirones con la ventaja de que nadie se ha hecho un selfi ante ellas (nadie anduvo tan listillo) y además han forzado la tensión desenfocada de los grandes maestros de la fotografía tosca e instantánea: Lartigue, Tichy…, vayan buscando referencias; a ver si va a resultar que los objetivos del arte más interesante están lejos del cajón-mirador, en esas formas imprevisibles de las calles…

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Ómnibus

Pese a la etimología de la palabra (‘ómnibus’ significa ‘para todos’), es evidente que los usuarios de transportes colectivos sufren un desprecio histórico sólo comparable al de los puros peatones.

 Inundación (1923)

–¿A dónde vamos?

–No hay manera de saberlo. El conductor está loco.

–¿Entonces?

–No se sabe nunca cómo va a acabar. Nadie sube en este vehículo habitualmente. Por cierto, ¿cómo ha subido usted?

–Como todo el mundo. ¿Qué es lo que le ha vuelto loco?

–No lo sé. Encuentro conductores locos por todas partes. ¿No le parece gracioso?

–¡Demonios, no!

–Es la empresa. En la empresa, están todos locos.

(Boris Vian. El otoño en Pekín, 1947).

***

-La señora alcaldesa podría…

-La señora alcaldesa nos ha…

-La señora alcaldesa…

En la hora punta, se añade el tratamiento formal porque la ironía ha calado en las paradas como el agua por carencia de mamparas. ¿Sueña la alcaldesa que le han vendido una moto averiada, una solución inconsistente, un modelo de transporte que sólo empeora lo que no puede funcionar en una ciudad dominada por los vehículos individuales? ¿O ya lo sabía en las vigilias de la planificación?

***

Hace 45 años que André Gorz publicó ‘La ideología social del coche’, un artículo tan denso como breve sobre la sociedad que ha entronizado el automóvil. Desde entonces, ese texto sobre la contradicción que supone la conversión de un objeto de lujo en producto para masas muestra el callejón sin salida del atasco capitalista y consumista y es la rotonda fundamental de las pesadillas y el espectro de los urbanistas avestruces:

A diferencia de la aspiradora, la telefonía sin cables o la bicicleta, que conservan todo su valor de uso cuando todo el mundo dispone de ellos, el auto, como las mansiones en la costa, sólo tiene interés y ventajas cuando la masa no lo posee. Porque el coche, tanto por su concepción como por su destino original, es un bien de lujo. Y el lujo, por esencia, no se democratiza: si todo el mundo accede al lujo, nadie saca ventajas; al contrario, todo el mundo avasalla, frustra y despoja a los demás y es avasallado, frustrado y despojado por ellos.

El autobús MetroTUS santanderino -lo llaman MetroPUS- obedece a una omisión radical y clasista: pese a la etimología de la palabra (‘ómnibus’ significa ‘para todos’), es evidente que los usuarios de transportes colectivos sufren un desprecio histórico sólo comparable al padecido por los puros peatones.

En los últimos años, las evidencias de que la sociedad urbana del automóvil es insostenible han obligado a muchas ciudades a eliminar áreas de tráfico e impulsar el transporte colectivo, pero todo parece indicar que aquí sólo se hace por interés turístico, especulativo o de infraestructuras privatizadas cuyos concesionarios marcan los tiempos. La contradicción del lujo barato es tan fuerte que promete restar votos si no se da solución a la masa de máquinas celulares, aburridas y ruidosas que se embute en la urbe casi monotrema. Y está muy claro que los poderes ni saben ni quieren darla porque son incapaces de planificar algo diferente al beneficio inmediato y cuanto menos común, mejor. Su política -es decir, su economía- tiene muy poco de ómnibus.

No sé que razonamientos, si los hay, e intereses (ya irán apareciendo) han llevado al Ayuntamiento y sus tecnócratas a apartar del centro los autobuses de largo recorrido, los más necesarios, con cambios y fusiones que recuerdan aquel autobús de normas delirantes que tanto le costó tomar a Amadis Dudu en la novela de Boris Vian, y que, en manos de un conductor de demencia inevitable, llegó a un desierto superpoblado por el arte de la ficción, o sea, como hizo el abatido PGOU con el Santander futuro.

Como respuesta a las quejas, la primera reacción de la fachada municipal, acostumbrada a recibir por detrás los días de sur o cuando considere oportuno, es proclamar que el que no tiene movilidad es porque no la necesita y, si se queja, es porque no se adapta o no entiende el galimatías desinfográfico. Sin embargo, han bastado unas mínimas movilizaciones para que empiecen a poner unos parches que sólo sirven para resaltar la envergadura del fracaso. Espero que la sociedad civil no acepte el juego de tahúres y contradiga la propaganda de las pantallas que contaminan los propios autobuses.

***

Otra vez Gorz:

Un coche familiar, lo mismo que una casa con playa privada, ¿no ocupa un espacio extraño? ¿No está expoliando a los otros usuarios la calzada (peatones, ciclistas, usuarios de tranvías y autobuses)? Sin embargo, abundan los demagogos que que afirman que cada familia tiene derecho por lo menos a un automóvil, y que corresponde al estado garantizar que cada uno pueda aparcar cómodamente y rodar a 150 km/h por las carreteras. La monstruosidad de esta demagogia resulta evidente. (…) ¿Por qué, a diferencia de otros bienes “exclusivos” no se reconoce al coche como un lujo antisocial? Hay que buscar la respuesta en dos aspectos:

1: El automovilismo de masas materializa un triunfo absoluto de la ideología burguesa en la práctica cotidiana: funda y mantiene en cada uno la creencia ilusoria de que cada individuo puede prevalecer sobre los demás y a sus expensas. (…)

2: El automóvil ofrece el ejemplo contradictorio de un objeto de lujo que ha sido desvalorizado por su propia difusión. Pero la desvalorización práctica no ha supuesto su desvalorización ideológica: el mito del atractivo y los beneficios del coche persiste mientras los transportes colectivos, si fueran generalizados, demostrarían una superioridad impactante.

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Frío

El fin de semana pasado, 83 personas fueron denunciadas por beber en la calle. La temperatura nocturna no superó los cinco grados.

Puerto Chico | RPLl

Puerto Chico | RPLl

No sé si algún columnista no disfruta con una ola de frío y sueño. Por motivos poco lúdicos, el domingo por la mañana, muy temprano, deambulé por la ciudad. Fui el único cliente de una cafetería, el único viajero del primer trayecto de un autobús. No percibí en qué momento la noche se hizo un día igual de oscuro y glacial.

El fin de semana pasado, durante las noches y madrugadas, 83 personas fueron denunciadas por beber en la calle. En esos períodos, la temperatura no superó los cinco grados. Si la moral no miente, para emborracharse en esas condiciones, hay que ser muy pobre o muy canalla. Pero yo me he acordado de la novela “Sábado por la noche, domingo por la mañana” que Alan Sillitoe publicó en 1958 quizá para huir de la realidad contándola. Entonces había muchos más lectores interesados en las vidas de obreros que se emborrachaban todos los fines de semana en esforzadas competiciones, pero (y porque) tenían una vida envuelta en muros que agobiaban todas las perspectivas. Por lo menos podían pagar los precios de los pubs proletarios, rodar por las escaleras de las viviendas modestas y darse palizas en los callejones. Por lo menos estaban claras las fronteras. La clase obrera y sus barrios existían como realidades e ideas con una cierta coherencia. Hoy podemos ver los espacios gentrificados a alto precio y lo que fue colectividad dispersa en la precariedad a bajo coste. Sillitoe fue uno de los llamados ‘jóvenes airados’ británicos, uno de esos movimientos artísticos (a su pesar) que todavía se colaban por las grietas de habitaciones desconchadas carentes del atrezo de las estudiadas reivindicaciones de las galas actuales.

Y ese tipo de ciudad que Santander apenas fue por obligación y sin querer -y lo que tuvo de ella lo tapó o expulsó en cuanto pudo- me lleva por pura contradicción al símil de la lista (smart) ciudad-fachada, sus calles y sus borrachos fantasmales, en una pirueta digna de un ministro que antes fue alcalde y sigue usando el anglicismo para adjetivarlo todo: Smart Train, por ejemplo, sin ningún rubor.

Durante mi raro periplo, no encontré borrachos. Sólo calles en resaca y mal iluminadas. Los perdidos figurantes del festejo huidizo se hacían imaginar como sombras esdrújulas en extática peregrinación hacia los desolados intercambiadores del nuevo falso transporte metropolitano. Las cuadrillas residuales de botellón de invierno (pero no se puede juzgar el todo por la parte) suelen reventar las botellas en los alrededores de los contenedores de vidrio. La intemperie había apagado el ruido de cristales rotos entre granizos y reflejos de leds mínimas, y ya habían pasado las broncas con la policía.

Los grandes, flamantes, articulados autobuses vacíos del metrobús empezaron a pasar hacia las monumentales paradas que parecen creerse estaciones teletransportadoras. Llevaban una lenta prisa, tal vez medida para facilitar la contemplación del arte callejero acomodado. Ya han sometido lo subterráneo a lo superficial (underground, qué mal te sientan los solarium), o eso creen, pero, ¿cómo demonios se forma un derivado de calle que no pase por calleja y cómo cabe una calle de verdad -no una de centro comercial- en un museo?

Nos están haciendo pasar el invierno entre las obras preparatorias de un negocio de turismo masivo que da escalofríos. En verano, serán mucho más tolerantes con las hordas nocturnas que ahora con los pobres borrachos del viento polar.

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