Paradas

Viajamos como autómatas, dijo él. Estaban en una mañana tópica y densa -tenía que ser lunes- en la parada de autobús más concurrida de la ciudad, esa de la rotonda, cerca de la estación, la de la marquesina más rota y la mampara con vídeo insoportable de comida basura. No se habían visto nunca. Se lo juraron mutuamente en cuanto supieron que tenían que haber coincidido muchas veces a la ida, en el primer autobús que los dos tenían que coger para luego hacer transbordos diferentes, y a la vuelta, en la confluencia de regreso. Como autómatas, claro: viajaban como autómatas; enseguida estuvieron de acuerdo: viajaban como robots baratos y por eso habían tardado tanto en conocerse, así que hizo falta aquel cambio de tiempo acelerado -empezó a llover y tuvieron que evitar la grieta de la marquesina- para que empezasen a hablar con el pretexto más tópico para iniciar una conversación cuando no se sabe de qué hablar, aunque en aquel caso no era ningún pretexto ni una excusa, era todo cierto, tan cierto que dan ganas de pensar que dolía de alegre melancolía, si tal cosa es posible, y eso explica la concordancia de expresiones faciales en dos personas tan distintas: él, espigado y frágil, miraba pasar los autobuses y fruncía el ceño porque iba a llegar tarde y ella, entre redonda y cuadrada, fruncía el ceño a pocos pasos porque era el último día de su contrato y no le importaba llegar tarde, es más, si no fuera porque tenía que saldar cuentas con la jefa, lo más probable es que no se hubiera presentado en la cafetería, pero por supuesto no iba a renunciar a lo que tenía que suceder, es decir, cobrar, firmar el recibo e insultar a aquel personaje, decía, sacado de una serie de psicópatas. Lo decía todo el mundo, todos, incluso los más sumisos, desde los más pelotas, también los más desagradecidos y odiadores y los más coherentes con la tradición de ceder lo menos posible, esa minoría de cómplices entre rabiosos y burlones que navegaban por la precariedad con la resignación imprescindible, lo justo para no morirse de asco o hambre. Todo eso y más le dijo ella a él en aquella primera espera, y él asentía de un modo elocuente haciendo esfuerzos por no ausentarse con aquella sensación de que lo iban a despedir también uno de aquellos días. Y, en efecto, poco menos de un mes después, cuando volvieron a encontrarse gracias a un error ajeno de consecuencias compartidas, porque para eso están los errores administrativos, le tocó hablar a él -la otra vez sólo hablé yo dice ella, y él asiente: han vuelto a encontrarse y recuerdan los encuentros porque ya tienen un pasado y están configurando la estética de un destino- y dijo que sí, que había ocurrido lo previsto, que también estaba en paro, información innecesaria porque estaban precisamente en la parada contigua a la oficina del servicio de empleo, donde casi coincidieron en la cola; no se dieron cuenta, pero saben que fue así, siempre era, siempre es así, la ciudad es limitada, las situaciones se desarrollan en escenarios concéntricos, de pesadilla laboral, pero más vale no obsesionarse con eso como si vivieran en un cuento contado por una máquina programada para hacerse la idiota. El error, por cierto, era informático: esperaban en la cola para que les reactivasen la aplicación móvil que, si no volvía a petar, les evitaría nuevas visitas durante una temporada a la vez que multiplicaría los minicontratos porque, si por fin se serenaba el tiempo, podría volver el turismo y encadenarse durante un tiempo al disparate hostelero, el delirio hostelero, decían los periódicos, las pantallas de los autobuses, las videomamparas, en titulares que eran a la vez crítica y aplauso, la perfecta integración de lo informativo y lo ansiolítico. Los periódicos estaban muy bien centrados, como la plaza cultural en la que una barraca albergaba a intelectuales que se aplaudían discurriendo sobre la autonomía de la novela frente a otras disciplinas (sic) artísticas al lado de una fotografía de una ciudad bombardeada que contagiaba un puro, sublime desinterés literario bajo un cielo bochornoso. La meteorología ya no significa nada, dijo él, dice él de nuevo, la tercera no va a ser la vencida, aunque tampoco hay derrota posible ni aunque esta vez estén tratando de huir de la alameda, donde un templete brama vómito estival municipal sobre el gentío, y él dice viajamos como autómatas y ella que viene el autobús, pero esta vez no hay transbordo conjunto y, sin embargo, añade: la próxima parada hablamos de eso y más cosas procurando darnos cuerda para mucho rato…