Vívida vida

(sobre La vida toda de Juan Pérez del Molino Bernal)

Los que no solemos apreciar las autobiografías al uso y menos aún lo que llaman autoficciones (¿no lo son todas las ficciones?) tenemos que agradecerle a Juan esta excursión por su existencia. Creo que, en estos tiempos farragosos, hay que destacar la disposición y la variedad de recursos de una obra que no juega a exigir ser interpretada. Se presenta en el sentido estricto: es un trabajo en marcha que revive la vida del autor sin perder de vista el presente, de manera que los recuerdos son más firmes que simples reminiscencias. La evocación no se excede en la nostalgia: invita al pensamiento.

La vida toda 1. El final de la madurez. Juan Pérez del Molino Bernal.

La vida toda 1. El final de la madurez. Juan Pérez del Molino Bernal.
Un ensayo donde tienen cabida todo tipo de prosas: estudios de arte desde La Tour o Kandinsky hasta una comedia en clave beatles. Y, por supuesto, las consabidas reflexiones personales en las que uno se busca a sí mismo para ayudar a los demás a hacer lo propio.

La vida toda 2. Infancia de la vejez. Juan Pérez del Molino Bernal.

La vida toda 2. Infancia de la vejez. Juan Pérez del Molino Bernal.
Seguir creando aunque pasen los años. Este es el sentido de escribir cuando ya han pasado los 65 años. Entonces, todas las cosas se ven diferentes: las historias narradas en los cuadros, la perrita que vino a hacerte compañía, los conflictos del mundo que te rodean o algunos signos de una identidad, la cántabra, que juzgabas dudosa…

Las secciones de las dos primeras partes publicadas muestran la variedad de facetas del conjunto:

1 – El final de la madurez: Fabulaciones; Realidades; Intermedios artísticos; Afecto, cariño, amor; evocaciones. 2- La infancia de la vejez: Escritos cántabros; Esperando a Iris; La Historia del Arte en los tiempos del COVID; Diario de un temblor; Cinco ensayos judíos.

Sin embargo, esa multiplicidad no supone un conflicto. En cada capítulo, subyacen las experiencias de los demás, y no solo por el peso inevitable de la autoría. Un justo, didáctico equilibrio (la vocación docente del autor se hace notar) evita las disonancias. La claridad de la prosa y la naturalidad del ritmo producen una lectura apacible y armonizan intereses y géneros dispersos: hay écfrasis en las fábulas, fabulación en las descripciones artísticas, realidad en las ensoñaciones, racionalidad en los afectos y temores, erudición en los sentimientos, sencillez en las pasiones. Se me ocurre una retahíla de calificaciones adecuadas, ninguna definitiva, por supuesto: alegría vital, crónica intelectual, claridad creativa… Pero, de pronto, me doy cuenta de que estoy a punto de subvertir con explicaciones innecesarias el agradecimiento del primer párrafo.

En la contraportada, Juan Pérez del Molino expresa su deseo de que los lectores se entretengan, reflexionen y disfruten. En mi caso, lo está consiguiendo. No doy por acabado este artículo. Queda abierto de par en par para nuevas entregas.

Icónico Piquío

Se está hablando mucho de la despersonalización de Piquío, lugar distintivo de Santander. Están borrando su identidad, dicen, y no lo dudo, pero me resulta difícil entender qué es exactamente lo que se está borrando y cuándo comenzó a desaparecer esa supuesta identidad, a qué identidades sustituyó a su vez y con qué argumentos las constituyeron.

Piquío era un roquedal adentrado en la mar donde se construyó un baluarte de piedra, al que llamaron castillo, cuyas ruinas desaparecieron a principios del siglo XX. Para entonces ya era mirador y objeto de postales, una terraza ajardinada y un balcón sobre las playas y la bahía.

Hace pocos años, cuando el santanderismo del lugar parecía fijado para siempre, las baldosas fueron reemplazadas por una pasta azulgrís de baja estofa que se agrietó enseguida, como pintando una abstracción identificativa de la ciudad. Por aquel entonces, el vecindario y los veraneantes tradicionales ya empezaban a inquietarse por los avances de la desgentrificación. Ese término tiene poco uso, pero se está haciendo necesario a medida que algunas élites debilitadas sufren los empujes del liberalismo que aplauden.

A mí me parecía que el efecto ajado tenía la belleza irónica de la realidad, me resultaba una conceptualización de la urbe digna de aprecio, pero ahora lo están reparando y temo que va a ser peor, o sea, que ni siquiera va a cabrearme.

Los emblemas aceptables para la lógica trifonte de las instituciones oficiales, el imaginario instituido y los intereses económicos pretenden aglutinar lo histórico, lo canónico y lo funcional con rendimientos simples y rentables que mantengan el giro de la doble hélice que coordina negocio y propaganda. Lo pretenden y casi siempre lo consiguen: invierten en los medios para ello.

Pero creo que conviene no olvidar que, si no nos convence la visión establecida, somos libres de elegir las nuestras, incluso multiplicándolas, jugando con las variaciones y apostando por lo mas subjetivo.

Por ejemplo, hoy me apetece destacar que, para mí, Piquío es, entre otras cosas, el lugar emblemático donde, una mañana de finales de julio de 1927, la joven manicura griega Sonia Mármara se sentó frente al mar y se disparó bajo la barbilla con la pistola que le había robado a su amante.

La herida no fue mortal. La pareja se había conocido en San Sebastián. Llevaban dos días alojados en la fonda La Provinciana, calle de la Blanca 12, cuando él recibió aviso de la llegada inminente de su familia y decidió volver al redil. Aunque algún reportero trató de convertir a Sonia, una trabajadora ambulante, en una seductora legendaria, enseguida se impuso el estereotipo de “una mujer de temperamento exaltado, histérica sin duda”, cuya letra de convaleciente tenía “las características grafológicas del histerismo”. Como todavía no podía hablar, escribió: “Quería morir, me ahogaba; le quería mucho”.

El hombre, según la prensa, era “un joven respetable” que sólo quería volver con los suyos después de un devaneo. Al fin y al cabo -me atrevo a leer entre líneas- había preferido el disimulo del juego seductor y la teatralidad de la pensión discreta a los burdeles baratos de la cuesta de Gibaja o los más elegantes del Arrabal.

Sonia se curó y recuperó la voz. Agradeció los cuidados recibidos, explicó que, más que a una pasión amorosa, su desesperación se debía al desánimo, el hastío, la falta de ilusión y de afectos, y que tenía intención de regresar a su país.

El otoño y el invierno son fardos provisionales en la ciudad turística; la primavera, un preludio cosmético del caos. Todavía estamos en febrero y ya se pregona la riada de privilegiados y asalariados temporeros, lujo auténtico o fingido y precariedad laboral. Entre los espectáculos, seguirán cayendo al cauce anonimizador de la estación más grávida del año las crónicas trivializadas de nuevos engaños y desengaños.

Los monstruos de Edison

Mientras me documentaba para escribir sobre las venus dormidas, me topé con unos cuantos artilugios curiosos o siniestros, pero el que aparecía con más insistencia, como un mal sueño, fue la muñeca parlante comercializada durante poco tiempo por la Edison Phonograph Toy Manufacturing Company. A pesar de los esfuerzos del inventor, más marrullero que ingenioso, es un fracaso muy recordado. Medía medio metro de altura, tenía la cabeza de porcelana, el tronco de metal y las extremidades de madera, y llevaba en su interior un fonógrafo de discos de cera que se accionaba con una manivela.

En las navidades de 1889, el prototipo de tecnoemprendedor agresivo -tiene poderosos sucesores-, de promoción por Europa, le regaló una de esas muñecas a la archiduquesa Isabel María de Habsburgo, de seis años, hija de Rodolfo, príncipe heredero del Imperio austrohúngaro que, en enero del mismo año, había aparecido muerto junto a su amante, la baronesa de Vetsera, en el pabellón de caza de Mayerling. Se han vertido ríos de tinta y cortinajes de celuloide sobre ese capítulo de las miserias imperiales. Quizá para conectar el juguete con la tragedia, el obsequio, una versión especial, recitaba una oda al emperador, pero la mayoría de los 600 000 autómatas fabricados en Orange (EE. UU.) y distribuidos por todo el mundo cantaban canciones infantiles y proclamaban amor filial.

Aunque la prensa española se hizo eco del regalo y anunció el juguete, no he conseguido averiguar si alguna de ellas llegó a Santander en los veraneos cortesanos de la época. Me gusta pensar que sí. No creo que la pequeña masa viajera de aristócratas y burgueses ennoblecidos se librase de caer en la tentación de distinguir a sus retoños entre las medianías veraneantes. Debió de ser -si tal cosa ocurrió- hacia 1890 cuando irrumpieron las voces de aquellos pequeños monstruos rígidos entre las conversaciones, bajo las sombrillas de los paseos, en los círculos de las terrazas.

La muñeca de Edison hablaba, pero el encanto no duraba mucho tiempo. El calor derretía los registros y las nanas se volvían llantos entrecortados, chillidos, maullidos rabiosos. Quizá fueron la primera banda sonora de los cuentos de terror. Podemos imaginar a los niños gimiendo de decepción, aprendiendo la frustración de los juguetes rotos antes de ser olvidados, la inquietud de los humanoides desarticulados, el miedo que dan los payasos, la herencia de las pesadillas de la princesa huérfana.

Veo esta anécdota mínima de la historia del consumismo como una prefiguración del automatismo de los desfiles, la relojería criminal, la exaltación de la estupidez, un sarcasmo dadá avant la lettre: el rey Ubú de Jarry -quizá una de las representaciones del poder más identificables en la actualidad- ya andaba por allí, entre los juguetes caros de hoja de lata, pintados y articulados en espera de la mecánica multiplicadora.

El monstruo de Edison apenas dejó atisbar -su creador procuró borrarlo de las memorias mercenarias- en el paraíso del estío la sombra brutal de la tecnología edulcorada, amigable, inevitable, que compramos cada día tratando de olvidar la ambivalencia de los mecanismos que dirigen los misiles y a la vez soportan los cuidados, la belleza y las ideas.


Enlaces relacionados:

The Epic Failure of Thomas Edison’s Talking Doll

Listen to the creepy voices of Thomas Edison’s talking dolls

Mural

Al principio, parecía la historia inmortal (con permiso de Karen Blixen) que les gustaría contar a todos los fotógrafos: el hallazgo de una instantánea (en este caso, una secuencia) que consagre al artista de la cámara.

Ella se había ido a Nueva York. Él había alquilado un estudio en una calle recién gentrificada que había sido parte de los barrios encaramados en la ladera sur de la ciudad, viejo laberinto de huertas en el que las hileras de nuevos edificios, mellizos cuidadosamente diferenciados, se alternaban con ruinas y solares rodeados de alambradas. Algunas de las casas viejas, las más dignas de ser consideradas como infraviviendas, seguían habitadas por vecinos que sobrevivían semiocultos por la derrota, sin medios para largarse, pero difíciles de expulsar. Quedaban selvas aisladas bajo los miradores, desde los que se divisaba toda la bahía, y ese era el valor añadido, el fetichismo del paisaje, el negocio.

En esa frontera variable, procurando no obsesionarse con la impotencia, el artista esperaba vislumbrar la inspiración realizando actividades rutinarias y pequeños experimentos. Aquella tarde de surada, decidió comprobar la respuesta de una nueva cámara frente al efecto Fohen: una banalidad paisajística en una ciudad donde, dice el mito, esa simple información meteorológica desborda su laguna semántica como un río sin desbrozar arrasa una bárcena.

La relatividad del crepúsculo aplastaba las nubes como en el apócrifo de Einstein. La luz perfilaba las montañas que rodean el abra como las pintó Hoefnagel hace cuatro siglos en la lámina de Civitates Orbis Terrarum. Una mirada atenta quizá hubiera intuido sobre el espigón la grúa-rueda-jaula movida por un esclavo o un prisionero.

Desde la ventana del estudio, encaramado en la ladera del cerro que protege la ciudad del viento del norte, contemplaba, pues, una estampa portuaria posterizada en rojo, azul, dorado y blanco, y recibía en el rostro toda la fuerza del viento caliente, que enmarañaba las cortinas y revolvía papeles perdidos a sus espaldas. Estaba solo y tenía muy reciente un poema de Mallarmé sobre la improbable abolición del azar.

Hizo varias fotos del paisaje y, antes de retirarse, bajó la vista hacia la calle nobilizada a medias con comercios de moda y complementos. Aún no habían encendido las farolas; la luz de los escaparates, más que aclararla, se sumaba a la penumbra.

Entonces le llamó la atención una mujer que pasaba envuelta en una gabardina clara. La prenda no estaba fuera de lugar ni tiempo. La virazón suele traer lluvias y galernas. Pero al artista le sorprendió el recogimiento con que la mujer sujetaba con la mano derecha el cuello alzado mientras la izquierda parecía querer dar calor a la propia cintura, recuperar el ánimo de un cuerpo frío o triste, suplir la compañía de un abrazo.

Aquella única transeúnte ofrecía a la mirada fotográfica la prometedora perspectiva de un picado sobre un peinado deshecho. Y era también una paseante que dudaba. La duda enriquece la emoción estética. Daba un paso adelante, retrocedía, bajaba de la acera, volvía a subir. Miraba hacia atrás. Todo lo hacía muy despacio, como si deambulara por un escenario vacío y mal localizado.

Se sucedieron siete fotografías en modo ráfaga lenta. Después de la primera captura, la mujer se decidió a cruzar. Aún está en el centro de la calzada en la segunda. En la tercera -la primera de las instantáneas inesperadas- aparece en la imagen la sombra de un hombre que corre hacia ella. En la cuarta, ella está en el suelo y parece, de tan frágil, ropa volada de un tendal, tirada por el viento, porque la sombra, ya casi fuera de cuadro, como confirmarán los informes policiales, le ha dado un puñetazo. En las demás fotografías, con ligeras variaciones, la mujer está sentada en el bordillo de la acera, como por casualidad, como si descansara, con la cara entre las manos, la cabeza inclinada, y la sombra ya ha huido y para entonces el artista, aunque tarde, ya ha comprendido que debe gritar, de un modo quizá algo absurdo, eh, oiga, eh, oiga, oiga, eh, eh, oiga, y bajar a unirse, alrededor de la yacente, a las figuras borrosas de las personas que, aunque el mundo sea crepuscular y malvado, acuden en ayuda de la mujer golpeada.

Por suerte, sólo fue una contusión en el pómulo derecho y hematomas en espalda y brazos por la caída. Los daños psíquicos también fueron evaluados: miedo, inseguridad, esa insoportable tendencia de las víctimas a sentirse culpables… La mujer no identificó a su agresor ni presentó denuncia. La policía abrió una investigación de oficio sin resultados. Ella tampoco es reconocible en las fotos, así que el artista no tuvo problemas para exhibir la secuencia.

La exposición tuvo éxito en todas partes. “La cadena de hallazgos -explicó un crítico- se complementa a la perfección con la afortunada confluencia de la esforzada, tradicional artesanía de la luz y la vocación del creador innovador que indaga en la técnica para presentar una dramática realidad urbana, cotidiana, solitaria, como una corola de pétalos gigantes, enormes fotografías de 3 x 3 m en color atenuado hasta casi una gama de grises con unas pocas notas de realce tonal, que nos envuelven en el drama y, para culminar el gran acierto expositivo, se acompañan con un largo lamento de trompeta de Miles Davis.”

La gira europea saltó en zigzag por todos los contenedores homologados de la Banana Azul. El autor levantó expectación en Luxemburgo (posó para la prensa en el MUDAM, junto a la fuente de tinta china y palabras de Su-Mei Tse), Bruselas (lo aclamaron en el Bozar, lo fascinaron los cuervos del parque botánico y nadie mencionó a Magritte), Namur (degustó absenta y saludó a Rops), Lieja (aplaudió al equilibrista), Lille (una diosa, estupor en Wazemmes y una novela distópica en la Vieille Bourse), Colonia (celebró las gabarras y un dirigible le hizo sonreír), Berlín (inesperado), Burdeos (galeotes enfurecidos en un circo cerca del entrepôt)… Todos esos paréntesis le iban dejando huellas y cuando, por supuesto, llegó a París, es decir, a la cima, y vio que un guía se empeñaba en explicarles su obra a unos turistas remisos, se sintió como un candado colgado por una pareja de idiotas en la barandilla del Puente de las Artes.

Después de una gira por Buenos Aires, Johannesburgo y Shangai, descubrió la amnesia que produce el éxito: nunca he estado en esas ciudades decía, dice todavía. Quería descansar, pero no podía. Su agente -en realidad, una filial de una agencia multinacional participada por canales inextricables- le buscó nuevos mercados. Editó un libro con las imágenes y un texto en el que, entre otras cosas, fingía declarar que le había impulsado a asomarse a la ventana “una inspiración profética que prefiguraba las dimensiones de la inecuación masculino/femenino en el mundo occidental desarrollado, esa dialéctica insólita que mantiene las relaciones de géneros en una dimensión conflictiva lamentable y a la vez creativa, porque la creación es desgracia, maldición borgesiana de la multiplicación, tal vez añoranza de la razón pretecnológica y a la vez oración por las futuras posguerras amorosas que esperamos alcanzar tras el vuelo del arte pese a las inevitables alucinaciones del jet lag existencial”. Alguien lo llamó farsante: otro éxito. Su agente replicó, pero no logró avivar la polémica durante mucho tiempo. “Tendremos que reinventarte”, le dijo. El artista huyó.

Paseó de nuevo por la Europa opulenta, pero ahora iba encapuchado bajo una sudadera electrónica y saltaba de wifi en wifi para conectarse a radios de todo el mundo, de manera que sabía más de lo que ocurría en Libreville que de las cumbres de dos manzanas más allá. En los bares, explicaba a los compañeros de borrachera el estado del tráfico en Ulan Bator y cómo es el viento en Patagonia.

Por fin, se produjo el acontecimiento que andaba buscando. Tuvo que ser en un museo, por supuesto. Quiso fotografiar con el teléfono una obra protegida por derechos de autor y, cuando un vigilante le hizo un gesto negativo, trató de llevársela. Era una miniatura, un caballito de Troya reinterpretado, manchado de sangre, otra de esas muchas obras que él sentía que tendrían que haber sido suyas, porque las había pensado antes de verlas, estaba seguro, obras como la cloaca de Delvoye o el angustioso tiburón de Hirsch, sólo que otros las habían hecho antes… “¡Y yo apenas tengo una puta casualidad!”, gritaba cuando lo detuvieron.

Los abogados y psiquiatras lo liberaron enseguida. Volvió a su ciudad y el Ayuntamiento le encargó un mural para una plaza no muy céntrica. Maltrató a una gabardina hasta envejecerla, la colgó de una pared en ruinas con una manga a la altura del cuello y la otra sobre la cintura, hizo una foto, la proyectó ampliada sobre el muro y la pintó con ira.

Bajorrelieves en busca de justicia

Una concienzuda investigación ha sacado del olvido los bajorrelieves de Jesús Otero Oreña (Santillana del Mar, 1908-1994) que, a la vista de cualquier transeúnte, decoran el antiguo Palacio de Justicia de Santander (actual sede de los Juzgados de lo Social, plaza Juan José Ruano 16), inaugurado en 1961.

No es broma, pero hay que matizar la penumbra: a pesar de lo improbable de la afirmación, todo parece indicar que nadie, entre quienes deberían hacerlo, se acordaba de ellos. (¿Que quiénes deberían hacerlo? ¿Alguien pretende que ponga aquí una lista y la someta a consenso?)

El libro de Javier Gómez-Acebo y Jesús Ortiz se enfrenta a una desmemoria que no es reciente. Desde su construcción, aparecen en la prensa pocas alusiones a los bajorrelieves y, ya en 1979, un reputado periodista los obviaba lamentando la ausencia de obras importantes de Otero en la capital de Cantabria. Así, aparte de que nunca debieron de estar presentes en los ánimos cotidianos de la ciudad, se desvanecieron en los mapas culturales.

Empezaré por lo tangible aunque parezca trivial. Los bajorrelieves nacieron literalmente arrinconados. Están en los tabiques perpendiculares a la fachada que dividen la entrada norte del edificio, a la cual se accede por una escalera bastante inclinada. Apenas se ven si se miran de lejos y, al aproximarse, las contrahuellas de los peldaños acaparan la atención: amenazan con malas caídas. Una vez arriba, los cuadrados labrados quedan demasiado cerca y altos para que el visitante inadvertido repare en el conjunto. Además, se trata del acceso a un juzgado; hay un trasiego constante de público; uno puede ir con cierta frecuencia durante años por tener un trabajo dependiente de la burocracia -es mi caso- sin apreciarlos. Es una pobre excusa, por supuesto, pero todo resta. Exagerando la perspectiva histórica, se diría que esos apólogos de la justicia, cargados de símbolos y mitos, a la vez sintéticos y expresivos, no fueron encargados para ser contemplados e invitar al descifre y la reflexión, sino por seguir la costumbre de anular el miedo al vacío con el prestigio del arte aunque la voluntad comunicativa del artista se reduzca hasta pasar desapercibida.

No obstante, resulta evidente que la causa primera del ninguneo fue, en principio, la militancia comunista del escultor, responsable durante la República del patrimonio artístico de su villa natal, luego detenido por el franquismo, condenado a muerte, encarcelado una vez conmutada la sentencia, represaliado y siempre sospechoso. A pesar de todas las trabas, Otero pudo reconstruir su carrera cuando el régimen, derrotados los fascismos en Europa, cambió de aliados y se sintió obligado a actualizar las apariencias.

El hecho de encomendar a un artista con antecedentes subversivos la elaboración de alegorías para una sede judicial debió de generar desconfianza en algunos sectores de las letales fuerzas vivas de la época. Si Otero se permitió introducir rostros, modelos, alusiones o mensajes privados de contenido contestatario, dudo que las autoridades se percataran de ello y no destruyeran la obra. En todo caso, me atrevo a decir que en el largo olvido concurren más factores que los recelos sobre sus intenciones.

Superada(¡?) la dictadura, los murales siguieron desaparecidos durante la Transición, sin moverse de su sitio, ajenos al guión asfixiante de la monarquía y sus nuevos y viejos actores. Eso también resultaría emblemático (hay que romper la banalización de esa palabra) si valiera la pena hablar de ello.

Con el paso de los años, el desinterés original se fue impregnando de contemporaneidad. La abundancia de iconos en la sociedad del consumo espectacular hace muy difícil reparar en el arte público si sus obras no son imponentes ni estorban la vista de otras cosas, no relampaguean en las guías ni anuncian o fingen anunciar algo o no gozan de fama en la identidad pregonada de los lugares. En una sociedad ruidosa, apresurada y abigarrada, los elementos que no son reclamos activos suelen pasar desapercibidos tanto para las personas que conviven con ellos como para el turismo de denominadores comunes y terraceos.

La investigación que han llevado a cabo Gómez-Acebo y Ortiz, basada en notas y bocetos del autor, testimonios de familiares y allegados y publicaciones, demuestra que los bajorrelieves de Otero, pequeñas parcelas de piedra que demandan estética y justicia, merecen la atención que nunca tuvieron.

Sitios para empezar

Abro el libro al azar:

“Nunca pensé que hablaría de la ganancia de punto salvo entre impresores (¡y mucho menos que pudiera ser causa de despido!). Pero aquí estoy, dispuesto a explicarlo.”

Quizá debería empezar por otro sitio, pero no pienso poner más citas de esta selección de artículos, la segunda que publica Jesús Ortiz. No es por no revelar finales ni principios -no hay nada que ocultar-, sino porque elegir sería una triste traición. Hay que respetar el albur. Estos escritos se prestan a ello. Son una apuesta segura, una ruleta de crónicas y pensamientos, un laberinto en el que es imposible perderse, acordes triunfales de raciocinio, de inteligencia sin adjetivos presentada con un humor afortunado, antídoto gratificante contra la plaga de opiniones empeñadas en imitar a las partículas que, según los físicos, llegan a su destino sin haber salido del punto de partida. Un humor que, sin hacer concesiones al conformismo, no peca de demasiado rápido ni de demasiado certero, desdeña la vacuidad y respeta, vuelve amable la incertidumbre.

Esas flexibles columnas de viñetas de líneas claras se permiten sin embargo tomarse su tiempo y tejer sus paradojas. Demuestran paso a paso que el sueño de la razón no está condenado a producir monstruos. Las frases discurren destiladas con una nitidez que califico de escalofriante para convertir ese adjetivo en una expresión cálida. En algunos párrafos, puede usted partirse de una risa que no es incompatible con ningún sentido del llanto, pero predomina una empatía que aflora, como las ideas expuestas y los hechos descritos, sin necesidad de bucear en las profundidades que la filosofía ha ido anegando con malentendidos.

Si me atrevo a afirmar que Jesús Ortiz actúa, en estos tiempos de barroquismo cutre, con la frescura de los ilustrados radicales (me refiero a Holbach, Diderot y compañía, tan olvidados por culpa de los melifluos voltaireanos), me sentiré obligado a explicarlo, pero, aunque acabo de decararlo, no voy a hacerlo porque creo que esta reseña puede salir incólume de mil contradicciones gracias a la obra protagonista. Así que me limito a agradecérselo al autor.

En fin, ¿qué más quieren que les explique si ya el título del libro lo implica todo? Cada artículo es un sitio, un lugar apropiado para empezar…

(-Y, además -me dice una lectora- siempre me hace sonreír, lo cual no es fácil.)

Ensayo para desvelar a unas venus dormidas

Entre las atrocidades, deformidades, disecciones y teratogenias expuestas en el Gran Museo Anatómico-Etnológico del Doctor Pierre Spitzner, la efigie de cera de una mujer joven de cabellos oscuros, vestida de blanco, dormida sobre un falso pedestal, respiraba suavemente.

Paul Delvaux pintó varios cuadros inspirados por sus visitas a aquella barraca de la feria de Bruselas. A la Venus dormida, contrapunto de la despiezada Venus anatómica, le dedicó cuatro. En todos ellos, la desnudó y transformó en una imagen de referencias clásicas que enseguida fue atrapada por las vanguardias.

Los tres últimos (uno de 1943 y dos de 1944) sitúan la figura en un escenario onírico o metafísico, lo que prefieran: no hay por qué sustraerse de los tópicos descriptivos asentados en el estilo de Delvaux desde aquellos principios con una afrodita no nacida de la espuma del mar, sino de las atracciones populares. En esas versiones, a la evocación del maniquí se sumó la experiencia del pintor durante un bombardeo nocturno: eso explica -quizá con demasiada facilidad- la sublimación de la desnudez ensimismada y desvalida.

Sin embargo -porque me apetece jugar a retroceder en el tiempo para plantear respuestas en busca de nuevas preguntas-, mi versión predilecta es la primera, de 1932, ajena a un bombardeo que todavía no se había producido en una Europa abigarrada, frustrada y dirigida por hipócritas y criminales (cualquier parecido con la actualidad será mera coincidencia).

Descubrí ese primer lienzo, mucho menos famoso que los otros (incluso se llegó a creer que había sido destruido), en el Centro Bellevue de Biarritz, cuando, huyendo de un sol que parecía ir a fundir el homenaje de Jorge de Oteiza al caserío vasco, caímos en una sala helada por chorros de aire acondicionado.

En la estampa, el ambiente ferial, plano, sin largas perspectivas, está muy presente. Al fondo, un cartel que parece reinterpretar el propio cuadro anuncia el espectáculo: VENGAN A VER A LA VENUS DORMIDA. A la izquierda, una mujer de rosa atiende un mostrador; a su lado, un portero luce gorra, bigote y uniforme. Más allá, se vislumbran una vitrina con un esqueleto y otras anatomías. A la derecha, un saxofonista de chistera y una trompetista rizosa aportan un matiz cabaretero al gabinete de curiosidades con vocación de morgue.

En primer término, la mujer, boca arriba, la mano derecha en la cintura, la cabeza apoyada en el antebrazo izquierdo, la cara y el pecho elevados -¿los labios entreabiertos?- como para confirmar que respira, se extiende ante la fila de espectadores que, en actitud de velatorio (pero ella sólo duerme), ocupa la mayor parte del cuadro.

Un hombre se inclina apoyado en el catre, quizá incrédulo; una mujer gruesa sostiene un bolsito; otra, delgada, cruza las manos sobre el vientre; un hombre se ha destocado en actitud de -falso, desalentado- duelo; una anciana con unos zorros y otro hombre con bombín y guantes contrastan con la piel desnuda. Las miradas dispares comparten una solemnidad que mezcla tristeza, asombro y homenaje, y también una calma rara, un paréntesis en el peregrinaje por los dramas grotescos, los crímenes morbosos, las injusticias éticas y estéticas, racistas, clasistas, sexistas y aporofóbicas predominantes en la feria. Los rostros, los peinados, las ropas y accesorios, los zapatos que asoman por debajo del lecho con la variopinta normalidad de los pies en la tierra, expresan la búsqueda de sensaciones sucedáneas para no matar el tiempo con aburrimiento.

En las interpretaciones posteriores, los testigos desaparecieron de la escena (antes, en un boceto, la venus levitó sobre ellos), fueron expulsados y suplantados por figuras y arquitecturas enigmáticas (el vocabulario de los suplementos culturales dicta que todo en la obra de Delvaux es oficial y epicéntricamente enigmático), distantes en espacios vacíos, que en muchas opiniones constituyen un hallazgo surreal (a propósito de distancias: el pintor siempre las mantuvo con el surrealismo) fundamental para la carrera del artista.

Delvaux sacrificó en el altar de su genialidad la expresiva, todavía expresionista realidad de la barraca, renunció al espectáculo del espectáculo, al reflejo de los mirones en la ventana, eliminó la posibilidad de que los espectadores de fuera del cuadro se intuyesen a sí mismos en el espejo translúcido, en el cristal empañado de la caseta de feria. Con la legitimidad de su ambición, extremó la pulsión de profundizar y traducirlo todo a un estilo absoluto consagrando las imágenes seductoras que lo definen como gran artista.

Si creyera en los espíritus de la historia, pensaría que el devenir del arte arroja los iconos que triunfan al torbellino actual de la saturación de imágenes para castigar a los artistas por su narcisismo. Por suerte, mi escepticismo me pone a salvo -creo, pretendo- de mi narcisismo de espectador y me permite recuperar la primera tela, apreciar su primitivismo después de recorrer el itinerario del artista por el tema y su época, que es -con un ‘casi’ burlón- la nuestra, reponerla en su proximidad de muñeca articulada (¿podría la pintura hacer olvidar el movimiento de la camisa blanca?) y devolverle al público ausente el valor que tenía antes de la glorificación de la hipótesis del misterio.