Paradas

Viajamos como autómatas, dijo él. Estaban en una mañana tópica y densa -tenía que ser lunes- en la parada de autobús más concurrida de la ciudad, esa de la rotonda, cerca de la estación, la de la marquesina más rota y la mampara con vídeo insoportable de comida basura. No se habían visto nunca. Se lo juraron mutuamente en cuanto supieron que tenían que haber coincidido muchas veces a la ida, en el primer autobús que los dos tenían que coger para luego hacer transbordos diferentes, y a la vuelta, en la confluencia de regreso. Como autómatas, claro: viajaban como autómatas; enseguida estuvieron de acuerdo: viajaban como robots baratos y por eso habían tardado tanto en conocerse, así que hizo falta aquel cambio de tiempo acelerado -empezó a llover y tuvieron que evitar la grieta de la marquesina- para que empezasen a hablar con el pretexto más tópico para iniciar una conversación cuando no se sabe de qué hablar, aunque en aquel caso no era ningún pretexto ni una excusa, era todo cierto, tan cierto que dan ganas de pensar que dolía de alegre melancolía, si tal cosa es posible, y eso explica la concordancia de expresiones faciales en dos personas tan distintas: él, espigado y frágil, miraba pasar los autobuses y fruncía el ceño porque iba a llegar tarde y ella, entre redonda y cuadrada, fruncía el ceño a pocos pasos porque era el último día de su contrato y no le importaba llegar tarde; es más, si no fuera porque tenía que saldar cuentas con la jefa, lo más probable es que no se hubiera presentado en la cafetería, pero por supuesto no iba a renunciar a lo que tenía que suceder, es decir, cobrar, firmar el recibo e insultar a aquel personaje, decía, sacado de una serie de psicópatas. Lo decía todo el mundo, todos, incluso los más sumisos, desde los más pelotas, también los más desagradecidos y odiadores y los más coherentes con la tradición de ceder lo menos posible, esa minoría de cómplices entre rabiosos y burlones que navegaban por la precariedad con la resignación imprescindible, lo justo para no morirse de asco o hambre. Todo eso y más le dijo ella a él en aquella primera espera, y él asentía de un modo elocuente haciendo esfuerzos por no ausentarse con aquella sensación de que lo iban a despedir también uno de aquellos días. Y, en efecto, poco menos de un mes después, cuando volvieron a encontrarse gracias a un error ajeno de consecuencias compartidas, porque para eso están los errores administrativos, le tocó hablar a él -la otra vez sólo hablé yo dice ella, y él asiente: han vuelto a encontrarse y recuerdan los encuentros porque ya tienen un pasado y están configurando la estética de un destino- y dijo que sí, que había ocurrido lo previsto, que también estaba en paro, información innecesaria porque estaban precisamente en la parada contigua a la oficina del servicio de empleo, donde casi coincidieron en la cola; no se dieron cuenta, pero saben que fue así, siempre era, siempre es así, la ciudad es limitada, las situaciones se desarrollan en escenarios concéntricos, de pesadilla laboral, pero más vale no obsesionarse con eso como si vivieran en un cuento contado por una máquina programada para hacerse la idiota. El error, por cierto, era informático: esperaban en la cola para que les reactivasen la aplicación móvil que, si no volvía a petar, les evitaría nuevas visitas durante una temporada a la vez que multiplicaría los minicontratos porque, si por fin se serenaba el tiempo, podría volver el turismo y encadenarse durante un tiempo al disparate hostelero, el delirio hostelero, decían los periódicos, las pantallas de los autobuses, las videomamparas, en titulares que eran a la vez crítica y aplauso, la perfecta integración de lo informativo y lo ansiolítico. Los periódicos estaban muy bien centrados, como la plaza cultural en la que una barraca albergaba a intelectuales que se aplaudían discurriendo sobre la autonomía de la novela frente a otras disciplinas (sic) artísticas al lado de una fotografía de una ciudad bombardeada que contagiaba un puro, sublime desinterés literario bajo un cielo bochornoso. La meteorología ya no significa nada, dijo él, dice él de nuevo, la tercera no va a ser la vencida, aunque tampoco hay derrota posible ni aunque esta vez estén tratando de huir de la alameda, donde un templete brama vómito estival municipal sobre el gentío, y él dice viajamos como autómatas y ella que viene el autobús, pero esta vez no hay transbordo conjunto y, sin embargo, añade: la próxima parada hablamos de eso y más cosas procurando darnos cuerda para mucho rato…

En Cantabria cabe todo el mundo

Bennie Noakes está sentado frente a su tele. Ve *SCANALYZER*, y, como está colgado con Triptina, no para de repetir: —¡Dios mío, ¡qué imaginación puedo tener!

Y, para terminar, el capítulo de las Pequeñas Consolaciones. Un pobre amargado, amargado en vano, por supuesto, tuvo la idea de que si a cada tío y cada tía de este mundo se les diera un espacio vital de treinta centímetros por sesenta, todos podrían estar de pie en los mil seiscientos sesenta y cuatro kilómetros cuadrados de la isla de Zanzíbar. ¡Hoy, tres de mayo de dos mil diez! ¡Hasta pronto, amigos!

John Brunner. Todos sobre Zanzíbar.

Cuando escribo esto, nadie ha confirmado ni desmentido que, como en años anteriores, haya sido convocado para una fecha cercana pero indeterminada un botellón masivo en El Puntal de Somo. No sé si algún periodista se ha puesto a averiguar si la noticia ya no existe porque la convocatoria se ha vuelto permanente o porque los medios prefieren mantener la duda.  Creo que una labor de investigación en ese sentido aportaría la interesante paradoja informativa de una serpiente de verano que se muerde la cola, pero supongo que la idea caerá en el saco roto de unos medios dedicados a fabricar epicentros efímeros. El saco roto es una apuesta por lo inefable que, sin embargo, refuerza el negocio y diluye subversiones.

El caso es que esas intermitencias de la verdad veraniega y las imágenes de la fiesta del año pasado por estas fechas  -cuando no hubo alarmas previas ni arrepentimientos- que desbordó la playa y la sitió con barcos de recreo y motos náuticas, me han vuelto a recordar la novela de John Brunner Todos sobre Zanzíbar (1968), una distopía que sigue vigente por sus méritos literarios (la forma es delación, aviso de quiebra, y la  comunicación es lo más prospectivo del relato) y porque la ficción no padece el rigor de la ciencia o la historia (aunque se diría que las ficciones actuales se lo tienen muy creído) y no importa que el descenso de la tasa de crecimiento desde 1968 (2,05%) hasta la actualidad (0,80%) permita que toda la humanidad siga cabiendo en Zanzíbar.

Pero volvamos al Puntal. En esa lengua de arena de 4.500 × 120 m (poco más de medio km²), caben tres millones de personas de pie, disponiendo cada una de un espacio de 1,8 m², más que suficiente para aguantar el cubata y afianzar relaciones. El sistema dunar, donde crecen cardos marinos, euforbiáceas y carrizos, puede ser pisoteado sin esfuerzo.

Los cálculos son fríos, pero el abismo de lo real es lo que importa: profundicemos. La comunidad autónoma de Cantabria  (5.321 km²) es capaz de albergar a los 8.200 millones de habitantes del planeta Tierra (el tercero en órbita a partir del sol: no confundirlo con el centro del universo) a razón de 0,649 m² por persona. Un poco estrecho, quizá, ese cuadrado de 80 cm de lado, pero nadie ha dicho que se vayan a acabar las desigualdades. De hecho, las agencias inmobiliarias se publicitan como generadoras de diferencias. Pongamos que solo un tercio de autoproclamada región infinita se ocuparía masivamente y el resto se parcelaría en distintos tipos de fincas y alojamientos. Creo que Cantabria podría hacerse cargo de una cuarta parte -no hay que ser ambiciosos ni eliminar la competencia- de la humanidad manteniendo un equilibrio razonable entre lo popular, lo medianero, lo elitista y lo superlujoso sin necesidad de recurrir a fuerzas armadas públicas o privadas para asegurar las fronteras entre los respectivos estilos de ocio y garantizar los servicios. Habría que legislar en función de la nueva realidad, pero el poder adquisitivo sería determinante para que el poder ejecutivo aplicase la justicia del lujo con la ética asimétrica que soluciona todos problemas decidiendo cuál es el problema para cada solución elegida.

El verano, gracias a su fragilidad climática, su economía azarosa, sus contratos basura y su bochorno totalitario, se ha convertido en la estación más estable del capitalismo de la región (nótese que prefiero no hablar de comunidad). Aunque los anuncios ofrecen idilios de sombrillas y carreras bajo chaparrones alegres, los negocios perfilan un paraíso parcelado: multitudes sofocadas en el centro comercial, el garito, la playa, y las terrazas vandálicas, élites cultas autocomplaciéndose en museos, galerías, ferias y saraos, mansiones fortificadas para enésimas residencias y, gracias a astutas consagraciones de interés regional (insisto: ningún asomo de comunitarismo), ciudades comerciales con macropiscinas de ciberoleaje. Y, en donde menos molesten, islotes para la mano de obra flotante, pasajera y barata.

 

El regreso de los mismos personajes

En el París invadido, los acontecimientos se sucedían muy deprisa y nunca en línea recta. En 1941, la Gestapo detuvo al escritor Jean Paulhan como sospechoso de pertenecer a la resistencia y lo interrogó sin éxito durante una semana. No estaban muy convencidos -había tenido tiempo de desarmar la multicopista y tirar las piezas al Sena-, así que no lo maltrataron demasiado. Fue liberado con el aval del colaboracionista Drieu La Rochelle, que lo persuadió de aceptar un puesto de confianza en la prensa ocupada; es decir, creyendo ganarlo para la causa, le facilitó seguir apoyando la insurrección. Y en ello anduvo hasta que, la mañana de 1944, recibió una llamada: “Se espera pronto la visita de los mismos personajes”. El aviso procedía de un intelectual alemán que creía en la confraternización franco-germánica bajo el III Reich. Siempre ha habido gente para todo. A Paulhan lo había denunciado Élisabeth Toulemon (sí: “todo el mundo”), la esposa de su amigo Marcel Jouhandeau, autor a su vez de un lamento en clave: “Lo que más amo en el mundo ha denunciado a lo que más amo en el mundo”.

Cuando Paulhan colgó el teléfono, los partidarios de las prioridades nacionales (esta vez eran fascistas franceses) ya estaban llegando al portal y nuestro héroe, para algunos un hedonista que nunca apreció la épica, tuvo que huir por los tejados.

Pasó el resto de la guerra en la clandestinidad, editando publicaciones subversivas, repasando sus estudios de malgache, repensando la antropología colonial, la lingüística y la prohibición de practicar la literatura como quien entra en un jardín con flores en la mano, y dejándose llevar por las corrientes de la historia como parte de un grupo felizmente desorganizado de intelectuales capaces de actuar en los momentos críticos sin renunciar a los matices ni caer en la hipocresía de la posguerra.

Imagino la fuga en un plano general: la carrera de una figura en el paisaje de las alturas de una ciudad que, pese a sus esfuerzos por contradecirse, parece mirar por encima del hombro -desde sus azoteas, pero también desde sus alcantarillas- los terrores señoriales.

Los acontecimientos, marcados o no como cruciales por los intereses narrativos o las estrategias políticas, las delaciones, los cambios de bandera, la represión, las intermitencias del amor y la amistad, los tejados oportunos, lo personal, lo trascendente instituido o silenciado, lo mezquino, lo fríamente histórico, lo absurdo y lo anecdótico se entrelazan en la escena, pero el protagonista, cuando le preguntaron, hizo un resumen preciso. “Usted conoce la definición de democracia -concluyó-: cuando lo despiertan a las siete de la mañana, es porque le traen la leche. Precisamente, esto es lo que pasó: que no era el lechero. »

En la democracia actual (¿nadie habla de plutocracia liberal?), las perspectivas conducen a urbanizaciones amuralladas y edificios blindados, ofrecen un panorama canalizado para encauzar los desplazamientos, separar los feudos de las colmenas y los centros comerciales, aislar las terrazas y apostar robots de vigilancia. Las pantallas alientan con sonrisas seguras la financiación de las guerras que fingen exteriores y alaban la dudosa paz interior.

Observando las imágenes de la calle Arènes, donde se conserva la casa de Paulhan (hoy lo habrían fulminado con drones), me pregunto cuántas complicidades calladas o delatoras, envueltas en la vaga retórica y la falsa igualdad de las libertades aparentes, están fomentando el regreso de los mismos personajes.

“Ni los cámbaros llegaban…” (Sobre ‘La puchera’, de José Mª. de Pereda)

Emilia Pardo Bazán pretendía domesticar -hacer doméstico, moderado, españolamente digerible- el naturalismo zoliano. Creo que, por suerte, no lo consiguió y, en su ficción, las amas de cría gallegas son más impactantes que las montañesas y la sumisión al caciquismo es una presencia irrevocable en la madre naturaleza.

José María de Pereda ni siquiera se planteó algo semejante. Pero me parece que, por suerte, tampoco logró hacer lo contrario. Su estilo envarado y admonitorio no pudo con su rebeldía reaccionaria ni esta con una honradez narrativa que, a pesar de sus proclamas en defensa de la justicia providencial y su empeño feroz en hacer que las determinaciones materiales se sometan a los designios divinos precisados en la tradición, contiene capítulos en los que fluye la brutalidad naturalista.

No sé si esos momentos se producen involuntariamente, como arrebatos de escritura que superan cualquier corrección, si forman parte de un deseo más o menos consciente de huida de las propias restricciones o son frías maniobras efectistas de novelista en busca de audiencia. Ignoro qué opiniones manejan al respecto los peredólogos y no me voy a poner a investigarlo; prefiero evitar que los deseos del autor suplanten a su obra.

Esto viene más o menos a cuento porque me apetece señalar uno de esos pasajes. Pertenece a la novela La Puchera (1889). Es un episodio poco citado, no es popular, no mereció representación monumental en los jardines dedicados al escritor (la estampa elegida de la novela fue el salto de la protagonista hacia la demorada promesa matrimonial) y no es un escenario típico.

Lo que Victor Hugo llamaba la ananké (fatalidad) del trabajo consiste aquí en una variedad de pesca primitiva, jerarquizada y competitiva, un régimen laboral alejado de las minuciosas cuentas del cabildo de pescadores de Sotileza, que lo mismo regulaban el reparto de pesca que el destino de los huérfanos. En mi opinión, es una de esas secuencias en que las desavenencias entre la acción y la descripción que a lectores actuales de Pereda nos cuesta asimilar se resuelven con acierto. Transcurre en una situación fronteriza, ni de mar ni de montaña, sino de orilla, laboriosa y esforzada, pero no épica: una escena de pesca sin virazones ni fugas de galernas, con jadeos en lugar de gritos de ¡Jesús y adentro! Los protagonistas, indigentes en un margen intermareal, tienden una red pasiva en una ría y esperan que la bajamar entregue los peces de la pleamar para recolectarlos. Los propietarios e instaladores de las redes son los primeros en la fila de recolectores. Las peores piezas son para los últimos.

La trama combina el desorden moral, las intrigas económicas y amorosas, las leyendas de tesoros escondidos y avaricias castigadas. Pereda, por supuesto, lo pone todo en su sitio al final, es decir, sigue la pauta de entregar al orden natural (¿el naturalismo católico?) de las cosas la misión de hacer que las huérfanas pobres recobren la cordura y se casen con pescadores pobres y los hijos de capitanes con señoritas de buena familia, los trasterrados regresen a la tradición y los malvados lo paguen muy caro (aunque siempre hay un cura a mano para absolverlos, incluso cuando un acantilado fulmina la ambición de un usurero).

En el caso de La Puchera, aún más que en otras obras de Pereda, no puedo evitar la sensación de que fue creada a partir de un impulso ético y estético -una hilera de pobres arrastrándose por unos peces en un cauce enfangado- agotado mediante la aplicación de los dogmas de una moral asfixiante. Lo cual me hace aconsejar su lectura, aunque quizá el autor -pero el autor nunca es dueño de su obra- consideraría mis motivos equivocados.

«RÉ» EN LA ARCILLOSA

Quién de los dos empujó primero, yo no lo sé. Quizás fuera el mar, acaso fuera el río. Averígüelo el geólogo, si es que le importa. Lo indudable es que el empuje fué estupendo, diérale quien le diera; es decir, el río para salir al mar, ó el mar para colarse en la tierra. Mientras el punto se aclara, supongamos que fué el mar, siquiera porque no se conciben tan descomunales fuerzas en un río de quinta clase, que no tiene doce leguas de curso.

(…)

Cuando llegó el momento esperado, cada cual haló desde la orilla en que estaba del correspondiente cabo, que volvió á ser amarrado bien tirante á la respectiva estaca, en cuanto la red quedó alzada más de tres palmos sobre la marea; precaución bien tomada, porque el muble no es pez que se deja arrinconar por barreras que puedan franquearse con un salto de una tercia. Levantadas de igual modo las redes en los dos portillos, los rederos se volvieron á casa á zamparse la insípida puchera, en paz y en gracia de Dios, mientras la línea negra que trazaba la red sobre la tersa y brillante superficie de las aguas, advertía á los muchos aficionados del lugar que apercibieran sus morrales y retuelles.

Y no fué desairado el aviso, pues desde más de una hora antes de la bajamar, ya comenzaron á salir de los tres barrios, triscando como potros bravíos, con el morral al costado, el retuelle al hombro, las perneras remangadas hasta las ingles, los pies descalzos, los brazos en cueros vivos y la cabeza hecha un bardal, cerca de dos docenas de mozuelos y más de seis mocetones, que no pararon de correr hasta la casa misma de los rederos, donde tomaban de memoria el número que había de corresponderles en la fila, según el orden en que iban llegando.

Cuando no quedó en la Arcillosa más agua que la contenida en su canal angosta, se formó dentro de ella, y en el orden indicado, la fila, de uno en uno, detrás de los rederos y su familia. Iban, pues, delante de todos, el Lebrato, su hijo y tres nietos. Tenían los rederos ese privilegio en compensación del derecho que asistía á sus convecinos, y no se sabe por qué, para tomar parte en toda pesca preparada de igual modo en la ribera del lugar.

La fila no bajaba de treinta cuando el Lebrato se agazapó y comenzó á andar Arcillosa arriba, á pasos muy cortos y muy lentos, arrastrando al mismo tiempo la mitad del aro de su retuelle por el suelo de la canal; y los que le seguían, imitando su ejemplo, se fueron humillando uno por uno, dando con sus oscilaciones y bamboleos tal aspecto á la procesión, que más parecía revolcarse que caminar. Como el diámetro de los retuelles no era menor que el ancho de la canal, evidente es que cada pescador no podía contar con otros peces que los que se escabulleran, casi de milagro, por los resquicios ó las mallas del retuelle del que le precedía. De este modo, calcúlese lo que le alcanzaría al que formaba en la cola, por cada libra de pescado que embaulara el Lebrato en su morral. Ni los cámbaros llegaban esa vez al retuelle del muchacho que hacía en la procesión el número treinta.

Frío bochorno

Una senda abandonada por las administraciones ha conducido a la muerte a seis personas. Las primeras declaraciones de las autoridades competentes en demagogia consisten en implorar que la política no manche el duelo. Luego se produce una situación ideal: distintos equipos gestores de distinto signo electoral y similar percepción del acto político como ajeno a las tragedias personales se echan mutuamente la culpa de la desidia, el incumplimiento de las normas de construcción y seguridad y la falta de respuesta de los servicios de emergencias. Todo eso confluye en el frío bochorno que sigue al accidente. Que hable la justicia, dicen. Y lo hará, pero será un proceso lento y confuso para la comunidad profana. La sobreabundancia de declaraciones y respuestas produce indiferencia. Mientras, un entramado histérico de precintos de plástico enmarca las postales de después de la desgracia de un modo exultante, ridículamente agresivo, casi como un insulto al duelo, como celebrando el sacerdocio autoritario de quienes están siempre presentes sin estar cuando se les necesita. Pero, ¿quiénes son esas presencias oblicuas? Nadie: los intercambiadores de catilinarias devaluadas, los agentes perfectos de la contradicción, los que se protegen de todo mal o vergüenza fomentando la displicencia con la repetición de justificaciones y desvíos sin sentido. Ostentan, financian, difunden y mediatizan la trágica inmediatez del accidente evitable con la política-telón que expulsa la acción real del escenario, un teatro de marionetas proyectadas contra un muro que desdibuja la reminiscencia de la doblez económica. La obra es simple, litúrgica, anónima, letánica, brillante o enlutada según convenga, un fotocall ante la mayoría absoluta que aplaude tibiamente: es lo que hay, ¿quién va a quejarse de recibir lo que le ofrecía la invitación al espectáculo?

Franz Kline. 'El Puente'.

Franz Kline. ‘El Puente’.

El territorio se ha llenado de no-lugares, esos espacios que no pueden definirse como identitarios ni como relacionales ni como históricos que Marc Augé consideraba los productos característicos de la sobremodernidad, lo contrario de los lugares antropológicos, antiguos, categorizados como lugares de memoria. Cantabria, por ejemplo (y con esto me atrevo a creer que el antropólogo se quedó corto en el recuento y la amplitud de los tipos probables de no-sitios y sus transiciones), sólo puede venderse como infinita siendo un no-lugar infinitamente indiferenciado, un edén calculado entre lágrimas de humo de incendios forestales, con sendas inexistentes que pueden conducir a abismos bajo pasarelas abandonadas fríamente por la doctrina apolítica del bochorno consentido.

Bagatela para un triángulo

Su presencia era tan ostensible como su ausencia. -G. K. Chesterton.

Por el bien del jurado, pero sobre todo por el público, la prenda íntima a la que se alude en el testimonio son, para ser exactos, las bragas de la señora Manion. Querría que se rieran a gusto de una vez por todas. Este par de bragas se volverá a mencionar a lo largo del juicio. Cuando ocurra, no habrá ni una risa, ni divertida ni burlona ni tonta, ni siquiera una sonrisita en esta sala. -El juez Weaver en la película Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959).

A veces me pregunto si Sísifo sigue dentro del armario. -Pseudo-Píndaro.

No tengo ninguna autoridad, pero les aconsejo que se rían ahora de los calzoncillos que aparecen en este relato -verídico hasta donde puedo permitírmelo- para que después puedan reírse a gusto, sin distracciones, de todo lo demás.

Este episodio del género cornamental ocurrió a finales de los años 70; lo considero un entremés de la farsa de la Transición. El escenario fue una casa demasiado frecuentada, una especie de refugio o lugar de exilio. Entre las bambalinas panfletarias, se formó un triángulo cuyo recuerdo me exige exagerar el ritmo y los adjetivos: la mujer era muy joven, vital, inquieta, de ideas y palabras brillantes y tosca belleza; el marido, algo mayor, apuesto, carismático, alto, triunfador, noble y sensato; el amante, más joven todavía, de rara, teatral, poética madurez. En cuanto a los figurantes, éramos testigos exaltados en el centro de un naufragio sin opción a tirar los dados, que diría Mallarmé.

Me parece que el idilio (pero el poema pastoril nunca existió) surgió de un deseo circunstancial en un ambiente enrarecido por contrapoderes y sexos militantes, prisioneros de la urgencia. No constituyó materia de tragedia: aunque la narrativa posterior de alguna de las partes implicadas trata, todavía hoy, de inflarla con niebla y culpa, la aventura se resolvió sin heridas significativas.

Tiempo después, en un encuentro inesperado, la mujer me habló de su papel -el más activo- evitando ampararse en obviedades:

-No fue por amor ni por sexo. No conseguí emociones ni placer, te lo juro. Fue todo cutre, y sobre todo insulso. Me acuerdo de todos los detalles y de ninguna sensación; es como si no me hubieran funcionado los sentidos cuando lo vivía.

Afirmó que había entendido la última escena de la opereta como una epifanía bufa. El marido volvió de improviso. El amante tenía excusa para estar en la casa (no: no era fontanero ni repartidor de butano), pero tuvieron que vestirse en un revuelo de ropas confundidas que sería pretencioso imaginar con la radicalidad de un esperpento. Lo asimilo más bien a una escena de cine mudo con los movimientos entrecortados.

Por suerte, el pasillo desde la entrada hasta la habitación era largo (disimularon en el salón debatiendo lecturas) y el cónyuge iba con prisa por unos documentos. El amante sólo tuvo tiempo de ponerse la camisa y los pantalones. Al recomponer el escenario, los calzoncillos no aparecían por ninguna parte.

-Ya me veía ante los gayumbos como en un juicio…

-Suele ser un abanico, un pendiente, un alfiler de corbata, unos herretes de diamantes…

-Hubiera sido incapaz de declarar que no los había visto en mi vida. Mi indiferencia ante el ridículo no aguanta tanto. Menos mal que los encontramos. Habían ido a parar encima del armario. Me dio un ataque de risa histérica y tuve más brotes durante días. Creí que me volvía loca. Loca de risa.

La aventura se disolvió y la mujer se sinceró con el marido. No fue una confesión; no hubo perdón ni arrepentimiento. Apenas pactaron una catarsis silenciosa, que acabaría en divorcio.

-Espero que ellos no me guarden rencor, pero tampoco me siento demasiado culpable -concluyó con una sonrisa tranquila.

Desde otras perspectivas, me llegaron varias versiones y reminiscencias secundarias. No las considero importantes. También renuncio a extender mi testimonio, seguramente sesgado, con un balance de aprendizajes, descubrimientos de la estupidez y servidumbres voluntarias.

La sátira de la desvelación está presente en el conflicto amoroso desde los mitos clásicos: mientras el trío Hefesto-Ares-Afrodita soporta en el Olimpo las irrupción de la autoridad moral, Hermes reparte chanzas. Quizá sólo Narciso puede pactar consigo mismo la absolución deificadora, pero al alto precio de volverse borroso reflejo de mito aguado.

Decía Alfonso Reyes que, en las obras del católico Chesterton, las paradojas sustituyen a las parábolas. Me convence el método, aunque prefiero las variantes borgesianas, ateas, elípticas, irresolubles. Me aburren los encontronazos lúbricos presentados en envoltorios solemnes, como historias sagradas. Lo mismo me ocurre con la pretensión de revertir en parábola la paradoja de una transición apenas concebible en la biblioteca de Babel. En ambos casos, la grey exhibe su carencia de sentido del humor.

Antes hablé de cine mudo. Ahora imagino una escena filmada por Godard con distorsiones sonoras:

Un hombre busca algo tan equívocamente viril como una caja de herramientas. Mira encima de un armario y encuentra una prenda -ya se habrán reído antes de ella- que no le pertenece. La mira, la estudia y estalla en carcajadas. Dentro del armario, el amante medio desnudo cree oír la risa de un loco y tiembla de vergüenza.

Vívida vida

(sobre La vida toda de Juan Pérez del Molino Bernal)

Los que no solemos apreciar las autobiografías al uso y menos aún lo que llaman autoficciones (¿no lo son todas las ficciones?) tenemos que agradecerle a Juan esta excursión por su existencia. Creo que, en estos tiempos farragosos, hay que destacar la disposición y la variedad de recursos de una obra que no juega a exigir ser interpretada. Se presenta en el sentido estricto: es un trabajo en marcha que revive la vida del autor sin perder de vista el presente, de manera que los recuerdos son más firmes que simples reminiscencias. La evocación no se excede en la nostalgia: invita al pensamiento.

La vida toda 1. El final de la madurez. Juan Pérez del Molino Bernal.

La vida toda 1. El final de la madurez. Juan Pérez del Molino Bernal.
Un ensayo donde tienen cabida todo tipo de prosas: estudios de arte desde La Tour o Kandinsky hasta una comedia en clave beatles. Y, por supuesto, las consabidas reflexiones personales en las que uno se busca a sí mismo para ayudar a los demás a hacer lo propio.

La vida toda 2. Infancia de la vejez. Juan Pérez del Molino Bernal.

La vida toda 2. Infancia de la vejez. Juan Pérez del Molino Bernal.
Seguir creando aunque pasen los años. Este es el sentido de escribir cuando ya han pasado los 65 años. Entonces, todas las cosas se ven diferentes: las historias narradas en los cuadros, la perrita que vino a hacerte compañía, los conflictos del mundo que te rodean o algunos signos de una identidad, la cántabra, que juzgabas dudosa…

Las secciones de las dos primeras partes publicadas muestran la variedad de facetas del conjunto:

1 – El final de la madurez: Fabulaciones; Realidades; Intermedios artísticos; Afecto, cariño, amor; evocaciones. 2- La infancia de la vejez: Escritos cántabros; Esperando a Iris; La Historia del Arte en los tiempos del COVID; Diario de un temblor; Cinco ensayos judíos.

Sin embargo, esa multiplicidad no supone un conflicto. En cada capítulo, subyacen las experiencias de los demás, y no solo por el peso inevitable de la autoría. Un justo, didáctico equilibrio (la vocación docente del autor se hace notar) evita las disonancias. La claridad de la prosa y la naturalidad del ritmo producen una lectura apacible y armonizan intereses y géneros dispersos: hay écfrasis en las fábulas, fabulación en las descripciones artísticas, realidad en las ensoñaciones, racionalidad en los afectos y temores, erudición en los sentimientos, sencillez en las pasiones. Se me ocurre una retahíla de calificaciones adecuadas, ninguna definitiva, por supuesto: alegría vital, crónica intelectual, claridad creativa… Pero, de pronto, me doy cuenta de que estoy a punto de subvertir con explicaciones innecesarias el agradecimiento del primer párrafo.

En la contraportada, Juan Pérez del Molino expresa su deseo de que los lectores se entretengan, reflexionen y disfruten. En mi caso, lo está consiguiendo. No doy por acabado este artículo. Queda abierto de par en par para nuevas entregas.