La revolución de los refugios

Como cada vez me parece más probable una guerra nuclear, me cobijo en recuerdos de lecturas y visiones de los tiempos en que la destrucción mutua asegurada enfriaba la guerra. Es un raro consuelo recurrir a los espectros pre y postapocalípticos asentados hace décadas.

Últimamente, viendo que los medios de comunicación dominantes estimulan la pasividad o el desaliento (¿toda resistencia es fútil?) al informar sobre los puntos visibles de la guerra global (la globalización era eso; Israel y Ucrania sólo son surgencias del rizoma económico-militar) configurando con fría, pretenciosa objetividad, el “escenario inevitable” del conflicto, me ha dado por recordar un relato de John Cheever.

Es de 1964 y se titula ‘El brigadier y la viuda del golf’. El brigadier, hombre de negocios turbios, y su esposa, atareada en una vida social llena de apariencias, han hecho construir un refugio antiatómico en su jardín. Un entorno con gnomos y patos de escayola y una pila para pájaros suaviza la advertencia trágica que representa el pequeño búnker. Además de aliviar el miedo, es un signo de prosperidad, da prestigio y satisface los egos de la pareja propietaria, bastante vapuleados por las convenciones, el tedio, los negocios fracasados y el adulterio. Y también es envidiado: el brigadier tiene un lío con una vecina que le obliga a entregarle una copia de la llave del refugio. La competencia por la seguridad, sumada al orgullo y los celos de un amor que no existe, desata un drama vulgar y anunciado en una zona residencial habitada por personas de vagos disimulos; una tragedia sin catarsis: una antitragedia.

La Guerra Fría fue prolífica en soluciones cutres, y su dialéctica convirtió la simetría de los bloques en una falacia tranquilizadora: era todo tan sencillo, tan fácilmente adaptable como películas de buenos y malos, que casi parecía inofensivo. Derrumbado el muro, se revelaron todos los muros. De paso, a la amenaza de la guerra se unió la percepción de la catástrofe medioambiental. La consecuencia fue la multiplicación de ceremonias de las demagogias mediáticas: el útil barullo de la impotencia deliberada.

Hoy parece infantil la idea de los refugios antiatómicos familiares. La corporatización securitaria desborda los viejos límites financieros. El blindaje de los promotores y beneficiarios del negocio de la supervivencia consiste en un entramado global (la globalización también era eso) de territorios, zonas residenciales segregadas (los patos y gnomos de yeso son de mármol y no se permite ni mirarlos desde la verja) y vías de escape que también son de recreo: no sucumbirán al aburrimiento ni al desamor romántico.

En cuanto a los no admitidos en la fiesta, creo que la mayoría ya sabemos que no vamos todas las clases en el mismo barco y que ni siquiera navegamos en el mismo mar, pero la mayoría de esa mayoría sigue considerando inevitable la competición por los puestos de la servidumbre.

Un puto andamio

Atrapo dos frases al vuelo en el autobús sobrecargado:

-Si aceptamos que un puto andamio es un árbol, aceptamos cualquier mierda.

-Es la magia de la Navidad.

Tuvo mucho éxito aquel anuncio en el que el dueño del tablero obligaba a definir el pulpo como animal de compañía. La frase entró en el lenguaje cotidiano y todavía se oye cuando alguien se resigna con humor ante la imposición de interpretaciones interesadas de normas y hechos. El poder y la propiedad no aprecian el sarcasmo ni la ironía. Si el humor crítico llega a alterar sus caras de piedra, toman medidas. El pulpo es un animal simpático y polivalente: lo mismo sirve como kraken que como adivino o juguete infantil. Desde luego, es mucho más aceptable que un andamio de tablas y varillas metálicas rebozado en ledes como árbol. Pero si el alcalde dice que es un bien para el pueblo, como cantaba Javier Krahe, ¡alcalde, lo que nos eches!

Los medios no paran de azuzar (ellos dicen que sus cantinelas son información) la competencia entre poblaciones por tener el sucedáneo de árbol más largo e iluminado. Así que ese engendro que no sirve ni como símbolo fálico deviene epítome de las musarañas navideñas.

Al escribir sucedáneo, he recordado una palabra exótica: ersatz. Durante la Primera Guerra Mundial, saltó del alemán a otras lenguas porque la rotundidad germánica le daba más matices que las de un simple producto sustitutivo en tiempos de escasez. Surgido en un mundo de racionamiento bélico, encaja muy bien en nuestra actualidad consumista: siempre estamos en guerra para mantener el nivel de producción y gasto.

La sucedaneidad es una cualidad que apenas esquiva términos como falsificación o imitación, pero me parece que a sucedáneo le falta fuerza y entonces pienso ersatz y recuerdo carteles de propaganda militarista, cánticos de retaguardia y personas mal alimentadas mezcladas con la actualidad de pantallas publicitarias desorbitadas y alcaldes y electores presumiendo de putos andamios y participando de una orgía de neolengua y doblepensamiento.

Los sucedáneos suelen aceptarse porque no queda más remedio si no se quiere abandonar el juego. Además, el precio módico no engaña, los convierte en una verdad imperfecta, pero verdad al fin y al cabo, algo sincero que reemplaza al objeto deseado inalcanzable. Parece que lo que importa es la intención, que la autenticidad es graduable y todo puede ser apenas falso o casi genuino, como si las definiciones de las cosas, a base de discurrir en círculo, sirvieran tan poco como las de arte y cultura.

Sin embargo, la acumulación está borrando la hipotética ventaja de lo barato. El progreso es cada vez más agresivo: amenaza con regresiones mientras la cantidad de ersatz aumenta (como la de su mellizo el kipple) y -presunta paradoja suprema- se encarece por la insostenibilidad de las producciones masivas.

Los árboles-andamios, esa enorme nada con lentejuelas que asfixian cualquier mérito de la abstracción, han venido a abanderar la miseria consumista. Me pregunto si se mantendrán en el mercado de lo ideológicamente rentable y me respondo que es muy fácil olvidar que lo barato siempre ha costado más de lo que vale.

La parodia de los gaznápiros

Me ocurrió de falondres. El televisor dijo Crimea y me acordé de Esteban Polidura Gómez y de las familias santanderinas que se enriquecieron con la guerra de 1853-56. En el Reino de España, los harineros desabastecieron los mercados locales de trigo para forrarse con la exportación. Eso, a su vez, generó una oleada de motines del pan que fueron duramente reprimidos. La harinocracia de las moliendas y puertos cántabros multiplicó sus ingresos. Hubo nuevos ricos y ricos remozados. Polidura cuenta que se les subió a la cabeza, que sus fiestas de sociedad y ostentación proliferaron hasta la náusea y que la gente de a pie los llamaba gaznápiros.

Al parecer, había una gran capacidad organizativa para la chanza entre la población popular. La evidente zanja entre clases tenía la virtud de mantener separadas las orillas del humor. La plebe y una pequeña burgesía cuyos intelectuales y profesionales jugaban con radicalidades y a veces se sentían con derecho a la imprudencia proletaria optaron por parodiar las ceremonias, bailongos, puestas de largo, acuerdos matrimoniales y recepciones por delante y por detrás (según el viento que soplara) de los enriquecidos hasta la estupidez.

Y surgió un evento báquico, pánico, orgiástico, goliárdico, un banquete con procesión marina en peregrinación a la isla de Citera o, mejor dicho, Pedrosa, entonces tan abandonada como ahora. Una fiesta de locos que recuerda a las que la Iglesia empezó a perseguir en el siglo XV para contener el regreso del paganismo. Un Carnaval fuera de estación -a finales de julio- que no preludiaba el ayuno: más bien avisaba de todo lo contrario.

Los detalles los encontrarán en el artículo citado(1)Se trata del titulado De falondres. Publicado por primera vez en El Cantábrico el 27 de octubre de 1925, está recogido en la antología Cosas de … Continue reading. Conviene releer esas ‘Cosas de antaño’ para desintoxicarse de otros pasados más presentes y de la homogeneidad de las fiestas instituidas.

Mientras se animan, les bastará saber que dos mujeres del margen cotidiano más profundo -que no lejano ni invisible- y de fealdad/belleza menos convencional (o, si lo prefieren, más extrema) fueron entronizadas en una barquía disfrazada de góndola que encabezó una flota abigarrada. Esquifes, chinchorros, botes, lanchas y hasta muertos desatados, repletos de oficiantes y viandas, recorrieron las canales encendiendo un rastro de murgas y fuegos etílicos. Parecían escapados del amanecer de Walpurgis para recrear los mitos de los mundos invertidos cambiando escobas por remos. El desembarco tuvo que ser un despojamiento de espumas olímpicas. El banquete, los bailes y el regreso, a la luz de achotes y santelmos alucinantes, transcurrieron sin otros incidentes que los que manda la desmesura.

La pérdida de la autonomía frente al poder de los festejos es una constante histórica. Las tradiciones lúdicas irreverentes, subversivas o licenciosas (es difícil que estos calificativos no se presenten aliados) se han convertido en ritos modosos uniformados por el consumismo. Las fiestas de un tal Santiago, tabernero del Alta, fueron ocupadas por Santiago Matamoros. Hay demasiada gente orgullosa de ello. Orgullosa, fingidora y vigilante.

Algunas explosiones de alegría, como la réplica a los gaznápiros embobados por la fortuna caída de la guerra, son hoy irrepetibles. La historia está llena de momentos así, pero no quedan islas abordables y su memoria apenas pelea contra el olvido patrocinado por el culto a los próceres: nos invaden las hagiografías y las genealogías justificativas.

Menos mal que casi siempre hay un Polidura que, a diferencia de otros cronistas más propagados, es capaz de asombrarnos, divertirnos y advertirnos con una perspectiva política y literaria peatonal y activa.

Notas

Notas
1 Se trata del titulado De falondres. Publicado por primera vez en El Cantábrico el 27 de octubre de 1925, está recogido en la antología Cosas de antaño. Historias del viejo Santander. Editorial Librucos, 2019.

Decir lo evidente (Jean-Luc Godard sobre Cannes y la guerra)

La intervención de Zelensky en el festival de Cannes es evidente si se mira desde el ángulo de lo que se llama ‘puesta en escena’: un mal actor, un comediante profesional, bajo la mirada de otros profesionales de sus propias profesiones.

Creo que debo haber dicho algo en este sentido hace mucho tiempo. Pero parece que ha hecho falta la representación de otra guerra mundial y la amenaza de otra catástrofe para que supiéramos que Cannes es una herramienta de propaganda como cualquier otra. Propaga la estética occidental, ¿no?…

Darse cuenta no es mucho, pero ya es algo. La verdad de las imágenes avanza lentamente. Ahora, imaginen que la guerra misma es esa estética desplegada durante un festival mundial, cuyos actores son los Estados en conflicto, o más bien “en intereses”, difundiendo representaciones de las que todos somos espectadores… ustedes igual que yo.

Oigo decir a menudo “conflicto de intereses”, lo cual es una tautología. No hay conflicto, grande o pequeño, si no hay interés. Bruto, Nerón, Biden o Putin, Constantinopla, Irak o Ucrania, no hay mucha diferencia entre ellos, aparte del asesinato en masa.


L’intervention de Zelensky au festival cannois va de soi si vous regardez ça sous l’angle de ce qu’on appelle « la mise en scène » : un mauvais acteur, un comédien professionnel, sous l’œil d’autres professionnels de leurs propres professions.

Je crois que j’avais dû dire quelque chose dans ce sens il y a longtemps. Il aura donc fallu la mise en scène d’une énième guerre mondiale et la menace d’une autre catastrophe pour qu’on sache que Cannes est un outil de propagande comme un autre. Ils propagent l’esthétique occidentale, quoi…

S’en rendre compte n’est pas grand-chose mais c’est déjà ça. La vérité des images avance lentement. Maintenant, imaginez que la guerre elle-même soit cette esthétique déployée lors d’un festival mondial, dont les parties prenantes sont les États en conflit, ou plutôt « en intérêts », diffusant des représentations dont on est tous spectateurs… vous comme moi.

J’entends qu’on dit souvent « conflit d’intérêt », ce qui est une tautologie. Il n’y a de conflit, petit ou grand, que s’il y a intérêt. Brutus, Néron, Biden, ou Poutine, Constantinople, l’Irak ou l’Ukraine, il n’y a pas grand-chose qui a changé, mise à part la massification du meurtre.

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Kafka mirando pasar la guerra

El 2 de agosto de 1914, Franz Kafka escribió en su diario: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. — Por la tarde, Escuela de Natación”. Se ha establecido la costumbre de señalar esa anotación como una muestra de indiferencia. Lo han desmentido sus traductores y biógrafos(1)Por ejemplo, según Andrés Sánchez Pascual, cuya traducción utilizo para estos apuntes, “lo cierto es que Kafka valoró en muchos otros … Continue reading pero es inútil: el Kafka que pocos leen y muchos citan (porque fabricó mitos actuales con la misma entidad que los homéricos) es el estereotipo de un tipo triste fulminado por la burocracia y la incomunicación, y quizá no merezca la pena insistir en otras percepciones que abarquen su humor, negro o blanco, o su legítimo extrañamiento o su muchas veces inesperada condición de cronista. No es que él sea ajeno a esos prejuicios. A veces es fácil tomar su sarcasmo por sinceridad, su ironía por desesperación y, en todos los casos, viceversa; ‘kafkiana’ sería entonces la sensación, entre la risa y el escalofrío, que nos produce leer, en una anotación poco anterior a la de la declaración de guerra, algo como esto: “29.VII 1914. (…) He hecho la observación de que no rehuyo a los seres humanos para poder vivir tranquilo, sino para poder morir tranquilo. Ahora me defenderé. Tengo un mes de tiempo durante la ausencia de mi jefe”. Pero, dos días después, (se) reconoce: “31 [de julio de 1914]. No tengo tiempo. Hay movilización general. Karl y Pepa [sus cuñados] han sido llamados a filas. Ahora recibo la recompensa de estar solo. Con todo, casi no es una recompensa, pues estar solo comporta únicamente castigos. (…) A pesar de todo, escribiré, pase lo que pase, es mi lucha por la supervivencia”. Una soledad que apenas exige una fórmula de despedida rutinaria y lateral: “1 [de agosto de 1914]. He acompañado a Karl a la estación. En la oficina, los parientes rodeándome por todas partes”. Pero no tarda en aceptarse como observador de la retaguardia (“6.VIII [1914]. La artillería que desfilaba por el Graben, flores, gritos de ¡Viva! y ‘Nazdar!'[‘¡Viva!’ en checo]) sin apartarse de su autobservación habitual, que ahora entendemos como una autoexposición al abismo: “El rostro silenciosamente crispado, asombrado, atento, moreno, de ojos negros. — En vez de recobrado, estoy deshecho. (…) Lleno de mentira, odio y envidia. Lleno de incapacidad, estupidez, majadería. Treinta y un años”. Y a odiosas comparaciones: “Hombres jóvenes, frescos, que saben algo y que son suficientemente enérgicos como para practicarlo en medio de los seres humanos, los cuales necesariamente ofrecen un poco de resistencia. — Uno de ellos conduce a los hermosos caballos, el otro está tumbado en la hierba y asoma entre sus labios la punta de la lengua, en una cara por lo demás inmóvil y absolutamente digna de confianza”. Nunca renuncia a lo que define como su inclinación a describir su onírica vida interior, que desplaza “al reino de lo accesorio todas las demás cosas, las cuales se han atrofiado de un modo horrible y no cesan de atrofiarse” y es su único contento: “5 [de agosto de 1914]. No descubro en mí nada más que mezquindad, incapacidad de tomar decisiones, envidia y odio a los combatientes, a quienes deseo apasionadamente toda clase de males”. Ese mismo día, se asoma al escenario de la autoridad: “Desfile patriótico. Discurso del alcalde. Luego desaparece, aparece de nuevo y grita en alemán: «¡Viva nuestro querido rey! ¡Viva!». Asisto a ello con expresión torva. Estos desfiles son uno de los más repugnantes fenómenos que acompañan a la guerra. Son promovidos por comerciantes judíos, que un día son alemanes y otro checos, lo cual reconocen, ciertamente, pero nunca como ahora podían gritar tan alto. Naturalmente, arrastran consigo a muchos. Estuvo bien organizado. Parece que se repetirá cada atardecer, mañana domingo dos veces”.

En abril de 1915, Franz viajó en tren con su hermana a Nagy Mihàly, cerca del frente, para visitar a su cuñado, oficial de reserva. Esas aproximaciones a espacios donde la sociedad parece diluirse en la fragilidad del territorio de límites borrosos son tan buenas oportunidades literarias como las treguas o los impases en las ciudades abiertas. En una larga entrada, relata el trayecto, las paradas, subidas y bajadas -¿teatrales?- de pasajeros, las conversaciones, rumores, noticias, un ambiente multiétnico de mujeres y hombres, civiles y militares, que Kafka -o uno de sus K- escudriña para anotar conductas, ademanes, describir rostros y expresiones y ejercer un distanciamiento irreprochable -que le hace sospechoso de esforzarse en parecer culpable- del bullicio de gente viajando por el panorama invisible de la guerra. “Yo, casi siempre mudo, no sé qué decir, la guerra no desencadena en mí, al menos en este círculo, la menor opinión digna de comunicarse”.

Poco a poco, la anomalía militar se fue integrando en los paisajes cotidianos. “Como mañana me incorporo al ejército, vengo a licenciarme de ustedes”, se despidió un joven en octubre de 1917. En noviembre, un año antes del armisticio, Franz sueña con la batalla del Tagliamento (“una llanura, un río que en realidad no está, muchos espectadores que se agolpan excitados…”) y, a partir de esa fecha, se interrumpen las anotaciones hasta el verano de 1919. No hay, pues, comentarios sobre el final de la guerra en el diario y solo una alusión de unos meses antes sobre el “ruido de los que llegan” del frente en uno de los cuadernos en octavo, quizás intuyendo el cansancio de los combatientes. Eso es todo: una paz vacía. Puede que, durante el año y medio de silencio, olvidara sus “pasos firmes” en los cursos de natación.

Notas

Notas
1 Por ejemplo, según Andrés Sánchez Pascual, cuya traducción utilizo para estos apuntes, “lo cierto es que Kafka valoró en muchos otros contextos la tragedia histórica que significaba la contienda europea”.

Mujer pobre con cisne de oro y plata

El barreño de oro y plata con forma de cisne en el que el vicecanciller Hermann Göring enfriaba el champán acabó sirviendo de bañera a un bebé del municipio de Berchtesgaden.

En 1945, los soldados alemanes abandonaron en la estación del pueblo dos de los trenes fletados para ocultar en túneles las obras de arte expoliadas por el Personal de Operaciones del Reichsleiter Rosenberg (ERR). Göring prestaba una especial dedicación al arte y solía dictar sus preferencias. Visitaba -con el atuendo de gala que hoy nos arriesga a tomarlo solamente por un fantoche supremacista- los museos de los países invadidos y los almacenes donde se amontonaban los bienes expropiados a las galerías y coleccionistas judíos, y seleccionaba las obras que debían adornar las instituciones del Reich y las mansiones de sus jeraracas. Lo acompañaban expertos bien dispuestos, algunos de los cuales, en la posguerra, convencerían a los aliados de ser sólo ‘perfiles técnicos’ ajenos a las masacres y seguirían haciendo negocios.

En cuanto desertaron los guardianes, los habitantes del pueblo asaltaron el convoy. Buscaban comida. Les habían dicho que transportaban munciones para el frente del Este, pero no se lo creyeron: la guerra estaba perdida.

A falta de pan, la gente cargó con todo lo que pudo. Probablemente, muchos no eran conscientes del valor del botín. Una parte mínima debió de ser convertida en dinero, pero el miedo y el desconocimiento de los mercados clandestinos del arte hicieron que la mayoría perdiera interés en los objetos. Los que tenían uso doméstico (recipientes, alfombras, espejos, lámparas) sufrieron de súbito el tosco extrañamiento rural. Los demás fueron destruidos o arrinconados.

Décadas después, todavía se veían en graneros y patios de la comarca bávara restos de esculturas y lienzos. Según el anticuario local Robert Brandner, los vecinos preferían dejar que se pudrieran a declarar que ellos o sus abuelos habían asaltado el tren.

Esa anécdota forma parte del documental de la cadena ARTE El catálogo Göring, que relata la desaparición y posterior hallazgo (gracias sobre todo al empeño de la conservadora del museo Jeu de Paume y miembro de la resistencia Rose Valland) del cuaderno en que la ERR detalló sus rapiñas.

Los jefes nazis y sus funcionarios se mostraban ufanos y se hacían retratar y filmar con el arte que no consideraban degenerado, el que apreciaban como racialmente claro y espiritualmente popular, lo cual no les impidió hacer negocios con las obras de vanguardia que detestaban.

Por el contrario, muchas de las personas que saquearon los trenes, además de hambre y miedo, sentían vergüenza. La relación entre el miedo, el hambre y el arte suele ser compleja. El arte al servicio del poder (sea por concepción, por adquisición o por apropiación) suele explotar las necesidades y los temores y exacerbar el orgullo de la posesión, se llame o no oficialmente propaganda, y su valor es reconocido de inmediato. Incluso cuando pierde su función y cambia el régimen, tarda siglos en perder el sello del patrimonio. Fuera del espectro administrativo, todo depende del azar, la especulación y las intermitencias del gusto.

El destino del arte, una vez despojado del privilegio del paradigma, la autoridad de los críticos y marchantes y la consideración consensuada de objeto decorativo o emotivo o comunicativo autónomo, es desaparecer en los sótanos de los museos o hacerse añicos en el limbo de la arqueología, a menos que pueda acogerse a la forma, si la tiene, de objeto artesano (¿qué hubiera sido del cisne si no le hubieran hallado utilidad?), darse contenido material y sobrevivir como las bañeras convertidas en abrevaderos por toda la Europa verde: algunas incluso conservan la duchas y grifos a modo de interacción conceptual y toleran la visión poética de las válvulas suplantadas por la lluvia; la paradoja de la contemporaneidad les ha conferido estatuto de land-art desde los trenes actuales.

El asalto a los trenes de Berchtesgaden forma parte del ingreso en esa contemporaneidad teorizada en la posguerra como aclimatación de las vanguardias, pero dejando sin resolver la duplicidad precio/aprecio, remitiendo las contradicciones a nuevas versiones del tradicional doblepensamiento para no salirse del marco. No hay nada que discutir. Los artistas tienen que comer. Se les permite (en realidad, en pocos sitios y no siempre, y parece que cada vez menos; y esa no es otra historia) exponer subversiones porque el mercado es libre y, para muchos, la reducción a los ‘cauces adecuados’ es el precio pagado por impedir que los nazis ganaran la guerra. Es un argumento irrefutable, aunque a veces sirva como indulgencia plena y perversa.

La nueva vida del cisne nazificado merece sin duda una instalación en un museo. Un bebé de plástico con lloros y risas grabados incrementaría el efecto kitsch. Un vídeo sinfín del mariscal esperpento vendría a colmar el escenario. Bien promocionada, podría ser una de las imágenes más referenciadas en el ranking de las que saturan calles y pantallas. Y sería fácil defender como una de las mejores metáforas involuntarias de la historia del arte (aunque hay muchas similares) la del anticuario que pasea por la periferia de un genocidio y ve a una mujer pobre aclarando un objeto decadente mientras las palomas defecan sobre tapices y espejos cuarteados. Una instalación-performancereadymade impagable.

Santander 1897: ¡Que vayan también los ricos!

En el otoño de 1897, el entorno del cuartel de María Cristina era un paisaje rural. Un poco más abajo de la fortificación, la finca conocida como “de la hija de la Castellana” ofrecía los servicios de un verraco suizo y chato. Las garitas orientadas al norte vigilaban prados y vaquerías. Los centinelas que miraban al sur, sin embargo, observaban un mundo más complejo: la ladera, cubierta de arboledas, casas con huertas y cuadras, se iba convirtiendo, al volverse ciudad, en un laberinto de cuestas, callejones y escaleras entre tejados, y después se abría la planicie con edificios de pretensiones racionalistas, regionalistas, señoriales y siempre eclécticas, hasta que el ensanche inacabado se unía al frente de la Ribera para mirar sobre las dársenas y las navegaciones de la bahía el fondo prehistórico de montañas y niebla.

Aunque el camino sobre el cerro tenía tradición militar, el cuartel no era muy antiguo. Se había construido en el lugar llamado Prado San Roque en 1885 para sustituir a los arruinados cuarteles de San Felipe y San Francisco. Tenía capacidad para más de mil hombres de infantería y caballería, pero la ocupación siempre había sido mucho menor. No se había llenado hasta que empezó a ser utilizado para albergar a las tropas que partían para Cuba, y tampoco había generado noticias alarmantes hasta que la prensa se vio obligada a recoger, a finales de octubre, los rumores de un motín.

Con todas las precauciones, y excusándose en la insistencia de la calle, se publicó que, al parecer, se había producido un conato de sublevación entre los mozos de reemplazo concentrados para embarcar en el vapor Colón el 5 de noviembre: “Se dice que lo hicieron a la voz de que con ellos lo hicieran los ricos”. Además, se comentaba que habían aparecido pasquines contra la guerra en los urinarios de la estación de ferrocarril y otros puntos de la ciudad. A pesar de las inquietantes reuniones de mandos militares y autoridades civiles, todas las instituciones mantenían una absoluta reserva sobre el asunto.

Los periódicos, incluso los menos sumisos a unas élites habituadas a negar sistemáticamente la existencia de conflictos sociales, temían las reacciones del ejército, cuyo prestigio estaba en evidente retroceso. Por aquel entonces, no era raro que grupos de oficiales se presentaran en las redacciones exigiendo la retirada o rectificación de cualquier crítica, por leve que fuera, amparándose en supuestas lesiones al honor de las fuerzas armadas.

Además de estos actos más o menos espontáneos, pesaba sobre el derecho a la información y la libertad de expresión el llamado “criterio institucional”, que permitía censurar cualquier noticia relacionada con lo militar: en el concepto cabían todas las arbitrariedades.

El imperio español estaba atascado en la que sería la última de las guerras de descolonización de Latinoamérica. Desde 1868, enfrentaba las sublevaciones independentistas con cambios de estrategia que alternaban la negociación con la represión. La isla estaba llena de trochas incapaces de contener a las guerrillas, campos abandonados por los desplazamientos forzados de la población (España fue pionera en los campos de [re]concentración), ingenios azucareros saboteados y soldados coloniales sin voluntad de victoria, enfermos y hambrientos (apenas una sexta parte de las bajas se debía a los combates), dirigidos de un modo errático y utilizados como mano de obra gratuita para mantener las plantaciones (muchos mandos y funcionarios cobraban por ello).

El reclutamiento no gozaba del aprecio popular; el patriotismo, valor que se proclamaba universal, se ejercía con desigualdad. Ir a la guerra era cosa de pobres. El servicio militar podía evitarse mediante pagos en metálico o presentando un sustituto. Duraba doce años, con un mínimo de tres en servicio activo. La consigna “Que vayan también los ricos” era frecuente.

La prensa santanderina de mayor difusión era más dada a la autocensura y menos diversa que los medios estatales, pero, además, entraban en juego otros factores que la obligaban a tocar el tema y minimizar el incidente. Tenía que defender el prestigio y la condición de plaza militar de la ciudad. El aumento de la guarnición permanente era una vieja reivindicación. Desde las guerras carlistas (la última acabó en 1876), existía el temor en la ciudad a quedar desguarnecida. Además, recientes planes de convertir el cuartel del Alta en hospital habían sido muy contestados. Y contaba también la rivalidad con Santoña, que se postulaba como mejor defendida(1)El 31 octubre: El Avisador de Santoña publicaba un artículo titulado “Santoña y las expediciones”:La acumulación de expedicionarios a … Continue reading; los santanderinos veían como una amenaza cualquier atisbo de cesión de capitalidad.

Así, tras la confirmación del rumor, los principales periódicos y las fuerzas vivas emprendieron una campaña que reducía los hechos a un momento de indisciplina irrelevante propio de reclutas aún no adoctrinados, alcoholizados y acostumbrados -afirmaba de forma algo sorprendente El Cantábrico– a no respetar a las autoridades de sus pueblos. Se trataba de una bronca infantil provocada cuando algunos habían pretendido prolongar las horas de paseo. Ante el rechazo de los oficiales, los soldados habían protestado tirando al aire las almohadas de las literas. Nada de sublevación, ni motín, ni exigencias de igualdad, ni siquiera algarada: una tontería corregida de inmediato que no debía tener consecuencias

Pero, por si surgía alguna duda -y de un modo un tanto contradictorio-, se remarcaba la inocencia de los cántabros. Los casi amotinados eran “vascongados y navarros”, es decir, procedían de las provincias que habían perdido el derecho foral a no sufrir las levas. En Cataluña, Navarra y País Vasco no había existido reclutamiento forzoso hasta 1.878. A las consideraciones de clase, se unía en las “provincias díscolas” la oposición histórica e identitaria al servicio militar(2)La Libertad, diario de Vitoria, explicó sin reparos: Los mozos que han de embarcar uno de estos días con dirección a la Gran Antilla llegaron à … Continue reading.

Cuando fuentes locales (La Voz Cántabra) y estatales empezaron a hablar abiertamente de motín con contenidos reivindicativos (y, según las tendencias, culparon a los socialistas y republicanos, justificaron en mayor o menor medida a los alborotadores o exigieron mano dura), la Liga de Contribuyentes, la Cámara de Comercio y el Ayuntamiento manifestaron solemnemente su preocupación por las consecuencias de una valoración excesiva del incidente y enviaron mensajes al Gobierno para afirmar la lealtad y disponibilidad de la ciudad.

No obstante, mientras se publicaban unas supuestas declaraciones de oficiales en las que ratificaban que entre los promotores de la protesta no había reclutas “de la zona” santanderina y se felicitaba a la población por la lealtad de sus vástagos (“son un dechado de subordinación y se sienten orgullosos de mandar tales soldados”), se supo que los 257 reclutas foráneos (esperaban la partida 468) habían sido trasladados a Santoña (3)El 25 de octubre 1897, una nota escueta pretendía zanjar el asunto: Ayer salieron para Santoña en el tren de Bilbao 257 reclutas procedentes de las … Continue reading y que el Alto Mando no era partidario de mantener las agrupaciones en Santander para no verse obligado a aumentar la guarnición en previsión de nuevas insubordinaciones. Por otra parte, la dotación de la Guardia Civil había sido reforzada con 90 hombres traídos de la provincia, lo cual hacía sospechar que el incidente había despertado más temores de los divulgados. Las paradojas seguían aflorando, pero el tiempo jugaba a favor del orden.

El día 5, según lo previsto, se produjo el embarque. Llegaron en tren los acuartelados de Santoña, se unieron a los demás y no se produjeron altercados. El Ayuntamiento obsequió a cada soldado con café, un panecillo y dos cajetillas de cigarrillos.

El día 8, con las aguas calmadas por la distancia, El Correo de Cantabria publicó un artículo, titulado “Cargas sobre Santander” con una lista de quejas que detallaba el sentimiento de agravio(4)Celebramos que hayan sido innecesarias las precauciones que se adoptaron, pero (…) esas precauciones han sido una nueva carga para este agobiado … Continue reading.

Sin embargo, los acontecimientos, en pocos meses, resolvieron el tibio debate confirmando tanto el desastre como la injusticia: los ricos repatriaron sus capitales y los pobres lloraron a sus caídos(5)Aunque las cantidades varían según las fuentes, se suele considerar que más de 250.000 soldados españoles combatieron en la Guerra de … Continue reading. España salió de Cuba en agosto de 1898. Antes, otras noticias dispersas prefiguraban el desenlace. En enero, como un involuntario sarcasmo y un mal presagio para el porvenir de miles de personas, las capitanías generales prohibieron a los soldados repatriados que implorasen la caridad pública.

Notas

Notas
1 El 31 octubre: El Avisador de Santoña publicaba un artículo titulado “Santoña y las expediciones”:
La acumulación de expedicionarios a Cuba en Santander, es por tanto, comprometido, y lo será aun más en lo sucesivo. Los horrores del clima y de la guerra en la Gran Antilla, demostrados por las espantosas cifras de mortandad, han llegado a conocerse en las más oscuras aldeas. Los jóvenes llamados al cruento sacrificio quieren que participen de él los hijos de los ricachos exceptuados por un puñado de pesetas, como pareciendo poner precio á la vida del que ha de sustituirle y, esto, indigna; porque únicamente a indignación atribuimos las protestas de los jóvenes quintos desconocedores todavía de sus deberes como soldados.
Pero estos arranques, entre los que han sido llamados á las filas, son solo dignos de la desaprobación general.
Llegado el momento de acudir a defender la patria, cúmplase esa honrosa misión; después, maldígase a los que aman la patria para gozar en la ventura y rehuir á las penalidades que ella le impone.
(…)
Por las razones expuestas, de la imposible acumulación de expedicionarios en Santander, donde ocurrirán actos de insubordinación, por falta de elemento militar suficiente, además de la condición populosa de aquella ciudad, siendo más dificultoso reprimir cualquier desorden, el sentido común aconseja que las expediciones permanecieran en Santoñas… y ¿porqué no? Hasta embarcaaran en nuestro puerto, de indiscutibles condiciones de entrada y salida para los barcos trasatlánticos.
En esta plaza, puramente militar, con espaciosos cuarteles para alojar reclutas y relativamente suficiente guarnición, no habría lugar a temor alguno, y esto, sin recurrir a los procedimientos de la fuerza.
Aquí no simpatizarían los socialistas con el soldado ni el pueblo les prestaría su apoyo ni los reclutas osarían faltar a sus jefes.
Las condiciones de Santoña para esto son excelentes y naturales por ostentar el título de plaza fuerte, y lo prueba la llegada de los 257 quintos y la conducta que estos siguen, tan diferente a la que observaron en la capital
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2 La Libertad, diario de Vitoria, explicó sin reparos: Los mozos que han de embarcar uno de estos días con dirección a la Gran Antilla llegaron à amotinarse en el cuartel de María Cristina. Parece que á los amotinados exaltó el ánimo lo que habían leído y oído respecto á desigualdad en las clases militares haciéndose relación á lo que ahora se discute acerca, del servicio obligatorio.
3 El 25 de octubre 1897, una nota escueta pretendía zanjar el asunto: Ayer salieron para Santoña en el tren de Bilbao 257 reclutas procedentes de las zonas de reclutamiento de Navarra y provincias vascongadas, que por o visto era el elemento perturbador que existía en el cuartel de María Cristina. Quedan aquí 211 reclutas de esta zona que recibirán instrucción desde aquí al día 5 en que embarcarán para Cuba.
4 Celebramos que hayan sido innecesarias las precauciones que se adoptaron, pero (…) esas precauciones han sido una nueva carga para este agobiado vecindario. Esas precauciones han tenido aqui algunos días a noventa guardias civiles reconcentrados, dejando desamparados a los vecinos de los pueblos donde aquellos prestan servicio y castigando á la ciudad con el servicio de alojamientos.
Y como esas reconcentraciones están hace años en nuestra provincia a la orden del dia, ocasionándose a los de la benemérita enormes perjuicios, es preciso que Santander proteste solemnemente para que se dote á esta plaza de la guarnición que la corresponde para que de una vez desaparezcan los inconvenientes que dejamos señalados.
El puebio viene haciendo desde los comienzos de la guerra de Cuba incalculables sacrificios que en nada le agradecen nuestros gobernantes.
Súmense los miles de pesetas invertidos, muy bien por cierto, pues el soldado todo se lo merece; pero súmese repetimos lo invertido por el Ayuntamiento en dar socorros a todas las muchas expediciones que se han hecho por este puerto, y con esa partida podremos encabezar la cuenta de sacrificios llevados aquí a cabo sin tregua ni descanso.
Véanse los servicios realizados por este hidalgo pueblo desde que llegó á nuestro puerto el primer trasatlántico con soldados heridos y enfermos procedentes del ejército de Cuba, y dígasenos si el Gobierno no es con nosotros incomprensiblemente injusto e ingrato.
Pueba al canto. Publica el ministro de la Gobernación un decreto para que mientras dure la fiebre amarilla en Cuba, recalen en Santander todos los vapores que conduzcan infelices desvalidos y para nada se ocupa de la deplorable situación en que se hallan los servicios del lazareto de Pedrosa, que es por donde debía haber empezado para no envolvernos y verse envuelto el día menos pensado en gravísimo conflicto.
Surge un disgusto entre los reclutas en el cuartel de María Cristina y el Gobierno manda que se tome lujo de precauciones, pero no cae en cuenta o no quiere caer de que en esta plaza no hay más que veinte soldados de guarnición á pesar de residir el Gobierno militar de la provincia. Esto es inconcebible y llega al colmo de la inconsideración.
¿Para qué se impuso á este pueblo la inversión de muchos miles de duros en la construcción del cuartel modelo de María Cristina? ¿Para qué queremos este gran edificio?
Lo que está ocurriendo con la falta de guarnición y con tener los servicios del lazareto en el estado más deplorable, es además de muy comprometido para la salud y tranquilidad de los habitantes de Santander, altamente ridículo para nuestros gobernantes
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5 Aunque las cantidades varían según las fuentes, se suele considerar que más de 250.000 soldados españoles combatieron en la Guerra de Independencia de Cuba; de ellos, fallecieron unos 60.000. El bando cubano perdió alrededor de 9000 guerrilleros y el número de civiles muertos en los llamados “campos de reconcentración” se sitúa por encima de los 200.000.