La trampa y la puerta

No hace falta un fanático doctrinario para confirmar la solidez de ese mundo tan acomodado.

Henri Martin. La puerta abierta.

La trampa de moda (aunque el término fue acuñado por intelectuales católicos en los años 90) consiste en llamar “ideología de género” a la defensa de medidas contra las discriminaciones y agresiones específicas que sufren las mujeres. Supongo que el método también sirve para etiquetar como “ideología de raza” a la lucha contra el racismo o “ideología de clase” a la lucha contra las desigualdades sociales. Pero la violencia machista, la segregación racial o el bajo poder adquisitivo son hechos que afectan a grupos concretos y exigen soluciones concretas, así que el uso del término delata la intención de manipular el concepto de ideología (“conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.”, dice el diccionario) para presentar las posibles modificaciones de las situaciones de injusticia -cómodamente instituidas para algunos- como caprichos destructivos y ‘artificiales’ opuestos al orden que se considera ‘natural’. Esa idea de la naturaleza anclada en el diseño patriarcal declara inmutable un orden superior antifeminista, supremacista y asentado en privilegios económicos; un orden que -hay que citar a Hannah Arendt una vez más – impone a sus fieles la banalidad del mal que explica tanto la crueldad de las consignas como la pasividad o el temor a la libertad propia y ajena.

La mayoría de las veces, no hace falta un fanático doctrinario para confirmar la solidez de ese mundo tan acomodado. Por ejemplo, ese hombre que ahí veis, con cara de recurso literario, pasó el otro día bajo el arco de leds de la plaza del ayuntamiento, contempló los renos escarchados que pastaban electrones mientras niños de azul y niñas de rosa se dejaban fotografiar y dijo: qué bonito. Después admiró la pantalla gigante que emite anuncios sexistas en la parada del autobús y manifestó: qué maravilla. Luego entró en una cafetería, donde se le unió su señora, que venía de la compra, para mirar hipnotizada el telediario mudo del televisor panorámico alzado al fondo, a la derecha, como las letrinas de la información (‘el ojo es ojo porque te ve, no porque tú lo ves’, decía Machado), mientras él leía y comentaba el periódico.

Hubo un instante en que el titular en papel coincidió con el rótulo que pasaban bajo el carrusel de imágenes: Rebeca Alexandra Cadete abrió la puerta a su asesino para que éste no molestara al vecindario. Un error fatal, decía el periódico. Ya era el motivo recurrente del día la primera víctima de la violencia machista del año en la circunscripción geográfica de referencia obligada. La mujer temía que la bestia alterara la convivencia. ¿Cómo se fio de él? Hablar ahora del peso de la cultura o el arte del amor deslumbrado a medias por el pragmatismo económico y la pasión romántica sería probablemente una pérdida de tiempo. No hay reflexión que valga sin leyes protectoras con efectos cotidianos.

De pronto, ha aparecido el consuelo de la fatalidad. La pena es una cosa muy rara. También la culpa. Una fatalidad. Todo es comparable, aunque duela. También lo incomprensible. El hombre asiente, su señora asiente, el camarero asiente probablemente por principio profesional. El medio ha elegido la anécdota que parece estar ofreciendo una válvula de escape: el error como confirmación de lo inevitable. Seguro que el redactor sólo buscaba un buen título que adornara la noticia; es el viejo problema de las originalidades vacías: que apelan al tribunal del inconsciente.

¿No se pudo evitar? Lo inevitable suele ser un argumento más para los cómplices, un apartado más de la retórica de la sumisión. Antes morían menos mujeres porque aceptaban su destino. El hombre que lee, la esposa que confirma, el periodista que presiente el desequilibrio entre la fugacidad de las imágenes y titulares y la intensidad de ese instante en que alguien abre una puerta (por civismo o por una vergüenza adquirida mediante la culpabilización ante los actos masculinos), todo parece el decorado perfecto de una resaca navideña, cuando azota el solsticio los últimos latigazos de la inversión solar con toda la rabia del invierno de postal.

Los tanques blindados del pensamiento, asustados por el feminismo, tramaron la etiqueta de la ideología de género para negar la perseverancia de una situación de dominio asentada con consignas de prejuicios; entre ellos el de dejar un resquicio para la duda sobre la responsabilidad de la víctima, que quería seguir viviendo sin molestar a los vecinos. Podía haber dejado la puerta cerrada. Podía haberse resistido más. Podía haber elegido a otro hombre. ¿Podía?

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Feliz Año Nuevo

Autobús regional (palabras cruzadas)

Fotografía de Jack Delano (detalle). 1941.Fuente: Shorpy – Historic Foto Archive. Imagen original.

¿Qué emisora ha puesto este hombre? El papa Francisco ha visitado al papa Benedicto. El otro día habló de lobos homosexuales, creo. Ahora mismo la llamo. No pasa nada. Nueve años justos vivimos ahí, y me pegaba. Ni un euro. Hijos de puta en doble fila; piense en los demás, no te jode. Francisco y los motivos del lobo. ¿Me puede avisar cuando vayamos a llegar? El beato este no es amable. Veinticinco años trabajando para la monjas. Son así. No me habían asegurado. Parece mentira que fueran. No lo denuncio porque mi hija me dice que no lo denuncie pero si le denuncio va a la cárcel y por eso me dice mi hija que no lo denuncie que es su padre. Y tú su madre. Ya sabes. No sé. ¿Dónde estabas? Eso pasa pocas veces. Desde Esteban VI y Formoso: un chiste de mal gusto. Escucha lo que te digo que tengo poca batería y te tengo que decir que vamos a hablar muy en serio. Una homilía subversiva donde el arzobispo ha explicado que el hecho indiscutible de la eucaristía es el acto más revolucionario de la historia. ¿Que no lo sabes? Te has estado morreando ayer en el patio. Dice la maestra que te controlemos más. Mi abuela me llevó de niña. No es plato de gusto. Parece mentira, con el corazón grande que yo tengo. Es imposible que haya puesto ese programa al azar. Conduce rezando: no hace daño a nadie. Paz, piedad, perdón. Fe, esperanza, caridad. No me extraña. Un San Cristóbal. Se pone las albarcas para parecer más alto. San Cristóbal era un gigante portainfantes. Ya nadie se acuerda de aquel cuadro del ecce homo. Ecce lobo, ecce homosexual. No digas tonterías que rozan la blasfemia. Ahora se las ponen todos. Parece verano en Navidad. Revilla revilluca. Son todos iguales. Un mundo bajo sospecha, se titula la novela y es como una película de Capra, pero con más mala leche. Las novelas son como películas. Ya no cobro paro. No sé con quién, pero te han visto desde la ventana de clase y ya está bien como se entere espera no cuelgues tu padre ya verás qué gracia. Ese no sabe para dónde va. Iguales, te digo. Pimientos rellenos. Fíjese que yo trabajo desde los nueve años. No me digas que no hay que ser mala persona con el corazón que yo tengo que nunca pido nada. Es un problema teológico que siempre vuelve en estas fechas. Turrón blando o duro. Pero picaban mucho. Yo le digo la parada pero depende donde vaya usted. Ahí, pasando la curva, hay dos bares cerrados, ya verás, con lo que era esto. Con lo que yo he sido. Y todavía eres, no disimules. Un cuarto de hora de retraso. Es que es su padre. Tú me vas a decir con quién te lo hacías en el patio porque igual también hablo con su madre. ¿Cómo que no lo sabes? Medidas cautelares, lo llaman. Ya ves: nada amable. Ni un euro, me da. Chalecos amarillos. Todo el jurado tenía negocios con el acusado, digo el premiado. Ya nadie cree en nadie. Mira, un dron. Parece que va hacia el cabárceno jurásico.

Mujer con teléfono móvil

Los reporteros suelen fotografiar esos intentos desesperados de alcanzar las redes de la sociedad postindustrial, un espectáculo que viene muy bien para completar los telediarios.

Valla de cuatro metros de altura en el Puerto de Santander para impedir el paso de inmigrantes polizones | RPLl.

He visto a una mujer negra que salía de un edificio oficial con una bolsa llena de documentos y me he acordado de la mujer con alcuza de Dámaso Alonso (la burocracia es densa como el aceite, pero poco nutritiva), y he pensado que se llama Fatou Albertine Diakhoumpa y que, cuando salió de Tambacounda, llevaba consigo dos teléfonos móviles. Uno lo vendió en Boutilimit mientras se confiaba a las promesas de un camión en el desierto junto a una veintena de fugitivos. Un tercio de los viajeros se quedarían por el camino. Con eso ya cuentan los apalabradores de cayucos. Las mujeres se apiñaban a un lado de la caja para no ser violadas. Fatou (dicen que su nombre es el que los señores coloniales dieron a las criadas) tiene la ventaja de no ser muy atractiva, pero tampoco posee una vulgaridad desagradable, sino un aire a la vez apacible y diligente que la hace apreciada para el servicio doméstico de los hogares blancos.

El móvil que se quedó era un modelo que ya no se vende en Europa. Para cargarlo durante la travesía del desierto, llevaba un par de artilugios formados por pilas atadas con cinta aislante a un cable. Durante la noche, los viajeros alzaban las manos para coger cobertura. Los reporteros suelen fotografiar esos intentos desesperados de alcanzar las redes de la sociedad postindustrial, un espectáculo de figuras oscuras, estilizadas y dispersas entre las dunas, contra el crepúsculo, que viene muy bien para completar los telediarios.

Fatou tuvo suerte: pudo hablar un par de veces con su familia mientras esperaban a que los mafiosos del transporte decidieran qué ruta era la más segura, y una más en la patera, aunque eso fue una despedida (la mar se había revuelto; creían que no iban a llegar a tierra) y sólo se entendían las lágrimas. Ahora está en la cola del paro después de tres meses de un verano de sótanos, suelos y cocinas. A la asfixia de las jornadas intensivas sucede una laxitud de incertidumbre que, sin embargo, nunca es peor que el miedo del origen que empuja a la huida.

Cerca de ella conversan dos tipos. Compiten por fingirse airados, subrayan el aire con los dedos y marcan signos de admiración con las cejas. Ella no sabe sus nombres, pero, como ellos, nada más verla, ya le han asignado un estereotipo del que tiene pocas probabilidades de escapar (mujer negra, fea, gorda y con un cansancio interpretado por los blancos como embrutecimiento), nada nos impide asignarles, respectivamente, los de Juan Español y Nel Montañés y definirlos como rutinarios en el ocio, el trabajo y el desempleo, y evidentemente próximos al umbral de la pobreza. Español tiene ojeras y Montañés echa largas miradas de desconfianza a la cola y al mostrador de los funcionarios. Si ustedes no me entienden, no lo sé explicar mejor: miren a su alrededor.

Fatou le oye decir a Juan Español que los inmigrantes tienen más subvenciones que él, gastan más asistencia sanitaria, tienen preferencia para los trabajos y usan móviles de lujo. Su colega lo ratifica todo. Quizá creen que no los entienden, ni ella ni otros inmigrantes que hay en la cola. La mujer habla wólof, francés, español, algo de árabe y bastante inglés. No sabe qué móvil tienen esos tipos, pero el suyo (ha decidido mantenerlo oculto durante toda la espera) es un android normal, ni caro ni de los más baratos. Fue la primera adquisición que hizo con el primer sueldo y lo cuida con mimo. Le permitió independizarse de los locutorios, los cuelgues del Skype, las angustias repentinas, y le otorga el poder de enviar imágenes cotidianas, inmediatas, a su familia y amistades de su país o la diáspora, y eso puede con todas las sombras del corazón de las tinieblas.

Empleado de las potencias coloniales, Joseph Conrad percibió que Occidente estaba creando una barbarie por la que algún día tendría que responder con algo mejor que mandar tropas o, definitivamente, enloquecer y autodestruirse entre delirios de avanzadas del progreso. Era un hombre triste incluso antes de pasar su línea de sombra. Había intuido algo en el abigarramiento de los puertos de su época. Quizá alguna vez arribó a Santander, cuando las machinas de madera rezumaban salitre y resbalaban igual las descargadoras blancas que los arponeros polinesios, los grumetes jamaicanos o las mucamas de todo el mundo. Ahora hay una valla nueva, muy alta, situación provisional hasta que el soborno a gobiernos que comercian con sus fronteras obligue a cambiar las rutas o se envíe la estación marítima a un lugar más discreto. La mayoría de las quejas por el enrejado de cuatro metros de altura han sido estéticas, parecidas a las que recibió el Centro Botín, que mira el muelle desde su orgullo de obstáculo opulento y escamado.

El blindaje tiene el aplauso de la inmensa minoría y les parece escaso a los que vigilan a la inmigrada para verificar que tiene un móvil mejor que el suyo. El juicio ya está hecho. Si descubren que el de Fatou es peor, dirán que seguro que tiene otro en casa, sin saber que el otro lo cambió por comida o agua en un territorio representado en los mapas ideológicos (en los militares y mineros está bien detallado) por un espacio en blanco con avisos de monstruos, leones y caníbales, pero también de oro y diamantes, petróleo, uranio y coltán, de modo que los blancos que se adentran en ellos para traer riqueza figuran como héroes, locos geniales o emprendedores. Pero los autóctonos que los atraviesan en sentido contrario huyendo del hambre, la guerra y la peste son mirados aquí como usurpadores de nuestra liberal libertad. Y como codiciosos tecnológicos cuando usan aparatos que nuestro mundo ha hecho imprescindibles.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Aquel, ese, este tiempo

El peligro de alterar la historia retrocediendo en su curso es mínimo porque algo parecido a un timón tenaz mantiene las rutas principales.

Ferdinand Hodler | El toro (1878).

Douglas Adams -a quien no me canso de citar porque por él no pasan los años- estableció, sentado en el bar del fin del universo, la categoría estética del infinito (plano y sin interés) y la simultaneidad de la práctica de los viajes en el tiempo (cuando se construya la primera máquina que los permita, ocurrirá a la vez en todas las épocas y habrá existido siempre). Podría haber añadido que tal viaje, se produzca como se produzca y pese a la parafernalia en que lo envuelve la mayor parte de la ciencia ficción, será -es- circular, tedioso y sin consecuencias. Kurt Vonnegut también apuntaba por ahí: su ‘alter ego’ lo usaba en ‘Matadero 5’ como vía de escape desde situaciones dolorosas (el bombardeo de Dresde, un tren cargado de prisioneros…) hacia lo ya sabido o por saber; nada diferenciaba las cosas sucedidas de las venideras y lo realmente dramático era su vida de marioneta de la historia, no los desplazamientos.

Pero ahora viene la ciencia en ayuda de la literatura. Los físicos dominan las leyes que les permiten perdonarme interpretar desde la ignorancia, y es más lírico agarrarse a lo cuántico que a la paramnesia, el vulgar ‘déjà vu’ o la manida magia. Un ruso, Igor Nóvikov, afirma que es muy difícil crear paradojas destacables yendo al pasado y pisando una flor incipiente, matando una mariposa improbable, poniéndole una zancadilla a un magnicida o mejorando la puntería de un tirador rifeño. El peligro de alterar la historia retrocediendo en su curso es mínimo porque algo parecido a un timón tenaz mantiene las rutas principales. Que haya taquiones que llegan a su destino antes de salir del origen no parece cambiar nada. Todo lo demás corresponde a la voluntad humana, que produce una amalgama involuntaria de probabilidades e incertidumbres y sólo se ejerce desde el presente, lo cual -no cantemos victoria- incluye cambiar el relato del pasado (creo que los científicos prefieren permanecer en silencio sobre esto, aunque los sociólogos y economistas usan disciplinas científicas no se sabe bien para qué).

Como todo lo local cuenta en el universo, tomemos por ejemplo el regreso de una leyenda de condena cumplida a la política activa de Cantabria, a la que no me apetece nombrar porque, sin querer conflicto con los nominalistas, es más un universal que un ego desatado y así tiene usted excusa para deambular por internet (la procrastinación es arte y cultura). Fue alcalde, luego presidente y luego fue condenado por corrupción. Creo que nunca sucumbió en las urnas, y eso le da argumentos para la vuelta: muchos admiradores se quedaron sin líder y la reescritura que no funciona como fantasía funciona como disfraz.

Los retornos, igual que las permanencias excesivas, acaban volviéndose chistes hasta para los electores más fieles, porque la repetición hace la farsa. Sin embargo, los emblemas del que fue a la vez súcubo e íncubo no se han ido nunca, así que el regreso puede ser más exitoso que la tozudez de la bola de billar usada por Nóvikov como símil, sujeta a un número ilimitado de tensiones previas que, si no hay ruptura, la conducen inexorablemente al mismo sitio a donde llegó en el futuro por mucho que repitamos el día de la marmota con variaciones impotentes.

Hay factores que, no obstante el peso de la ley, soportan la hipótesis, y de pronto puede salir de un agujero de gusano el esperpento montado en un semental de un millón de dosis y dólares, un patrimonio invisible, pero no inmaterial, que se renueva con los lamentos por la dilapidación del paraíso vacuno, si bien es sin duda superado por objetos más sólidos y rentables (la rentabilidad suele ser una desgracia para los pobres), como el territorio cercado donde los camellos bractianos miran pasar caravanas de emisores de CO2 o el Palacio de lo Sobrecostos Marmóreos inaugurado por un socialista (esta palabra tiene una supervivencia inusitada) que gobernó seis meses, compró una quinta para crear una pequeña Moncloa con sus recepciones culturales y todo, y luego, tras ratificar el poder del paradigma, fuese. La quinta está en venta, y creo que barata. El palacio fue reinaugurado por su gestador. Después, como en una película de los Monty Python, llegó la policía y mandó apagar la cámara.

Aunque más elaborado y tecnificado, el modelo permanece, salvo las vacas, y nadie ha implantado con éxito otras banderas ni conseguido votos por métodos diferentes. Los regionalistas, que colaboraron en la ascensión de la leyenda desde los tiempos municipales, triunfan haciendo de la imagen de su líder el emblema, siempre en coalición consigo mismo (ese juego macabro de la sucesión) y con otros (esa dulce flexibilidad autonómica) y luchando contra el tiempo por la victoria final. Otras presidencias pasadas –y, por desgracia, sus efectos- parecen fáciles de olvidar incluso en sus arrebatos antitabaquistas.

En cuanto a los que nunca han gobernado, la nueva izquierda ha envejecido tan deprisa que está rejuveneciendo a la vieja, y las nuevas derechas no lo son en absoluto y merecen artículos más siniestros que este, aunque el ensayo de anuncio del regreso quizá tenga mucho que ver con ellas.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Porticada

El gran rectángulo vacío no podía quedar impune. Se anuncia un plan espectacular para hacer que la gente venga a la plaza

Plaza Porticada | RPLl.

Sobre la entrada de la que fue última banca pública, las estatuas del hombre y la mujer, desnudos y negros, representan el ahorro y la beneficencia. Pese al rancio simbolismo y el escaso erotismo, el franquismo estuvo a punto de prohibirlas. Pero no alcanzaron tanta relevancia.

Creo que la plaza de Pedro Velarde, más conocida como plaza Porticada, nunca ha sido muy querida por los lugareños. Incluso dicen que, cuando se quiso poner allí el Ayuntamiento, el rechazo fue unánime entre los que podían expresarlo. El cuadro herreriano, inaugurado en 1950, procede de un tiempo en que era mejor no andar cerca de la Brigada de Investigación Social, por si los sótanos hablaban, aunque uno tuviese la hipocresía muy tranquila.

Sin embargo, no quiero pensar que eso fuera determinante para que muchos santanderinos (especie indefinida de gentes que nos cruzamos como musas de De Chirico con la constante referencia de la fachada de la Ribera; la bahía, por cierto, es muy bonita) lo perciban como un vacío metafísico entre el paseo, dos pasajes escalonados y el comienzo de la ladera urbanizada. Un lugar de paso: no una plaza.

Durante muchos años, lo atravesaban los coches, pero la peatonalización no aportó muchas ganas de quedarse. La exposición a los vientos tampoco ayuda. Es un lugar frío. Los que pasan adquieren la perspectiva de ir a alguna parte sin querer y con prisa. Produce un desapego marginal; ignora la mar, tan cercana; frustrado como lugar de encuentros, es un solar propicio para instalar carpas de eventos que, indefectiblemente, caen en la rutina.

Los únicos puntos humanizados entre los pórticos -que apenas se llenan los días de lluvia inesperada- eran y no sé si aún son el carrito de los helados, el de los perritos calientes, la churrería o la locomotora castañera. Creo que alguno de ellos ya ha pasado a la historia, esa ciénaga pareja a la que durante siglos anegaba la pleamar desde el muelle evitando las casas buenas empezadas a construir por los arribistas del XVIII, que dieron forma de ciudad inacabada a la villa de las dos pueblas, todo lo cual sería leyenda si no hubiera tres o cuatro dibujos, muchos asientos contables y algunas crónicas casi nunca muy consideradas.

La Porticada tuvo momentos memorables cuando el Festival Internacional de Santander instalaba allí su barraca. Luego llegó el Murallón de Festivales y ya no fue lo mismo, sobre todo porque no podíamos escuchar los conciertos desde la calle, bajo la atenta mirada del gris de gobernación.

Todo esto son estimaciones de columnista vago, muy poco contrastadas (así se construyen la mayoría de las opiniones, no nos engañemos), pero me parece evidente que la gente prefiere citarse en la esquina de correos.

El caso es que el gran rectángulo vacío no podía quedar impune. Se anuncia un plan espectacular para hacer que la gente venga a la plaza. De hecho, se anuncia el espectáculo, que es lo que quedará de valor electoral inmediato, fracase la obra o no. No es casual la idea, por supuesto, sino parte del proceso de liquidación social de la ciudad, es decir, la conversión de los espacios públicos en privados para permitir el desenvolvimiento del espíritu rentable absoluto.

El Ayuntamiento se propone cubrir la plaza con una cúpula, supongo que para darle entidad de centro comercial, facilitar el negocio del edificio de la Caja de Ahorros y crear otro ámbito hostelero con pretenciosas ofertas. De pronto -es broma- se han dado cuenta de que lo único capaz de cambiar el clima es el consumo desaforado. Por siniestro que eso suene, no les parece un aviso de catástrofe. Así que surgirá un invernadero lleno de tiendas, terrazas, bares, coartadas culturales, escaparates y pantallas fusión, fashion, crudas, cocidas y típicas con alternancia de lo caro y lo barato (créanme: va a ser todo caro), la bisuta y el diamante.

Imagino una vidriera protegida mediante ultrasonidos de las cagadas de palomas y gaviotas mientras, abajo, miles de sensores nos retratan para personalizar los anuncios animados de los pórticos. Es probable que algunos prefiramos la plaza que nunca hemos apreciado. Espero que el liberal Velarde no permita que el falso cielo reviente durante una surada.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Podemónium

¿Parodia de una tragedia o tragedia de una parodia?

‘Bronca por una partida’. Jan Steen (s. XVII).

Me da cierta pena escribir sobre el provinciano pandemónium de Podemos Cantabria porque las miasmas de esa ciénaga mínima apenas son comparables a las de otros partidos dotados de mejores blindajes informativos y expertos contables. Pero creo que los que vinieron como mensajeros de lo nuevo merecen no ser ninguneados cuando se pelean junto al abismo mientras cada bando en lucha asegura que todo está muy claro: los malos son los otros y la única solución es la victoria, o sea, la derrota.

La versión regional del partido de las líricas tentaciones (aunque Miguel Ángel Revilla les da cien mil vueltas en regionalismo y neoperonismo, y seguro que su sucesora lo hará aún mejor) ha conseguido, desde 2014 y repitiendo las mismas artimañas, alcanzar la excelencia en la práctica de la desmesura interna. Me refiero, por supuesto, a la conducta observable y sus consecuencias evidentes, porque los del exterior apenas podemos valorarlo desde la estética, que es el espejo de la ética, o así lo soñamos. Así lo entendían aquellos griegos enfrentados a sabiendas de que la culpa la tenía la Discordia, que había tirado una manzana de oro sobre la mesa de las apuestas divinas provocando un choque de orgullos y, sobre todo, de números, y lanzando a los inscritos a las sombras de la némesis. Entre lamentos por las ilusiones perdidas y la locura fatal, lo que entonces cantaba el esquivo Homero luego lo pondría Shakespeare en boca de un idiota (literalmente, un apolítico) porque no hay narrador inocente. Afirmo de paso que debemos recuperar el mejor invento de los atenienses: las votaciones de ostracismo.

Volviendo al podemismo (no dejaron en el nombre lugar para lo probable: ‘probemos’, podían haber dicho, pero tenían que imitar a Obama, a quien pocos recuerdan), se diría que la bronca entre facciones muy poco diferentes no es la parodia de una tragedia, sino la tragedia de la parodia del regreso a la ideología sin ideología, galimatías cuya autorreferencia parece fatigar cualquier debate que no pueda resolverse con aclamación de liderazgos en alegres, vistosas repeticiones fundacionales. Y, como cuanto más se repite un mantra, más falso es, nadie intenta aplicar la agonística de Chantal Mouffe (ya sabemos que no funciona si no crees en ella) y superar la idea del adversario como enemigo mediante la regulación del conflicto, por decirlo en la jerga de vocablos nuevos para cosas viejas. Sería muy fácil señalar que el problema reside en una ‘torpeza notable en comprender las cosas’, que es la definición de estupidez, pero todo apunta a turbios intereses, apego al poder y estupefacción del personal (¿cuántos quedan?) necesitado de imaginarios más allá y acá del repintado 15M, incluidos, me temo, los que piensan (¿y, de estos, cuántos hay?) que la política puede ser de otra manera menos dependiente de los despachos en disputa. Por lo visto, tanto colorido transversal y tanto edulcorante ocultaban rituales muy primarios

Louis Aragon hablaba de la capacidad del ser humano para destrozar lo que cree estar abrazando y de la frustración de los que se creen llamados a un destino singular, pero sospecho que, como ortodoxo caído en la ‘realpolitik’, no es muy leído en los parques de ninguna de las lealtades. Quizá lo que ocurre es que se han puesto a reflotar el Gran Significante de la Democracia Parlamentaria Partitocrática sin cambiar el significado, la forma ni el contenido; tres cosas que para mí vienen a ser lo mismo, porque yo, la verdad, me pierdo con la filosofía.

Desocupar espacios es muy difícil -Jorge Oteiza lo hacía muy bien- pero reocupar un baile de máscaras se me hace un tonto maquiavelismo: una contradicción en los términos.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan