En defensa de una pasarela

Tejados de Santander - RPLl

Ahora que se va a transformar el edificio histórico del banco de Santander en centro de arte y ocio, creo que es buen momento para insistir en que los que tienen poder de decisión sobre esas cosas deberían retomar la idea de construir una pasarela elevada sobre los Jardines de Pereda que conecte el Centro Botín con la terraza de la antigua sede de la entidad. Incluso se podría prolongar hasta la nueva sede, situada en la que lo fue del Banco Mercantil, en Hernán Cortés, y afianzar los lazos conceptuales y anulares de los planes de la Fase Superior de Compartimentación Urbana.

Ese diseño audaz de un camino amplio y flotante (acorde con los tiempos ‘ukiyo’ que corren pese a los anuncios de nueva recesión), además de añadir un atractivo espectacular para el turismo y reforzar la humilde y humillada terraza del edificio de Piano (mirador de metal y cerámica en rápida decadencia), le aportaría a la ciudad una visión de sí misma más distante y onírica, y la ayudaría a reafirmarse en el ensimismamiento sin lamentar el vacío de ideas y habitantes en el que sabe progresar y despersonalizarse desde hace años.

Propuesta de pasarela

Olas de estío

Esos atuendos serán disfraces cuando las motos acrobáticas sobrevuelen el dique de Gamazo

Man Ray. Paseo marítimo (1912).

Es la misma mar desde julio de 1847, cuando cambiaron oficialmente la manera de mirarla, el uso de las olas y el orden de los versos.

Anuncio de los baños de ola de Santander en La Gaceta de Madrid. 1847

El doctor Casallena sale del casino a punto de abandonar el hedonismo siguiendo el ritual perediano mientras, por un cronocapricho, no lejos de allí, en Piquío, ante otro mediodía, hora extraña para ese acto, una manicura de rara belleza se pega un tiro con el revólver de su amante. La síntesis entre el espejo con vaho matinal del amor romántico y la vana esperanza de encontrar un novio que la librase de la lima de uñas la condujo a lo que la prensa, conciliadora, omitiendo las artes del señorito de buena familia, llamará un malentendido casi fatal. Sobrevivirá para seguir viaje.

Que nadie se suelte de la maroma, señor, señora, y, si lo hace, que se aferre al bañero como si fuera el último en alquiler del verano. Las casetas rodantes están dotadas de toallas, esponjas, juguetes de coral, perfumes y cepillos para el pelo. Algunas tienen toldo y doble fondo. Las farmacias abren todo el día y las campanillas de las puertas no paran de sonar. La oferta incluye pastillas de opiáceos mentoladas y vinos quinados y cocainados.

Hay que paliar como sea los trajes de baño de lana. La lana es enemiga de la lujuria y forma con el agua y la arena una coraza pesada que lastra la libido; desazona, pero no calma el deseo. Se huye del sol casi tanto como se le buscará en el futuro, cuando la tecnología del ungüento se esfuerce para librar al bronce de la radiación. Las jóvenes suspiran bajo el valle inquietante del cielo arrugado de bochorno. Los futuros maridos posan en la baranda planeando la incursión nocturna en el burdel del Arrabal, el café Brillante o la chirlata de Puerta la Sierra. Ellas consienten porque el contrato familiar les impide saber que sus atuendos serán disfraces cuando las motos acrobáticas sobrevuelen el dique de Gamazo.

Se festejan los baños de ola para consagrar como tipismo un clasismo sin sombras plebeyas. José María de Pereda, reaccionario sincero, cuenta en ‘Tipos y paisajes’ que, mientras en el escenario se multiplican las apariencias, la plebe bulle en pelotas tras la cuarta pared de los arenales; y también, en ‘Nubes de estío’, relata los encuentros en las altas trastiendas para tratar de negocios que siguen siendo, como la mar imaginada, los mismos:

… dio lectura a una larga disertación, con latines también, en que se intentaba demostrar que las reformas actuales, que tantos caudales costaban ya al erario público, eran deficientes y absurdas; que se había cortado con miedo la bahía, y que era de imprescindible necesidad, para la conservación del puerto, sacar toda la línea de muelles construidos y proyectados medio kilómetro más al Sur.

-¿Otra tajadita más? -exclamó un oyente. (…)

-No es el caso el mismo -repuso el gran proyectista,- puesto que ustedes desaprobaban la reforma porque robaba mucha bahía, y yo la declaro absurda porque no roba todo lo que debe.

-Pues por mí -dijo el otro,- que la roben de punta a cabo; ¡para lo que queda ya de ella!…

-(…) Ah, señores: si supiérais vosotros, como yo sé, lo que son los hilos de corriente, y la ley maravillosa de las arenas en suspensión! ¡Si supiérais, repito, que es un hecho, comprobado por la ciencia, en sus cálculos de gabinete, que cuanto más angosto es un canal, mayor es el tiro de la corriente, y mayor la cantidad de sedimentos que se lleva consigo!

-¡Vaya si sabemos eso! (…) Y aún sabemos algo más: sabemos, sin habernos costado grandes vigilias ni cuantiosos dispendios; en fin, lo que se llama de balde, que cuando la anchura del canal sea cero, no entrará en él un mal grano de arena… ni tampoco una gota de agua.

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Divorciados

Él hojeó los folletos y dijo que no. Quizá le asustaban las expresiones individuales captadas a pesar de la masa militarizada.

 Exposición ‘1917’. Centro Pompidou-Metz, 2012. | RPLl.

Después de entregarle los hijos a su exmarido para que los llevara a comer helados con arena a la escollera, la mujer le ha oído decirles, transmitiéndoles ilusión adolescente, que van a representar el desembarco de Normandía en El Sardinero y tienen todo el verano para preparar los disfraces. Y ella entonces ha deseado que la mar se coma toda la playa lamiéndola con furia hasta dejar sólo las rocas con su verdad desnuda y se ha acordado del punto álgido de su proceso de ruptura.

Fue durante unas breves vacaciones en Francia. Como si la familia presintiese la tormenta, los hijos estaban con los abuelos. Ella quería ir a Reims, ver la catedral incendiada en 1914, las gárgolas que habían vomitado plomo fundido. Él quería participar en la parafernalia de visitas, itinerarios y actividades organizada para explotar el desembarco en las playas renombradas por los generales. No había tiempo para las dos cosas.

-Por lo menos la de Omaha, la más sangrienta…

-No te hagas ilusiones -dijo ella-: ya retiraron los cadáveres y la metralla, excepto los microfragmentos, que todavía se detectan.

A él no le interesaban las tumbas que, en mareas quietas de cruces, convertían el fragor de la batalla recordada en homenajes, lentas reflexiones sobre la supervivencia y fotografías de ancianos condecorados, sino las recreaciones inmediatas de las acciones heroicas, ágiles y precisas (también se cree las cualidades selectivas de las bombas sobre el Yemen) tan celebradas en la industria de la propaganda y el espectáculo.

Ella propuso una alternativa. En el Centro Pompidou de Metz había una exposición que recogía el arte europeo del año 1917. Una pareja mejor avenida se la había recomendado. Decían que mostraba la esencia del conflicto a través del arte producido tanto en las retaguardias como en las trincheras. Había altares de obuses, camuflaje (los dibujos, diseños y obras de la sección especial creada por el militar acuarelista Guirand de Scevola: soldados que lucían camaleones en las casacas), cuadros y esculturas de artistas movilizados o huidos, carteles, cartas, portadas de libros…

Él hojeó los folletos y dijo que no. Quizá le asustaban las fotografías de las muecas sin maquillaje de los derribados, las máscaras antigás rotas entre las ruinas y las expresiones individuales captadas a pesar de la masa militarizada.

En cada cartucho labrado con filigranas por los reclutas a punta de bayoneta había horas de espera en los intestinos del paisaje enfangado. La llamaban, mientras duró, «la última de las últimas guerras», pero sólo era una ensayo general, un preludio cuyas imágenes apenas habían empezado a controlar. Luego la llamaron Gran Guerra mientras preparaban la siguiente.

Él nunca hacía caso de las sombras sobre las postales oficiales. Quería trotar por la arena en un jeep de los años cuarenta, fotografiarse con casco y prismáticos junto a un búnker, ante los restos de un nido de ametralladoras explicados en paneles antivandálicos, codearse con coleccionistas de soldados de plomo y maquetas de batallas.

En la publicidad, compartían página una ceremonia religiosa para visitantes de todos los bandos y un tipo vestido de soldado Ryan haciendo volar una cometa vigía sobre el mar que ella, solapando la actualidad, imaginó lleno de refugiados invisibles.

No fueron a la exposición sobre 1917. Tampoco a Reims. Tampoco hicieron la ruta del desembarco pese a que él le juró a ella que no se lo perdonaría jamás. Una fuerza irresistible les impedía hacer planes por separado si no era llevándolos al extremo.

Poco después del regreso, llegó el vacío postbélico, la angustia de la falsa paz de desfiles y rituales. Se separaron pocos meses después.

Ahora, ella mira con rabia el mundo municipal centrado que va a importar el espectáculo como uno más de los atrapamoscas temáticos que se anuncian para el verano.

Habrá gastronetas, barracas y templetes durante la representación de la batalla; raciones de campaña, discursos por la concordia y muchas salchichas fáciles de tragar enriquecidas con abundante dextrosa y datos precocinados a la medida de las expectativas mayoritarias.

Su exmarido va a sentirse victorioso.

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Raras artes

Me hace gracia que las galerías de arte contemporáneo dicten medidas contra un tipo de ofensa tan impreciso como la definición de su producto comercial

Sir Lawrence Alma-Tadema. Galería de arte (detalle) (1866).

Lo más nuevo en estrés -mientras llega la invasión de holografías- es permanecer en una parada de autobús al lado de una mampara-pantalla que exhibe a toda velocidad anuncios en colores brillantes. Ya saben: ese brillo de delirio de ciberurracas que tanto se acomoda al gusto por obtener emoción puliendo lo trivial, dorándolo y abofeteando con el espectáculo de la opulencia al privilegiado obligado a madrugar por la maldición del trabajo. Luego, uno se sube al autobús y encuentra pantallas colgadas del techo que le impiden ver por las ventanas la verdadera ciudad. Me consuela pensar que los turistas se creerán que han venido a ese lugar inexistente de logo azul borroso con rayas de calima dentífrica: que se fastidien en su perversión de voyeurs platónicos voluntarios.

Es martes, pero parece lunes porque, una vez más, la Virgen del Mar fue rescatada de manos de los piratas frisones. Por suerte, casi todos los pasajeros llevamos minipantallas que creemos alternativas (hay algunas probabilidades de elección y dispersión) y a la mía llega un tuit que afirma que Okuda San Miguel ha comenzado a ser contestado en Madrid. Un avance más en una carrera meteórica. «Tu streetart me sube el alquiler», han pintado profanando sus colores. El anglicismo me sugiere que el autor no es ajeno al mundo del arte. Quizá se trate de un desheredado del éxito, un marginado cercano a la artesanía del resentimiento aliado con los olvidados para señalar desde abajo lo que funciona arriba: la unión sagrada entre el arte y el dinero.

El caso es que, mientras pienso en Okuda y sus opiniones («paso del mercado del arte y paso del capitalismo»), se me aparecen, como una llamada a la moderación, las bases de La Feria Internacional de Arte Contemporáneo, Artesantander, que celebrará dentro de un mes su 29º edición y ya ha empezando a anunciarse.

El reglamento para las galerías solicitantes considera motivo de expulsión algo que llama «atentado contra el buen nombre del galerismo». Tampoco acepta «obras muy restauradas, dañadas o transformadas» o «incluidas en la categoría de artes aplicadas (cerámicas, etc.)».

A falta de saber lo que es un buen nombre, me hace gracia que las galerías de arte contemporáneo (que intentan, a veces desesperadamente, sacar partido de una burbuja creada por museos públicos y privados, casas de subastas y grandes coleccionistas-inversores asociados a grandes fortunas y entidades financieras) dicten medidas contra un tipo de ofensa tan impreciso como la definición de su producto comercial. Y la ocurrencia de los materiales me parece una versión timorata del postureo que los ortodoxos heterodoxos (aquellos que lamentaron el urinario de R. Mutt sólo el tiempo necesario para hacerlo rentable) deberían condenar como un regreso al sagrario académico. Al rechazar actitudes y materiales carentes de una supuesta nobleza estética, se excluyen vastas áreas del objetivo proclamado: «la promoción de artistas y venta de obras y ediciones de arte contemporáneo de los siglos XX y XXI» y ofrecer «una visión representativa de la creación artística» de esa época. No se aceptan autoburlas ni readymades de loza. Ni (aunque sueñen con ello) un cuadro de Banksy autodestruido en el momento cumbre. (No. Banksy no es Okuda. Banksy no pasa del mercado ni del capitalismo.)

También está prohibido presentar obras adquiridas por correspondencia. (Petardea la moto de un currela cargado con una caja roja pseudografiteada. Es inútil: nadie es inocente.)

Hay otro apartado en la feria -‘Visiones urbanas’, lo llaman- que pretende -y es loable- conectarla con «la calle» exponiendo obras en espacios públicos del centro de la ciudad, donde no creo que suban los alquileres, pero es inevitable que esa faceta acabe sumergida en la contaminación visual de una publicidad que bebe de las mismas fuentes y estilos: los artistas son los mismos y estudian en las mismas escuelas. La pura presencia estética, que sólo se anuncia a sí misma, huérfana de marcas, resulta monocorde, pobre, de presencia incomprensible: ni siquiera es antipublicitaria; sólo se une a la fiesta de pantallas y paneles y está indefensa porque necesita ser explicada.

Tanto esfuerzo contradictorio por huir del conflicto y anegar en paz el arte de las rupturas neoliberales (Okuda no puede huir del mercado aunque huya de las galerías, pero quizá no lo sepa; Artesantander intenta entrar con más fuerza en la poderosa burbuja que no controlan los galeristas) hace que ni siquiera prosperen las performances inesperadas.

El año pasado una artista acusó a un galerista de agresión. Incluso afirmó haber presentado denuncia. Los medios no se hicieron mucho eco (en Cantabria, ninguno) y seguimos sin saber en qué quedó el incidente o si la representación fue adquirida en pleno desarrollo y restringida al ámbito de una colección privada de escenas clásicas.

El dinero dignifica al arte impopular y rentable mientras lo presenta como un arte sin excusas que a veces se permite ilusionarnos. Pero en estos pagos se blindan con tibieza aun sabiendo que nunca se producen impactos reseñables. Ni siquiera cuando la Fundación Botín expuso el «Spit on Franco’s grave – Laughing girl» de Paul Graham hubo un amago de polémica: hay espacios que tienen bula. Eso sí: el título lo dejaron en inglés.

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La ruta de El Havre

Ahora me gusta aún más la ciudad normanda porque nos ha enviado un precedente en forma de buque que allí han rechazado.

Entrada al puerto de El Havre | RPLl.

El carguero ‘Bahri Yanbu’, repleto de armas belgas con destino a la guerra que Arabia Saudí mantiene en la República del Yemen, ha hecho escala en Santander después de serle negada la entrada en El Havre a causa de las protestas y acciones administrativas de varias organizaciones de defensa de los derechos humanos. Según la ONU, los bombardeos saudíes han provocado más de 10.000 víctimas entre la población civil; según informes de la Unión Europea, la cifra es mucho mayor. El barco ha seguido rumbo después de permanecer durante varias horas atracado en el muelle de Raos.

Me gusta El Havre. Me parece una ciudad sincera que conforma su imaginario sin artificios: la luz fronteriza, los falsos amaneceres y toda la lluvia impresionista que han recibido sus calles cartesianas desde las dársenas hasta los edificios surgidos después de los bombardeos; y, sobre todo, la perplejidad que produce el abra inmensa, gris boreal, casi una contradicción sólida del océano frente al extrañamiento constante del tránsito portuario.

El centro urbano es una reconstrucción postbélica, una historia sin historia, pero no intenten relacionarlo con las consecuencias del incendio santanderino si no es como prueba de que las cosas se pueden hacer de modos muy distintos. Los barrios populares han sufrido la llamada crisis, las especulaciones, las gentrificaciones, pero no lo han hecho sin respuestas y, por lo menos, el conjunto no se parece demasiado a la comunión de aburrimientos e injusticias que aquí solemos cultivar.

Aki Kaurismaki puso en esos muelles el dedo en la llaga de los refugiados con una película que lleva el nombre de la ciudad. Hay tradición contestataria y no sorprende que, de vez en cuando, un grupo de vecinos vapuleados por el orden de las cosas se organice contra la insolidaridad.

Ahora me gusta aún más la ciudad normanda porque nos ha enviado un precedente en forma de buque que allí han rechazado.

El príncipe heredero de la monarquía absolutista árabe, Mohamed bin Salmán (acusado, como fiel representante del régimen, de ordenar asesinar al periodista Jamal Khashoggi), regaló a Felipe VI, con motivo de una visita oficial en abril de 2018, unos gemelos, un reloj, un anillo, una pluma estilográfica y un rosario, y a la reina Leticia un collar, una pulsera, unos pendientes y un anillo; sus hijas recibieron un reloj.

El presidente de Francia, el muy ciudadano Macron, complaciente con los reyes del petróleo, ha comprobado que una parte de la opinión pública todavía es capaz de ejercer presión contra lo que siente excesivo incluso si la mayoría ha votado por un gobierno cómplice.

En el norte de Francia son frecuentes las protestas contra los Centros de Internamiento de Emigrantes. Tal vez tienen más presente el recuerdo de los campos de concentración que aquí, donde muy pocos parecen recordar que hubo uno en la Península de la Magdalena y se aplaude que las vallas portuarias sean cada vez más altas. La empresas se quejan de que polizones procedentes de los mismos países donde obtienen gran parte (la parte más barata) de sus mercancías hacen inseguro el negocio, lo cual equivale a decir que encarecen el blindaje del paraíso liberal. Las guerras que subvencionamos, junto al hambre y las epidemias, producen migraciones desesperadas. La valla del puerto de Santander, ineficaz ante la desesperación, va a ser estúpidamente ampliada para reforzar su ineficacia con mayor sufrimiento. Mientras, las armas se saltan los controles.

Durante la guerra civil, Santander, como El Havre poco después, fue bombardeada varias veces. Parece que aquí hay muchas más personas desmemoriadas que allí. Gracias a El Havre hemos tenido una oportunidad de ser europeos en el mejor sentido del concepto -en los peores, ya somos expertos- y la hemos dejado pasar sin miramientos.

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El cartel

Una imagen vale más que mil telediarios

Sabíamos que el presidente de Cantabria puede estar en varios sitios a la vez y además gobernar, descubrir la condición moral de un comprador de equipos de fútbol con sólo mirarlo a los ojos e incluso crear un superpuerto de la nada abriendo los brazos ante la multitud y declarándolo un lugar señero en el universo para entregarlo después al olvido con sólo cerrarlos. A nadie sorprenden esas cosas desde que a Aureliano Buendía lo llevaron a conocer el hielo.

Quizá los actos del político eternamente emergente no tengan el valor literario del realismo mágico, pero no puedo evitar atribuir en gran parte la consecución de un diputado en el Congreso a la utilización fetichista de un parecido más inducido que cierto entre el líder y el candidato en un cartel de campaña exitoso en todo el estado y recibido en general con más simpatía que aquella foto hermanadora de Rivera y Sánchez firmando un acuerdo siniestro y, me temo, persistente.

El diputado electo del PRC tiene su propia personalidad y no hace falta restarle ninguna presencia propia. Pero eso, en la ruda realidad electoral, no tiene importancia. Lo que importa es la imagen o, mejor dicho, la voluntad de representar lo que los votantes queremos ver incorporado mediante sortilegios a lo que los partidos quieren que se vea proyectado desde su mundo platónico. Los aparatos políticos, a su vez, son una proyección de otro mundo aún más platónico, y eso también lo sabemos desde que el coronel Buendía decidió dedicarse, durante las derrotas cíclicas, a hacer pececitos de oro.

Digan lo que digan los socios de gobierno ninguneadores y la oposición, si en el cartel hubiera aparecido una foto repetida del presidente, habría perdido votantes por abuso de entidad. Si se hubiera hecho acompañar por un actor disfrazado para imitarle, hubiera sido un esperpento. El caso es que, como de verdad no se parecen ni se imitan, sabemos que el diputado elegido es el embajador perfecto en la tradición del pseudoperonismo autonómico: la campaña les ha salido redonda presentando a un mensajero sin máscara, pero con el eco de la radiación de fondo del presidente; cuando lo imaginado se convierte en recuerdo, todo funciona mejor.

En medio de la confusión triunfal (ha ganado la hidra proteica y celebran que apenas haya inclinado una cabeza), ante las salmodias verbales e icónicas de la propaganda, parece que lo llamativo es una apariencia que no hace sino mantener la tradición del mercado regional: la cilla marca el quesuco como la poesía discute con la mímesis. Eso se sabe -imagino- desde el primer falso dilema de Altamira.

El doblaje del presidente en los carteles tiene las diferencias justas para no caer en el esperpento, el miedo atávico a los ‘doppelgänger’ (no sé si esos dobles maléficos que caminan junto al original tienen correlatos en la mitología cántabra; si no los tienen, urge inventarlos) o la desconfianza hacia la clonación humana. Es lo suficientemente distinto para no poder ser tomado por la misma persona o un reflejo en un espejo más o menos deformante, y lo suficientemente parecido para complementar el recuerdo del líder experto en presencia televisiva. Sospecho que no tardará cualquier programa de los que frecuenta en sacarlos a los dos juntos, o por lo menos en proponérselo; supongo que aceptarán y producirán un debate con audiencia entre detractores y defensores. Quedarían mejor haciendo de Groucho y Harpo en el falso espejo de ‘Sopa de ganso’, pero creo que eso es mucho pedir.

La especialidad del partido radicalmente moderado y extremadamente emotivo que ahora celebra su avance y busca la hegemonía del mercadeo (con permiso siempre de la banca, la construcción, el turismo y la hostelería) es mantener lleno el espacio visible con el líder irreemplazable(¡?), inimitable e irreprochable y asociarlo a la esencia del cantabrismo cimentado en una idea de región que suma tanto la milenaria inexistencia como el conformismo invertebrado, si es que existe algo parecido entre las nieblas que descienden sobre las brañas. Es el marco aceptado y homologado desde las manifestaciones fundacionales de la autonomía y corroborado por la debilidad de otros intentos. Ese cartel ha valido un diputado.

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Fugas

Tenemos nuevos motivos para emprender fugas y pasearnos entre muebles de diseño mientras lamentamos el fin de los bosques sagrados.

‘Fuzzie’s Overnites’, de Jim Shaw. | RPLl.

Hablemos de imaginarios. Los bruseleses tienen ‘zwanze’ («el que se ríe de sí mismo tiene la diversión garantizada», dicen), pero los cántabros tenemos retranca, una especie de doble fondo que sirve de consuelo y paradoja existencial: no se me ocurre manera más amable de decirlo. Les pedimos a los políticos que exijan trenes rápidos y conectados a todas las redes para que vengan turistas, se instalen franquicias, podamos exportar toneladas de liebanucas y gocemos de empleos cíclicos como cometas; pero, en realidad, lo que queremos es poder largarnos en cuanto tengamos un rato a pasear por la expansión cantábrica y más allá.

Ya que el ensanche no llega a nosotros, queremos ir nosotros a la Macrorregión donde abunda la oferta y nadie pregunta por el origen de la demanda. Me refiero a los que tengan empleo; a los otros les quedarán la bahía, la conciencia de promontorio, las brañas y el televisor. No poseemos televisión propia, carencia que podría ser dolorosa si el presidente no saliera tanto en todos los canales para recordarnos que somos enormes. Quizá por eso la alternativa puede ser un miembro menor de la farándula con (im)postura más urbana.

Encima, el líder ha insinuado que esto está lleno de psicópatas incendiarios. Así que tenemos nuevos motivos para emprender fugas, aunque sean pequeñas escapadas, y pasearnos entre muebles de diseño nórdico (los nórdicos de aquí somos nosotros, pero eso no cuenta, y los más rebeldes dicen que nunca debimos salir de montañas y marismas ni acudir a la llamada de los mineros, consignatarios, harineros y baristas) mientras lamentamos el fin de los bosques sagrados. «Eso no es madera», decimos al pasar por caja, y nos vamos contentos con el módulo ropero a cuestas.

Creíamos que los incendios se provocaban por cuestiones económicas, tradición, venganza u ordenación del territorio, pero interesa cultural y electoralmente achacarlo al horror de la plenitud del bosque acelerado por los vientos de la locura.

Mientras escribo esto hay 17 fuegos activos. Me da pavor imaginar una legión de alienados que saben de dónde sopla el ábrego. Parece que los pirómanos replican a la pseudopsiquiatría de un modo muy bien organizado. Ellos también votan, y la fuerza presuntamente más progresista propone crear una empresa pública para paliar el fin de un mundo que no encuentra reemplazo. Cada uno huye como puede; algunos incluso se adentran en el humo. Me había propuesto desdeñar niveles tan banales, pero si aparto la mirada de los titulares de precampaña me vienen a la mente los figurantes enajenados de la playa de los Locos (el viento, el viento…), las alucinaciones risibles de la niña de Altamira (la película) huyendo hacia una prehistoria y una historia de atrezo, el monstruo del pantano del Ebro y los plumeros de la pampa asfixiando espejismos. No es que sea una pesadilla, pero se mezclan la pena y la risa.

Queremos un tren rápido y barato que nos permita fugas diversas con rituales variados, con excusas y sin ellas, que nos lleve a parajes en los que, al apearnos, cuando nos pregunten (somos raros por ser tan poco raros que siempre nos preguntan), digamos que venimos del cortafuegos incendiado aunque se nos queden mirando con dudas, primero para entender quiénes somos y luego, al iluminarse, nos digan: «los cántabros, qué poco os parecéis a Revilla».

Quizá sea mejor la guasa belga que nuestro disimulo. Desde luego, es más rentable. Pudimos volvernos como ellos, pero sólo nos quedamos con las casas de Solvay que se ven desde las vías de la SNCB rodeadas de vacas frisonas. Las vacas ya no están aquí (culpemos a Bruselas: esa ciudad acepta todas las faltas), pero los locos siguen quemando bosques para hacer pastos o vaya usted a saber qué corduras pretenden.

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