Icónico Piquío

Se está hablando mucho de la despersonalización de Piquío, lugar distintivo de Santander. Están borrando su identidad, dicen, y no lo dudo, pero me resulta difícil entender qué es exactamente lo que se está borrando y cuándo comenzó a desaparecer esa supuesta identidad, a qué identidades sustituyó a su vez y con qué argumentos las constituyeron.

Piquío era un roquedal adentrado en la mar donde se construyó un baluarte de piedra, al que llamaron castillo, cuyas ruinas desaparecieron a principios del siglo XX. Para entonces ya era mirador y objeto de postales, una terraza ajardinada y un balcón sobre las playas y la bahía.

Hace pocos años, cuando el santanderismo del lugar parecía fijado para siempre, las baldosas fueron reemplazadas por una pasta azulgrís de baja estofa que se agrietó enseguida, como pintando una abstracción identificativa de la ciudad. Por aquel entonces, el vecindario y los veraneantes tradicionales ya empezaban a inquietarse por los avances de la desgentrificación. Ese término tiene poco uso, pero se está haciendo necesario a medida que algunas élites debilitadas sufren los empujes del liberalismo que aplauden.

A mí me parecía que el efecto ajado tenía la belleza irónica de la realidad, me resultaba una conceptualización de la urbe digna de aprecio, pero ahora lo están reparando y temo que va a ser peor, o sea, que ni siquiera va a cabrearme.

Los emblemas aceptables para la lógica trifonte de las instituciones oficiales, el imaginario instituido y los intereses económicos pretenden aglutinar lo histórico, lo canónico y lo funcional con rendimientos simples y rentables que mantengan el giro de la doble hélice que coordina negocio y propaganda. Lo pretenden y casi siempre lo consiguen: invierten en los medios para ello.

Pero creo que conviene no olvidar que, si no nos convence la visión establecida, somos libres de elegir las nuestras, incluso multiplicándolas, jugando con las variaciones y apostando por lo mas subjetivo.

Por ejemplo, hoy me apetece destacar que, para mí, Piquío es, entre otras cosas, el lugar emblemático donde, una mañana de finales de julio de 1927, la joven manicura griega Sonia Mármara se sentó frente al mar y se disparó bajo la barbilla con la pistola que le había robado a su amante.

La herida no fue mortal. La pareja se había conocido en San Sebastián. Llevaban dos días alojados en la fonda La Provinciana, calle de la Blanca 12, cuando él recibió aviso de la llegada inminente de su familia y decidió volver al redil. Aunque algún reportero trató de convertir a Sonia, una trabajadora ambulante, en una seductora legendaria, enseguida se impuso el estereotipo de “una mujer de temperamento exaltado, histérica sin duda”, cuya letra de convaleciente tenía “las características grafológicas del histerismo”. Como todavía no podía hablar, escribió: “Quería morir, me ahogaba; le quería mucho”.

El hombre, según la prensa, era “un joven respetable” que sólo quería volver con los suyos después de un devaneo. Al fin y al cabo -me atrevo a leer entre líneas- había preferido el disimulo del juego seductor y la teatralidad de la pensión discreta a los burdeles baratos de la cuesta de Gibaja o los más elegantes del Arrabal.

Sonia se curó y recuperó la voz. Agradeció los cuidados recibidos, explicó que, más que a una pasión amorosa, su desesperación se debía al desánimo, el hastío, la falta de ilusión y de afectos, y que tenía intención de regresar a su país.

El otoño y el invierno son fardos provisionales en la ciudad turística; la primavera, un preludio cosmético del caos. Todavía estamos en febrero y ya se pregona la riada de privilegiados y asalariados temporeros, lujo auténtico o fingido y precariedad laboral. Entre los espectáculos, seguirán cayendo al cauce anonimizador de la estación más grávida del año las crónicas trivializadas de nuevos engaños y desengaños.

Los monstruos de Edison

Mientras me documentaba para escribir sobre las venus dormidas, me topé con unos cuantos artilugios curiosos o siniestros, pero el que aparecía con más insistencia, como un mal sueño, fue la muñeca parlante comercializada durante poco tiempo por la Edison Phonograph Toy Manufacturing Company. A pesar de los esfuerzos del inventor, más marrullero que ingenioso, es un fracaso muy recordado. Medía medio metro de altura, tenía la cabeza de porcelana, el tronco de metal y las extremidades de madera, y llevaba en su interior un fonógrafo de discos de cera que se accionaba con una manivela.

En las navidades de 1889, el prototipo de tecnoemprendedor agresivo -tiene poderosos sucesores-, de promoción por Europa, le regaló una de esas muñecas a la archiduquesa Isabel María de Habsburgo, de seis años, hija de Rodolfo, príncipe heredero del Imperio austrohúngaro que, en enero del mismo año, había aparecido muerto junto a su amante, la baronesa de Vetsera, en el pabellón de caza de Mayerling. Se han vertido ríos de tinta y cortinajes de celuloide sobre ese capítulo de las miserias imperiales. Quizá para conectar el juguete con la tragedia, el obsequio, una versión especial, recitaba una oda al emperador, pero la mayoría de los 600 000 autómatas fabricados en Orange (EE. UU.) y distribuidos por todo el mundo cantaban canciones infantiles y proclamaban amor filial.

Aunque la prensa española se hizo eco del regalo y anunció el juguete, no he conseguido averiguar si alguna de ellas llegó a Santander en los veraneos cortesanos de la época. Me gusta pensar que sí. No creo que la pequeña masa viajera de aristócratas y burgueses ennoblecidos se librase de caer en la tentación de distinguir a sus retoños entre las medianías veraneantes. Debió de ser -si tal cosa ocurrió- hacia 1890 cuando irrumpieron las voces de aquellos pequeños monstruos rígidos entre las conversaciones, bajo las sombrillas de los paseos, en los círculos de las terrazas.

La muñeca de Edison hablaba, pero el encanto no duraba mucho tiempo. El calor derretía los registros y las nanas se volvían llantos entrecortados, chillidos, maullidos rabiosos. Quizá fueron la primera banda sonora de los cuentos de terror. Podemos imaginar a los niños gimiendo de decepción, aprendiendo la frustración de los juguetes rotos antes de ser olvidados, la inquietud de los humanoides desarticulados, el miedo que dan los payasos, la herencia de las pesadillas de la princesa huérfana.

Veo esta anécdota mínima de la historia del consumismo como una prefiguración del automatismo de los desfiles, la relojería criminal, la exaltación de la estupidez, un sarcasmo dadá avant la lettre: el rey Ubú de Jarry -quizá una de las representaciones del poder más identificables en la actualidad- ya andaba por allí, entre los juguetes caros de hoja de lata, pintados y articulados en espera de la mecánica multiplicadora.

El monstruo de Edison apenas dejó atisbar -su creador procuró borrarlo de las memorias mercenarias- en el paraíso del estío la sombra brutal de la tecnología edulcorada, amigable, inevitable, que compramos cada día tratando de olvidar la ambivalencia de los mecanismos que dirigen los misiles y a la vez soportan los cuidados, la belleza y las ideas.


Enlaces relacionados:

The Epic Failure of Thomas Edison’s Talking Doll

Listen to the creepy voices of Thomas Edison’s talking dolls

Bajorrelieves en busca de justicia

Una concienzuda investigación ha sacado del olvido los bajorrelieves de Jesús Otero Oreña (Santillana del Mar, 1908-1994) que, a la vista de cualquier transeúnte, decoran el antiguo Palacio de Justicia de Santander (actual sede de los Juzgados de lo Social, plaza Juan José Ruano 16), inaugurado en 1961.

No es broma, pero hay que matizar la penumbra: a pesar de lo improbable de la afirmación, todo parece indicar que nadie, entre quienes deberían hacerlo, se acordaba de ellos. (¿Que quiénes deberían hacerlo? ¿Alguien pretende que ponga aquí una lista y la someta a consenso?)

El libro de Javier Gómez-Acebo y Jesús Ortiz se enfrenta a una desmemoria que no es reciente. Desde su construcción, aparecen en la prensa pocas alusiones a los bajorrelieves y, ya en 1979, un reputado periodista los obviaba lamentando la ausencia de obras importantes de Otero en la capital de Cantabria. Así, aparte de que nunca debieron de estar presentes en los ánimos cotidianos de la ciudad, se desvanecieron en los mapas culturales.

Empezaré por lo tangible aunque parezca trivial. Los bajorrelieves nacieron literalmente arrinconados. Están en los tabiques perpendiculares a la fachada que dividen la entrada norte del edificio, a la cual se accede por una escalera bastante inclinada. Apenas se ven si se miran de lejos y, al aproximarse, las contrahuellas de los peldaños acaparan la atención: amenazan con malas caídas. Una vez arriba, los cuadrados labrados quedan demasiado cerca y altos para que el visitante inadvertido repare en el conjunto. Además, se trata del acceso a un juzgado; hay un trasiego constante de público; uno puede ir con cierta frecuencia durante años por tener un trabajo dependiente de la burocracia -es mi caso- sin apreciarlos. Es una pobre excusa, por supuesto, pero todo resta. Exagerando la perspectiva histórica, se diría que esos apólogos de la justicia, cargados de símbolos y mitos, a la vez sintéticos y expresivos, no fueron encargados para ser contemplados e invitar al descifre y la reflexión, sino por seguir la costumbre de anular el miedo al vacío con el prestigio del arte aunque la voluntad comunicativa del artista se reduzca hasta pasar desapercibida.

No obstante, resulta evidente que la causa primera del ninguneo fue, en principio, la militancia comunista del escultor, responsable durante la República del patrimonio artístico de su villa natal, luego detenido por el franquismo, condenado a muerte, encarcelado una vez conmutada la sentencia, represaliado y siempre sospechoso. A pesar de todas las trabas, Otero pudo reconstruir su carrera cuando el régimen, derrotados los fascismos en Europa, cambió de aliados y se sintió obligado a actualizar las apariencias.

El hecho de encomendar a un artista con antecedentes subversivos la elaboración de alegorías para una sede judicial debió de generar desconfianza en algunos sectores de las letales fuerzas vivas de la época. Si Otero se permitió introducir rostros, modelos, alusiones o mensajes privados de contenido contestatario, dudo que las autoridades se percataran de ello y no destruyeran la obra. En todo caso, me atrevo a decir que en el largo olvido concurren más factores que los recelos sobre sus intenciones.

Superada(¡?) la dictadura, los murales siguieron desaparecidos durante la Transición, sin moverse de su sitio, ajenos al guión asfixiante de la monarquía y sus nuevos y viejos actores. Eso también resultaría emblemático (hay que romper la banalización de esa palabra) si valiera la pena hablar de ello.

Con el paso de los años, el desinterés original se fue impregnando de contemporaneidad. La abundancia de iconos en la sociedad del consumo espectacular hace muy difícil reparar en el arte público si sus obras no son imponentes ni estorban la vista de otras cosas, no relampaguean en las guías ni anuncian o fingen anunciar algo o no gozan de fama en la identidad pregonada de los lugares. En una sociedad ruidosa, apresurada y abigarrada, los elementos que no son reclamos activos suelen pasar desapercibidos tanto para las personas que conviven con ellos como para el turismo de denominadores comunes y terraceos.

La investigación que han llevado a cabo Gómez-Acebo y Ortiz, basada en notas y bocetos del autor, testimonios de familiares y allegados y publicaciones, demuestra que los bajorrelieves de Otero, pequeñas parcelas de piedra que demandan estética y justicia, merecen la atención que nunca tuvieron.

Santander, 1922: galimatías espiritista en Ruamayor

—Pero es extraño el número de hombres ilustres que sostienen las teorías espiritistas. (…) Hoy el espiritismo está extendido, crece de día en dia. Se multiplican los adeptos, se devoran los libros que exponen sus teorías y se buscan los fenómenos que pueden estar al alcance de todos. Para mí lo bueno que tiene es el ser una religión experimental, puesto que no exige la fé ciega y arbitraria. Todos podemos investigar, buscar. El fenómeno está a nuestro alcance.
—Pero la explicación, no.
—Tratemos de buscarla. (…) El fenómeno existe;
una vez que nos acercamos y lo conocemos nos
incita a seguir buscando. Para muchos llega a ser
una necesidad.
—Para otros un juego, donde encuentran emociones.
—No te lo niego.
— Además no faltan los farsantes que aprovechan la oscuridad de las sesiones y que, para gozarse
en la sorpresa de los otros, fingen fenómenos que no existen.
— ¿En qué religión no encontramos falsos sacerdotes?
— No eleves a religión el espiritismo.
— ¿Qué más da el nombre? El hecho es cierto.

Carmen de Burgos (Colombine). El retorno: novela espiritista (basada en hechos reales). 1922.

La vieja idea de que los espíritus pueden interactuar con la materia y expresarse de un modo comprensible para los vivos se actualizó en el siglo XIX con un vocabulario pseudocientífico y ritos extrarreligiosos. En algunos ambientes progresistas, se vio como un modo de combatir en su terreno el dogmatismo de las religiones tradicionales, es decir, una liberalización de la relación con los fantasmas. En otros, menos pretenciosos, se popularizó como un juego de sociedad válido para creyentes y escépticos, a la vez solemne y evasivo.

Poco después de que Colombine publicase la novela citada, se celebró en Santander un juicio relacionado con una pretendida intervención del más allá cuya sentencia, dictada el 7 de diciembre de 1924, apenas mereció una gacetilla:

RESULTADO DE UNA VISTA EN LA AUDIENCIA.

Como recordarán nuestros lectores, hace días se vió en la Audiencia la vista de la causa seguida contra doña Margarita Capdevila Diego, don Eduardo Iñigo Diego, doña Bernarda Neira Calvo, doña Margarita Iñigo Capdevila y la señorita Luisa Caso Casas, por el delito de asesinato, rebajado luego a homicidio en grado de tentativa, y por dos delitos de estafa.

La causa provocó gran interés, interesándose la opinión pública en el desarrollo de las pruebas y mostrando gran curiosidad por saber el fallo que
dictaría el tribunal de Derecho.

Este ha sido absolutorio para los tres
primeros, así como tenía que serlo para
las dos segundas, a las que se había
retirado la acusación.

Así se disolvió la burbuja creada el 15 de noviembre de 1922, cuando Antonio Caso Casas, de 29 años, denunció a sus suegros, a su esposa y a una sirvienta por secuestro, torturas e intento de asesinato.

Según la acusación, los hechos ocurrieron en el número 21 de la calle Ruamayor. Allí, en el segundo piso, vivían Francisco Caso Capó, comerciante viudo, sus tres hijos y dos hijas, Pedro, Carolina, Antonio, Guillermo y Luisa Caso Casas. Y en el tercero, Margarita Capdevila Diego y su esposo Eduardo Íñigo Diego, su hija Margarita, su hijo Eduardo, su sobrino Alonso Rodríguez Capdevila y la sirviente Bernarda Neira Calvo.

Las dos familias mantuvieron durante años una relación que Capdevila, la principal encausada, definió -¿enigmáticamente?- como “de trato cotidiano, pero de santa amistad”. También dijo -y muchos testimonios confirmaron- que ella era la columna matriarcal que soportaba toda la estructura.

Los Íñigo Capdevila y los Caso Casas tenían edades similares. Crecieron juntos y compartieron pérdidas: Eduardo falleció en la adolescencia; lo mismo ocurrió con Guzmán. Guillermo quizá emigró a Barcelona y nunca volvió. En cuanto a Carolina y Pedro, apenas aparecen en los registros.

Antonio Caso emigró a México con apenas veinte años. Le iban bien las cosas, pero se vio envuelto en una reyerta, recibió un balazo, perdió una pierna y regresó convaleciente. La pesadumbre de los indianos fracasados (un color local poco visible en la complacientes crónicas de la ciudad) no le impidió seducir o ser seducido por Margarita Íñigo o, simplemente, aceptar, como ella, un acuerdo entre las dos familias.

La boda se celebró el 21 de marzo de 1922 en la iglesia de El Cristo. En la foto de rigor, Antonio, erguido, se apoya en un bastón y en una mirada entre firme y alucinada mientras Margarita, los ojos muy abiertos y un rosario atado a la muñeca, lo agarra del brazo con las dos manos.

Los novios fijaron su residencia en la casa de los Iñigo-Capdevila. Francisco Caso falleció poco después. La herencia de Antonio, una asignación de 500 pesetas anuales, quedó garantizada bajo la administración de sus tíos, Pedro y Rafael Caso Capó, que nunca habían visto con buenos ojos la relación de su hermano con sus vecinos y mucho menos la boda de su sobrino. Los Caso eran prósperos e influyentes, y en sus declaraciones aseguraron que habían acordado con Francisco blindar el legado porque Margarita Capdevila había intrigado siempre para sacarle dinero a su hermano.

Según la denuncia de Antonio, desde el principio de su matrimonio se vio sometido por su familia política a humillaciones y vejaciones. Lo obligaban a permanecer encerrado en un cuartucho sin ventanas, apenas lo alimentaban y sólo lo dejaban salir para forzarlo a participar en sesiones de espiritismo, dirigidas por su suegra y Bernarda Neira, en las que toda la familia, incluida su hermana Luisa, lo maltrataba física y moralmente.

Las oficiantes utilizaban una variante sonora de la güija: cantaban el alfabeto hasta que, al llegar a la letra adecuada, el espíritu invocado daba un golpe.

Entre luces vacilantes, penumbras volubles, sombras profundas y movimientos inesperados de objetos desnaturalizados, los fantasmas despiadados reprochaban a Antonio haber vivido en América un pasado criminal, satánico, disoluto, caníbal, nigromante, para satisfacer una escala de vicios que alcanzaba lo indecible. Pese a lo rudimentario del medio de comunicación, enarbolaban contra él todos los adjetivos (véase la disparada acumulación que precede a este paréntesis) capaces de estrechar hasta la asfixia el cerco de la infamia.

Antonio dijo que habían conseguido convencerlo de todas esas culpas y había firmado papeles admitiéndolas y comprometiéndose a cumplir cualquier penitencia. Pero también, en algunos momentos de lucidez, sospechaba que lo estaban sometiendo a un proceso de alienación mental y deterioro físico para incapacitarlo o inducirlo al suicidio.

Sin embargo, no pensó en huir hasta que Alonso Rodríguez Capdevila, el sobrino de Margarita, le reveló que la familia preparaba un plan para acabar con su vida: estudiaban lugares propicios en Ramales, Palencia y Zamora para hacerle caer a un río durante una excursión.

Antonio estaba muy débil y le habían quitado la prótesis de la pierna, pero, con ayuda de Alonso y dos vecinos, consiguió trasladarse a casa de su tío Pedro, que presentó la denuncia.

El juez ordenó primero la prisión preventiva de las dos Margaritas, Eduardo Íñigo y Bernarda Neira. Luego, aunque por poco tiempo, amplió la detención a Alonso Rodrigo y a Luisa Caso, que confesaron haber actuado como cómplices.

La prensa local siguió el proceso con entusiasmo. En cuanto empezaron las audiencias, a pesar de que el informe Picasso y los debates y conflictos por la guerra colonial ocupaban los titulares principales, los periódicos locales rivalizaron en contar, interpretar y ampliar el embrollo.

Primero desfilaron los actores secundarios.
Bernarda Neira negó ser echadora de cartas y espiritista. Eduardo Íñigo dijo que nunca había practicado el ocultismo y que sólo tenía libros sobre el tema por curiosidad. Alonso admitió que había hecho de carcelero y le había administrado a la víctima lavativas tóxicas obligado por su tía. Varios vecinos no dejaron claro si Antonio estaba en la casa en contra de su voluntad.

Después fueron apareciendo las figuras principales.

Luisa Caso, la hermana de Antonio, sorprendió como un contrapunto místico, pero locuaz. Cuando la convocaron, se encontraba en un convento de Castro Urdiales, donde se preparaba para tomar el hábito después de estudiar en el colegio de la Compañía de María (La Enseñanza) de Santander. Acudió acompañada por el sacerdote Domingo Sisniega, que había sido párroco de Soto de la Marina antes de ocupar la capellanía de las monjas.

Llegaron en tren, como oscuros iconos: el cura una sombra protectora y diplomática, ella en actitud ausente, enlutada, con el rostro, una máscara pálida, velado en negro por una escafandra de pudor quizá -todo hay que decirlo- algo esperpéntica, gutierrezsolanesca a destiempo.

La comparecencia desveló un relato lleno de culpabilidad y arrepentimiento, y también de nuevas acusaciones.

Según Luisa, Margarita Capdevila Diego dirigía los ritos. A oscuras, invocaba a los fantasmas mediadores, que solían hablar en nombre de los familiares difuntos. En cuanto manifestaban su presencia, la retahíla de letras y golpes iba formando las palabras. De fondo, se oían ruidos de piedras de afilar, cadenas, caídas de monedas y roturas de cristales. Cuando las revelaciones alcanzaban el clímax, los aparecidos abrían puertas o ventanas y les daban patadas y bofetadas a Antonio y a ella. Sostuvo que las dos Margaritas y Bernarda la habían persuadido de que el espíritu de su difunta madre la reprendía y exigía que obligase a su hermano a tomar una solución de láudano para anular su voluntad de asociarse con el diablo. Confesó que le había echado el brebaje en el agua sin que él lo supiera y que ella había tratado de suicidarse con el mismo producto porque Margarita la culpaba de la muerte de su hijo Eduardo.

El turno de Capdevila fue el eje del espectáculo. El público se dividió entre quienes la consideraban culpable, manipuladora, ambiciosa o despótica y los que veían en ella a una mujer honrada rodeada de imbéciles desagradecidos. Exhibió una presencia rotunda y elegante (levantó hipérboles: imponente, inquietante, fascinante, distante, penetrante…) y mantuvo su inocencia sin fisuras. Acusó a los Caso de haber urdido un plan para hundirla porque nunca habían soportado su amistad con Francisco y tachó a Antonio de loco y estúpido, una marioneta en manos de sus tíos, además de vicioso e inútil. Dijo que, en efecto, consciente de la vesania de su yerno, había tratado de obtener certificados médicos para inhabilitarlo y que lo había hecho por el bien de su hija, a la que consideraba en peligro. También creía que Luisa, a la que decía haber criado como a una hija, era demente, e intuía que había tenido alguna culpa en la muerte de su hijo Eduardo.

Comparecieron los médicos que habían tratado a Eduardo Íñigo y afirmaron que el fallecimiento se debía sin duda a una tuberculosis congénita.

El doctor Jesús Mata, nombrado por Capdevila en una de las sesiones, publicó una carta en los periódicos. Antes de la boda, decía, la acusada se había presentado en su consulta con Antonio y le había pedido que lo examinara. Tras descubrir que padecía una dolencia secreta, había recomendado que el matrimonio no se consumase hasta que él u otro médico lo aprobara. Meses después, comprobó que no le habían hecho caso: ambos cónyuges estaban enfermos. Por suerte, no tardaron en curarse. Pasaron de puntillas entre el público, sin afectar al tribunal, sospechas de incesto y de venéreas.

También se supo que Mata y otros dos médicos se habían negado a firmar la inhabilitación de Antonio solicitada por su suegra. Margarita insistió en que el comportamiento de Antonio no tenía otra explicación que la demencia o la pura maldad.

Los forenses que examinaron a Antonio explicaron que era un joven débil, apocado y de reacciones torpes, pero no podían considerarlo alienado ni fuera de lo normal. Sí lo veían sugestionable: quiza bastara decirle que estaba recluido para que se convirtiera en su propio carcelero. Era discapacitado, pero no padecía enfermedades y no habían encontrado en su organismo pruebas de que hubiera sido intoxicado o torturado.

Habló el mundo material con una sencillez apabullante y la absolución dio al traste con el drama. No se habló más del asunto.

En 1935, acogiéndose a la ley promulgada por la II República en 1932, Margarita y Antonio se divorciaron.

Cada vez que paso por la calle Ruamayor, me gusta imaginar que la farándula espiritista ha vuelto al tercer piso de un portal que ya no existe para representar de nuevo el galimatías judicial. Ahora es una de esas cuestas que apenas sirven para indicar que fueron otras, pero entonces nacía en la catedral y mantenía un carácter discreto, entre clerical, noble de poca altura y medio burgués, aunque, hacia la mitad de su recorrido, el callejón del Infierno la unía con Ruamenor, donde la plebe que se obstinaba en dominar el margen central de la ciudad no escatimó chanzas sobre el evento.

Ratas

El partido Cantabristas ha convertido una rata gigante de cartón en emblema de Santander. La ciudad -mi ciudad- se lo merece. La rata es un animal a la vez infecto y simpático (en los dibujos animados, los malos suelen ser los gatos), hay muchas por todas partes (la proliferación les permite obviar las gentrificaciones) y animan mucho las terrazas.

Hace años, trabajé en una cuadrilla encargada de liquidar una nave en ruinas que había sido almacén de granos. Quedaban montones de sacos de cebada. Algunos tenían etiquetas de cuando la guerra, aunque no habían gozado de una transición que las fijara. La arpillera se deshacía al tocarla y, aunque emanaban vapores que debían de ser alucinógenos, las ratas que surgían de los costales deshechos eran reales, enormes y abundantes. Las matábamos a palazos. Si no caían al primer golpe, se revolvían rabiosas o escapaban por agujeros increíbles.

En un cuarto que hacía de oficina del almacén, había un escritorio macizo, oscuro, con muchos cajones, tres tinteros con restos petrificados de tintas roja, verde y azul, plumas, un vade roído, y un florero de vidrio con un puñado de insectos secos en el fondo.

Los cajones estaban llenos de papeles reducidos a virutas muy finas. Cosa de las ratas, sin duda. “A saber qué contabilidad han destruido estas cabronas”, comentó el capataz, que venía de muy lejos y decía tener la misión de borrarlo todo del mapa.

Cuando acabamos de cargar el camión, al arrancar, sonó un ruido extraño (lo recuerdo macabro, de guillotina) y se paró el motor. El conductor se apeó y abrió el capó. El ventilador había decapitado a una rata. No nos pusimos de acuerdo sobre si se había oído un grito.

Me pregunto si una batería de infografías en cientos de pantallas urbanas y una campaña edulcorante en el periódico de referencia podría convertir las ratas de Santander en reclamo turístico y fuente de votos.

Daniel Alegre: el arte del regreso

Anónimo. Antoine Bourdelle y su clase en la academia de la Grande Chaumiére (c. 1912). Fuente: https://www.bourdelle.paris.fr/en/discover/bourdelle-and-his-work/bourdelle-enseignant

La fotografía aparece en el libro Daniel Alegre. Un escultor olvidado(1)José Cobo Calderón, José Francisco Ruiz Díaz, Francisco Gutiérrez Díaz. R&R Ediciones. Santander, 2023.(2)Me pregunto hasta qué punto podemos considerar olvidado -¿por quiénes?, ¿por los que nunca lo conocieron?- a un artista cuya obra sigue … Continue reading una página después de la del Cristo de la Agonía (1921-22). Está tomada en París, en 1912, en la academia de la Grande Chaumiére. El profesor y escultor Antoine Bourdelle, sus alumnos y ayudantes componen una escena al estilo de las pinturas de género con las que los artistas documentaban y promovían sus talleres.

Son cuatro hombres y nueve mujeres. Una de éstas, con los pechos desnudos, ocupa un lugar relevante junto al busto para el que ha servido de modelo. No hay más intención erótica que la que pretenda la mirada del espectador. Es una estampa frecuente en las escuelas de arte en una época de ascenso y liberación de un imaginario que se describía a sí mismo sin subterfugios.

Daniel Alegre (Escalante, 1887 – Santander, 1949) es el segundo por la izquierda. Trece años después de su experiencia parisina (c. 1908-1914), en diciembre de 1927, establecido como retratista de la burguesía ilustrada local y tallista de arte sacro, expondrá en el Ateneo de Santander catorce piezas que, mientras escribo esto a casi cien años de distancia, están expuestas en el museo de la ciudad (MAS) con otras ocho, la mayoría versiones en diferentes materiales de las anteriores.

Visitando la exposición, se me ocurre que la obra de Daniel Alegre es un transcurso tranquilo que cumple la norma proustiana de no permitir que su biografía suplante a su creación como explicación de su existencia. Una norma maltratada por la tendencia dominante, que prefiere a los artistas de vidas fáciles de convertir en pasto (cultural, por supuesto) de consumo sensacionalista.

A partir de sus estudios de Artes y Oficios en Barcelona, Alegre perfeccionó entre la comunidad vanguardista europea las técnicas clásicas y aprendió otras innovadoras para luego aplicarlas en la elaboración de obras destinadas a un público específico en la sociedad santanderina. Dicha sociedad sufrió transformaciones radicales y violentas a las que el escultor asistió con el conformismo que parece haberle caracterizado siempre y manteniendo una gran capacidad de trabajo. Lo cual lo convierte en un ejemplo de artista pragmático y conservador adaptado a un mundo cada vez más reaccionario, represivo e inflexible. No parece que eso le incomodara: es probable que compartiera, si no el talante, sí la mayor parte de los valores de ese conglomerado de ideologías e intereses que llamamos franquismo y que no respondiera a ninguna tentación de rebeldía ni de exilio exterior o interior(3)Previendo el fuego amigo y enemigo, diré que no creo en las cancelaciones. Cuando se me plantea alguna, me acuerdo del francés de la canción de … Continue reading Su arte está destinado a ser lo que aparenta: no ha sido concebido para estimular interpretaciones. Está libre de ese pecado.

Sus primeras obras (Primavera [1912] y Pompeyana [1913], de las que sólo quedan fotografías) muestran que, durante su aprendizaje, se ejercitó en la desnudez pagana, pero no parece haberlo hecho en las audacias de sus maestros.

Alegre debió de apreciar logros como el Heracles arquero (1909) de Bourdelle, pero sabía que en la carrera de encargos sacros o profanos adecuados a su futura clientela no habría lugar para cosas semejantes al escorzo musculado y la expresión entre tensa y fiera del semidiós cazando aves antropófagas(4)Un paralelismo curioso: Bourdelle utilizó para su obra la atlética figura de su amigo el comandante Paul Gustave André Doyen-Parigot, caído en … Continue reading.

Una buena parte de sus ingresos la obtendría del arte sacro católico, en el que abunda la desnudez asociada a la pobreza, el pecado de lujuria, el martirio, los juicios finales y las resurrecciones, y las expresiones extáticas se remiten a trances, dolores y santas agonías. Tampoco había sitio entre las obras profanas para usos explícitos de esos elementos perturbadores. En cuanto a los implícitos, su búsqueda requiere volver al prejuicio de la mirada del primer párrafo.

Sin embargo, en la exposición del MAS, me parece legítimo afirmar el leve erotismo de una esquiva frialdad pétrea.

Es ya un tópico recordar que el mármol helado, tratado con maestría -la sublimación de Antonio Canova-, transmite una transparencia cálida. Gracias a esa suerte de profundidad superficial, una de las esculturas reunidas me permite un juego tan tramposo como liberador.

Me refiero a la titulada Una cubana (1918), que algunos identifican como el retrato de la señorita América G. Galán expuesto en 1927 en el Ateneo. En todo caso, prefiero el título genérico porque me resulta difícil sustraerme a la tentación de pensar morena una estatua de mármol blanco. (Me apresuro a pedir perdón por el etnicismo, que me hace cómplice del tópico provinciano sobre la Cuba colonial). Creo o quiero percibir en esa obra cierta ensoñación sensual que proporciona un contrapeso a la sobriedad de las demás presentes en la sala. Mientras las otras figuras parecen más bien enclaustradas en su seriedad de encargos, tipismo, oraciones y homenajes, esta emerge de una tenue memoria de espuma como si la modelo acabara de regresar del París de la Grande Chaumière tras ser elegantemente difuminada en un largo viaje de placer.

Notas

Notas
1 José Cobo Calderón, José Francisco Ruiz Díaz, Francisco Gutiérrez Díaz. R&R Ediciones. Santander, 2023.
2 Me pregunto hasta qué punto podemos considerar olvidado -¿por quiénes?, ¿por los que nunca lo conocieron?- a un artista cuya obra sigue cumpliendo la función para la que fue concebida en sus aspectos privados (los retratos) y públicos (los monumentos y el culto religioso). Me respondo una obviedad: que la situación de olvido sólo puede referirse a los foros generados por los intereses clientelistas de la sociedad (el mercado) actual, que deja fuera de su espejo-escaparate lo que no encaja en los planes de cada temporada.
3 Previendo el fuego amigo y enemigo, diré que no creo en las cancelaciones. Cuando se me plantea alguna, me acuerdo del francés de la canción de Georges Brassens, que palmó por negarse a tomar un medicamento alemán, y de Ricardo Bernardo pidiendo en los años 30 al movimiento obrero frentepopulista que no achabacanase el arte. Estoy seguro de que el universo de Alegre merece investigaciones, publicaciones y exposiciones como las que motivan este artículo.
4 Un paralelismo curioso: Bourdelle utilizó para su obra la atlética figura de su amigo el comandante Paul Gustave André Doyen-Parigot, caído en Verdún en 1916; Alegre hizo posar para su Cristo más famoso al casi eccehomo burlón y comunista Pío Muriedas, encarcelado por la dictadura

Los nombres de las calles, lo visible y lo invisible

Hace años, en Nantes, me sentí un poco culpable por preferir que no cambiaran los nombres de las calles bautizadas en honor de los negreros que financiaron el progreso de la ciudad. La corporación municipal decidió mantener las denominaciones otorgadas a los enriquecidos con un comercio que, durante cuatro siglos, secuestró, deportó y exclavizó a más de once millones de personas. “Debemos asumir la herencia de la historia”, dijeron. Pero quedaron posos amargos: una sensación de tener razón sin merecerlo y una indignación que, por suerte, no afectaba sólo a la ciudadanía afrodescendiente.

Aunque las guías turísticas y los libros de texto no rehuían la realidad de las calles esclavistas y las mansiones decoradas con triunfos coloniales y en 2012 se inauguró el Memorial de la Abolición de la Esclavitud (una reparación a base de luz y poesía, espacios de reflexión, refracción y eventos que algunos tacharon de escenografía burdamente beatífica), esas muestras de contrición no atenuaron las controversias. Así que, en 2023, se instalaron bajo las placas de las calles paneles que informaban sobre las actividades de los nombrados. Dicho de otro modo, frente al borrado, aumentaron la apuesta por el conocimiento.

Por supuesto, hay personas en contra de esa medida entre los partidarios de justificar el esclavismo y los de la simple omisión, sin olvidar a los apóstoles de las equidistancias, que casi siempre manejan balanzas trucadas.

Creo que no es bueno limitarse a retirar los elementos urbanos dedicados a criminales cuyas huellas, aunque no se les nombre en ellas, están por todas partes: no sirve de reparación del daño ni reconoce la memoria de las víctimas. El propio hecho del homenaje a los victimarios es un dato que debe constar como parte del conocimiento y el análisis de la historia. (Me sorprendo a mí mismo sintiendo la necesidad de escribir este párrafo.)

En la historia de Cantabria (el puerto de Santander compitió con éxito en la trata atlántica), también hay magnates negreros y abundan en torno a ellos el bombo, el boato y la loa. Son santos de nuestro panteón de la beneficencia. Se les venera en nuestro contexto y se les disculpa con el suyo. Las autoridades son cómplices e impulsoras de una población que, en su mayoría, celebra esos referentes o, si el escaso debate la alcanza, bosteza con indiferencia.

Respecto a nuestros esclavistas, soy partidario de adoptar la medida francesa. Aquí, como en Nantes y otras ciudades que han seguido su ejemplo, su obra permanece como parte fundamental de la ciudad: los palacios, edificios, obras públicas o trazados urbanos merecen que sepamos los orígenes de sus cimientos.

Pero el valor de esa propuesta no es universal. Lo que vale para los próceres constructores de hace siglos (España no abolió la esclavitud hasta 1886) no lo hace para los criminales más recientes. Si la construcción deja huellas firmes que lo complican todo, la memoria inmediata de la destrucción (¿acaso no conviene preguntarnos hasta qué punto son sólo historia una derrota y una victoria que siguen vigentes?) debería simplificar la abolición de los tributos a los que bombardearon y asaltaron la ciudad para acabar con un régimen democrático legítimo y configuraron lo visible y lo invisible a imagen y semejanza de sus dogmas e intereses. Por otra parte, aunque se borre lo visible (y es de justicia hacerlo), hay demasiadas cosas invisibilizadas cuyas toxinas seguimos respirando.

Parafraseando el bolero, si el borrado es el olvido, esa razón me parece tan inaceptable como el conformismo de la distancia o el aquí no ha pasado nada de los tibios, siempre tan amistosos, que sin duda tendrán mucho que decir cuando se elijan los nuevos (o se recuperen los antiguos) nombres de las calles.