El rap(to) del litoral

Oye, mira, ven y dime:
¿te tragas el cuento
que cuenta fomento
de inversores insignes
que traen beneficios
plantando edificios,
haciendo orificios
del monte a la orilla,
jodiendo los huertos,
llenando los puertos
con barcos que brillan,
borregos que chillan,
marmotas de arena,
papardos de cena,
nocheros de tragos,
cercando los pagos,
veredas y lagos
con pistas de tenis,
caminos de ponys,
reservas de guiris?

[Coro:
¿Das tu consentimiento
instalando en ayuntamientos
concejales de asentimiento
a esclavistas peripuestos,
hosteleros con aspavientos,
promotores de asentamientos
para golferos sedientos?]

¿Aceptas el recuento
de contratos basura
[Coro: ¡Si te creen a la altura!]
en peonadas precarias
con patronos feudales
de juergas gregarias,
[Coro: ¡Después vas a los bardales!]
gusarapos de piscina,
macarras de oficina,
asaltantes de arenal
que urbanizan lo real
y lo vuelven un erial?

[Coro: Pejinos y pejinas, libradnos de ese mal,
¡tronad contra el rapto del litoral!]

Eh, oye, mira, asubia y rapea
[Coro: ¡Que te oiga esa ralea!],
suelta surbia y marea,
relata tu propio foque,
denuncia los pantoques
[Coro: ¡Motonauta, no me toques!]
del negocio tragacostas
que urbaniza los cantiles,
acapara las langostas,
soborna correveidiles
y apaga lumbres de mar.
[Coro: ¡Empújales este rap
que los haga garrear!].

[Repetir hasta aburrir]

Fracaso de una fiesta

Hace años, fui invitado a una fiesta en un apartamento situado en un edificio muy alto de una localidad costera de Cantabria que multiplica su población en verano. Creo que entonces sólo la duplicaba -ahora la triplica-, pero la gran mayoría de los pisos del bloque ya eran, como el de los anfitriones, segundas viviendas.

Ocurrió en pleno invierno. No recuerdo qué confluencia de situaciones condujo a esa anomalía. La familia propietaria percibía la rareza del hecho incluso más que los extraños: se sentían ajenos al lugar que sólo reconocían durante un mes de cada verano. Fuera de temporada, estaba lleno de sonidos vacíos; era un arquetipo de los lugares fantasmáticos. Hasta el ascensor hizo su trabajo con pereza y parecía colgado de un penitente tintineo de cadenas.

El piso estaba en una de las plantas más altas. Se veían la playa desierta, del color pardo de la arena mojada, el mar plomizo, trazos y rumores de espuma fría y la calderilla del cielo pobre de estrellas. Anocheció enseguida. Abajo, en la calle, se encendió el alumbrado público como para resaltar que todos los negocios estaban cerrados. Tampoco había muchos: una hamburguesería, un kiosco de zumos y helados, una tienda de ropa de baño y otra de minielectrodomésticos con la persiana forzada por un abrelatas gigante. Pasaban muy pocos vehículos. En los edificios contiguos, idénticos, había muy pocas ventanas iluminadas.

Se distinguía también parte del pequeño casco antiguo, casi segregado del paisaje por la preferencia playera, reducido a líneas y signos confusos, formas y destellos que expresaban a la vez la lejanía y la dependencia impuestas desde nuestra atalaya turística sobre los primeros asentamientos humanos. No era una interpretación espontánea de un símbolo, por supuesto: sabíamos que las casas antiguas se iban arruinando y que se mantenían los tejados y fachadas a fuerza de remiendos, claudicando ante la evidencia de que el peso de la historia acabaría llevándolos a las manos de franquicias temáticas para mantener las riadas de los veraneantes. Algunas pinceladas folclóricas contentarían las conciencias de los inspectores de tipismo.

Me venían a la mente distopías inversas sobre masas desbordando el planeta y me di cuenta de que aquella visión -unida a los contenidos mal orquestados de la fiesta- me estaba produciendo un efecto de psicotrópico, un mal viaje lleno de recuerdos de agobios estivales. Era una sensación entre ridícula y deprimente: la amenaza de la superpoblación temporal deliberada, promovida, que quería ser el motor de una economía de amos caprichosos y esclavos cómplices o resignados y que eliminaba las alternativas a su cielo sembrado de diamantes. Hoy, según las estadísticas, está a punto de conseguirlo. Como el clima del planeta, es probable que haya pasado el punto de no retorno y cada temporada supere a la anterior hasta la ruptura definitiva de los ciclos. Luego será el desierto sin tártaros.

La ley sagrada establece que el número de residentes temporales debe aumentar si los ingresos disminuyen. Las opciones que pretenden reducir el número aumentando el lujo y subiendo los precios requieren nuevas exclusiones, urbanizaciones fortificadas y mayores espacios, instalaciones y recursos. Tanto el ocio elitista como el de masas, cada uno a su manera, exigen intervenciones y ocupaciones extremas. Con voracidad fractal (cada purgatorio temático o residencial reproduce el anterior), las poblaciones flotantes y sus servidores van saltando de escalas territoriales, determinando los modelos productivos y laborales, la ética y la estética.

La minoría sedentaria elige una y otra vez gobiernos que trabajan para extraer riqueza de una mayoría aplastante y fugaz de turistas y de una minoría de plutócratas encastillados. Los primeros consumen ocio barato mientras los segundos celebran conciliábulos en los que los sonajeros y fetiches de la mercancía nunca descansan: compran, venden, coleccionan, revenden, diseñan, especulan, proclaman triunfos y escenifican la religión del mercado-espectáculo, esa exhibición totalitaria que siempre es rentable por burda que sea la presentación (los medios, los medios, el horror, el horror…); dinero llama a poder y viceversa… Sus playas, circuitos y segundas viviendas están al cuidado de excelentes guardeses en las comunidades con vocación de segundas autonomías.

La fiesta extemporánea fue un fracaso. Desde el principio, después de algunas bromas sin gracia sobre los reglamentos vecinales expuestos en el portal que habían tratado de mantener durante el verano un atisbo de civismo, la velada transcurrió envuelta en sarcasmo y aburrimiento.

Coloreando escollos

Estoy seguro de que no soy el único que piensa que es necesario encargarle la decoración de los diques a Okuda San Miguel

‘Túneles de sol’. Nancy Holt, 1976. | Calvin Chu (licencia CC BY 2.0).

Si el Ayuntamiento de Santander hubiera presentado las escolleras de la Magdalena como ‘land-art’, probablemente serían aún menos los pocos ciudadanos que se oponen a la obra. La mayoría muestra indiferencia por las alteraciones del medio o está dispuesta a padecerlas por causas que considera superiores: el turismo, la hostelería, el culto al sol y la arena fina… Quieren playas sin rebajas ni resacas de pleamares y son firmes inmovilistas ante la complejidad de los ciclos oceánicos. Mientras los argumentos a favor de los espigones incluyen su hipotético uso como solarios y terrazas hosteleras, entre los contrarios -soy un hábil encuestador del bar de la esquina- predominan los que se refieren a su supuesta fealdad. Pero esta ciudad tan tolerante consigo misma ama el prestigio cultural y, puesto que los juicios estéticos pesan tanto como los éticos, conviene proponer otros arreglos. Todo puede ser más bonito, si no bello.

Estoy seguro de que no soy el único que piensa que es necesario encargarle la decoración de los diques (se acaben o no, y también si se sumergen) a Okuda San Miguel aunque eso acelere la saturación que, por otra parte, espero, cuando llegue al clímax, superará reinventándose: incluso creo que puede llegar a ser genial en la autoparodia.

No estoy descubriendo nada. En las costas ya hay casi de todo. Agustín Ibarrola pintó con éxito los cubos de hormigón del puerto de Llanes (prefiero que pinte sobre piedras que sobre árboles vivos). Eduardo Chillida peinaba vientos. En los arenales de Emeryville (California, USA), agentes anónimos convirtieron residuos en instalaciones cinéticas. Si tengo que elegir decoradores, soy más de Daniel Buren o de envoltorios a lo Jeanne-Claude & Christo (aunque preferiría adaptaciones del Damien Hirst de los tiburones o del Wim Delvoye de las cloacas y los vitrales obscenos, no veo cómo encajarlos aquí si no es entre paréntesis pretenciosos en medio de una divagación de matices sexuados:), pero nuestros espigones penetran con más fuerza en un mar calmo y piden gradaciones cromáticas triangulares desprovistas de conflicto. Puede que, además, haya que complementar el señuelo con algunas frases sin contexto pintadas por Boa Mistura, cuyo corazón negro de Peña Herbosa me gustaba menos que el bodrio imperialista que lo ha sustituido: sólo por eso merecen una oportunidad de redención.

Quizá este artículo parezca una ’boutade’, pero les aseguro que es sincero y meditado. He decidido aceptar las reglas del juego en esta ciudad donde la defensa del medio ambiente se resuelve en carriles bici que agreden a los peatones para no molestar a los coches. También pretendo dejar de lamentar la debilidad del centro Botín, probablemente uno de los edificios de su género más aburridos del mundo (puede que ni siquiera eso), que, una vez asumida la imposición feudal, debería haber aportado al entorno algo de audacia, de brutalismo incluso; pero no se atrevieron a sobrevolar los jardines con una pasarela como años antes no osaron hacer dos torres cilíndricas enfrentadas en cada punta del paseo costero ya entonces cortado con un murallón de festivales. En una condición escamada de cajón-mirador se ha quedado el pobre centro. Y, encima, tampoco se atreven ahora a reemplazar el TUS por un tubo como el de Futurama, pero esto quizá sea por falta de contratistas a la baja y tal vez su eficacia cyberpunk, aunque la aligeraran con gaseosa, no resultaría apropiada para la burbuja que todo lo vuelve ‘kitsch’ (ya: ya sé que me repito) sin revelar quién va a pagar por las transiciones, reconversiones y transbordos.

La culpa es del ecosistema, claro, maldito engendro de los abismos que no entiende de playas.

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Basurotopía

Las fotos de Liencres me recuerdan instalaciones con objetos de la cosecha marina. Pero aquí la marea es humana y motorizada, una pleamar de botellón, gasolina y polietileno.

Fotograma de Junktopía. Chris Marker.

Fotograma de Junktopia | Chris Marker.

La acumulación de desechos dejados por los amantes del ocio natural (rásguense las vestiduras aunque no sean nudistas) en la costa de Liencres me parece una siniestra réplica a los depósitos intermareales. Ya no hace falta que el océano nos devuelva lo que vertemos después de haberse envenenado con lo orgánico. Hasta hace pocas décadas, esos regresos se veían como fuentes de enigmas e incluso recordaban epístolas embotelladas y lacradas con mimo o desesperación. Luego empezaron a ser preocupantes y han llegado a asfixiar las playas en competencia con las medusas sobrealimentadas por los vertidos de nitratos.

Entre esas dos percepciones, de los pecios románticos al caos todavía calmo, está el cortometraje filmado por Chris Marker (con John Chapman y Frank Simeone) en 1981 sobre los trabajos de varios artistas desconocidos con objetos traídos por las corrientes a las marismas de Emeryville (California, USA) y expuestos en el mismo paisaje. Junktopia, se titula la película: Basurotopía.

Lo descubrí hace años, cuando intentaba comprender las leyes de las mareas, labor imposible para mí. Sólo entendí que, desde la ciencia, como en la geopolítica, la mar no es la misma para todos, pero me consolé con esos seis minutos de cine sin voces añadidas: según el director, “habiendo abusado en el pasado del poder del comentario-dirigente, he intentado devolverle al espectador su comentario, es decir, su poder”.

En 1981, los objetos abandonados en la bajamar todavía invitaban a la reflexión (no sólo a la ira) y las aguas aún podían limar botellas de vidrio hasta formar toscas bisuterías, y los artistas de algunas costas y momentos no habían agotado ni la satisfacción existencial del anonimato ni el placer de medio ocultar sus actos en el pantano. “Artistas no identificados habían dejado sin que nadie lo supiera esculturas realizadas con objetos lavados por la mar”, cuenta el cineasta.

Un objeto encontrado puede ser convertido en arte por la simple exposición (manda el contexto) o una manipulación que cambie su aspecto o desplace su significado sin borrar su identidad. Una mímesis de plástico rojo o una red de arandelas de cerveza pueden salvar corales y tortugas. Abundan los ejemplos, aunque el inconformismo suele ser desactivado mediante los suplementos culturales, los interpretadores, el dinero, los márgenes, el sistema educativo, la accesibilidad, los contenedores y el narcisismo mal resuelto de muchos artistas y sus públicos. En Santander, por ejemplo, cerca del muelle de Albareda, donde casi todo parece fuera de lugar, se muestran los efectos del contexto sobre las propias vanguardias.

Veo las fotos de Liencres y me acuerdo de aquellas instalaciones lejanas abordadas al atardecer con objetos de la cosecha marina. Pero aquí la suciedad ha llegado del interior y no ha sido relavada por el salitre. La marea es humana y motorizada, una pleamar de botellón, gasolina y polietileno. Los objetos no han sido pulimentados por las falsas ondulaciones del oleaje. Tampoco hay recolectores, ni obligados ni voluntarios, ni arrepentidos de su guarrería ni estimulados por la idea de darle otra forma al mundo aunque sólo fuera en un arrebato efímero que acabara cediendo ante el viento o la resaca: los vagantes anónimos serían derrotados por la masa.

Es mucho mejor para el mar y el ecosistema que toda esa mierda se haya quedado en la costa sin dar un rodeo oceánico, sin viaje que le imprimiera el carácter maléfico o aventurero de lo que devuelven los abismos o los sargazos. Pero es peor para la estética, o sea, para la inteligencia: es otra victoria de la estupidez. Se queda en baja literatura de columna periodística más larga y pesada que la obra maestra del cine que sirve de pretexto para dar una débil batalla contra la miseria del ocio.

La calma del reciclaje expuesto sin palabras contrasta con el ruido que dejan intuir las imágenes cercanas. Los objetos reubicados y reestructurados del film, algunos devueltos a las olas y el viento, primer artista cinético, arrastran la inquietud de una belleza automática, de máquinas sin tripulación. En Liencres, los coches arañan las dunas con la furia de un paisajista alienado.

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Santander Littoral City (o La falsificación de la costa)

Entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX, en muchas ciudades costeras europeas, el litoral dejó de ser para la burguesía y la nobleza un vacío arenoso, cenagoso o rocoso, o un espacio de trabajo para la plebe, siempre fétido y malsano, y se convirtió en un ámbito codiciado, un lugar donde cultivar el cuerpo, la estética y las relaciones sociales y poner en escena una exhibición de clases en ejercicio de poder y de ocio saludable.
Los lugares de labor siguieron en sus márgenes productivos, machinas, arrabales y tendederos de redes, pero otros planos urbanos y rurales del fin de la tierra firme empezaron a llenarse de paseantes, sombrillas, bañistas, tertulianos, orquestillas, barquilleros, vapores de paseo, casinos, bailes con carnés, concursos de poesía premiados con una flor natural y reseña en los semanarios de estío…
Los pudientes se hacía llevar en casetas con ruedas al baño para remojarse agarrando maromas bajo la entregada supervisión de apuestos bañeros profesionales. Cuando fue necesario expulsar de los muelles céntricos a pescadores y estibadores, se hizo sin miramientos, y por lo general, a menos que las lagunas históricas se llenen con nuevos datos, el pueblo de nuestras costas asistió sumiso a la intromisión de las clases altas en un territorio que él había disfrutado tanto como sufrido. Con sentido práctico, los pejinos apreciaron enseguida el valor de intercambio del litoral y empezaron a emplearse en los nuevos servicios estacionales. El veraneo regio (Leopoldo Rodríguez Alcalde lo contó muy bien desde su simpatía con el régimen) aportaba populismo además de dinero.
Los balnearios se complementaban con hipódromos, campos de tenis, tiro al pichón, restaurantes. Todo ello supuso una fuerte modificación del paisaje, pero las minorías pudientes no necesitaron, en aquel primer estadio de lo que el historiador Alain Corbin llamó “la invención de la playa”, llevar a cabo un asalto brutal a la orografía. Sus valores no estaban dominados por la pulsión de convertir el espacio en un estereotipo infográfico. La demagogia no nadaba en un cenagal mediático. Los mecanismos de incremento de la riqueza de los privilegiados no necesitaban las burdas tautologías políticas de la ingeniería financiera actual.
Los miembros más aventureros de las clases con derecho a la reinterpretación del litoral como ocio no eran demasiado exigentes. Aceptaban ciertos riesgos. Aprendieron a deambular por los acantilados sorteando los peligros del viento y las torcas. Algunos descubrieron tristemente que los caballos de paseo son sensibles a la furia del mar, como atestigua el Panteón del Inglés que en Santander rinde homenaje a William Rowland.
Más tarde, con la industrialización y el consumo, el veraneo se hizo turismo de masas y ocupó con distintas categorías de urbanismo los espacios disponibles. Aunque los ricos no perdieron posiciones y se siguieron reservando las mejores calas, la masificación de las clases medias asaltó la costa y adaptó el espacio a la ideología del ocio consumista. La evolución de ese desarrollismo, y en gran medida su declive, ha conducido a una reelaboración que tiene mucho de huida hacia adelante o de fracaso premeditado y que, si una sociedad cada día más cabreada no lo impide, cumplirá su función de desplazar dinero y patrimonio públicos hacia manos privadas con una excusa simple: puesto que lo multitudinario no puede ser lujoso (el lujo al alcance de todos es una falacia que aleja a los multimillonarios hacia destinos más exclusivos, exóticos o artificiales), debe ofrecer un espejismo de cemento y ruido, abundante en neón y exhibiciones de aerobic, que simule el ideario vacacional de la propaganda televisiva. Y eso, por supuesto, incluye al paisaje, que no suele valorarse como tal, sino como una pantalla que hay que llenar de estereotipos.
Así, entre hoteles y campos de golf, los paseos deben ser asépticos, regulares, fáciles. Eso no quiere decir que antes fueran difíciles. Todo es mejorable, pero la senda litoral que justifica este artículo ha sido transitada sin problemas desde hace siglos por todo tipo de gentes.
En la misma zona donde el autor de libretos de zarzuelas José Jackson Veyan perdió a su amigo Rowland, que también contiene la playa de El Bocal y lo que queda del Puente del Diablo, el Ayuntamietno de Santander y las autoridades marítimas con competencias para ello se han empeñado en hacer del camino de Cabo Mayor una especie de paseo-mirador, para lo cual, sin contemplaciones, se han destruido las piedras, cementado los caminos y expulsado a la vegetación, supongo que porque, en el modelo turístico imperante, todo lo que no sea ortogonal, esférico y, en general, regular, es un estorbo indigno de formar parte del paisaje o de los accesos a su visión, independientemente de que el paisanaje lleve siglos haciendo un uso continuado del lugar.
Ya que los pobres cada vez son más pobres y los ricos son demasiado ricos, podemos pensar que el estereotipo de turista medianamente acomodado que presentan como coartada los gestores abanderados del bien común es fundamentalmente imbécil y alérgico a las formas naturales. Curiosamente, es el modelo ideal para justificar las obras y el gasto público previo a la privatización de terrenos costeros con la excusa de un desarrollo probablemente inviable por falta de clientela, pero eso no importa mucho, ya que el riesgo económico lo asumimos todos y la supuesta iniciativa privada puede adaptar las condiciones de las concesiones mediante los chantajes habituales. Me estoy acordando del superpuerto de Laredo, pero no quiero salirme de la senda de Cabo Mayor, que ha sufrido a toda prisa (aceleraron las obras en cuanto empezaron las protestas) un proceso planificado de homogeneización, es decir, de destrucción, aplastamiento, anulación de la diversidad geográfica y estética, para adaptarla al funcionalismo sin matices de las finanzas. De este modo, el mantenimiento posterior se reduce al mínimo, se evitan los desequilibrios del medio e incluso se enmienda la erosión, esa técnica escultórica equivalente a una verdadera escritura automática, que tanto molesta cuando, por ejemplo, hace desparecer las pruebas de las llegadas de barcos de piedra cargados con cabezas de mártires.
A la vista de los planes expuestos, es de esperar que se produzcan nuevos y mayores actos de vandalismo institucional, siempre en la misma línea de considerar que las piedras no son geografía, para hacer de los lugares isotipos de la fachada litoral (la autoridades dicen “frente”, como en un lapsus militar que delatara la agresión) que apenas empezó a prefigurarse en los tiempos de los jinetes de los acantilados y que hoy desdeña la ciudad interior y la mar de los marineros con la misma intensidad con que busca convertirse en una postal digitalmente manipulada. Ya saben: puro emblema suplantando su propio paisaje.

Explanadas para gaviotas

Esa pasión por los resultados inmediatos los llevará a construir cualquier día un puerto que será un superpuerto deportivo destinado a la marinería de recreo de lujo, aunque quizá acepten que ocupen un espacio los pocos barcos pesqueros y las embarcaciones menores (las motor central, ruidosas, pero que tantos chipirones han traído) que queden en la ciudad. El elemento principal será una llamada “área público-privada de servicios”, cuyas instalaciones probablemente ocupen parte de la marina y se adentren de forma lúdico-hostelera en la zona intermareal una vez ocupada la tierra firme más cercana. Será una obra muy cara, pero ellos la llenarán de adjetivos milenaristas de doble vertiente con soporte de fundaciones creativas. Todo azul, muy azul. Edificarán centros comerciales de distintas categorías, hoteles de lujo y otros más modestos, pero no demasiado, porque nadie ha dicho que esto vaya a ser barato. El paisaje dominante formará una extensa trama blanca junto al mar ,compuesta por las líneas paralelas flotantes de los pantalanes, que se proyectará en explanadas de cemento azul por supuesto (real o ideal) para los vehículos terrestres, las clases de aerobic y los festejos.
Si, pese a la implicación del gobierno regional, el Ayuntamiento y las asociaciones de promotores subvencionadas por ambos, no consiguen cubrir en una primera fase los espacios comerciales y hosteleros ni montando en ellos oficinas de reparto de folletos, el asunto puede devenir un tanto polémico, pero sin duda lo resolverán sin temor a la paradoja (neolengua: lo barato es lo caro) aumentando las subvenciones a empresas, bajándoles las tasas y regalando terrenos y licencias para atraer la participación privada, concepto fundamental que deja sin efecto el hecho de que la inversión directa e indirecta de dinero público sea, a la larga, muy superior a la de los beneficiarios, cuyos beneficios, por otra parte, deberán garantizarse o, en caso de no alcanzar el mínimo marcado, compensarse en concepto de gastos derivados, promoción de imagen, interés cultural, etc.; y, en caso de persistente insatisfacción del lucro, el erario público, una vez más, acudirá al rescate.
Se organizarán cíclicamente actos propagandísticos y paseos con la prensa, y se sucederán las declaraciones para dejar claro que el proyecto seguirá en marcha porque es un acto de fe y está inexorablemente condenado al éxito. Se harán concursos de pintura y fotografía que resultarán algo deprimentes incluso para los más entusiastas (azul, azul, azul) y de poesía con los mismos resultados (la mar, la mar, la mar, repetida hasta inmovilizarla, hasta sólo dejar de ella las postales, hasta lo imposible…).
Cuando llegue el verano, llenarán el pavimento de kioscos y se invitará a locales y turistas a volverse figurantes a la moda de principios del siglo XX para intentar impetrar el espíritu, es decir, los fantasmas de la península boscosa con el palacio que le fue regalado al rey. Niños y niñas con aros, bucles y diábolos, jóvenes paseando en velocípedos, saltimbanquis con camisetas rayadas y mostachos, una orquesta de músicos con canotiers, fotógrafos con falsas cámaras de época (serán digitales y enviarán las fotos mediante aplicaciones smartcity), barquilleros con tambores rojos de ruleta, demostraciones gratuitas de aerobic y todo lo que las asociaciones de comerciantes e instituciones sean capaces de concebir.
Es probable que sólo consigan atraer masas de conciudadanos curiosos y poco gastadores y los veraneantes familiares de siempre, los que alquilan habitaciones y pisos enteros en la ciudad, siempre los mismos durante generaciones, los de “toda la vida”, ese concepto que define en la ciudad un período complejo, mítico, ilimitado y a la vez encapsulado en su propio rincón de eternidad como la impronta diseñada según un código siempre propicio, siempre leal y siempre benéfico.
Puede, no obstante, que las relativas novedades atraigan algunos visitantes adinerados que justifiquen unos cuantos contratos precarios más que en años anteriores. Así decorarán el primer verano con un balance de cuentas triunfales. Estructuradas las franjas fija y fluctuante del paro, todo será una alternancia de pobrezas.
(Pero es también probable que todo se quede en infografías: “la gente está muy harta”, dice la gente de la gente, y además los insaciables no quieren invertir ni aunque les salga gratis porque la nube financiera cree que no necesita cimientos.)
En otoño, las especies dominantes de las explanadas serán las gaviotas, que continuarán adentrándose con descaro en la ciudad por los entresijos de los edificios invisibles, emigradas de la mar y las zonas litorales, convertidas en devoradoras de basura y depredadoras de torpes palomas. Cuestión de competencia, de regulación del mercado, de búsqueda de equilibrio.