Bagatela para un triángulo

Su presencia era tan ostensible como su ausencia. -G. K. Chesterton.

Por el bien del jurado, pero sobre todo por el público, la prenda íntima a la que se alude en el testimonio son, para ser exactos, las bragas de la señora Manion. Querría que se rieran a gusto de una vez por todas. Este par de bragas se volverá a mencionar a lo largo del juicio. Cuando ocurra, no habrá ni una risa, ni divertida ni burlona ni tonta, ni siquiera una sonrisita en esta sala. -El juez Weaver en la película Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959).

A veces me pregunto si Sísifo sigue dentro del armario. -Pseudo-Píndaro.

No tengo ninguna autoridad, pero les aconsejo que se rían ahora de los calzoncillos que aparecen en este relato -verídico hasta donde puedo permitírmelo- para que después puedan reírse a gusto, sin distracciones, de todo lo demás.

Este episodio del género cornamental ocurrió a finales de los años 70; lo considero un entremés de la farsa de la Transición. El escenario fue una casa demasiado frecuentada, una especie de refugio o lugar de exilio. Entre las bambalinas panfletarias, se formó un triángulo cuyo recuerdo me exige exagerar el ritmo y los adjetivos: la mujer era muy joven, vital, inquieta, de ideas y palabras brillantes y tosca belleza; el marido, algo mayor, apuesto, carismático, alto, triunfador, noble y sensato; el amante, más joven todavía, de rara, teatral, poética madurez. En cuanto a los figurantes, éramos testigos exaltados en el centro de un naufragio sin opción a tirar los dados, que diría Mallarmé.

Me parece que el idilio (pero el poema pastoril nunca existió) surgió de un deseo circunstancial en un ambiente enrarecido por contrapoderes y sexos militantes, prisioneros de la urgencia. No constituyó materia de tragedia: aunque la narrativa posterior de alguna de las partes implicadas trata, todavía hoy, de inflarla con niebla y culpa, la aventura se resolvió sin heridas significativas.

Tiempo después, en un encuentro inesperado, la mujer me habló de su papel -el más activo- evitando ampararse en obviedades:

-No fue por amor ni por sexo. No conseguí emociones ni placer, te lo juro. Fue todo cutre, y sobre todo insulso. Me acuerdo de todos los detalles y de ninguna sensación; es como si no me hubieran funcionado los sentidos cuando lo vivía.

Afirmó que había entendido la última escena de la opereta como una epifanía bufa. El marido volvió de improviso. El amante tenía excusa para estar en la casa (no: no era fontanero ni repartidor de butano), pero tuvieron que vestirse en un revuelo de ropas confundidas que sería pretencioso imaginar con la radicalidad de un esperpento. Lo asimilo más bien a una escena de cine mudo con los movimientos entrecortados.

Por suerte, el pasillo desde la entrada hasta la habitación era largo (disimularon en el salón debatiendo lecturas) y el cónyuge iba con prisa por unos documentos. El amante sólo tuvo tiempo de ponerse la camisa y los pantalones. Al recomponer el escenario, los calzoncillos no aparecían por ninguna parte.

-Ya me veía ante los gayumbos como en un juicio…

-Suele ser un abanico, un pendiente, un alfiler de corbata, unos herretes de diamantes…

-Hubiera sido incapaz de declarar que no los había visto en mi vida. Mi indiferencia ante el ridículo no aguanta tanto. Menos mal que los encontramos. Habían ido a parar encima del armario. Me dio un ataque de risa histérica y tuve más brotes durante días. Creí que me volvía loca. Loca de risa.

La aventura se disolvió y la mujer se sinceró con el marido. No fue una confesión; no hubo perdón ni arrepentimiento. Apenas pactaron una catarsis silenciosa, que acabaría en divorcio.

-Espero que ellos no me guarden rencor, pero tampoco me siento demasiado culpable -concluyó con una sonrisa tranquila.

Desde otras perspectivas, me llegaron varias versiones y reminiscencias secundarias. No las considero importantes. También renuncio a extender mi testimonio, seguramente sesgado, con un balance de aprendizajes, descubrimientos de la estupidez y servidumbres voluntarias.

La sátira de la desvelación está presente en el conflicto amoroso desde los mitos clásicos: mientras el trío Hefesto-Ares-Afrodita soporta en el Olimpo las irrupción de la autoridad moral, Hermes reparte chanzas. Quizá sólo Narciso puede pactar consigo mismo la absolución deificadora, pero al alto precio de volverse borroso reflejo de mito aguado.

Decía Alfonso Reyes que, en las obras del católico Chesterton, las paradojas sustituyen a las parábolas. Me convence el método, aunque prefiero las variantes borgesianas, ateas, elípticas, irresolubles. Me aburren los encontronazos lúbricos presentados en envoltorios solemnes, como historias sagradas. Lo mismo me ocurre con la pretensión de revertir en parábola la paradoja de una transición apenas concebible en la biblioteca de Babel. En ambos casos, la grey exhibe su carencia de sentido del humor.

Antes hablé de cine mudo. Ahora imagino una escena filmada por Godard con distorsiones sonoras:

Un hombre busca algo tan equívocamente viril como una caja de herramientas. Mira encima de un armario y encuentra una prenda -ya se habrán reído antes de ella- que no le pertenece. La mira, la estudia y estalla en carcajadas. Dentro del armario, el amante medio desnudo cree oír la risa de un loco y tiembla de vergüenza.