En Cantabria cabe todo el mundo

Bennie Noakes está sentado frente a su tele. Ve *SCANALYZER*, y, como está colgado con Triptina, no para de repetir: —¡Dios mío, ¡qué imaginación puedo tener!

Y, para terminar, el capítulo de las Pequeñas Consolaciones. Un pobre amargado, amargado en vano, por supuesto, tuvo la idea de que si a cada tío y cada tía de este mundo se les diera un espacio vital de treinta centímetros por sesenta, todos podrían estar de pie en los mil seiscientos sesenta y cuatro kilómetros cuadrados de la isla de Zanzíbar. ¡Hoy, tres de mayo de dos mil diez! ¡Hasta pronto, amigos!

John Brunner. Todos sobre Zanzíbar.

Cuando escribo esto, nadie ha confirmado ni desmentido que, como en años anteriores, haya sido convocado para una fecha cercana pero indeterminada un botellón masivo en El Puntal de Somo. No sé si algún periodista se ha puesto a averiguar si la noticia ya no existe porque la convocatoria se ha vuelto permanente o porque los medios prefieren mantener la duda.  Creo que una labor de investigación en ese sentido aportaría la interesante paradoja informativa de una serpiente de verano que se muerde la cola, pero supongo que la idea caerá en el saco roto de unos medios dedicados a fabricar epicentros efímeros. El saco roto es una apuesta por lo inefable que, sin embargo, refuerza el negocio y diluye subversiones.

El caso es que esas intermitencias de la verdad veraniega y las imágenes de la fiesta del año pasado por estas fechas  -cuando no hubo alarmas previas ni arrepentimientos- que desbordó la playa y la sitió con barcos de recreo y motos náuticas, me han vuelto a recordar la novela de John Brunner Todos sobre Zanzíbar (1968), una distopía que sigue vigente por sus méritos literarios (la forma es delación, aviso de quiebra, y la  comunicación es lo más prospectivo del relato) y porque la ficción no padece el rigor de la ciencia o la historia (aunque se diría que las ficciones actuales se lo tienen muy creído) y no importa que el descenso de la tasa de crecimiento desde 1968 (2,05%) hasta la actualidad (0,80%) permita que toda la humanidad siga cabiendo en Zanzíbar.

Pero volvamos al Puntal. En esa lengua de arena de 4.500 × 120 m (poco más de medio km²), caben tres millones de personas de pie, disponiendo cada una de un espacio de 1,8 m², más que suficiente para aguantar el cubata y afianzar relaciones. El sistema dunar, donde crecen cardos marinos, euforbiáceas y carrizos, puede ser pisoteado sin esfuerzo.

Los cálculos son fríos, pero el abismo de lo real es lo que importa: profundicemos. La comunidad autónoma de Cantabria  (5.321 km²) es capaz de albergar a los 8.200 millones de habitantes del planeta Tierra (el tercero en órbita a partir del sol: no confundirlo con el centro del universo) a razón de 0,649 m² por persona. Un poco estrecho, quizá, ese cuadrado de 80 cm de lado, pero nadie ha dicho que se vayan a acabar las desigualdades. De hecho, las agencias inmobiliarias se publicitan como generadoras de diferencias. Pongamos que solo un tercio de autoproclamada región infinita se ocuparía masivamente y el resto se parcelaría en distintos tipos de fincas y alojamientos. Creo que Cantabria podría hacerse cargo de una cuarta parte -no hay que ser ambiciosos ni eliminar la competencia- de la humanidad manteniendo un equilibrio razonable entre lo popular, lo medianero, lo elitista y lo superlujoso sin necesidad de recurrir a fuerzas armadas públicas o privadas para asegurar las fronteras entre los respectivos estilos de ocio y garantizar los servicios. Habría que legislar en función de la nueva realidad, pero el poder adquisitivo sería determinante para que el poder ejecutivo aplicase la justicia del lujo con la ética asimétrica que soluciona todos problemas decidiendo cuál es el problema para cada solución elegida.

El verano, gracias a su fragilidad climática, su economía azarosa, sus contratos basura y su bochorno totalitario, se ha convertido en la estación más estable del capitalismo de la región (nótese que prefiero no hablar de comunidad). Aunque los anuncios ofrecen idilios de sombrillas y carreras bajo chaparrones alegres, los negocios perfilan un paraíso parcelado: multitudes sofocadas en el centro comercial, el garito, la playa, y las terrazas vandálicas, élites cultas autocomplaciéndose en museos, galerías, ferias y saraos, mansiones fortificadas para enésimas residencias y, gracias a astutas consagraciones de interés regional (insisto: ningún asomo de comunitarismo), ciudades comerciales con macropiscinas de ciberoleaje. Y, en donde menos molesten, islotes para la mano de obra flotante, pasajera y barata.

 

El rap(to) del litoral

Oye, mira, ven y dime:
¿te tragas el cuento
que cuenta fomento
de inversores insignes
que traen beneficios
plantando edificios,
haciendo orificios
del monte a la orilla,
jodiendo los huertos,
llenando los puertos
con barcos que brillan,
borregos que chillan,
marmotas de arena,
papardos de cena,
nocheros de tragos,
cercando los pagos,
veredas y lagos
con pistas de tenis,
caminos de ponys,
reservas de guiris?

[Coro:
¿Das tu consentimiento
instalando en ayuntamientos
concejales de asentimiento
a esclavistas peripuestos,
hosteleros con aspavientos,
promotores de asentamientos
para golferos sedientos?]

¿Aceptas el recuento
de contratos basura
[Coro: ¡Si te creen a la altura!]
en peonadas precarias
con patronos feudales
de juergas gregarias,
[Coro: ¡Después vas a los bardales!]
gusarapos de piscina,
macarras de oficina,
asaltantes de arenal
que urbanizan lo real
y lo vuelven un erial?

[Coro: Pejinos y pejinas, libradnos de ese mal,
¡tronad contra el rapto del litoral!]

Eh, oye, mira, asubia y rapea
[Coro: ¡Que te oiga esa ralea!],
suelta surbia y marea,
relata tu propio foque,
denuncia los pantoques
[Coro: ¡Motonauta, no me toques!]
del negocio tragacostas
que urbaniza los cantiles,
acapara las langostas,
soborna correveidiles
y apaga lumbres de mar.
[Coro: ¡Empújales este rap
que los haga garrear!].

[Repetir hasta aburrir]

La parodia de los gaznápiros

Me ocurrió de falondres. El televisor dijo Crimea y me acordé de Esteban Polidura Gómez y de las familias santanderinas que se enriquecieron con la guerra de 1853-56. En el Reino de España, los harineros desabastecieron los mercados locales de trigo para forrarse con la exportación. Eso, a su vez, generó una oleada de motines del pan que fueron duramente reprimidos. La harinocracia de las moliendas y puertos cántabros multiplicó sus ingresos. Hubo nuevos ricos y ricos remozados. Polidura cuenta que se les subió a la cabeza, que sus fiestas de sociedad y ostentación proliferaron hasta la náusea y que la gente de a pie los llamaba gaznápiros.

Al parecer, había una gran capacidad organizativa para la chanza entre la población popular. La evidente zanja entre clases tenía la virtud de mantener separadas las orillas del humor. La plebe y una pequeña burgesía cuyos intelectuales y profesionales jugaban con radicalidades y a veces se sentían con derecho a la imprudencia proletaria optaron por parodiar las ceremonias, bailongos, puestas de largo, acuerdos matrimoniales y recepciones por delante y por detrás (según el viento que soplara) de los enriquecidos hasta la estupidez.

Y surgió un evento báquico, pánico, orgiástico, goliárdico, un banquete con procesión marina en peregrinación a la isla de Citera o, mejor dicho, Pedrosa, entonces tan abandonada como ahora. Una fiesta de locos que recuerda a las que la Iglesia empezó a perseguir en el siglo XV para contener el regreso del paganismo. Un Carnaval fuera de estación -a finales de julio- que no preludiaba el ayuno: más bien avisaba de todo lo contrario.

Los detalles los encontrarán en el artículo citado(1)Se trata del titulado De falondres. Publicado por primera vez en El Cantábrico el 27 de octubre de 1925, está recogido en la antología Cosas de … Continue reading. Conviene releer esas ‘Cosas de antaño’ para desintoxicarse de otros pasados más presentes y de la homogeneidad de las fiestas instituidas.

Mientras se animan, les bastará saber que dos mujeres del margen cotidiano más profundo -que no lejano ni invisible- y de fealdad/belleza menos convencional (o, si lo prefieren, más extrema) fueron entronizadas en una barquía disfrazada de góndola que encabezó una flota abigarrada. Esquifes, chinchorros, botes, lanchas y hasta muertos desatados, repletos de oficiantes y viandas, recorrieron las canales encendiendo un rastro de murgas y fuegos etílicos. Parecían escapados del amanecer de Walpurgis para recrear los mitos de los mundos invertidos cambiando escobas por remos. El desembarco tuvo que ser un despojamiento de espumas olímpicas. El banquete, los bailes y el regreso, a la luz de achotes y santelmos alucinantes, transcurrieron sin otros incidentes que los que manda la desmesura.

La pérdida de la autonomía frente al poder de los festejos es una constante histórica. Las tradiciones lúdicas irreverentes, subversivas o licenciosas (es difícil que estos calificativos no se presenten aliados) se han convertido en ritos modosos uniformados por el consumismo. Las fiestas de un tal Santiago, tabernero del Alta, fueron ocupadas por Santiago Matamoros. Hay demasiada gente orgullosa de ello. Orgullosa, fingidora y vigilante.

Algunas explosiones de alegría, como la réplica a los gaznápiros embobados por la fortuna caída de la guerra, son hoy irrepetibles. La historia está llena de momentos así, pero no quedan islas abordables y su memoria apenas pelea contra el olvido patrocinado por el culto a los próceres: nos invaden las hagiografías y las genealogías justificativas.

Menos mal que casi siempre hay un Polidura que, a diferencia de otros cronistas más propagados, es capaz de asombrarnos, divertirnos y advertirnos con una perspectiva política y literaria peatonal y activa.

Notas

Notas
1 Se trata del titulado De falondres. Publicado por primera vez en El Cantábrico el 27 de octubre de 1925, está recogido en la antología Cosas de antaño. Historias del viejo Santander. Editorial Librucos, 2019.