El rap(to) del litoral

Oye, mira, ven y dime:
¿te tragas el cuento
que cuenta fomento
de inversores insignes
que traen beneficios
plantando edificios,
haciendo orificios
del monte a la orilla,
jodiendo los huertos,
llenando los puertos
con barcos que brillan,
borregos que chillan,
marmotas de arena,
papardos de cena,
nocheros de tragos,
cercando los pagos,
veredas y lagos
con pistas de tenis,
caminos de ponys,
reservas de guiris?

[Coro:
¿Das tu consentimiento
instalando en ayuntamientos
concejales de asentimiento
a esclavistas peripuestos,
hosteleros con aspavientos,
promotores de asentamientos
para golferos sedientos?]

¿Aceptas el recuento
de contratos basura
[Coro: ¡Si te creen a la altura!]
en peonadas precarias
con patronos feudales
de juergas gregarias,
[Coro: ¡Después vas a los bardales!]
gusarapos de piscina,
macarras de oficina,
asaltantes de arenal
que urbanizan lo real
y lo vuelven un erial?

[Coro: Pejinos y pejinas, libradnos de ese mal,
¡tronad contra el rapto del litoral!]

Eh, oye, mira, asubia y rapea
[Coro: ¡Que te oiga esa ralea!],
suelta surbia y marea,
relata tu propio foque,
denuncia los pantoques
[Coro: ¡Motonauta, no me toques!]
del negocio tragacostas
que urbaniza los cantiles,
acapara las langostas,
soborna correveidiles
y apaga lumbres de mar.
[Coro: ¡Empújales este rap
que los haga garrear!].

[Repetir hasta aburrir]

Fracaso de una fiesta

Hace años, fui invitado a una fiesta en un apartamento situado en un edificio muy alto de una localidad costera de Cantabria que multiplica su población en verano. Creo que entonces sólo la duplicaba -ahora la triplica-, pero la gran mayoría de los pisos del bloque ya eran, como el de los anfitriones, segundas viviendas.

Ocurrió en pleno invierno. No recuerdo qué confluencia de situaciones condujo a esa anomalía. La familia propietaria percibía la rareza del hecho incluso más que los extraños: se sentían ajenos al lugar que sólo reconocían durante un mes de cada verano. Fuera de temporada, estaba lleno de sonidos vacíos; era un arquetipo de los lugares fantasmáticos. Hasta el ascensor hizo su trabajo con pereza y parecía colgado de un penitente tintineo de cadenas.

El piso estaba en una de las plantas más altas. Se veían la playa desierta, del color pardo de la arena mojada, el mar plomizo, trazos y rumores de espuma fría y la calderilla del cielo pobre de estrellas. Anocheció enseguida. Abajo, en la calle, se encendió el alumbrado público como para resaltar que todos los negocios estaban cerrados. Tampoco había muchos: una hamburguesería, un kiosco de zumos y helados, una tienda de ropa de baño y otra de minielectrodomésticos con la persiana forzada por un abrelatas gigante. Pasaban muy pocos vehículos. En los edificios contiguos, idénticos, había muy pocas ventanas iluminadas.

Se distinguía también parte del pequeño casco antiguo, casi segregado del paisaje por la preferencia playera, reducido a líneas y signos confusos, formas y destellos que expresaban a la vez la lejanía y la dependencia impuestas desde nuestra atalaya turística sobre los primeros asentamientos humanos. No era una interpretación espontánea de un símbolo, por supuesto: sabíamos que las casas antiguas se iban arruinando y que se mantenían los tejados y fachadas a fuerza de remiendos, claudicando ante la evidencia de que el peso de la historia acabaría llevándolos a las manos de franquicias temáticas para mantener las riadas de los veraneantes. Algunas pinceladas folclóricas contentarían las conciencias de los inspectores de tipismo.

Me venían a la mente distopías inversas sobre masas desbordando el planeta y me di cuenta de que aquella visión -unida a los contenidos mal orquestados de la fiesta- me estaba produciendo un efecto de psicotrópico, un mal viaje lleno de recuerdos de agobios estivales. Era una sensación entre ridícula y deprimente: la amenaza de la superpoblación temporal deliberada, promovida, que quería ser el motor de una economía de amos caprichosos y esclavos cómplices o resignados y que eliminaba las alternativas a su cielo sembrado de diamantes. Hoy, según las estadísticas, está a punto de conseguirlo. Como el clima del planeta, es probable que haya pasado el punto de no retorno y cada temporada supere a la anterior hasta la ruptura definitiva de los ciclos. Luego será el desierto sin tártaros.

La ley sagrada establece que el número de residentes temporales debe aumentar si los ingresos disminuyen. Las opciones que pretenden reducir el número aumentando el lujo y subiendo los precios requieren nuevas exclusiones, urbanizaciones fortificadas y mayores espacios, instalaciones y recursos. Tanto el ocio elitista como el de masas, cada uno a su manera, exigen intervenciones y ocupaciones extremas. Con voracidad fractal (cada purgatorio temático o residencial reproduce el anterior), las poblaciones flotantes y sus servidores van saltando de escalas territoriales, determinando los modelos productivos y laborales, la ética y la estética.

La minoría sedentaria elige una y otra vez gobiernos que trabajan para extraer riqueza de una mayoría aplastante y fugaz de turistas y de una minoría de plutócratas encastillados. Los primeros consumen ocio barato mientras los segundos celebran conciliábulos en los que los sonajeros y fetiches de la mercancía nunca descansan: compran, venden, coleccionan, revenden, diseñan, especulan, proclaman triunfos y escenifican la religión del mercado-espectáculo, esa exhibición totalitaria que siempre es rentable por burda que sea la presentación (los medios, los medios, el horror, el horror…); dinero llama a poder y viceversa… Sus playas, circuitos y segundas viviendas están al cuidado de excelentes guardeses en las comunidades con vocación de segundas autonomías.

La fiesta extemporánea fue un fracaso. Desde el principio, después de algunas bromas sin gracia sobre los reglamentos vecinales expuestos en el portal que habían tratado de mantener durante el verano un atisbo de civismo, la velada transcurrió envuelta en sarcasmo y aburrimiento.

Indianos

Las asociaciones empresariales suelen incluir entre sus manifestaciones identitarias homenajes a los indianos. Alaban a los antepasados de los modernos héroes del emprendimiento y llaman a sus juventudes a seguir sus pasos: “Los indianos son inspiración y motivación para las empresas familiares de Cantabria”, afirman. No dicen cómo seguir esos pasos: las huellas han sido repintadas sobre caminos ideales. Las instituciones aportan marcos de color local y los espectadores y figurantes aplauden y aceptan que no son ricos porque no tienen madera de conquistadores.

La condición de indiano la sellaba el regreso afortunado. El concepto sólo pertenece a los triunfadores. No puede existir un indiano fracasado. Los que se quedaron por el camino, volvieron pobres o tuvieron que conformarse con trabajos modestos -incluso si eran mejores que los abandonados en la tierra natal- sólo eran emigrantes.

Los hijos de la antigua metrópoli tenían entre el criollaje un campo más amplio que otros migrantes y, por supuesto, que la población indígena. Los que acudían llamados por los ya establecidos o eran portadores de recomendaciones que los introducían en las cadenas de inmigración y se formaban para regentar colmados, ampliar ingenios, abrir nuevos mercados, emparentarse con los círculos más activos, etc., tenían más probabilidades de escapar de las masas que formaron la inmigración obrera europea en latinoamerica. Pero no hay que subestimar la audacia de los émulos de Hernán Cortés, como la del prófugo ayudado por los empleadores de su madre que subió al Olimpo traficando con esclavos (uno de los más retratados y esculpidos) o la muy real ficción que José María de Pereda personificó en el paciente Apolinar del Regato, que ahorró durante siete lustros para fletar un bergantín, cargarlo de azúcar y café, y hacer del propio regreso un golpe de fortuna.

La indianidad no es un título de nobleza, pero solía ser un estadio anterior. Una cierta generosidad para suplir servicios sociales (debían ejercer y exhibir la caridad y la beneficencia para no ser tachados de indianos de hilo negro) y una regularidad de las inversiones asentadas en apoyos políticos abrían las puertas de la aristocracia, los veraneos cortesanos y los espacios de poder del sistema caciquil.

Una vez fijado el triunfo, empezaban los regresos temporales, las visitas de ostentación y compadreo, el reasentamiento gradual, la materialización del linaje en el viejo territorio, reconquistado y edificado en preparación del regreso definitivo. Un linaje que podía prefigurarse con matrimonios durante la emigración como parte de las alianzas para el progreso o quedar como un asunto pendiente para la vuelta. (Por cierto, casi nunca se habla de indianas; quizá haya que reescribir unos cuantos silencios…)

Inspiración, motivación, ejemplos a seguir… Siéntese un rato en el noray de los polizones soñadores, posible humilde emprendedor. Cantabria es infinita: repiten la letanía mientras, en ciclos agotadores de turismo y huidas hacia adelante, la envuelven para regalo con papeles chillones de estaciones programadas, urbanizaciones de segundas viviendas y autobombo.

Los modernos aspirantes a indianos no emigran: intentan ser hosteleros afortunados, fundar dinastías de constructores y mixtificadores de tipismo, recalificar y aprovechar los espacios vaciados, plantar palmeras de hierro en jardines de cemento y pasear con parasoles y panamás en un mundo maquillado como un salvapantallas. Haga su América en Cantabria, gritan los neones, empuñe el timón del videojuego de ingenios ultramarinos y obtenga su propia pirámide de Manslow faraónica. Los promotores, ¿se han creído el discurso o sólo esperan el momento de salir corriendo con lo que puedan?

Cerezos de la China

Es que hacía demasiado calor para dormir, la gente era demasiado ruin para amar y había demasiado ruido para relajarse y soñar con piscinas y con las sombras de cerezos de la China.

Chester Himes. Empieza el calor (The Heat’s On, 1966).

Unos 600 agentes de la Policía y la Guardia Civil reforzarán este verano cinco municipios de Cantabria. El refuerzo, abierto a otras poblaciones, se enmarca en el Plan Especial para el Desarrollo del Ocio.

Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones no solían formar parte de dispositivos sofisticados. Se limitaban a sobrevivir en el horno habitado. Eran otros tiempos. La ficción retrataba las miserias y alegrías con modestia y sinceridad, pero no renunciaba a hacer épica y lírica de las calles. La humanidad acalorada tendía al caos y nadie lo negaba, lo aprobara o no. Todo era física, cosas sólidas, sudor real, fuentes de agua, no de datos torrenciales ilegibles. Hoy, la posficción, después del ensayo general de la posverdad (que desapareció de los titulares una vez implantado el concepto en la dermis de la prensa que ningunea a Assange y hace que Biden sea otra cosa y la guerra no sea la guerra), la forman las noticias cotidianas.

Se adelanta y arrecia la canícula y avisan de que va a haber varias seguidas. El viejo solsticio de verano ya no tiene autoridad. Se barrunta que los impases sofocantes durarán demasiado y se aproxima una situación de eternidad pasajera, el triunfo de lo inconcebible. Pero, a pesar de la eficacia del doblepensar, las viejas leyes universales (la gravedad, la entropía, la ley del más fuerte…) siguen inquietando, como si las sociedades que todavía tienen algo que perder debieran preocuparse y conseguir que lo tengan los que tienen poco, casi nada o nada. Es un temor egoísta, por supuesto, a propósito de unas cuantas cosas esenciales (la sanidad, el clima, la pobreza…) y, además, nada novedoso y muy poco convincente: egoísmo de aguafiestas.

El veraneo, placer de ricos disfrutado en limbos litorales o balnearios blindados, se hizo masivo con las vacaciones pagadas, logro de los frentes populares empeñados en que las clases obreras vivieran como burguesas. La felicidad mediante el sucedáneo consumista no era nueva, pero el modelo creció, el ocio se hizo kitsch y habitamos en él como en un callejón sin salida. Los espacios y niveles se multiplicaron sin que burgueses y aristócratas perdieran un ápice de su exclusividad: ellos están libres todo el año, sólo los desplaza el clima, incluso sacan beneficios del calentamiento global y su presunto trabajo es el ejercicio del poder, ese deporte inconfesable.

Ese llamado Plan de Desarrollo del Ocio (mientras Chester Himes sudaba tinta en Harlem, el franquismo propagaba el primero de sus Planes de Desarrollo) es básicamente policial, pero no para reforzar los muros visibles e invisibles, físicos y mentales, y garantizar la segregación de clases, sino para conservar el equilibrio interior en esas masas rentables concentradas en épocas y lugares que se configuran acatando la estudiada espontaneidad de las promociones turísticas. Se movilizan, preparan la explosión del peregrinaje al bochorno, programan las sesiones de autocastigos con descargas en eventos (Canetti lo explicó fríamente en ‘Masa y poder’) y celebran desmadres instituídos. Los objetivos del orden al servicio del progreso turístico consisten en paliar los efectos colaterales en la población autóctona (que tiene que currar al día siguiente mientras en la calle terraceada compiten los chupitos) y garantizar que, si los fiesteros braman “¡menos policía y más diversión!” y quieren pasar a la acción de balcón a balcón, lo hagan en los lugares designados para ello. Refuerzan los dispositivos represivos, pero saben que solo pueden frenar lo imprescindible: otra economía es imposible, afirman, no seamos radicales y conservemos el malestar justo y necesario. El calor fecunda esa manera de entender el mundo como los nitratos de los complejos playeros las medusas.

Johnson y Jones, policías de su tiempo en su barrio estático, sabían que la caldera social explota cuando el calor lo acelera todo y es imposible siquiera soñar con relajarse bajo los cerezos de la China. Y que ellos estaban para tapar grietas.

Cantabria: marcos y postales

Hace casi un mes, me llamó la atención un tuit de un representante de una formación política cántabra no sé si emergente (fue el día de los inocentes; tampoco sé si eso significa algo) sobre un comentario de un miembro de otro partido ya asentado: “No todos los pueblos pueden ser de postal”, dice el primero que le dijo el segundo.

Pensé entonces en escribir un artículo explicando lo muy injusto que me parece el tópico que reduce las tarjetas postales ilustradas a muestras de estética adocenada y belleza académica ignorando una historia llena de guerra y ocio que reúne todos los estilos, géneros, temas, tradiciones, vanguardias (cadáveres exquisitos, readymades, collages, ejemplares únicos o modificados arrojados al mar incierto de los servicios de correos) y, por supuesto, propagandas y usos abyectos, triviales, militantes, doctrinarios, eróticos, rebeldes…

En eso estaba, pero enseguida se me ocurrió que, al fin y al cabo, la afirmación del político solo era una consigna más de las muchas creadas para cerrar o limitar un debate (en este caso, uno tan amplio como el mundo: el del territorio y el medio ambiente) mediante una declaración de impotencia del poder, que se justifica dogmatizando sobre la naturaleza de las cosas: no pueden ser de otra manera. El razonamiento sería irrefutable si la impotencia no fuera voluntaria. Pero eso se disimula agitando ante el máximo común denominador del electorado sonajeros de beneficios colectivos de intereses privados, fetiches de servidumbre voluntaria y toda la parafernalia kitsch del oficio demagógico… Y entonces recordé la frase de Milan Kundera (“el kitsch es la negación absoluta de la mierda y el ideal estético de todos los políticos”) y me topé con lo inexpresable y el aburrimiento.

Ahora leo que el vicepresidente y consejero de Cultura del gobierno de Cantabria está haciendo una campaña de promoción turística poniendo marcos gigantes de madera en marcos incomparables. Tanto si han decidido complementar la impotencia voluntaria con una suerte de ironía voluntaria sobre sus propios actos con el fin de aplicar la máxima de que lo importante es el bullicio de los titulares como si ni siquiera habían contemplado esa posibilidad (el acierto por azar también tiene su mérito), se confirma que les urge aplicar el modelo. Me cuesta creerlo -están acostubrados a la falta de oposición real-, pero igual temen que aumente la disidencia.

La selección de los paisajes que merecen un marco y los pueblos que tendrán el dudoso privilegio (palabra que delata una injusticia) de ser de postal está hecha y la exhiben, por supuesto, con impacto sobre el paisaje. No lo pueden hacer de otra manera: el marco está para que ellos se fotografíen a su lado, para separar la forma del contenido.

La política económica basada en el turismo busca la utopía de la mirada perfecta, clientes que sepan apreciar lo que se les ofrece prescindiendo de observaciones superfluas. Eso requiere un dominio de la escena y la tramoya para el halago de los espectadores. Los habitantes deben ser figurantes de paisajes y postales con censura previa (los medios, los mensajes…) o camareros en precario, o guías de temporada o relatores de tiempos pasados para los visitantes, aunque de estos se espera que interactúen lo imprescindible para pagar y no pretendan ejercer de viajeros ni exploradores, ni busquen descubrir nada imprevisto ni en sí mismos ni en los demás: se les dará el tipismo y el folclore justos y necesarios, pero habrá aparcamientos y minigolfs y festejos adaptados para que esa mayoría que viene del vértigo urbano se sienta como en casa, es decir, sienta que no ha abandonado el espectáculo de “su” civilización de ciudades insostenibles.

Los pueblos de postal y los paisajes con marco sufrirán las consecuencias tanto como los excluidos de la categoría. Ambos serán réplicas de las especializaciones de las estructuras urbanas. Unos tendrán marcos y calificativos de postales y otros quedarán fuera de campo, pero la mayoría de los habitantes tendrán que conformarse con los consuelos mal pagados del mismo espejismo y con oír que no hay alternativa hasta que de verdad sea tarde para construirla.

Por eso conviene recordar que las postales, entre otras muchas cosas, también pueden ser denuncias. Y que un marco solo es un recorte.

Olas de estío

Esos atuendos serán disfraces cuando las motos acrobáticas sobrevuelen el dique de Gamazo

Man Ray. Paseo marítimo (1912).

Es la misma mar desde julio de 1847, cuando cambiaron oficialmente la manera de mirarla, el uso de las olas y el orden de los versos.

Anuncio de los baños de ola de Santander en La Gaceta de Madrid. 1847

El doctor Casallena sale del casino a punto de abandonar el hedonismo siguiendo el ritual perediano mientras, por un cronocapricho, no lejos de allí, en Piquío, ante otro mediodía, hora extraña para ese acto, una manicura de rara belleza se pega un tiro con el revólver de su amante. La síntesis entre el espejo con vaho matinal del amor romántico y la vana esperanza de encontrar un novio que la librase de la lima de uñas la condujo a lo que la prensa, conciliadora, omitiendo las artes del señorito de buena familia, llamará un malentendido casi fatal. Sobrevivirá para seguir viaje.

Que nadie se suelte de la maroma, señor, señora, y, si lo hace, que se aferre al bañero como si fuera el último en alquiler del verano. Las casetas rodantes están dotadas de toallas, esponjas, juguetes de coral, perfumes y cepillos para el pelo. Algunas tienen toldo y doble fondo. Las farmacias abren todo el día y las campanillas de las puertas no paran de sonar. La oferta incluye pastillas de opiáceos mentoladas y vinos quinados y cocainados.

Hay que paliar como sea los trajes de baño de lana. La lana es enemiga de la lujuria y forma con el agua y la arena una coraza pesada que lastra la libido; desazona, pero no calma el deseo. Se huye del sol casi tanto como se le buscará en el futuro, cuando la tecnología del ungüento se esfuerce para librar al bronce de la radiación. Las jóvenes suspiran bajo el valle inquietante del cielo arrugado de bochorno. Los futuros maridos posan en la baranda planeando la incursión nocturna en el burdel del Arrabal, el café Brillante o la chirlata de Puerta la Sierra. Ellas consienten porque el contrato familiar les impide saber que sus atuendos serán disfraces cuando las motos acrobáticas sobrevuelen el dique de Gamazo.

Se festejan los baños de ola para consagrar como tipismo un clasismo sin sombras plebeyas. José María de Pereda, reaccionario sincero, cuenta en ‘Tipos y paisajes’ que, mientras en el escenario se multiplican las apariencias, la plebe bulle en pelotas tras la cuarta pared de los arenales; y también, en ‘Nubes de estío’, relata los encuentros en las altas trastiendas para tratar de negocios que siguen siendo, como la mar imaginada, los mismos:

… dio lectura a una larga disertación, con latines también, en que se intentaba demostrar que las reformas actuales, que tantos caudales costaban ya al erario público, eran deficientes y absurdas; que se había cortado con miedo la bahía, y que era de imprescindible necesidad, para la conservación del puerto, sacar toda la línea de muelles construidos y proyectados medio kilómetro más al Sur.

-¿Otra tajadita más? -exclamó un oyente. (…)

-No es el caso el mismo -repuso el gran proyectista,- puesto que ustedes desaprobaban la reforma porque robaba mucha bahía, y yo la declaro absurda porque no roba todo lo que debe.

-Pues por mí -dijo el otro,- que la roben de punta a cabo; ¡para lo que queda ya de ella!…

-(…) Ah, señores: si supiérais vosotros, como yo sé, lo que son los hilos de corriente, y la ley maravillosa de las arenas en suspensión! ¡Si supiérais, repito, que es un hecho, comprobado por la ciencia, en sus cálculos de gabinete, que cuanto más angosto es un canal, mayor es el tiro de la corriente, y mayor la cantidad de sedimentos que se lleva consigo!

-¡Vaya si sabemos eso! (…) Y aún sabemos algo más: sabemos, sin habernos costado grandes vigilias ni cuantiosos dispendios; en fin, lo que se llama de balde, que cuando la anchura del canal sea cero, no entrará en él un mal grano de arena… ni tampoco una gota de agua.

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Divorciados

Él hojeó los folletos y dijo que no. Quizá le asustaban las expresiones individuales captadas a pesar de la masa militarizada.

 Exposición ‘1917’. Centro Pompidou-Metz, 2012. | RPLl.

Después de entregarle los hijos a su exmarido para que los llevara a comer helados con arena a la escollera, la mujer le ha oído decirles, transmitiéndoles ilusión adolescente, que van a representar el desembarco de Normandía en El Sardinero y tienen todo el verano para preparar los disfraces. Y ella entonces ha deseado que la mar se coma toda la playa lamiéndola con furia hasta dejar sólo las rocas con su verdad desnuda y se ha acordado del punto álgido de su proceso de ruptura.

Fue durante unas breves vacaciones en Francia. Como si la familia presintiese la tormenta, los hijos estaban con los abuelos. Ella quería ir a Reims, ver la catedral incendiada en 1914, las gárgolas que habían vomitado plomo fundido. Él quería participar en la parafernalia de visitas, itinerarios y actividades organizada para explotar el desembarco en las playas renombradas por los generales. No había tiempo para las dos cosas.

-Por lo menos la de Omaha, la más sangrienta…

-No te hagas ilusiones -dijo ella-: ya retiraron los cadáveres y la metralla, excepto los microfragmentos, que todavía se detectan.

A él no le interesaban las tumbas que, en mareas quietas de cruces, convertían el fragor de la batalla recordada en homenajes, lentas reflexiones sobre la supervivencia y fotografías de ancianos condecorados, sino las recreaciones inmediatas de las acciones heroicas, ágiles y precisas (también se cree las cualidades selectivas de las bombas sobre el Yemen) tan celebradas en la industria de la propaganda y el espectáculo.

Ella propuso una alternativa. En el Centro Pompidou de Metz había una exposición que recogía el arte europeo del año 1917. Una pareja mejor avenida se la había recomendado. Decían que mostraba la esencia del conflicto a través del arte producido tanto en las retaguardias como en las trincheras. Había altares de obuses, camuflaje (los dibujos, diseños y obras de la sección especial creada por el militar acuarelista Guirand de Scevola: soldados que lucían camaleones en las casacas), cuadros y esculturas de artistas movilizados o huidos, carteles, cartas, portadas de libros…

Él hojeó los folletos y dijo que no. Quizá le asustaban las fotografías de las muecas sin maquillaje de los derribados, las máscaras antigás rotas entre las ruinas y las expresiones individuales captadas a pesar de la masa militarizada.

En cada cartucho labrado con filigranas por los reclutas a punta de bayoneta había horas de espera en los intestinos del paisaje enfangado. La llamaban, mientras duró, “la última de las últimas guerras”, pero sólo era una ensayo general, un preludio cuyas imágenes apenas habían empezado a controlar. Luego la llamaron Gran Guerra mientras preparaban la siguiente.

Él nunca hacía caso de las sombras sobre las postales oficiales. Quería trotar por la arena en un jeep de los años cuarenta, fotografiarse con casco y prismáticos junto a un búnker, ante los restos de un nido de ametralladoras explicados en paneles antivandálicos, codearse con coleccionistas de soldados de plomo y maquetas de batallas.

En la publicidad, compartían página una ceremonia religiosa para visitantes de todos los bandos y un tipo vestido de soldado Ryan haciendo volar una cometa vigía sobre el mar que ella, solapando la actualidad, imaginó lleno de refugiados invisibles.

No fueron a la exposición sobre 1917. Tampoco a Reims. Tampoco hicieron la ruta del desembarco pese a que él le juró a ella que no se lo perdonaría jamás. Una fuerza irresistible les impedía hacer planes por separado si no era llevándolos al extremo.

Poco después del regreso, llegó el vacío postbélico, la angustia de la falsa paz de desfiles y rituales. Se separaron pocos meses después.

Ahora, ella mira con rabia el mundo municipal centrado que va a importar el espectáculo como uno más de los atrapamoscas temáticos que se anuncian para el verano.

Habrá gastronetas, barracas y templetes durante la representación de la batalla; raciones de campaña, discursos por la concordia y muchas salchichas fáciles de tragar enriquecidas con abundante dextrosa y datos precocinados a la medida de las expectativas mayoritarias.

Su exmarido va a sentirse victorioso.

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