Cantabria: marcos y postales

Hace casi un mes, me llamó la atención un tuit de un representante de una formación política cántabra no sé si emergente (fue el día de los inocentes; tampoco sé si eso significa algo) sobre un comentario de un miembro de otro partido ya asentado: “No todos los pueblos pueden ser de postal”, dice el primero que le dijo el segundo.

Pensé entonces en escribir un artículo explicando lo muy injusto que me parece el tópico que reduce las tarjetas postales ilustradas a muestras de estética adocenada y belleza académica ignorando una historia llena de guerra y ocio que reúne todos los estilos, géneros, temas, tradiciones, vanguardias (cadáveres exquisitos, readymades, collages, ejemplares únicos o modificados arrojados al mar incierto de los servicios de correos) y, por supuesto, propagandas y usos abyectos, triviales, militantes, doctrinarios, eróticos, rebeldes…

En eso estaba, pero enseguida se me ocurrió que, al fin y al cabo, la afirmación del político solo era una consigna más de las muchas creadas para cerrar o limitar un debate (en este caso, uno tan amplio como el mundo: el del territorio y el medio ambiente) mediante una declaración de impotencia del poder, que se justifica dogmatizando sobre la naturaleza de las cosas: no pueden ser de otra manera. El razonamiento sería irrefutable si la impotencia no fuera voluntaria. Pero eso se disimula agitando ante el máximo común denominador del electorado sonajeros de beneficios colectivos de intereses privados, fetiches de servidumbre voluntaria y toda la parafernalia kitsch del oficio demagógico… Y entonces recordé la frase de Milan Kundera (“el kitsch es la negación absoluta de la mierda y el ideal estético de todos los políticos”) y me topé con lo inexpresable y el aburrimiento.

Ahora leo que el vicepresidente y consejero de Cultura del gobierno de Cantabria está haciendo una campaña de promoción turística poniendo marcos gigantes de madera en marcos incomparables. Tanto si han decidido complementar la impotencia voluntaria con una suerte de ironía voluntaria sobre sus propios actos con el fin de aplicar la máxima de que lo importante es el bullicio de los titulares como si ni siquiera habían contemplado esa posibilidad (el acierto por azar también tiene su mérito), se confirma que les urge aplicar el modelo. Me cuesta creerlo -están acostubrados a la falta de oposición real-, pero igual temen que aumente la disidencia.

La selección de los paisajes que merecen un marco y los pueblos que tendrán el dudoso privilegio (palabra que delata una injusticia) de ser de postal está hecha y la exhiben, por supuesto, con impacto sobre el paisaje. No lo pueden hacer de otra manera: el marco está para que ellos se fotografíen a su lado, para separar la forma del contenido.

La política económica basada en el turismo busca la utopía de la mirada perfecta, clientes que sepan apreciar lo que se les ofrece prescindiendo de observaciones superfluas. Eso requiere un dominio de la escena y la tramoya para el halago de los espectadores. Los habitantes deben ser figurantes de paisajes y postales con censura previa (los medios, los mensajes…) o camareros en precario, o guías de temporada o relatores de tiempos pasados para los visitantes, aunque de estos se espera que interactúen lo imprescindible para pagar y no pretendan ejercer de viajeros ni exploradores, ni busquen descubrir nada imprevisto ni en sí mismos ni en los demás: se les dará el tipismo y el folclore justos y necesarios, pero habrá aparcamientos y minigolfs y festejos adaptados para que esa mayoría que viene del vértigo urbano se sienta como en casa, es decir, sienta que no ha abandonado el espectáculo de “su” civilización de ciudades insostenibles.

Los pueblos de postal y los paisajes con marco sufrirán las consecuencias tanto como los excluidos de la categoría. Ambos serán réplicas de las especializaciones de las estructuras urbanas. Unos tendrán marcos y calificativos de postales y otros quedarán fuera de campo, pero la mayoría de los habitantes tendrán que conformarse con los consuelos mal pagados del mismo espejismo y con oír que no hay alternativa hasta que de verdad sea tarde para construirla.

Por eso conviene recordar que las postales, entre otras muchas cosas, también pueden ser denuncias. Y que un marco solo es un recorte.

Olas de estío

Esos atuendos serán disfraces cuando las motos acrobáticas sobrevuelen el dique de Gamazo

Man Ray. Paseo marítimo (1912).

Es la misma mar desde julio de 1847, cuando cambiaron oficialmente la manera de mirarla, el uso de las olas y el orden de los versos.

Anuncio de los baños de ola de Santander en La Gaceta de Madrid. 1847

El doctor Casallena sale del casino a punto de abandonar el hedonismo siguiendo el ritual perediano mientras, por un cronocapricho, no lejos de allí, en Piquío, ante otro mediodía, hora extraña para ese acto, una manicura de rara belleza se pega un tiro con el revólver de su amante. La síntesis entre el espejo con vaho matinal del amor romántico y la vana esperanza de encontrar un novio que la librase de la lima de uñas la condujo a lo que la prensa, conciliadora, omitiendo las artes del señorito de buena familia, llamará un malentendido casi fatal. Sobrevivirá para seguir viaje.

Que nadie se suelte de la maroma, señor, señora, y, si lo hace, que se aferre al bañero como si fuera el último en alquiler del verano. Las casetas rodantes están dotadas de toallas, esponjas, juguetes de coral, perfumes y cepillos para el pelo. Algunas tienen toldo y doble fondo. Las farmacias abren todo el día y las campanillas de las puertas no paran de sonar. La oferta incluye pastillas de opiáceos mentoladas y vinos quinados y cocainados.

Hay que paliar como sea los trajes de baño de lana. La lana es enemiga de la lujuria y forma con el agua y la arena una coraza pesada que lastra la libido; desazona, pero no calma el deseo. Se huye del sol casi tanto como se le buscará en el futuro, cuando la tecnología del ungüento se esfuerce para librar al bronce de la radiación. Las jóvenes suspiran bajo el valle inquietante del cielo arrugado de bochorno. Los futuros maridos posan en la baranda planeando la incursión nocturna en el burdel del Arrabal, el café Brillante o la chirlata de Puerta la Sierra. Ellas consienten porque el contrato familiar les impide saber que sus atuendos serán disfraces cuando las motos acrobáticas sobrevuelen el dique de Gamazo.

Se festejan los baños de ola para consagrar como tipismo un clasismo sin sombras plebeyas. José María de Pereda, reaccionario sincero, cuenta en ‘Tipos y paisajes’ que, mientras en el escenario se multiplican las apariencias, la plebe bulle en pelotas tras la cuarta pared de los arenales; y también, en ‘Nubes de estío’, relata los encuentros en las altas trastiendas para tratar de negocios que siguen siendo, como la mar imaginada, los mismos:

… dio lectura a una larga disertación, con latines también, en que se intentaba demostrar que las reformas actuales, que tantos caudales costaban ya al erario público, eran deficientes y absurdas; que se había cortado con miedo la bahía, y que era de imprescindible necesidad, para la conservación del puerto, sacar toda la línea de muelles construidos y proyectados medio kilómetro más al Sur.

-¿Otra tajadita más? -exclamó un oyente. (…)

-No es el caso el mismo -repuso el gran proyectista,- puesto que ustedes desaprobaban la reforma porque robaba mucha bahía, y yo la declaro absurda porque no roba todo lo que debe.

-Pues por mí -dijo el otro,- que la roben de punta a cabo; ¡para lo que queda ya de ella!…

-(…) Ah, señores: si supiérais vosotros, como yo sé, lo que son los hilos de corriente, y la ley maravillosa de las arenas en suspensión! ¡Si supiérais, repito, que es un hecho, comprobado por la ciencia, en sus cálculos de gabinete, que cuanto más angosto es un canal, mayor es el tiro de la corriente, y mayor la cantidad de sedimentos que se lleva consigo!

-¡Vaya si sabemos eso! (…) Y aún sabemos algo más: sabemos, sin habernos costado grandes vigilias ni cuantiosos dispendios; en fin, lo que se llama de balde, que cuando la anchura del canal sea cero, no entrará en él un mal grano de arena… ni tampoco una gota de agua.

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Divorciados

Él hojeó los folletos y dijo que no. Quizá le asustaban las expresiones individuales captadas a pesar de la masa militarizada.

 Exposición ‘1917’. Centro Pompidou-Metz, 2012. | RPLl.

Después de entregarle los hijos a su exmarido para que los llevara a comer helados con arena a la escollera, la mujer le ha oído decirles, transmitiéndoles ilusión adolescente, que van a representar el desembarco de Normandía en El Sardinero y tienen todo el verano para preparar los disfraces. Y ella entonces ha deseado que la mar se coma toda la playa lamiéndola con furia hasta dejar sólo las rocas con su verdad desnuda y se ha acordado del punto álgido de su proceso de ruptura.

Fue durante unas breves vacaciones en Francia. Como si la familia presintiese la tormenta, los hijos estaban con los abuelos. Ella quería ir a Reims, ver la catedral incendiada en 1914, las gárgolas que habían vomitado plomo fundido. Él quería participar en la parafernalia de visitas, itinerarios y actividades organizada para explotar el desembarco en las playas renombradas por los generales. No había tiempo para las dos cosas.

-Por lo menos la de Omaha, la más sangrienta…

-No te hagas ilusiones -dijo ella-: ya retiraron los cadáveres y la metralla, excepto los microfragmentos, que todavía se detectan.

A él no le interesaban las tumbas que, en mareas quietas de cruces, convertían el fragor de la batalla recordada en homenajes, lentas reflexiones sobre la supervivencia y fotografías de ancianos condecorados, sino las recreaciones inmediatas de las acciones heroicas, ágiles y precisas (también se cree las cualidades selectivas de las bombas sobre el Yemen) tan celebradas en la industria de la propaganda y el espectáculo.

Ella propuso una alternativa. En el Centro Pompidou de Metz había una exposición que recogía el arte europeo del año 1917. Una pareja mejor avenida se la había recomendado. Decían que mostraba la esencia del conflicto a través del arte producido tanto en las retaguardias como en las trincheras. Había altares de obuses, camuflaje (los dibujos, diseños y obras de la sección especial creada por el militar acuarelista Guirand de Scevola: soldados que lucían camaleones en las casacas), cuadros y esculturas de artistas movilizados o huidos, carteles, cartas, portadas de libros…

Él hojeó los folletos y dijo que no. Quizá le asustaban las fotografías de las muecas sin maquillaje de los derribados, las máscaras antigás rotas entre las ruinas y las expresiones individuales captadas a pesar de la masa militarizada.

En cada cartucho labrado con filigranas por los reclutas a punta de bayoneta había horas de espera en los intestinos del paisaje enfangado. La llamaban, mientras duró, “la última de las últimas guerras”, pero sólo era una ensayo general, un preludio cuyas imágenes apenas habían empezado a controlar. Luego la llamaron Gran Guerra mientras preparaban la siguiente.

Él nunca hacía caso de las sombras sobre las postales oficiales. Quería trotar por la arena en un jeep de los años cuarenta, fotografiarse con casco y prismáticos junto a un búnker, ante los restos de un nido de ametralladoras explicados en paneles antivandálicos, codearse con coleccionistas de soldados de plomo y maquetas de batallas.

En la publicidad, compartían página una ceremonia religiosa para visitantes de todos los bandos y un tipo vestido de soldado Ryan haciendo volar una cometa vigía sobre el mar que ella, solapando la actualidad, imaginó lleno de refugiados invisibles.

No fueron a la exposición sobre 1917. Tampoco a Reims. Tampoco hicieron la ruta del desembarco pese a que él le juró a ella que no se lo perdonaría jamás. Una fuerza irresistible les impedía hacer planes por separado si no era llevándolos al extremo.

Poco después del regreso, llegó el vacío postbélico, la angustia de la falsa paz de desfiles y rituales. Se separaron pocos meses después.

Ahora, ella mira con rabia el mundo municipal centrado que va a importar el espectáculo como uno más de los atrapamoscas temáticos que se anuncian para el verano.

Habrá gastronetas, barracas y templetes durante la representación de la batalla; raciones de campaña, discursos por la concordia y muchas salchichas fáciles de tragar enriquecidas con abundante dextrosa y datos precocinados a la medida de las expectativas mayoritarias.

Su exmarido va a sentirse victorioso.

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Una cueva en otro mundo

Cantabria encoge su infinitud propagandística y vende entradas para aprender a guarecerse de las inclemencias alienígenas.

Detalle de la revista ‘Wonder Stories’ (años 30)

En las fotos marcianas de la NASA, las salidas de los tubos de lava parecen esfínteres de un desierto que los científicos comparan con el salitral de Atacama, donde apenas sobreviven algunas bacterias. Desde luego, no se parece a los territorios del Asón y del Agüera, y me cuesta creer que las cavidades volcánicas extraterrestres se asemejen a las cuevas de esa zona. Pero eso no importa, porque algún estudioso del mercado ha decidido que hay personas dispuestas a pagar 10000 euros por entrenarse durante noventa días para fingir durante cuatro que un agujero de Cantabria está en Marte y sufrir por ello.

La ciencia ficción ha ensayado varias maneras de colonizar el planeta oxidado. Ha probado a transformarlo como quien riega el desierto, a solapar con una nueva Tierra los restos de una civilización extinguida aprovechando sus veleros de las arenas, sus supervivientes telépatas, sus leyendas y sus fantasmas; a poner cúpulas, cavar túneles, disputarlo a otras especies imperialistas, cambiarlo de color con bombardeos de clorofila, iluminarlo con bacterias luminosas, licuar los polos para inundarlo porque allí, como en Cantabria, nunca llueve…

La primera novela de viajeros a Marte que leí fue una traducción en la editorial Cenit de ‘Terrestres en Marte’ (‘The Red Planet’, 1962), de Russ Winterbotham. Los marcianos parecían camellos con antenas en la joroba y tenían la sangre verde. Fieles a las tradiciones colonizadoras, los exploradores descubrían enseguida, a tiros, el color de la hemoglobina.

Poco después, una serie de relatos anterior y más famosa, las ‘Crónicas Marcianas’ (1950) de Ray Bradbury, me aportó una sensatez mucho más alucinante. Bradbury, que, cuando se quedaba en la Tierra, hacía que los bomberos quemasen libros, tomaba distancia para describir desde el cuarto planeta la locura autodestructiva del tercero.

Los textos sobre el planeta rojo abundan como el trióxido en el monte Olimpo. Es lo que tienen la vecindad y que Mercurio y Venus sean pequeños infiernos. Pero, para hablar de experiencias radicales, tengo que citar ‘Homo Plus’ (1976), de Frederik Pohl, que relata la conversión de un individuo en una entidad transhumana capaz de sobrevivir en Marte sin suplementos exteriores a su persona. Le implantan todo lo necesario y le quitan lo superfluo. Lo que para el poder es un estorbo incluye los placeres, pero el tipo lo acepta como un nuevo destino manifiesto. Los futuros clientes de la tecnobarraca cántabra quedan avisados por si los promotores turísticos se han inspirado ahí. Si no es así, la experiencia no me parece tan extrema como dicen. En 1954, Pohl y Cyril M. Kornbluth escribieron ‘Mercaderes del espacio’, de lectura tan útil como cualquier manual de economía, además de amena, y eso también tiene que ver con los simulacros para turistas.

En realidad, la atracción que una empresa ha colocado a las instituciones cántabras (sin que se hayan hecho públicos los detalles, financiación, cesión de patrimonio natural, etc.) se basa en el Proyecto ‘Cuevas de Marte’ del ‘NASA Institute for Advanced Concepts’ (NIAC), cuyas conclusiones se publicaron en 2004. El NIAC lleva un par de décadas estudiando propuestas de experimentos similares. Como no creo que en la cueva de Cantabria se apliquen a rajatabla los protocolos de los científicos ni las condiciones del planeta por muchos descargos de responsabilidades que firmen los paganos, malpienso que la cosa quedará en una mezcla de ‘Gran Hermano’ y ‘Aventura en Pelotas’, pero con trajes de diseño post-Star Trek, oxígeno racionado y aires de secta de élite, todo ello no sé si exhibido en directo o en diferido, a lo que se añadirá, anuncian, un supuesto seguimiento con efectos educativos -¿cómo no?- en el PCTCAN, quizá para justificar subvenciones. La publicidad habla además de prepararse para no sé qué viaje de dentro de unas décadas.

De pronto, da la sensación de que Cantabria encoge su infinitud propagandística de cocido, borona, cachones, anchoas, artes, letras, costas y cumbres, exagera el fetiche de las cuevas (pero hay líneas que no deben sobrepasarse: Altamira fracasó en el cine con toda justicia) y se pone a vender entradas para aprender a guarecerse de las inclemencias alienígenas, pero sin exponerse a ataques romulanos.

Me parece que la obsesión por crear ocio de lujo conduce a promover un reclamo tecnificado que podría estar en cualquier sitio más parecido a un desierto de verdad. Estamos en la era de la sospecha: creo que nuestros gobernantes aceptan el territorio vacío y renuncian a ponernos en ningún mapa del paisaje del cosmos al tamaño natural y con todas las dimensiones, no sólo las turísticas. Han pasado de decirnos que somos muy grandes -infinitos- a ofrecer agujeros como entretenimiento para narciso-masoquistas emprendedores que sueñan con terraformar Marte como ahora martirizan la Tierra: gentes que prefieren castigarse en una cueva-burbuja a disfrutar del paisaje, hablar con los autóctonos y degustar unas buenas berzas.

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Cuidado con el panel, señora, y dígale al niño que no trepe al simio.

King Kong

King Kong. Merian C. Cooper – Ernest B. Schoedsack (1933).

Debería señalarse para el recuerdo, en esta tierra de olvidos, el día que descubrimos el centro del pillaje. Fue durante la misa del turismo, donde la banca accedió a asistir para engullir anchoas con afectación de caviar Bilderberg. Un periódico de papel de Armenia aromatizado con resina de Benjuí (les estoy dando una idea gratis para ayudar a quemar las noticias), capaz de decir que las rotondas mutan a turborrotondas, habló con toda la consonancia de “cena oficial del evento mundial” sin acordarse de las pacotillas del Dr. Estrañi, tantas veces multado por la mordaza gubernativa.

Las fotos y vídeos omiten púdicamente los olores de los maquillajes masculinos y femeninos, de las esencias de la ropa cara recién lavada, de las pinturas y barnices, siliconas, tintes, gominas, pero no pueden disimular los reflejos del ungüento de couché digital que abrillanta a los figurantes. Los diaporamas de los fabricantes de inciensos ofrecen besamanos, poses de repartidoras de sobaos uniformadas y abrazos de gentes que fingen no hablarse con frecuencia o todo lo contrario. Sin embargo, por mucho que se trabajen, las grabaciones muestran un orden aburrido incluso en los momentos declarados como intensos.

No se demoren alrededor del gorila. Permitan que otros se hagan fotos. Déjense empuñar por la bestia. No teman, no vendrán aviones. Tampoco les arrancará la ropa con lujuria por mucho que lo deseen. Esto no es el Empire State: nuestro cine no lo necesita. (Ahí está la película sobre Altamira, a la que nadie menciona, quizá porque olvidaron encargarle a Enrique Iglesias la canción.) Suban al teleférico -no den de comer a los animales recluidos en libertad- y únanse al panorama. Y, sobre todo, no se les ocurra caer en el tópico de señalar las diferencias entre turistas y viajeros, y recuerden que cualquier visitante debe creerse VIP aunque lo traten a tortas.

Este asunto de fomento del turismo tiene muchas voces y algunas dan la medida de las contradicciones. El más leal opositor municipal de Santander ha respondido a la mala traducción del sitio de Fitur de la ciudad con una traducción defectuosa de una frase de Henry Miller tomada de un libro que no es el que cita, y eso como colofón de un artículo en el que critica el modelo sin proponer más que tibios cambios de actitudes. Las cosas no pueden ser de otra manera -parece decir- pero nosotros haríamos mejor lo mismo. Creo que le produciría una indigestión de radicalismo si tuviera que admitir que el turismo sólo puede ser sector principal mediante el asalto permanente al entorno y que para hacerlo fuente auxiliar sostenible hay que tener otras, tanto complementarias como autónomas. Diversificación, lo llaman en el mundo donde los economistas bifurcan los monorraíles políticos. Pero no importa: no hay lugar para palabras que superen el vacío que esconde la idea de la comunidad como parque temático, una Cantabria disfrazada de Cantabria (con la isla de Santander en atuendo de Baños de Ola) como Tabernas (Almería) se disfrazaba de Tucumcari (Nuevo México), o sea, poniendo un desierto en otro. Limitarse a criticar una mala promoción (que, sin querer, les ha salido jocosa, hay que admitirlo) y abaratar la filosofía de las maneras de mirar, es exigir un camino más corto hacia el barranco.

Cuidado con el panel, señora, y dígale al niño que no trepe al simio. No, no la perdono: la puerta del perdón la tiene ahí para lo que guste rezar. Mientras lo hace, piense que, dentro de miles de años, un astronauta con la cara de Charlton Heston enloquecido como un guía turístico insolado en un autobús-mirador vendrá a postrarse, no ante la puerta falsa, sino ante la estatua del primo primate -y gritará, aproximadamente: ¡Maniáticos! ¡Lo habéis destruido! ¡Yo os maldigo a todos!-, y quizá entre los vestigios descubra que aquel fue el día en que aprendimos a decir saqueo, pillaje, loot, beuten, google translate, lost and found in (mis)translation…

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Turismo de masas

M. C. Escher jugaba con hormigas en la banda de Moebius, una superficie sin oriente ni fin ni asideros y asomada a un abismo que divierte mucho a la mayoría de la gente.

Variación de una estampa de Belcebú del Diccionario infernal de Jacques Collin de Plancy

Variación de una estampa de Belcebú del Diccionario infernal de Jacques Collin de Plancy | RPLl.

Belcebú es el demonio que atrae a las moscas. Los niños náufragos de la isla de Golding lo adoraban bajo la forma de una cabeza de jabalí podrida. En mi infancia, las tiras adhesivas que se cuelgan de los techos para atrapar a los insectos me provocaban pesadillas. Proliferaban en verano como los ventiladores de aspas. Parecían cartuchos de escopeta en los anaqueles de las tiendas de ultramarinos. Ahora se usan poco. La gente prefiere, con razón, las jaulas de luz azul que liquidan las presas mediante descargas eléctricas antes de dejarlas pegadas a una membrana invisible. Las tiras engomadas, sin embargo, reaparecen de vez en cuando y siguen vigentes para fabricar metáforas de agosto.

Antes, algunos espolvoreaban con azúcar las serpentinas (ese debía de ser el último tinto de verano de los dípteros), pero las actuales vienen con sus propios atractivos, que se retroalimentan siguiendo un programa de escalofriante simpleza. Los insectos capturados se debaten durante horas y sirven de cebo para que otros acudan con intenciones predadoras o amatorias o ambas cosas a la vez; puede que incluso porque, como demostró un príncipe ruso, el apoyo mutuo es un factor de la evolución compensatorio de la competencia y ese suicidio es lo más parecido al anhelo de solidaridad que intuyen. Se quedan pegados y zumban la bachata inexplicable de un odio feliz mientras la cintas, generalmente amarillas como playas de cuento, se van llenando de puntos negros vibrantes.

M. C. Escher jugaba con hormigas en la banda de Moebius, una superficie sin oriente ni fin ni asideros y asomada a un abismo que divierte mucho a la mayoría de la gente. Pero las trampas colgantes apenas tienen las propiedades topológicas de un trampolín en un acuaparque donde las salpicaduras nunca llegan al suelo (todo son cuerpos guardando la proximidad tensa y sicalíptica de una aglomeración puritana) o las de la fila para entrar en el aparcamiento de las procesionarias sobrevoladas por avispas asiáticas: los saltadores miedosos oscilan pegados a las tablas y las orugas entran, salen y vuelven a ponerse a la cola.

Los adheridos, incapaces de acercarse más acá del azar, se llaman a voces y bocinazos. Molestan. Producen quejas que el poder llama fobias porque ha decidido que toda protesta no reglada es una patología. Esos zumbones ociosos que ocupan los espacios con vacío de revuelos son ahora más exasperantes porque los hemos atrapado para intereses elevados a comunes por la vía del chantaje y ahora tenemos que aguantarlos hasta que revienten el aforo. Buscaban la quimera de la paz de temporada y se ven envueltos en un paraíso blindado, cebados con comida monogusto, bebida a granel y una vaga idea de sexo fácil y ritos caníbales. Es frecuente que en la cinta esté impreso el nombre de la marca como el del complejo hotelero en las pulseras del todo incluido.

Cuando la franja dorada se vuelve negra, manos sudorosas de camareros en precario las descuelgan y las tiran a la basura. Las de fin de temporada suelen permanecer mucho tiempo: nunca se llenan del todo y quedan para esas pocas moscas privilegiadas que disfrutan de vacaciones hasta los primeros fríos del otoño.

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Bochorno

Es uno de los conceptos más poéticos que puede producir la ciencia. Viene a ser, si no lo he entendido mal, como la proporción de amor en el deseo o viceversa

Calor en la bahíh. RPLl.

Calor en la bahía | RPLl.

Santander en verano es maravillosa. Se detiene, se embotella y no colapsa. Parece soñada por un viajero extravagante, por ejemplo Raymond Roussel, que se desplazaba a lugares remotos para no salir de la intimidad universal del camarote, la habitación de hotel o la caravana que él mismo diseñó sin ventanas. No me hagan caso. Son lecturas de verano, párrafos disfrazados para fingir que todo trasciende.

Dicen que la ciudad fue construida en la ladera sur del cerro para dominar la bahía y protegerla de los vientos del norte y del noroeste. Pero en realidad fue para exponerla a los excesos del sur con algún resquicio para el nordestuco cabrón esquinado. El bochorno, que para los romanos venía (‘vulturnus’) del oriente, tiene la complicidad del sol, que delinea con su maquinaria analemática las fachadas de la ribera dejando en penumbra las trastiendas y, si además está nublado y la multitud no va a la playa, hace aflorar el poder de la masa, y entonces la urbe de 172 656 habitantes parece millonaria y concentrada en un lugar con una sola salida y una sola entrada. Aunque hay cientos de recovecos y escaleras y casas con balcones torcidos y patios trasteros traseros (no todo iban a ser miradores o mansardas) dispuestos como jardines colgantes venidos a menos, la mayor parte de las desviaciones parecen abruptas e inconfesables. El resto es paisaje nublado y espejo empañado.

(Bocinazos, imprecaciones. Aúlla un perro. El camarero no ha conseguido esquivar al tercer patinador y se ha caído encima de un quizá spaniel. El encargado de la cafetería acude iracundo al ruido de vajilla, pero hay demasiadas evidencias: la larga correa de lo que alguien del público no duda en definir como puto perro de los cojones sólo para que la dueña pida tolerancia; el obtuso tripulante de la plataforma patinadora como se llame o los niños jodiendo con la pelota como en aquella vieja canción. Hace un rato, para una señora literalmente estirada, no era más que el camarero imbécil que se cree simpático y confunde las comandas. Ahora es una víctima, y eso que todavía intenta sonreír como si le gustara trabajar doce horas diarias por el sueldo de ocho. Y se ha levantado y recoge la bandeja. Y pide disculpas no se sabe a quién. El encargado está mirándole y él se mira en la bandeja caída como Narciso en el pozo y repite lo siento, lo siento, y rueda un botellín de cerveza: ya sabíamos todos que el ayuntamiento no se ocupa de que las aceras estén bien niveladas; rueda y cae por el precipicio del bordillo, cruza la calle sin incidentes y se detiene ante los adoquines del otro lado, cerca del martillo neumático gigante que el operario ha dejado clavado en el cemento como una polla de acero; díganme que el símil es excesivo si se atreven.)

El bochorno es uno de los conceptos más poéticos que puede producir la ciencia. Combina la temperatura aislada de toda influencia con la humedad presente en el aire en proporción a la máxima que podría tener, lo cual viene a ser, si no lo he entendido mal, como la proporción de amor en el deseo o viceversa. No sé por qué estos conceptos me llevan siempre hacia ensoñaciones tropicales; quizá sea para desmentir la naturaleza norteña del fenómeno.

Como los carriles-bici reduciendo aceras han trasladado a los peatones el conflicto entre conductores de motor y ciclistas y corredores y patinadores de distintos tipos, las vías no motorizadas ofrecen un espectáculo innovador de zigzags y sustos. En donde las terrazas no alcanzan el nivel de desorden necesario, se instalan casetas. Un hombre vestido de prisionero de guerra se ha puesto a salvo en el espigón, mira la dársena y se abanica con las actividades de verano. Desempaca una phablet, le murmura un nombre e informa. Hay mucha cultura por medio: danza, aeróbic, magia, talleres para aprender a amarse… Stendhal hubiera reelaborado su síndrome tras una estancia en el Paseo Pereda.

Han acelerado las obras como en una stop-motion. Algo está ocurriendo. No han acabado de arruinarse los barrios destinados a la gentrificación, pero ya los están rodeando de novedades. Deben de tener prisa para algo. Rampas, ascensores, accesos. Quizá se trata simplemente de insinuar la posibilidad de movimiento en un lugar que no parece ir a ninguna parte. ¿Cómo se puede caminar en círculos en una ciudad-pasillo? Murales: también murales, con alegrías triunfales. Una frase de ‘La esfinge maragata’ en los muros del quinto pino sentencia una horterada sin contexto al pie del terraplén. Por cosas así nos amarían los dadaístas si no estuvieran a punto de ser archivados en un edificio bancario.

-¿Qué estás leyendo? -pregunta el enamorado en un banco bajo un tamarindo.

-Las bases de un concurso de ideas para una ciudad temática. Pero no las entiendo.

Pasa un coche con King África a tope y parece que el estribillo dice construir construir construir. No puede ser. Deben de estar obsesionados.

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