Santander 1913: Polizones

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La noche del viernes 31 de octubre de 1913, a pesar de la surada, hubo en la bahía de Santander mucho movimiento de pequeñas embarcaciones cuyos trayectos, fingidamente erráticos, convergían en un trasatlántico fondeado a la entrada del puerto. Se llamaba Pardo, desplazaba 4538 toneladas, alcanzaba los 12 nudos y tenía dos cubiertas y una disposición peculiar del castillo de proa y el entrepuente. Había sido construido en 1904 en los astilleros de Belfast por Harlam & Wolff para la Royal Mail Steam Packet Co. (conocida por los hispanohablantes como la Mala Real Inglesa) y formaba parte, con el Potaro y el Paraná, de un trío dedicado a llenar sus grandes bodegas refrigeradas con carne argentina, descargarlas en Gran Bretaña y habilitarlas para llevar a Sudamérica cientos de emigrantes de España y Portugal a 200 pesetas el billete de tercera.

El Pardo tenía fijada la partida para la mañana siguiente. Durante el día, se habían sucedido las idas y venidas de las lanchas de la naviera para trasladar provisiones y viajeros. A éstos se sumaron, con permiso o no de los tripulantes, familiares y amigos empeñados en prolongar las despedidas. Pero, cuando el anochecer y la firmeza de los oficiales impusieron la calma en cubierta y los carabineros expulsaron a los últimos borrachos de los muelles, empezaron los merodeos de los botes furtivos buscando oportunidades de embarcar polizones.

El puerto, entonces, estaba integrado en la ciudad en todos los sentidos, que eran muchos. Junto a la impostada normalidad, las proclamas reglamentarias y la ceremoniosa circunspección de los representantes de los poderes y burocracias subsidiarias del comercio, la pesca, el cabotaje y los grandes cargos, el panorama cotidiano -y aún más cuando las veletas dudaban en la oscuridad si rolar al noroeste- mostraba sin tapujos un flujo constante de movimientos informales, abigarradas actividades gremiales e individuales a veces violentas, generalmente ilegales o turbias y, sin embargo, tan fieles a las mareas y navegaciones como los oficios mejor considerados. Además, la integración social y laboral y la estructura urbana (entonces las dársenas no estaban cercadas) hacían de las ciudades portuarias fronteras imprecisas donde la pobreza forzaba ciclos de quieta supervivencia y actos disparatados. Los grandes negocios, por supuesto, se dirimían en otros sitios. En Santander, no demasiado lejos, en el paseo de Pereda, antes simplemente la Ribera, los consignatarios y banqueros tenían miradores para contemplar su obra, lo mismo los grandes paquebotes que los elegantes veleros y las ruidosas carboneras, sin dejar de quejarse de la pesca, el bullicio y el hollín al rematar las jornadas en El Sardinero.

Como en la mar mandan las corrientes, y no habría historia en Costaguana sin la encerrona nublada de su ensenada, antes de planear sobre el movimiento de la bahía, hay que indicar que las anclas del Pardo, fondeado a la entrada del puerto, habían garreado por efecto del viento y lo habían acercado a los muelles. Eso facilitaba las cosas a los que apostaban por la emigración clandestina.

Se ignora cuántos polizones intentaron embarcar aquella noche y, de ellos, cuántos lo lograron y cuántos fracasaron. Quizá se averiguara qué fue de los primeros si se rastreasen los censos de conventillos y vecindades de Latinoamérica; pero en cuanto a los segundos, los frustrados, aunque la mayoría debió de volver sin problemas, es imposible poner número a los que perecieron o consiguieron salvarse a duras penas tras zozobrar sus botes, manejados muchos por manos inexpertas. Sabemos, eso sí, que al menos dos fueron descubiertos por la tripulación ocultos en el buque y un tercero fue rescatado del agua cuando estaba a punto de ahogarse. Este, de ambigua posición, es el que nos interesa.

Se llamaba Manuel Toca Torre, alias Chispero, de 26 años, vecino de la cuesta de Gibaja, y les dijo a sus salvadores, un oficial y un marinero ingleses y un camarero español duchos en lanzar salvavidas, que había subido al barco por un cabo para despedirse de unos emigrantes y se había caído a la bahía cuando el bote que lo había llevado ya estaba lejos. No era buen nadador. Se vio mal y pidió socorro. Le proporcionaron mantas y lo convidaron a coñac.

Al amanecer, la lancha de la Comandancia de Marina se llevó a los polizones descubiertos. Unos años antes hubieran pasado un tiempo en los calabozos municipales por encargo de la Autoridad Naval, pero la abundancia de casos había suavizado el tratamiento de un problema irresoluble. Al fin y al cabo, por mucho que se molestasen las navieras, la opinión pública estaba a favor de los emigrantes: hacer las Américas era un deseo legítimo.

En julio de 1891, por ejemplo, estaban presos 28 polizones. Como las resoluciones se demoraban, un concejal pidió que se enviara a sus lugares de origen a los foráneos y se buscara una solución para los locales. Poco después, se solicitó a Gobernación que se diese a los detenidos de este tipo la libertad a cambio de trabajar en obras municipales. Más tarde, se empezó a resolver el asunto con una simple multa que pocas veces se cobraba.

Manuel “Chispero” Toca tenía antecedentes. Con sólo 15 años, había estado envuelto en una pelea en un bar de Cueto. Por esa misma época había recibido un disparo sin consecuencias graves mientras él y otros chicos jugaban con una pistola en la dársena de Molnedo. El arma nunca fue encontrada. También había sido denunciado y sancionado varias veces por agresión, intento de robo, escándalo y hurto; sin embargo, siempre se libró de condenas mayores. Además, le gustaban las fiestas desaforadas: ya en los años 30, tendría que indemnizar a dos vigilantes portuarios por romperles los capotes durante una borrachera en colaboración con Elingin Leongarden, noruego, de 25 años, soltero, marinero, tripulante del vapor Homledal, y Georg Asklund, sueco, de igual edad, tripulante del vapor Willian. Ese carácter internacionalista de Toca en los albores de la República concuerda -por lo menos desde la ironía- con su costumbre de manifestar ideas antimonárquicas: en más de una ocasión, estando en apuros, había buscado en vano la ayuda de un concejal del Directorio Republicano.

El abordaje del Pardo no hubiera pasado de un suelto en la prensa si, diez días después, no hubiera aparecido en la bahía el cadáver de un hombre que fue identificado como Manuel Collado Arroyo, alias Manoliqui, de 25 años, casado y con tres hijos, de oficio botero y conocido por dedicarse, entre otras cosas, a embarcar polizones en los trasatlánticos. Collado faltaba de su casa desde el día 31. Su esposa había llegado a sospechar que estaba camino de la Argentina. Los forenses dictaminaron que había muerto ahogado.

Entonces habló con los periodistas Benigno Verdeja Valle, de 18 años, que afirmó haber visto al difunto a las 12 de la noche en la dársena acompañado por dos individuos a los que se disponía a embarcar en el vapor inglés. Benigno les había ayudado a abordar y soltar el bote de Manuel Martín, el Andaluz, que no se hallaba presente. Oyó que a uno de ellos lo llamaban Chispero. La policía empezó a investigar cuando la prensa decidió que la noticia lo era de portada. El conservador La Atalaya bramaba especialmente contra las prácticas del hampa portuaria y ponía el punto de mira en gente sin remedio, decía, como Toca.

El Andaluz informó de que el bote le había sido sustraído la noche de autos y que, varios días después, lo había encontrado intacto, amarrado (por la forma, durante la bajamar) en el muelle de Maliaño, en la machina de hierro del ferrocarril cantábrico.

Interrogado Chispero, afirmó que Collado lo había llevado al Pardo, que no había un tercer hombre, que había caído del buque cuando ya estaba en él y que el botero se había ido sin saberlo.

Así estaban las cosas cuando, dos días después, el 13 de noviembre, apareció otro cadáver.

Servando Neira Rey, de 20 años, era un gallego de Barcarizo, huérfano y con cinco hermanos menores acogidos en un asilo. Hasta hacía pocos meses, residía en Hazas de Cesto ejerciendo labores diversas, incluida la de músico en una banda ambulante. Se había establecido en Santander cuando el industrial afilador de la calle Atarazanas Antonio Camba y su esposa, Carmen Formosa, también gallegos, lo habían empleado por dos reales diarios, manutención y lavado de ropa.

En la chaqueta del traje negro barato que vestía, llevaba Neira un reloj de acero, una carta y una fotografía.

El reloj estaba parado a las 11 y 5 cuando lo encontraron. Más tarde, en el juzgado, un amanuense vio que señalaba las 11 y 20 e hizo constar que, no habiéndosele acabado la cuerda, había vuelto a andar espontáneamente pese a haberse llenado de agua.

La carta era la que los Camba habían enviado a Servando para invitarlo a trabajar con ellos hasta ahorrar lo suficiente para irse todos a Buenos Aires.

La fotografía era de una joven con falda oscura y blusa clara, llevaba el sello de Quintana, calle San Francisco, y supuso una pesquisa circular. Los Camba tenían entendido que Servando tenía una novia, para ellos desconocida, en la cuesta de la Atalaya. El fotógrafo recordó que tenía varias clientas en la zona, entre las costureras del taller de Manuela Varela. La chica resultó ser la hija de los Camba, Josefa.

No se registran consecuencias familiares del descubrimiento. Interrogada Josefa, dijo que su relación con Servando era trivial, inocente. No comentó la foto. Pensaba que el joven se había ido a América y propuso que le preguntasen a su tío Manuel Formosa, que siempre andaba con él.

Formosa, figurante desabrido en la barra de un figón, negó conocer a Servando y la prensa desató contra él una andanada racista: fue tachado de gallego ladino y receloso. Parece que nadie volvió a molestarlo.

El inspector jefe de vigilancia, don Fernando Alcón (sic) tomó cartas en el asunto. La prensa progresista le había afeado alguna vez la aplicación de correctivos humillantes a los detenidos. En concreto, los obligaba a permanecer de rodillas en la prevención. Era más dado a las conferencias de clubes y casino, actos sociales de beneficencia, taurinos y, por supuesto, oficiales, pero, ante la situación mediática, hay indicios de que podemos imaginarlo subiendo, escoltado por un par de guardias uniformados para disuadir a los demasiado curiosos, al segundo piso del número 3 de la calle Tableros, donde doña Rosalía regentaba la fonda en la que trabajaba Chispero como mozo de estación.

Chispero, en el cuarto más discreto, con cara de viejo conocido de la policía, pero no sin temor, afirmó que la noche del 31 de octubre había ido con Manoliqui -y nadie más- al Pardo para despedir a unos conocidos y se había caído del bote. No explicó la diferencia con la primera versión, según la cual había caído del buque cuando ya estaba en él.

La dueña de la fonda también habló. No creía que Toca hubiera querido emigrar. Pensaba que, en efecto, fue a despedir a unos emigrantes que había estado alojados en el establecimiento y no le parecía inverosímil que lo hiciera a las once de la noche y subiendo por la cadena del ancla, por una maroma o como fuera.

Puede que por la intervención directa del jefe de policía (que, no obstante, enseguida se apartó de los focos, quizá evidenciando que allí quedaba poco tema) y la agitación de los medios, encabezada por el conservador La Atalaya (que apuntaba sin dudarlo a un hecho criminal) y el liberal El Cántábrico (que situaba el caso en la categoría de accidentes habituales e inevitables), la lista de testimonios publicados aumentó y, con ella, las contradicciones.

Algunos declarantes rectificaron lo que habían dicho antes o añadieron datos omitidos. Así, Carmen Formosa informó de una conversación que Servando había mantenido con Chispero para que este le organizara el embarque por nueve duros con Manoliqui como tripulante. Confirmaba, pues, que Chispero era un embarcador de polizones profesional. Sin embargo, 45 pesetas era un precio excesivo.

Se sucedieron también los testimonios de los boteros de los muelles; sin duda, eran los trabajadores del margen mejor informados, pero también poco proclives a ser sinceros con las autoridades, aunque, desde lecturas menos inquisitoriales, su hábiles fabulaciones no se privaban de un lúdico trasfondo de resistencia naturalista a los voceros oficiales.

La idea fuerza -por utilizar la terminología militante de la época- mantenía que la noche del 31 de octubre, como muchas otras veces (¿se esperaban las noches de abordaje migratorio con la resignación que los atuneros esperaban las virazones que devoraban las barquías?), un número indeterminado de polizones habían desaparecido sin que hubiera manera de saber si habían embarcado en el Pardo o seguido la suerte de Manoliqui y Neira. Varias familias esperaban noticias de sus parientes y preguntaban discretamente a marineros y pescadores. Eran probables más devoluciones de la mar. El destino de algunos se conocería con los años. Otros quedarían para la duda, la intuición o el medio luto. Quizá algunos no tardarían en volver por tierra si eran descubiertos todavía en aguas españolas. Lo importante era permanecer oculto hasta pasar de Finisterre.

Un tal Santoña corroboró que, por el garreo debido al sur, el Pardo estaba muy cerca del malecón del Muelle, y añadió que los que estaban por allí habían oído voces de auxilio .

Otro, Brinza, sostuvo que Manoliqui, Toca y/o Neira no habían embarcado en el bote del Andaluz. Es más: él había ido con Chispero al Pardo por la tarde en el vaporcillo de la Compañía y había visto allí a Manoliqui. ¿Preparaban el escondite para ir por la noche? Según él, los que hurtaron el bote fueron los miembros de una cuadrilla de torerillos vagabundos liderados por un tal Pedro González. Pero, ante el gran tráfico de polizones y la marejadilla, empezaron a recular y, cuando oyeron gritos, desistieron y amarraron el bote. Pero, entonces, ¿dónde habían embarcado los otros? Pues en la chalupa del buque Cantabria, que fue encontrada al garete y volcada en Astillero.

Otra hipótesis: lo torerillos habían tomado la chalana y, cerca del Prado, encontraron el bote del Andaluz abandonado y saltaron a a él. Al aspirante a novillero Pedro González, de 16 años, no fue posible encontrarlo. Había sido aprendiz de ebanista antes de que le diera por querer emigrar. El día antes de los hechos, su padre lo había sacado de un vapor, pero no sabía si había vuelto a intentarlo.

Benigno Verdejo mantuvo su versión, incluido el color del traje del tercer viajero: era blanco. El de Servando Neira era negro. Cuando se lo indicaron, Verdeja apuntó la posibilidad de dos viajes: Collado, Chispero y otro desconocido en el bote del Andaluz; Collado y Neira, después, en otro bote.

Nuevos hallazgos confirmaron la profusión de polizones. La chalupa de seis plazas de la sociedad de lanchillas automóviles, desaparecida, fue encontrada a la mañana siguiente cerca del lazareto de Pedrosa. En algunos botes de Puerto Chico, con señales de haber sido usados y devueltos, había tablas arrancadas de otros botes cercanos para ser usadas en lugar de los remos que sus dueños habían retirado por precaución.

Aunque no había acusación formal, Manuel Toca Chispero compareció ante el juez el 15 de noviembre. Dijo que el 27 de octubre, en la bolera de Numancia, Manuel Collado Manoliqui se había comprometió a embarcarlo para América por pura amistad, sin precio alguno. Que se habían dado citada para el día 30 en Puertochico a las 10:30 de la noche. Que Collado había acudido a la cita acompañado por Servando Neira y un amigo de éste, el cual había quedado en tierra tras ayudar a embarcar a los demás.

-Mala noche -dijo Toca-. Disforme. Soplaba el sur y la mar estaba muy picada. Llegamos al castillo de proa y subí el primero porque tengo experiencia como polizón. He ido a Veracruz y a Buenos Aires. Subí al vapor por un cabo y corrí hacia el puente para esconderme dentro de un bote de socorro. Estaba aflojando la lona del bote cuando perdí el equilibrio y caí a la mar. No sé nada más.

Negó ser un embarcador, apalabrar con los botes los polizones, regir el negocio desde una “oficina” instalada en un rincón de una taberna de la calle Arrabal cuya dueña hacía de depositaria del pago de los polizones, que podían recuperarlo, salvo una comisión, si el abordaje fracasaba. El juez lo dejó libre sin cargos.

La Atalaya lamentó que Chispero no fuera procesado y que lo celebrara, precisamente, en el burdel que frecuentaba en la calle Arrabal, encima de la taberna mencionada.

Examinando declaraciones, datos paralelos y rumores coincidentes, se puede aventurar un recorrido previo a la noche triste.

Comienza en el baile del ‘Ideal Panorama’, donde Manoliqui y un tal Vizcainuco llegaron por la tarde con dos amigas. Después se dirigieron todos al cine Narbón (echaban “La herencia de Cabestán”, recomendada como “de alto valor moral”), pero por el camino encontraron a Chispero, que le pidió a Collado que lo acompañara a embarcar a alguien, tal vez Servando. Manoliqui confió su entrada a una de las chicas para que la depositara en la taquilla hasta su vuelta.

Se les vio dirigirse hacia Atarazanas. Luego, siendo ya tres, estuvieron bebiendo en el establecimiento de la viuda de Francisco Díaz, en Puertochico. Salieron camino de los amarres. Poco después, un desconocido llegó al bar con la zamarra de Collado y pidió de parte de éste que se la guardasen. Le estorbaba para el trajín del bote. Era una noche de viento tibio, revuelto, que alteraba las mentes y aligeraba las anclas.

Bronca exquisita

El otro día leí que, en Rusia, en las proximidades del Don apacible, una discusión sobre Kant acabó a tiros (la noticia no entraba en detalles, pero parece que, como hoy todo lo kantiano, no tuvo consecuencias categóricas) y me acordé de cuando Rardo Pujas y su primo Ciano la tuvieron monumental por culpa del Lian, profesor de filología clásica represaliado que se ganaba la vida en una academia de repetidores, bebía como un cosaco (muy a propósito) y era esposo de una mujer de abrupta belleza grecolatinizante que las noches sin luna tocaba el piano, único mueble noble de la buhardilla que habitaba la pareja como estereotipo de resistentes derrotados, todo lo cual (piano triste y manso resentimiento) llevaba al hombre con frecuencia a acodarse en la barra del bar Oregón, trasegar mucho tinto barato (en realidad, no había otro) y soltar máximas que dejaban a la parroquia boquiabierta bajo los rulos atrapamoscas colgados de las paredes incluso en invierno. En ese bar sin otro aditivo yanqui que un sombrero Stetson grasiento fosilizado en la pared, tuvo lugar la pelea entre parientes que actuó como una máquina de Goldberg multidireccional y arrastró al barrio a un caos que duró tres días y cuatro noches y se prolongó durante años en un desorden lento, pero evidente como la expansión del universo, que es otra máquina de broma porque, aunque nunca nos lo admitimos, realiza tareas sencillas de un modo muy complicado… (Mientras se fraguaba la disputa, la mujer habilitada por la maledicencia y la teología para ser origen de la perdición paseaba por el barrio como un espejismo sin moverse del salón de casa, donde, de negro, leía en una chaiselongue tapizada en rosa palo un tomo en cuero con la portada de una colección de ensayos sobre Madame Bovary y el contenido de ‘La literatura y el mal’.) Aunque los nombres han sido cambiados, la realidad es tozuda como la conjetura de otro ruso cronosaboteador probablemente abstemio, y quizá muchos recordarán o habrán oído siquiera mencionar la que se montó aquel día de verano de finales de los 70 después de que el triste profesor (uno de esos grandes hombres cascarrabias con sus alumnos), en medio de un silencio espiritual evidente, al atardecer, dijera: “Toda forma lo es de un contenido”. Como se ha atribuído el privilegio de ser escenario de los hechos a varias localidades de nuestra Comunidad, y aunque fui testigo, omitiré el nombre del lugar para no provocar desilusiones. La frase fue pronunciada con desgana, pero redobló el silencio. Callaron hasta las moscas. Es decir: sobre todo, callaron las moscas cautivas. Pero ese silencio cruel lo rompió Ciano (ex legionario, boxeador de pesos welter desfederado por juego sucio, de cejas tachadas, treinta combates, todos perdidos por knock-out o fuga ante el adversario), el cual, ensoberbecido por el Soberano, casi como un poseso (una larga trayectoria personal que no viene a cuento explicaría esto), afirmó con su voz de nariz rota: “¡Eso sólo es cierto en el caso muy improbable de que ningún sofista se esmere deliberadamente en ocultar el contenido dándole una forma falaz al continente!”. Dadas las dificultades expresivas de Ciano, provocadas por recurrentes lapsos vago noqueo reminiscente, hubo y hay entre los testigos vivas polémicas sobre lo acertado de esta transcripción, pero, para lo que a esta crónica afecta, Lian alzó la vista, impetrante, hacia las hijas de Belcebú (el techo del local era alto; apenas se imaginaba un final del abismo blanqueado por telarañas donde desaparecían los cables de las bombillas desnudas), murmuró algo (¿por suerte?) ininteligible y, cuando parecía que no iba a haber nada más y empezaban a volver los zumbidos desesperados, Rardo (sabíamos que amaba con furia platónica a la cuñada del profesor, más fea, inteligente y pianista que su hermana, y era bien correspondido) estropeó el regreso ovino a la normalidad terciando con voz helada: “No contradigas al viejo”, advirtió. Enseguida entendimos que allí residía el poder de una mujer prematuramente tachada de solterona, vestal de cabellos lacios demasiado oscuros en las mechas aún no encanecidas, de silueta de enredadera y, sin embargo, majestuosa en su sobria túnica negra… El poder de un sueño, la furia bella imaginada, la frágil desmesura de un hombre herido que podía sufrir con la misma facilidad con que talaba bosques enteros en jornadas de 12 horas diarias. El caso es que Rardo Pujas (he olvidado decir que la primera erre se pronuncia con sonido vibrante simple y espero que eso no recaracterize bruscamente al personaje o por lo menos no desenfoque a la persona) debió de pensar que había que sacar a colación el asunto del robo de energía, obra de Ciano, que, a poco de salir de la cárcel, había alquilado un piso junto al de su primo y había puenteado su contador eléctrico con el de éste, el cual a su vez había hecho tiempo atrás lo mismo con el de otro vecino, para colmo guardia civil retirado que, debido al excesivo consumo, tenía grandes peloteras con su señora hasta que su contador dijo ya no puedo más, explotó con un aliento desesperado y dejó un halo ominoso en la pared del sótano comunal además de levantar la masilla que ocultaba los cables añadidos. El ex guardia civil exhibió la pistola, hizo cuentas y dejó claro que una deuda impagable pendía sobre las cabezas de los vecinos a cuya compañía había sido condenado por su escasa capacidad para ascender pese a los servicios prestados. Nada más retirarse, ya en democracia formal, se había hecho comunista, como su padre, que había quedado a su pesar en la zona del Alzamiento Nacional y había pasado años en la Guinea Ecuatorial (patética rima) escoltando los movimientos forzados de población para saciar el hambre de cacao y darnos quizá una oportunidad de expresar la globalidad de lo local y viceversa. Volviendo a los hechos que nos ocupan, de relato más prolijo (como voy a demostrar) que el intento de ambos parientes de talar, al unísono y con sendas motosierras, las palmeras monumentales de los jardines de la iglesia neogótica (orgullo de nuestra localidad pese a la existencia de otro edificio vanguardista de los años 70 y, a causa de los contrafuertes, serie de biombos de piedra oscura para las parejas nocturnas-), intento que fracasó por falta de combustible en las máquinas, mala calidad de cadenas, escaso engrase de las espadas (recién pasada la campaña de la tala, los Pujas volatilizaban la paga haciendo vida de marineros sedientos) y dureza de la madera, y no por otra cosa, ya que la fuerzas del orden no pudieron acercarse a los vándalos hasta que los motores cesaron su petardeo. Volviendo a ello, digo, es preciso hablar del silencio que se hizo cuando, al parecer, escasearon las réplicas. Probablemente, sin esa rara quietud (hasta los de la timba del fondo congelaron los naipes en el aire) no se hubiera producido el primer impulso, la puesta en marcha de un mecanismo construido por el azar y la necesidad, esa ingeniería del cosmos, el hado, el sexo y la sed, que un pintor futurista hubiera representado como un giro de objetos y personas en vórtices hilados sobre marionetas o encordados como autómatas de feria, pero a una velocidad sólo representable rompiendo toda figuración o armonía tradicional e incluso el propio lienzo. De pronto el bar pareció el trampantojo de un embalse olímpico desbordado, una puesta en abismo de estampidas de divinidades guerreras, faunos, ninfas, jaurías y ángeles nuevos legionarios de impresionantes dimorfismos sexuales y escatológicos. No se recordaba bronca parecida desde aquella huelga general en que los antidisturbios miraron al revés los mapas. (No se ofendan. Entonces eran grises, no había gepeses ni drones y, por otro lado, debería haber escrito “desde que los antidisturbios, alertados del error por desertores y prisioneros, pusieron los planos en la posición correcta”.) El incidente se subdividió para extenderse en muchos acasos cada vez menos subordinados a la filosofía inicial hasta perderse en la distancia de un mar de calles náufragas con sus islas míticas, las plazoletas especializadas, la de ligar, la de beber, la de las nubes de hachís, la del bajón de tripi, la del dibujante solitario al carboncillo, la de los niños, la de los perros; en realidad todas eran rincones o momentos distintos o ruinas o callejones anexos de la misma plaza, subplazas que fueron borradas por la lava fría de la historia de manera que el relato del día siguiente sólo quedó escrito en los objetos: una chapa de cinturón tintada en rojo y negro imitando la jolly roger de Jacquotte Delahaye, una carpeta con formularios de empadronamiento manchados de sudor de esclavos, cristales rotos de variadas procedencias, cajas de rodamientos reventadas, probetas con las que algunos habían querido experimentar lo placeres inusuales de la guerra bioquímica, preservativos trasladados con el mismo objetivo y rechazados por las desasosegantes amazonas que abandonaron los disfraces para refutar las tristes hombrías de los héroes, varios tomos del Rocambole, algunas láminas de Escher, un montón de fotografías de fractales y, de fondo, un dueto de theremines que avisaba del regreso zumbón de los daleks.

Evasión (un relato)

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Portada - Evasión

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Sobre ‘Drogas, neutralidad y presión mediática’, de Juan Carlos Usó

Creo que tendemos a reducir la cuestión de las drogas al problema del narcotráfico, con su épica policial y su victimario, de modo que es difícil introducir en los ámbitos cotidianos otras reflexiones. Es cierto que el debate sobre la legalización reaparece de vez en cuando en los focos de los medios, pero no suele salir de lo especulativo, y una suma de tenacidad moral y de intereses o desinterés impide cualquier cambio. El asunto queda, pues, casi exclusivamente en manos del orden público y la rutina legislativa, y la condición de los adictos se suele simplificar por y ante la opinión pública con la conmiseración por ser víctimas de sí mismos y de los traficantes, lo cual da pocas oportunidades a los matices.

Es comúnmente aceptado que la prohibición de las bebidas alcohólicas en Estados Unidos (1920-1933) fue un absurdo corregido después de unos años trágicos y relatado ahora como una especie de epopeya donde el orden al final se atuvo a la razón sin que nunca la hubiera perdido, es decir, sin dejar de ser el orden. Sin embargo, parece que el resto de sustancias alteradoras de la mente y la conducta han quedado en un falso limbo cada vez más activo, viciado y complejo, tanto desde el punto de vista policial como político (y geopolítico) y, por supuesto, económico.

Sirvan estas divagaciones previas como una recomendación del libro de Juan Carlos Usó, que, en mi opinión, facilita con una laboriosa sencillez la comprensión del fenómeno de las toxicomanías y su conversión en un motivo de alarma social.

En Europa el problema se percibe como tal desde finales del siglo XIX hasta la postguerra (con la Declaración de La Haya de 1912 como punto de inflexión cuyos efectos sin embargo tardarían en notarse) en un trascurso que incluye la influencia de la guerra en la proliferación de sustancias de todo tipo, la generalización de su uso no medicinal en ambientes médicos y la venta legal, alegal o tolerada de lo que suponía un negocio dirigido sobre todo a las clases pudientes y nada marginales o con sus propios márgenes discretos (los que luego serían “unos tiros de farlopa” se llamaban “frasquito de Boheringer” o “Forced March”, etiquetados por prestigiosos laboratorios). Pero, en España, se añadió, como un factor peculiar, la neutralidad en la I Guerra Mundial, que aceleró la importación de nuevos modelos comerciales y de ocio y la llegada de refugiados ‘de lujo’ para reforzar a los practicantes autóctonos de paraísos artificiales y desbordar y sacar a la luz los ámbitos habituales.

El fallecimiento de unos aristoxicómanos en lugares de veraneo, por su valor simbólico, es una referencia fundamental en el libro. En medio de la neutralidad y la boyante economía hispana, se extiende o, mejor dicho, se construye una alarma social que, aunque se tomaría su tiempo, tendría el efecto de producir la aplicación de las leyes cada vez más restrictivas y paradójicamente similares a las que aquí no triunfaron sobre el alcohol. Condiciones culturales y de clase, y prioridades de los medios de comunicación intervinieron en todos los sentidos para el diferente tratamiento de los productos. Aunque la alarma pasó pronto, los intentos de aplicar estrictamente la legislación crearon un sedimento represivo y la permisividad farmacéutica, pronto recuperada y aún mantenida durante años, se complementó con el mercado negro, el cual, con el tiempo, se quedaría con el monopolio.

Así se sentaron las bases del callejón sin salida en que se ha convertido una cuestión que, como señala el autor, debe ser rescatada “del terreno de la mitología y la fantasía” y ser restituida “a la senda de la historia y la farmacología”.

Por si el asunto y el punto de vista no fueran suficientemente atractivos, la recopilación de textos (con un panorama de cronistas muy brillantes) y noticias de la época, bien encajados en la estructura del relato, hacen del libro una lectura, en mi opinión, muy amena.

Un apunte local

El libro de Juan Carlos Usó hace un repaso a la situación en San Sebastián, ciudad de veraneo regio (Playa Real desde 1897) en la que se produjeron víctimas determinantes para la opinión pública. No se ocupa, claro, de Santander, donde no hubo hechos relevantes y que, pese al autobombo habitual, sólo era “segunda ciudad de veraneo”, pero esa condición permite considerar (a falta de investigaciones extensas y sólo con echar un vistazo a la prensa) que la situación era parecida.

Podemos suponer que en Santander el incremento de veraneantes del Gotha, la pequeña nobleza y la burguesía no aportó sólo clientes para el hipódromo y los baños de ola. Sabemos que aumentaron el juego y la prostitución, y se produjo la transformación de teatrillos y cafés cantantes en cabarets y music-halls, lo que permite aventurar que, en cuanto a los estupefacientes (“se juega en tantos sitios como se usa morfina”, sostiene un testimonio), dominó el mismo ambiente que en aquellas ciudades de veraneo receptoras del aluvión narcótico.

El Cantábrico (18-01-1916) – La canción de la morfina, por Agustín Pajarón. (Pulsar para aumentar.)

Por otra parte, en la prensa y la publicidad de la época, aparecen indicadores del estado de cosas. Algunos en relación inversa (como señalar los productos farmacéuticos sin opiáceos ni cocaína por su convivencia en la venta libre con los que los contenían) y otros evidentes, como la “canción” publicada por Agustín Pajarón en El Cantábrico en enero de 1916 (en el corazón de la neutralidad) y dedicada a José Estrañi y Grau, creador de las pacotillas.


Artículo relacionado: Años de hipódromo


Aquel, ese, este tiempo

El peligro de alterar la historia retrocediendo en su curso es mínimo porque algo parecido a un timón tenaz mantiene las rutas principales.

Ferdinand Hodler | El toro (1878).

Douglas Adams -a quien no me canso de citar porque por él no pasan los años- estableció, sentado en el bar del fin del universo, la categoría estética del infinito (plano y sin interés) y la simultaneidad de la práctica de los viajes en el tiempo (cuando se construya la primera máquina que los permita, ocurrirá a la vez en todas las épocas y habrá existido siempre). Podría haber añadido que tal viaje, se produzca como se produzca y pese a la parafernalia en que lo envuelve la mayor parte de la ciencia ficción, será -es- circular, tedioso y sin consecuencias. Kurt Vonnegut también apuntaba por ahí: su ‘alter ego’ lo usaba en ‘Matadero 5’ como vía de escape desde situaciones dolorosas (el bombardeo de Dresde, un tren cargado de prisioneros…) hacia lo ya sabido o por saber; nada diferenciaba las cosas sucedidas de las venideras y lo realmente dramático era su vida de marioneta de la historia, no los desplazamientos.

Pero ahora viene la ciencia en ayuda de la literatura. Los físicos dominan las leyes que les permiten perdonarme interpretar desde la ignorancia, y es más lírico agarrarse a lo cuántico que a la paramnesia, el vulgar ‘déjà vu’ o la manida magia. Un ruso, Igor Nóvikov, afirma que es muy difícil crear paradojas destacables yendo al pasado y pisando una flor incipiente, matando una mariposa improbable, poniéndole una zancadilla a un magnicida o mejorando la puntería de un tirador rifeño. El peligro de alterar la historia retrocediendo en su curso es mínimo porque algo parecido a un timón tenaz mantiene las rutas principales. Que haya taquiones que llegan a su destino antes de salir del origen no parece cambiar nada. Todo lo demás corresponde a la voluntad humana, que produce una amalgama involuntaria de probabilidades e incertidumbres y sólo se ejerce desde el presente, lo cual -no cantemos victoria- incluye cambiar el relato del pasado (creo que los científicos prefieren permanecer en silencio sobre esto, aunque los sociólogos y economistas usan disciplinas científicas no se sabe bien para qué).

Como todo lo local cuenta en el universo, tomemos por ejemplo el regreso de una leyenda de condena cumplida a la política activa de Cantabria, a la que no me apetece nombrar porque, sin querer conflicto con los nominalistas, es más un universal que un ego desatado y así tiene usted excusa para deambular por internet (la procrastinación es arte y cultura). Fue alcalde, luego presidente y luego fue condenado por corrupción. Creo que nunca sucumbió en las urnas, y eso le da argumentos para la vuelta: muchos admiradores se quedaron sin líder y la reescritura que no funciona como fantasía funciona como disfraz.

Los retornos, igual que las permanencias excesivas, acaban volviéndose chistes hasta para los electores más fieles, porque la repetición hace la farsa. Sin embargo, los emblemas del que fue a la vez súcubo e íncubo no se han ido nunca, así que el regreso puede ser más exitoso que la tozudez de la bola de billar usada por Nóvikov como símil, sujeta a un número ilimitado de tensiones previas que, si no hay ruptura, la conducen inexorablemente al mismo sitio a donde llegó en el futuro por mucho que repitamos el día de la marmota con variaciones impotentes.

Hay factores que, no obstante el peso de la ley, soportan la hipótesis, y de pronto puede salir de un agujero de gusano el esperpento montado en un semental de un millón de dosis y dólares, un patrimonio invisible, pero no inmaterial, que se renueva con los lamentos por la dilapidación del paraíso vacuno, si bien es sin duda superado por objetos más sólidos y rentables (la rentabilidad suele ser una desgracia para los pobres), como el territorio cercado donde los camellos bractianos miran pasar caravanas de emisores de CO2 o el Palacio de lo Sobrecostos Marmóreos inaugurado por un socialista (esta palabra tiene una supervivencia inusitada) que gobernó seis meses, compró una quinta para crear una pequeña Moncloa con sus recepciones culturales y todo, y luego, tras ratificar el poder del paradigma, fuese. La quinta está en venta, y creo que barata. El palacio fue reinaugurado por su gestador. Después, como en una película de los Monty Python, llegó la policía y mandó apagar la cámara.

Aunque más elaborado y tecnificado, el modelo permanece, salvo las vacas, y nadie ha implantado con éxito otras banderas ni conseguido votos por métodos diferentes. Los regionalistas, que colaboraron en la ascensión de la leyenda desde los tiempos municipales, triunfan haciendo de la imagen de su líder el emblema, siempre en coalición consigo mismo (ese juego macabro de la sucesión) y con otros (esa dulce flexibilidad autonómica) y luchando contra el tiempo por la victoria final. Otras presidencias pasadas –y, por desgracia, sus efectos- parecen fáciles de olvidar incluso en sus arrebatos antitabaquistas.

En cuanto a los que nunca han gobernado, la nueva izquierda ha envejecido tan deprisa que está rejuveneciendo a la vieja, y las nuevas derechas no lo son en absoluto y merecen artículos más siniestros que este, aunque el ensayo de anuncio del regreso quizá tenga mucho que ver con ellas.

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Cabildo de Arriba

No es la pérdida de lo antiguo lo que más me importa, sino la ausencia de rastros que puedan definirse en la memoria y la huida hacia adelante basada en imitaciones de folletos turísticos y burbujas culturales amaneradas.

Santander a finales del siglo XVI (detalle), por Joris Hoefnagel. Grabado del Civitates Orbis Terrarum.

Están derribando las últimas ruinas del Cabildo de Arriba. No voy a hacer un lamento por el impacto inexistente de la caída de lo viejo ni siquiera en su respetable acepción de antiguo y memorable. No voy a llorar por Sotileza, que nunca existió, porque prefiero a Casilda, de la cual pocos se acuerdan por su lastre de prisionera de su clase.

La historia de Santander es una descripción de derribos y abandonos. Eso no impide que la propaganda suela referirse a un pasado glorificado por la catástrofe. Quizá el aprecio al recuerdo del incendio vaya más allá de la conmemoración de un día trágico para mucha gente y parte de la querencia se deba a que produjo un espacio en blanco que enseguida se llenó con especulaciones y retranqueos y permitió clasificar aún más a la población en los barrios de la obra sindical vertical. No se recuerdan con el mismo énfasis los abundantes motines por la escasez e insalubridad del agua aunque el PGOU haya sido tumbado (de momento) por olvidarse de ese suministro en un futuro que se sueña masificado.

El Cabildo de Arriba fue barrio pesquero, como mucho antes lo fue el Arrabal (que el grabado de Joris Hoefnagel muestra junto a las redes tendidas en la playa) y luego también el Cabildo de Abajo, en Puerto Chico y San Martín y mestizado con obreros de astilleros y fábricas de gas, azúcar y betunes. Cuando los pescadores y descargadoras fueron expulsados de la ciudad (un viejo anhelo de la burguesía de olfato y oídos hipersensibles a las tripas de sarda y al idioma pejino), esa parte arcaica de la calle Alta y las calles y callejas que rodeaban la catedral (entre las que hubo incluso un callejón llamado, como muchos pasos inferiores, del Infierno) tuvo el privilegio contradictorio de quedar como extrarradio interior durante décadas mientras el centro se iba conformando como el preludio del parque temático tópico con que hoy intentan elevar la ciudad a la excelencia turístico-hostelera-cultural.

Parece que Santander nunca favoreció la construcción de una hipótesis sobre sí misma. Me da la sensación (los expertos lo discutirán) de que este territorio y sus gentes estuvieron siempre en permanente transición hacia sí mismos, lo cual, por supuesto, no significa nada, pero queda bien para expresar mi desconcierto.

Se ha señalado que el crecimiento del XVIII llenó la ciudad de inversores inmigrados, muchos de los cuales no procedían de lugares tan lejanos como para romper los lazos con sus orígenes ni siquiera tras los cambios generacionales. Pero resulta evidente que los harineros castellanos, consignatarios vascos, hosteleros franceses, prospectores británicos o tranviarios belgas aprendieron de los hidalgos y banqueros autóctonos a autoproclamarse santanderinos de toda la vida con el mismo desapego irónico, ferviente y felizmente sardineril. A ellos se sumaron las aristocracias trashumantes en un triunfo vacacional y muy rentable debido en parte a pestes y guerras ajenas. La Ilustración entró lo justo para moderar los hábitos con permiso del obispado, pero la revolución industrial no consiguió un buen ensanche y el puerto comercial y pesquero fue empujado sin reparos hacia las marismas interiores.

Cuando la propiedad pasó de vertical a horizontal, el mundo siguió siendo el mismo, pero los negocios aumentaron y la especulación tomó las formas que hoy son ortodoxas, benditas e irrefutables, aunque los poderes (que sin embargo lo eran) no pusieran mucho empeño en imaginar una ciudad separada de la postal de casinos y baños de ola en playas alejadas, de modo que el núcleo urbano se estableció como el desván cultural de un banco (al otro lado de la bahía está el poder verdadero del búnker de datos), su logo, espacio de exhibición en terrazas y poco más.

La plebe, mientras, estaba y está a lo suyo: sobrevivir en los huertos y vaquerías asediados por la urbe, los talleres, las lindes portuarias (donde, como dice el tango, llegan almas de todos los vientos del mundo), los andamios, la hostelería y el precariado habitual. Y a veces, pero sólo cuando el desastre se hace alucinante y cotidiano (TUS), pelea contra el intento municipal de aislar la periferia humilde y blindar la pudiente.

El cabildo-margen se fue volviendo una anomalía enclaustrada en un centro que paradójicamente lo salvaba de la especulación inmediata -cosas del calendario de la ocupación del suelo-, así que cayó lentamente para acomodarse a otros planes, como el del litoral de San Martín, ya prefigurado en cemento, la ladera sur del cerro, de honrosa, pero ya vencida resistencia, y la continuación por el norte y el nordeste de un impersonal paraíso litoral.

No creo que lo que desaparece deba ser conservado; ni por una idea de belleza ni por cuestiones emotivas. Creo que la estética y sus emociones deben ser desacralizadas. No es la pérdida de lo antiguo lo que más me importa, sino la ausencia de rastros de evoluciones y revoluciones que puedan definirse en la memoria. Es la decadencia consentida y aprovechada lo que me molesta, la construcción de una huida hacia adelante basada en el modelo que repite los ciclos de crisis e ignora la evidencia de una ciudad cuyos habitantes huyen para dejar huecos que vender replicando vídeos de promoción turística y burbujas culturales amaneradas.

Ya lo dijo Bernardo de Morlaix: sólo quedan del origen nombres vacíos. Espero que del Cabildo de Arriba permanezca el nombre. Así, al menos, alguien podrá preguntar de dónde viene.

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Bocartes

Recorrían la ciudad dando gritos para ofrecer a otras mujeres hombres a tanto el número.

Pescado (1921). Chaim Soutine

Pescado (1921). | Chaim Soutine

El 11 de mayo de 1884, La Voz Montañesa publicaba esta noticia:

Anoche se personó en nuestra redacción un pacífico ciudadano a quien molesta la añeja costumbre de las pescaderas que pregonan ‘hombres’ a voz en cuello cuando venden bocartes.

(…) Venía a que dijésemos -y dicho está- que encontramos reprensible y altamente perturbador el hecho de que se dé el nombre del rey de la naturaleza a unos ruines pescadillos.

Cuatro décadas después, Esteban Polidura Gómez, el periodista que le puso maretazos de realidad al costumbrismo, entró en detalles en El Cantábrico, aunque entonces ya hacía mucho que las autoridades habían intervenido para amordazar a las vendedoras:

Cuando les dio por llamar ‘hombres’ a los bocartes (anchoas), costó Dios y ayuda abolir aquella mala costumbre.

-¡Llevar hombres, abajar! -gritaban por las calles.

-¿A cómo son, sardinera?

-A dos reales el ciento.

-No quiero más que dos docenas.

-Con dos docenas de hombres no tienes tú ni para empezar.

Una serie de equívocos intencionados, que llegó a rayar en verdadero escándalo, obligó a un alcalde -republicano por cierto- a cortar por lo sano aquel mal.

Recorrían la ciudad dando gritos para ofrecer a otras mujeres -éstas asomadas a los balcones para el ritual del regateo entre las ropas tendidas al sol del tiempo de las costeras- hombres a tanto el número, un dato preciso que probablemente a muchos parecía una etiqueta barata. Seguro que además era una pequeña venganza. Los hombres ‘de verdad’ se quedaban con la gloria y la tragedia de las navegaciones. Si venían galernas y arrasaban la flota (ahora quiebran el mito del turismo: el drama deviene bufo), las mujeres lloraban en los muelles; si llegaban barcos repletos, ellas los descargaban, se echaban los carpanchos a las cabezas y se ponían a vender por las calles. Los hombres contaban la epopeya del enésimo paso de la barra y las mujeres se pegaban con la policía, los inspectores de consumos, las vecinas y entre ellas.

Aunque se arriesgue a que le digan que no se ha defendido lo suficiente, cada una se rebela como puede o sabe. Por ejemplo con el silencio o con los desplazamientos semánticos, cuanto más radicales, mejor. A veces, el lenguaje de los sometidos sólo es consuelo, pero cuando se hace consciente o crea consciencia, pasa a ser revuelta. Aproximar cosas sin relación es la audacia de la que surgen las libertades. A veces tropiezan dos palabras en una calle pindia y un vocablo merece un cambio de objetivo. Un alcalde republicano en plena monarquía acabó por prohibir aquel uso de la palabra ‘hombre’ en vano. En el poder, todo se mistifica.

El lenguaje es norma y delación: según quien lo imponga, denunciará el mundo o lo describirá como inamovible; y el habla, el texto y los gestos se debaten siempre entre la sumisión y la resistencia. Por suerte, contiene también los mecanismos de la subversión. Las sardineras percibían lo que muchas veces se olvida: que la pobreza y la discriminación por oficios, y las diferencias de consuelos, méritos e ingresos, se refuerzan con las cárceles del género.

Aquellas mujeres eternamente embarazadas (decía Polidura que parecían llevar un chinchorro añadido en la proa) subían y bajaban de los muelles a los barrios para gritar la mercancía y jugaban con las palabras, se dejaban llevar a la juerga de los pareados, tendían dobles sentidos sobre el abismo de la precariedad y dedicaban metáforas al género que vendían y a los roles del que soportaban solapado con el clasismo. Lo de los bocartes es sólo una muestra que trajo consecuencias, pero dicen que muchos paseantes de canotier celebraron la ocultación del espectáculo y sus desafíos cuando desapareció la venta ambulante y los muelles pesqueros fueron segregados del centro de la ciudad.

Las pescaderas llamaban hombres a los bocartes. Y lo pregonaban. Cuando una mofa se airea, aparecen los ofendidos y, si tienen poder, prohíben. Los actos administrativos, judiciales y periodísticos de la selección cultural (ahora camuflada bajo el epígrafe contradictorio de ‘creatividad subvencionable’) se complementan con la lista de grupos, castas e instituciones que tienen derecho a ser atendidos si se duelen al sentirse cuestionados desde abajo. Al quejoso del XIX le faltó añadir una denuncia por delito de odio de las mujeres a los hombres. Hoy, los oradores orgánicos siguen en ello, mezclando toxinas con oportunismo, pero, después de la gran movida feminista del 8 de marzo, y aunque no ha tenido consecuencias salariales ni legislativas, hasta las anchoas presienten que algo ha empezado a no ser lo mismo.

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