El regreso de los mismos personajes

En el París invadido, los acontecimientos se sucedían muy deprisa y nunca en línea recta. En 1941, la Gestapo detuvo al escritor Jean Paulhan como sospechoso de pertenecer a la resistencia y lo interrogó sin éxito durante una semana. No estaban muy convencidos -había tenido tiempo de desarmar la multicopista y tirar las piezas al Sena-, así que no lo maltrataron demasiado. Fue liberado con el aval del colaboracionista Drieu La Rochelle, que lo persuadió de aceptar un puesto de confianza en la prensa ocupada; es decir, creyendo ganarlo para la causa, le facilitó seguir apoyando la insurrección. Y en ello anduvo hasta que, la mañana de 1944, recibió una llamada: “Se espera pronto la visita de los mismos personajes”. El aviso procedía de un intelectual alemán que creía en la confraternización franco-germánica bajo el III Reich. Siempre ha habido gente para todo. A Paulhan lo había denunciado Élisabeth Toulemon (sí: “todo el mundo”), la esposa de su amigo Marcel Jouhandeau, autor a su vez de un lamento en clave: “Lo que más amo en el mundo ha denunciado a lo que más amo en el mundo”.

Cuando Paulhan colgó el teléfono, los partidarios de las prioridades nacionales (esta vez eran fascistas franceses) ya estaban llegando al portal y nuestro héroe, para algunos un hedonista que nunca apreció la épica, tuvo que huir por los tejados.

Pasó el resto de la guerra en la clandestinidad, editando publicaciones subversivas, repasando sus estudios de malgache, repensando la antropología colonial, la lingüística y la prohibición de practicar la literatura como quien entra en un jardín con flores en la mano, y dejándose llevar por las corrientes de la historia como parte de un grupo felizmente desorganizado de intelectuales capaces de actuar en los momentos críticos sin renunciar a los matices ni caer en la hipocresía de la posguerra.

Imagino la fuga en un plano general: la carrera de una figura en el paisaje de las alturas de una ciudad que, pese a sus esfuerzos por contradecirse, parece mirar por encima del hombro -desde sus azoteas, pero también desde sus alcantarillas- los terrores señoriales.

Los acontecimientos, marcados o no como cruciales por los intereses narrativos o las estrategias políticas, las delaciones, los cambios de bandera, la represión, las intermitencias del amor y la amistad, los tejados oportunos, lo personal, lo trascendente instituido o silenciado, lo mezquino, lo fríamente histórico, lo absurdo y lo anecdótico se entrelazan en la escena, pero el protagonista, cuando le preguntaron, hizo un resumen preciso. “Usted conoce la definición de democracia -concluyó-: cuando lo despiertan a las siete de la mañana, es porque le traen la leche. Precisamente, esto es lo que pasó: que no era el lechero. »

En la democracia actual (¿nadie habla de plutocracia liberal?), las perspectivas conducen a urbanizaciones amuralladas y edificios blindados, ofrecen un panorama canalizado para encauzar los desplazamientos, separar los feudos de las colmenas y los centros comerciales, aislar las terrazas y apostar robots de vigilancia. Las pantallas alientan con sonrisas seguras la financiación de las guerras que fingen exteriores y alaban la dudosa paz interior.

Observando las imágenes de la calle Arènes, donde se conserva la casa de Paulhan (hoy lo habrían fulminado con drones), me pregunto cuántas complicidades calladas o delatoras, envueltas en la vaga retórica y la falsa igualdad de las libertades aparentes, están fomentando el regreso de los mismos personajes.

Los monstruos de Edison

Mientras me documentaba para escribir sobre las venus dormidas, me topé con unos cuantos artilugios curiosos o siniestros, pero el que aparecía con más insistencia, como un mal sueño, fue la muñeca parlante comercializada durante poco tiempo por la Edison Phonograph Toy Manufacturing Company. A pesar de los esfuerzos del inventor, más marrullero que ingenioso, es un fracaso muy recordado. Medía medio metro de altura, tenía la cabeza de porcelana, el tronco de metal y las extremidades de madera, y llevaba en su interior un fonógrafo de discos de cera que se accionaba con una manivela.

En las navidades de 1889, el prototipo de tecnoemprendedor agresivo -tiene poderosos sucesores-, de promoción por Europa, le regaló una de esas muñecas a la archiduquesa Isabel María de Habsburgo, de seis años, hija de Rodolfo, príncipe heredero del Imperio austrohúngaro que, en enero del mismo año, había aparecido muerto junto a su amante, la baronesa de Vetsera, en el pabellón de caza de Mayerling. Se han vertido ríos de tinta y cortinajes de celuloide sobre ese capítulo de las miserias imperiales. Quizá para conectar el juguete con la tragedia, el obsequio, una versión especial, recitaba una oda al emperador, pero la mayoría de los 600 000 autómatas fabricados en Orange (EE. UU.) y distribuidos por todo el mundo cantaban canciones infantiles y proclamaban amor filial.

Aunque la prensa española se hizo eco del regalo y anunció el juguete, no he conseguido averiguar si alguna de ellas llegó a Santander en los veraneos cortesanos de la época. Me gusta pensar que sí. No creo que la pequeña masa viajera de aristócratas y burgueses ennoblecidos se librase de caer en la tentación de distinguir a sus retoños entre las medianías veraneantes. Debió de ser -si tal cosa ocurrió- hacia 1890 cuando irrumpieron las voces de aquellos pequeños monstruos rígidos entre las conversaciones, bajo las sombrillas de los paseos, en los círculos de las terrazas.

La muñeca de Edison hablaba, pero el encanto no duraba mucho tiempo. El calor derretía los registros y las nanas se volvían llantos entrecortados, chillidos, maullidos rabiosos. Quizá fueron la primera banda sonora de los cuentos de terror. Podemos imaginar a los niños gimiendo de decepción, aprendiendo la frustración de los juguetes rotos antes de ser olvidados, la inquietud de los humanoides desarticulados, el miedo que dan los payasos, la herencia de las pesadillas de la princesa huérfana.

Veo esta anécdota mínima de la historia del consumismo como una prefiguración del automatismo de los desfiles, la relojería criminal, la exaltación de la estupidez, un sarcasmo dadá avant la lettre: el rey Ubú de Jarry -quizá una de las representaciones del poder más identificables en la actualidad- ya andaba por allí, entre los juguetes caros de hoja de lata, pintados y articulados en espera de la mecánica multiplicadora.

El monstruo de Edison apenas dejó atisbar -su creador procuró borrarlo de las memorias mercenarias- en el paraíso del estío la sombra brutal de la tecnología edulcorada, amigable, inevitable, que compramos cada día tratando de olvidar la ambivalencia de los mecanismos que dirigen los misiles y a la vez soportan los cuidados, la belleza y las ideas.


Enlaces relacionados:

The Epic Failure of Thomas Edison’s Talking Doll

Listen to the creepy voices of Thomas Edison’s talking dolls

Ensayo para desvelar a unas venus dormidas

Entre las atrocidades, deformidades, disecciones y teratogenias expuestas en el Gran Museo Anatómico-Etnológico del Doctor Pierre Spitzner, la efigie de cera de una mujer joven de cabellos oscuros, vestida de blanco, dormida sobre un falso pedestal, respiraba suavemente.

Paul Delvaux pintó varios cuadros inspirados por sus visitas a aquella barraca de la feria de Bruselas. A la Venus dormida, contrapunto de la despiezada Venus anatómica, le dedicó cuatro. En todos ellos, la desnudó y transformó en una imagen de referencias clásicas que enseguida fue atrapada por las vanguardias.

Los tres últimos (uno de 1943 y dos de 1944) sitúan la figura en un escenario onírico o metafísico, lo que prefieran: no hay por qué sustraerse de los tópicos descriptivos asentados en el estilo de Delvaux desde aquellos principios con una afrodita no nacida de la espuma del mar, sino de las atracciones populares. En esas versiones, a la evocación del maniquí se sumó la experiencia del pintor durante un bombardeo nocturno: eso explica -quizá con demasiada facilidad- la sublimación de la desnudez ensimismada y desvalida.

Sin embargo -porque me apetece jugar a retroceder en el tiempo para plantear respuestas en busca de nuevas preguntas-, mi versión predilecta es la primera, de 1932, ajena a un bombardeo que todavía no se había producido en una Europa abigarrada, frustrada y dirigida por hipócritas y criminales (cualquier parecido con la actualidad será mera coincidencia).

Descubrí ese primer lienzo, mucho menos famoso que los otros (incluso se llegó a creer que había sido destruido), en el Centro Bellevue de Biarritz, cuando, huyendo de un sol que parecía ir a fundir el homenaje de Jorge de Oteiza al caserío vasco, caímos en una sala helada por chorros de aire acondicionado.

En la estampa, el ambiente ferial, plano, sin largas perspectivas, está muy presente. Al fondo, un cartel que parece reinterpretar el propio cuadro anuncia el espectáculo: VENGAN A VER A LA VENUS DORMIDA. A la izquierda, una mujer de rosa atiende un mostrador; a su lado, un portero luce gorra, bigote y uniforme. Más allá, se vislumbran una vitrina con un esqueleto y otras anatomías. A la derecha, un saxofonista de chistera y una trompetista rizosa aportan un matiz cabaretero al gabinete de curiosidades con vocación de morgue.

En primer término, la mujer, boca arriba, la mano derecha en la cintura, la cabeza apoyada en el antebrazo izquierdo, la cara y el pecho elevados -¿los labios entreabiertos?- como para confirmar que respira, se extiende ante la fila de espectadores que, en actitud de velatorio (pero ella sólo duerme), ocupa la mayor parte del cuadro.

Un hombre se inclina apoyado en el catre, quizá incrédulo; una mujer gruesa sostiene un bolsito; otra, delgada, cruza las manos sobre el vientre; un hombre se ha destocado en actitud de -falso, desalentado- duelo; una anciana con unos zorros y otro hombre con bombín y guantes contrastan con la piel desnuda. Las miradas dispares comparten una solemnidad que mezcla tristeza, asombro y homenaje, y también una calma rara, un paréntesis en el peregrinaje por los dramas grotescos, los crímenes morbosos, las injusticias éticas y estéticas, racistas, clasistas, sexistas y aporofóbicas predominantes en la feria. Los rostros, los peinados, las ropas y accesorios, los zapatos que asoman por debajo del lecho con la variopinta normalidad de los pies en la tierra, expresan la búsqueda de sensaciones sucedáneas para no matar el tiempo con aburrimiento.

En las interpretaciones posteriores, los testigos desaparecieron de la escena (antes, en un boceto, la venus levitó sobre ellos), fueron expulsados y suplantados por figuras y arquitecturas enigmáticas (el vocabulario de los suplementos culturales dicta que todo en la obra de Delvaux es oficial y epicéntricamente enigmático), distantes en espacios vacíos, que en muchas opiniones constituyen un hallazgo surreal (a propósito de distancias: el pintor siempre las mantuvo con el surrealismo) fundamental para la carrera del artista.

Delvaux sacrificó en el altar de su genialidad la expresiva, todavía expresionista realidad de la barraca, renunció al espectáculo del espectáculo, al reflejo de los mirones en la ventana, eliminó la posibilidad de que los espectadores de fuera del cuadro se intuyesen a sí mismos en el espejo translúcido, en el cristal empañado de la caseta de feria. Con la legitimidad de su ambición, extremó la pulsión de profundizar y traducirlo todo a un estilo absoluto consagrando las imágenes seductoras que lo definen como gran artista.

Si creyera en los espíritus de la historia, pensaría que el devenir del arte arroja los iconos que triunfan al torbellino actual de la saturación de imágenes para castigar a los artistas por su narcisismo. Por suerte, mi escepticismo me pone a salvo -creo, pretendo- de mi narcisismo de espectador y me permite recuperar la primera tela, apreciar su primitivismo después de recorrer el itinerario del artista por el tema y su época, que es -con un ‘casi’ burlón- la nuestra, reponerla en su proximidad de muñeca articulada (¿podría la pintura hacer olvidar el movimiento de la camisa blanca?) y devolverle al público ausente el valor que tenía antes de la glorificación de la hipótesis del misterio.

 

Santander, 1922: galimatías espiritista en Ruamayor

—Pero es extraño el número de hombres ilustres que sostienen las teorías espiritistas. (…) Hoy el espiritismo está extendido, crece de día en dia. Se multiplican los adeptos, se devoran los libros que exponen sus teorías y se buscan los fenómenos que pueden estar al alcance de todos. Para mí lo bueno que tiene es el ser una religión experimental, puesto que no exige la fé ciega y arbitraria. Todos podemos investigar, buscar. El fenómeno está a nuestro alcance.
—Pero la explicación, no.
—Tratemos de buscarla. (…) El fenómeno existe;
una vez que nos acercamos y lo conocemos nos
incita a seguir buscando. Para muchos llega a ser
una necesidad.
—Para otros un juego, donde encuentran emociones.
—No te lo niego.
— Además no faltan los farsantes que aprovechan la oscuridad de las sesiones y que, para gozarse
en la sorpresa de los otros, fingen fenómenos que no existen.
— ¿En qué religión no encontramos falsos sacerdotes?
— No eleves a religión el espiritismo.
— ¿Qué más da el nombre? El hecho es cierto.

Carmen de Burgos (Colombine). El retorno: novela espiritista (basada en hechos reales). 1922.

La vieja idea de que los espíritus pueden interactuar con la materia y expresarse de un modo comprensible para los vivos se actualizó en el siglo XIX con un vocabulario pseudocientífico y ritos extrarreligiosos. En algunos ambientes progresistas, se vio como un modo de combatir en su terreno el dogmatismo de las religiones tradicionales, es decir, una liberalización de la relación con los fantasmas. En otros, menos pretenciosos, se popularizó como un juego de sociedad válido para creyentes y escépticos, a la vez solemne y evasivo.

Poco después de que Colombine publicase la novela citada, se celebró en Santander un juicio relacionado con una pretendida intervención del más allá cuya sentencia, dictada el 7 de diciembre de 1924, apenas mereció una gacetilla:

RESULTADO DE UNA VISTA EN LA AUDIENCIA.

Como recordarán nuestros lectores, hace días se vió en la Audiencia la vista de la causa seguida contra doña Margarita Capdevila Diego, don Eduardo Iñigo Diego, doña Bernarda Neira Calvo, doña Margarita Iñigo Capdevila y la señorita Luisa Caso Casas, por el delito de asesinato, rebajado luego a homicidio en grado de tentativa, y por dos delitos de estafa.

La causa provocó gran interés, interesándose la opinión pública en el desarrollo de las pruebas y mostrando gran curiosidad por saber el fallo que
dictaría el tribunal de Derecho.

Este ha sido absolutorio para los tres
primeros, así como tenía que serlo para
las dos segundas, a las que se había
retirado la acusación.

Así se disolvió la burbuja creada el 15 de noviembre de 1922, cuando Antonio Caso Casas, de 29 años, denunció a sus suegros, a su esposa y a una sirvienta por secuestro, torturas e intento de asesinato.

Según la acusación, los hechos ocurrieron en el número 21 de la calle Ruamayor. Allí, en el segundo piso, vivían Francisco Caso Capó, comerciante viudo, sus tres hijos y dos hijas, Pedro, Carolina, Antonio, Guillermo y Luisa Caso Casas. Y en el tercero, Margarita Capdevila Diego y su esposo Eduardo Íñigo Diego, su hija Margarita, su hijo Eduardo, su sobrino Alonso Rodríguez Capdevila y la sirviente Bernarda Neira Calvo.

Las dos familias mantuvieron durante años una relación que Capdevila, la principal encausada, definió -¿enigmáticamente?- como “de trato cotidiano, pero de santa amistad”. También dijo -y muchos testimonios confirmaron- que ella era la columna matriarcal que soportaba toda la estructura.

Los Íñigo Capdevila y los Caso Casas tenían edades similares. Crecieron juntos y compartieron pérdidas: Eduardo falleció en la adolescencia; lo mismo ocurrió con Guzmán. Guillermo quizá emigró a Barcelona y nunca volvió. En cuanto a Carolina y Pedro, apenas aparecen en los registros.

Antonio Caso emigró a México con apenas veinte años. Le iban bien las cosas, pero se vio envuelto en una reyerta, recibió un balazo, perdió una pierna y regresó convaleciente. La pesadumbre de los indianos fracasados (un color local poco visible en la complacientes crónicas de la ciudad) no le impidió seducir o ser seducido por Margarita Íñigo o, simplemente, aceptar, como ella, un acuerdo entre las dos familias.

La boda se celebró el 21 de marzo de 1922 en la iglesia de El Cristo. En la foto de rigor, Antonio, erguido, se apoya en un bastón y en una mirada entre firme y alucinada mientras Margarita, los ojos muy abiertos y un rosario atado a la muñeca, lo agarra del brazo con las dos manos.

Los novios fijaron su residencia en la casa de los Iñigo-Capdevila. Francisco Caso falleció poco después. La herencia de Antonio, una asignación de 500 pesetas anuales, quedó garantizada bajo la administración de sus tíos, Pedro y Rafael Caso Capó, que nunca habían visto con buenos ojos la relación de su hermano con sus vecinos y mucho menos la boda de su sobrino. Los Caso eran prósperos e influyentes, y en sus declaraciones aseguraron que habían acordado con Francisco blindar el legado porque Margarita Capdevila había intrigado siempre para sacarle dinero a su hermano.

Según la denuncia de Antonio, desde el principio de su matrimonio se vio sometido por su familia política a humillaciones y vejaciones. Lo obligaban a permanecer encerrado en un cuartucho sin ventanas, apenas lo alimentaban y sólo lo dejaban salir para forzarlo a participar en sesiones de espiritismo, dirigidas por su suegra y Bernarda Neira, en las que toda la familia, incluida su hermana Luisa, lo maltrataba física y moralmente.

Las oficiantes utilizaban una variante sonora de la güija: cantaban el alfabeto hasta que, al llegar a la letra adecuada, el espíritu invocado daba un golpe.

Entre luces vacilantes, penumbras volubles, sombras profundas y movimientos inesperados de objetos desnaturalizados, los fantasmas despiadados reprochaban a Antonio haber vivido en América un pasado criminal, satánico, disoluto, caníbal, nigromante, para satisfacer una escala de vicios que alcanzaba lo indecible. Pese a lo rudimentario del medio de comunicación, enarbolaban contra él todos los adjetivos (véase la disparada acumulación que precede a este paréntesis) capaces de estrechar hasta la asfixia el cerco de la infamia.

Antonio dijo que habían conseguido convencerlo de todas esas culpas y había firmado papeles admitiéndolas y comprometiéndose a cumplir cualquier penitencia. Pero también, en algunos momentos de lucidez, sospechaba que lo estaban sometiendo a un proceso de alienación mental y deterioro físico para incapacitarlo o inducirlo al suicidio.

Sin embargo, no pensó en huir hasta que Alonso Rodríguez Capdevila, el sobrino de Margarita, le reveló que la familia preparaba un plan para acabar con su vida: estudiaban lugares propicios en Ramales, Palencia y Zamora para hacerle caer a un río durante una excursión.

Antonio estaba muy débil y le habían quitado la prótesis de la pierna, pero, con ayuda de Alonso y dos vecinos, consiguió trasladarse a casa de su tío Pedro, que presentó la denuncia.

El juez ordenó primero la prisión preventiva de las dos Margaritas, Eduardo Íñigo y Bernarda Neira. Luego, aunque por poco tiempo, amplió la detención a Alonso Rodrigo y a Luisa Caso, que confesaron haber actuado como cómplices.

La prensa local siguió el proceso con entusiasmo. En cuanto empezaron las audiencias, a pesar de que el informe Picasso y los debates y conflictos por la guerra colonial ocupaban los titulares principales, los periódicos locales rivalizaron en contar, interpretar y ampliar el embrollo.

Primero desfilaron los actores secundarios.
Bernarda Neira negó ser echadora de cartas y espiritista. Eduardo Íñigo dijo que nunca había practicado el ocultismo y que sólo tenía libros sobre el tema por curiosidad. Alonso admitió que había hecho de carcelero y le había administrado a la víctima lavativas tóxicas obligado por su tía. Varios vecinos no dejaron claro si Antonio estaba en la casa en contra de su voluntad.

Después fueron apareciendo las figuras principales.

Luisa Caso, la hermana de Antonio, sorprendió como un contrapunto místico, pero locuaz. Cuando la convocaron, se encontraba en un convento de Castro Urdiales, donde se preparaba para tomar el hábito después de estudiar en el colegio de la Compañía de María (La Enseñanza) de Santander. Acudió acompañada por el sacerdote Domingo Sisniega, que había sido párroco de Soto de la Marina antes de ocupar la capellanía de las monjas.

Llegaron en tren, como oscuros iconos: el cura una sombra protectora y diplomática, ella en actitud ausente, enlutada, con el rostro, una máscara pálida, velado en negro por una escafandra de pudor quizá -todo hay que decirlo- algo esperpéntica, gutierrezsolanesca a destiempo.

La comparecencia desveló un relato lleno de culpabilidad y arrepentimiento, y también de nuevas acusaciones.

Según Luisa, Margarita Capdevila Diego dirigía los ritos. A oscuras, invocaba a los fantasmas mediadores, que solían hablar en nombre de los familiares difuntos. En cuanto manifestaban su presencia, la retahíla de letras y golpes iba formando las palabras. De fondo, se oían ruidos de piedras de afilar, cadenas, caídas de monedas y roturas de cristales. Cuando las revelaciones alcanzaban el clímax, los aparecidos abrían puertas o ventanas y les daban patadas y bofetadas a Antonio y a ella. Sostuvo que las dos Margaritas y Bernarda la habían persuadido de que el espíritu de su difunta madre la reprendía y exigía que obligase a su hermano a tomar una solución de láudano para anular su voluntad de asociarse con el diablo. Confesó que le había echado el brebaje en el agua sin que él lo supiera y que ella había tratado de suicidarse con el mismo producto porque Margarita la culpaba de la muerte de su hijo Eduardo.

El turno de Capdevila fue el eje del espectáculo. El público se dividió entre quienes la consideraban culpable, manipuladora, ambiciosa o despótica y los que veían en ella a una mujer honrada rodeada de imbéciles desagradecidos. Exhibió una presencia rotunda y elegante (levantó hipérboles: imponente, inquietante, fascinante, distante, penetrante…) y mantuvo su inocencia sin fisuras. Acusó a los Caso de haber urdido un plan para hundirla porque nunca habían soportado su amistad con Francisco y tachó a Antonio de loco y estúpido, una marioneta en manos de sus tíos, además de vicioso e inútil. Dijo que, en efecto, consciente de la vesania de su yerno, había tratado de obtener certificados médicos para inhabilitarlo y que lo había hecho por el bien de su hija, a la que consideraba en peligro. También creía que Luisa, a la que decía haber criado como a una hija, era demente, e intuía que había tenido alguna culpa en la muerte de su hijo Eduardo.

Comparecieron los médicos que habían tratado a Eduardo Íñigo y afirmaron que el fallecimiento se debía sin duda a una tuberculosis congénita.

El doctor Jesús Mata, nombrado por Capdevila en una de las sesiones, publicó una carta en los periódicos. Antes de la boda, decía, la acusada se había presentado en su consulta con Antonio y le había pedido que lo examinara. Tras descubrir que padecía una dolencia secreta, había recomendado que el matrimonio no se consumase hasta que él u otro médico lo aprobara. Meses después, comprobó que no le habían hecho caso: ambos cónyuges estaban enfermos. Por suerte, no tardaron en curarse. Pasaron de puntillas entre el público, sin afectar al tribunal, sospechas de incesto y de venéreas.

También se supo que Mata y otros dos médicos se habían negado a firmar la inhabilitación de Antonio solicitada por su suegra. Margarita insistió en que el comportamiento de Antonio no tenía otra explicación que la demencia o la pura maldad.

Los forenses que examinaron a Antonio explicaron que era un joven débil, apocado y de reacciones torpes, pero no podían considerarlo alienado ni fuera de lo normal. Sí lo veían sugestionable: quiza bastara decirle que estaba recluido para que se convirtiera en su propio carcelero. Era discapacitado, pero no padecía enfermedades y no habían encontrado en su organismo pruebas de que hubiera sido intoxicado o torturado.

Habló el mundo material con una sencillez apabullante y la absolución dio al traste con el drama. No se habló más del asunto.

En 1935, acogiéndose a la ley promulgada por la II República en 1932, Margarita y Antonio se divorciaron.

Cada vez que paso por la calle Ruamayor, me gusta imaginar que la farándula espiritista ha vuelto al tercer piso de un portal que ya no existe para representar de nuevo el galimatías judicial. Ahora es una de esas cuestas que apenas sirven para indicar que fueron otras, pero entonces nacía en la catedral y mantenía un carácter discreto, entre clerical, noble de poca altura y medio burgués, aunque, hacia la mitad de su recorrido, el callejón del Infierno la unía con Ruamenor, donde la plebe que se obstinaba en dominar el margen central de la ciudad no escatimó chanzas sobre el evento.

Ratas

El partido Cantabristas ha convertido una rata gigante de cartón en emblema de Santander. La ciudad -mi ciudad- se lo merece. La rata es un animal a la vez infecto y simpático (en los dibujos animados, los malos suelen ser los gatos), hay muchas por todas partes (la proliferación les permite obviar las gentrificaciones) y animan mucho las terrazas.

Hace años, trabajé en una cuadrilla encargada de liquidar una nave en ruinas que había sido almacén de granos. Quedaban montones de sacos de cebada. Algunos tenían etiquetas de cuando la guerra, aunque no habían gozado de una transición que las fijara. La arpillera se deshacía al tocarla y, aunque emanaban vapores que debían de ser alucinógenos, las ratas que surgían de los costales deshechos eran reales, enormes y abundantes. Las matábamos a palazos. Si no caían al primer golpe, se revolvían rabiosas o escapaban por agujeros increíbles.

En un cuarto que hacía de oficina del almacén, había un escritorio macizo, oscuro, con muchos cajones, tres tinteros con restos petrificados de tintas roja, verde y azul, plumas, un vade roído, y un florero de vidrio con un puñado de insectos secos en el fondo.

Los cajones estaban llenos de papeles reducidos a virutas muy finas. Cosa de las ratas, sin duda. “A saber qué contabilidad han destruido estas cabronas”, comentó el capataz, que venía de muy lejos y decía tener la misión de borrarlo todo del mapa.

Cuando acabamos de cargar el camión, al arrancar, sonó un ruido extraño (lo recuerdo macabro, de guillotina) y se paró el motor. El conductor se apeó y abrió el capó. El ventilador había decapitado a una rata. No nos pusimos de acuerdo sobre si se había oído un grito.

Me pregunto si una batería de infografías en cientos de pantallas urbanas y una campaña edulcorante en el periódico de referencia podría convertir las ratas de Santander en reclamo turístico y fuente de votos.

El perdón de las pecadoras (o La sombra de una fuga)

Las congregaciones religiosas que gestionaron los reformatorios del Patronato de Protección de la Mujer desde 1941 hasta 1985 han decidido pedir perdón a las mujeres internadas por el trato que sufrieron. Sin embargo, la institución, que primero se llamó Patronato Real para la Represión de la Trata de Blancas, fue creada en 1902 y las órdenes concertadas ya venían desarrollando su labor desde mucho antes. La República intentó poner fin a ese entramado de control y represión de los cuerpos basado en el poder que la Iglesia Católica se atribuía sobre las almas. El franquismo (con diez años de santa transición) sirve así como un fenómeno histórico oportunamente acotado para poner en escena los arrepentimientos y los perdones autoconcedidos sin explicar un antes ni un después que emborronen el panorama.

Las agraviadas supervivientes podrán, por supuesto, aceptar o rechazar la disculpa, pero sospecho que la opinión generalizada en nuestra plácida democracia considerará suficiente el trámite simbólico sin estimar otras demandas colectivas o individuales. En cuanto a las que ya no están, la mayoría permanecerán en la oscuridad o, si acaso, en la niebla de noticias efímeras como la que recupero a continuación, de la que sólo puedo pretender extraer los indicios coincidentes atribuidos a presuntos testigos y las opiniones declaradas en los pocos ecos que tuvo en los medios de la época(1)Tres décadas antes, en 1884, la prensa había amagado otro debate originado por una madre que consiguió que le devolvieran a su hija, pero no he … Continue reading.

Poco después del amanecer del 4 de noviembre de 1915, una mujer de veintipocos años, despeinada y mal vestida, huyó del convento de monjas oblatas del Santísimo Redentor de Santander saltando el muro de seis metros de altura que daba a la calle de Monte.

El impacto la hizo rodar por el suelo y durante un momento quedó conmocionada, pero enseguida se levantó y echó a correr hacia la calle de la Concordia. (La calle de Monte conserva su nombre; la de la Concordia pertenece hoy al cardenal Cisneros.)

Atraído por los corrillos de la vecindad, un guardia preguntó qué pasaba.

–Otra pobre muchacha de las que ahí hay encerradas acaba de tirarse por el muro del convento.

-No es la primera vez y no me extraña.

-Corría como una loca.

-Dentro de esa casa de Dios pasan cosas oscuras.

-Ha sido un milagro que no se mate.

Entonces se abrió una puerta en el muro y surgió doña Leonor, autoridad seglar del convento, toda sofocada. Quería saber hacia dónde había ido la fugada.

–Hacia abajo -respondió alguien de mala gana. Y la indagadora, tras dudar un poco, volvió a enclaustrarse.

El coro recuperó el protagonismo:

–Esa señora hace trabajar a las mozas como perras. El otro día, las tuvo horas transportando cestos de escombros bajo la lluvia con todo embarrado.

–Una llamó a mi puerta una noche de hace tres o cuatro años. Me dijo: “Abran, que no soy una ladrona; soy una escapada del convento”. Yo le dije que se marchara porque no quiero líos.

–Los conventos son como una especie de féretro. Nadie sabe nada.

-Además, la comida… bueno…, para qué vamos á decir más.

Al día siguiente, La Región Cántabra, periódico republicano (Autonomía, Justicia, Federación, proclamaba la mancheta), apareció con un titular interrogativo: ¿Qué pasa en el convento de monjas de la calle de Monte?:

¿Dónde está la escapada? Los cuerpos de la Guardia municipal, de Vigilancia y Seguridad, que dicen no saber nada, tienen la obligación de dar parte si la hubieran detenido y devuelto al convento. Es preciso aclararlo, para que sea castigado quien haya ocultado este suceso. Lo justo y natural es que se sepa cuando en los santos recintos de un convento ocurren grandes escándalos, ya que todo el mundo se entera hasta de las más leves escaramuzas que se desarrollan en los domicilios de las clases obreras.

Dos días después, el reportero regresó al barrio:

Nos dijeron que la tal doña Leonor, de la que ayer hablábamos, había estado preguntando, empleando tonos bastante despectivos y amenazadores a la vez, por la persona que nos había informado anteanoche. Dicha señora, que indudablemente goza de cierto ascendiente en el convento, estuvo anoche en nuestra redacción manifestándonos que ella no se mete en nada que se relacione con el convento. Como esto no es realmente cierto, tenemos que decir a la citada doña Leonor que todo cuanto ella dice está en contra de lo que afirman todos los vecinos de la calle de Monte. “Es necesario –nos decían– que ustedes cuenten los trabajos a que son sometidas Ias infelices muchachas que tienen la desgracia de tener que estar ahí dentro. Están trabajando como bestias, para que coman descansadamente las madres que regentan el convento. Viéndolo –añadían–, no sorprende que las recogidas traten de escaparse”.

El Diario Montañes no tardó en responder:

El hecho de haberse marchado del Convento de las Oblatas del Santísimo Redentor una joven que estaba allí recogida hacía tiempo, ha servido á ‘La Región Cántabra’ para escribir dos artículos, como podía haber escrito un poema en treinta y siete cantos y un apéndice; y en esos artículos dice una porción de tonterías y deja entrever insinuaciones. Todo el mundo sabe que el citado convento cumple un fin social altamente caritativo y noble; que las jóvenes recogidas son tratadas con amor y consideración.

El medio más católico de la ciudad resulta un fiel soporte de la opacidad de los muros. No niega los hechos, pero el salto, la caída y la carrera desaparecen del relato, como si la mujer hubiera salido paseando, y no menciona la posibilidad de que estuviera allí en contra de su voluntad. Además, la expresión todo el mundo sabe… (para muchos(?) periodistas, prueba del fracaso del oficio) sentencia como impensable que alguien en su sano juicio quiera escapar del paraíso amurallado.

Puede que La Región Cántabra actúe con un sesgo voluntarista y exagere la empatía de los vecinos, pero los criterios arbitrarios que podían situar a las mujeres bajo la tutela del Patronato (mandato judicial sin causa firme, petición de familiares, simple denuncia policial por ser encontradas viviendo en las calles o en situaciones consideradas de dudosa moralidad) debían de dejar claro para las clase bajas que aquella tela de araña del orden y la fe no era para las pudientes.

Las jerarquías de las órdenes participaban en los organismos de coordinación con las autoridades civiles, que las consideraban ángeles comisionados para la prevención de la prostitución, la mendicidad y la criminalidad mediante redes de encrucijadas -había cruces y crucifixiones por todas partes- con las que capturaban a las víctimas del mercado y las convertían en culpables (¿no es la función doctrinal del pecado?) obligándolas a aceptar la manutención caritativa y el trabajo sin salario.

En los pocos atisbos que permiten las encomiendas publicadas, se repiten los tránsitos que van del margen moral, laboral o delictivo a las instituciones precarcelarias y prisiones en ciclos cuyas salidas se ofrecen como triunfos de la redención: la sumisión a supuestas integraciones en forma de trabajos precarios o penosos, adopciones reales o figuradas (cenicientas sin final feliz, mantenidas y otras fórmulas hipócritas) y una nebulosa de expiaciones mediante ritos y trabajos mortificantes en perpetuo recogimiento religioso(2)Era frecuente que las madres solteras, expulsadas de la competencia matrimonial aunque sus hijos fueran entregados en adopción, acabaran como monjas … Continue reading. Triunfos que algunas (¿cuántas?) preferían evitar saltando tapias y corriendo el riesgo de recaer en el universo penitencial o penitenciario.

Aunque abundan las personas y organizaciones que aplauden que las órdenes religiosas admitan al menos una parte de los estragos causados por su práctica de la beneficencia, creo que el gesto de pedir perdón a las pecadoras -que nunca fueron perdonadas por las entidades que ahora se disculpan- es una manifestación más de la retórica del olvido intencionado.

Notas

Notas
1 Tres décadas antes, en 1884, la prensa había amagado otro debate originado por una madre que consiguió que le devolvieran a su hija, pero no he encontrado referencias directas
2 Era frecuente que las madres solteras, expulsadas de la competencia matrimonial aunque sus hijos fueran entregados en adopción, acabaran como monjas o legas en los conventos donde habían sido recluidas y aleccionadas para que se aceptaran a sí mismas como víctimas irrecuperables de los excesos diabólicos.

Los nombres de las calles, lo visible y lo invisible

Hace años, en Nantes, me sentí un poco culpable por preferir que no cambiaran los nombres de las calles bautizadas en honor de los negreros que financiaron el progreso de la ciudad. La corporación municipal decidió mantener las denominaciones otorgadas a los enriquecidos con un comercio que, durante cuatro siglos, secuestró, deportó y exclavizó a más de once millones de personas. “Debemos asumir la herencia de la historia”, dijeron. Pero quedaron posos amargos: una sensación de tener razón sin merecerlo y una indignación que, por suerte, no afectaba sólo a la ciudadanía afrodescendiente.

Aunque las guías turísticas y los libros de texto no rehuían la realidad de las calles esclavistas y las mansiones decoradas con triunfos coloniales y en 2012 se inauguró el Memorial de la Abolición de la Esclavitud (una reparación a base de luz y poesía, espacios de reflexión, refracción y eventos que algunos tacharon de escenografía burdamente beatífica), esas muestras de contrición no atenuaron las controversias. Así que, en 2023, se instalaron bajo las placas de las calles paneles que informaban sobre las actividades de los nombrados. Dicho de otro modo, frente al borrado, aumentaron la apuesta por el conocimiento.

Por supuesto, hay personas en contra de esa medida entre los partidarios de justificar el esclavismo y los de la simple omisión, sin olvidar a los apóstoles de las equidistancias, que casi siempre manejan balanzas trucadas.

Creo que no es bueno limitarse a retirar los elementos urbanos dedicados a criminales cuyas huellas, aunque no se les nombre en ellas, están por todas partes: no sirve de reparación del daño ni reconoce la memoria de las víctimas. El propio hecho del homenaje a los victimarios es un dato que debe constar como parte del conocimiento y el análisis de la historia. (Me sorprendo a mí mismo sintiendo la necesidad de escribir este párrafo.)

En la historia de Cantabria (el puerto de Santander compitió con éxito en la trata atlántica), también hay magnates negreros y abundan en torno a ellos el bombo, el boato y la loa. Son santos de nuestro panteón de la beneficencia. Se les venera en nuestro contexto y se les disculpa con el suyo. Las autoridades son cómplices e impulsoras de una población que, en su mayoría, celebra esos referentes o, si el escaso debate la alcanza, bosteza con indiferencia.

Respecto a nuestros esclavistas, soy partidario de adoptar la medida francesa. Aquí, como en Nantes y otras ciudades que han seguido su ejemplo, su obra permanece como parte fundamental de la ciudad: los palacios, edificios, obras públicas o trazados urbanos merecen que sepamos los orígenes de sus cimientos.

Pero el valor de esa propuesta no es universal. Lo que vale para los próceres constructores de hace siglos (España no abolió la esclavitud hasta 1886) no lo hace para los criminales más recientes. Si la construcción deja huellas firmes que lo complican todo, la memoria inmediata de la destrucción (¿acaso no conviene preguntarnos hasta qué punto son sólo historia una derrota y una victoria que siguen vigentes?) debería simplificar la abolición de los tributos a los que bombardearon y asaltaron la ciudad para acabar con un régimen democrático legítimo y configuraron lo visible y lo invisible a imagen y semejanza de sus dogmas e intereses. Por otra parte, aunque se borre lo visible (y es de justicia hacerlo), hay demasiadas cosas invisibilizadas cuyas toxinas seguimos respirando.

Parafraseando el bolero, si el borrado es el olvido, esa razón me parece tan inaceptable como el conformismo de la distancia o el aquí no ha pasado nada de los tibios, siempre tan amistosos, que sin duda tendrán mucho que decir cuando se elijan los nuevos (o se recuperen los antiguos) nombres de las calles.