El Antropoceno al alcance de todos

'Elogio del Antropoceno'. J. Martimore. Editorial: Milrazones, 2019

Título: Elogio del Antropoceno. Vestigios, artificios, residuos, prodigios. Autor: J. Martimore. Editorial: Milrazones, 2019. Ilustraciones en color.Tapa blanda. Páginas: 184.

Algunos museos proponen a sus seguidores en las redes sociales que adivinen, deduzcan o discutan el origen y la función de objetos presentados sin más referencias que la imagen. Es un ejercicio lleno de probabilidades, tanto para el humor como para el debate científico.

La labor que se ha impuesto J. Martimore(1)J. Martimore es heterónimo de Juan Martínez Moro, también conocido como Juan M. Moro, escritor, artista plástico y miembro del Instituto … Continue reading consiste en hacer casi lo mismo desde un futuro certero y con el punto de vista propio del descendiente de una de esas estirpes curiosas que pueden ser relatadas en forma de saga/fuga(2)Si el campo semántico ya es amplio para cada uno de los dos términos, el artilugio oscilobatiente ‘/’ abre un pozo sin fondo ni … Continue reading. El ‘casi’, no obstante, significa una ardua ambición bien motivada. Se diría que actúa tanto por un impulso lúdico-histórico como por la necesidad de relacionar y comprender los vestigios del proceso que obligó a la humanidad (no lo hizo de buen grado) a cambiar su visión del mundo desde la verticalidad obtusa a la horizontalidad solidaria. Una labor que lo enfrenta a escasos, variopintos, asincrónicos y confundidos objetos e imágenes, algunos del legado familiar y otros hallados por azar en las derivas de los derroteros arqueológicos después de que las palabras y las cosas fueran descontextualizadas por la destrucción medioambiental y las radiaciones que desmagnetizaron los almacenes de datos digitales.

El juego de los museos tiene un gran interés, sin duda, pero parte de soluciones ya establecidas, por provisionales que deban ser. Sin embargo, la tradición de los vestigios que exigen ser interpretados tiene largo recorrido en las investigaciones científicas (no profanaré ese jardín ajeno) y en su hermana melliza, la literatura especulativa. Pongo algunos ejemplos, sin duda con olvidos imperdonables.

‘Cita con Rama’, de Arthur C. Clarke, es una versión astronáutica del tema del navío fantasma que nos ignora al bordear nuestra isla y cuyo destino se nos escapa con él. Después de un abordaje sin iluminaciones y una prolija descripción de hallazgos, miles de millones de personas que se creen muy listas se sienten habitantes de un anónimo arrecife sin registro en las rutas principales.

Otro ensayo más extenso lo inicia el ‘Pórtico’ de Frederick Pohl, coautor junto a C. M. Kornbluth de la disección del capitalismo ‘Mercaderes del espacio’. Lo que dejaron los Hechee da para muchos viajes. El problema aquí es meterse en una nave interestelar que no sabes manejar y cuyos creadores decidieron abandonarlo todo y esconderse (¿de qué?) en el lugar más oscuro del universo.

En ‘Picnic junto al camino’ de Boris y Arkadin Strugatsky, que inspiró la película ‘Stalker’ a Andreij Tarkovsky, con la cual tiene muy poco que ver, por suerte para la novela y para la película, es decir, por suerte para todos(3)Con el libro que nos ocupa tampoco tienen relación directa esta ni las demás obras citadas: toda comunidad de intenciones es superficial, … Continue reading, se narran las tristes aventuras de los buscadores de objetos abandonados por los alienígenas después de una serie de acampadas en nuestro planeta. Se trata de cosas valiosas, inocuas o peligrosas cuyos usos y efectos a menudo se revelan demasiado tarde o jamás, pero excitan la ambición de los mercados y los buscadores arriesgan sus vidas en ciénagas desintegradoras.

Todos esos casos remiten a coartadas foráneas, extraterrestres (y a veces paradójicas: en la novela de los Strugatsky aparece la leyenda de una máquina alienígena, casualmente una esfera de oro, que cumple todos los deseos de los humanos), y la sospecha de excusa falaz es evidente, por interesantes que puedan ser los efectos, las metáforas y las tramas.

Pero el ejercicio de Martinmore se refiere a la obra humana, inmediata y obcecada, y atraviesa los límites de la autocomprensión de la especie pertrechado con espíritu renacentista, imaginería sorprendente, prosa virtuosa y caligramas. Todo ello en una edición muy cuidada: ya la portada hace del libro un objeto autorreferente, es decir, un hallazgo afortunado.

Es probable que las consecuencias de estas indagaciones tarden en hacerse evidentes. Aquí es inevitable citar a Borges, que construyó un artefacto literario -que es a la vez un laberinto, una prisión y una trampa- para ser citado en todos los textos del tiempo y el espacio. Borges es el carcelero o el demiurgo de lo implícito. Da igual mencionarlo que no. Aquel tomo fraudulento de la Enciclopedia Británica -cuanto más lo citamos, más verosímil es y menos lo entendemos- que tanto ha influido en la historia del pensamiento tiene un digno heredero en el elogio futuro de lo que todavía está siendo. La validez de esta afirmación, por supuesto, tendrá que evaluarla el avisado lector, quizá el incómodo lector, cada uno en su laberinto, pero, en todo caso, independientemente de la verdad de los hechos, el mundo se nos seguirá pareciendo más a sus representaciones que estas al mundo. Al fin y al cabo, nunca sabemos con qué comparar cada cosa.

Esa circularidad de las (re)interpretaciones es una advertencia sobre la fragilidad del futuro pasado. La relectura de las piedras que permanecieron apenas corrobora las formas mal traducidas. Por mucho que se regule la autojustificación, la ‘energía de fundamento dogmático’ y los excesos de la imaginación gestáltica llenan los huecos con espejismos de signos, falsos amigos, sesgos y confirmaciones de prejuicios. En cuanto el observador baja la guardia, lo seduce la pareidolia. A veces, el discurso entra en un abismo espiral, como las volutas de la no-pipa de Magritte y la multiplicación de la fuente rebosante de R. Mutt. Sin embargo, el reconocimiento de estos dispositivos mixtificadores de lo afectivo y lo racional, permite entender que la ironía y el sarcasmo, e incluso la loca carcajada, tienen grandes posibilidades epistemológicas: desde Thomas S. Kuhn, si no antes, intuimos que conviene mofarse de los paradigmas (mejor desde un lugar seguro, por supuesto).

Aunque parezca lo contrario, nada en este discurso es decepcionante. Ninguna distopía bien construida lo es, y el modelo de esta ya lo han dado las alarmas ignoradas. Es un tema clásico: con las mentes apoltronadas alabando el caballo de Troya, Cassandra, maldecida por el soberbio Apolo, decía lo que nadie quería oir.

No sé si la literatura (la filosofía actual quizá quede como un triste subgénero que ni explica ni transforma) del postantropoceno alcanzará el grado de desesperanza necesario para reconvertir la existencia en apuesta esperanzada. De momento, lo condición de elogio del libro me parece, si no es ironía, un rasgo de optimismo, una defensa de la probabilidad de fomentar el deseo de una rápida evolución (o sea, una revolución) hacia una jocosa fase superior de desarrollo (tenía que haber citado antes a Stanislaw Lem) en la que nada merezca más importancia que su inmanencia y ésta se manifieste a capricho.

Mientras tanto, acaso pese a todo lo antedicho, me atrevo a afirmar tajantemente que las personas aventureras encontrarán en la lectura del ‘Elogio del Antropoceno’ un radical efecto liberador.

Notas

Notas
1 J. Martimore es heterónimo de Juan Martínez Moro, también conocido como Juan M. Moro, escritor, artista plástico y miembro del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria (IIIPC). https://www.iiipc.unican.es/?page_id=394#gallery-details-4566
2 Si el campo semántico ya es amplio para cada uno de los dos términos, el artilugio oscilobatiente ‘/’ abre un pozo sin fondo ni horizonte de sucesos.
3 Con el libro que nos ocupa tampoco tienen relación directa esta ni las demás obras citadas: toda comunidad de intenciones es superficial, arbitraria, laxa, mera divagación, apología del conocimiento inútil: debo decirmelo antes de que lo digan otros.

El porvenir de una ilusión

Creo que esta foto del artista Marcos Torrecilla merece difusión. Está tomada en un rastro local un domingo negro (así se titula: Black Sunday) después del viernes negro (oficialmente, Black Friday). El brazo pobre se agarra a una pantalla quizá caducada porque ahora los televisores presumen de tener el negro más negro. Y detrás hay libros. Libros en blanco y negro.

Lo llaman viernes negro (ironía del luto occidental) como si fuera un acontecimiento extraordinario, pero sólo es un periodo de aceleración del continuo económico. Si hacemos una representación gráfica, seguro que se parece a la traza de un detector de mentiras de película mala cuando el canalla se declara inocente y el plóter hace ruido de arañas que huyen. Todos lo sabíamos antes de la explosión de hipocresía.

El procedimiento es sencillo. Se desata a la jauría publicitaria. Se busca un nombre en inglés y se etiquetan con él millones de mensajes. Se bajan los precios con mucha retórica de decimales y se envuelve al público en un torbellino de objetos retractilados, dorados, brillantes, rotulados con la montaña rusa del antes y el después y flasheados desde todos los medios, que son muchos: la ciudad entera es una burbuja dentro de un anuncio globalizador.

Hay que rendirse a la evidencia: es mejor comprar mucho y barato. Es irrefutable: nada se sale de ese marco. En el conjunto adquirido, se mezclan lo necesario con lo superfluo, que se vuelve necesario porque no está permitido confesar(se) que una compra es absurda: cualquier compraventa es sagrada.

La mayor parte de las cosas desplazadas del fabricante al propietario no tardarán en llegar a los rastros (callejeros o digitales) o a los vertederos (legales o ilegales). La pulsión de la apropiación inútil, las variaciones de la moda, la caducidad programada, todo a la vez hace que el tiempo entre la adquisición y el desuso sea cada vez menor. Los consumidores pobres están condenados a ese trajín. Los ricos saben lo que se hacen. Los autodenominados (aunque muchos no se atrevan ya a decirlo porque se les escapa una risa floja) de clase media se creen muy listos, y ya se sabe lo que pasa con los que se creen muy listos.

El mercado se infla de cosas y dinero en circulación, y eso hace que todo sea cada vez más caro y parezca cada vez más barato. Esa contradicción del dogma es tan evidente que no tiene ningún efecto en el mercado. Hasta tiene lugar en los telediarios, sección buenos consejos. Pero el aviso de basura precoz importa menos que la falta de amor en un orgasmo fingido. Predomina el espectáculo.

Los productos nuevos para masas ya nacen cercanos a la condición de basura. Cada ciclo genera una sucesión geométrica de objetos reemplazados que, tras pasar un breve lapso como indeseados y multiplicarse fuera de foco, salen del limbo a otros niveles del consumo. Es tan poca la distancia entre la compra de la cosa y su abandono que la distancia entre su uso y su huella ambiental tiende al infinito. Quizá venga bien recordar esto para retratar estos tiempos en que Iberdrola y Endesa patrocinan cumbres climáticas, es decir, las convierten en vertederos.

Los ciclos son cada vez más cortos y las orgías del mercado, más frecuentes y más decadentes (es el precio estético del automatismo).

Ya resulta correcto decir que el mundo se hunde por el peso de las cosas y se asfixia por sus emanaciones, pero los que pueden tener cosas de calidad (asentadas en conjuntos jerarquizados, blindados y empaquetadas en forma de chalets, palacios, palacetes, casas, flotas de vehículos, roperos, joyeros…) procurarán que los gastos de sostener lo insostenible los paguen los que consumen sucedáneos. Los grandes medios avisarán en su momento dónde debemos hacer cola.

Artículos relacionados:

Kipple

Kitschtown

Basurotopía

El clima y la providencia

Arthur Rothstein. Sequía. 1936

Me dice un empleado de una agencia inmobiliaria que promotores y vendedores contemplan un futuro óptimo para sus intereses en la cornisa cantábrica gracias al cambio climático. El descenso de las precipitaciones y el aumento de las temperaturas puede convertir estas costas en un nuevo Mediterráneo. (No me queda claro en qué infierno puede convertirse el Mediterráneo). Lo ha dicho, durante un congreso, uno de esos instructores de la mercadotecnia. Me gusta más ‘instructor’ que ‘coach’, no sólo para evitar el anglicismo, sino porque ‘instructor’ me recuerda al ejército y a los expertos en enseñar a los soldados a no sentirse culpables y sublimarlo todo en el ascenso. En este caso, el papel banal frente a intereses superiores le ha tocado al clima.

Hace años que en esos encuentros organizados por las empresas para ofrecer a los nuevos guerreros un soporte lírico y doctrinal circula una frase de Goethe que Goethe nunca escribió. Creo que es una especie de réplica a aquella de Brecht que en realidad era de un sermón de un pastor protestante llamado Martin Niemöller.

El texto del pseudo-Goethe (una deformación de una interpretación de una mala traducción de unas frases del ‘Fausto’), dice: “En el momento en que uno se compromete de verdad, la Providencia se conmueve y actúa. Todo tipo de ayuda que nunca hubiera aparecido, surge ahora ante uno”. En la apropiación del apócrifo, el compromiso, por supuesto, es con la empresa, que recibe de golpe aquel viejo valor de la palabra (“intento o designio de hacer algo”) que conducía a epopeyas, conquistas y reconquistas. No hace falta decir que las banderas se han adaptado a la realidad de los isotipos, casi objetos de culto, con la misma fluidez con que los estados se adaptan a las definiciones reales de poder, influencia y territorios. La literatura y el cine han hablado de ello y sus eslóganes. Ahí estan Omni Consumer Products (“Tenemos el futuro controlado”) o la Weyland-Yutani Corporation (“Construyendo mundos mejores”), sin olvidar otras divisiones, como Rekall Incorporated (“Podemos recordarlo por usted al por mayor”), que se ocupan de garantizar que todo quede en la ficción mientras algunos hablan de convertir en realidad categorías como transversalismos e irradiaciones. Luego, claro, vienen esas inesperadas ayudas en forma de leyes y recalificaciones, y llega un momento en que la historia contada por el idiota de Shakeaspeare nos parece increíble.

Apúntenlo por ahí: el cambio climático, que está acabando con la lluvia y elevando el nivel de las aguas y multiplicando las medusas en una orgía con nitratos añadidos, va a traer riqueza. Por cierto que, cuando se habla de riqueza, rara vez se habla de su reparto. Impera la idea de que la riqueza de los ricos es buena para todos porque trae empleo, aunque sea precario y se base en un chantaje permanente para imponer salarios y condiciones miserables. O sea, la idea de que el mundo no puede ser de otra manera.

Evidentemente, el sector beneficiado prefiere dar por inevitable el cambio climático. Ya que afirman que la providencia apoya a los activos y, por tanto, la acción no requiere más que la decisión de ejercerla sin trabas, los viejos lobbys y los nuevos trepadores están obligados a no desaprovechar las oportunidades. Tienen fe en lo inmediato y ven el futuro como una hipótesis no rentable que impone la acumulación en el presente. Al fin y al cabo, la Mano Invisible y la contaminación actúan a su favor. Los escribanos fundamentalistas (ya sean los de la Escuela de Chicago o los que renueven a la FAES) han sellado el destino en algún informe bien pagado. Las intervenciones planificadas en los foros locales e internacionales contra los intentos de corregir la barbarie ecológica, las presiones para que las tasas de CO2 no se reduzcan como aconsejan los estudios científicos que esos mismos gobiernos encargan y divulgan como diciendo “no es culpa nuestra, es que todo el mundo quiere tener su coche”, todo es parte de la liturgia y de la propaganda del desánimo. La providencia impone la necesidad y nada puede quedar al azar anticomercial de la defensa del medio.

Por otra parte, parece que la previsión encaja demasiado bien en el callejón sin salida de una economía que, en casos como el de Cantabria, está pasando de ser insostenible a inexistente. Sólo quedan el turismo (atado a la construcción y la hostelería) y la retórica triunfalista. Nuestra comunidad autónoma está empeñada (me temo que en todos los sentidos) en convertirse en un remanso de urbanizaciones blindadas para élites y servicios estereotípicos para masas (si usted paga, le montamos un Rocío en el Asón o una tomatina en el Pico Jano; ferias de abril ya hay varias) que atraigan tanto a los paganos como a los peregrinos del jubileo.

Sin embargo, se diría que la providencia tarda en funcionar. Mientras intentan salvar el PGOU más salvaje de la historia y burlar a los defensores de los valles y la costa, hay un superpuerto en Laredo esperando que se cumpla la profecía, deje de llover del todo y suban las aguas templadas. Nos va asalir por una pasta, pero no a los ricos.

Artículo publicado en logo_eldiarioescan