Un puto andamio

Atrapo dos frases al vuelo en el autobús sobrecargado:

-Si aceptamos que un puto andamio es un árbol, aceptamos cualquier mierda.

-Es la magia de la Navidad.

Tuvo mucho éxito aquel anuncio en el que el dueño del tablero obligaba a definir el pulpo como animal de compañía. La frase entró en el lenguaje cotidiano y todavía se oye cuando alguien se resigna con humor ante la imposición de interpretaciones interesadas de normas y hechos. El poder y la propiedad no aprecian el sarcasmo ni la ironía. Si el humor crítico llega a alterar sus caras de piedra, toman medidas. El pulpo es un animal simpático y polivalente: lo mismo sirve como kraken que como adivino o juguete infantil. Desde luego, es mucho más aceptable que un andamio de tablas y varillas metálicas rebozado en ledes como árbol. Pero si el alcalde dice que es un bien para el pueblo, como cantaba Javier Krahe, ¡alcalde, lo que nos eches!

Los medios no paran de azuzar (ellos dicen que sus cantinelas son información) la competencia entre poblaciones por tener el sucedáneo de árbol más largo e iluminado. Así que ese engendro que no sirve ni como símbolo fálico deviene epítome de las musarañas navideñas.

Al escribir sucedáneo, he recordado una palabra exótica: ersatz. Durante la Primera Guerra Mundial, saltó del alemán a otras lenguas porque la rotundidad germánica le daba más matices que las de un simple producto sustitutivo en tiempos de escasez. Surgido en un mundo de racionamiento bélico, encaja muy bien en nuestra actualidad consumista: siempre estamos en guerra para mantener el nivel de producción y gasto.

La sucedaneidad es una cualidad que apenas esquiva términos como falsificación o imitación, pero me parece que a sucedáneo le falta fuerza y entonces pienso ersatz y recuerdo carteles de propaganda militarista, cánticos de retaguardia y personas mal alimentadas mezcladas con la actualidad de pantallas publicitarias desorbitadas y alcaldes y electores presumiendo de putos andamios y participando de una orgía de neolengua y doblepensamiento.

Los sucedáneos suelen aceptarse porque no queda más remedio si no se quiere abandonar el juego. Además, el precio módico no engaña, los convierte en una verdad imperfecta, pero verdad al fin y al cabo, algo sincero que reemplaza al objeto deseado inalcanzable. Parece que lo que importa es la intención, que la autenticidad es graduable y todo puede ser apenas falso o casi genuino, como si las definiciones de las cosas, a base de discurrir en círculo, sirvieran tan poco como las de arte y cultura.

Sin embargo, la acumulación está borrando la hipotética ventaja de lo barato. El progreso es cada vez más agresivo: amenaza con regresiones mientras la cantidad de ersatz aumenta (como la de su mellizo el kipple) y -presunta paradoja suprema- se encarece por la insostenibilidad de las producciones masivas.

Los árboles-andamios, esa enorme nada con lentejuelas que asfixian cualquier mérito de la abstracción, han venido a abanderar la miseria consumista. Me pregunto si se mantendrán en el mercado de lo ideológicamente rentable y me respondo que es muy fácil olvidar que lo barato siempre ha costado más de lo que vale.

El porvenir de una ilusión

Creo que esta foto del artista Marcos Torrecilla merece difusión. Está tomada en un rastro local un domingo negro (así se titula: Black Sunday) después del viernes negro (oficialmente, Black Friday). El brazo pobre se agarra a una pantalla quizá caducada porque ahora los televisores presumen de tener el negro más negro. Y detrás hay libros. Libros en blanco y negro.

Lo llaman viernes negro (ironía del luto occidental) como si fuera un acontecimiento extraordinario, pero sólo es un periodo de aceleración del continuo económico. Si hacemos una representación gráfica, seguro que se parece a la traza de un detector de mentiras de película mala cuando el canalla se declara inocente y el plóter hace ruido de arañas que huyen. Todos lo sabíamos antes de la explosión de hipocresía.

El procedimiento es sencillo. Se desata a la jauría publicitaria. Se busca un nombre en inglés y se etiquetan con él millones de mensajes. Se bajan los precios con mucha retórica de decimales y se envuelve al público en un torbellino de objetos retractilados, dorados, brillantes, rotulados con la montaña rusa del antes y el después y flasheados desde todos los medios, que son muchos: la ciudad entera es una burbuja dentro de un anuncio globalizador.

Hay que rendirse a la evidencia: es mejor comprar mucho y barato. Es irrefutable: nada se sale de ese marco. En el conjunto adquirido, se mezclan lo necesario con lo superfluo, que se vuelve necesario porque no está permitido confesar(se) que una compra es absurda: cualquier compraventa es sagrada.

La mayor parte de las cosas desplazadas del fabricante al propietario no tardarán en llegar a los rastros (callejeros o digitales) o a los vertederos (legales o ilegales). La pulsión de la apropiación inútil, las variaciones de la moda, la caducidad programada, todo a la vez hace que el tiempo entre la adquisición y el desuso sea cada vez menor. Los consumidores pobres están condenados a ese trajín. Los ricos saben lo que se hacen. Los autodenominados (aunque muchos no se atrevan ya a decirlo porque se les escapa una risa floja) de clase media se creen muy listos, y ya se sabe lo que pasa con los que se creen muy listos.

El mercado se infla de cosas y dinero en circulación, y eso hace que todo sea cada vez más caro y parezca cada vez más barato. Esa contradicción del dogma es tan evidente que no tiene ningún efecto en el mercado. Hasta tiene lugar en los telediarios, sección buenos consejos. Pero el aviso de basura precoz importa menos que la falta de amor en un orgasmo fingido. Predomina el espectáculo.

Los productos nuevos para masas ya nacen cercanos a la condición de basura. Cada ciclo genera una sucesión geométrica de objetos reemplazados que, tras pasar un breve lapso como indeseados y multiplicarse fuera de foco, salen del limbo a otros niveles del consumo. Es tan poca la distancia entre la compra de la cosa y su abandono que la distancia entre su uso y su huella ambiental tiende al infinito. Quizá venga bien recordar esto para retratar estos tiempos en que Iberdrola y Endesa patrocinan cumbres climáticas, es decir, las convierten en vertederos.

Los ciclos son cada vez más cortos y las orgías del mercado, más frecuentes y más decadentes (es el precio estético del automatismo).

Ya resulta correcto decir que el mundo se hunde por el peso de las cosas y se asfixia por sus emanaciones, pero los que pueden tener cosas de calidad (asentadas en conjuntos jerarquizados, blindados y empaquetadas en forma de chalets, palacios, palacetes, casas, flotas de vehículos, roperos, joyeros…) procurarán que los gastos de sostener lo insostenible los paguen los que consumen sucedáneos. Los grandes medios avisarán en su momento dónde debemos hacer cola.

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Artículo anticonsumista y antiesclavista obligatorio en estas fiestas

 William James Glackens. Compradores en Navidad. 1912

No sé quién empezó en las redes a oponer al amodio de la compañía china Shuanghui (Smithfield Foods, Campofrío) la ascopena de la realidad, pero el sarcasmo desatado tiene todos mis respetos. Aunque sobre las prácticas ganaderas y alimentarias de ese y otros grupos hay abundante literatura, en fechas tan señaladas, la burla refuerza la sospecha de que no se conforman con vender y vendernos: además quieren ser líderes espirituales haciendo anuncios como homilías o viceversa; elevando viejas glorias a predicadores de nuestra idiosincrasia y agricultores de nuestros deseos con monocultivos de monarquía bananera. La poesía, la teología y la jerga del emprendimiento, ya saben, lo mejoran todo, lo mismo un banco que una granja porcina atiborrada de jaulas de medio metro, una por cerda paridora. Pero nada de eso puede aguarnos la fiesta canónica. Las otras no serán retransmitidas por los canales formales y, dentro de poco, ni por videoblogs, si así lo decide su proveedor de internet. Y mucho menos podremos acercarnos a los sombríos márgenes productivos de la occidentalidad, allí donde los elfos cosen lentejuelas a camisetas. O sea, lo mismo de todos los años.

Los mensajes del rey, los predicadores de la banca, las inmobiliarias y los prestamistas son saludables, reconfortantes e intercambiables: hay que decirlo más mientras haya dónde.

Siempre hablamos de la tragedia de los compradores compulsivos y olvidamos que su falta última es no tener el dinero necesario para sumar su adicción a la normalidad de los consumidores pudientes. Tomemos, sin embargo, a cualquier consumidor ejemplar (la publicidad define quién lo es) y enseguida comprobaremos que, a pesar de los tics del estrés familiar, el tráfico y el exceso de vino gaseoso (chiste fácil del año: el champán es caro y está mal visto decir cava) está encantado porque en estas fechas se come el mundo rozando los límites de lo imposible. Se lo ponen en bandeja y él lo devora con alegría recorriendo la ciudad bajo las luces de colores en su utilitario, que conduce a la vez ufano y nervioso, como si fuera al volante del Delorean de Marty MacFly y hubiera llenado de encargos la nave de Planet Express mientras un Santa Claus asesino lo persigue con una ametralladora.

Desde El Sardinero a Cuatro Caminos, la fachada imita al arte de las estanterías hipersuperficiales colocadas por el precariado que trabaja en festivos. Párense un rato en cualquier supermercado los días previos a las fiestas y vea y escuche al encargado (normalmente un hombre de orden) dar instrucciones a los reponedores multitarea (normalmente mujeres) y descubrirá un lenguaje fonético y corporal inducido por los elegidos para los cursos de empresa. Rodeado, por supuesto, de uniformes y resignación.

El súbdito consumidor modelo se funde el sueldo, la extra y el crédito (porque para eso los tiene y hay justicia en el cosmos) en poco tiempo después de planificar en largas conversaciones ante y con el televisor mejorado mediante internet lo que va a comprar y lo que no, dos conjuntos que nunca llegan a separarse del todo, diagramas de Venn osmóticos que le permiten adquirir lo que suponía que quería y gran parte de lo que no. Y, si cabe el arrepentimiento, la culpa no se resuelve en equilibrio, sino en una compra mayor. Compra lo que es de ritual y lo que le apetece (vergüenza sería no hacerlo aunque nadie lo supiera) y celebra los horarios dilatados. Abrimos hasta la náusea, dicen las luces. Algunos empleados se quejan de no poder descansar en festivos: son unos insolidarios, evidentemente; unos saboteadores que tiran piedras en el engranaje de la libertad.

Y en los subterráneos, como en todas las épocas en que el dinero fluye con más rapidez cuanto más escondido está, bulle una zona blanqueada por bengalas e intercambios. Es la alegría del ciclo de secretos a voces de la economía, que desborda las apariencias cuando la libertad de mercado es la única legitimidad que manda sobre las leyes.

Los artículos anticonsumistas y antiesclavistas navideños son obligatorios en unas fiestas que hace mucho pasaron de ser contradictorias con el hipotético mensaje original -tanto como con el primitivo rito de paso invernal- a celebrar las contradicciones. Se puede elegir entre la complicidad, la crítica, el desdén o el estoicismo, pero, de un modo u otro, nadie escapa (huir a lugares exóticos es oferta del mismo paquete) de las luces horteras, la música machacona y el fragor de los putos petardos.

 

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Gorros rojos

Música extrusiva sale a ráfagas de botellas de champán renderizadas y cae como lava sobre los cerebros-cromas

Esclavos de la fiesta

Es requisito indispensable dominar el biciclo autoequilibrado. Conviene además no tener el cuero cabelludo muy sensible, porque los gorros son asiáticos y de tinturas dudosas. Se graban las presentaciones individuales de los candidatos y se almacena todo para atesorar presencias tan sumisas como esforzadas. La imagen es muy importante para el cultivo de lo idéntico. Es imprescindible el consentimiento escrito de los aspirantes para el uso global de la imagen y la palabra. No vaya a ser que por animar el consumo nos metamos en un lío.

El cursillo obligatorio de formación dura media hora y su contenido, letánico, recuerda vagamente a los “koans”, esas preguntas zen que tienden a reemplazar la razón con la ensoñación y que sobre todo prescriben la infalibilidad de los maestros como única forma de conocer la verdad. Todo sigue pautas recursivas: ¿Se puede ser feliz sin empleo? ¿Se puede tener empleo y no ser feliz? ¿Existe tu trabajo cuando estás en el paro o en el ERE o en el ERTE o en cualquier otro estado del cuerpo laboral? Tu trabajo va contigo, es tu vida, la felicidad es tu vida, el empleo es la felicidad. No hay en ello ningún misterio. Sólo necesitas tu necesidad.

Sabemos que el empleo en nuestra empresa proporciona felicidad y que la labor que va acompañada de alegría no es tortura, es uso, cultura de lo útil, elevación del cuerpo y del alma hacia la posición del líder. Nadie es explotado si no se siente explotado. Aquí no hay seguidismo: cada empleado es un microlíder fundido en el equipo. Dejemos claro de una vez que somos los mejores y nos dirigen los mejores.

Podemos apreciar que la felicidad que parece interrumpirse con el fin de temporada permanecerá si comprendemos la naturaleza de los ciclos económicos en un mundo que (¡estad seguros de esto!) no puede ser de otra manera. Vuestra labor va a ser grande porque los folletos y promociones los repartís en una gran superficie tan grande como la vida. No es necesario explicaros qué expresión debéis llevar en vuestras caras: fijaos en los anuncios.

Sed sabios. Preparaos para la aventura de no salir de estos pasillos en un mes. Sed asertivos, receptivos, flexibles y, en caso de duda, consultad las terminales punto de venta, y nunca olvidéis que la empresa siempre tiene soluciones. Por eso es empresa.

Bolas envueltas en anacondas de espumillón. Cielos de láser surcados por ofertas. La guerra es juego. El juego es el consumo. El consumo es la paz. Música extrusiva sale a ráfagas de botellas de champán renderizadas y cae como lava sobre los cerebros-cromas. Sólo hay tres marcas en el compás: fun, fun, fun. Trineos ardiendo cerca de la Cola del Perro. El gorrito reglamentario que inventó Coca-Cola (los ilusos pretenden boicotearla por incumplir las sentencias de la justicia laboral; pónganos unos cubatas, señor ministro) permite seguir tanto las evoluciones de los reponedores como las de las máquinas pulidoras entre las secciones que han ocultado las cosas de primera necesidad para abrir el mundo a la ortodoxia festiva. La primera necesidad también alcanza precios navideños. Duplique su miseria, no sea vulgar.

Miles de gorritos rojos con ribetes de espuma sintética blanca van a llover, están lloviendo ya, sobre las resignadas cabezas de otros tantos trabajadores en precario. Las horas son muchas; los horarios, arbitrarios, y el sueldo es una mierda. Además, la apropiación de la imagen por la empresa, la imposición de disfraces, rituales y villancicos tecno a toda pastilla deberían contar como abusos, pero los avestruces cotidianos que husmean el sucedáneo de mazapán lo aplauden como tradición. Esta es la cornucopia hueca del mercado, lo más natural, dicen, lo estacional, el ciclo de las festividades que se siguen celebrando con oropeles de plástico para mantener el consumo, camuflar la escasez y consolidar la desigualdad.

Chicos y chicas con uniformes de paradigmas deportivos aguantan cualquier cosa para tratar de paliar su sed de futuro. Ofrecen grasas de palma bajo tocados del refresco sodado (no olviden el boicot) y ruedan por los pasillos enarbolando promociones. Puede que muchos piensen que les están estafando para que estafen. Pero es lo que hay, se dicen: es lo que hay.

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