Santander 1906: un episodio violento

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Una tirada de dados
nunca
aunque se lance
en circunstancias
eternas
desde el fondo de un naufragio
abolirá
el azar

Stéphane Mallarmé

Las crónicas locales suelen presentar los llamados “crímenes del juego” o “del Huerto del Francés” como consecuencia de una época de matonismo, un encuentro violento entre gentes de mala vida que resolvieron sus rivalidades en un enfrentamiento que “se quiso politizar”. La política, en ese contexto, se define como una actividad ritualizada y ajena a incidentes que puedan desbordar el escenario y delatar el desorden del mundo oficialmente reconocido. Así, cuando los hechos iluminaron la escena, aunque la prensa más asentada en la normalidad criticó la tolerancia de las autoridades con los garitos y antros de vicios diversos, e incluso señaló, a raíz del incidente, que “medio Santander anda armado por la calle” y que no era la primera vez que bienpensantes ciudadanos habían expresado su preocupación, enseguida se procedió a la reducción del problema a una anomalía producida por un submundo desatado cuya vigilancia hubo que reforzar, por lo menos durante un tiempo. Casi con la misma cadencia que los actuales focos mediáticos, pasó la cosa y no hubo nada más allá de la represión inmediata y de algunos correctivos administrativos a la negligencia policial. Las consideraciones sociales quedaron, con un característico horror al análisis, fuera del marco habitual de exhibición de la ciudad, y así seguirían, tanto en aquel presente como en el futuro de autopromoción del promontorio de veraneo que ha llegado a nuestra época sin rupturas.

Sin embargo, unas pocas indagaciones nos pueden sugerir conclusiones bastante diferentes y, sobre todo, más complejas. No es que la relación del incidente contenga datos erróneos; lo que ocurre es que se suele simplificar tanto que se vuelve incompatible con análisis más profundos. Para empezar, la trayectoria del superviviente anterior y posterior al tiroteo (acabó siendo uno de los puntales de la sublevación y represión franquista en Salamanca) y las simpatías entre republicanas y regeneracionistas del marino y periodista Teodosio Ruiz denotan que la politización era más que evidente y no una búsqueda de sensacionalismo. Aparte, por supuesto, de los contenidos políticos inherentes a todo hecho con orígenes y repercusiones indiscutiblemente sociales: en este caso, los acontecimientos dicen mucho del ocio, las clases, los sexos, las jerarquías, las burocracias, las consecuencias de las guerras y las derivas de las ciudades.

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El lugar
El Club de Billares se constituyó como sociedad recreativa en 1902. Ocupaba un local en la calle San Francisco, pero en 1904 se trasladó a un primer piso de la calle de la Puerta de la Sierra. Sólo disponía de un salón y una cocina. El salón estaba divido por una mampara en dos partes; en una había dos mesas de billar; en la otra, una mesa grande en la que se jugaba a juegos de azar prohibidos, lo cual era la fuente principal de ingresos del negocio, que, como por lo menos otra media docena en la ciudad, gozaba de la discreción policial.
Regentaba el sitio un individuo apellidado Pellón y apodado Colindres. La clientela estaba formada por hombres (la presencia ocasional de algunas mujeres no las convertía en clientes) pertenecientes a la clase media (entonces las clases medias eran mucho más altas que ahora) y la pequeña burguesía: profesionales liberales, funcionarios, marinos mercantes de distintas graduaciones, pequeños comerciantes, obreros cualificados, industriales en buena racha, grupos sociales que habían alcanzado, gracias a la prosperidad de la ciudad portuaria recuperada del quebranto del 98, el nivel económico que les permitía buscar el ocio más allá de los cánones estrechos de la moral supuestamente dominante sin pagar el alto precio del elitismo, y además tenían las inquietudes (o el vacío existencial, como ustedes quieran) suficientes para entregarse a la atracción del azar. No faltaban, pese a su menor poder adquisitivo, los estudiantes y los artistas. A ellos se añadían los habituales transeúntes de los puertos: marineros, viajantes y viajeros. Todavía no había escrito Mallarmé sus versos sobre la abolición de lo aleatorio, pero el panorama del naufragio atraía con su prestigio de abismo.
La gente empezó a llamar al establecimiento “El huerto del francés” porque, el año de su traslado, se descubrió que, en Peñaflor, Sevilla, un tahúr de origen francés y su cómplice habían sepultado en el huerto del primero los cadáveres de varios hombres a los que atraían mediante el reclamo de una timba para asesinarlos y robarles. Según en boca de quién, el mote sería un sarcasmo sobre la telaraña diabólica de la ludopatía o una simple alusión a la dudosa limpieza del juego que allí se practicaba. Éste era sobre todo el del monte o banca, que los españoles habían llevado a América para luego verlo volver profesionalizado.
Tenemos, pues, un lugar tolerado en un margen nada marginal de una calle céntrica, donde sus habituales podían exigir ser tratados como ciudadanos respetables. Allí el ocio se solapaba con una laxitud llena de sobreentendidos y omisiones, una especie de peculiaridad local de la que muchos historiadores han hecho bandera para ondear sobre la muy noble, siempre leal, decidida, siempre benéfica y excelentísima ciudad un estandarte que incluso todavía permite afirmar a los herederos del antiguo régimen que aquí siempre fuimos ni más ni menos que moderados.
La ciudad había dejado atrás, en las tres últimas décadas, entre otras cosas, el fracaso de la Primera República, los asaltos carlistas, dos epidemias de cólera, una explosión con centenares de víctimas, varias galernas, algunos motines por la salubridad de las aguas y el impacto económico de la pérdidas de las colonias. El siglo XX (para algunos una burda prolongación del XIX, que no acabaría hasta 1914) parecía traer sólo cosas buenas: la paz, el progreso técnico, la recuperación del comercio y la consolidación de los veraneos regio, burgués y popular, cada uno según su capacidad y sus necesidades, es decir, cada cosa y clase en su sitio.
Así que no es de extrañar que el acontecimiento del 18 de enero de 1906 suela ser reflejado por los cronistas como una anécdota dramática, pero con cierta gracia estrambótica, un ejercicio de matonismo irrelevante, un paréntesis escandaloso en una sociedad tranquila en un año sin mucho que reseñar.

Los hechos
Aquel jueves, a eso de las 10 de la noche, se presentó en el Club Teodosio Ruiz, conocido como el Piloto, capitán retirado de la marina mercante y director de un semanario llamado El Descuaje. Los testigos coincidieron en que estaba ebrio, y no sólo de sí mismo, como afirmaban sus críticos que era habitual. A Ruiz le habían prohibido el acceso al club, pero pidió a través del conserje (que le ofreció primero bajarle una cerveza al portal) entrevistarse con un individuo llamado Diego Martín Veloz, alias Martinillo. Éste llevaba algún tiempo ejerciendo de socio y responsable de la seguridad del negocio. Ruiz había proclamado durante toda la tarde, en distintos lugares de la ciudad, que estaba dispuesto a arreglar con Martín unas cuentas pendientes. No hay nada literario en afirmar que nadie pareció oponerse a sus intenciones: Ruiz solía rodearse de fieles jaleadores. Así que, sin ninguna fatalidad, una vez en el Club de Billares, Diego Martín accedió y se reunieron en la cocina. Según el único superviviente del encuentro, Ruiz tomó cerveza y Martín sólo agua con azúcar. También según ese testigo nada imparcial, el Piloto exigió al otro quinientas pesetas sin aducir motivo alguno. El caso es que no aparecen testimonios de terceros hasta que, poco después, los jugadores del salón oyeron disparos y enseguida vieron irrumpir a Ruiz, ya herido, disparando sin ninguna puntería contra Martín, que le seguía y le alcanzó con varios disparos desde la puerta. Usaban ambos pistolas de tipo Browning, probablemente del modelo FN de fabricación belga, y realizaron siete disparos cada uno, es decir, vaciaron los cargadores.
Diego Martín salió ileso. Teodosio Ruiz falleció en el acto. Nicanor Arenal, empleado de obras públicas, cliente sin fortuna que se había cruzado en la línea de fuego, sucumbió nada más llegar a la Casa de Socorro, situada cerca de allí, junto a la Plaza de la Esperanza. También fue herido de gravedad, aunque salvó la vida, un tal Liñera, viajero de Villaviciosa en tránsito hacia Cuba.
Parte de la clientela huyó durante y después del tiroteo por donde pudo. Algunos saltaron por los balcones. La policía municipal, al mando del cabo Camino, detuvo a una docena de rezagados.
Aparte de las balas de Ruiz y Martín, apareció en el escenario del enfrentamiento un proyectil de un revólver bulldog, pero ni este hallazgo balístico, ni el descubrimiento por la policía de un arma similar en casa del conserje del negocio, un tal Lombera, tuvieron relevancia en el juicio. La pesquisas posteriores encontraron también dos fundas de pistola, el mango roto de un bastón de caña, varios libros y un ejemplar de la revista Policía Española con un artículo sobre el juego.

Una vida en ascenso
Diego Martín Veloz (o Véloz para algunas fuentes), nacido en Manzanillo, Cuba, en 1876, fue combatiente en la guerra de independencia de la isla con tan sólo diecisiete años. Según algunas versiones, comenzó en las filas de la insurrección, pero se pasó enseguida al bando colonial. Según sus propias declaraciones en una entrevista que concedió a La Voz Montañesa mientras se hallaba en prisión preventiva, nunca había hecho armas a favor del mambís. Lo que sí está acreditado es que hizo carrera en el ejército de España y fue condecorado varias veces, pero también castigado por indisciplina. Después de la independencia de Cuba, abandonó a la familia que había fundado allí y continuó su carrera militar en Marruecos. Llegó a sargento. Después ingresó en la vida civil, pero mantuvo buenos contactos entre los militares, y se estableció en Madrid para dedicarse a la extorsión-protección de locales de juego. Se decía de él que le bastaba presentarse en cualquier timba de España como “Martinillo el del Colonial” para recibir inmediatamente el rescate de seguridad de los propietarios de los garitos, y que así siguió operando al trasladarse a Santander (puede que porque las autoridades de la capital habían endurecido su actitud hacia el juego), donde su fama le había precedido o había hecho que lo llamaran. Se suponía que cobraba el 10% de los beneficios de tres salones: el Club de Billares, el Sporting Club y el Café Cántabro.
Después del incidente del Club de Billares o Huerto del Francés, fue declarado inocente en un juicio durante el que recibió el apoyo de altos mandos militares que hicieron pesar sus méritos para anular las sospechas, surgidas durante la instrucción, de que se trataba de algo más elaborado que una pelea fortuita entre tahúres. Había habido incluso una denuncia sobre él sólo cinco días antes del tiroteo: Óscar de Leymis (pseudónimo de Celso Mir), también colaborador de El Descuaje (quizá el redactor que firmaba como Confetti y que sustituiría a Ruiz en la dirección) había sido amenazado por Martín en la vía pública. Éste había llegado a exhibir un arma, costumbre que, como se verá, mantendría a lo largo de su vida.
Superado el paréntesis santanderino, Martín Veloz se instaló en Salamanca, emprendió varios negocios, adquirió tierras y entró en política en candidaturas conservadoras que le llevaron en 1919 y elecciones sucesivas al parlamento. Dirigió brevemente el casino de Salamanca. Fundó el periódico La Voz de Castilla, muy influyente y al servicio de los políticos más reaccionarios. Pero nunca se alejó del juego ni dejó atrás los incidentes violentos. Participó en un nuevo tiroteo, el 28 de enero de 1924, en el Casino de Salamanca, con un miembro de la Junta Directiva, un tal Peralta, donde esta vez fue él el herido, aunque sin demasiadas consecuencias. También organizó una bronca en el Congreso de Diputados, en la que estuvo implicado el socialista Indalecio Prieto. Martín sacó una pistola durante una sesión plenaria. El obeso Prieto colaboró con los que lo desarmaron sentándose encima del pistolero.
El flamante cacique castellano colaboró en el intento de golpe de estado del General Sanjurjo en 1932 y, a pesar de que su hoja de servicios en el ejército estaba llena de arrestos, estableció buenas relaciones con Miguel Primo de Rivera y Queipo de LLano.
El historiador Paul Preston le dedica varios párrafos en El Holocausto Español:

Adquirió reputación de matón primero en Santander, donde fue juzgado por asesinato y absuelto después de que lo avalaran numerosas figuras veteranas del Ejército, y luego en Salamanca. Este personaje imponente, por no decir goliárdico, era conocido por sus voraces apetitos, tanto gastronómicos como sexuales. Devino una figura clave en los burdeles, casinos y garitos de Salamanca, Valladolid, Zamora y Palencia. Invirtió sus ganancias en propiedades y amasó una fortuna que lo convirtió en uno de los hombres más ricos de Salamanca, y también de los más manirrotos. En su finca, Cañadilla, en Villaverde de Guareña, prodigaba toda clase de atenciones a sus amigos militares, a los que invitaba a las fiestas desenfrenadas que daba en sus fincas y cuyas deudas pagaba a menudo. (…) Siendo ya un cacique poderoso, obtuvo un escaño parlamentario en 1919 y estuvo involucrado en numerosos incidentes violentos en las Cortes (…), construyó una base política con la fundación del periódico La Voz de Castilla y de la Liga de Agricultores y Ganaderos, un partido agrario que cosechó un amplio apoyo en la provincia.
(…)
Durante la Segunda República, Martín Veloz fue uno de los fundadores del Bloque Agrario. Guardaba en su casa un arsenal considerable (…) Al estallar la guerra, (…) dedicaría además un enorme empeño, igual que otros terratenientes de Salamanca, a reclutar a campesinos para las fuerzas rebeldes.
(…)
Una de las cuadrillas represoras más temidas era la capitaneada por Diego Martín Veloz, el beligerante terrateniente y antiguo oficial del Ejército que tanto había alentado el golpe. Poco después de que estallara la guerra, Martín Veloz telefoneó a José María Gil Robles, líder de la CEDA y diputado por Salamanca, que estaba en Portugal sirviendo de agente de los militares rebeldes. Le preguntó a Gil Robles si podía proveer armas para hacer «una limpieza a fondo». Gil Robles colgó el teléfono, asqueado; su indignante negativa sería una de las razones para que más adelante se lo considerara persona no grata en su Salamanca natal.

Aunque su carácter contradictorio le llevó a interceder y poner a salvo a algunos notorios republicanos con los que tenía relaciones, “la columna que capitaneaba participó en la furibunda represión que tuvo lugar en Cantalpino y El Pedroso de la Almuña. El 24 de agosto, 22 hombres y mujeres murieron asesinados en Cantalpino; se cometieron numerosas violaciones y casi un centenar de mujeres fueron obligadas a desfilar por el pueblo con las cabezas rapadas. A pesar de los rumores de que Martín Veloz murió en el puerto de Somosierra con una columna falangista, en realidad falleció por enfermedad en su casa de Salamanca, el 12 de marzo de 1938.”

El Piloto
De Teodosio Ruiz, nacido en 1870, sabemos que regentaba una tertulia tabernaria en la que no le faltaban admiradores, que bebía mucho y que había participado en enfrentamientos con representantes de la ley a consecuencia de sus juergas. En la tosca ilustración con que lo homenajeó El Descuaje, aparece bajo un sombrero bombín, bien vestido, y, pese a la torpeza del dibujante, es evidente que ha querido imprimirle una actitud a la vez afable y firme. Estudió en el seminario de Corbán, pero abandonó los planes sacerdotales para hacerse marino. Participó en la guerra de Cuba como suboficial de uno de los cargueros que trataban de romper el bloqueo. Llegó a capitán de barco, dejó la mar por problemas de salud y, al final, fue el periodista y pleiteador a cuya desgracia acabamos de asistir. El sentido comentario de Confetti le atribuye una mala vida de la que, se apresura a señalar, fue la única víctima, como para situarlo en un limbo de nobles crápulas que tiene mucho más de real que los maniqueísmos habituales. Los datos que tenemos sobre él son muy escasos y proceden de él mismo y sus amigos, es decir, de los textos en El Descuaje, o de las noticias de prensa a causa de su muerte. Su figura semeja la de un héroe mediocre, evidente contradicción en los términos que le condujo a la búsqueda de un liderazgo en un pequeño feudo tabernario situado entre la actividad delictiva y la intervención social y periodística. Sus textos abundan en declaraciones de principios absolutos. Apela a la moral tanto como a su honor de luchador por la justicia. A veces parece sincero en sus proclamas por la integridad y a veces movido por rencillas personales e incluso sospechosamente dispuesto a hablar con aquellos a los que acusa. No es un personaje fácil de situar, pero las sombras le proporcionan una entidad que contrasta con la ruda claridad de su antagonista.

Lo que denunciaba
Entre la prensa de la época, abundaban los semanarios de poca tirada y ámbito local dedicados a temas específicos, literarios, artísticos, comerciales o “de intereses generales”, estacionales (de balnearios, veraneos y festejos), o a contenidos políticos partidistas. De El Descuaje (y de Don Preciso y Monte-Carlo en Santander, que lo reemplazaron durante algunos cierres por orden gubernativa o por no hallar imprenta) llama la atención que trata de llenar de un modo virulento lo que considera una omisión de la prensa generalista. Se publicaron 17 números, con largas ausencias, entre el 30 enero de 1904 y el 31 de marzo de 1906. La cabecera rezaba: “El Descuaje. Periódico cangrejo siempre palante”. Y triplicaba: “moralidad moralidad moralidad”. El título procede de Antonio Maura, todavía liberal cuando se fundó el periódico, que propugnaba una revolución desde las instituciones para proceder al “descuaje del caciquismo”. El nombre desde luego encaja bien en la insistencia de Ruiz y sus colaboradores (dos o tres personas) en denunciar todas las corruptelas. Los temas eran diversos y en ningún caso constituían compartimentos estancos, pero los juegos de azar eran el común denominador.
La proliferación de chirlatas clandestinas aparece impregnando todo el conjunto. Aparte de varios locales menores, los negocios que señalan como tapaderas sorprenden un poco por la honorabilidad que les suele otorgar la tradición, poco dada a ocuparse de tales microhistorias. Destacan el Círculo Conservador, a quien acusan de pagar los gastos electorales con el alquiler del cuarto llamado “de recreo”; el Club de Regatas, a cuyos numerosos socios tachan de hipócritas por aprovecharse de lo que critican al obtener buenos dividendos del “cuarto del crimen”, especialmente durante la temporada taurina; otros, como el Círculo Santanderino, son sociedades que ni se molesta en declarar sus objetivos; y, por supuesto, está el Club de Billares, donde, además de Colindres y Diego Martín, tenían intereses un tal Paco el Portugués y un funcionario de la Diputación Provincial. Asociados a ellos, están un buen número de prestamistas ambulantes y de oficinas de usura instaladas en porterías, carbonerías y tascas.
Otra cuestión candente eran las casas ilegales de prostitución, muchas veces de menores, que se apoyaban en los llamados “cafés cantantes”, donde los ‘cuplés sicalípticos’ -apuntaba El Descuaje- se saltaban las normas de la censura. Junto a esas actividades, denunciaban la corrupción policial, complemento indispensable que incluía comisiones (el 17%) sobre beneficios a cambio de silencio, robos acordados con bandas de delincuentes (llegaban a afirmar que “ningún robo mayor de 1000 pesetas será aclarado”), abusos a castañeras y floristas ambulantes (es decir, a trabajadoras que dependían del visto bueno policial para obtener y mantener sus licencias) y cacheos a noctámbulos que acababan en mordidas.
En la primera etapa del periódico, creado en 1904, las críticas se centran con especial ensañamiento en el primer Inspector de Vigilancia, Narciso Tomás, a quien apodan Colirón, y su segundo, Daniel Pérez, cuya heterosexualidad (la homofobia campaba a sus anchas) ponen en duda refiriéndose a él como Danieluca o Dulcemeneo. Esa campaña, unida a varias entrevistas de Ruiz con el gobernador, parece haber sido la causa del traslado de ambos inspectores a otras provincias. Esto coincidió con una serie de robos (en una administración de lotería, en una joyería, en una iglesia) bastante importantes y con otras denuncias sobre altercados en la vía pública, establecimientos de juego y bailes. Curiosamente, el periódico conservador La Atalaya salió en defensa del Primer Inspector de Vigilancia poco antes de su cese.
No existen datos sobre la difusión del semanario, pero, por las alusiones y los efectos, podemos pensar que, pese a lo modesto de la empresa, conseguía estar en todos los mentideros y tertulias de cafés, tascas y timbas, a lo cual ayudaba una comitiva de amigos y simpatizantes de los redactores donde se mezclaban descontentos, juerguistas, republicanos con porvenir más bien lerrouxista y jóvenes en busca de aventuras militantes que habían hecho de Teodosio Ruiz su inspirador.

Divagaciones nada conclusivas a modo de conclusión
A mediados del siglo XIX, se produjo en occidente lo que Alain Corbin llama descubrimiento del litoral, que condujo a la invención de la playa. Un descubrimiento que iba unido al del cuerpo y a una suerte de liberación de sus cuidados a espacios abiertos, soleados y salinos. La mar pasó de ser la boca del infierno a espacio de salud y ocio, y el litoral, antes frontera insalubre de todos los abismos, se convirtió en un espacio atractivo. Salud y ocio se materializaron enseguida en los baños de ola y balnearios. En Santander, el Sardinero fue el núcleo suburbano que reunió a los veraneantes de la burguesía y la aristocracia. En 1906 ya estaba el lugar camino de su apogeo, que alcanzaría el máximo cuando se hizo sede semioficial (estaba también San Sebastián) de veraneo de la familia real, previo obsequio de un palacio y una península. Había allí un casino, construido en 1870 (el actual es otro, de 1916), en el que durante años se alternaron la práctica exclusiva de los juegos de azar con períodos de prohibición o, por lo menos, máxima discreción.
Las clases más populares, por su parte, como cuenta José María de Pereda, nunca estuvieron alejadas de las diversiones náuticas, que practicaban con menos prejuicios en el atuendo. Mientras las damas y caballeros vestidos con trajes decorosos se adentraban en las olas sujetos a maromas separadas por sexos o en casetas familiares con ruedas atendidas por criados y bañeros, la plebe se bañaba desnuda entre roquedales. Pero esta situación idílica, quizá algo exagerada por el ingenuismo costumbrista, no impedía que las clases bajas gustaran de probar el tan prestigiado ocio burgués y aristocrático, y no precisamente el más presentable en postales y ecos de sociedad.
El prestigio del juego con más pretensiones que los naipes y dados de tabernas encontró por supuesto eco en los grupos que ya podían comenzar la imitación consumista del modo de vida burgués mediante sucedáneos y adaptaciones impuestas por el poder adquisitivo. Así apareció en la ciudad una fuente estacional de ingresos para clases medias y bajas (alquileres, servicios, hostelería) que ha llegado hasta nuestros días incrementada por el turismo industrial y la ausencia de otros recursos. Y aparecieron nuevos locales de juego, prostitución y espectáculos. El sexo atrae por si mismo y el juego por el vértigo del azar y, por supuesto, por la posibilidad de obtener dinero fácil. El respeto a las leyes de buenas costumbres no estaba cimentado precisamente sobre unas clases gobernantes que pudieran dar lecciones de moralidad, así que no es de extrañar que, en tiempos prósperos, los garitos y burdeles se multiplicasen.
Evidentemente, eso generó mafias y choques de intereses. No sabemos con certeza qué es lo que movía a los creadores de El Descuaje. Los números que aparecieron con posterioridad a la muerte del Piloto están redactados en un tono más profesional, menos panfletario, y no faltan matices y rectificaciones. En los tiempos de Teodosio Ruiz abundan las soflamas, los juicios morales de carácter personal y un estilo de permanente autojustificación que hace dudar de la solidez de los valores que dice proclamar. Pero en ambas etapas aparecen las mismas listas de infracciones y las mismas acusaciones con nombres o con motes que, para los lectores de la época, tendrían el valor de los apellidos reales. Las secciones que parodiaban el estilo telegráfico de los periódicos de la época están redactados en claves imposibles de comprender en nuestros días, pero que parecen corresponder a situaciones muy concretas.
¿Ejercía El Descuaje alguna suerte de chantaje sobre los denunciados? La explicación de Martín Veloz sobre el principio del enfrentamiento en el Club de Billares, la exigencia de quinientas pesetas, parece sugerirlo, pero no deja de ser la versión de alguien que estaba interesado en presentar el incidente como un enfrentamiento entre iguales, algo tranquilizador para los medios y las instituciones oficiales. Los amigos del Piloto, por su parte, trataron de volcar la responsabilidad sobre las autoridades que habían ignorado las sistemáticas denuncias del semanario. No les faltaba razón: pocos días antes del tiroteo, ante diversas presiones y remitidos a la prensa que indicaban nuevos problemas de orden público, el gobernador había dado orden a la policía de extremar los controles sobre el juego y la prostitución, es decir, de hacer respetar las prohibiciones. La vibrante actividad del Club de Billares la noche de autos deja claro que la orden no había sido cumplida. Como en el caso de los inspectores Tomás y Pérez, otros agentes fueron sancionados y trasladados, y el gobernador civil tuvo que dar explicaciones en Madrid.
La hipótesis de una conspiración para acabar con Ruiz no parece descartable: la llegada de Martinillo a Santander, sus provocaciones a redactores del El Descuaje, anteriores discusiones con el Piloto, parecen implicar un plan concebido para eliminar al incómodo mensajero. La presencia de una bala de un tercer arma (se habló también de un cartucho perteneciente a una cuarta pistola, de tipo Máuser, poco creíble en lances de este tipo, pero esto nunca fue confirmado) aumenta las sospechas. La trayectoria de Diego Martín Veloz, tanto en el juego como en la política, lo señalan como un profesional de esas prácticas, un miembro del lumpen violento generado por las guerras coloniales que acabaría medrando durante la construcción del fascismo: todo un paradigma de individuo ideal para hacer el trabajo sucio en la Europa prebélica y en la España de muchas más décadas.