El regente de repente teme el frente que tejen jefes emergentes: en el presente emprenden leyes herejes que prevén gerentes perennes.
Bazar
Las mamparas paraban la calma. Llamas al alba: caravanas paradas para cargar las mantas labradas a la plata. Damas hartas a manadas, ajadas, cansadas, gastaban caras largas, faldas aladas, tramas vagas: pagaban a paladas, a patadas, atadas a alhajas amargas.
La lengua común
Cita apócrifa de la Visión de los vencidos:
En cuanto recibieron la versión traducida del Manifiesto por la Lengua Común, todos los hablantes de lenguas arauanas, álgicas, arawakanas, aymaras, barbacoanas, caribes, chapacura-wanham, chibchas, chocó, chon, comecrudan, guahibanas, guaicurian, jívaras, jicaques, lencas, macro-ges, makúes, mascoianas, mataco-guaicurúes, mayas, misumalpanas, mixe-zoqueanas, múras, na-denés, nambiquaranas, otomangueanas, pano-tacananas, quechuas, tequistlatecas, totonacanas, salibanas, tucanoanoanas, tupíes, witoto, xincas, yumano-cochimíes, zamucoanas y záparouto-aztecas creyeron entender que, si aceptaban la supremacía del vocablo de los barbudos, las suyas serían lenguas cooficiales. “Extraña igualdad la de los blancos”, murmuró un indiecito. Pero estaban acostumbrados al universo bífido de los sabios, relatores y diputados occidentales, y sabían que, cada vez que se habían negado a algo, sus lenguas habían tenido menos hablantes, así que firmaron el manifiesto vertiendo sus nombres y los de sus tribus en el perfecto castellano de los misioneros para unirse a la alegre cortina de humo general entre los campos de soja.
De Villon y la Abadesa
Decía Rabelais: Haz lo que quieras.
Decía Epicuro: El cuerpo, en lances de amor, es parte indispensable del alma.
Decía Georges Brassens que, en la Edad Media, los monjes de París, encontrando que cuatro Evangelios no eran demasiados, se inventaron un quinto: el Evangelio según Venus, lo cual testimonia la abadesa de Pourras, que fue, es y será la puta más gloriosa de los frailes del Barrio Latino.
El hermanito François Villon sabía mucho de la abadesa, promovida al cargo en 1454, encarcelada por conducta desviada en la abadía de Pont-aux-Dames, reintegrada a la dignidad y definitivamente cesada en 1463, el año en que el poeta desaparece de la historia. ¿Una coincidencia sospechosa?
Villon componía poemas que hacían llorar a los santos y a los humanos de piedad y de risa, fornicaba, asaltaba a los caminantes, huía y hacía recuento en la Taberna de la Piña con el mismo entusiasmo de su lirismo, sus peleas y sus fonicaciones. Ante su pariente el obispo, se arrepentía, pero la vida en él era una marea incontenible.
Sólo se contuvo -es de suponer- durante su estancia en el
calabozo del castillo de Meung. Hoy pueden visitarse esos sótanos. Los iluminan con luces rojizas, los ambientan con ruidos de cadenas, los han decorado con instrumentos de tortura de la época del poeta; pero no hay ni una rata, y tampoco huele a humedad o miedo. El acceso es un túnel estrecho con una escalera muy empinada: parece el vacío de un falo, es decir, un útero. Quizá sea esa perspectiva la única que se conserva como era.
Dicen que el buen François fue el único prisionero que consiguió salir vivo del lugar. Decían que lo encerraban por sedicioso, salteador, blasfemo, pendenciero, fornicador, y lo liberaban porque lanzaba su sensibilidad al alma de los demás con la certeza del mejor arquero. Jean de la Pagaille sostiene que, aunque desterrado y perdido en la noche, el autor de la Balada de las Contradicciones, consiguió evitar que su cuello supiera lo que pesaba su culo.
¿Iba solo?
¿Huyó con la abadesa?
Oulipo y urbe
Este artículo de Vicente Gutiérrez me ha recordado la vieja cuestión de la perspectiva, un desafío para geómetras y, por inercia, la triste situación del paisaje urbano.
Daniel Arasse, un hombre que miraba cuadros, decía que la perspectiva elegida depende del encuadre. La cosa parece simple, pero una segunda reflexión (es decir, cuando se levanta la vista del primer punto de fuga) nos pone en la tesitura de enfrentarnos a la tremenda pulsión ideológica que encierra la elección del encuadre. El cine japonés ya mostró la humildad de una cámara puesta a la altura de la mirada de una persona sentada a la oriental, algo que, al parecer, los occidentales no habíamos descubierto por una cuestión, seguramente, de pura soberbia.
Es el encuadre urbano lo que me preocupa, los lienzos de la ciudad que quieren que veamos y los que quieren ocultarnos.
Hubo un tiempo en que las vías principales de las ciudades se llamaban perspectivas y diagonales y compartían el poder con las plazas y los paseos. Sigue leyendo
Situación
Tras una investigación que se proclamó exhaustiva (aunque la historia no está agotada), la emblemática decidió que la ciudad donde vivo es muy noble, siempre leal, decidida, siempre benéfica, excelentísima y la única del norte orientada hacia el sur.
Algunas consideraciones sobre el Prisionero de la Máscara de Hierro, sus guardianes y los testigos
Cuenta Voltaire no sé dónde que el Prisionero de la Máscara de Hierro lanzó cierto día desde la ventana de su calabozo en la isla de Santa Margarita un plato metálico en el que había arañado unas palabras. Un pescador encontró el plato entre sus redes, reconoció las armas de la fortaleza y lo llevó al alcaide, quien le preguntó si había leído el mensaje. El pescador se declaró analfabeto y, después de algunas averiguaciones, fue liberado.
Otra versión sostiene que lo que el prisionero arrojó por la ventana fue una camisa de fino lienzo que había cubierto de palabras usando su propia sangre como tinta y que fue encontrada por un barbero de los guardianes. El hombre creyó ganar méritos al delatar las palabras que sin duda hubieran proporcionado a la posteridad datos valiosos sobre la identidad del enmascarado. Pero era notorio que sabía leer, y al día siguiente apareció muerto en su litera. Otros, más conocedores sin duda de los métodos del poder, sostienen que el testigo desapareció sin dejar rastro.
Desde los relatos más antiguos (ahora me acuerdo de Acteón y Diana, pero me parece que me estoy dejando llevar por lo sensual), la historia de alguien que profana por error o azar los secretos del poder está presente para señalar, denunciar y disuadir a la vez. La idea de que el poder siempre tiene algo que ocultar a cualquier precio (y la vida de los peones se tiene por un precio barato) procede de experiencias contrastadas, y la difusión del hecho real del Prisionero de la Máscara de Hierro en la cultura popular no es sino una crónica, más o menos adornada para las representaciones y los relatos públicos, de lo que de verdad acontecía.
La narración muestra la presencia de una prueba a la que no se puede hacer desaparecer, que no puede ser aniquilada con la contundencia habitual, a causa precisamente de su relación con el propio poder que la oculta. Alguien caído en desgracia, pero ajeno a la plebe y, por tanto, merecedor de distinto destino. Alguien que no debe hablar con nadie porque puede decir lo que sabe o porque puede decir quién es, y dotado por ello mismo, por lo que sabe o por lo que es, de un aura protectora. El escudo lo establece el propio enigma.
Para muchos se trataba de un hermano gemelo o bastardo del rey, es decir, una mancha sobre la singularidad del monarca. Parece lógico que sólo el respeto a la sangre por la que fluía la excusa del derecho a gobernar pudiera impedir la aniquilación y poner en marcha una maquinaria de ocultación que se prolongó durante décadas.
Sin embargo, cuando no se puede eliminar la evidencia, nada impide a los alfiles de la singularidad eliminar a los peones. La anécdota del mensaje peligroso muestra que implicarse en los asuntos de estado no es bueno para los humildes. Hay cosas que no conviene recoger del suelo. De las ventanas de las prisiones reales no puede caer nada bueno. Tampoco de las ventanas de los palacios.