Autores: GÓMEZ-ACEBO LASSO, JAVIER; ORTIZ PÉREZ DEL MOLINO, JESÚS
Editorial: JAVIER GÓMEZ-ACEBO y JESÚS ORTIZ
Publicado en: 2025
ISBN: 978-84-09-75324-6
Una concienzuda investigación ha sacado del olvido los bajorrelieves de Jesús Otero Oreña (Santillana del Mar, 1908-1994) que, a la vista de cualquier transeúnte, decoran el antiguo Palacio de Justicia de Santander (actual sede de los Juzgados de lo Social, plaza Juan José Ruano 16), inaugurado en 1961.
No es broma, pero hay que matizar la penumbra: a pesar de lo improbable de la afirmación, todo parece indicar que nadie, entre quienes deberían hacerlo, se acordaba de ellos. (¿Que quiénes deberían hacerlo? ¿Alguien pretende que ponga aquí una lista y la someta a consenso?)
El libro de Javier Gómez-Acebo y Jesús Ortiz se enfrenta a una desmemoria que no es reciente. Desde su construcción, aparecen en la prensa pocas alusiones a los bajorrelieves y, ya en 1979, un reputado periodista los obviaba lamentando la ausencia de obras importantes de Otero en la capital de Cantabria. Así, aparte de que nunca debieron de estar presentes en los ánimos cotidianos de la ciudad, se desvanecieron en los mapas culturales.
Empezaré por lo tangible aunque parezca trivial. Los bajorrelieves nacieron literalmente arrinconados. Están en los tabiques perpendiculares a la fachada que dividen la entrada norte del edificio, a la cual se accede por una escalera bastante inclinada. Apenas se ven si se miran de lejos y, al aproximarse, las contrahuellas de los peldaños acaparan la atención: amenazan con malas caídas. Una vez arriba, los cuadrados labrados quedan demasiado cerca y altos para que el visitante inadvertido repare en el conjunto. Además, se trata del acceso a un juzgado; hay un trasiego constante de público; uno puede ir con cierta frecuencia durante años por tener un trabajo dependiente de la burocracia -es mi caso- sin apreciarlos. Es una pobre excusa, por supuesto, pero todo resta. Exagerando la perspectiva histórica, se diría que esos apólogos de la justicia, cargados de símbolos y mitos, a la vez sintéticos y expresivos, no fueron encargados para ser contemplados e invitar al descifre y la reflexión, sino por seguir la costumbre de anular el miedo al vacío con el prestigio del arte aunque la voluntad comunicativa del artista se reduzca hasta pasar desapercibida.
No obstante, resulta evidente que la causa primera del ninguneo fue, en principio, la militancia comunista del escultor, responsable durante la República del patrimonio artístico de su villa natal, luego detenido por el franquismo, condenado a muerte, encarcelado una vez conmutada la sentencia, represaliado y siempre sospechoso. A pesar de todas las trabas, Otero pudo reconstruir su carrera cuando el régimen, derrotados los fascismos en Europa, cambió de aliados y se sintió obligado a actualizar las apariencias.
El hecho de encomendar a un artista con antecedentes subversivos la elaboración de alegorías para una sede judicial debió de generar desconfianza en algunos sectores de las letales fuerzas vivas de la época. Si Otero se permitió introducir rostros, modelos, alusiones o mensajes privados de contenido contestatario, dudo que las autoridades se percataran de ello y no destruyeran la obra. En todo caso, me atrevo a decir que en el largo olvido concurren más factores que los recelos sobre sus intenciones.
Superada(¡?) la dictadura, los murales siguieron desaparecidos durante la Transición, sin moverse de su sitio, ajenos al guión asfixiante de la monarquía y sus nuevos y viejos actores. Eso también resultaría emblemático (hay que romper la banalización de esa palabra) si valiera la pena hablar de ello.
Con el paso de los años, el desinterés original se fue impregnando de contemporaneidad. La abundancia de iconos en la sociedad del consumo espectacular hace muy difícil reparar en el arte público si sus obras no son imponentes ni estorban la vista de otras cosas, no relampaguean en las guías ni anuncian o fingen anunciar algo o no gozan de fama en la identidad pregonada de los lugares. En una sociedad ruidosa, apresurada y abigarrada, los elementos que no son reclamos activos suelen pasar desapercibidos tanto para las personas que conviven con ellos como para el turismo de denominadores comunes y terraceos.
La investigación que han llevado a cabo Gómez-Acebo y Ortiz, basada en notas y bocetos del autor, testimonios de familiares y allegados y publicaciones, demuestra que los bajorrelieves de Otero, pequeñas parcelas de piedra que demandan estética y justicia, merecen la atención que nunca tuvieron.
