Santander, 1893: piano incendiado en la vía pública

La noche del 9 de Septiembre de 1893, el piano del alcalde en funciones de Santander, señor Almiñaque, ardía en medio del Paseo de la Concepción, hoy Menéndez Pelayo. La cuerdas se soltaban inarmónicas como látigos al rojo. Antes habían tecleado tonadas chuscas los asaltantes de la vivienda.

No era el único fuego de la ciudad. En la plaza de la Libertad, saqueados los despachos del arrendatario de las cédulas personales, una pira acababa con muebles y documentos. Era la hoguera más grande de la noche (los mozos se desafiaban a saltarla), pero en la calle Calderón también se volvían cenizas las posesiones de la oficina de la empresa adjudicataria del suministro de aguas.

Aquella tarde, a eso de las seis, el alcalde había llegado al ayuntamiento vestido de negro y con sombrero de copa para presidir un pleno que derivó en algarada, luego se volvió motín y terminó al día siguiente con la ocupación militar de la ciudad. Todo ello a causa de las fuentes.

El problema no era nuevo. Los manantiales anunciaban su agotamiento desde hacía años.  En dos décadas, entre 1857 y 1877, la ciudad pasó de 17000 a 38000 habitantes. En verano se sumaban unos 10000 residentes más. Las clases altas y el turismo de lujo recibían el suministro mediante fuentes particulares y canalizaciones directas, y no estaban libres de contratiempos, pero la mayoría de la población pasaba sed y tenía dificultades para lavarse, limpiar sus hogares o preparar sus alimentos.

Cuando la situación se agravó, hicieron venir a un abate zahorí francés que señaló dónde excavar, cobró y se fue. No hubo suerte. Del mismo país trajeron a un ingeniero fontanero que hizo un estudio detallado y propuso soluciones: había que profundizar las acometidas, drenar, cambiar los tubos. Como había fuentes públicas y privadas, éstas se llevaron la mayor parte del presupuesto, que estaba lejos de la cantidad recomendada. Las catorce fuentes populares siguieron teniendo problemas.

Llegaron el tifus y el cólera. Se sepultaba a los presuntos fallecidos con alambres atados a los tobillos que, en caso de resurrecciones, hacían sonar campanillas en la garita del vigilante del camposanto. Aunque remitió la epidemia, las autoridades sanitarias se pusieron serias: las fuentes no servían. Así que se concedió a una empresa privada la captación del agua del Pas en el alto de la Molina, su conducción a la ciudad y la renovación de los surtidores.

En 1885 empezó a funcionar el primer depósito, en Pronillo, y se celebró inaugurando una fuente monumental en la Alameda. Sin embargo, el abastecimiento seguía siendo insuficiente y la distribución defectuosa. Había fuentes de pago en el centro y gratuitas en la periferia. Clausuradas las antiguas, las que entraron en servicio sólo daban agua unas pocas horas al día. La situación era provisional, hasta que se completaran los depósitos, pero la cosa se demoró demasiado.

El 4 de septiembre hubo un incendio en Peña Herbosa. Los bomberos no tenían bombas y los calderos tardaban siglos en llenarse. Se perdieron varias casas de marineros. El 5 de septiembre ya hubo alborotos en la fuente de Becedo.

El día del pleno municipal, entre los asistentes que consiguieron sitio en el consistorio y los que esperaban fuera llegaron a sumar unas seiscientas personas. A lo largo de la tarde, según las autoridades, los manifestantes alcanzaron el millar. La sesión empezó bien, sin incidentes, salvo algún grito de ¡agua! Se aprobó comprar material de extinción de incendios, varias bombas manuales, una de vapor, y entonces arreciaron los gritos: no habría líquido que bombear.

Empezaron los empujones, intervino la guardia municipal, se desalojó el pleno, huyeron los concejales.

En la plaza, entre arengas, se organizaron grupos por edades, sexos y afinidades. Los más jóvenes, algunos niños, zaherían a los guardias. De los mayores, unos volvieron a entrar en el ayuntamiento y la emprendieron con el mobiliario y los papeles. Otros buscaron objetivos en la ciudad. Destrozaron faroles y casetas de obra y reventaron portales de las casas pudientes de la Ribera para sacar en procesión las piletas de mármol rosado y robar los grifos de bronce con formas de tritones y sirenas. Zarandearon a algunos ‘señoritos’ por parecerlo. El fuego de la plaza Vieja casi hizo volar un kiosco de armas y municiones. El peso de la turbamulta lo llevaban trabajadores portuarios, descargadoras de buques y marineros, hartos todos del barro que manaba de los caños de la dársena de Molnedo. No tardaron en agregarse al núcleo más activo obreros, pescadores, pescaderas, carreteros y verduleras, y corrió el rumor de que habían acudido a la revuelta, por pura vocación insurreccional, algunas cuadrillas de mineros.

La Guardia Civil, reforzada con unidades llegadas de la región y dotaciones de infantería, llegó a tiempo de impedir nuevos saqueos en la sede del Monopolio de los Fósforos y la casa del director de la empresa de aguas. No hubo heridos de importancia, sólo contusiones por forcejeos, pedradas y culatazos. Se produjeron media docena de detenciones bajo acusaciones de desobediencia e insultos a la autoridad. A las cuatro de la madrugada, la ciudad quedó tranquila. Al día siguiente se produjeron algunos incidentes menores.

Los apagadores de resonancias del piano del alcalde en funciones crepitaron hasta el alba.

Los pastos de las llamas

Si es cierto lo que dicen las autoridades, en Cantabria, una comunidad con la ganadería camino de la extinción(1)Véase este artículo., hay gente que delinque de un modo organizado para convertir bosques en pastos por la vía del incendio.

Hasta hace poco, el objetivo principal era conseguir terrenos edificables. Ahora, los que queman los bosques o sus inductores se tienen que conformar con menos, pero todo es recuperable, es decir, recalificable. Si el paraíso de las especulaciones inmobiliarias vuelve a realizarse en estas tierras en cualquiera de sus variantes (inmobiliaria, hostelera o parquitemática) los espacios ya estarán abiertos. Si no, por lo menos habrán mantenido un poco más el espejismo de una economía de la miseria subvencionada. Hasta que acabe la tregua, claro, que el cerco liberal se cierra cada vez más, pero este es el mundo de lo inmediato y del titular doctrinario de cada mañana.

A pesar de los esfuerzos psicoanalíticos, creo que tanto la destrucción como la conservación de los bosques se realizan sin grandes pulsiones irracionales. Las tentaciones líricas o apocalípticas las ponen después los poetas y los políticos, palabras que no están nada incómodas en la misma frase: la poesía también suele estar subvencionada.

Recuerdo a un concejal de Medio Ambiente de un pueblo de los valles interiores que había sido condenado por pirómano. Creo que el término es erróneo; ningún informe psiquiátrico señaló nada patológico, y tampoco aparecieron atenuantes basados en temores atávicos a los mitos enfurecidos que habitan la espesura. Sus electores, estoy seguro, no veían ninguna contradicción en lo que era algo muy grave para los constructores del imaginario de la corrección política en sus mejores momentos de impostada solemnidad. La defensa del medio sin cambio de modelos productivos que ha construido para uso polivalente esa corrección es una ecología sin supervivientes, o sea, una contradicción en los términos, y lo que quieren los habitantes de las comarcas ganaderas es, precisamente, sobrevivir. Siempre lo han hecho a costa de los valles y montañas, transformando terrenos salvajes en pastos según fuera necesario. En una economía agrícola y ganadera, los bosques son hostiles almacenes de leña, caza y setas alucinógenas o no, a los que hay que cuidar para que no se vuelvan peligrosos. Son útiles, pero no es fácil enamorarse de ellos. Son bellos, pero también lo son los terneros antes de ser sólo carne. Son respetables emblemas de lo ancestral (y sobre todo de los terrores ancestrales) hasta donde lo permite la comodidad productiva. A partir de ahí, la rentabilidad exige que mengüen o desaparezcan. Antes, los resultados eran concretos, palpables: leche, cultivos, rebaños, trabajo en suma. Ahora vemos que la transformación en pastos es una excusa vacía. No responde a una necesidad de la ganadería; no hay oportunidades para el equilibrio: la quema produce subvenciones aunque no haya vacas para consumir los nuevos pastizales.

Los delitos de incendio sólo son un paso más hacia el abismo de la riqueza mal repartida mediante mecanismos aparentemente misteriosos y volubles y finalizada cuando la maquinaria del liberalismo hace rodar la mano invisible bien afirmada en el orden de los estados a los que detesta si cobran impuestos directos para servicios sociales y adora si rescatan bancos, autopistas y superpuestos y legislan contra los obstáculos a la ley del más fuerte.

Los ganaderos ya fueron grandes modificadores del medio cuando, hace menos de doscientos años, aprovechando la oportunidad de una demanda creciente, decidieron arrinconar las bovinas autóctonas (esas de cuernos demasiado largos y poca leche que ahora algunos sueñan con recuperar en plan elitista) para traer suizas y frisonas y crear una riqueza que está pasando a la historia porque, eliminados los máximos y los mínimos de compra y producción de leche, o sea, pasando del estancamiento al libre mercado liberal, no pueden competir en el juego de la industria alimentaria y metanizadora que en algunos sitios está creando granjas de miles de cabezas. Contra una que pretende pasar de mil quinientas y que producirá 1,5 megawatios, lo cual hace casi gratuita la producción de leche, se bate hace ya años la Confederación Campesina francesa en un complejo laberinto político y legal(2)Pero es solo un ejemplo: en Alemania hay unas 200 granjas de más de 1000 cabezas; en China se están creando granjas de 10000 a 15000; en Arabia … Continue reading.

Imagino que las subvenciones que hacen rentables los incendios irán desapareciendo poco a poco, a medida que la UE aumente las condiciones y en cuanto los gobernantes autóctonos puedan echarle la culpa sin conflicto a esa entidad de la que nunca son cómplices pero cuyas normas deben ser respetadas hasta el hambre. La alternativa regional parece consistir en vender paisajes adaptados a un turismo selecto (no sé si eso es otro oxímoron), convertir al paisanaje en servicial si no servil, y ofrecerse como infinito lujo residencial o arqueológico o gastronómico o lo que haga falta. Qué pena que no funcione: cincuenta mil parados, la mitad sin prestaciones, y los que trabajan lo hacen en precario porque el ciclo de las promesas de futuro se cierra en que tenemos que ser currantes baratos para hacernos ricos.

En una comunidad tradicionalmente dislocada entre la costa y la montaña y la capital y el resto, y además de economía ganadera muy a menudo mixtificada con la industria y convertida en auxiliar de un proletariado fabril que también desaparece, la textura emblemática del campo cántabro quedó para los intelectuales (nada o muy poco tiene que ver el término con el de Clemenceau para calficar a los dreyfusistas) que calificaron la región e hicieron épica y romance de valles y brañas mientras las burguesía capitalina se forraba trasladando harinas a América. No es que ese imaginario diera para mucho, pero entonces el hinterland castellano era rentable para el puerto, los belgas e ingleses aprovechaban la minería y los suizos, que lo son, trajeron la industria láctea que todavía funciona como una isla en medio de las mutaciones de una comunidad desarbolada. Así que, en cuanto la comunidad imaginada se topó con la era postindustrial, se descubrió inmóvil, pequeña y fiel a su tradición de cortafuegos del norte, que es la manera que tienen los historiadores de decir que no solemos ser gente conflictiva.

De momento, pese a las declaraciones contra la delincuencia, las subvenciones son políticamente rentables. Es decir, mientras esa corporación bautizada con el nombre de Bruselas (y Santander es un banco) no dé el siguiente paso y decida que eso no sólo no es liberal, sino que queda feo. Para entonces, si fuera rentable construir, es decir, si la sociedad sigue aletargada, el paro estructurado, los salarios en la miseria y las libertades atemorizadas, ya no habrá casi bosques protegidos. Negocio redondo. Los incendiarios apuran hasta las posos la pasta fácil y luego ya se verá que caprichos sugieren los supremos ordenadores: discotecas en el erial, macrourbanizaciones blindadas, convertir la región en un plató de cómicos y guapos ocurrentes o lo que haga falta menos reconocer que el juego que se traen entre manos (Varoufakis sabe de eso) es de suma cero en su variante más retorcida, es decir, todo el que no gana cada vez más, pierde cada vez más.

Notas

Notas
1 Véase este artículo.
2 Pero es solo un ejemplo: en Alemania hay unas 200 granjas de más de 1000 cabezas; en China se están creando granjas de 10000 a 15000; en Arabia Saudí se ha alcanzado el récord de 35000. Todos estos datos crecen día a día en progresión geométrica.

Santander, 1906: un episodio violento

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Una tirada de dados
nunca
aunque se lance
en circunstancias
eternas
desde el fondo de un naufragio
abolirá
el azar

Stéphane Mallarmé

Las crónicas locales suelen presentar los llamados “crímenes del juego” o “del Huerto del Francés” como consecuencia de una época de matonismo, un encuentro violento entre gentes de mala vida que resolvieron sus rivalidades en un enfrentamiento que “se quiso politizar”. La política, en ese contexto, se define como una actividad ritualizada y ajena a incidentes que puedan desbordar el escenario y delatar el desorden del mundo oficialmente reconocido. Así, cuando los hechos iluminaron la escena, aunque la prensa más asentada en la normalidad criticó la tolerancia de las autoridades con los garitos y antros de vicios diversos, e incluso señaló, a raíz del incidente, que “medio Santander anda armado por la calle” y que no era la primera vez que bienpensantes ciudadanos habían expresado su preocupación, enseguida se procedió a la reducción del problema a una anomalía producida por un submundo desatado cuya vigilancia hubo que reforzar, por lo menos durante un tiempo. Casi con la misma cadencia que los actuales focos mediáticos, pasó la cosa y no hubo nada más allá de la represión inmediata y de algunos correctivos administrativos a la negligencia policial. Las consideraciones sociales quedaron, con un característico horror al análisis, fuera del marco habitual de exhibición de la ciudad, y así seguirían, tanto en aquel presente como en el futuro de autopromoción del promontorio de veraneo que ha llegado a nuestra época sin rupturas.

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Una pequeña lección de asepsia en torno a la Escuela de Altamira

Está teniendo lugar en el Palacete del Embarcadero de Santander la exposición “En torno a la escuela de Altamira”. El matiz del título es sin duda oportuno si tenemos en cuenta que la escasa producción de la citada “escuela” ha hecho necesario ampliar el ámbito y el periodo con obras de movimientos relativamente próximos del mismo coleccionista y de una entidad pública cuya simple marca se postula como una panacea.

Según lo comunicado a la prensa, la exposición “pretende documentar el acercamiento al ‘arte nuevo’ internacional propuesto y estudiado en los encuentros de Santillana del Mar promovidos por Mathias Goeritz en 1949 y 1950, así como su vinculación con la cultura santanderina, el surrealismo y la abstracción hispana”. La muestra presenta las actividades que reunieron a un grupo de artistas, escritores y músicos(1)Alejandro Ragel, Alejandro Ferrant, Beltrán de Heredia, Ricardo Gullón (que ejerció de portavoz), Lafuente Ferrari, Sebastià Gasch, Rafael Santos … Continue reading como un esfuerzo por abrir una ventana estética que refrescase el viciado ambiente del franquismo. Sin embargo, tal perspectiva padece en mi opinión de la inmaculada concepción de la historia de “su” arte que suele caracterizar a esta región, con la capital al frente, por supuesto(2)Nótese por cierto la profesión de santanderinidad que hace la presentación del invento: Santillana y Altamira como adornos del salón capitalino; … Continue reading.

Hay una primera omisión que casi resulta anecdótica: a Mathias Goeritz lo pusieron fuera de España antes de que se produjera el primer encuentro, un mes después de haber presentado la declaración de principios de la “Escuela de Altamira”. En marzo de 1949, había dado un discurso de aceptación como miembro de la Academia Breve de Críticos de Arte que le había llevado a chocar con los expertos de periódicos y revistas de Madrid. Le retiraron el permiso de residencia y se fue a México(3)Resumen de la trayectoria de Mathias Goeritz.. Eso no impidió que su trabajo previo de síntesis definiera lo que luego sería la “Escuela”. Goeritz había aparecido en España en 1941, tras ejercer como delegado cultural del Consulado Alemán en Tetuán. Años después, los muralistas de izquierdas mejicanos, quizá dolidos por el éxito de su “arte sin conflicto”(4)Creo que merece mención la actualidad y rentabilidad del adjetivo “emocional” que aplicaba a su arquitectura., lo acusarían de tener un pasado filonazi(5)La relación de Goeritz con figuras destacadas del nazismo parece evidente: “Nuestro común amigo Goeritz”, en El Heraldo de Aragón.. Era un pintor y escultor de pulsiones cósmicas y doradas, espiritualista, que enseguida se había unido a los artistas españoles del interior (el inconsciente me impone recordar aquí a Max Aub y sus comentarios sobre “los que se quedaron”) para reivindicar un arte de vanguardia libre de elementos ajenos, fueran políticos o sociales. En las pinturas de Altamira veían un estado de pureza esquemática y dinámica que las liberaba de los traumas que habían lastrado el arte durante su viaje de milenios. Aunque tanto idealismo pueda parecernos beatífico, no fue difícil encajar esa visión esencialista en la actualidad de la postguerra española, de pronto afectada por una postguerra europea que exigía del franquismo un cambio de imagen.

El arte, según la Escuela, debía liberarse de las ataduras de los aconteceres mundanos y someterse a un proceso de “esencialización”, el mismo que podía encontrarse en los signos simples pero profundos que poblaban aquellas cuevas. Se abogaba por una plena limpieza de lo superfluo para ir “al grano” de las cosas, pero, por encima de todo, se hacía un llamamiento al ensimismamiento del artista, algo que debía sonar estupendamente en los oídos de la clase dirigente(6)Marzo, Jorge Luis. Arte Moderno y Franquismo. 2006..

Los falangistas Vivanco y Rosales estaban de acuerdo, por supuesto, y Ricardo Gullón, aunque expresaba su temor al “surrealismo comunista y anticristiano”, comprobó aliviado que sólo se aceptaba en sus versiones abstractas y aligeradas. El mismo Gullón puede servirnos para introducir otro asunto cuya consideración oficial parece no haber cambiado desde aquellos tiempos:

Gracias al mecenazgo de don Joaquín Reguera Sevilla, Gobernador civil de Santander, persona en quien artes y letras encuentran constante protección y amistad, pudo celebrarse la primera reunión de la Escuela(7)Gullón, Ricardo. Primera reunión de la Escuela de Altamira.

Aunque las cosas siempre pueden contarse de otro modo:

La Escuela de Altamira, en realidad, hubiera pasado probablemente sin pena ni gloria a las páginas de los libros de arte si no fuera por un hecho de gran trascendencia(…): despertó el interés del poder. Más en concreto, de determinadas figuras dentro de él: personajes que, a la postre, tendrían un papel fundamental en la legislación sobre la vanguardia y en la capacidad del sistema de sacarla adelante. El grupo de Altamira pudo desarrollar sus jornadas gracias a un cierto respaldo económico y, sobre todo, a la buena disposición de Reguera Sevilla, entonces gobernador civil de Santander. Estamentos poderosos daban cierta carta de naturaleza a pesquisas artísticas, con claras vinculaciones internacionales y con un ánimo de proyección más allá del estricto círculo de interesados. La participación, entre otros adeptos al régimen, del poeta falangista Luis Felipe Vivanco, dio una cobertura en los medios culturales oficiales que no pasó desapercibida en órbitas de más altura política (…).
[Fue pues] un nuevo paso en la escalada del régimen por ofrecer apoyo a aquellas iniciativas culturales que pudieran transformar tanto la imagen externa del país, como las posibles reticencias de una clase burguesa demasiado hipócrita con las ñoñerías del academicismo franquista(8)Marzo, Jorge Luis. Op. Cit..

La “Escuela” tuvo, eso sí, un encaje útil en un evento propagandístico de mucho más calado y duración: el llamado “Avance Montañés”, una exposición que recogió y magnificó los logros de la reconstrucción de la provincia de Santander desde la guerra, con un tratamiento especial para la de la capital desde el incendio del 41. El apartado cultural del gran libro ilustrado que se publicó al año siguiente está dedicado al texto triunfal de Ricardo Gullón sobre el primer encuentro, y en él plantea sus objetivos de crear un museo para exponer las obras de los miembros y una residencia de artistas. Todo lo cual, como se sabe, quedó en nada. Dan ganas de pensar que el apoyo entusiasta de Reguera Sevilla estaba en función de su utilidad para el “Avance” y que, pasado éste, el interés se disolvió(9)El Avance Montañés. Libro sobre la exposición del mismo nombre. Gobierno Civil de la Provincia de Santander. Editorial Gráficas Valera. … Continue reading.

Lo que fue una actividad oportunista desarrollada dentro de un panorama de gobernadores civiles consignados (similares actividades tendrían lugar en muchos otros recién descubiertos “promontorios culturales”) tuvo, pues, escaso éxito. La entonces provincia no daba mucho de sí; sus aportaciones no justificaban los viajes de figuras reconocidas que ascendían en otros sitios. Poco después vendría Fraga a poner en marcha con mayor eficacia una política de iguales intenciones, centralizada, asociada al desarrollismo y en mejor coyuntura internacional.

Ante este panorama, no deja de ser significativo que algo de tan poca entidad tenga tanto predicamento: se cuentan tres exposiciones muy parecidas en cinco años, sin contar múltiples actividades relacionadas. Se explica en parte, claro está, por la querencia ideológica de los que detentan el poder en las instituciones implicadas de nuestro incomparable páramo, pero más aún por la necesidad de justificar con un contenido sobrevalorado un continente surgido sin ninguna demanda social de una red de relaciones personales (los gurús y la burocracia culturales que preconizan el advenimiento del Archivo Lafuente necesitan visibilizar su epifanía más allá del no muy popular marchamo del Museo Reina Sofía) y, todavía en un nivel más alto, la de ambientar ese gran proyecto de ” economía del ocio” que, sostienen, tan bien complementará la política hostelera y gentrificadora (en su versión más injusta por depredadora y clasista) que ya tenemos encima y que, sospecho, tiende a la conversión de la fachada de la ciudad en una vitrina de metacrilato.

Pequeña lección de asepsia, pues, en la tradición de prestigiar un régimen (o, en este caso, la rancia vocación de una capital que parece empeñada en separarse de su hinterland y ser autosuficiente con un espectáculo anular sin ciudadanos) mediante la elaboración de un mito artificial, elitista y tan edulcorado como el pseudoprimitivismo de aquellos escolásticos.

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Miembros de la Escuela de Altamira en el balcón del Ayuntamiento de Santillana del Mar. La fotografía no está en la exposición. La Escuela de Altamira. Gobierno de Cantabria, Santander, 1998, D.L. SA-503-1998

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Notas

Notas
1 Alejandro Ragel, Alejandro Ferrant, Beltrán de Heredia, Ricardo Gullón (que ejerció de portavoz), Lafuente Ferrari, Sebastià Gasch, Rafael Santos Torroella, Luis Felipe Vivanco, Pancho Cossío, Llorenç Artigas, Joan Miró, Willie Baumeister, entre otros.
2 Nótese por cierto la profesión de santanderinidad que hace la presentación del invento: Santillana y Altamira como adornos del salón capitalino; un salto de gigante por encima de toda la historia regional, que debe de ser otra historia.
3 Resumen de la trayectoria de Mathias Goeritz.
4 Creo que merece mención la actualidad y rentabilidad del adjetivo “emocional” que aplicaba a su arquitectura.
5 La relación de Goeritz con figuras destacadas del nazismo parece evidente: “Nuestro común amigo Goeritz”, en El Heraldo de Aragón.
6 Marzo, Jorge Luis. Arte Moderno y Franquismo. 2006.
7 Gullón, Ricardo. Primera reunión de la Escuela de Altamira.
8 Marzo, Jorge Luis. Op. Cit.
9 El Avance Montañés. Libro sobre la exposición del mismo nombre. Gobierno Civil de la Provincia de Santander. Editorial Gráficas Valera. Santander, 1950. Sobre la trayectoria política de Joaquín Reguera Sevilla: Sanz Hoya, Julián, La construcción de la dictadura franquista en Cantabria: instituciones, personal político y apoyos sociales (1937-1951), Santander: PUbliCan, Ediciones de la Universidad de Cantabria; Torrelavega: Ayuntamiento de Torrelavega, 2009.

El Ateneo Popular de Santander vuelve a la historia

Acaba de aparecer el libro Ateneo Popular de Santander(1)Editado en papel por le editorial Librucos. Se puede descargar en formato PDF en el sitio web del Centro de Estudios Montañeses., de Fernando de Vierna. Se trata del resultado de un largo trabajo de investigación sobre la que fue, como señala el autor, la principal entidad socializadora de la cultura que ha habido en Cantabria.

La idea de que un libro venga a llenar un vacío intolerable está aquí totalmente liberada del carácter tópico que suele tener en este tipo de presentaciones. No se trata de un vacío simbólico; carece del atenuante de la metáfora fácil: el borrado de las huellas y la suplantación del Ateneo Popular son fenómenos tangibles que resultan del protocolo de olvidos y ninguneos tramado primero con tosquedad cuartelera por el franquismo y luego adaptado a las maneras suaves con que la llamada Transición (nombre de un período deliberadamente inacabado) apartó todo lo incómodo.

Portada

Ya durante la dictadura se elaboró la leyenda de Santander como un promontorio cultural de excepción que con el tiempo los cronistas con audiencia oficial han querido exculpar como moderado e incluso liberal. Ese diseño falaz no ha perdido actualidad; sigue encaramado al escenario político y social mientras la experiencia cultural republicana que de verdad vino a implicar a las bases sociales quedó sepultada por la fuerza física y por el decorado que las élites militarmente dominantes crearon a imagen y semejanza de la ciudad imaginada. Décadas de miedo y adoctrinamiento sin réplica (o, ya en tiempos recientes, con las réplicas marginadas por unos medios herederos y otros acomodados) fijaron en la sociedad santanderina la idea de que el periodo republicano fue un lapso estéril. El libro de Vierna viene a contrarrestar esa perpetuación del olvido mediante una minuciosa investigación que recoge y analiza la historia de la entidad.

Logotipo del Ateneo Popular de Santander

En la calle Gómez Oreña, esquina a Pedrueca, estuvo la última sede (y la única propia, inaugurada en febrero de 1937) del Ateneo Popular de Santander (1925-1937). El edificio, planeado por el arquitecto republicano Deogracias Mariano Lastra, fue construido con las aportaciones de los socios. Los obreros trabajaron gratis. En un período histórico en el que las fuerzas del trabajo empezaban a confluir con las de las ciencias y las artes, eso no resultaba sorprendente: era la respuesta a una necesidad creada por el propio funcionamiento de una institución surgida para corregir las desigualdades culturales y educativas generadas por las injusticias sociales, es decir, por las desigualdades económicas, un ateneo de amplio espectro en el que colaboraron en mayor o menor medida todas las personalidades del panorama sociopolítico que, tras haber creado las condiciones para la instauración de la II República, habían dado lugar al Frente Popular. Un buen número de intelectuales y profesionales y la parte más avanzada de la burguesía, asfixiada por décadas de revolución liberal pendiente, se unieron al proyecto con entusiasmo. El hecho de que fuera una asociación que rehuía el activismo político directo y no tenía una definición política específica dice mucho del trasfondo social que lo había puesto en marcha: no era un órgano de creación de conciencia, sino la consecuencia de las demandas de una sociedad en ebullición. La cantidad de materias educativas y actividades que abarcaba y de participantes en ellas, y los criterios científicos y avanzados con que eran tratadas, todo ello detallado en la obra de Vierna, lo demuestra.

Saqueado en agosto de 1937 cuando las tropas franquistas entraron en la ciudad, fusilados, encarcelados o exilados sus impulsores, el edificio fue despacho del falangismo, pasó años de abandono y fue ocupado por el Ateneo de Santander, ente desprovisto de popularidad que había competido desde la reacción con el Ateneo Popular (a pesar del poder adquisitivo de sus socios, exigía las mismas subvenciones públicas) hasta que los golpistas consiguieron acabar con la democracia. Allí sigue el Ateneo ultraconservador (si a alguien le parece fuerte el término, lo invito a repasar su programa de actividades, de consumo interno para élites profesionales y confesionales cuando no puramente propagandístico) como emblema autocomplaciente del movimiento que liquidó por la fuerza el proyecto de ilustración popular.

Por suerte, a veces aparecen trabajos como este para mostrar qué sedimentos asfalta la tupida fachada local.

Notas

Notas
1 Editado en papel por le editorial Librucos. Se puede descargar en formato PDF en el sitio web del Centro de Estudios Montañeses.

Santander, paréntesis de la mar

Que si hay que estar al nivel del Centro Botín. ¿Pero qué nivel? ¿Alguien sabe […texto autocensurado].
Un mirador para mirar lo que tapa, por cierto.

Serrón.

Ahora que resulta evidente que el edificio invisible va a obstruir la serena contemplación de la bahía, conviene insistir en señalar la tendencia local a ocultar la recreación espontánea ante el mar, la mar (pongan el sexo que prefieran, pero no exageren el género salino), como si tal acto, que en su día acompañó, sin duda, el momento fundacional de la ciudad (calma intermareal interrumpida, es cierto, por saqueos de hérulos y concesiones de abadengos con diezmo de la pesca, portazgos y pontazgos) tenga ahora que ser subsumido en el uso de arquitecturas que sólo permiten la observación desde los egos de sus arquitectos y patrocinadores. Desviando la brisa, claro, y poniendo en lugar del olor yodado el movimiento solar erróneo de una animación proyectada en el interior de un contáiner. Sí, esa en la que la luz parece venir de todas partes para negar la sombra que proyectará el monstruo. Ensimismamiento arquitectónico que encima desgrava. Entre paréntesis, diré que somos gilipollas. Bueno, se me olvidó el paréntesis. Desde fuera, ejercen de murallones, parapetos de la misma escuela de rompesendas, mientras llenan el interior con el paisaje robado. El chiste es fácil, pero inevitable: el paisaje es el botín (pero la corrección quiere que sea un honor, ni siquiera un rescate o la dote de la ciudad en boda de conveniencia) del Centro Botín, desde cuyo interior se verá muy bien la bahía, como desde un escenario-hornacina decorado con los conceptos y las formas del arte contemporáneo más ultraliberal y caro, un circo para la vista, con toboganes, neón y prosas autojustificativas (a los palanganeros culturales de toda laya les sudan los bolis de gelatina índigo con el logo de la llama blanca sobre fondo, eso sí, rojo corbata), dejando para el exterior un ambiguo tornasol: no creo que haya color más hortera que un blanco de pretensiones irisadas. Para mirar hay que entrar, dicen los teóricos de los espacios apropiados. O subir, como a la duna de Zaera, a la que la prensa ufana llamó “grada de España”, pero que ni siquiera es de Gamazo, y que obstruye la mirada a la mar desde el dique, ahora plaza con proyecto de asador incluido, es decir, futura terraza que hace hostelería de la arqueología industrial y separa la obra civil de su memoria de trabajo y mar. Aquí, para mirar el paisaje que tan bien trazó Hoefnagel, hay que subirse a un galpón de líneas metálicas, yerba falsa y triunfalismo trilero de un mundial cuyas cuentas no cuadran, pero que iba a ser al tiempo panacea y púlpito de epifanías. Porque, al parecer, para contemplar los mecanismos de la historia, éstos deben ser acolchados con tarima flotante y olor a churrasco, y siempre ha de haber cerca una mala imitación, sea de un museo de éxito, de una moda gastronómica o de una donación mediocre con nombre prestado. Creo que dadá pasa de la fuente y del bling bling con que los candidatos pasean en bicicleta (todos nosotros malvados electores esperamos que resbalen en el verdín sssflusss platch mierda de perros), se mojan los pies y dicen que se mojan, se reclaman de la diferencia, la exclusión o el éxito y hasta piden compasión por abusar del maquillaje azul impasible hielo de los que saben que siempre gana la banca. La mar cada vez recomienza con más dificultad (Valéry no te rías, no tiene ninguna gracia), cada vez es más difícil reiniciar la recompensa de la calma aun sabiendo que ahí sigue, estuchada como unos gramos de azúcar en ración de cafetería del Paseo de ese Pereda al que han tintado los jardines de un gris cielo viscosa. Y una pasarela del mismísimo cemento (encargarán un mural pijohipster a los equipos de emergencia creativa, seguro) en algo que nadie se atrevería a llamar lontananza: y una mala excusa para la escusa. De los ensanches inacabados pasamos directamente a las viviendas fortificadas y ahora planifican una ciudad fantasma gigante mientras los moradores (bella palabra olvidada en las colmenas) huyen cada vez más lejos para dejar hueco a los súbditos-clientes. Muchos huyen de verdad. Otros sueñan y votan porque se creen en el mejor de los mundos aburridos. Unos pocos protestan sin entusiasmo. Qué bahía más bonita, claman, qué montañas, qué nubes, qué calima. Qué pena no tener acabado el Cerco Cultural para culminar ya el prodigio con algún nuevo macroenlatado urbanístico.

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Un edificio discreto

La rueda de Barros

Cuenta Henri Breuil en un artículo de 1915 que, hasta que Hermilio Alcalde del Río estableció la antigüedad y el carácter de símbolo solar de la estela de Barros, se alternaron  sobre esta piedra dos curiosas consideraciones. El clero católico veía en ella una representación de la rueda donde los paganos no pudieron torturar a santa Catalina. Los trazos angulares recordarían las cuchillas del instrumento. La tradición votiva, más popular, la señaló como una ofrenda de algún viajero a la virgen de la capilla contigua en agradecimiento por la protección durante el trayecto. Sería entonces una simple rueda de carro o carreta con el buje, el cincho y la maza trazados de un modo esquemático. En ambos casos, la hagiografía mandaba sobre el cosmos y la interpretación sobre la representación. Luego llegaron los eruditos para fijar la piedra en un tiempo oscuro y reemplazar por hipótesis astronómicas los toscos relatos sobre la santa y el transeúnte. Ahora está en el escudo de Cantabria. La verdad es que me cuesta dejar de verla como una simple o una terrible rueda.

Santa Catalina - Fernando Gallego

Santa Catalina: Los ángeles impiden el suplicio de la rueda. Fernando Gallego. Siglo XV. Museo del Prado.


 Henri Breuil - Rueda de Barros

Dibujo de Henri Breuil