Al principio, parecía la historia inmortal (con permiso de Karen Blixen) que les gustaría contar a todos los fotógrafos: el hallazgo de una instantánea (en este caso, una secuencia) que consagre al artista de la cámara.
Ella se había ido a Nueva York. Él había alquilado un estudio en una calle recién gentrificada que había sido parte de los barrios encaramados en la ladera sur de la ciudad, viejo laberinto de huertas en el que las hileras de nuevos edificios, mellizos cuidadosamente diferenciados, se alternaban con ruinas y solares rodeados de alambradas. Algunas de las casas viejas, las más dignas de ser consideradas como infraviviendas, seguían habitadas por vecinos que sobrevivían semiocultos por la derrota, sin medios para largarse, pero difíciles de expulsar. Quedaban selvas aisladas bajo los miradores, desde los que se divisaba toda la bahía, y ese era el valor añadido, el fetichismo del paisaje, el negocio.
En esa frontera variable, procurando no obsesionarse con la impotencia, el artista esperaba vislumbrar la inspiración realizando actividades rutinarias y pequeños experimentos. Aquella tarde de surada, decidió comprobar la respuesta de una nueva cámara frente al efecto Fohen: una banalidad paisajística en una ciudad donde, dice el mito, esa simple información meteorológica desborda su laguna semántica como un río sin desbrozar arrasa una bárcena.
La relatividad del crepúsculo aplastaba las nubes como en el apócrifo de Einstein. La luz perfilaba las montañas que rodean el abra como las pintó Hoefnagel hace cuatro siglos en la lámina de Civitates Orbis Terrarum. Una mirada atenta quizá hubiera intuido sobre el espigón la grúa-rueda-jaula movida por un esclavo o un prisionero.
Desde la ventana del estudio, encaramado en la ladera del cerro que protege la ciudad del viento del norte, contemplaba, pues, una estampa portuaria posterizada en rojo, azul, dorado y blanco, y recibía en el rostro toda la fuerza del viento caliente, que enmarañaba las cortinas y revolvía papeles perdidos a sus espaldas. Estaba solo y tenía muy reciente un poema de Mallarmé sobre la improbable abolición del azar.
Hizo varias fotos del paisaje y, antes de retirarse, bajó la vista hacia la calle nobilizada a medias con comercios de moda y complementos. Aún no habían encendido las farolas; la luz de los escaparates, más que aclararla, se sumaba a la penumbra.
Entonces le llamó la atención una mujer que pasaba envuelta en una gabardina clara. La prenda no estaba fuera de lugar ni tiempo. La virazón suele traer lluvias y galernas. Pero al artista le sorprendió el recogimiento con que la mujer sujetaba con la mano derecha el cuello alzado mientras la izquierda parecía querer dar calor a la propia cintura, recuperar el ánimo de un cuerpo frío o triste, suplir la compañía de un abrazo.
Aquella única transeúnte ofrecía a la mirada fotográfica la prometedora perspectiva de un picado sobre un peinado deshecho. Y era también una paseante que dudaba. La duda enriquece la emoción estética. Daba un paso adelante, retrocedía, bajaba de la acera, volvía a subir. Miraba hacia atrás. Todo lo hacía muy despacio, como si deambulara por un escenario vacío y mal localizado.
Se sucedieron siete fotografías en modo ráfaga lenta. Después de la primera captura, la mujer se decidió a cruzar. Aún está en el centro de la calzada en la segunda. En la tercera -la primera de las instantáneas inesperadas- aparece en la imagen la sombra de un hombre que corre hacia ella. En la cuarta, ella está en el suelo y parece, de tan frágil, ropa volada de un tendal, tirada por el viento, porque la sombra, ya casi fuera de cuadro, como confirmarán los informes policiales, le ha dado un puñetazo. En las demás fotografías, con ligeras variaciones, la mujer está sentada en el bordillo de la acera, como por casualidad, como si descansara, con la cara entre las manos, la cabeza inclinada, y la sombra ya ha huido y para entonces el artista, aunque tarde, ya ha comprendido que debe gritar, de un modo quizá algo absurdo, eh, oiga, eh, oiga, oiga, eh, eh, oiga, y bajar a unirse, alrededor de la yacente, a las figuras borrosas de las personas que, aunque el mundo sea crepuscular y malvado, acuden en ayuda de la mujer golpeada.
Por suerte, sólo fue una contusión en el pómulo derecho y hematomas en espalda y brazos por la caída. Los daños psíquicos también fueron evaluados: miedo, inseguridad, esa insoportable tendencia de las víctimas a sentirse culpables… La mujer no identificó a su agresor ni presentó denuncia. La policía abrió una investigación de oficio sin resultados. Ella tampoco es reconocible en las fotos, así que el artista no tuvo problemas para exhibir la secuencia.
La exposición tuvo éxito en todas partes. “La cadena de hallazgos -explicó un crítico- se complementa a la perfección con la afortunada confluencia de la esforzada, tradicional artesanía de la luz y la vocación del creador innovador que indaga en la técnica para presentar una dramática realidad urbana, cotidiana, solitaria, como una corola de pétalos gigantes, enormes fotografías de 3 x 3 m en color atenuado hasta casi una gama de grises con unas pocas notas de realce tonal, que nos envuelven en el drama y, para culminar el gran acierto expositivo, se acompañan con un largo lamento de trompeta de Miles Davis.”
La gira europea saltó en zigzag por todos los contenedores homologados de la Banana Azul. El autor levantó expectación en Luxemburgo (posó para la prensa en el MUDAM, junto a la fuente de tinta china y palabras de Su-Mei Tse), Bruselas (lo aclamaron en el Bozar, lo fascinaron los cuervos del parque botánico y nadie mencionó a Magritte), Namur (degustó absenta y saludó a Rops), Lieja (aplaudió al equilibrista), Lille (una diosa, estupor en Wazemmes y una novela distópica en la Vieille Bourse), Colonia (celebró las gabarras y un dirigible le hizo sonreír), Berlín (inesperado), Burdeos (galeotes enfurecidos en un circo cerca del entrepôt)… Todos esos paréntesis le iban dejando huellas y cuando, por supuesto, llegó a París, es decir, a la cima, y vio que un guía se empeñaba en explicarles su obra a unos turistas remisos, se sintió como un candado colgado por una pareja de idiotas en la barandilla del Puente de las Artes.
Después de una gira por Buenos Aires, Johannesburgo y Shangai, descubrió la amnesia que produce el éxito: nunca he estado en esas ciudades decía, dice todavía. Quería descansar, pero no podía. Su agente -en realidad, una filial de una agencia multinacional participada por canales inextricables- le buscó nuevos mercados. Editó un libro con las imágenes y un texto en el que, entre otras cosas, fingía declarar que le había impulsado a asomarse a la ventana “una inspiración profética que prefiguraba las dimensiones de la inecuación masculino/femenino en el mundo occidental desarrollado, esa dialéctica insólita que mantiene las relaciones de géneros en una dimensión conflictiva lamentable y a la vez creativa, porque la creación es desgracia, maldición borgesiana de la multiplicación, tal vez añoranza de la razón pretecnológica y a la vez oración por las futuras posguerras amorosas que esperamos alcanzar tras el vuelo del arte pese a las inevitables alucinaciones del jet lag existencial”. Alguien lo llamó farsante: otro éxito. Su agente replicó, pero no logró avivar la polémica durante mucho tiempo. “Tendremos que reinventarte”, le dijo. El artista huyó.
Paseó de nuevo por la Europa opulenta, pero ahora iba encapuchado bajo una sudadera electrónica y saltaba de wifi en wifi para conectarse a radios de todo el mundo, de manera que sabía más de lo que ocurría en Libreville que de las cumbres de dos manzanas más allá. En los bares, explicaba a los compañeros de borrachera el estado del tráfico en Ulan Bator y cómo es el viento en Patagonia.
Por fin, se produjo el acontecimiento que andaba buscando. Tuvo que ser en un museo, por supuesto. Quiso fotografiar con el teléfono una obra protegida por derechos de autor y, cuando un vigilante le hizo un gesto negativo, trató de llevársela. Era una miniatura, un caballito de Troya reinterpretado, manchado de sangre, otra de esas muchas obras que él sentía que tendrían que haber sido suyas, porque las había pensado antes de verlas, estaba seguro, obras como la cloaca de Delvoye o el angustioso tiburón de Hirsch, sólo que otros las habían hecho antes… “¡Y yo apenas tengo una puta casualidad!”, gritaba cuando lo detuvieron.
Los abogados y psiquiatras lo liberaron enseguida. Volvió a su ciudad y el Ayuntamiento le encargó un mural para una plaza no muy céntrica. Maltrató a una gabardina hasta envejecerla, la colgó de una pared en ruinas con una manga a la altura del cuello y la otra sobre la cintura, hizo una foto, la proyectó ampliada sobre el muro y la pintó con ira.