Una senda abandonada por las administraciones ha conducido a la muerte a seis personas. Las primeras declaraciones de las autoridades competentes en demagogia consisten en implorar que la política no manche el duelo. Luego se produce una situación ideal: distintos equipos gestores de distinto signo electoral y similar percepción del acto político como ajeno a las tragedias personales se echan mutuamente la culpa de la desidia, el incumplimiento de las normas de construcción y seguridad y la falta de respuesta de los servicios de emergencias. Todo eso confluye en el frío bochorno que sigue al accidente. Que hable la justicia, dicen. Y lo hará, pero será un proceso lento y confuso para la comunidad profana. La sobreabundancia de declaraciones y respuestas produce indiferencia. Mientras, un entramado histérico de precintos de plástico enmarca las postales de después de la desgracia de un modo exultante, ridículamente agresivo, casi como un insulto al duelo, como celebrando el sacerdocio autoritario de quienes están siempre presentes sin estar cuando se les necesita. Pero, ¿quiénes son esas presencias oblicuas? Nadie: los intercambiadores de catilinarias devaluadas, los agentes perfectos de la contradicción, los que se protegen de todo mal o vergüenza fomentando la displicencia con la repetición de justificaciones y desvíos sin sentido. Ostentan, financian, difunden y mediatizan la trágica inmediatez del accidente evitable con la política-telón que expulsa la acción real del escenario, un teatro de marionetas proyectadas contra un muro que desdibuja la reminiscencia de la doblez económica. La obra es simple, litúrgica, anónima, letánica, brillante o enlutada según convenga, un fotocall ante la mayoría absoluta que aplaude tibiamente: es lo que hay, ¿quién va a quejarse de recibir lo que le ofrecía la invitación al espectáculo?

Franz Kline. ‘El Puente’.
El territorio se ha llenado de no-lugares, esos espacios que no pueden definirse como identitarios ni como relacionales ni como históricos que Marc Augé consideraba los productos característicos de la sobremodernidad, lo contrario de los lugares antropológicos, antiguos, categorizados como lugares de memoria. Cantabria, por ejemplo (y con esto me atrevo a creer que el antropólogo se quedó corto en el recuento y la amplitud de los tipos probables de no-sitios y sus transiciones), sólo puede venderse como infinita siendo un no-lugar infinitamente indiferenciado, un edén calculado entre lágrimas de humo de incendios forestales, con sendas inexistentes que pueden conducir a abismos bajo pasarelas abandonadas fríamente por la doctrina apolítica del bochorno consentido.