En el París invadido, los acontecimientos se sucedían muy deprisa y nunca en línea recta. En 1941, la Gestapo detuvo al escritor Jean Paulhan como sospechoso de pertenecer a la resistencia y lo interrogó sin éxito durante una semana. No estaban muy convencidos -había tenido tiempo de desarmar la multicopista y tirar las piezas al Sena-, así que no lo maltrataron demasiado. Fue liberado con el aval del colaboracionista Drieu La Rochelle, que lo persuadió de aceptar un puesto de confianza en la prensa ocupada; es decir, creyendo ganarlo para la causa, le facilitó seguir apoyando la insurrección. Y en ello anduvo hasta que, la mañana de 1944, recibió una llamada: “Se espera pronto la visita de los mismos personajes”. El aviso procedía de un intelectual alemán que creía en la confraternización franco-germánica bajo el III Reich. Siempre ha habido gente para todo. A Paulhan lo había denunciado Élisabeth Toulemon (sí: “todo el mundo”), la esposa de su amigo Marcel Jouhandeau, autor a su vez de un lamento en clave: “Lo que más amo en el mundo ha denunciado a lo que más amo en el mundo”.
Cuando Paulhan colgó el teléfono, los partidarios de las prioridades nacionales (esta vez eran fascistas franceses) ya estaban llegando al portal y nuestro héroe, para algunos un hedonista que nunca apreció la épica, tuvo que huir por los tejados.
Pasó el resto de la guerra en la clandestinidad, editando publicaciones subversivas, repasando sus estudios de malgache, repensando la antropología colonial, la lingüística y la prohibición de practicar la literatura como quien entra en un jardín con flores en la mano, y dejándose llevar por las corrientes de la historia como parte de un grupo felizmente desorganizado de intelectuales capaces de actuar en los momentos críticos sin renunciar a los matices ni caer en la hipocresía de la posguerra.
Imagino la fuga en un plano general: la carrera de una figura en el paisaje de las alturas de una ciudad que, pese a sus esfuerzos por contradecirse, parece mirar por encima del hombro -desde sus azoteas, pero también desde sus alcantarillas- los terrores señoriales.
Los acontecimientos, marcados o no como cruciales por los intereses narrativos o las estrategias políticas, las delaciones, los cambios de bandera, la represión, las intermitencias del amor y la amistad, los tejados oportunos, lo personal, lo trascendente instituido o silenciado, lo mezquino, lo fríamente histórico, lo absurdo y lo anecdótico se entrelazan en la escena, pero el protagonista, cuando le preguntaron, hizo un resumen preciso. “Usted conoce la definición de democracia -concluyó-: cuando lo despiertan a las siete de la mañana, es porque le traen la leche. Precisamente, esto es lo que pasó: que no era el lechero. »
En la democracia actual (¿nadie habla de plutocracia liberal?), las perspectivas conducen a urbanizaciones amuralladas y edificios blindados, ofrecen un panorama canalizado para encauzar los desplazamientos, separar los feudos de las colmenas y los centros comerciales, aislar las terrazas y apostar robots de vigilancia. Las pantallas alientan con sonrisas seguras la financiación de las guerras que fingen exteriores y alaban la dudosa paz interior.
Observando las imágenes de la calle Arènes, donde se conserva la casa de Paulhan (hoy lo habrían fulminado con drones), me pregunto cuántas complicidades calladas o delatoras, envueltas en la vaga retórica y la falsa igualdad de las libertades aparentes, están fomentando el regreso de los mismos personajes.