Los monstruos de Edison

Mientras me documentaba para escribir sobre las venus dormidas, me topé con unos cuantos artilugios curiosos o siniestros, pero el que aparecía con más insistencia, como un mal sueño, fue la muñeca parlante comercializada durante poco tiempo por la Edison Phonograph Toy Manufacturing Company. A pesar de los esfuerzos del inventor, más marrullero que ingenioso, es un fracaso muy recordado. Medía medio metro de altura, tenía la cabeza de porcelana, el tronco de metal y las extremidades de madera, y llevaba en su interior un fonógrafo de discos de cera que se accionaba con una manivela.

En las navidades de 1889, el prototipo de tecnoemprendedor agresivo -tiene poderosos sucesores-, de promoción por Europa, le regaló una de esas muñecas a la archiduquesa Isabel María de Habsburgo, de seis años, hija de Rodolfo, príncipe heredero del Imperio austrohúngaro que, en enero del mismo año, había aparecido muerto junto a su amante, la baronesa de Vetsera, en el pabellón de caza de Mayerling. Se han vertido ríos de tinta y cortinajes de celuloide sobre ese capítulo de las miserias imperiales. Quizá para conectar el juguete con la tragedia, el obsequio, una versión especial, recitaba una oda al emperador, pero la mayoría de los 600 000 autómatas fabricados en Orange (EE. UU.) y distribuidos por todo el mundo cantaban canciones infantiles y proclamaban amor filial.

Aunque la prensa española se hizo eco del regalo y anunció el juguete, no he conseguido averiguar si alguna de ellas llegó a Santander en los veraneos cortesanos de la época. Me gusta pensar que sí. No creo que la pequeña masa viajera de aristócratas y burgueses ennoblecidos se librase de caer en la tentación de distinguir a sus retoños entre las medianías veraneantes. Debió de ser -si tal cosa ocurrió- hacia 1890 cuando irrumpieron las voces de aquellos pequeños monstruos rígidos entre las conversaciones, bajo las sombrillas de los paseos, en los círculos de las terrazas.

La muñeca de Edison hablaba, pero el encanto no duraba mucho tiempo. El calor derretía los registros y las nanas se volvían llantos entrecortados, chillidos, maullidos rabiosos. Quizá fueron la primera banda sonora de los cuentos de terror. Podemos imaginar a los niños gimiendo de decepción, aprendiendo la frustración de los juguetes rotos antes de ser olvidados, la inquietud de los humanoides desarticulados, el miedo que dan los payasos, la herencia de las pesadillas de la princesa huérfana.

Veo esta anécdota mínima de la historia del consumismo como una prefiguración del automatismo de los desfiles, la relojería criminal, la exaltación de la estupidez, un sarcasmo dadá avant la lettre: el rey Ubú de Jarry -quizá una de las representaciones del poder más identificables en la actualidad- ya andaba por allí, entre los juguetes caros de hoja de lata, pintados y articulados en espera de la mecánica multiplicadora.

El monstruo de Edison apenas dejó atisbar -su creador procuró borrarlo de las memorias mercenarias- en el paraíso del estío la sombra brutal de la tecnología edulcorada, amigable, inevitable, que compramos cada día tratando de olvidar la ambivalencia de los mecanismos que dirigen los misiles y a la vez soportan los cuidados, la belleza y las ideas.


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Listen to the creepy voices of Thomas Edison’s talking dolls

Un daguerrotipo (écfrasis abierta)

Saca de la caja una placa de cobre bañada en plata. La pone en el doblador de bordes. Hace palanca. Desenfunda la barra de pulido. Restriega con fuerza la placa con la superficie abrasiva para eliminar las imperfecciones. El otro lado de la barra es de piel (¿venado, corzo, gamuza?) y ahí extiende polvo mineral. Asegura la placa en el soporte de pulido y sujeta éste mediante un tornillo a la mesa de trabajo. Ahora se detiene para evocar una carpintería de rivera. En la infancia, paseaba por el muelle entre los calafates que fumaban tabaco y brea, cepillaban cuadernas con garlopas enormes y se sentaban en rollos de esparto. Deja que para un patache y pule la placa durante media hora hasta que obtiene el espejo en el que se reflejarán sus pretensiones, la esencia de la demora y quizá una ilusión de velocidad en la que intuye un salto de casi un siglo hasta el momento en que alguien obtuvo por error una foto de medio coche de carreras (el número 6) y algunos espectadores que para mucha gente representa el vértigo brutal y feliz del siglo XX. (Preferimos decirlo así, pero sabemos que la imagen de Lartigue muestra lo evidente: todo se precipita hacia el futuro; inaugura una fuga mecánica, eso es todo. Pero eso vendrá mucho después. Hoy, en este pasado, ese pequeño espejo de 165 x 215 mm se obstinará en inmovilizar la luz de una imagen elegida.) A continuación, vierte una capa de cal en una bandeja de vidrio, luego una de bromo, y la deja en espera. Desliza la placa pulida en una caja con una solución de yodo. Hay una carta postal pegada a la pared mostrando el reverso: “El universo empezó a complicarse cuando un crepúsculo desveló la idea de la lentitud”. No recuerda la estampa. La mira fijamente mientras cuenta veinte segundos antes de comprobar que la plata se ha vuelto amarilla. Traslada la placa a la bandeja de bromo y, a los diez segundos, se vuelve de color rosa. Ahora apaga el quinqué que otorgaba tenebrismo al laboratorio, un decorado que parece querer reunir el arte del sueño y la ciencia del instante, las disciplinas oscuras, subterráneas, que remiten a la alquimia y la herejía. En la casi oscuridad (hay un tragaluz diminuto, apenas un respiradero), pone de nuevo la placa en yodo durante unos segundos y entonces supone que ya está sensibilizada. La inserta en un portaplacas de vidrio y guarda este en un estuche opaco. Se pone el trípode en bandolera, se cuelga del hombro la bolsa de lona con el cajón de la cámara y sus utensilios, abre la puerta adornada con una acuarela plagada de gaviotas, sube los escalones, recorre el pasillo (a la derecha, retratos de militares; a la izquierda, clérigos), sale a la calle y busca un coche de punto. Es una mañana pálida que quizá requiera más de la media hora teórica de exposición. Por lo menos, ya no son las largas horas del boulevard del Temple y su limpiabotas milagroso. Va a contracorriente: se acerca la hora de comer y las calles comienzan a despoblarse. Ya ha elegido un lugar en los muelles. Inevitablemente pictórico, académico. Brisa ligera, pero masteleros desafiantes atados al núcleo del planeta y mecidos por el imán de la luna. Despliega el trípode y monta la cámara. Quita la tapa de la lente. Abre las trampillas superiores. Inserta el vidrio de observación. Teoría y práctica de la composición rimada. Encuadre ortodoxo, regla áurea. Objetos sobre piedra. Bolardos, norays, cornamusas, cables encapillados. ¿Pueden los bultos portuarios en tránsito ser considerados una naturaleza detenida (que no muerta)? Hay tabales de arenques (saliva salazón) y un montón de carpanchos que esperan la pesca. Al fondo, vergas con velas recogidas que, aunque la mar está calma, vaticinan una cortina nebulosa en la toma. Pero las pocas personas visibles no amenazan con convertirse en sombras errantes. Vuelve a tapar la lente y reemplaza el cristal con el portaplacas. Retira la tapa de nuevo. Es una mirada fija. Falta mucho para la obturación más veloz que un parpadeo. Espera. Las gaviotas circulan sólo interesadas en el olor de los arenques. Después de media hora de esciografía invisible, tapa el objetivo, encaja una lámina oscura sobre la placa, la retira y la guarda. De nuevo en el sótano, vierte mercurio en una caja de hierro con forma de pirámide truncada invertida y la pone sobre la llama de una lámpara de alcohol. No debe aspirar los gases. Ha dejado la puerta abierta para que corra el aire y tendido una cortina negra contra la luz. La pirámide tiene un termómetro. Cuando llega a los 80⁰, pone la placa boca abajo para que el vapor venenoso haga su trabajo. Ahora juega la intuición. ¿Dos o tres minutos? Dos y medio. Sumerge el objeto del deseo en una bandeja con hiposulfato para detener la impresión. Luego la baña en agua destilada. No: no ha terminado. Hay otro soporte con otra lámpara. Ahora la placa va boca arriba sobre la llama, pero no quiere mirarla ni siquiera de reojo en la penumbra. Sueña con la escena imaginada. Vierte suavemente sobre ella cloruro de oro para perfilar los trazos, purificar los tonos, ahuyentar las pesadillas. Enciende el quinqué conteniendo el aliento.


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