Icónico Piquío

Se está hablando mucho de la despersonalización de Piquío, lugar distintivo de Santander. Están borrando su identidad, dicen, y no lo dudo, pero me resulta difícil entender qué es exactamente lo que se está borrando y cuándo comenzó a desaparecer esa supuesta identidad, a qué identidades sustituyó a su vez y con qué argumentos las constituyeron.

Piquío era un roquedal adentrado en la mar donde se construyó un baluarte de piedra, al que llamaron castillo, cuyas ruinas desaparecieron a principios del siglo XX. Para entonces ya era mirador y objeto de postales, una terraza ajardinada y un balcón sobre las playas y la bahía.

Hace pocos años, cuando el santanderismo del lugar parecía fijado para siempre, las baldosas fueron reemplazadas por una pasta azulgrís de baja estofa que se agrietó enseguida, como pintando una abstracción identificativa de la ciudad. Por aquel entonces, el vecindario y los veraneantes tradicionales ya empezaban a inquietarse por los avances de la desgentrificación. Ese término tiene poco uso, pero se está haciendo necesario a medida que algunas élites debilitadas sufren los empujes del liberalismo que aplauden.

A mí me parecía que el efecto ajado tenía la belleza irónica de la realidad, me resultaba una conceptualización de la urbe digna de aprecio, pero ahora lo están reparando y temo que va a ser peor, o sea, que ni siquiera va a cabrearme.

Los emblemas aceptables para la lógica trifonte de las instituciones oficiales, el imaginario instituido y los intereses económicos pretenden aglutinar lo histórico, lo canónico y lo funcional con rendimientos simples y rentables que mantengan el giro de la doble hélice que coordina negocio y propaganda. Lo pretenden y casi siempre lo consiguen: invierten en los medios para ello.

Pero creo que conviene no olvidar que, si no nos convence la visión establecida, somos libres de elegir las nuestras, incluso multiplicándolas, jugando con las variaciones y apostando por lo mas subjetivo.

Por ejemplo, hoy me apetece destacar que, para mí, Piquío es, entre otras cosas, el lugar emblemático donde, una mañana de finales de julio de 1927, la joven manicura griega Sonia Mármara se sentó frente al mar y se disparó bajo la barbilla con la pistola que le había robado a su amante.

La herida no fue mortal. La pareja se había conocido en San Sebastián. Llevaban dos días alojados en la fonda La Provinciana, calle de la Blanca 12, cuando él recibió aviso de la llegada inminente de su familia y decidió volver al redil. Aunque algún reportero trató de convertir a Sonia, una trabajadora ambulante, en una seductora legendaria, enseguida se impuso el estereotipo de “una mujer de temperamento exaltado, histérica sin duda”, cuya letra de convaleciente tenía “las características grafológicas del histerismo”. Como todavía no podía hablar, escribió: “Quería morir, me ahogaba; le quería mucho”.

El hombre, según la prensa, era “un joven respetable” que sólo quería volver con los suyos después de un devaneo. Al fin y al cabo -me atrevo a leer entre líneas- había preferido el disimulo del juego seductor y la teatralidad de la pensión discreta a los burdeles baratos de la cuesta de Gibaja o los más elegantes del Arrabal.

Sonia se curó y recuperó la voz. Agradeció los cuidados recibidos, explicó que, más que a una pasión amorosa, su desesperación se debía al desánimo, el hastío, la falta de ilusión y de afectos, y que tenía intención de regresar a su país.

El otoño y el invierno son fardos provisionales en la ciudad turística; la primavera, un preludio cosmético del caos. Todavía estamos en febrero y ya se pregona la riada de privilegiados y asalariados temporeros, lujo auténtico o fingido y precariedad laboral. Entre los espectáculos, seguirán cayendo al cauce anonimizador de la estación más grávida del año las crónicas trivializadas de nuevos engaños y desengaños.

Plaza de Italia: los nombres, la memoria y la forma

En Poznan (Polonia), después de la caída del bloque soviético, decidieron cambiar el nombre de la calle Jaroslaw Drawoski, combatiente de la Comuna de París, por el de Henryk Drawoski, fundador de la Legión Polaca. El cambio sólo tuvo efectos en los viandantes avisados, esa minoría que no se apresura a invisibilizar los homenajes urbanos.

En París, en 1879, encontraron oportuno llamar Denfert-Rochereau a la Place d’Enfer (Plaza del Infierno), pero esa es otra historia en la que el diablo permanecía oculto mientras culpaba a los desplazamientos semánticos de los pasos inferiores. (1)Por aquí hubo polémica cuando alguien sugirió cambiar el nombre a la calle Alcázar de Toledo por el apelativo medieval.

La Plaza de Italia de Santander fue primero Plazoleta del Pañuelo y luego de Augusto González de Linares hasta que las tropas fascistas italianas, en 1938, recibieron el agradecimiento del franquismo. Supongo (no sé si se ha hecho explícito) que la democracia formal da por olvidados los motivos de la denominación actual y prefiere mantenerla en vez de volver a la popular o a la del científico, es decir, opta por la triste solución de la memoria salomónica: los que quieran asociar el lugar a otros nombres persistentes (el del general Dávila, Alonso Vega, Reguera Sevilla(2)Éste más intocable aún, pese a la cuesta escasa que le adjudicaron, por sus esfuerzos para impulsar una idea de promontorio vanguardista al … Continue reading, etc.) pueden estar tan satisfechos como los que celebran que Italia saliera del fascismo mucho antes que nosotros. Es una falacia brutal, pero, ¿a qué mayoría le importan las falacias?

El caso es que, si las embellecidas infografías no mienten, la remodelación que ahora se está haciendo no va a tocar el nombre que tapó a los anteriores, sino el lugar, y creo que está claro que se trata de un borrado de la plaza que merece jugar a las interpretaciones simbólicas.

Desaparecen las formas onduladas propias de la burguesía de casino y balneario que modeló el entorno y son reemplazadas por parterres rectilíneos y vías peatonales que parecen incitar más al tránsito que a la permanencia. Los promotores mantendrán la retórica identitaria (“lugar de privilegio”), pero el recogimiento circular, los atardeceres socializantes de los veraneos, orgullo del clasismo santanderino, se someten a la cuadratura neoliberal del espectáculo turístico y financiero. Todos los proyectos de la ciudad la empujan hacia esa utopía del mundo uniformado como si sólo fuera una gran superficie comercial en construcción que debe cumplir reglas sagradas de formas, fetiches y contenidos.

Transformado el espacio físico, ¿importan los nombres? Sabemos que el nombre es lo mínimo, lo que queda, pero requiere explicaciones y capacidad de lectura. Creo que muy poca gente pregunta el por qué de los nombres de las calles; es más fácil mirar fotos de cómo eran antes, pero los motivos de los cambios también requieren palabras. En esa necesidad del lenguaje se unen las cosas y sus denominaciones.

Borrar los homenajes a los criminales y las falsificaciones sirve de desagravio a las víctimas, pero casi siempre llega tarde y no recupera nada más que emociones; y puede despertar contradicciones(3)Hace poco se rindió homenaje a los prisioneros de los campos de concentración de la Magdalena escenificando una fotografía de propaganda hecha por … Continue reading. El de la memoria y los monumentos ya era un debate viejo cuando Courbet tuvo que pagar la columna Vendôme (por allí andaba el primer Drawoski) pese a ser inocente: no quería destruirla, sino desmontarla, trasladarla o, como mucho, aplicar antes de tiempo la idea de Daniel Buren: una estatua derribada se convierte automáticamente en escultura.

Otra manera es añadir a los monumentos enmiendas, textos o intervenciones explicativas. Aunque los cambios de nombres y las demoliciones son espectaculares, sólo permanecen las instantáneas. Las notas a pie de pedestales mantienen el recuerdo y, por tanto, prolongan la vigencia del debate. El problema es que eso no suele gustar a ningún poder o aspirante a él porque suscita controversias con matices que no se limitan a las consignas.

En la antigua República Democrática alemana, alguien escribió Somos inocentes al pie de una estatua de Marx y Engels. ¿Podría ponerse un rótulo en la Plaza de Italia en memoria de Cavour y Garibaldi proclamando su inocencia? ¿Y una explicación sobre los nombres anteriores? Un mural con imágenes de su pasado quizá abriera un debate interesante sobre formas y funciones urbanas, aunque, si se puede hablar del incendio de Santander y repartir fotografías omitiendo (o justificando sin pudor) la especulación y la segregación, no es descartable que la nueva plaza se plantee como un homenaje a la antigua con la misma desfachatez.

Plaza de Italia e infografía del proyecto municipal.

Notas

Notas
1 Por aquí hubo polémica cuando alguien sugirió cambiar el nombre a la calle Alcázar de Toledo por el apelativo medieval.
2 Éste más intocable aún, pese a la cuesta escasa que le adjudicaron, por sus esfuerzos para impulsar una idea de promontorio vanguardista al servicio de Fraga Iribarne.
3 Hace poco se rindió homenaje a los prisioneros de los campos de concentración de la Magdalena escenificando una fotografía de propaganda hecha por los carceleros en lo que hoy es la explanada de las caballerizas. Algunos simpatizantes del régimen de Franco argumentaron en medios bien dispuestos a acogerlos que esa era una prueba de la humanidad del régimen. La falta de iconografía objetiva o aportada por los vencidos es muchas veces un problema para la reivindicación de la memoria, sobre todo en un mundo en donde se han hecho imprescindibles las representaciones e imaginaciones como soportes de las ideas y cuando se combaten décadas de adoctrinamiento prolongado por las versiones posteriores a la dictadura. Entre las muchas discusiones pendientes, está el de la utilidad, más allá del hecho de reconfortar a los ya convencidos, sean militantes o historiadores, de las ceremonias de este tipo, cuya resonancia es efímera y se pierde en el cúmulo de celebraciones. El palacio es templo de cultura, recuerdo de esplendores aristocráticos y escenario internacional de espectáculos veraniegos que incluyen reivindicaciones solidarias de todo tipo. Su conexión con la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad es un asunto borgesiano de senderos que se bifurcan.