John Dos Passos y lo inolvidable

Poco antes de que los militares derechistas y monárquicos perpetraran el golpe de estado contra la II República Española, John Dos Passos asistió en Santander a un mitin socialista. Lo contó en su libro Años inolvidables. No puedo evitar poner tres párrafos que discurren por la ciudad desde la alegría al miedo. Mientras el sentido relato mantiene la historia en su tozudez insensible, las comisiones municipales de expertos fingen hacer lo imposible: recuperar la memoria sin renunciar al olvido.

En Santander, camino de vuelta, escuchamos al primo de Pepe Giner, Fernando de los Ríos, que era diputado en las Cortes por Granada, cuando pronunció un discurso en un mitin socialista en la plaza de toros. Fue un gran acontecimiento. Los miembros de los sindicatos se presentaron con sus banderas con letras rojas y doradas, con sus mujeres, con sus hijos, con las cestas de la comida y con botellas de vino. Niñas de las escuelas, con trajes blancos y lazos rojos, cantaron la Internacional. Escuchando el discurso de don Fernando, era un placer poder apreciar su dominio del condicional y del futuro de subjuntivo, pero bien poco de todo aquello debía resultar de interés práctico a los atentos mineros, mecánicos y agricultores que habían venido de todo el norte de España para oírle, en autobuses, en carros tirados por mulas, en bicicletas o a pie.
Fue recibido con gritos de «Vivan los hombres honrados». Alguien soltó palomas blancas con lazos rojos en el cuello. Teóricamente tenían que volar hacia las esferas celestes para simbolizar el reino de paz y buena voluntad que se aproximaba, pero hacía mucho calor y las pobres palomas debían de haber pasado demasiado tiempo encerradas. Durante todo el discurso de don Fernando, una de ellas revoloteó trabajosamente por el centro del redondel. Durante aquel verano no hice otra cosa que ver signos y presagios por todas partes.
Un signo y un presagio que no era en absoluto imaginario fue el odio en los rostros de las gentes elegantemente vestidas, sentadas en las mesas de los cafés de la calle más importante de Santander, mientras contemplaban a los sudorosos socialistas volviendo de la plaza de toros con sus hijos y sus cestas y sus banderolas. Si los ojos fueran ametralladoras, ni uno solo hubiera sobrevivido aquel día. En mi bloc de notas apunté: Socialistas tan inocentes como un rebaño de ovejas en un país de lobos.

De trampas y sombreros

Sombreros en el blneario

Artículo publicado en eldiarioesCantabria

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PRETEXTO
Descubro este artículo de Marcos Pereda en oportuna réplica a un tópico (creo que siempre es necesario defender lo evidente frente a los trileros) y me acuerdo del Secretario de Estado de Cultura, don José María Lasalle, posando en pleno agosto ante las mandíbulas desencajadas del sapo cerámico que se ha tragado la bahía para entregar este titular: “A algunos les encantaría que Santander fuera un balneario decimonónico para calarse la boina”.

Entonces casi me sorprendió que el hombre que ha unificado la gestión cultural en Cantabria por encima de ideologías y partidos (esta democracia puede sobrevivir al fin de las ideologías, pero no al de los partidos) confundiera una boina con un canotier o un panamá, pero en seguida me di cuenta de que su afirmación está a salvo de toda crítica porque el excelentísimo veraneante (vocablo de ciudad-balneario para los visitantes cíclicos precedido del tratamiento oficial) avisaba además que es una especie de “liberal franfurktiano”, que vive “su propia e intransferible dialéctica ilustrada” y que posee un pensamiento cuyo “arco narrativo va de Locke a Walter Benjamin y sigue evolucionando”. Con esos comodines para ejercitar el name-dropping (tradúzcanlo si se atreven), todo es indiscutible por mucho que se discuta.

Pero me voy a entretener con el extremo más cercano del arco. La evolución ya la traerán las mareas.

CONTEXTO
En las notas de sociedad de la temporada de baños se hacían saber los días de estancia de los próceres y ‘buenas familias’, las horas de audiencia, sus futuros movimientos, qué intenciones publicables traían, en qué galas florales dejarían deslizarse el estío…

La benjaminiana multiplicación de las imágenes no ha cambiado esas reverencias; sólo los medios. Ha adquirido el escenario fórmulas del arte contemporáneo (como dice algún airado, el arte conceptual es la única salvación de la obra única frente a la imagen multicopiada) y le ha dado movimiento y literalidad suficientes para que el pensador no acuclillado ponga en la misma frase boina y balneario en performances con soporte en medios fieles, y así permitirles a sus mitificadores desatar el mantra: lo ha hecho a propósito, es un vanguardista, afirman. Tanta rebeldía y tanta fidelidad al poder tan bien emparejadas sólo se explican en el contexto de la inmersión de dadá en la industria del ocio. Claro que dadá nunca llegó a surrealista: ha pasado de no defender nada a ser defendido por el contexto. Dadá es historia desde que es rentable, léase subvencionado.

PALIMPSESTO
La alusión a la boina como emblema del regreso frente al progreso (ya nos gustaría regresar a los índices de paro de hace algunos años, ya, con perdón por el inciso prosaico) mantiene inalterado un traslado de la ruralidad y los obreros (despreciados, claro, junto a sus atuendos) al siglo y lugares donde se tramaron las líneas que han conducido a la parodia de ideología que encubre (muchas veces insultando sin remilgos a los disidentes) la práctica cotidiana de la escuela de gestores asociados a arquitectos y negociantes en eso que se ha dado en llamar ‘contenedores sin contenido’.

Benjamin consideraba que no hay diferencia entre forma y contenido: un marxista, don Walter, enamoradizo, elegante, perseguido, asesinado u obligado a matarse por la confluencia de franquistas y nazis en una frontera, y capaz de distinguir, sin duda, entre una boina, una gorra de fogonero y un canotier y señalar que los pobres no tienen más moda que la historia.

Borrón y cuenta nueva. Se borra el sombrerito, se pone la trampa de la boina y se vulgariza sin divulgar. Y si el palimpsesto, como los pentimenti digitales o no, deja aflorar la ceremonia anterior, se emborrona con la luz uniformada de una infografía. El pensamiento del Secretario de Estado (hagámoslo escuela, ya que sus fieles no parecen animarse a romper su modestia) procede, pues, a fingir la liquidación edípica de los veraneantes regios para salvaguardar las nuevas estrategias y asaltar la ciudad desde El Sardinero, que es donde quizá debería estar el Centro Botín, en lugar del Casino, opción tan poco contemplada como nuestra preferida: la de fondearlo en la bahía. Una pena.

PRESUPUESTO
En la época, no ya de la reproductibilidad de las obras de arte, sino de la brutal saturación de imágenes, el lenguaje de los gestores políticos y culturales (entrevistados casi siempre en antijardines azules bajo la atenta mirada del contenedor-desgravador: hagan en su mente variaciones al modo de Andy Warhol) depende del acceso a un repositorio de frases intercambiables que, en Santander, en plena Virgen de agosto, ante ese tapón a la bahía, siempre quedan bien.

No va a asomarse a esos pantallazos ni un ápice de la crítica de la cultura de nuestro alemán leitmotiv, de no ser como desvirtuado mecanismo de integración de un escritor brillante reducido a su brillantez expositiva. Podemos hacerlo aquí también, claro. Total, va dar igual, porque se trata sólo de literatura. Pero apetece recordar inspiraciones del alemán, judío, marxista, heterodoxo, enamoradizo (creo) y víctima del fascismo. Como que los visitantes de las exposiciones muestran en sus rostros la decepción de no encontrar más que cuadros colgados. O que la transformación de la superestructura va mucho más despacio que la de la infraestructura. O sea -digo yo en burdo modo boina- que la cultura va siempre detrás del dinero.

Años de hipódromo

La Primera Guerra mundial convirtió la neutral Santander en refugio veraniego de aristócratas y burgueses. No corrían en sus países peligros mucho mayores que el aburrimiento, pero las retaguardias siempre son incómodas. Aquí había baños de ola, casetas rayadas fijas y rodantes, buenas pesca y caza, casino, timbas, casas de citas con entradas por detrás y por delante según el viento que soplara… Además, desde septiembre de 1917, gozaron de la hípica en el hipódromo de Bellavista.

Durante los desayunos, los ilustres residentes veían en los mapas de los periódicos la trincheras cada vez más quietas. La propaganda destinada a la plebe hablaba de victorias inminentes, pero aquello iba para largo y ellos lo sabían. Cada grado en la escala social supone un nivel más alto de acceso a la información. Había que matar el tiempo sin descuidar los negocios. Dilataban los baños sujetos a maromas atendidos por bañeros y buscaban emoción apostando sobre la velocidad de los caballos. Y, de paso, se relacionaban, despachaban, abrían mercados. Austrohúngaros (¡viva Berlanga!), británicos, prusianos y franceses se miraban de reojo, pero sin negarse del todo el saludo porque tampoco era cuestión de dejar que las disputas por el orden mundial se entrometieran en los cánones de la elegancia financiera.

El hipódromo estaba en Cueto, pedanía que dejó de serlo hace poco y que siempre ha visto imponer nombres aparentes en las parcelas que interesaba sacar de la ruralidad. Regentaba la sociedad propietaria Monsieur Marquet, experto belga en negocios homologados por la unión europea del ocio. Los reyes de España de entonces, ella inglesa y él matador de pichones, obraban de anfitriones de rima fácil durante sus estancias, alternadas con las de San Sebastián, la eterna rival: el regalo del palacio de La Magdalena en 1913 no había sido suficiente para conseguir el monopolio.

Hay muchas fotos de la época. Los príncipes en canotier departen con militares apoyados en la baranda de la tribuna real. Sus majestades pasean. El rey fuma. La reina conduce un alazán por la brida. Al rey le da fuego un lord para indignación mal disimulada de los germanófilos. La reina se acomoda detrás de unos prismáticos. Largas panomáricas muestran grupos dispersos de apostadores, jockeys, carruajes, mozos de cuadra. Todos los empleados eran de confianza, pero es muy difícil reconocer a alguien que no sea figura grave y levitante en el espacio intemporal del hipódromo o por lo menos un secundario de lujo: amas de llaves, señoritas de compañía, esforzados secretarios, quizá un mayordomo torpe que no acertó a hacerse invisible. Son gentes de telón de fondo de paréntesis histórico.

Los idiomas marcan la frontera de los estamentos tanto como la apariencia. Predomina el francés, aunque Verdún queda lejos. Bellavista, trasposición del abundante Bellevue, enlaza con imaginarios situados en limbos semejantes al Davos de Mann, pero tardíos, sin lugar para las reflexiones. Los prados son césped y se llaman Pelouse; el galpón de la báscula se llama Pesage. Todo el tiempo es preterición, limonada, helados (ya traerá la noche las ostras y el champán) y, a veces, algo de estudiada beneficencia.

Esta guerra, repetían los calmos lectores de periódicos, acabará con todas la guerras. A alguno le daría la risa. Los refugiados selectos se complacían con los esclavos equinos y sus pequeños jinetes mientras en Europa eran desplazadas ocho millones de personas y veinte millones eran masacradas. Luego vendrían guerras peores, y en todas se proclamó que sería la última. Habían asesinado a Jean Jaurés por oponerse a la barbarie. El asesino salió impune. Aquí se habían adelantado fusilando a Ferrer i Guardia para mejor hacer una larga guerra en África, pero España se vendía como neutral.

La ciudad que hoy sigue impetrando “economía del ocio” alcanzó entonces un característico éxito inestable gracias a la oferta de estas costas y la demanda de los pudientes, pero la autocomplacencia, entonces como hoy, hacía parecer que el único desequilibrio era culpa de las intermitencias del aburrimiento. Las pescaderas que luego, brevemente, serían republicanas hacían gracias a Sus Majestades. Muchos pobres se creían ricos, incluso cuando lo que se les ofrecía no se parecía en nada a los artículos de lujo de sus empleadores. La mímesis de las cosas caídas al raque del servilismo siempre será mejor que acabar embarrado en el Chemin des Dames. Es lo que hay: viva la neutralidad; pasen y compren; abastecemos submarinos de todos los bandos.

El hipódromo permaneció activo hasta finales de agosto de 1921, dos años después del armisticio, cuando Europa ya gozaba de la normalidad que la empujaría a la segunda guerra mundial después del ensayo español. Los periódicos lamentaron el cierre. Hablaban de oportunidad perdida, como si hubieran visto en aquel episodio la consagración del proceso comenzado en 1847 con un anuncio en la prensa madrileña que buscaba trascender la harinocracia aprovechando el descubrimiento del lujo litoral.

Parece que desde entonces quedó en los estamentos dominantes de la ciudad y en los estereotipos populares la sensación de que tenían un paraíso perdido que recuperar. Imaginaban el mundo ideal como un inmenso hipódromo, pero los caballos fueron perdiendo fuelle. Ahora tratan de convencer a ciertas clases de que paguen por sentirse aristócratas y cultas en un entorno de infografías pintadas de azul sucio. Un videojuego aburrido lleno de remiendos proagandísticos, senderos de costa destrozados y reflejos de cerámica viscosa. Pretextos para expulsar a los pobres, especular, poner dinero fácil en movimiento desde el patrimonio público al privado. Los que mandan en el hoy de Santander, con el apoyo de una gran mayoría de su población y del gobierno regional, están aprovechando la ofensiva de los ricos contra los pobres que llaman crisis para vender la ciudad con el envoltorio de un oasis blindado contra la intraquilidad del mundo.

Surgencias

Creo que hay un montón de artículos que comienzan así: “En uno de los relatos más celebrados de Borges…”. Es casi un género. Y es casi un subgénero que el relato citado sea Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde, sin traumas aparentes, un artículo imposible del tomo XLVI de la Enciclopedia Angloamericana (copia barata de la Británica) se desliza en la realidad para trasformarla. Comparten la responsabilidad Adolfo Bioy Casares (feliz culpable habitual en la vida de Borges), los espejos, la noche y una quinta alquilada con biblioteca. A partir de ahí se incorporan a la geografía, con el mismo derecho y efectos que los territorios ya conocidos, primero un país inexistente y sus regiones, y luego todo un planeta, sus sabios ortodoxos y heterodoxos, su filosofía, sus misterios y su cultura clásica, que sólo comprende la psicología, lo cual explica de paso las consecuencias de la intromisión de un mundo que no existe en el que, digámoslo así, existe.

Lo que me hace traer aquí este juego literario no es precisamente ese trasvase de la nada a la idea y de ésta a la realidad, sino una tosca aproximación al mecanismo sutil propuesto para hablar del surgimiento de vestigios de un pasado que el mundo expulsó por la fuerza de las armas. Tal vez a Borges no le haría ninguna gracia el uso de su ficción como punto de partida. Pero Borges ya no es de Borges. No importa que lo que a continuación cuento tenga más que ver con el esqueleto armado que descubrieron en Macondo al buscar oro arrastrando imanes o incluso con aquel tren fúnebre que tampoco existió. Otros vestigios secundarios que no llegan ni a pequeñas leyendas llenas de nostalgia y frustación se hacen también atractivos por su persistencia pese a las negaciones, las mixtificaciones y las obliteraciones del bando victorioso después de un golpe de estado que provocó una guerra, cuatro décadas de dictadura y no sé cuántas de alta densidad de microfascismos. Quizá eso sea más prosaico que el idealismo burlón del fervoroso bonaerense, pero en la literatura (y también en la historia) todo son recursos.

La presencia inquietante, no sé si surgida de la narración de un heterodoxo, aparece aquí también en una enciclopedia, pero lo hace con la ligereza de una cifra apuntada a lápiz en el margen de una página quizá elegida al azar por un administrador. Esta vez se trata de la Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana editada por Espasa, a la que muchos tuvieron en tiempos por un templo de papel.

Cuentan que los 82 tomos de la edición vigente en su época fueron adquiridos por el Ateneo Popular de Santander (1925-1937)(1)A propósito de la principal entidad socializadora de la cultura que ha habido en Cantabria, es imprescindible este libro., con la correspondiente suscripción a los suplementos y apéndices venideros. Por cierto que la evolución y crecimiento de la Espasa merecería una ficción de senderos que se bifurcan para ella sola.

Desmantelado el Ateneo Popular por el franquismo, la enciclopedia desapareció. Algunos dicen que los libros fueron echados a la pira; pero otros sostienen que fueron, simplemente, robados: muchos franquistas eran más aprovechados que inquisidores. Pasaron los años, vino la Transición y, por supuesto, nadie con poder entendió que hubiera nada que reparar. Pero siempre quedan pequeñas emergencias de la memoria.

Un día, una Reconocida Institución Cultural santanderina con cierta tendencia a la suplantación, estando en posesión de una enciclopedia Espasa de la que sus gestores no habían hecho caso durante años, solicitaron a la editorial los suplementos que faltaban. Los suscriptores obtenían un precio más barato que los que compraban los anexos como nuevos clientes. La Reconocida Institución se consideraba suscriptora, pero no poseía documentación que lo acreditase ni figuraba en los registros de clientes. Espasa, sin embargo, tenía una solución: bastaba un código escrito a lápiz en una de las páginas para comprobar la identidad del adquiriente(2)No he conseguido verificar si el método (que un bibliotecario local me ha señalado como curiosamente teutónico) es el habitual. Invito a los … Continue reading. El código resultó ser el del Ateneo Popular.

Esta historia no tiene consecuencias inmediatas perceptibles, como tampoco el descubrimiento de Borges y Bioy de un volumen con un índice anómalo y cuatro páginas de más puede aportar materialidad en un universo construido desde la cita de un heresiarca de Uqbar que consideraba el todo un sofisma. Las tendencias más asentadas de la ciencia ficción postulan que, si se viaja al pasado y se alteran los hechos, sólo el viajero sufre el drama: el presente se adapta sin que los coetáneos tengan conciencia de las consecuencias de los cambios. De hecho, no existen las consecuencias: la historia fue de otra manera, eso es todo. Claro que también está un ruso llamado Ígor Nóvikov, que propone otras derivas. Según él, aunque pudiéramos viajar al pasado y consiguiéramos modificarlo, el presente sería el mismo. No es que los hechos sean inalterables, pero su trayectoria por el tiempo es como la de un proyectil muy pesado lanzado por el espacio a gran velocidad: sólo una catástrofe podría desviarlo. Menos mal que el relato de Borges parte de aceptar la premisa (no se asusten: sólo es un juego) de que las ideas crean la realidad.

Si está usted sentado cerca de una gran enciclopedia en una Institución Cultural Local de Rancio Espectro, piense que en una de esas miles de páginas puede haber un código de falsa quietud que arrastra consigo la historia con una tenacidad insólita.

Notas

Notas
1 A propósito de la principal entidad socializadora de la cultura que ha habido en Cantabria, es imprescindible este libro.
2 No he conseguido verificar si el método (que un bibliotecario local me ha señalado como curiosamente teutónico) es el habitual. Invito a los lectores ociosos a investigar por su cuenta.

Santander, 1893: piano incendiado en la vía pública

La noche del 9 de Septiembre de 1893, el piano del alcalde en funciones de Santander, señor Almiñaque, ardía en medio del Paseo de la Concepción, hoy Menéndez Pelayo. La cuerdas se soltaban inarmónicas como látigos al rojo. Antes habían tecleado tonadas chuscas los asaltantes de la vivienda.

No era el único fuego de la ciudad. En la plaza de la Libertad, saqueados los despachos del arrendatario de las cédulas personales, una pira acababa con muebles y documentos. Era la hoguera más grande de la noche (los mozos se desafiaban a saltarla), pero en la calle Calderón también se volvían cenizas las posesiones de la oficina de la empresa adjudicataria del suministro de aguas.

Aquella tarde, a eso de las seis, el alcalde había llegado al ayuntamiento vestido de negro y con sombrero de copa para presidir un pleno que derivó en algarada, luego se volvió motín y terminó al día siguiente con la ocupación militar de la ciudad. Todo ello a causa de las fuentes.

El problema no era nuevo. Los manantiales anunciaban su agotamiento desde hacía años.  En dos décadas, entre 1857 y 1877, la ciudad pasó de 17000 a 38000 habitantes. En verano se sumaban unos 10000 residentes más. Las clases altas y el turismo de lujo recibían el suministro mediante fuentes particulares y canalizaciones directas, y no estaban libres de contratiempos, pero la mayoría de la población pasaba sed y tenía dificultades para lavarse, limpiar sus hogares o preparar sus alimentos.

Cuando la situación se agravó, hicieron venir a un abate zahorí francés que señaló dónde excavar, cobró y se fue. No hubo suerte. Del mismo país trajeron a un ingeniero fontanero que hizo un estudio detallado y propuso soluciones: había que profundizar las acometidas, drenar, cambiar los tubos. Como había fuentes públicas y privadas, éstas se llevaron la mayor parte del presupuesto, que estaba lejos de la cantidad recomendada. Las catorce fuentes populares siguieron teniendo problemas.

Llegaron el tifus y el cólera. Se sepultaba a los presuntos fallecidos con alambres atados a los tobillos que, en caso de resurrecciones, hacían sonar campanillas en la garita del vigilante del camposanto. Aunque remitió la epidemia, las autoridades sanitarias se pusieron serias: las fuentes no servían. Así que se concedió a una empresa privada la captación del agua del Pas en el alto de la Molina, su conducción a la ciudad y la renovación de los surtidores.

En 1885 empezó a funcionar el primer depósito, en Pronillo, y se celebró inaugurando una fuente monumental en la Alameda. Sin embargo, el abastecimiento seguía siendo insuficiente y la distribución defectuosa. Había fuentes de pago en el centro y gratuitas en la periferia. Clausuradas las antiguas, las que entraron en servicio sólo daban agua unas pocas horas al día. La situación era provisional, hasta que se completaran los depósitos, pero la cosa se demoró demasiado.

El 4 de septiembre hubo un incendio en Peña Herbosa. Los bomberos no tenían bombas y los calderos tardaban siglos en llenarse. Se perdieron varias casas de marineros. El 5 de septiembre ya hubo alborotos en la fuente de Becedo.

El día del pleno municipal, entre los asistentes que consiguieron sitio en el consistorio y los que esperaban fuera llegaron a sumar unas seiscientas personas. A lo largo de la tarde, según las autoridades, los manifestantes alcanzaron el millar. La sesión empezó bien, sin incidentes, salvo algún grito de ¡agua! Se aprobó comprar material de extinción de incendios, varias bombas manuales, una de vapor, y entonces arreciaron los gritos: no habría líquido que bombear.

Empezaron los empujones, intervino la guardia municipal, se desalojó el pleno, huyeron los concejales.

En la plaza, entre arengas, se organizaron grupos por edades, sexos y afinidades. Los más jóvenes, algunos niños, zaherían a los guardias. De los mayores, unos volvieron a entrar en el ayuntamiento y la emprendieron con el mobiliario y los papeles. Otros buscaron objetivos en la ciudad. Destrozaron faroles y casetas de obra y reventaron portales de las casas pudientes de la Ribera para sacar en procesión las piletas de mármol rosado y robar los grifos de bronce con formas de tritones y sirenas. Zarandearon a algunos ‘señoritos’ por parecerlo. El fuego de la plaza Vieja casi hizo volar un kiosco de armas y municiones. El peso de la turbamulta lo llevaban trabajadores portuarios, descargadoras de buques y marineros, hartos todos del barro que manaba de los caños de la dársena de Molnedo. No tardaron en agregarse al núcleo más activo obreros, pescadores, pescaderas, carreteros y verduleras, y corrió el rumor de que habían acudido a la revuelta, por pura vocación insurreccional, algunas cuadrillas de mineros.

La Guardia Civil, reforzada con unidades llegadas de la región y dotaciones de infantería, llegó a tiempo de impedir nuevos saqueos en la sede del Monopolio de los Fósforos y la casa del director de la empresa de aguas. No hubo heridos de importancia, sólo contusiones por forcejeos, pedradas y culatazos. Se produjeron media docena de detenciones bajo acusaciones de desobediencia e insultos a la autoridad. A las cuatro de la madrugada, la ciudad quedó tranquila. Al día siguiente se produjeron algunos incidentes menores.

Los apagadores de resonancias del piano del alcalde en funciones crepitaron hasta el alba.

Santander, 1906: un episodio violento

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Una tirada de dados
nunca
aunque se lance
en circunstancias
eternas
desde el fondo de un naufragio
abolirá
el azar

Stéphane Mallarmé

Las crónicas locales suelen presentar los llamados “crímenes del juego” o “del Huerto del Francés” como consecuencia de una época de matonismo, un encuentro violento entre gentes de mala vida que resolvieron sus rivalidades en un enfrentamiento que “se quiso politizar”. La política, en ese contexto, se define como una actividad ritualizada y ajena a incidentes que puedan desbordar el escenario y delatar el desorden del mundo oficialmente reconocido. Así, cuando los hechos iluminaron la escena, aunque la prensa más asentada en la normalidad criticó la tolerancia de las autoridades con los garitos y antros de vicios diversos, e incluso señaló, a raíz del incidente, que “medio Santander anda armado por la calle” y que no era la primera vez que bienpensantes ciudadanos habían expresado su preocupación, enseguida se procedió a la reducción del problema a una anomalía producida por un submundo desatado cuya vigilancia hubo que reforzar, por lo menos durante un tiempo. Casi con la misma cadencia que los actuales focos mediáticos, pasó la cosa y no hubo nada más allá de la represión inmediata y de algunos correctivos administrativos a la negligencia policial. Las consideraciones sociales quedaron, con un característico horror al análisis, fuera del marco habitual de exhibición de la ciudad, y así seguirían, tanto en aquel presente como en el futuro de autopromoción del promontorio de veraneo que ha llegado a nuestra época sin rupturas.

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El Ateneo Popular de Santander vuelve a la historia

Acaba de aparecer el libro Ateneo Popular de Santander(1)Editado en papel por le editorial Librucos. Se puede descargar en formato PDF en el sitio web del Centro de Estudios Montañeses., de Fernando de Vierna. Se trata del resultado de un largo trabajo de investigación sobre la que fue, como señala el autor, la principal entidad socializadora de la cultura que ha habido en Cantabria.

La idea de que un libro venga a llenar un vacío intolerable está aquí totalmente liberada del carácter tópico que suele tener en este tipo de presentaciones. No se trata de un vacío simbólico; carece del atenuante de la metáfora fácil: el borrado de las huellas y la suplantación del Ateneo Popular son fenómenos tangibles que resultan del protocolo de olvidos y ninguneos tramado primero con tosquedad cuartelera por el franquismo y luego adaptado a las maneras suaves con que la llamada Transición (nombre de un período deliberadamente inacabado) apartó todo lo incómodo.

Portada

Ya durante la dictadura se elaboró la leyenda de Santander como un promontorio cultural de excepción que con el tiempo los cronistas con audiencia oficial han querido exculpar como moderado e incluso liberal. Ese diseño falaz no ha perdido actualidad; sigue encaramado al escenario político y social mientras la experiencia cultural republicana que de verdad vino a implicar a las bases sociales quedó sepultada por la fuerza física y por el decorado que las élites militarmente dominantes crearon a imagen y semejanza de la ciudad imaginada. Décadas de miedo y adoctrinamiento sin réplica (o, ya en tiempos recientes, con las réplicas marginadas por unos medios herederos y otros acomodados) fijaron en la sociedad santanderina la idea de que el periodo republicano fue un lapso estéril. El libro de Vierna viene a contrarrestar esa perpetuación del olvido mediante una minuciosa investigación que recoge y analiza la historia de la entidad.

Logotipo del Ateneo Popular de Santander

En la calle Gómez Oreña, esquina a Pedrueca, estuvo la última sede (y la única propia, inaugurada en febrero de 1937) del Ateneo Popular de Santander (1925-1937). El edificio, planeado por el arquitecto republicano Deogracias Mariano Lastra, fue construido con las aportaciones de los socios. Los obreros trabajaron gratis. En un período histórico en el que las fuerzas del trabajo empezaban a confluir con las de las ciencias y las artes, eso no resultaba sorprendente: era la respuesta a una necesidad creada por el propio funcionamiento de una institución surgida para corregir las desigualdades culturales y educativas generadas por las injusticias sociales, es decir, por las desigualdades económicas, un ateneo de amplio espectro en el que colaboraron en mayor o menor medida todas las personalidades del panorama sociopolítico que, tras haber creado las condiciones para la instauración de la II República, habían dado lugar al Frente Popular. Un buen número de intelectuales y profesionales y la parte más avanzada de la burguesía, asfixiada por décadas de revolución liberal pendiente, se unieron al proyecto con entusiasmo. El hecho de que fuera una asociación que rehuía el activismo político directo y no tenía una definición política específica dice mucho del trasfondo social que lo había puesto en marcha: no era un órgano de creación de conciencia, sino la consecuencia de las demandas de una sociedad en ebullición. La cantidad de materias educativas y actividades que abarcaba y de participantes en ellas, y los criterios científicos y avanzados con que eran tratadas, todo ello detallado en la obra de Vierna, lo demuestra.

Saqueado en agosto de 1937 cuando las tropas franquistas entraron en la ciudad, fusilados, encarcelados o exilados sus impulsores, el edificio fue despacho del falangismo, pasó años de abandono y fue ocupado por el Ateneo de Santander, ente desprovisto de popularidad que había competido desde la reacción con el Ateneo Popular (a pesar del poder adquisitivo de sus socios, exigía las mismas subvenciones públicas) hasta que los golpistas consiguieron acabar con la democracia. Allí sigue el Ateneo ultraconservador (si a alguien le parece fuerte el término, lo invito a repasar su programa de actividades, de consumo interno para élites profesionales y confesionales cuando no puramente propagandístico) como emblema autocomplaciente del movimiento que liquidó por la fuerza el proyecto de ilustración popular.

Por suerte, a veces aparecen trabajos como este para mostrar qué sedimentos asfalta la tupida fachada local.

Notas

Notas
1 Editado en papel por le editorial Librucos. Se puede descargar en formato PDF en el sitio web del Centro de Estudios Montañeses.