En uno de los textos de mi libro Zinderneuf y otras experiencias hay un error garrafal del que me siento orgulloso. El diamante al que se refiere el relato del agrimensor es en realidad un zafiro. Una joya azul que, al contrario de lo que sostiene el narrador, existe en paradero desconocido y un día empujó a unas cuantas personas hacia diferentes transcursos. Algunos dirán que fue un instrumento del destino, pero tal concepto empezó a devaluarse nada más nacer de un parto de la necesidad (el supuesto progenitor fue el tiempo) a la orilla de una laguna donde crecían plantas cuya ingestión borraba la memoria. En fortificaciones abandonadas a la arena es mucho más fácil convertir en zafiro un diamante, aunque la falsificación tenga tan poco sentido como en Wall Street (donde toda riqueza es espiritual: no se representa con objetos sólidos) y su valor literario (se trata en todo caso de una piedra inencontrable) sea el mismo.
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La desesperación del lenguaje según Balzac
Giró penosamente la cabeza y miró furtivamente a través de su habitación, entonces llena de esos pintorescos efectos nocturnos que llevan al lenguaje a la desesperación y parecen pertenecer exclusivamente al pincel de los pintores de género. ¿Mediante qué palabras se pueden representar los escalofriantes zigzags que producen las sombras en desplazamiento, las apariencias fantásticas de las cortinas hinchadas por el viento, los juegos de la luz incierta que proyecta la mariposa en los pliegos del calicó rojo, las llamas que vomita un colgador cuyo centro rutilante semeja el ojo de un ladrón, la aparición de un vestido arrodillado, en fin, todas las rarezas que asustan a la imaginación en los instantes en que sólo tiene poder para percibir dolores y aumentarlos?
El prisionero
Cuenta Mario Vargas Llosa que, cuando supo que le habían concedido el Premio Nobel de Literatura, estaba releyendo El reino de este mundo, obra de Alejo Carpentier, comunista, diplomático del gobierno cubano, musicólogo y precursor (viajero a la semilla, habría que decir) de lo que vino a llamarse el boom de la literatura latinoamericana, cuyos asignados también pertenecen, por lo general, a órbitas ideológicas alejadas del liberalismo del galardonado hispanoperuano. En el caso de Vargas, sin duda, es fácil y casi obligado elegir al escritor y olvidar al político, y viceversa. Dudo que a José María Aznar, de leerla, le gustara ‘La casa verde’, por la que Hugo Chávez manifestó su admiración mientras le recordaba al escritor que él sí había ganado las elecciones. La derecha peruana, por cierto, no quiso votar a Vargas Llosa: prefirió a Fujimori. Pero a veces, y no sé si por su culpa, me parece que nuestro autor está preso en un laberinto mayor de lo común en las existencias contradictorias de los seres creativos, un embrollo de caminos en el que cada vuelta lo envía desde su pasado de niño bien militarizado a sus primeros oficios de literato de izquierdas, desde su literatura crítica y sus estudios sobre Gustave Flaubert y Juan Carlos Onetti a las novelas evasivas que nunca lo harán alcalde de Santa María y, quizá lo menos importante, pero lo más pertinente ahora por imposición de la unanimidad de los medios, desde su presente de por fin premiado a esa situación intemporal en la que un lector/escritor disfruta de un libro de Alejo Carpentier sobre Haití sin dejar de escuchar los sonidos del exterior, por si se abre una puerta y consigue este señor de derechas dejar de ser prisionero de la izquierda literaria, sea eso lo que sea.
Vuelve el animal flor del viento
Invasiones
Ya son estereotipos las primeras impresiones de una invasión.
En las ciudades portuarias, la inminencia se percibe desde los tiempos clásicos como una calma inopinada de la mar, una ausencia de gaviotas y alcatraces y un amanecer límpido. Ya se sabe: presencias que acechan, que han llegado durante la noche o que esperan su momento más allá del horizonte.
En esas ocasiones, como cuando los veleros demuestran la esfericidad del planeta, se descubre que el horizonte no tiene nada de ideal ni de geométrico, sólo que ahora no es un escalón impertinente, sino una cortina de leyendas tan sólida como un muro.
Pero son más de nuestro tiempo las irrupciones de máquinas o de biotipos transgénicos.
De repente, uno dobla una esquina y se topa con un tanque, un castillo de metal con una máscara antigás en la torre del homenaje. O surgen del vacío resortes gigantes sembrados como dientes de dragón por un depredador intergaláctico que ha pasado siglos tramando aterrorizar a los terrícolas antes de zampárselos. (Ahora me acuerdo de aquel relato de Damon Knight en el que los extraterrestres venían equipados de un libro de cocina titulado Cómo servir al hombre.) O se mimetizan con los detritus de las aceras crecientes amebas hambrientas, de una simplicidad escalofriante, depositadas en los extrarradios de las ciudades por las gónadas de la gran flota estelar. O aletean caricaturas de grifos que se apoderan del aire y obligan a los humanos a recluirse en rascacielos y a no relacionarse más que mediante internet y los materializadores de materia inanimada.
O sobreviene cualquier vanguardia de otro ámbito poderoso asentado en nuestro miedo a ser esclavizados.
Detrás, en lugar seguro, lagartos, ectoplasmas, emperadores o reyes de las finanzas.




En el margen de un pergamino
Paréceme inútil que sigamos escribiendo. ¿No hay demasiadas obras? Creo que ya ha salido de las plumas cuanto un buen lector puede desear y mucho más de lo que pudiera llegar a leer. Nadie necesita nuevas páginas, que además no son sino repeticiones, variaciones de las mismas materias que ya establecieron nuestros clásicos y que los modernos simplemente han empobrecido anegando en los piélagos de la providencia lo que era gran variedad de corrientes paganas. Sólo una gran mutación de la cultura, o sea, de la vida en el mundo y sus ciudades, sacaría del círculo estéril la posibilidad de encontrar nuevas novelas, nuevos poemas, nuevos dramas, comedias o tratados amatorios. Algunos fingen superar ese frío abrazo pretendiendo trastocar los cánones y géneros, pero el recuerdo de las constricciones e intenciones reaparecen en cada párrafo como cuando el aceite se separa pertinazmente del agua, recordando que nuestro pensamiento busca las formas que le dieron vida y que pocos ejercicios azarosos de nuevos contadores, novísimos líricos o audaces imagineros sirven para entregar al olvido la arquitectura de los sueños, de la que se nutren por igual nuestro universo y nuestras pasiones. Y puede que llegue el día en que los escritores sólo escriban para otros escritores con los que celebrar sus ceremonias y sus parafernalias y lustrar cortes y torneos. Y entonces se habrá mordido la cola la serpiente del aburrimiento. Paréceme inútil, pero pienso también que no hay dique que no se rompa ni placer que no retorne cabalgando un dragón loco.
En Letralia
El equipo editor de la revista Letralia, Tierra de letras ha decidido publicar tres relatos míos cuyos enlaces iré poniendo aquí porque un poco de autohalago no le viene mal a nadie.
Letralia se hace desde Cagua, Venezuela. Se ha propuesto ser la revista de los escritores hispanoamericanos en internet y lo está consiguiendo, así que me hace ilusión que me alberguen. Aconsejo un primer paseo por sus Preguntas frecuentes y, por supuesto, una larga indagación en sus contenidos.