La noche del viernes 31 de octubre de 1913, a pesar de la surada, hubo en la bahía de Santander mucho movimiento de pequeñas embarcaciones cuyos trayectos, fingidamente erráticos, convergían en un trasatlántico fondeado a la entrada del puerto. Se llamaba Pardo, desplazaba 4538 toneladas, alcanzaba los 12 nudos y tenía dos cubiertas y una disposición peculiar del castillo de proa y el entrepuente. Construido en 1904 en los astilleros de Belfast por Harlam & Wolff para la Royal Mail Steam Packet Co. (conocida por los hispanohablantes como la Mala Real Inglesa), formaba con sus hermanos Potaro y Paraná un trío dedicado a llevar pasajeros, en su mayoría emigrantes recogidos en escalas españolas y portuguesas, a Sudamérica y a traer carne argentina para Gran Bretaña.
El Pardo tenía fijada la partida para la mañana siguiente. Durante el día, se habían sucedido las idas y venidas de las lanchas de la naviera para trasladar provisiones, viajeros y familiares y amigos empeñados en prolongar las despedidas. Pero, al anochecer, en cuanto los oficiales ordenaron despejar la cubierta y los carabineros expulsaron a los últimos borrachos de los muelles, empezaron a merodear los botes que trataban de embarcar polizones.
El puerto, entonces, estaba integrado en la ciudad en todos los sentidos, que eran muchos. Junto a la ceremoniosa circunspección de los representantes de la autoridad y las burocracias del comercio, la pesca, el cabotaje y los grandes cargos, el panorama cotidiano mostraba sin tapujos un flujo constante de movimientos informales, actividades gremiales e individuales ilegales o turbias, a veces violentas, tan asentadas en la normalidad de las mareas y navegaciones como los oficios mejor considerados. Además, la dinámica urbana (entonces las dársenas no estaban cercadas) hacía del entorno portuario una franja fronteriza imprecisa donde la pobreza forzaba ciclos de quieta supervivencia y actos disparatados. Los buenos negocios, por supuesto, se resolvían en otros sitios. En Santander, los consignatarios y banqueros gestionaban sus intereses en el paseo de Pereda, antigua Ribera, observando desde los miradores los trasatlánticos, los veleros y las carboneras, sin dejar de quejarse del bullicio de la pesca, cada vez más repudiada, y remataban las jornadas en El Sardinero, libre de hollín y populacho.
Se ignora cuántos polizones intentaron embarcar aquella noche y cuántos lo lograron y cuántos fracasaron. Quizá se pudiera averiguar algo de los primeros rastreando los censos de conventillos y vecindades de Latinoamérica; pero es aún más difícil poner número a los que perecieron o consiguieron salvarse a duras penas tras zozobrar sus botes, aunque sabemos que al menos dos fallecieron, otros dos fueron descubiertos por la tripulación ocultos en el buque y un tercero fue rescatado del agua cuando estaba a punto de ahogarse. Este se llamaba Manuel Toca Torre, alias Chispero, de 26 años, vecino de la cuesta de Gibaja.
Manuel les dijo a sus salvadores, un oficial y un marinero ingleses y un camarero español, que había subido al barco por un cabo para despedirse de unos emigrantes y se había caído a la bahía cuando el bote que lo había llevado ya estaba lejos. No era buen nadador, se vio mal y pidió socorro. No le creyeron, pero le proporcionaron mantas y lo convidaron a coñac.
Al amanecer, la lancha de la Comandancia de Marina se llevó a los polizones. Unos años antes hubieran pasado un tiempo en los calabozos municipales por encargo de la Autoridad Naval, pero la abundancia de casos había suavizado el tratamiento. El problema se consideraba irresoluble y, al fin y al cabo, por mucho que se molestasen las navieras, la opinión pública estaba a favor de los emigrantes: hacer las Américas era un sueño legítimo.
En julio de 1891, por ejemplo, estaban presos en la ciudad 28 polizones. Como las resoluciones se demoraban, un concejal consiguió que se enviara a sus lugares de origen a los foráneos y se buscara una solución para los locales. Poco después, se solicitó a Gobernación que se diese a los detenidos la libertad a cambio de trabajar en obras municipales. Más tarde, se sustituyó el encierro por una multa que pocas veces se cobraba.
Manuel “Chispero” Toca tenía antecedentes desde la adolescencia: había participado en una pelea en un bar de Cueto, recibido un disparo sin consecuencias graves mientras jugaba en la dársena de Molnedo con una pistola que no apareció, superado con sentencias menores varias denuncias por agresión, intento de robo, escándalo, hurto… Y así seguiría: en los años 30, tendría que indemnizar a dos vigilantes por romperles los capotes durante una borrachera en colaboración con Elingin Leongarden, noruego, de 25 años, soltero, marinero, tripulante del vapor Homledal, y Georg Asklund, sueco, de igual edad, tripulante del vapor Willian. Ese carácter internacionalista de Toca en los albores de la República concuerda -por lo menos desde la ironía- con sus ideas antimonárquicas: en una ocasión, estando en apuros, había buscado en vano la ayuda de un concejal del Directorio Republicano.
El abordaje del Pardo no hubiera pasado de un suelto en la prensa si no hubiera aparecido en la bahía, diez días después, el cadáver de un hombre que fue identificado como Manuel Collado Arroyo, alias Manoliqui, de 25 años, casado y con tres hijos, de oficio botero y conocido por dedicarse, entre otras cosas, a embarcar polizones en los trasatlánticos. Collado faltaba de su casa desde el día 31. Su esposa sospechaba que estaba camino de la Argentina. Los forenses dictaminaron que había muerto ahogado.
Un tal Benigno Verdeja Valle, de 18 años, declaró haber encontrad al difunto a las 12 de la noche en la dársena acompañado por dos individuos a los que se disponía a introducir en el vapor inglés. Benigno les había ayudado a soltar el bote, cuyo propietario, Manuel Martín, el Andaluz, no se hallaba presente.
El Andaluz explicó que le habían robado el bote la noche de autos y que al mediodía lo había hallado intacto, amarrado (por la manera, durante la bajamar) en el muelle de Maliaño, en la machina de hierro del Ferrocarril Cantábrico.
Interrogado Chispero, sostuvo que Collado lo había llevado al Pardo, que no había un tercer hombre, que había caído del buque cuando ya estaba en él y que el botero se había ido sin enterarse.
Dos días después, el 13 de noviembre, apareció otro cadáver.
Servando Neira Rey, de 20 años, era un gallego de Barcarizo, huérfano y con cinco hermanos menores acogidos en un asilo. Hasta hacía pocos meses, residía en Hazas de Cesto ejerciendo labores diversas, incluida la de músico en una banda ambulante. Se había establecido en Santander cuando el industrial afilador de la calle Atarazanas Antonio Camba y su esposa Carmen Formosa, también gallegos, lo habían empleado por dos reales diarios, manutención y lavado de ropa.
En la chaqueta del traje negro barato que vestía Neira encontraron un reloj de acero, una carta y una fotografía. El reloj parecía parado a las 11 y 5, pero más tarde un amanuense del juzgado vio que señalaba las 11 y 20 e hizo constar que, no habiéndosele acabado la cuerda, había vuelto a funcionar al secarse. La carta era la que los Camba habían enviado a Servando para invitarlo a trabajar con ellos hasta que ahorraran lo suficiente para irse todos a Buenos Aires. No debió de soportar la impaciencia.
La fotografía era de una joven con falda oscura y blusa clara, llevaba el sello de Quintana, calle San Francisco, y supuso una pesquisa circular. Los Camba creían que Servando tenía una novia, para ellos desconocida, en la cuesta de la Atalaya. El fotógrafo recordó que tenía varias clientas entre las costureras del taller de Manuela Varela. La chica resultó ser la hija de los Camba, Josefa. Dijo que su relación con Servando era trivial y que había cesado porque él se iba a América.
La agitación de los medios (el conservador La Atalaya insistía en un hecho criminal y el liberal El Cántábrico optaba por señalar la transgresión imprudente del orden migratorio) forzó al inspector jefe de vigilancia, don Fernando Alcón (sic), a adoptar postura de tomar cartas en el asunto. Los progresistas le habían afeado alguna vez la aplicación de correctivos humillantes a los detenidos (los obligaba a permanecer de rodillas en la prevención), pero era más criticado por su dedicación a las tertulias de clubes, tardes de casino, jolgorios de beneficencia, cafés-cantantes, tauromaquias, cacerías y, por supuesto, pompas oficiales. Así que reaccionó subiendo con mucho ruido, máxima afluencia de curiosos, escolta exagerada y un secretario al segundo piso del número 3 de la calle Tableros, donde estaba la fonda en la que trabajaba Chispero, quien se limitó a afirmar que la noche del 31 de octubre había ido con Manoliqui -y nadie más- al Pardo para despedir a unos conocidos y se había caído del bote. Ni siquiera explicó la diferencia con la primera versión, según la cual había caído del buque cuando ya estaba en él.
La dueña de la fonda también habló. No creía que su empleado hubiera querido emigrar. Pensaba que, en efecto, fue a despedir a unos emigrantes que habían estado alojados en el establecimiento y no le parecía inverosímil que lo hiciera a las once de la noche y subiendo por la cadena del ancla, por una maroma o como fuera. Después de aquella representación, el jefe de policía se apartó de los focos.
Algunos declarantes rectificaron o añadieron datos. Así, Carmen Formosa informó de una conversación que Servando había mantenido con Chispero para que este le organizara el embarque por nueve duros con Manoliqui como tripulante. Confirmaba, pues, que Chispero era un embarcador de polizones.
Se indagó también entre los boteros de los muelles, sin duda los trabajadores del margen mejor informados, pero proclives a practicar la resistencia lúdica fabulando ante las autoridades.
Un tal Santoña corroboró que, por el garreo debido al sur, el Pardo estaba muy cerca del malecón del Muelle, y añadió que los que estaban por allí habían oído voces de auxilio .
Otro, Brinza, sostuvo que Manoliqui, Toca y Neira no habían embarcado en el bote del Andaluz. Él había ido con Chispero al Pardo por la tarde en el vaporcillo de la Compañía y había visto allí a Manoliqui, tal vez preparando el escondite para pasar la noche. Además, le constaba que el bote había sido hurtado por los miembros de una cuadrilla de torerillos vagabundos liderados por un tal Pedro González, pero, entre el tráfico de polizones y la marejadilla, empezaron a recular y, cuando oyeron gritos, desistieron y lo amarraron. Los otros, en realidad, salieron en la chalupa del Cantabria, que fue encontrada al garete y volcada en Astillero. Otra hipótesis: lo torerillos habían tomado la chalana y, cerca del Prado, encontraron el bote del Andaluz abandonado y saltaron a a él.
Al aspirante a novillero Pedro González, de 16 años, no fue posible encontrarlo. Había sido aprendiz de ebanista antes de que le diera por querer emigrar. El día antes de los hechos, su padre lo había sacado de un vapor, pero no sabía si había vuelto a intentarlo.
Benigno Verdejo mantuvo su versión, incluido el color blanco del traje del tercer viajero. Cuando le indicaron que el de Servando Neira era negro, apuntó la posibilidad de dos viajes: Collado, Chispero y otro desconocido en el bote del Andaluz; Collado y Neira, después, en otro bote.
Nuevos hallazgos confirmaron la profusión de polizones. La chalupa de seis plazas de la sociedad de lanchas automóviles fue encontrada a la deriva cerca del lazareto de Pedrosa. Algunas barcas de Puerto Chico aparecieron con tablas arrancadas para ser usadas en lugar de los remos que sus dueños habían retirado por precaución.
Aunque no había acusación formal, Manuel Toca compareció ante el juez el 15 de noviembre. Dijo que el 27 de octubre, en la bolera de Numancia, Manuel Collado Manoliqui se había comprometido a embarcarlo para América por pura amistad, sin precio alguno. Que se habían citado para el día 30 en Puertochico a las 10:30 de la noche. Que Collado había acudido a la cita acompañado por Servando Neira y un amigo de éste, el cual había quedado en tierra tras ayudar a embarcar a los demás.
-Mala noche -dijo Toca-. Disforme. Soplaba el sur y la mar estaba muy picada. Llegamos al castillo de proa y subí el primero porque tengo experiencia como polizón. He ido a Veracruz y a Buenos Aires. Subí al vapor por un cabo y corrí hacia el puente para esconderme dentro de un bote de socorro. Estaba aflojando la lona del bote cuando perdí el equilibrio y caí a la mar. No sé nada más.
Negó ser un embarcador y regir el negocio desde una oficina instalada en un rincón de una taberna de la calle Arrabal, cuya dueña hacía de depositaria del pago de los polizones, que podían recuperarlo, salvo una comisión, si el abordaje fracasaba. El juez lo dejó libre sin cargos. La Atalaya lamentó que Chispero no fuera procesado y que lo celebrara, precisamente, en el burdel que frecuentaba en la calle Arrabal, encima de la taberna mencionada.
Las declaraciones, datos y rumores permiten aventurar un recorrido que comienza en el baile del ‘Ideal Panorama’, donde Manoliqui y un tal Vizcainuco llegaron por la tarde con dos amigas. Después se dirigieron todos al cine Narbón (echaban “La herencia de Cabestán”, recomendada como “de alto valor moral”), pero por el camino encontraron a Chispero, que le pidió a Collado que lo acompañara a embarcar a alguien, tal vez Servando. Manoliqui confió su entrada a una de las chicas para que la depositara en la taquilla hasta su vuelta.
Se les vio dirigirse hacia Atarazanas. Luego, siendo ya tres, bebieron en el establecimiento de la viuda de Francisco Díaz, en Puertochico, y salieron camino de los amarres. Poco después, un desconocido llegó al bar con la zamarra de Collado y pidió de parte de éste que se la guardasen porque le estorbaba para el trajín del bote y hacía calor.
La noche del 31 de octubre, como en otras oportunidades de abordaje, un número indeterminado de personas desapareció de la ciudad. Unas viajaron como pasajeros clandestinos y otras sufrieron la misma suerte que Manoliqui y Neira. Los vivos solían presentarse a los mandos del navío una vez pasado el punto de no retorno. Si eran descubiertos antes, todavía en aguas españolas, los dejaban en tierra. Pero la mar podía retener o alejar los cuerpos de los ahogados y la travesía demorar las noticias de los viajeros. El destino de algunos se conocería con el tiempo. Otros, supervivientes o no, quedarían para la duda, la intuición, el medio luto o el anonimato.

